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Niels Ryberg Finsen

Por José Antonio López Espinosa

Las Islas Feroe son unos escollos volcánicos con costas escarpadas, poco accesibles a la navegación y donde falta completamente la vegetación arbórea. En estos islotes, donde las noches invernales son mucho más prolongadas que en cualquier otro lugar de Dinamarca, a cuyo territorio pertenecen, predomina durante el día un ambiente de penumbra, y el permanente cielo gris hace que transcurran varias semanas antes de que pueda observarse un débil rayo de sol. Quizás estribe en ello la razón por la que los que han nacido en una de estas islas, o los que han permanecido allí durante un tiempo relativamente prolongado, tienen argumentos para comprender y justificar la pasión que sintió Niels Ryberg Finsen por la luz solar.

Este científico, que fuera agraciado con el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1903, nació en Thorshavn, la capital de las Islas Feroe, el 15 de diciembre de 1860. Hijo de padres islandeses, realizó sus primeros estudios en Reykjavik, Islandia y luego viajó a Dinamarca para recibir su formación profesional. En 1890 obtuvo el título de médico en la Facultad de Medicina de la Universidad de Copenhague. Ya en su época de estudiante, había despertado la admiración de sus profesores y condiscípulos por el marcado interés que mostraba por estudiar los posibles efectos que podía ejercer la luz en el control de ciertas enfermedades. Fue por eso que, desde entonces, se le consideró un fanático de sus criterios sobre las virtudes terapéuticas de las radiaciones lumínicas.

En 1893, el mismo año en que comenzó a ejercer como profesor de anatomía normal en la propia institución donde se graduó, aisló a ocho enfermos de viruela en locales oscuros y sometió las pústulas de reciente formación a la acción de radiaciones lumínicas rojas. Esto lo hizo mediante la colocación de cortinas de ese color en las ventanas de los locales donde estaban los pacientes, a través de las cuales dejó pasar las ondas caloríficas de los rayos del sol. Los resultados fueron positivos y lo estimularon a profundizar en sus investigaciones: ninguno de los enfermos desarrolló las molestas cascarañas, que a menudo llegan a deformar el rostro para toda la vida.

El nacimiento de la fototerapia moderna se produjo en 1896, año en que Finsen fundó su Instituto Fototerapéutico en la capital danesa, donde pudo continuar sus estudios y dirigir la aplicación de sus métodos en esta disciplina. En dicha institución, observó que la luz de onda corta obtenida del sol o de una concentración de luces eléctricas, podía eliminar tanto a las bacterias en cultivo como a las que se desarrollaban sobre la piel. Por otra parte, estableció que ello era causado por la luz misma y no por los efectos térmicos. En particular fue capaz de encontrar las propiedades bactericidas y estimulantes de los rayos actínicos (azul, violeta y ultravioleta), así como de idear una lámpara eléctrica de arco voltaico, conocida como luz de Finsen o lámpara de Finsen, para el tratamiento de varias afecciones cutáneas, especialmente del lupus vulgar, que es una infección de la piel producida por el bacilo de la tuberculosis y que se manifiesta con lesiones nodulares de color pardo rojizo, sobre todo en la cara.

Tratar de curar con luz las enfermedades lúpicas de la piel, se convirtió para Finsen en una obsesión, a la cual se consagró con un fervor calificado de "religioso" por quienes le conocieron personalmente. En ocasiones enfocaba la luz solar a las zonas de la piel afectadas, mientras que en otras oportunidades aplicaba el procedimiento con luz eléctrica concentrada, y en un lapso de cinco años llegó a tratar de ese modo a más de 800 pacientes. Los resultados de tal empeño fueron bien sugerentes, pues más del 50 % de los enfermos se restableció completamente o manifestó una mejoría considerable.

Aun cuando el Instituto Carolino de Estocolmo reconoció la contribución de la fototerapia y de la actinoterapia, creadas por Finsen, como un recurso para el tratamiento de las enfermedades, digno de ser recompensado con el Premio Nobel, éste nunca llegó a ser un hombre muy renombrado durante la época que le tocó vivir, pues la opinión pública de finales del siglo XIX concedía más importancia a los grandes descubrimientos que se produjeron entonces en el campo de la microbiología. En aquel tiempo, la sueroterapia de Behring, el aislamiento de la bacteria causante de la tuberculosis logrado por Koch y los aportes de Ehrlich a la teoría de la inmunidad, encontraron mayor resonancia que la terapéutica por mediación de la luz puesta en práctica por Finsen. Por otra parte, un año antes de la inauguración del Instituto Fototerapéutico que él dirigiera, había tenido gran trascendencia el descubrimiento de los rayos X por Röntgen.

Sus publicaciones más conocidas sobre fotobiología incluyen:

Sus trabajos publicados más relevantes sobre el tratamiento del lupus vulgar fueron: La pasión de este científico por la luz era tal, que durante su viaje de luna miel sometió a la acción de las radiaciones lumínicas el lóbulo de una de las orejas de su joven esposa, después de machacarla entre dos placas de vidrio. Esto lo hizo con el objetivo de informarse acerca de la relación existente entre la luz y la disminución de la circulación sanguínea de los tejidos periféricos.

El propio Finsen tenía un padecimiento metabólico crónico desde su infancia, que luego se bautizó con el nombre de Enfermedad de Niemann-Pick. La luz fue para él un elixir de la vida, lo cual quedó demostrado cuando expresó:

... "Todo lo que he aprendido sobre el valor terapéutico de la luz, tiene su explicación en la necesidad que he tenido de ella. Yo siempre estoy sediento de luz."

Sin embargo, la fototerapia no pudo hacer nada en su favor, y el 24 de septiembre de 1904 agonizaba en la espera de un alivio que no llegó a producirse por la acción de esa luz que para él era fuente de vida y por la que sintió una singular obsesión en sus 43 años de existencia.

Palabras claves: actinoterapia, fototerapia, lupus vulgar, luz de Finsen, viruela.

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