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Revista Cubana Aliment Nutr 1995;9(1)

Instituto de Nutrición e Higiene de los Alimentos

Adaptación a una baja ingestión de alimentos

Carmen Porrata Maury1 y Manuel Hernández Triana2

RESUMEN

La disminución sostenida de la ingestión de alimentos genera en el ser humano una serie de modificaciones encaminadas a alcanzar un nuevo estado estable de intercambio con su medio ambiente. No existe un acuerdo con respecto al hecho de considerar esas modificaciones como el resultado de una adaptación sin costo o como secuelas de una malnutrición silente.

Palabras clave: ESTADO NUTRICIONAL; INGESTION CALORICA/fisiología; ADAPTACION BIOLOGICA; TRASTORNOS NUTRICIONALES; METABOLISMO ENERGETICO/fisiología.

El informe sobre Necesidades de Energía y Proteínas de la FAO/OMS/ /UNU, año 1985,1 define la adaptación como un "proceso por el que se alcanza un estado estable, nuevo o diferente en respuesta a un cambio o diferencia en la ingestión de alimentos y nutrientes".

En cualquier ambiente es mejor estar adaptado que desadaptado; sin embargo, es posible suponer que todos los estados de adaptación tengan tanto ventajas como desventajas.

En la Quinta Encuesta Alimentaria Mundial2 se divide el proceso de adaptación a baja ingestión de energía en 3 fases:

  1. Adaptación del comportamiento. Se disminuye la actividad física como respuesta involuntaria a la restricción alimentaria.
  2. Adaptación biológica. Disminuye el peso corporal en los adultos y en los niños, y en estos últimos disminuye incluso la talla.
  3. Adaptación metabólica. Aumenta la eficiencia en la utilización energética de los alimentos.

El mecanismo de adaptación a nivel de población puede verse como ventajoso,3 pero a nivel de individuos puede llegar a ser muy desfavorable.

Una focalización del debate en la actualidad se circunscribe a definir si las poblaciones de baja talla pueden ser consideradas como adaptadas o como malnutridas.4,5 Un punto de vista muy debatido en los últimos años es que en estas poblaciones operan mecanismos "adaptativos" que protegen a los individuos "subalimentados" de convertirse en "malnutridos".

Trabajos publicados a inicios de la década del 80, fundamentalmente por Seckler y Sukhatme,6 comenzaron a referirse acerca de los criterios de "pequeño pero saludable" y recomendaban centralizar la atención en la redefinición de los actuales conceptos de malnutrición. Aunque estos trabajos fueron desarrollados sobre todo en la India por investigadores de ese país, vale la pena señalar que estaban fundamentados en teorías y conceptos que encontraban su absoluto apoyo y justificación en definiciones bien establecidas e internacionalizadas por científicos de renombre como Waterlow de la Escuela Londinense de Higiene y Medicina Tropical7,8 y Young del Instituto de Tecnología de Massachussetts.9 De acuerdo con estas novedosas teorías se desató en el campo de la nutrición una tendencia explicativa, que no dejó de encontrar oídos receptivos, según la cual las poblaciones de baja talla y sometidas a subalimentación, no debían clasificarse como malnutridas sino como "adaptadas". Esto permitía llegar a la conclusión de que esas poblaciones no padecían de serios problemas nutricionales, y por consiguiente se cuestionaba la necesidad de urgentes programas de intervención nutricional.

Con conceptos tan conservadores se corre el riesgo de retroceder en la interpretación de los problemas nutricionales a los puntos de vista vigentes en la década del 50, según los cuales, la malnutrición por defecto se simplificaba a kwashiorkor y marasmo y se soslayaba la existencia de las formas preclínicas de desnutrición y por consiguiente la subalimentación silente a nivel de población y de generación. En el momento actual, cuando en los países industrializados la mortalidad por enfermedades crónicas degenerativas ocupa el centro de atención de los investigadores en nutrición, sería muy lógico esperar, que la solución de los problemas nutricionales del Tercer Mundo no deba de forma alguna concentrarse a erradicar solamente sus manifestaciones más estrepitosas.

El problema radica esencialmente en determinar en cuánto es posible reducir la ingestión energética sin que se produzcan desventajas para el organismo.

Cuando la ingestión energética se reduce considerablemente disminuye, además del peso corporal, la tasa metabólica basal (TMB), la cual baja a lo largo de 3 semanas hasta el 15 % por unidad de peso corporal. A continuación se observan reducciones adicionales fundamentalmente por la pérdida progresiva de masa hística activa.

No es seguro si este grado de adaptación metabólica puede tener lugar sin reducción del tamaño corporal, ni está claro si en condiciones de ligera restricción de energía hay una disminución de la TMB que se pueda mantener después, de manera que el organismo recupere el balance de energía.

Los cambios documentados del metabolismo que ocurren cuando se modifica la ingestión energética, sugieren, por lo tanto, que en el estado actual de nuestros conocimientos el margen de adaptación metabólica debe ser considerado como pequeño.

La reducción de la actividad física como consecuencia de una menor ingestión de energía, puede ser considerada como una adaptación conductual, con buenos y malos efectos. Por ejemplo, puede ser que el niño mantenga su tasa de crecimiento satisfactorio, pero sólo a costa de reducir el gasto total de energía, en particular disminuyendo la actividad física.10,11 El resultado puede ser un deterioro de la capacidad del niño para la exploración y el juego y, por lo tanto, de su desarrollo mental, funcional y social. En niños de 3 años de edad con bajo peso para la estatura se ha encontrado una menor actividad en comparación con niños que presentaban mayor peso para la estatura.12 Niños de Gambia de 2 a 24 meses de edad tienen un gasto energético menor que el calculado por la FAO/OMS/UNU, 1985.13

Se ha planteado que además de las necesidades de energía para el crecimiento, el gasto energético determina los requerimientos de ingesta de energía de los niños.14 Dentro de los límites que permite la adaptación metabólica hay tendencia a un balance, el cual, para ser conservado, trata de compensar la restricción energética con una disminución de uno o todos los componentes del gasto energético, lo que incluye una reducción del crecimiento.

El efecto de la baja ingestión de energía sobre el crecimiento de los niños es ampliamente reconocido. Sin embargo, éste solamente se hace evidente después de varias semanas o meses, en dependencia de la edad del niño. La reducción del crecimiento es uno de los resultados finales perjudiciales de una restricción alimentaria y, por tanto, no puede ser considerada como una respuesta adaptativa deseada.

Una reducción en el gasto energético pudiera ser una respuesta metabólica aceptable en tanto que ésta no limite la función o el comportamiento del niño. Esto podría manifestarse por una disminución en la TMB mientras que el niño crece satisfactoriamente, o por una mayor eficiencia en el desempeño de las actividades que demandan energía; sin embargo, esta última no ha sido estudiada suficientemente y la anterior es discutida ampliamente y parece ser que sólo después que el crecimiento es afectado disminuye la TMB.

Chávez et al.15 en un estudio de suplementación a embarazadas y sus niños, en una comunidad rural mejicana, encontraron que los niños suplementados fueron más pesados a los 11 meses y más altos a los 17 meses de edad que los no suplementados. Las diferencias continuaron aumentando gradualmente con la edad. La evaluación de la actividad física entre los 4 y 12 meses de edad demostró que los niños suplementados eran de 3 a 6 veces más activos que los controles. Además, después de las 40 semanas de edad, el grupo suplementado dormía menos durante el día. Al año de edad dormían el 25 % menos y estaban fuera de sus lechos más frecuentemente que los niños no suplementados. El comienzo de las actividades de juegos se manifestó mucho más tempranamente en los suplementados. Estas investigaciones también demostraron que habían diferencias conductuales entre los niños. Los niños suplementados se movían más, jugaban con los juguetes, se acercaban a los observadores desconocidos y no lloraban.

Rutishauser et al.10 encontraron que una marcada reducción de la ingestión alimentaria ocasiona una profunda disminución de la actividad física.

Viteri et al.16 observaron en niños de Guatemala una disminución del gasto energético, sin que se modificara su tasa de crecimiento, cuando se le reducía la energía dietética en el 10 %. Estos investigadores17 observaron también que cuando se incrementaba la dieta a trabajadores agrícolas de Guatemala, éstos aumentaban apreciablemente su actividad en el trabajo, así como sus actividades discrecionales, sin que se elevara el peso corporal. También mejoró su sensación de bienestar. Esto indica que el consumo insuficiente de alimentos influye de manera considerable en la capacidad laboral de una comunidad.

La relación entre la ingestión energética y el rendimiento laboral merece atenta consideración cuando se evalúan las necesidades de energía. De igual forma debe tenerse presente la importancia de satisfacer el costo energético de actividades socialmente deseables en el hogar y en la comunidad.

El hecho de ser pequeño no puede solamente ser analizado desde el punto de vista de una posible ingestión alimentaria inadecuada, sino que tiene que ser valorado también desde un punto de vista generacional, pues existen datos bien documentados sobre la baja talla y su relación con una funcionabilidad desajustada o una capacidad funcional reducida.18 Individuos de baja talla parecen tener una menor capacidad para la realización de un trabajo físico sostenido, como ha sido demostrado, por ejemplo, en macheteros.17,19 Además, la talla alcanzada ha sido analizada como un predictor de los resultados de pruebas psicológicas que se encuentran en relación con el desarrollo de la capacidad cognoscitiva. Resultados similares se informan para el rendimiento escolar.18 Por supuesto que la génesis de esta deficiencia del desarrollo se encuentra más relacionada con la causa que dio origen a la disminución de la talla y no con el hecho de que el individuo sea pequeño. Un análisis similar es válido para la relación inversa que existe entre morbilidad y talla.

En líneas generales debe aceptarse que el crecimiento y el tamaño corporal alcanzado son marcadores de numerosas influencias y restricciones que operan durante la infancia. No existen en realidad marcadores específicos de los problemas nutricionales. En general, el punto de vista de que esos niños se encuentran "adaptados" a su medio ambiente o de que se encuentran libres de los estigmas de desajustes del desarrollo no debe ser aceptado, pero tampoco puede aceptarse ciegamente la aseveración de que son "malnutridos".4 Quizás por esta tendencia a enfocar en el tamaño corporal los efectos de la malnutrición por defecto y la subalimentación se han excluido o denigrado otras secuelas más difíciles de medir, pero no menos importantes. Por ejemplo: ¿cuáles son las causas originales de la disminución del crecimiento? ¿Cuál de ellas amerita una intervención? ¿Cuál es la dimensión real de los efectos de la malnutrición y la subalimentación?

El análisis de estos puntos de vista y el debate del término "adaptación" desemboca en el campo de la sociología y de las concepciones filosóficas. En el momento actual realmente no existen evidencias muy concretas de que ser miembro de una población de reducido tamaño corporal o encontrarse incluso en la cola inferior de la distribución de talla de esa población tenga o ponga en evidencia desventajas manifiestas. Ciertamente esas desventajas se encuentran más en el área de las capacidades funcionales que en la de las funciones que se expresan. Por ejemplo, una capacidad de trabajo o una resistencia reducida pueden resultar de exiguo significado si no existen los incentivos o las oportunidades para hacer uso pleno de esas facultades. De igual forma un déficit en el proceso de aprendizaje puede no resultar limitante, si la sociedad en la cual se vive no establece exigencias superiores a la alcanzada, aun con ese déficit.4

Según estos argumentos la nueva definición de "proceso adaptativo" le permite a ciertas poblaciones acoplarse con su medioambiente. De igual forma se argumenta que el entorno social se ha adaptado a acoplarse con las capacidades funcionales de su población. Lógicamente, la aceptación del concepto de adaptación garantiza el mantenimiento de esa situación pero no promueve cambios. Es precisamente en esta ausencia de posibilidades para promover cambios que radica la total oposición de los autores de esta revisión bibliográfica a las teorías del adaptismo, adaptabilidad, adaptación nutricional, adaptación sin costo fisiológico o equilibrio con la sociedad. Como acertadamente ha aseverado Beaton, el precio de la adaptación es precisamente el potencial para el cambio. La situación de status quo del mundo en desarrollo es inaceptable y, por lo tanto, resulta rechazable cualquier propuesta de que la acomodación existente sea normal.4 Señala Beaton que el problema no radica tanto en el hecho de "ser pequeño" sino en el de "convertirse en pequeño".20 Es decir, la mayor preocupación debe centrarse en la mezcla de condiciones ambientales que conducen a la disminución paulatina de la capacidad de alcanzar el tamaño corporal potencial, que tiene consecuencias de importancia en otros aspectos del desarrollo y que puede promover la aparición de secuelas a largo plazo para el desarrollo de la población. Adjudicar a la nutrición la función preponderante que debe desempeñar en la Atención Primaria de Salud es una de las conclusiones que saltan a la vista.

Las recomendaciones nutricionales vigentes para la población cubana, que fueron elaboradas en el Instituto de Nutrición en el año 1990,21 utilizan como valores de referencia, para todo el país, los valores de peso y talla obtenidos en individuos de La Habana Metropolitana, los que no difieren manifiestamente de los del Centro Nacional de Estadísticas de Salud (NCHS) de los Estados Unidos de América, que eran los usados con anterioridad. Intencionalmente no se tomaron como valores de referencia los de Cuba en su conjunto, pues éstos eran inferiores, debido a los valores de las provincias más orientales, que son las que tradicionalmente han mostrado un desarrollo económico más modesto.

Esas recomendaciones brindan la potencialidad para abastecer las necesidades fisiológicas del individuo, garantizar un adecuado estado de salud y bienestar social y promover el cambio generacional, ya sea en tamaño corporal, si así habría de producirse, o en potencialidad física, psíquica e intelectual si confluyen las condiciones óptimas para ello.

Las modificaciones que ha sufrido el cuadro de mortalidad y morbilidad de la población de manera indiscutible tienen una relación con la mejoría del estado de nutrición. Cuba es un país en desarrollo con un cuadro de mortalidad por enfermedades crónicas no transmisibles similar al de países industrializados.

Los autores de este artículo consideran que la prolongación de la esperanza de vida mediante la subalimentación crónica, obtenida por medio de experimentación animal, aporta interesantes resultados reproducibles en el medioambiente sui generis de un laboratorio.22-27 Por otra parte, la experimentación humana que a diario tiene lugar en muchos lugares del Tercer Mundo brinda realmente suficientes argumentos en contra de que en esta parte del planeta pueda lograrse un incremento de la esperanza de vida mediante una reducción de la ingestión de alimentos por debajo de los requerimientos básicos para mantenimiento, crecimiento, salud, bienestar psíquico y social, rendimiento físico e intelectual y potencialidad para el cambio.

SUMMARY

The continuous reduction in food intake results in a series of modifications in the human being aimed to achieve a new steady state of exchange with its environment. There is no agreement with respect to the fact of considering these modifications as the result of an adaptation with no consequences or as a sequela of a silent malnutrition.

Key words: NUTRITIONAL STATUS; CALORIC INTAKE/physiology; ADAPTATION, BIOLOGICAL NUTRITION DISORDERS; ENERGY METABOLISM/physiology.

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<1 Doctora en Ciencias Médicas. Especialista de II Grado en Fisiología.
<2 Doctor en Ciencias Médicas. Especialista de II Grado en Bioquímica. Investigador Titular.

Recibido: 20 de enero de 1995. Aprobado: 25 de marzo de 1995.

Dra. Carmen Porrata Maury. Instituto de Nutrición e Higiene de los Alimentos No. 1158, municipio Centro Habana, Ciudad de La Habana 10300, Cuba.

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