El bocio exoftálmico es una enfermedad endocrina, caracterizada por la hipertrofia de la glándula tiroides con protrusión o proyección anormal del globo del ojo, acompañada de anemia e hiperfuncionamiento cardíaco. Entre sus síntomas más visibles se encuentran el temblor, la irritabilidad mental, la debilidad muscular y los trastornos orgánicos en general. Se considera que este padecimiento es consecuencia de una actividad tiroidea excesiva.1
La referencia bibliográfica más antigua que se conoce acerca de esta afección se remonta a la cultura egipcia, pues en el Papiro de Ebers, escrito hacia 1550 a.n.e. con un texto de 22 líneas y 108 columnas,2,3 se hizo una descripción del bocio y hasta se recomendó como posible tratamiento la resección quirúrgica, o la ingestión de sales de un determinado lugar del Bajo Egipto.4 Esto demuestra no solo que el mal era ya conocido en la época de los faraones, sino también que desde entonces se sugerían procedimientos para enfrentarlo.
Otro documento histórico donde se describió la mencionada enfermedad fue la obra de André Du Laurens [Laurentius] (1558-1609) titulada De mirabili strumas sanadi, publicada en París en 1609,5 a la que siguieron en orden cronológico algunas más durante los siglos XVII y XVIII y el primer cuarto del XIX hasta que, en 1825, Caleb Hillier Parry (1755-1822) hizo la que se considera la reseña clásica del bocio exoftálmico.6 Diez años después Robert James Graves (1797-1853) publicó la que por muchas personas se tiene como la primera descripción exacta del mal7 y en 1840 Carl Adolph von Basedow (1799-1854) dio a la luz un extenso artículo acerca de los resultados de sus investigaciones en relación con el modo de tratarlo.8 La trascendencia de la labor de los tres últimos autores mencionados ha determinado que el bocio exoftálmico se identifique indistintamente como enfermedad de Parry, de Graves o de Basedow.
Si bien la primera publicación en la isla de Cuba de un trabajo sobre un padecimiento de las glándulas endocrinas tuvo lugar el 12 de mayo de 1813, fecha en la que el célebre sabio habanero, el doctor Tomás Chacón (1764-1849) hizo público en el Diario del Gobierno de La Habana un artículo sobre hermafroditismo en un marinero,9 no fue hasta transcurridos algunos años de la segunda mitad del siglo XIX que apareció el primer trabajo científico en relación con el bocio exoftálmico, el cual fue dado a conocer por el célebre médico cubano Carlos J. Finlay Barrés (1833-1915) en la sesión celebrada el 8 de febrero de 1863 en la sede de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana.
Finlay puso a la consideración de sus colegas académicos en la fecha antes
indicada su comunicado sobre el trastorno, que luego se publicó con el mismo
título en el primer número de los Anales de la Academia de Ciencias Médicas,
Físicas y Naturales de La Habana,10 revista surgida
en agosto de 1864 como órgano oficial de esa corporación y que se mantuvo durante
casi un siglo divulgando principalmente las contribuciones de los miembros de
la Academia, además de las de otras personalidades de las ciencias, y que ha
sido hasta ahora la más trascendental y la de más larga vida entre todas las
revistas científicas cubanas (su último número salió en 1958).
Finlay dio inicio a su comunicado sobre el bocio exoftálmico con mención al
interés que habían suscitado en Europa las discusiones de la Academia de París
respecto a la entonces extraña enfermedad, lo que le sirvió de motivación para
recoger los apuntes de un caso, el primero detectado en Cuba, ocurrido en la
ciudad de Matanzas en diciembre de 1862. En su intervención hizo el sabio una
exhaustiva descripción de los síntomas de la paciente objeto de sus observaciones,
una partera de 37 años llamada Inés Sosa, coincidentes todos con los descritos
por Parry,6 Graves7 y Basedow.8 La paciente
acudió a su consulta el 1ro. de diciembre de 1862 y refirió sufrir de histeria.
Según la anamnesis, Inés había gozado de buena salud, con menstruaciones normales
y sin síntomas de histeria hasta 1858. Ese año, y sin causa aparente, experimentó
por primera vez palpitaciones que le producían mucha disnea con sensación de
constricción en el pecho y que se continuaron produciendo por paroxismos cada
vez más agudos hasta la fecha de la consulta. Desde el primer año se hizo muy
nerviosa e impresionable y, al cabo de algunos meses, notó hinchazón en el cuello
que se siguió desarrollando hasta el verano de 1862. En los últimos dos años
experimentó trastornos en las menstruaciones, las cuales eran escasas y su duración
reducida a dos días en lugar de los cinco que antes duraba. Inés bajó de peso
y, poco tiempo antes de asistir a la consulta, observó que su ojo izquierdo
era más saliente que el derecho y que durante los paroxismos de palpitaciones
se le abultaban ambos ojos y sentía como si le fuera a brotar sangre por esa
parte. La vista se conservaba buena, aunque algo présbita y se cansaba con facilidad.
Padecía además de cefalalgias muy frecuentes; los pies se le hinchaban y no
podía descansar sobre el lado izquierdo por las palpitaciones que esa posición
le producía. Todos estos síntomas progresaban con alternativas de crecimientos
y remisiones. Sólo el tumor del cuello comenzó a disminuir desde septiembre,
según la paciente, por el uso de la zarzaparrilla de Bristol, si bien aseguraba
que, a la vez que se reducía el tumor, los otros síntomas se agravaban.
Inés, de la raza negra, nunca había concebido a pesar de sus muchos deseos de
ser madre. Con estos antecedentes, Finlay procedió a la ejecución del examen
físico, en el cual pudo detectar la pupila del ojo izquierdo más dilatada que
la del derecho. Observó además que cuando la enferma fijaba la vista hacia delante,
el párpado inferior izquierdo no llegaba sino hasta el borde de la córnea, mientras
que del lado opuesto el párpado cubría cerca de un milímetro de la córnea transparente.
El globo ocular izquierdo era también más duro que el derecho. Cuando cerraba
los ojos, los párpados del lado izquierdo se hallaban visiblemente más abultados
que los del lado derecho, aunque la vista era igual en ambos ojos. En el examen
practicado con el oftalmoscopio, Finlay notó que en la retina y los vasos del
ojo izquierdo predominaba la coloración oscura que le da la coroides sobrecargada,
como es la regla en la raza negra; mientras en la pupila del nervio óptico los
vasos presentaban una encorvadura, tal como si estuviese la pupila convexa hacia
delante, pero normal tanto en su coloración como en sus dimensiones.
La hinchazón en el cuello era muy visible por la hipertrofia del cuerpo tiroides,
cuya forma se conservaba casi normal, pero exagerada en sus dimensiones. El
lóbulo izquierdo era mayor que el derecho, pues mientras el primero medía desde
la clavícula 89 milímetros de altura y 82 en su mayor anchura, el segundo medía
82 milímetros de alto por 57 de ancho. El istmo, un poco inclinado hacia la
izquierda, medía 15 milímetros transversalmente y 25 verticalmente. Ambos lóbulos
transmitían pulsaciones isócronas con la del corazón y por medio de la auscultación
dejaban percibir dos ruidos acompañados de un soplo variable en intensidad y
a veces con una vibración musical.
El corazón latía con violencia y sus latidos se percibían hasta debajo de la
sexta costilla y a 2 ½ pulgadas del borde del esternón. Los ruidos se captaban
con fuerza, acompañado el primero con un soplo después de la sístole del corazón.
La enferma dijo que durante los paroxismos su vestido se hallaba visiblemente
levantado por las palpitaciones y entonces sentía mucha opresión y constricción
en el pecho y en el cuello; respiraba con dificultad, los ojos y la cara se
le abultaban; ella se alarmaba mucho de su estado y a veces sangraba un poco
por la nariz. Estos paroxismos eran muy frecuentes y en ocasiones duraban muchas
horas, con cortos intervalos de descanso. El pulso era débil y la frecuencia
de los latidos era a veces de 100 por minuto. Todos los síntomas adquirían mayor
intensidad hacia las fechas de la menstruación; con frecuencia padecía de dolores
en los hombros y en el pecho, y se le hinchaban los pies y las piernas.
La orina, examinada el 5 de diciembre, era clara y sin depósito alguno; con
una gravedad específica de 1 014 sin exceso de fosfatos ni trazas de albúmina.
El apetito y la digestión eran normales, con independencia de que en ocasiones
la enferma experimentaba latidos en el epigastrio.
Para Finlay el diagnóstico de este caso no dejaba lugar para la duda, de acuerdo
con el cuadro sintomático, de que se trataba de bocio exoftálmico. Por ello
sometió a la enferma al tratamiento a base de yoduro de potasio por vía oral
y de pomada de yoduro de plomo aplicada sobre el tumor del cuello. Estos medicamentos
aumentaron las palpitaciones, pero el ilustre médico, en lugar de interrumpir
su uso, comenzó a administrar junto con ellos, primero un miligramo diario de
digitalina y luego dos, con el fin de evitar sus efectos adversos.
Con este procedimiento y las precauciones higiénicas necesarias, se fueron mejorando
los síntomas con tal rapidez que a las tres semanas la mayor altura del tumor
del cuello se había reducido de 82 milímetros a 62 en el lóbulo izquierdo, con
disminución proporcional de la circunferencia total del cuello; las pulsaciones
del tumor eran menos fuertes y no presentaban ya ningún ruido de soplo a la
auscultación; los latidos del corazón eran menos violentos y más regulares y
con el estetoscopio se notaba un soplo apenas perceptible; el pulso radian era
de 88 golpes por minuto; los ojos se movían con más regularidad y el izquierdo
parecía un poco menos saliente; el edema de los pies había desaparecido a los
pocos días de comenzado el tratamiento; no había paroxismo fuerte de palpitaciones
en los últimos 15 días, ni cefalalgias ni dolores en los hombros; la orina era
clara y abundante, la enferma se sentía más sosegada y podía dormir sobre el
lado izquierdo sin experimentar palpitaciones ni sofocación.
En ocasión del aniversario 170 de su natalicio, se ha redactado este modesto artículo de corte histórico para honrar su memoria con la divulgación de una faceta poco conocida de su fecunda vida científica.
Lic. José Antonio López Espinosa
Universidad Virtual de Salud de Cuba