Indice Anterior Siguiente

Formato PDF

Eugenio Espejo, Médico Colonial Quiteño*

Interesantes documentos hallados en Cuenca, Ecuador

La conspicua figura del Indio Eugenio Espejo, cuya corta y fecunda existencia cubre los años 1747-1795 del tremebundo coloniaje español, es el médico-prócer más encumbrado de nuestra joven amerindia. Su dadivosa presencia científico-literaria en la república de las letras americanas, que marca un hito asaz luminoso; amén de factor determinante en la manumisión de nuestros pueblos de acá, que señala su incuestionable procerato, despiertan día a día un creciente interés continental.

Dos son los ángulos cardinales que aún faltan por estudiarse exhaustivamente en este noble mestizo, hechura de fundamental arcilla schyri-incaica: como médico-científico y como escritor político-literario; facetas en las cuales descolló inusitadamente con harta sabiduría y talento.

Hace nada menos que 212 años que vino al mundo de los terrícolas este hombre-duende (él solía autocalificarse de duende), quien poseía una extraordinaria capacidad asimilativa y de síntesis mental. Nació en el Quito de los antiguos Schyris, ciudad capital subrayada por la Línea Ecuatorial que señala el ombligo telúrico. Allí por la senda del autodidactismo conformó sus preciadas dotes de científico, de escritor y de revolucionario. Sus singulares talentos, su vasta y sólida cultura y colosal erudición se desarrollaron en ambiente poco próvido; donde, por lo general la ignorancia y el desapego a las cosas del espíritu tenían asidero y fuerte raigambre; crecían... algo así como la verdolaga.

Y el hecho insólito de que aún viva Espejo en la semipenumbra -¡cómo Duende al fin!-, que nuestros pueblos poco sepan de él, sencillamente obedece a que algunas de sus obras manuscritas, las de censura y crítica sesudas, circularon con el antifaz del seudónimo; otras, las de cariz netamente revolucionario, por peligrosas aparecieron anónimas, haciendo difícil su identificación para la posteridad; con la agravante que algunas las negó ser hijas de su propio cacumen, complicando más la cuestión. Así tenía que ser: ¡duendezco! Las apremiantes circunstancias lo demandaban. De ahí que sólo los trabajos de orden científico y aquellos inócuos (como cartas, representaciones, informes, peticiones, etc.) que no comprometían su persona vayan calzados con su luenga firma: Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo. De esta suerte, gran parte de culpa recae en el mismo Espejo.

Culpable también es la vieja España que se erigió en tutora de nuestras vidas y haciendas. Véase: cuando en los amerindios bullían las ideas libertarias, ella, la reina de ultramar, ordenaba la represión violenta de los presuntos sindicados revolucionarios. Y Espejo, de genio levantisco, e individuo mentalmente superdotado, fue una de sus primeras y preferidas víctimas de la Metrópoli hispánica, cabecera de un inmenso Imperio donde no se ponía el Sol. Tres veces lo encarcelaron y, reiteradamente, se le decomisó su producción intelectual, achacándosele andar en forja de planes subversivos.

Y reos también somos los ecuatorianos por no desentrañar a tiempo, de los añosos archivos, todo lo concerniente a nuestro primerísimo compatriota, preceptor de la sanidad e higiene sociales en la Real Audiencia de Quito. Documentos referentes a él se encuentran recónditamente secuestrados _y por ende ignorados, y no pocos traspapelados- en los Archivos de Indias (Sevilla), en los de la Corte Suprema de Quito, en bibliotecas particulares o de instituciones culturales del país, o en las de naciones hermanas, presumiblemente en Perú, Colombia, Venezuela, y quizás en Argentina, Chile, Guatemala y México, porque él sostenía correspondencia con gentes de ciudades capitales de virreinatos, audiencias y capitanías de tierra firme.

Claro, tarea ímproba es para el investigador histórico andar a caza de los desperdigados manuscritos espéjicos, y mucho más ardua es cuando se trata de trabajos anónimos. Su búsqueda demanda un consumo enorme de tiempo. E implica una dedicación y amor absolutos. Más gracias a este espíritu de indagación, hombres intelectuales y laboriosos de Ecuador, como Pablo Herrera, Alberto Muñoz Vernaza, González Suárez, Gualberto Arcos, Enrique Garcés, Gonzalo Rubio Orbe, Augusto Arias, Luis A. León, por citar solamente unos pocos, hemos podido conocer gran parte de la vida y obra, y también la pasión, de este buen Jesús ecuatoriano, venido a mediados del siglo dieciocheno, predicador de nuestra Independencia en disfrute ya desde hace un sesquicentenario.

Espejo había crecido mentalmente hasta el tope, en extensión y profundidad. Había estudiado y escrito noche y día, de lo humano y de lo divino. Nada le era ajeno. Por eso sus compoblanos más allegados le conocían con el cognomento de El Sabio, y en Europa también, hombres de mucha ilustración, como Peignot,1 lo estimaron así. Y si dudas hubiera, pues allí están sus obras, en miscelánea de temas, para orgullo de las dos razas progenitoras: la autóctona y la foránea. Es obvio, hablamos de las que conocemos, pues las otras, aquellas que sospechamos viven ocultas en el anonimato, o quizás disfrazadas con algún seudónimo ignorado, deben andar todavía por ahí escondidas- invisibles como los duendes- y dispersas -esto si la mano del tiempo no las ha destruido-, hasta que la obra de la casualidad nos haga tropezar con ellas.

Y algo parecido ocurrió con nosotros, cuando, de tránsito a Loja, entramos en la seductora ciudad de Cuenca (Ecuador) por saludar a unos excelentes amigos. Era en enero 5 de 1959. Entonces fui cordialmente invitado por prestigiosos intelectuales del lugar a visitar la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, acabada de edificar. Bonito edificio, artísticamente ornamentados sus interiores (puertas, paredes y pisos) con motivos de arte aborigen. Mis invitantes fueron los renombrados escritores Gabriel Cevallos García, G. Humberto Mata y Miguel Díaz Cueva, y un sobrino mío, el Lic. Nietzsche Monteros Ullauri, que me acompañaba.

Como es natural, me guiaron hacia una copiosa Biblioteca, orgullo de la Casa. Mi vista recorrió ávida las nutridas estanterías. No paré hasta encontrar la sección de Espejo. Mi curiosidad se justificaba: pues tengo en preparación la bibliografía de este Ecuatoriano Número Uno. Tomé entonces en mis manos un amarillento legajo de papeles, como de un centenar de páginas, cuyo largo encabezamiento rezaba: "Expediente sobre la pretensión del Dr. Eugenio Espejo, de que se le devuelva el cuaderno El Nuevo Luciano de Quito, con otros papeles"; y a modo de subtítulo se leía: "Índice en que se individualizan los papeles aprehendidos a Don Francisco Javier de Santa Cruz y Espejo de que se hace referencia en los autos de la materia con agregación de los remitidos últimamente a esta Presidencia".

Se trataba, pues, de una copia conferida a Espejo, a petición suya, con fecha noviembre 26 de 1787 (por esa época se hallaba él escondido en Riobamba), y extendida por el Presidente de la Real Audiencia quiteña de entonces.

Eché un vistazo rápido al manuscrito y reparé que allí se consignaban datos que historiadores y biógrafos habían pasado por alto. Me expreso así porque en ninguno de los consultados por mí he encontrado las notas que apresuradamente, y gracias al auxilio de mis bondadosos amigos, copié. Claro está, confieso que no toda la bibliografía espéjica la he leído; principalmente se me han escapado _perdonable por la distancia en que escribo- los dos o tres primeros que se ocuparon de Espejo; así y todo, abrigo grandes sospechas que tampoco ellos hicieron hincapié.

Es el caso: sabíamos de antemano de varios trabajos desaparecidos, o bien anónimos, adjudicados a la audaz pluma de Espejo; tales como: El Retrato de Golilla, negado por el propio Espejo; el Anti-Luciano Pío y Carta del Dr. Rebolledo, perdidos ambos, pero atribuidos a él; Mal de Manchas o Peste de los indios, desaparecido, pues Espejo lo anuncia en su Reflexiones como suyo; Historia de la ignorancia: parece que este trabajo se quedó sólo en proyecto; él avisa que pensaba escribirlo.

Pues bien: conocido es por todos que éste abnegado Quijote andino, en su tremenda y arriesgada brega cotidiana por la liberación de nuestras nacionalidades novimundeñas, andaba constantemente perseguido por las autoridades hispánicas, y sus "papeles", anónimos unos o encubiertos con el ardid de un sobrenombre otros, siempre corrían la triste suerte de ser confiscados; inclusive, condenados a la hoguera. En consecuencia, también él se daba a la tarea de elevar solicitudes a la Presidencia reclamando sus pertenencias intelectuales, sus "cuadernos", como solía llamar a sus libros.

Y es, precisamente, una respuesta inventariada a una de esas "peticiones" suyas que encontramos en la supradicha Biblioteca. Allí se hace reseña de los documentos solicitados por Espejo y se cita dos o tres títulos de trabajos desconocidos para nosotros, al tiempo que apuntamos algunas novedades que nos han llamado la atención de obras conocidas. Helas aquí:

a) Un "cuaderno manuscrito de a cuartilla en pergamino", intitulado El Nuevo Luciano de Quito, "anónimo, con 129 fjs. útiles, sin incluirse cuatro que contiene la dedicatoria". Este libro, al parecer su primera obra, es sobradamente conocido por todos; pero lo que sí nos ha llamado la atención es el carácter de "anónimo" que conlleva, ya que Espejo lo firmó con el seudónimo de Javier de Cía Apéstegui y Perochena; a no ser que se haya empleado aquí la acepción de "autor desconocido". Se avisa también de dos copias más del mismo libro, pero inconclusas, una con 64 páginas y otra con 21.

b) Un cuaderno sin forro, anónimo; su título: Marco Porcio Catón, que consta de 10 fjs. útiles. Esta, como la anterior obra, es muy popular; la firmó con nombre supuesto: Moisés Blancardo. Trátase de una copia incompleta. Sospechamos que Espejo solía poner el seudónimo en sus obras solamente a última hora, cuando éstas partían de puertas afuera para la circulación.

c) También encontramos en el mismo estante un impreso del Marco Porcio Catón, en muy buen estado. Posiblemente procede este ejemplar de la biblioteca particular del Dr. Alberto Muñoz Vernaza.

d) Un manuscrito de a cuartilla, desencuadernado, anónimo y sin forro, intitulado Gacetilla Claustral, de 4 fjs. útiles. De este escrito no hemos tenido noticias.

e) Un Informe, anónimo, descuadernado de a cuartilla, que consta de 89 fjs. Hay reseña de otros informes, asimismo anónimos, entre ellos uno "que según sus principios se dirige contra varios señores miembros de la Real Audiencia de Quito, que consta de 7 fjs. útiles", y su rubro: Noticia Secreta. Desconocíamos de este escrito e ignoramos su contenido.

f) También aparecen inventariados "unos versos satíricos anónimos en una fj. de a folio", y "otra cuartilla y poco más de unos versos satíricos anónimos". Igual, en otro lugar se avisa haberse encontrado entre sus papeles "uno en cuarto con cuatro fjs., que contiene la sátira de La Golilla"; más "otro en una en que se hallan tres décimas formadas después del fallecimiento del Excmo. Marqués de Sonora". Nuestro interés radica aquí en hacer constar las sospechas que abrigamos de que quizás todas esas fojas sueltas correspondan a una misma pieza literaria en extremo ofensiva y muy comentada en la época: El Retrato de Golilla, mantenida en pliegos sueltos, y dispersos, por razones de seguridad personal; pues los biógrafos nos dan cuenta de haber sido halladas tan sólo cuatro fojas, o sea el texto incompleto.

Y así sucesivamente. Ese inventario contiene una larga relación de escritos y cartas que guardan indefectiblemente la condición de anónimos; siendo fácil colegir que el autor de todo ese material intelectual es el mismo Espejo. En nuestra biografía sobre él que tenemos en estudio y confección, se tratará más extensamente del contenido de esos documentos, algunos de ellos no muy conocidos; lo haremos para nuestro examen y divulgación intensiva de la sobresaliente personalidad, bien cualificada, de este Duende-Sabio.

Loja (de América), a enero 8 de 1959.

* Revista Médica Cubana. 70(10): 480-484, octubre, 1959.
1 Esteban Gabriel Peignot (1767-1849), Literato, bibliógrafo y filólogo francés. Fue bibliotecario en la Escuela Central del Alto Saona. La Sociedad de Anticuarios de Francia le admitió en el número de sus individuos. Autor de: Curiosidades bibliográficas, Manual bibliográfico, Diccionario razonado de Bibliología, Libro de las singularidades, etc. (Datos tomados del Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano)

 

Indice Anterior Siguiente