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Eugenio Espejo, Monitor de Libertades Amerindias*

 

Es, pues, principio de política, que el mejor método de establecer ventajosamente una sociedad, es acomodarse al humor general de los hombres, y sacar de él el mejor partido.

Espejo

América debe ser solamente para los americanos.

Espejo

En la fundación de la libertad, todos han de ser fundadores. Quiere decir que su encarnación se ha de realizar en el espíritu del pueblo. Es un verbo que ha de subir de lo hondo a lo alto. Si sólo florece en la conciencia de los egregios, resulta una planta efímera. Bella orquídea sin raíces.

E. J. Varona

Patriota sin tacha

"América debe ser solamente para los Americanos"; tal la divisa que hace la friolera de unos 180 años, Espejo estampó en su estandarte libertario en son de grito de combate.

Conspirador, Manumisor, Patriota y Mártir, hasta la sublimidad, son las cartas credenciales que el Indio-Médico presenta al Mundo Libre como individuo propulsor de un ideario demoliberal. La arquitectura doctrinaria que alentaba no podía ser mejor. Su nítida y fulgente voz emergía de las hondas entrañas de un pueblo, sediento a conducir, con propia mano, su adecuado destino.

Espejo, Caudillo de Libertades, rubricó con palabra bendita los prolegómenos de la emancipación política de la América Indígena.

No hay escrito suyo que no vaya encaminado a despertar la sensibilidad patriótica del adormilado quiteño de la época. En cada página de sus obras le vemos defender a porfía los sagrados intereses de la Patria. Así, en el número 4 de su quincenario Primicias discurre sobre el amor patrio ilustrándolo con ejemplos; como en el caso de su comento a Plutarco, donde aboga su dilección y celo nacionales en ahincada protesta y profesión de fe:

"Pero no vamos tan lejos _explica-, ni nos entreguemos al vuelo de la imaginación, en especial, cuando se trata de familiarizar el lenguaje, y aun vulgarizar las ideas. Aquí tenemos la prueba de nuestro caso. Dice Plutarco que ama a sus hijos; pero que ama en grado más eminente a su patria. ¿Podrá negar alguno que este amor sea heroico? ¿Podrá negar que el patriotismo es el que supera en el filósofo el amor tan natural de la prole? Creo que ninguno: viene bien que Plutarco, sin faltar al respeto debido al público, sin irritar los celos del egoísta, sin incurrir en el vicio de la inmodestia, haga vanidad de ser patriota. Con estas limitaciones, se atreve el editor de las Primicias de Quito a predicar siempre su amor patriótico".

Y luego de significar que ama y estima en alto grado su crédito y nombradía de literato cobrados en ambas mitades del globo terrestre, que ama la reputación de sus "pequeños escritos" y que anhela "la sucesión de éstos" que son sus hijos espirituales, caros y de su mayor regocijo y terneza, concluye exaltando, de cualquier afecto humano, su devoción e idolatría al terruño que le amamantó desde su nacimiento:

"[...] pero la patria es su madre _expone-, y este nombre augusto, le es de ternura inexplicable, de consolación, de respeto, de dulzura suavísima; y así ama a su patria sobre todo lo que acá puede amarse terreno y frágil. Luego es preciso que por ésta no dude hacer los sacrificios más dolorosos [...]".

Pues bien: con ser él símbolo logrado y cumplido de una raza y suelo indígenas, su jugosa vida entraña una constante oblación y dación sin tasa de energías en provecho de los nacionales del Continente Americano, en el cual, los tintes de lo épico y lo elegíaco, se conjugan y emulsionan primorosamente, en máxima y homogénea realización.

En él pervivió _gracias a una metempsicosis y alto abolengo de una flébil raza- la conciencia ciudadana de todo un inmenso y valioso grupo humano bestialmente trucidado en aras de una religión y de una patria ultramarinas que no eran suyas. Y el indio Chúzhig, de talento macizo y de mente fulgurante, devino en "Verbo de la Independencia" del Altiplano.

Había venido él a este "valle de lágrimas" _purgatorio de yerros cometidos dizque por nuestros bíblicos mayores: Adán y Eva- con dos apremiantes misiones, dos destinos a cual más hermosos y trascendentes que cumplir: ser médico y emancipador. A él le había estado deparada la generosa tarea de dotar a la Nación con hombres de cuerpo sano y alma libre. "Si no lleva la marca de lo científico" al menos conduce "el sello del patriotismo" solía afirmar Espejo con cierto dejo de vanagloria cuando aludía a su producción médica y tersa ejecutoria política de hombre público.

Una de sus facetas más sobresalientes, infortunadamente poco cono-cidas -por el extremado secretismo con que actuó- y, por ende, menos admiradas en América redimida, es la de conspirador y revolucionario demócrata-repúblicano; genuino heraldo de libertades.

Gesto primo y máximo fue de la insumisión de los pueblos ibero o latinoamericanos,1 acogotados bajo la férula de los déspotas peninsulares de testa coronada. Dignificador fue de nuestra vida ciudadana. Y en la demanda y consecución de estos atributos inherentes a los pueblos civilizados, sufrió expatriaciones, encarcelamientos, persecuciones, imposturas, delaciones y toda suerte de vejámenes. Hasta conatos de envenenamientos _el último efectivo_ los tuvo. No hubo villanía que no se cometiera en él. Tal su glorioso aval de soldado emancipador de naciones. Por lo tanto, su procerato no admite dubitaciones.

La insurgencia del "Gran Quinteño", auténtico "Corsario de la Libertad", en el tinglado político-social marca un hito señero, una etapa memorable de civilización y de civilidad, de redención y rescate de los derechos humanos y libre arbitrio en el porvenir e historia de los pueblos de acá, sojuzgados durante tres largas y penosas centurias. La briosa figura de Espejo cubre por sí sola el lapso preemancipador. Entre los nimbados padres de Amerindia libérima ocupa, con probados méritos, el sitio delantero, frontal, de abanderado. Y más aún: decimos si alguna vez algún pueblo indo-ibero-lusitano se viese impelido a prosternarse ante un ídolo, ese ídolo sería, incuestionablemente, el mestizo Eugenio Espejo (Excusadnos, lector, si estimas que incurrimos en exageraciones. Nuestro ilímite admiración por el irredentista Sabio-Indio-Médico Espejo, obliga).

La galería de mártires sacrificados en aras del pundonor de las nacionalidades de este costado atlántico, debe encabezarla Espejo por el legítimo derecho de prioridad. Porque, sépase, este dinámico hombre de letras deviene _quizás desde las vecindades del 1780_ en proto-Libertador y proto-Mártir del ideario independentista de Indoamérica desde temprana edad: contaría unos 20 años. Véase:

Si damos por valedera la versión del Fraile del Rosario, la ascendencia revolucionaria del Chúzhig-Duende, o sea su rebeldía política, habría que datarla a partir del 1767, cuando se produjo la expulsión de los jesuitas. El fraile, al deponer como testigo en la querella que Ma. Chiriboga levantó a Espejo, declara que por esa fecha éste le había escrito pronunciándose contra la potestad del Rey. Y dedúcese que la faena sediciosa la activó o arreció años antes del 1778; pues, el mismo frailuco testificó que Espejo ya adhería pasquines y libelos políticos poco después de haber tomado posesión del cargo de Presidente de la Real Audiencia de Quito don José García de León y Pizarro, siendo el año arriba señalado el último de su mando.

En encendidas prédicas, proclamas, pasquines e ingente laborío de zapa echó en el surco de agradecida tierra húmeda la bondadosa simiente libertaria, que pocos años más tarde fructificaría con pujante vigor. Prendió de propia mano y labio la lumbre de la antorcha redentora, que luego el Libertador Bolívar _con Sucre y San Martín por igual_ la conduciría, al filo agudo de su soberana espada monitora, por los dilatados y anfractuosos campos sudamericanos.

Como apropiadamente expresa Augusto Arias, el autor de El Cristal Indígena:

"Preparaba, con gran fe, en antecedente trabajo verbal, el ímpetu de la epopeya americana y como en alquimia certera elaboraba la pólvora para los días de Bolívar" (...). "Aparte de su viaje expansivo a Colombia, la correspondencia de nuestro compatriota salvaba las distancias y prendía en lejanos países el fuego contagioso. Mantuvo relaciones políticas con personas de Lima, Santa Fe y Popayán, y es para recordar que en el año de 1794 confirió poderes universales a Luis Prieto como si se dispusiese a un viaje largo. Afirmábase entonces en el deseo de liberar a las Colonias de América y su propósito se hacía de raíces profundas en la fortaleza de su pensamiento".

Enrique Garcés, en su Eugenio Espejo, Médico y Duende (2da. Ed.) es más lato y explícito al abordar el mismo tópico, sobre todo cuando implica en el trajinar revolucionario de Espejo al misterioso letrado Luis Prieto de San Martín, excitando un interés de gran trascendencia histórica por las instrucciones secretas que nuestro epónimo compatriota le impartiera. A continuación transcribimos lo que Garcés dice al respecto:

"Pero en 1794 parece que está ya preparando sus maletas para irse por México, Argentina y Venezuela. En la escribanía del escribano (sic) Mariano Mestanza concede un poder, el 20 de marzo de 1794, al abogado Luis Prieto de San Martín, residente en Madrid y un poco entrometido en la Corte, encargándole unas gestiones urgentes de acuerdo con las instrucciones secretas que le ha remitido. La parte más saliente de este documento dice así: "y arreglando en todo a la instrucción secreta que le remite, y después le remitiere, haga todas pretensiones que le comunica, hasta la de Toga, para cualesquiera de las Audiencias de América, y en especial para la de Guadalajara, Buenos Aires, México y Caracas y otra cualquiera que tuviera por conveniente. Sobre cuyo particular y en caso de contradecir alguno, que sacare la cara contra el otorgante, parezca en cualquiera Tribunales Superiores e Inferiores de dicha Villa y Corte de Madrid, y especialmente en el Real y Supremo Consejo de Indias y ante la Católica Real Persona de su Majestad, que Dios guarde, y en cada uno haga todos los pedimentos, representaciones y memoriales que sean necesarios hasta conseguir feliz éxito".

Y el investigador Garcés, esforzándose en desbrozar el enmarañado enigma que encierra el texto del supradicho poder enviado a España, a favor del Dr. Luis Prieto que funge de apoderado de El Duende, extrae la conclusión que el "aspecto fundamental" de su proyectado "peregrinaje" conlleva la "misión de ir a trabajar por la Independencia de América para conseguir que todas las capitales del Virreynato y de Audiencia" proclamen al unísono la desobediencia a la Corte y, por ende, entablen la lucha armada a la metrópoli española hasta la consecución de la ansiada libertad de los pueblos avasallados.

"Tengo firme sospecha _insiste Garcés- de que el viaje que proyectaba Espejo tuvo conexiones revolucionarias. En enero, es decir después de diez meses de haber enviado a España este poder y las instrucciones reservadas, está preso en la cárcel de Quito para no salir nunca más. Las averiguaciones de los funcionarios decían a cada momento: "que han pedido informes a lejanos lugares", lo que quiere decir que se pesquisaba en México y Buenos Aires para saber las honduras en las que estaba metido nuestro inquieto compatriota".

A su vez, Homero Viteri Lafronte, en su discurso pronunciado en la Academia de la Historia (Caracas) con motivo de la Independencia del Ecuador en su sesquicentenario y que el "Boletín de la Academia Nacional de la Historia" dio a la publicidad en su número 167, julio-septiembre de 1959, nos notifica el hallazgo de este documento histórico al cual Arias y Garcés hacen referencias.

"Aquel deseo de Espejo _escribe H. Viteri L.- consta de documento público, que tuve la suerte de encontrar hace algunos años. Me refiero al poder que judicialmente dio en Quito, el 20 de marzo de 1794 "al señor Luis Prieto de San Martín, abogado de los Reales Consejos en la Villa y Corte de Madrid". Espejo dice, en el Poder, que pretende obtener la Audiencia de Caracas, la de Guadalajara, Buenos Aires o México".

Así, pues el sortilegio de sus arriscadas admoniciones, escudadas tras la densa cortina de humo del demoledor anónimo, brotó la chispa que se hizo llamarada y terminó en hoguera a lo largo del corredor interandino, para de inmediato tramontar las cumbres y expandirse por los flancos cordilleranos. Hasta que un día, en lo más encimado del Pichincha, se afincó por siempre la tremolante oriflama de la invicta gran revolución Indoamericana, y con ella, la sublimación y consolidación de la mística de su Credo Político.

El despliegue de su pensamiento cívico lucía ondulante, sin que las ondas, a veces encrespadas, muriesen en soponcio quebrantando la unidad ideológica. Porque, no importa que años antes estampase él en los prolegómenos de su Luciano, en la dedicatoria a don José Diguja (Presidente de la Real Audiencia de Quito, 1767 a 1778), palabras discordes a la doctrina social que sustentaba, como éstas:

"Quito descubre la faz de todo el mundo, en la persona de V. S., un verdadero héroe, porque apenas llegó V. S. a pisar los términos de esta Provincia, cuando ya cayeron de su altar los simulacros de la rebeldía y de su templo los ídolos de la nacionalidad".

No importa que conculcara su propio ideario aparentando recriminar a la augusta Francia, patrona del perenne invocado trío: Libertad, Igualdad y Fraternidad, que enseñó al mundo cómo decapitar una testa coronada; allí, en el primer Sermón a Santa Rosa de Lima que compuso para que lo predicara su hermano Juan Pablo, decía:

"La España prestando el debido homenaje de una inaudita fidelidad a su monarca, y llorando, o por mejor decir, detestando lo que ha perdido una nación feroz, la Francia cruelísima que prepara a todo el globo la ruina, y que, a pesar del duelo común de la Europa, podría conseguirla mañana, si fuesen capaces de prevalecer las puertas del Infierno contra la perpetuidad de la fe".

No le hace, que inclusive se envaneciera en florilegios, en almibaradas y rebuscadas locuciones en pro de los monarcas hispanos, si en el fondo de la ánfora conducía sedimentado el veneno. No tiene mucha importancia, decimos, que Espejo hablara en estos u otros parecidos tonos, si luego empuntó firme hacia el logro de una territorialidad o nacionalidad autóctonas, hacia un Estado o cuerpo político autónomo guiado por nativos, sin ingerencias foráneas.

Sin embargo, convencidos estamos que él abrigó encendidas simpatías por la emancipación de los Estados Unidos (4-VII-1776) y por la Revolución Francesa (14-VII-1789) y aplaudió el descabezamiento por la guillotina de Luis XVI y de su consorte María Antonieta. Entendía que a los pueblos les asiste el derecho de sublevarse cuando el mandatario los hostiliza, es injusto y aborrecible.

Y..., de paso, señalaremos: no sería muy desatinado discurrir que él hiciera de abanderado y recibido de su predecesor el bizarro e indómito Inka José Gabriel Condorcanqui (Túpac-Amaru), eje de la rebelión indígena en 1781 (V. Breves Semblanzas en "Postscritum"), el impulso, la flámula y el hachón llameante de la insurgencia en la América sureña, y quien estuvo en un tris de dar al traste con la coyunda metropolitana. Quizás, pensamos, la tomó de manos directas de aquel héroe tupamarista quiteño poco conocido por nosotros que respondía al nombre de Miguel Tovar Ugarte, el mártir del castillo de Chagre (1783), quien escribiera cartas a Túpac Amaru invitándole a visitar Quito. Nosotros creemos descubrir cierta ilación o continuismo entre estos dos grandes movimientos político-sociales: la revolución indígena que no cuajó, dirigida por dicho inka, y la de los criollos o mestizos, a raíz de la anterior, que tuvo mejor suerte; aunque ambos pronunciamientos nazcan y vengan proyectados por razas casi diferentes, los dos mimaban un común ideario: la xenofobia.

De "enciclopedismo exótico", fruto de las "impiedades de la revolución francesa", fueron tildados sus afanes republicanistas de patrón sans-culotte. Y no anduvieron equivocados quienes trataron de demostrarle con tan honrosos calificativos; pues, es un hecho positivo que la formación o plasmación del espíritu revolucionario en América _aparte del suceso ejemplificador de Norteamérica- tuvo lugar con el aparecimiento de la literatura enciclopédica importada de Europa en el siglo dieciocho, el "de las luces", como replica a la obscurantista y entorpecedora filosofía escolástica. El Iluminismo, doctrina humanística de postulados igualitarios, fermento nervudo en la conciencia americanista.

En aquel siglo, dos fuerzas o tendencias ideológicas embocaron paralelas disputándose la supremacía de su cabal corporización en los centros irradiadores de cultura, y fueron el Enciclopedismo y la Fisiocracia; esta última _sistema de economía política que reconoce como fuente de riqueza el trabajo agrícola-, sostiene, como doctrina, el poder de la Naturaleza. Boleslao Lewin infiere, que "constituía más bien un movimiento intelectual sin temperamento revolucionario". En tanto que el enciclopedismo "fue una filosofía militante accesible al gran público (B. Lewin). Era una doctrina expuesta por Diderot, D'Alembert y otros filósofos franceses en el Diccionario razonado de las ciencias, artes y oficios, con fines preparatorios a la Gran Revolución del 1789, proclamadora de la Declaración de los Derechos del hombre y del ciudadano. El prospecto enciclopédico, por más sencillo y por brindar mayor contenido emocional al pueblo, prendió fácil en las mentes de los intelectuales del Hemisferio Occidental, determinando los prolegómenos de nuestra liberación política.

Y Espejo, iluminista, "humanosocialista", que tomaba parte activa en cuantas iniciativas había para acrecentar el estándar cultural del país, presto se incorporó a la afamada y novísima escuela enciclopédica, de larga resonancia mundial y con verdadero entronque popular.

Intento de destierro al Perú

Barruntamos que los preámbulos de sus hervores revolucionarios ya habían despuntado o entrado firmemente en actividad unos nueve años antes del memorable 1789, allá por el 1780-81; tal vez con la aparición de su dicaz sátira El Retrato de Golilla (esto sin contar con la testificación del bethlemita que hace un momento anotamos), coincidente en tiempo con el descontento indígena y alzamiento del inka José Gabriel Condorcanqui (Túpac-Amaru), que acabamos de correlacionarle. Presumiblemente, esas hirientes cuartillas en verso, de matiz político, imputadas a él, señalan el orto de sus padecimientos y persecuciones.

La peligrosidad de los escritos de Eugenio Espejo pónese en evidencia en 1783. Por febrero de ese año, el entonces Regente y Visitador General Don José de León y Pizarro intentó hábilmente deshacerse, por destierro cuasi voluntario, del ya temible y levantisco Chúzhig nombrándole facultativo de la expedición de Francisco Requena.2 El Episcopado de Mainas operaba, por entonces, en las tenebrosas selvas amazónicas, prestaba asistencia médica al Destacamento de Infantería residente en el pueblo de Tegel, zona de disputa limítrofe entre España y Portugal. La Comisión llevaría a vías de hecho las cláusulas contenidas en el Tratado de 1777 subscrito por este par de naciones.

Espejo sospechó las negras intenciones del celoso gubernamental de soterrarlo en aquellas inhóspitas regiones orientales del justificadamente denominado Infierno Verde. Disimuló salir de Quito con rumbo a Lima. Pero en realidad huyó, ocultándose en Riobamba. El Presidente Villalengua no tardó en descubrirlo y le remitió una nota ladina invitándole que regresara a Quito, "dizque por tener ciertas cuentecitas pendientes por saldar". La astuta comunicación rezaba así:

"Porque la demora que se advierte en el viaje que resolvió Vm. Emprender para Perú, me persuade a que tal vez no lo continué, o por lo menos que no le insta mucho a verificarlo con prontitud. Acaso así sea, espero se presente usted en esta ciudad, cuando tenga proporción para ello, por convenir su venida a diferentes asuntos interesantes al público".

El Chúzhig prestó oídos de mercader y desacató la invitación. Molesto Villalengua por el desaire, inmediatamente ordenó se libraran requisitorias a los jueces conminándoles a que lo aprehendiesen sin contemplación alguna. Tocóle al Corregidor don Manuel Pentón _lo especifica Espejo en su Defensa a los Curas-, residente en el pueblo de Guano, ir a la Villa de Riobamba y cumplir la orden de arresto, efectuada, presumimos, a fines de 1783 (J. J. Samaniego señala el 1785; dato que nos parece incierto). En la interinidad o poco después, dícese que circularon aquellas zaheridoras décimas de marras contra el Rey y otros áulicos personajes. Sería una nueva andanada de copias, porque, las primeras aparecieron por el 1780-81.

También se comenta que tras la aparición de su libro Reflexiones (1785), escrito en Quito, provocó gran disgusto y revuelo entre la gente de sacristía, y que el presidente de la Real Audiencia de Quito, don Juan José Villalengua le sugirió a Espejo abandonase la Capital para evitar enconadas disputas. Este, entonces, le manifestó deseos de trasladarse a Lima; mas, llegado a Riobamba _la antiquísima ciudad capital de la nación de los Puruhaes y de sus gobernantes llamados Régulos-, decidió permanecer allí. En efecto, residió en compañía de sus hermanos Manuela y Juan Pablo por espacio de algo más de año y medio, desde el principio del 1786 hasta fines del 87. Lo testimonia la esquela que Espejo le dirigiera a José Benito Quiroga (V. Postscritum), en la cual _refieriéndose a un ejemplar de La Ciencia Blancardina que había dejado en Quito en casa de un amigo suyo el año 1786- le hace saber que "cuando emprendí el viaje para la capital del Perú"... Desde luego emprendió el viaje, pero se quedó en el camino.

Visto está que no era la primera vez que visitaba el lugar ni tampoco la última que se lo llevaran preso de allí, como luego se verá. De paso informaremos que en sus viajes solía vender libros, de preferencia los de Voltaire.

Pues bien, por todas estas burlerías sin nombre, amén de una querella que a la sazón se le incoó, Villalengua mandó a capturarle, año 1787.

Amarrado, como un vulgar delincuente, llegó a la Cárcel de la Corte de Quito a cumplir su segunda condena.

La orden de arresto la cumplió en "claro día" un tal Mazorra, Corregidor de Latacunga; otros dicen que fue aprehendido en Riobamba, a 40 leguas de Quito. González Suárez cree que fue en la primera ciudad. Nosotros discrepamos de él. Nos atenemos a la declaración de Francisco Javier Dávalos (en el juicio que le siguió doña Ma. Chiriboga). El deponente, en calidad de testigo, expone que la detención se verificó en la villa de Riobamba.

Presumiblemente, el suceso ocurrió a mediados de septiembre del 1787. El 15 de noviembre del mismo año, después de dos o tres meses de cárcel, el juicio se suspendió, en atención a que el presunto "reo" hubo de trasladarse a Bogotá, donde su asunto sería ventilado ante el vicerey Espeleta, quien conocería de la causa y en definitiva le juzgaría, cumpliendo así órdenes del mismo Rey. Espejo había recurrido al Monarca en demanda de justicia. La causa se interrumpió el 15 de Nov., pero, por documentos que hemos leído, él seguía aún purgando prisión por Nov. 27.

En la requisa de sus papeles efectuada en su domicilio (Riobamba), le incautaron las cuatro cuartillas de El Golilla, acerca de las cuales diría don J. J. Villalengua y Marfil que eran tan sangrientas y sediciosas que cualquier tribunal europeo lo tendría por bastante para encerrarlo de por vida en un castillo.

Con el apresamiento de Espejo, sus enemigos declarados, tales como Barreto, Vallejo, Darquea, León, etc., incluyendo a Ma. Chiriboga y Villavicencio _aquella protagonista de Cartas Riobambenses-, a quienes fustigó severamente, se confabularon, acusándole hasta más no poder, para retenerlo por siempre en las mazmorras de la prisión. Hicieron leña del árbol caído... Según la copia manuscrita de Cuenca, el sumario de esta nueva causa (querella), implicada en la primera (proceso político), aparece haberse incoado en Nov. 27/87.

Biógrafos e historiadores marcan distintas fechas sobre su arresto, el lugar (Riobamba o Latacunga) y su viaje a Bogotá. Nosotros que procuramos seguir las peripecias del Duende, enmarcándolas dentro de cierto orden cronológico, reproduciremos los datos apuntados por el historiador Federico González Suárez en sus Observaciones (V. t. II, p. XVII de Escritos de Espejo):

"Mientras Espejo estaba en Latacunga, le fue hecha al Presidente Villalengua la denuncia de que Espejo era autor del papel satírico intitulado El Retrato de Golilla: en virtud de esta denuncia, el Presidente dio orden al Corregidor de Latacunga para que le tomara preso a Espejo y le confiscara todos sus papeles: entre los papeles confiscados se encontró, en efecto una copia de La Golilla (cuatro fojas manuscritas en cuarto)".

"Mientras se tramitaba este juicio, Espejo estuvo preso en Quito: el juicio no se sentenció, se lo cortó el 15 de Noviembre de 1787".

"A consecuencia de las tres representaciones que estando preso, elevó Espejo a la Corte, dispuso el Rey que el conocimiento de este asunto lo avocara a su tribunal el Virrey de Santa Fe, a quien le fueron remitidos los Autos el 18 de marzo de 1789. Con este motivo, hizo Espejo su viaje a Bogotá en 1788: el Virrey no encontrando fundamento legal para el juicio, lo dejó a Espejo en completa libertad para regresar a Quito: esta declaración la pronunció el Virrey Espeleta el 2 de Octubre de 1789."

En un documento (oficio) que con el marbete de Reservado halló el Dr. Enrique Garcés en la biblioteca particular de don Jacinto Jijón y Caamaño, el Presidente Villalengua declara que, cuando Espejo se hallaba reducido en chirona, por motivo de El Golilla, hizo mesa redonda de Oidores con el fin de echarlo del país. Puestos de acuerdo, mandaron a llamar al acusado para ponerle en conocimiento el dictamen de extrañamiento, a lo que el presunto inculpado replicó con un vibrante, rotundo y sonoro: No me da la gana ...Los ceremoniosos golillas dizque se quedaron patitiezos. ¡Y con justicia! Siempre hemos pensado que un redondísimo "No me da la gana", así, bien pronunciado y enfático, es la razón convincente, más poderosa, que podamos blandir.

La osadía del Duende corre pareja con la tozudez y tirria de los áulicos: Presidente y Magistrados deciden, entonces, por su cuenta y riesgo fijarle fecha de su éxodo, y hasta le trazan el itinerario que ha de seguir: le advierten que no puede ni debe "detenerse en ninguna parte"; que tan pronto arribe a Guayaquil se presente a las autoridades locales. Le permiten un respiro de ocho días en el Puerto; al cabo de ellos deberá poner proa rumbo al Perú. Ah, y al final del ultimátum, una tremenda coletilla:

"Y que se le amoneste que no vuelva a esta Provincia".

Espejo que no solía poner su lengua en reposo, ni dejaba enmohecer su pluma-bisturí, la alzó en ristre y se aprestó a denunciar la conjura ante el mismo Rey, quejándose de las vejaciones e injusticias cometidas en su persona, y protesta de la iniquidad y sinrazón de su encarcelamiento y posible expulsión del país.

En sus representaciones y reclamos le habla de la protervidad del Presidente y Oidores. El Monarca, haciéndose eco de las dolidas reclamaciones del encarcelado, envió una nota al Virrey Gil y Lemos apremiándole a que indague por la conducta del Presidente Villalengua puesta en precario, y fue cuando dispuso que la causa pasara a conocimiento y laudo del Virrey de Nueva Granada don José Espeleta de Veyre de Galdeano; ocasión ésta en que Espejo, "reo de Estado", hizo su ya mencionado viaje a Bogotá.

El mismo Dr. Garcés encontró en la antedicha biblioteca una nota manuscrita de fecha enero 26 de 1789, encabezada igualmente con la leyenda de Reservado. En la citada nota el Virrey Francisco Gil y Lemos, en cumplimiento de la real orden, conminaba y urgía al Presidente Villalengua y Marfil de la Audiencia de Quito a que:

"Sin pérdida de correo pasará V. S. a mis manos la actuación que se haya formado contra don Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo, acreditando con certificación de ese administrador quedar entregada para su envío, y haciendo que antes se certifique por el Escribano de Cámara el número de foliación cuyos comprobantes deberán acompañar al oficio que sirva de contestación a éste. En caso de hallarse en la Real Audiencia, dará V. S. las más eficaces providencias para que se le entregue y tenga efecto mi resolución, sin que por pretexto alguno de sacar testigos u otro semejante se frustre lo mandado, pues así conviene al servicio de S. M. _Dios guarde a V. S. muchos años- Catargena de Indias a 26 de enero de 1789.- Francisco Gil y Lemos".

El contenido del documento transcrito da la medida justa del miedo cerval de las autoridades españolas hacia todo lo que hacía y decía nuestro Espejo. Tanto era el temor abrigado, que el tal Villalengua, en su respuesta a Gil, presentía con visible pánico:

..."y yo expuesto a todo cuanto Espejo quisiere decir de mi conducta".

A lo que Enrique Garcés comenta:

"Le acusa _a Espejo- de ser autor de innumerables `papeles ciegos', como califica a los anónimos que Espejo pegaba en las paredes de Quito incitando a la revuelta, y el Presidente no se ha resistido de calificarlos con el nombre de `peste de la República' a esos pergeños tremendos del duende".

Villalengua, visiblemente preocupado y nervioso por la posible riposta de Espejo, púsole en antecedentes al Virrey que no diera pábulo a sus posibles infundios. Claro, esto, en buen romance llamase ponerse el parche antes de que salga el grano. Estaba temeroso de que le sacara a relucir alguna mácula. Por eso pretendió justificarse escribiendo de este modo:

"Siendo verosímil que el sentido Espejo y aún ofendido por su altiva preocupación y desordenados procedimientos, haya tirado algún famoso libelo contra mi honor o contra otros Ministros y Empleados, lo desprecie V. S. o se sirva pedirme informe en el particular, cualquiera que sea y verá entonces puesta en claro la verdad, y un nuevo cargo contra el delincuente Espejo".

Coincidente con la fecha (26-I-1789) de la anterior nota de Gil a Villalengua, hay un informe de éste que cursa a aquél dándole razón de las arriesgadas y turbulentas actividades políticas del quiteño que comprometían o ponían en precario la estabilidad de la Corona y donde confiesa haber pretendido deportarlo al Perú.

Un párrafo del informe estaba redactado en estos términos:

"[...] prometiéndome _dice- más tranquilidad en el tiempo de mi Gobierno con la ausencia de un hombre que me era sospechoso, pero a poco tiempo conocí haber sido un verdadero ardid de Espejo y que sólo trataba de engañarme, pues se mantenía vagando en diversos pueblos de la Provincia [...]"

Se colige, pues, que era una burda y soberana treta de enviarlo a la Amazonía en son de médico, integrando la misión de Requena, como tenemos dicho, y que el picarón del duendecillo la olió, no dejándose sorprender. Hizo que se iba... pero plantó tienda de gitano en Riobamba y otros pueblos aledaños. Villalengua, sintiéndose defraudado, chasqueado, por las astucias y artimañas del Duende, le ordenó primero su regreso inmediato a la Capital para así "vigilarlo de cerca", y como Espejo, según está enterado el lector, hizo caso omiso de la orden, dispuso entonces su inmediata detención al término de la distancia.

Inferimos que su estancia en la cárcel de Quito no se dilató más de dos o tres meses. Durante aquel lapso realizó gestiones (por Oct. de 1787): solicitó un permiso especial para viajar a España y defender su enredado y espinoso caso ante la Corte. El permiso fue denegado (por enero de 1788) por tener el peticionario una causa pendiente por solventar (V. en "Postscritum", Cartas a Antonio Caballero y Góngora).

Deportado a Colombia

A consecuencias de la apremiante nota del Virrey de Santa Fe al Presidente de la Real Audiencia de Quito de que se le remitiese los Autos de procesamiento contra Eugenio Espejo, es que éste, probablemente, por Dic. de 1787, lía sus bártulos y emprende viaje hacia Bogotá a airear personalmente su embarazosa y complicada situación. Viose compelido a peregrinar, quien sabe a pie y famélico, por las provincias de Pasto, Popayán (aquí parece que se detuvo algún tiempo) y Santa Fe, como él mismo informara. ¿Cuántos días demoró en llegar a la capital virreynal? Lo ignoramos. Lo que sí no se nos escapa que su viaje debe haber sido, de suyo, en extremo penoso.

Desde entonces, seguramente, por Nov. o Dic. de 1787 (H. Viteri L. y J. J. Samaniego señalan el 1788), con ocasión de su segunda persecución política, lo vemos discurriendo por las calles bogotanas. Con amarga tristeza calcada en su semblante, expiaba allí una especie de ostracismo por "reo del Estado, libelista famoso y perturbador de la paz pública". Si bien González Suárez afirma que no salió desterrado sino "libremente" para vindicarse de la acusación de ser el padre espiritual del tremendo Golilla, por cuyo motivo guardaba cárcel y fuera causa principal de que el Presidente Villalengua, en 1788, comunicara al Virrey:

"El no haberlo yo ejecutado o esta Real Audiencia, sin embargo de no ocultársenos la justicia que así lo exigía, ha sido no sólo por las causales que en el Auto del Tribunal se tuvieron presentes, sino también, porque, habiendo de salir reos forzosamente en la causa muchos sujetos de clase distinguida, amigos, corresponsales y confidentes de Espejo, ocasionaría semejante procedimiento en esta provincia un incendio difícil de apagar".

En efecto, Espejo no salió del Reino de Quito oficialmente en calidad de desterrado sino de propia voluntad. La Real Audiencia había acordado autorizarle abandonar el cautiverio y ausentarse de la Capital por el término hasta de un par de años, o menos, a fin de poner tiempo por medio y disipar el virulento encono de sus detractores. Al menos así se interpreta en la comunicación que Espejo dirigiera al Presidente de la Audiencia el 24-XI-1787. Allí solicita también una especie de salvoconducto para salir del país sin que ningún Juez se atreviera a detenerlo en el camino (V. en POSTSCRITUM: "Expediente. Sobre la pretensión del Dr. Eugenio Espejo"...).

La cautela y el secretismo se imponían a todo trance. El expediente inopinadamente ponía al descubierto una serie de complejas y dilatadas ramificaciones arbóreas dentro y fuera del país que sindicaban y comprometían a muchos individuos "de clase distinguida". Punto neurálgico éste en el cual nos afincamos para inferir que el Patrocinador mantenía entre sus hábiles dedos ejecutores, los hilos efectivos de una clandestina correspondencia epistolar política con presuntos insurgentes de países iberoamericanos subyugados por igual a la Corona Española y por ende, que maquinaba él en sus adentros una insurrección global en este Continente saqueado.

Llegada la referida causa a la capital neogranadina, y ya Espejo cumpliendo exilio en ella, tócale al fiscal Estanislao Andino estudiarla. Transcurrieron algunos meses y, ¡oh sorpresa!, tanto éste como José Espeleta de Veyre de Galdeano, quien a la sazón, estaba de Virrey en Nueva Granada (1789-97), acordaron dejar al "reo" en libertad por no hallar fundamento suficientemente punitivo. El tan sonado, riesgoso y candente sumario quedaba definitivamente suspendido el 2 de diciembre (¿noviembre?) de 1789. Y Villalengua al punto recibía órdenes de archivarlo. Y Espejo arregló su equipaje como pudo y encaminóse a Quito. Debe haber salido de Bogotá a mediados de Dic., porque, afírmase que un mes después, enero 3 de 1790, ya estuvo en Ecuador de regreso.

Ahora bien, ¿qué indujo al Virrey a tomar tan sorprendente como insólita determinación? ¿Es que, en verdad, no le hallaron motivo suficiente para exiliarlo? ¿O es que la precaución y el sigilo, por las graves derivaciones e implicaciones que podrían ocurrir, aconsejaron la prudente cancelación o archivamiento del juicio? González Suárez señala que el parecer del Dr. Dn. Pablo Herrera es que el Virrey, conocedor de los grandes méritos de Espejo para darle evidentes muestras de generosidad potestativa, suspendió el juicio acusatorio y dispuso el inmediato retorno a Quito del cuitado.

De esta suerte quedaba liquidado el capítulo de su viaje a Santa Fe de Bogotá que dio origen al hallazgo del "libelo" El Retrato del Golilla imputado a la viperina pluma del Chúzhig-Duende, por cuyo motivo don Juan José de Villalengua le incoó proceso (1788) e hízole detener en Riobamba con mucho aspaviento y conducido a la Capital, y más tarde, compelido "a salir de la Audiencia, a pie, rumbo a Bogotá" (Oscar E. Reyes).

La inverecundia frailuna del cristiano Josef del Rosario vertida en una misiva suya que enviara a Espejo, por agosto de 1788, le reprochaba en tono cárdeno su proclividad a la ofensa:

"La funesta inclinación de V. M. a lastimar el honor del prójimo la acreditan sus mismos viajes y trabajos. El Sr. Pizarro, a cuya perspicacia no se le ocultaba, procuró impedir sus efectos con destinar a V. M. al Marañón, y si la bondad de este señor por una parte y por otra mis ruegos y los de varias personas que creíamos se enmendaría V. M., no hubiesen impedido aquella saludable providencia, habría evitado Vuestra Merced los males que sufre, y habría descartado a Quito un hijo que no le honra demasiado, no obstante lo que su pluma se esfuerza a subir de pronto, a la costa de la verdad, un mérito imaginario que sólo sirve para ridiculizarle más".

Deportado a esa capital virreinal, había aprovechado él la coyuntura para entablar conversaciones, discurrir y urdir planes conspiratorios con el Precursor colombiano Antonio de Nariño (al que presumiblemente, inició en las tareas revolucionarias), quien, como recordará el lector, tradujo del francés, en 1792, la afamada Declaración de los Derechos del Hombre y del ciudadano,3 sagrada Biblia política de las naciones aspirantes a no seguir siendo avasalladas por gobiernos foráneos. Y quizás también habló y cambió impresiones con Francisco Antonio de Zea, otro neogranadino meritísimo; con el sabio Francisco José de Caldas, con Antonio Ricaurte, Camilo Torres, etc, ulteriores mártires, pertenecientes al círculo bogotano de Nariño. Y no se puede descartar la posibilidad _hay historiógrafos que lo admiten- de un confidencial entendimiento por carta con el ilustre venezolano Francisco de Miranda.

Asimismo, sabido es que Espejo, por noviembre 1789, tuvo la visita de su cordial amigo el Marqués de Selva Alegre, aristócrata quiteño, de ideas independentistas al principio, luego el ominoso Judas de la Revolución agostina, y quien teníale al Duende en altísima estima, conceptuándolo como su maestro idóneo en política y civilidad: "tiene grandes miras _decía de él-, no de ambición sino de servir a la patria". Juntos maquinaron en Bogotá la fundación de la Escuela de la Concordia y, a insinuación del aristócrata, Espejo dio a la luz su cívico "Discurso a la ciudad de Quito". Tampoco se nos escapa la posibilidad de que el Marqués hubiese intercedido ante el Virrey por la exculpación de su amigo en desgracia.

Mas, en prenda a la verdad histórica, tales acercamientos políticos no se hallan autenticados por ningún documento del puño y letra de los supuestos complotados: no pasan de ser razonables sospechas con determinados visos de verdad. La correspondencia enviada al circunspecto Espejo y la por él escrita a sus corresponsales no ha sido hallada en poder de ninguno. Presumiblemente fue destruida tan pronto llegaba a las manos de ellos por el lógico temor a las implicaciones, sobre todo por la parte de Espejo, que era ya víctima de cotidianas persecuciones y requisa obligada de sus papeles.

Así y todo, la estancia del solapado y pertinaz combatiente en la virreinal ciudad bogotana _su ocasional Monte Aventino- fue fructífera y substancial: promovió ingentes repercusiones indoamericanas de significación realmente históricas. Allí formalizó su idea de la Escuela de la Concordia; allí concibió su tan ponderado Discurso Cívico, y allí suscitó charlas subrepticias con los nacientes próceres neogranadinos. Todos estos hechos tuvieron ulteriormente profundas resonancias insurreccionales que sacudieron en peso al Continente Indio.

Sin embargo, aparte de estos frutos, constatamos que la infatigable pluma lidiadora del Chúzhig permaneció por largos meses inactiva, entretanto se substanciaba el proceso contra la integridad colonialista que se le seguía, y debatía, en el virreinato santaferino. ¿Qué escribió Espejo durante aquellos meses libres que permaneció allá?

No concebimos que su mente creadora se haya mantenido ociosa. Sospechamos que hay algo de sus panfletos anónimos o tareas literarias apócrifas que se están escapando de la inquisidora mirada de argos de los biobibliógrafos del Duende.

O quizás no le alcanzaba el tiempo para entregarse a estos nobles menesteres del intelecto; pues, es de suponerse que en la interinidad de su estadía allá inexcusablemente vióse impelido a buscar el diario sustento mediante el ejercicio de su profesión médica.

Quito, ombligo de su labor de zapa

Taimado, astuto de naturaleza como era él, venía elucubrando, madurando en silencio y gran sigilo un gigantesco plan revolucionario que eclosionara simultáneamente en distintos puntos claves. Aseverase que había llegado a establecer una dilatada red de contactos con personajes de las principales sedes virreinales, infundidos en idéntico ideal y causa. Sus corresponsales se hallaban diseminados a lo largo y ancho del agro americano.

Abanderando la doctrina irredentista, reclamaba premiosamente, de prima intención, el establecimiento de una Sociedad Patriótica de Amigos del País (Escuela de la Concordia, le bautizó inicialmente) a semejanza de otras de América y España (V. "Palabras liminares" en Discurso de la Concordia), de la cual sería luego su secretario fundador (1791).

Con similar fin, ofrecióse a desempeñar el cargo de bibliotecario (1792), y para poder prestar eficiente servicio cultural, hizo arreglar una habitación contigua a la misma Biblioteca que él instituyó (1791) para residir allí. J. J. Samaniego señala el año 1767; lo cual es incierto (hay un evidente error tipográfico).

Igualmente, creó, fundó en el mismo año 92, el primogénito de los periódicos aparecidos en Ecuador: Primicias de la Cultura de Quito, cuya glosa dejamos atrás, y que serviría de vehículo eficaz para la difusión del pensamiento libertario y educacional del Pueblo. Allí, en el "Prospecto" de Primicias, con recato, hacia saber sus loables propósitos.

Decía:

"Parece que ha llegado el momento en que Quito participe de este beneficio; o en el que a lo menos haya llegado a aquel grado de luz por el que se persuada y crea que lo necesita, y que pondrá medios para adquirirle. Pero desde estos crepúsculos de su racionalidad; desde esta infancia de su ilustración, es que Quito quiere dar a conocer a la República literaria los esfuerzos que hace, y los pasos que da hacia el Templo de la Sabiduría. Sean en hora buena borrones los primeros ensayos que van a dar a luz: el público los ha de ver, y quizá haciendo justicia a los conatos que tiene de ilustrarse, y de acertar, disculpará a la debilidad de sus producciones, y aún se edificará tanto del fin de la empresa, cuanto de la modestia con que se lo avisa. A semejanza de las demás naciones cultas de Europa, y a imitación de nuestras provincias vecinas del continente americano de Norte y Sur, dará Quito sus papeles periódicos, que a la verdad no será más que unos rigurosos misceláneos".

En el silente retiro de su estudio, en íntimo congreso con sus ideas y proyectos levantiscos, bullentes en inusitada agitación, el Gran Rebelde meditaba obstinadamente en los arbitrios de seccionar de un tajo las ligaduras umbilicales que nos unían con la antañosa Metrópoli ultramarina. Febril, urdía una sublevación general los pueblos sometidos a la oprobiosa tutela de la Corona hispana, en espera de consagrar en firme, en suelo indígena, el principio básico de la autodeterminación en derechos y deberes de estas nacionalidades ya en mayoridad.

Tras la confinación, el patriota quiteño había enfilado decidido, a paso firme, por el espinoso y temerario derrotero que le conduciría a la victoria, traducida en verdes laureles otorgados a su memoria. Isaac J. Barrera, escritor ecuatoriano, entre otras bellas cosas, expresaba:

"Y este momento marca un período en la vida de Espejo. Es la maduración y la cristalización de la voluntad. Desde ahora sabría cuál era el deber que tenía que desempeñar en su tiempo y ante sus conciudadanos. El manejar una pluma le imponía una obligación; su vida de estudio, de pensamiento y de persecución descubría ante él la misión que le tocaba cumplir. Toda persona que puede manejar una pluma tiene encargo social y político, por mucho que sus conocimientos lo lleven por el camino desinteresado del arte" (...). "La vida de Espejo tuvo objeto determinado desde este momento. Es ya el hombre que amasó sabiduría y desengaños, y que se preparaba a trabajar para la eternidad".

Y así sucedió. El panfleto, el pasquín, el anónimo estaban a la orden del día en la apacible capital de los antiguos schyris. También la labor de proselitismo entró en auge. Parece que puso sus ojos en gentes criollas de alto linaje. Quizás fuese esta ingenuidad suya su mayor equivocación. Su clara visión política habíase nublado por esta vez. Un pueblo aspirante a la irrestricta autonomía civil comete grave error llamar en su ayuda a sus propios verdugos. Eso es de género infantil. La nobleza criolla, por más noble y criolla que sea, potencialmente encarna o significa su enemigo común y, tarde o temprano abjura, traiciona o abandona las filas. No alienta idénticos sentimientos políticos.

De todos modos, Espejo recurrió a esos "sujetos de clase distinguida", amigos del Patriota. Ellos fueron los linajudos marqueses de Miraflores, Selva Alegre, Villa Orellana, etc. La proyección histórica de algunos de éstos está en entredicho, así nos lo hace saber Manuel María Borrero en su Acotaciones a la Historia.

Y... ¿cuáles serían esos sus "corresponsales y confidentes de Espejo" que menciona Villalengua? La Historia no ha logrado recoger sus señas. ¡Enigma!... ¡Cuántos secretos aún guarda ese cementerio de nombres y hechos que es el Archivo de Indias en Sevilla!

Se tiene convicción de lo conjeturado por una comunicación de fecha 17-XI-1810 que Molina, entonces Presidente de la Real Audiencia de Quito _hallada por el historiador Monseñor González Suárez en el Archivo de Indias (Sevilla)-, dirigiera al Gobierno español. En aquella nota oficial, Molina confirma que Espejo _muerto ya 15 años atrás- estuvo comprometido y fue promotor en la conjura de emancipar las colonias españolas de este Hemisferio Occidental, para constituirlas en naciones con gobiernos libres, soberanos y demo-republicanos, como los instalados hacia poco en EE.UU. y Francia; comunica que Espejo tenía concebido el proyecto bélico de movilizar en bloque monolítico, y en una misma fecha, a todas las principales capitales de virreinatos y audiencias. Sospecha que Espejo encabezaba el pronunciamiento. De que él fuese el guía máximo en Quito, no cabe dudas.

También se dice que el mismo historiador González Suárez hizo el hallazgo, en aquel Archivo, de otros documentos probatorios que el agitador Espejo era el caudillo principal, y que el Marqués de Selva Alegre, don Juan de Dios Morales y don Juan de Salinas se hallaban en el interior de los planes del conductor quiteño. La mencionada carta de Molina, dirigida "al Secretario en el Despacho Universal", explicábale cómo se produjo la revolución en Quito el 10-VIII-1809 y allí inculpa al Marqués de Selva Alegre y a su familia de haber sido "herederos de los proyectos sediciosos de un antiguo vecino, nombrado Espejo, que hace años falleció en aquella capital".

Su plataforma política

Su programa e ideario político aparecen con acentuado sabor nacionalista. Propugnaba de inmediato por una administración netamente nacional de la cosa pública. Alentaba una organización estatal jurídicamente republicana y demócrata. Preconizaba la intervención de los criollos en el manejo y conducción de los destinos socio-político-económicos del país; es decir, demandaba ahincadamente que tomasen parte en la constitución del nuevo gobierno popular únicamente los americanos nacidos en estos lares. Pedía que los extranjeros no fuesen expulsados del territorio nacional, sino que voluntariamente regresen a su país de origen, si así lo desearen, y aquellos que se quedasen, estarían obligados a no inmiscuirse en la política. Clamaba por la nacionalización del estado eclesiástico: que el Prelado, el secular como el regular, debería ser siempre un nativo, nacido en el país, y nunca un foráneo.

Ah, y algo muy importante: reclamaba la confiscación de los bienes del Clero latifundista de las vastas posesiones territoriales monásticas y de la Iglesia en total. Alegaba que sus miembros debían atenerse a lo más imprescindible en servicio de la sanidad física y espiritual de la nación y... de ellos mismos... ¡He aquí un antecedente de la Reforma Agraria muy de moda en la época actual! Con la sola diferencia que Espejo limitó su prédica a la forzosa expropiación de las inmensas extensiones de tierras que poseían indebidamente _con perjuicio del Estado y del campesinado- las corporaciones religiosas.

Es este sentido, el mismo Arzobispo González Suárez refrendaba lo de la cuestión clerical _encarada y planeada por Espejo- con esta interpretación suya:

"Sus ideas en punto al estado eclesiástico eran aún más sorprendentes. Opinaba que todo prelado así secular como regular debía ser siempre uno nacido en el país, y nunca un extranjero: deploraba la relajación de las comunidades religiosas, y la atribuía, en gran parte, al acumulamiento de las riquezas cuantiosas, que en haciendas y censos poseían los conventos y los monasterios, y así aconsejaba pedir al Papa que, dejando a las comunidades lo necesario, se destinara el exceso a obras igualmente buenas".

Evidentemente, esto indica que el Reformador quiteño se hallaba convencido de una inexcusable modificación substancial del modus vivendi del estado religioso en general. Por eso González Suárez añadía que el Sabio iba bien encaminado en cuanto a la forma de llevar a vías de hecho su audaz plan:

"Pero no se equivocaba ni andaba errado en la manera de realizarla. Pensaba y discurría como católico, pues sostenía que la reforma debía hacerla, a petición del gobierno civil, la Suprema Autoridad de la Iglesia".

De esta suerte, a la emancipación política, seguiríanle en respaldo la reforma cultural y religiosa: libertad de expresión o de emisión del pensamiento, de libre examen del individuo, contemplado como unidad orgánica (célula vital) del conglomerado o cuerpo social. Hablaba del libre albedrío en la dirección cibernética de los pueblos. Solicitaba hombres nuevos, oriundos de nuestra gleba, con ideas y conceptos liberales, eclécticos y dúctiles, aplicables a los dictados y formación peculiar de nuestra conciencia ciudadana. Recababa la erradicación, sin contemplaciones, de toda la podre en costumbres y de lo arcaico en enseñanzas _a la postre nocivas- a fin de lograr el progreso cultural.

Esbozó, pues, una programática desembarazada de la rigidez anquilosante y empecedora de aquellas confusas, dañinas y turbias doctrinas escolásticas a la sazón predominantes. Esquematizó las bases político-sociales y espirituales de las futuras nacionalidades indoamericanas.

Éste y no otro fue el tronco y cogollo de su credo revolucionario, con sentido y esencias substancialmente nacionalistas, o para mejor decir: americanistas, que con porfiado tesón nuestro irreductible y primerísimo Prócer reclamó hace cerca de 300 años. No es aventurado afirmar que en su pensamiento alboreaba el socialismo con creciente luminosidad.

Oscar Efrén Reyes, historiador ecuatoriano, en su Breve Historia del Ecuador, quien manifestara que la novel política preconizada entonces por Espejo no era precisamente la "de un soñador, sino de un estadista", traza en sucintos rasgos del proyecto de rebelión y lo sustantivo de la cartilla cívico-social auspiciada por Espejo. Reyes escribe de este modo:

"Por dicho proceso se supo que, de acuerdo con otros notables hombres de Quito y de varias capitales de América española, trataba de provocar una insurrección general, con los siguientes propósitos políticos:

"emancipación completa, mediante mutua ayuda militar entre las provincias hispanoamericanas; constitución de los países americanos en repúblicas independientes y democráticas; nacionalización estricta de las funciones administrativas y de gobierno, con prescindencia absoluta, sobre todo, del elemento español; y nacionalización del clero, y confiscación de las grandes y excesivas propiedades territoriales de las grandes comunidades religiosas, en beneficio del Estado".

Escuela de la Concordia

Sobre todo podemos decir que la niña de nuestros ojos es la juventud quiteña, a quien dedicamos los crepúsculos de nuestros conocimientos.

Patriota cabal e intachable y gran alquimista del pensamiento libertario fue este impar quiteño, sacerdote de la insurrección; amén de terror y pánico de los ensoberbecidos y altaneros funcionarios de la metrópoli hispana.

Desde la capital de Nueva Granada, a donde había ido proscrito por sedicioso, escribía a sus compatriotas urgiéndoles a constituir un círculo cívico que bautizó con el nombre de Escuela de la Concordia y que posteriormente se denominó Sociedad Patriótica de Amigos del País de Quito. Ella propendía a la unificación de afanes, a la cohesión de ideas afines, a la estimulación del amor propio y al fortalecimiento del orgullo nacional. Obraría a modo de fermento aglutinador de ciudadanos cívicos bien intencionados que trabajasen al unísono y consecuentes al calor de un idéntico empeño y puntos de mira: la reconstrucción, renovación y consiguiente engrandecimiento de la Nación. La Escuela sería el nido y germen de las nuevas concepciones socio-políticas. Su función social se encaminaba, sobre todo a:

"combatir la ociosidad y los vicios". Y para el logro cabal de esta benéfica Institución, informa Miguel Albornoz que "se nombraron cuatro comisiones: de Agricultura, de Ciencias y Artes útiles, de Industria y Comercio, de Política y Buenas letras. Se resolvió tener reuniones los sábados por la tarde y suscribir una cuota de ocho pesos por año".

Espejo

La idea de formar una sociedad patriótica habíala concebido ya por el 1786, cuando escribió su Defensa a los Curas. Allí acucia al Rey _entonces Calor III- a:

"que se llega el tiempo de que S. M. promueva, que en todos sus dominios de América, se deben de establecer las Sociedades Patrióticas, que hoy adelantan tanto el esplendor y ventura de nuestra Metrópoli".

Claro, no era una idea suya novísima, original. Ya en algunos países europeos _antes que España- se habían implantado este tipo de instituciones impulsadoras del estándar de vida y del nivel cultural de los pueblos. Después con Carlos III (impulsor de la investigación científica en las Colonias) y luego con Carlos IV, su efectivo estimulador, se establecieron dichas sociedades en España y América. Pero el irredentista Espejo fue quien dio la clarinada para los países de habla castellana.

Inducida e instigada por Espejo la sociedad se fundó. Fue inaugurada el 30 de noviembre de 1791, y el Sabio, su cofundador, fungió de Secretario de la misma, y fue el redactor de los Estatutos y Reglamentos. Justamente, a los dos años de vida la Institución agonizó: 11-XI-1793.

El historiador Enrique Garcés nos refiere en su biografía sobre el Duende que la disolución de la predicha corporación fue por orden taxativa del Monarca español, mediante una importante Cédula, que, al parecer, ha permanecido ignorada; descubierta por Garcés en el Archivo de la Corte Suprema de Justicia (Quito). El tal documento, escribe él, está fechado en San Lorenzo del Escorial 11-XI-1793 y remitido al entonces Presidente de la Real Audiencia de Quito. En su "parte resolutiva" expresa terminantemente el Monarca:

"...desaprobando hubieseis puesto en ejecución el establecimiento de la referida Sociedad de Amigos del País sin que hubiese precedido mi Real aprobación con arreglo a las leyes que prohiben toda Junta sin esta circunstancia, he resuelto que como os mando se suspenda su ejercicio hasta mi real determinación. YO EL REY".

Y Garcés, a renglón seguido, hace la siguiente acotación:

"Es curioso que en esta Cédula se citen informes especiales del Obispo de Quito José Pérez Calama, que renunciaba su mitra y que llegó a decir algo contra la Sociedad de Espejo".

No se nos escapa que el tal Pérez Calama tenía un olfato de fino sabueso y que su papel de repugnante traidor -¡clérigo al fin!- a la emancipación de América lo rubricó en los citados informes.

No era para menos. Pues, a los fines inmediatos perseguidos su fundación, consistentes en el fomento del patrimonio nacional bien promoviendo la educación pública o bien la economía nacional, acrecentándola con una adecuada estimulación planificada del comercio, de la agricultura e industrias; repetimos, no sólo atendía y contemplaba aquellas vitales necesidades para el pueblo, sino que, al socaire o socapa de esa Institución, se escudaban y engendraban otros trascendentes móviles de próxima repercusión histórica: los de significación política. En una palabra: se fomentaba en la ciudadanía una vigorosa conciencia revolucionaria.

Pero, para decir verdad, la llamada Escuela de la Concordia no cumplió a derechas sus iniciales designios. Solamente se limitó a la fundación de un órgano publicitario, el periódico "Primicias", vehículo que, desde luego, manejado por Espejo significó bastante y mucho en lo concerniente al aspecto cultural del País. Con él y en él prosiguió el Chúzhig su generosa y fecunda siembra de ideas. Infortunadamente, periódico y sociedad padecieron idéntico destino: su vida resultó efímera. El primero moría a los dos meses y dos semanas de nacido y, la segunda, a los dos años de fundada.

"Amigos" eran de la Sociedad, o la integraban, prestigiosas personas de la flor y nata del colonial patio quiteño, incluyendo las más altas representaciones civiles y eclesiásticas, además personajes foráneos; todos de reconocida solvencia moral y económica. Entre los titulados "socios protectores" de "número" y "supernumerarios" alcanzaba la cifra de 96 _salvo error u omisión- y no 58 como afirmara el historiador Pedro Fermín Cevallos (en cambio, en la lista que E. Garcés y Rubio Orbe ofrecen en sus respectivas biografías sobre Espejo, la relación llega a 90, y es la confeccionada en el 1790). Digno de repararse es la circunstancia de que buena parte de esos "Amigos" constituyeron luego las avanzadas en el martirologio de nuestra Revolución emancipadora. He aquí la nómina, fechada en 1791.

Miembros de la Sociedad Patriótica de Amigos del País

Socios protectores:

  1. El Virrey de Santa Fe (Espeleta)
  2. El Presidente de la Real Audiencia, Juan José de Villalengua.4
  3. El Obispo de la Ciudad, José Pérez Calama.
  4. Presidente Conde de la Casa-Jijón, Pedro Marcos de León y Velasco.

Socios de número:

5. Director: Conde de Selva Florida, Manuel Ponce Guerrero.
6. Secretario5
7. Censor: Dr. Ramón Yépez
8. Tesorero: Antonio de Aspiazu
9. Marqués de Miraflores, Mariano Flores
10 Marqués de Solanda, Felipe Carcelén
11. Marqués de Maensa (Conde de Puñonrostro), Manuel Matheu y Herrera
12. Marqués de Selva-Alegre, Juan Pío Montúfar
13. Marqués de Villa-Orellana, Jacinto o Clemente Sánchez de Orellana
14. Marqués de Villa Rocha (o Villarrocha), José Antonio de Rocha y Carranza
15. Pedro Gómez
16. Joaquín Tinajero y Guerrero
17. Manuel Diez de la Peña
18. Mariano Donoso
19. Gabriel Zenitagoya
20. José Javier Ascázubi
21. Pedro Calisto Muñoz
22. Carlos Presentí
23. José Pose (¿Ponce?) Pardo
24. Juan José Boniche
25. Dr. Juan Bernardino Delgado y Guzmán
26. Nicolás Carrión
27. Pedro (¿Manuel?) Quiñónez Cienfuegos
28. R.P. M. F. Isidro Barreto
29. R.P. Jubilado F. Francisco Graña
30. R.P. M.F. Próspero Sánchez
31. R.P.M.F. Juan de Aráuz
32. Supernumerarios:
33. Marqués de Lises
34. Pedro Montúfar
35. Dr. José Cuero y Caicedo
36. Joaquín (¿Jacinto?) Sánchez Carrión, hermano del Marqués de Villa-Orellana (?) 36. Dr. Javier de la Fita o Lafita (?)
37. Tomás Bustamante
38. Miguel González
39. Francisco de Borja
40. Melchor de Benavides
41. Andrés Salvador.
42. Gabriel Álvarez
43. Juan Ignacio de Aguilar
44. Francisco Villacís
45. Antonio Romero de Tejeda
46. Dr. Sancho de Escobar
47. José Renjifo
48. Ramón de Larrea
49. Juan de Larrea y Guerrero
50. Pedro Fernández Cevallos
51. Dr. Mariano Grijalba
52. Manuel Bernardo Álvarez
53. Mariano Monteserrín
54. Manuel Zaldumbide
55. Francisco Javier de Salazar
56. Agustín (¿Justino ?) Martín de Blas
57. Alejo Guerrero
58. Nicolás Pastrana
59. Francisco Gómez de la Torre
60. Gregorio Larrea
61. Mariano Maldonado
62. José Aguirre
63. Ramón de Ibarguren
64. Dr. Pedro de la Carrera
65. Francisco Javier de Azelus
66. Baltazar Carriedo
67. Dr. Pedro Dávalos
68. Dr. Juan Pablo Espejo
69. Dr. Mariano Jácome
70. Tomás Quijano y Lemos
71. Dr. Mariano Cuesta
72. Mariano Guerrero
73. José Ustáriz
74. Miguel Cuesta
75. Dr. Luis de Mera
76. Melchor de Rivadeneira
77. Dr. José Miño
78. José Olais
79. Miguel de Vadaurreta
80. Francisco Sánchez de la Flor
81. Luis de Hugo
82. Nicolás Cabezas de Merizalde
83. José María Lozano
84. Antonio Nariño
85. Dr. Martín Hurtado
86. Francisco Antonio Zea
87. Dr. Ramón de Argote
88. Jacinto Bejarano
89. Dña. Magdalena Dávalos
90. Estanislao Andino (V. nota 4)
91. Lucas Muñoz y Cubero
92. Juan Moreno y Avedaño
93. Jerónimo Pizarro
94. Joaquín Arteta
95. Pedro José Aguilar
96. Antonio Marcos.

Instituir la Escuela de la Concordia fue uno de los más dorados empeños del Chúzhig que logró cuajar aunque a medias. La Fundación, como advertimos antes, no rindió plenamente los frutos previstos o apetecidos por lo prematuro de su clausura; pues, las autoridades hispanas habían descubierto el verdadero propósito de su establecimiento. A pesar de todo, la vigorosa simiente libertaria se regó en el surco. Un quinquenio más tarde eclosionaría en pujante fruto.

Su cálida voz, de insuperable amor al terruño se dejaba escuchar en nítidos acordes desde la ciudad santaferina. Desde allí _en su lúcido "Discurso a la ciudad de Quito"- arengaba a sus compatricios a alertar su sensibilidad de ciudadanos amantes de la emancipación política. Decíales:

"...yo querría, señores, no os admiréis, que el orgullo nacional fuese la segunda fuente de la pública felicidad. Si, señores, el orgullo es una virtud social: ella nace de aquella llama vital nobilísima que distingue al indolente del hombre sensible, al generoso del abatido, al ilustre del plebeyo".

Y a vuelta de página de su fogosa y vehemente alocución, de sentida civilidad, les aguija el amor propio haciéndoles saber el mezquino y denigrante concepto que algunos europeos, como un tal Mr. Paw (V. ast. 286), verbigracia, se habían formado de nuestros pueblos amerindios:

"Vosotros _explicábales- sabéis mejor que yo el juicio que de vosotros formaría el mundo literario; y yo, que vengo a admirar vuestras cualidades honoríficas a la dignidad del hombre a pronunciar en alta voz nuestro carácter sensibilísimo de humanidad, sólo puedo deciros, que, desde tres siglos ha, no se contenta la Europa de llamarnos rústicos y feroces, montaraces e indolentes, estúpidos y negados a la cultura. ¿Qué os parece, señores, este concepto? Centenares de hombres cultos no dudan de repetirlo y estamparlo en sus escritos. Si un astrónomo sabio, como M. de la Condamine, alaba los ingenios de vuestra nobleza criolla, como testigo instrumental de vuestras prendas mentales, no falta algún temerario extranjero que publique que se engañó y que se juzgó preocupado de pasión el ilustre académico"

Ciertamente, no nos sorprende que Paw, Robertson (V. notas 286 y 456) y otros de aquella época tuviesen expresiones deprimentes, despectivas para los terrígenos de la América entera, si hoy, en pleno siglo veinte, continúan negándosenos toda clase de luces. Por ejemplo, no falta un Pío Baroja que cualifique a América de "Continente estúpido"; un Papine, que afirme con desparpajo que "América Hispana no ha producido un solo gran hombre ni de acción ni de pensamiento, ni una sola gran obra"; un Ortega y Gasset, que profiriera que "América está en la Prehistoria"; o bien: que "América era un Continente sin contenido"; o un Conde de Keyserling, cual despotricaba que estábamos aún en el tercer día de la Creación. Y así por el estilo.

Natural: no vamos a refutarles, por no desviar la atención del lector. Simplemente nos limitaremos a transcribir una opinión que viene de boca de un renombrado profesor español Gregorio Marañón, que desdichadamente acaba de fenecer (abril 1960). La expuso en una conferencia dictada el 21-II-1953, bajo el rubro "Visión de América a través del Ecuador"; publicada en "Ediciones Cultura Hispánica", Madrid. Y allí expresó categóricamente:

"Es absolutamente seguro que el americano conoce al europeo mucho mejor que el europeo al americano. Y que el suramericano conoce a España mucho mejor que el español a Suramérica".

El concepto parécenos diáfano. No es un mero cumplimiento del destacado publicista y científico contemporáneo. Por tanto, huelga toda aclaración al respecto. Escupitinas a América es echar escupitajos al cielo, revierten como el bumerang. De Pío Baroja y etc., no nos asombra; pero sí de Ortega y Gasset.

Más lo que sí nos interesa ahora es señalar que las mágicas palabras del proscrito Espejo tuvieron la gracia miliunanochesca del ¡ábrete, Sésamo!... A su conjuro, el quiteño revigorizó el ánimo. No fue remiso en congregarse con puntualidad a la cita del honor. Y la Sociedad se fundó. Desde entonces, un haz de voluntades unificadas emprendía la marcha en pos de un futuro mejor. No ignoraban la letra y espíritu del conocido apotegma: La unión hace la fuerza.

Posteriormente, en su quincenario Primicias, imprimiría cierto aire profético a su palabra escrita, cuando, con emocionado énfasis, noticiaba a sus conciudadanos un brillante amanecer de dignidad y decoro nacionales. El pronóstico lo copiamos a la letra:

"Un día resucitará la patria; pero los que fomentarán su aliento, y los que tratarán de mantenerla con vida, sin duda que no serán los que habiendo pasado las tres partes de sus años en pequeñeces, no están para aplicar sus facultades a estudios desconocidos y prolijos: serán esos muchachos que hoy frecuentan las Escuelas con empeño y estudiosidad. En ellos renacerán las costumbres, las letras, y ese fuego de amor patriótico, que constituye la esencia moral del cuerpo político".

Prolegómenos irredentistas

Así, pues, yo me hallo en derecho y posesión de ilustrar a mi patria, de perfeccionar la obra y de no hacer caso del tumulto de los ignorantes.

Sergio Lasso M., en su estudio Eugenio Espejo: político, nos habla del estupendo y adiamantado mestizo como el "creador del Derecho Internacional Panamericano". Su criterio responde integralmente a la verdad. Se basa él en la lapidaria frase espéjica: "América deber ser solamente para los americanos"; lema o pensamiento suyo. Similar a la tan debatida expresión _pero diversamente interpretada-, poco oportuna y nada edificante del general Monroe: "En lo venidero ninguna nación de Europa tendrá derecho a establecer colonias en el continente americano", sintetizada en: "América para los americanos", enunciada por éste con bastante posterioridad: unos 30 años después. No por esto pretendemos insinuar que hay un flagrante plagio. No tal cosa. La existencia intelectual de Espejo vino a ser conocida muchos años más tarde que la tal locución del yankee adquiriera fama e historicidad.

Eso sí, sospechamos que la susodicha locución pudo ser llevada a conocimiento de Monroe a través de su Secretario de Estado, Mr. Adams, quien a su vez parece haberla recogido de su amigo el español don Manuel Torres, a la sazón diplomático de la Gran Colombia ante el Gobierno norteamericano; y Torres, bien pudo haberla escuchado de labios del mismo Espejo, o bien pudo haberla leído en los manuscritos llevados a Santa Fe de Bogotá como piezas de convicción en el proceso que se le incoó por "reo de Estado", año 1789-90. Torres era entonces un alto funcionario de ese Virreynato. Posteriormente, unos 30 años después, fue a Washington y allí hizo amistad con Adams. Según el escritor cubano Soto Paz existen cartas de Torres a Adams en las que consta la frase en cuestión: "América debe ser sólo para los americanos". También, colegimos nosotros, Monroe pudo haberla oído de boca de su buen amigo: Vicente Rocafuerte, quien, por el 1821, se hallaba en los EE.UU. en funciones diplomáticas por cuenta del Gobierno de México. La histórica frase, original de Espejo, prendió en los oídos de Monroe bien por la vía Torres-Adams o la de Rocafuerte.

"Pero lo interesante de la idea _digámoslo de paso, y perdónesenos la digresión- es que, con el decurso del tiempo ella ha sufrido variados matices de proyección y enjundia filosófica más amplia. Veamos:

El inglés Canning, en 1822, condensó su pensamiento político en este par de frases: "que el Nuevo Mundo había sido creado para restaurar el equilibrio del Viejo Mundo" y que "las cosas y los asuntos de América valen infinitamente más para nosotros que para los de Europa"... Alguien las tergiversó asegurando maliciosamente que Canning quiso decir: "América para Europa"... La réplica no tardó. Monroe, en su Declaración (1823), sintetizó el cuerpo de doctrina que lleva su nombre en esta frase más expedita y poco feliz: "América para los americanos", que algunos _especialmente los monopolios y gobernantes "gringos"- la han interpretado así: "América para los americanos del Norte". Años después, 1889, el pensamiento evolucionó con el estadista argentino Roque Sáenz Peña, quien amplió el concepto político que apoyado en el aspecto de la ley sociológica, exclamó: "¡Sea la América para la Humanidad!". Pero es el caso que la escritora española Eva Canel, en su obra Lo que vi en Cuba (1916), atestigua que fue el Apóstol Martí, año 1898-99, el autor de la frase, y no el argentino.

Prosigamos. Y el Dr. S. Lasso Meneses, evocando a Espejo como plasmador y fomentador del Derecho Internacional Panamericano, añade.

"... porque asimiló la Declaración de Filadelfia e hizo suya la de la Bastilla, propagando desde Quito la Doctrina liberal en el mundo Colombino; porque fue el fundador de la verdadera democracia en América".

Finalmente, Lasso hácenos una oportuna aclaración acerca de la famosa galería de paladines nativos que presiden la sede de la Unión Panamericana de Washington, fundada en 1932. Es el caso: Ecuador se enfrascó en una interminable discusión sobre el hombre más representativo de nuestra nacionalidad. Se barajaron como ocho nombres preclaros para ocupar el puesto señero. Todos obtuvieron muchos votos ¡Y Espejo ni uno solo! Oigamos el comentario de Lasso:

"La Unión Panamericana fundó una galería para los héroes máximos del Continente Americano. El sitio correspondiente al héroe ecuatoriano permaneció desierto por espacio de una década. En el Congreso Ordinario de 1942, se trató de llenar esta vacante y surgió una discusión acerca del calificativo de héroe. Sin desconocer los méritos de otros ilustres ecuatorianos, yo defendí la prioridad de Espejo y para el fue mi voto".

¡Gracias, muchísimas gracias, doctor Sergio Lasso Meneses!

A los diez años de indecisión y de discusiones bizantinas de los congresistas ecuatorianos el busto esculpido en mármol _labrado por Luis Mideros- del Prócer andino ocupaba el sitial que merecía por derecho de primacía y prioridad. El Duende entró triunfal en escena a última hora... como suelen hacerlo los Monarcas. Se hizo esperar... El cónclave plenario de olímpicos amerindios permanece allí, en el hall de Honor de la Unión Panamericana, en eterna asamblea.

Está codo a codo con Bolívar, Washington, San Martín, Sucre, Juárez, Martí, Bonifacio, O'Higgins, Santander, Duarte, Unanue, Artigas, Herrera, Mora, Delgado, Dessaliness y Barrios.

Asimismo, consecuente con la altura y pureza de su pensamiento patriótico, Pío Jaramillo Alvarado, ese digno patriarca de las Letras Ecuatorianas y "Doctor en Ecuatorianidad", según lo aclamara Loja (su patria chica) _no ha mucho "Doctor en Ciencias de la Patria", como tinosamente le justipreciara su conciudadano M. Benjamín Carrión-, ardoroso panegirista de Espejo, tiene excelsitudes de expresión ajustadas a su talla, como éstas:

"Y de este legado prefiero para su elogio el oro puro de su patriotismo, la palabra vibrante del periodista y del político, la obra cívica inmortal del precursor de la independencia, y su mensaje profético en bien de la nación quiteña, hoy ecuatoriana, que revela la intensidad de su genio; pues son válidos sus pensamientos, sus advertencias, sus admoniciones, un siglo después del devenir político, cumplidos ya sus anhelos emancipadores y realizada la República, que necesita aún ser iluminada y dirigida por su espíritu.

"Pues la gloria del Precursor Espejo radica fundamentalmente en el patriota; su obra trascendental es la del periodista; su contribución a la creación de la patria fue su actividad de conspirador, de agitador oculto, misterioso, de búho que presagia con su nota estridente en las tinieblas del ambiente quiteño, la presencia de los ojos abiertos a la verdad que difundía en el periódico mural y en la conspiración permanente contra la injusticia, los perjuicios de las castas sociales y los errores y las responsabilidades de los dirigentes políticos. Lo que trascendió y perdura en la vida nacional, es, pues, la actuación política del patriota y la rebeldía del periodista" (...) "El espíritu y la acción de Espejo fecundó la revolución emancipadora. Esta es su obra inmortal".6

Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo no logró encubrir del todo el anonimato en que se escudaba. Sus limpios fervores _enardecidos y reverdecidos cada vez más y más- hacia el trinitario postulado de la Revolución Francesa _culminado con la toma de la Bastilla-: Libertad, Igualdad y Fraternidad, troquel del pensamiento democrático, trascendían al dominio público y al conocimiento de las esferas oficiales. Y por practicar estos saludables principios, y por reeditar en el Continente nuestro idéntico pronunciamiento político-social, hubo de bregar audazmente con los escasos recursos que se hallaban a su alcance.

Si hubiese vivido él, medio siglo después, habría repetido, sin duda, palabras iguales a las del norteamericano Martín Van Buren, pronunciadas durante su campaña presidencial de 1848, propugnando la confinación de la esclavitud en los Estados del Sur de Norteamérica, preludio de esa odiosa y cruenta Guerra de Secesión. Clamaba por: "Suelo Libre, Palabra Libre, Trabajo Libre y Hombres Libres" (De "Breve Historia de los Estados Unidos", por A. Nevins y H. S. Commager).

Es obvio: realizó una diligente y contumaz labor insurgente. Cultivaba y sostenía correspondencia sediciosa _se conoce desde 1787- con distintas ciudades, lejanas y cercanas, del Hemisferio hispánico: México, Guatemala, Panamá, Santa Fe, Popayán, Lima, Mariquita, Guayaquil, etc.7

Espejo

Inclusive había meditado visitar algunos países americanos, para, con su presencia personal, imprimirle calor, unidad y celeridad al movimiento anticolonialista. Así, se sabe, que por el 1794 _un año antes de su prisión y muerte- pretendió ir al Perú e hizo diligencias para visitar México, Caracas y Buenos Aires. Iría en plan de mensajero de sus propias ideas subversivas, de sus concepciones acerca de la colaboración, solidaridad y unidad hemisférica. Iría, en acto de proselitismo, a estimular y a recabar la unión y rebelión de pueblos coyundados bajo el oprobioso signo del nefasto coloniaje.

De los planes de Espejo para la manumisión de las colonias hispanoamericanas, no sólo el Marqués de Selva Alegre (Juan Pío Montúfar, el traidor número 1), Juan de Dios Morales y Juan Salinas estaban inteligenciados, sino probablemente, como lo sugiere el historiador don Roberto Andrade, también fueron partícipes, o estuvieron en su interior:

"El Dr. Ante, Rodríguez de Quiroga, José Mejía, su pariente por afinidad, Juan Larrea, quizás Olmedo, debieron ser amigos de Espejo, fraternizando de alguna manera con él. Estos fueron los apósteles en la revolución del 10 de agosto: los otros, los marqueses, los condes, los ricos, no fueron sino candelabros en la ceremonia de bautizo en una Iglesia. Los primeros inspiraron a los segundos, no la idea de libertad, porque no la habían aprendido, sino de sustituir, en la autoridad, a los empleados españoles" (...) "Los descendientes de españoles, los ennoblecidos aquí, a poder de socaliñas, no fueron sino instrumentos de esta revolución, por expectativas de ventajas personales" (Historia del Ecuador por R. Andrade).

En horas nocturnales _quizás embozado en espaciosa capa de paño, o acaso cubierto en típico poncho de guanaco, o de vicuña- solía abandonar su morada- sita por las proximidades de la plazoleta de la iglesia de Santo Domingo- y a paso apretado, cruzaba esquivo las calles colindantes. E iba pegando con engrudo, en murallas, puertas y esquinas el mensaje subversivo. Una proclama aquí... un pasquín allá... El papel de la canalla es la muralla, enseña el adagio; más en el caso del muralista y pasquinero Chúzhig, en la muralla prendía los luminiscentes signos de la anhelada Libertad.

Tan pronto rompía el alba el doctor acercábase con zorrería al corro de curiosos escandalizados que leían y comentaban a sovoz el texto del duendístico mensaje. Socarrón, también él echábale un vistazo, aparentando asombro y perplejidad en fugaz mohín. Una sonrisa drolática orillaba retozona sus labios en emoción.

El P. del Rosario no nos permitirá mentir. En el juicio por difamación que doña María Chiriboga le sigue al Chúzhig, el susodicho fraile prestó declaración juramentada en los términos que sigue:

"Entre los Pasquines y Libelos que corrieron poco tiempo después del ingreso al Gobierno y Presidencia del Señor Don Josef García de León, y Pizarro, fue un Pasquín que el mismo Eugenio le refirió haberlo puesto en un Pilar de la Puerta de la Iglesia de Santo Domingo, muy de madrugada a la vista pública, y como tenían su casa cerca, advertía el concurso de los que lean, y pareciéndole tiempo oportuno, él mismo se incluyó entre los espectadores, y se hizo que lo lea, diciendo que era un papel injurioso, y que se debía quitar; pero no lo quitó".

Según nuestras indagaciones, hemos llegado a saber que, en efecto, en aquel Templo de Santo Domingo había, por el costado que da a la calle Maldonado (antiguamente El Mesón, donde vivía Espejo), una puerta que daba acceso a la Iglesia; la cual la sellaron o clausuraron (aún se aprecian sus contornos en la pared) en el año 1886 los padres italianos y también retiraron la cruz de piedra que se encontraba frente a esa puerta; es decir, la cruz donde Espejo adhería sus inflamados pasquines revolucionarios.

Nadie pudo avistarle en tan furtivos menesteres de arriesgada empresa insurreccional. Más el índice acusador de los funcionarios públicos, y el pueblo a media voz, señalaban al búho y duende Espejo como el más capaz e idóneo para este género de aventuras. Su clandestina faena de soliviantar pueblos era asaz peligrosa. Sin embargo, él la maquinaba y ejecutaba solo, eufórico. Actuaba en forma solapada, sigilosa, astuta, con rigurosa escrupulosidad. ¡Y así tenía que ser! El tremendo riesgo que corría hacíale redoblar su ya de por sí fina sagacidad.

Fue un duende fidedigno _por etéreo e intocable- en su subrepticio trajinar revolucionario. Sólo se corporificó dos o tres veces para ir a la cárcel y otra para encaminarse al destierro. Tan misterioso, tan hermético y tan de cuidado representó su laborío de zapador insumiso, contumaz, que únicamente por simples sospechas hubo de ser condenado a prisión. Fue, pues, un revolucionario de mucha trastienda en el modo sigiloso de obrar. Jean de la Fontaine, sentenciaba:

"Los hombres que no hacen ruido son peligrosos".

Y el Duende... ¡lo era en grado extremo!

Las cruces de piedra. "Liberi esto"...

Diga el mundo lo que quiera, sus preocupaciones no

me han de impedir hablar la verdad y todo lo que convenga a su mayor felicidad (de la Patria), pues yo no podría callarlo sin delito.

Espejo

Incuestionablemente, he aquí los prolegómenos de la Gran Revolución Hispanoamericana. "Sed libres", era el grito independentista.

La Historia relata que la mañana del 21 de octubre de 1794, aparecieron en casi todas las cruces de piedra que hubo en la ciudad (en plazas públicas y frente a las iglesias) unas pequeñas banderolas de tafetán rojo, cruzadas de fondo blanco de papel, en cuyo anverso rezaba una alocución y consigna en latín de trascendente sentido histórico-patriótico: Liberi esto. Felicitatem et gloriam consecuto; y, al reverso, en cruz de papel blanco, en la tira que trazaba los brazos, se leía: Salva Cruce. Vertidas o interpretadas al castellano las dos leyendas, expresan: Sed libres. Consigue tu felicidad y gloria al amparo de la Santa Cruz. Y... de porfía, decimos: ¿Y por qué no también al amparo de nuestro Santa Cruz y Espejo?

El mismo día, en las paredes y puertas del vecindario amanecieron colocados pasquines sediciosos acuciando al pueblo a la insurrección.

Algunos escritores aseveran que el Dr. Alberto Muñoz Vernaza prueba con documentos fehacientes la falsa inculpación hecha a Espejo como autor material e intelectual del lema subversivo, concediéndole la paternidad a don Vicente Peñaherrera; pues, éste, explican, "se jactaba de haber sido el autor del plan que hace catorce años se atribuía a Dn. Eugenio Espejo" (Cita del Dr. G. Rubio Orbe, anotaba en su biografía de Espejo).

También se le imputó el hecho a un modesto ciudadano conocido por el "Maestro Marcelino", a quien, por remota conjetura se lo mantuvo tras los barrotes carcelarios. González Suárez abunda en la misma opinión: "El único, a quien entonces se persiguió, fue un pobre maestro de escuela, sobre el cual recayó la sospecha de que podría saber quién era el autor de las banderillas y de los letreros: a Espejo no se le persiguió".

Don Pablo Herrera dice que el tal Marcelino era de apellido Pérez; en cambio, Manuel de Jesús Andrade, en su libro Próceres de la Independencia, afirma que era de apellido Navarrete.

He aquí la ficha biográfica que Andrade nos da de él:

"Maestro Marcelino". Lo era en Quito de primeras letras en 1794. A él le ahijaron las autoridades las banderillas de tafetán encarnado que aparecieron fijadas en algunas cruces de la ciudad el 21 de Octubre de dicho año" (...) "Sincerado el dómine, se le puso en libertad, aún cuando la semejanza de su letra con la de las inscripciones no pudo destruirse. Pudo servirle de calígrafo al ingenioso Doctor Santa Cruz y Espejo con quien tenía vinculaciones de estrecha amistad el respetado, ilustrado y enérgico maestro don Marcelino Navarrete".

De presumir es que jamás le cruzó por la mente la idea que acababa de rubricar con caracteres indelebles, respetados por los siglos, su propia sentencia de muerte. Había grabado el INRI con su misma mano, arriba, en el capitel de la insignia cristiana.

Al socaire del emblema de la Religión Católica, y en el latín clásico de la república romana, el Protoprócer interandino, el Adán manumisor, incitaba al pueblo a obtener su codiciada liberación. Eso es: se sirvió del representante de la Iglesia y otro del magisterio, dos vehículos insuperables, para inculcar y difundir en el pueblo sus verdades político-sociales. Al menos así consta en el sumario que el Cabildo Eclesiástico levantó a su hermano sacerdote. En él se dice que Eugenio "tuvo dos esenciales amigos" para divulgar su doctrina revolucionaria: "el maestro de escuela y el sacerdote"; es decir: A Juan Pablo y a Marcelino. (En la corta biografía de Juan Pablo _V. Breves Semblanzas- daremos el resumen de ese sumario que Enrique Garcés extractó y publicó en su libro). Las autoridades coloniales nunca pudieron comprobarle de modo fidedigno que hubiese sido él el responsable de tan inusitado llamamiento a la ciudadanía quiteña: invitación explícita a salir al ruedo en demanda y reconquista de su sacrosanta libertad, comprometida, detentada tres siglos cumplidos por la constrictora Corona de Castilla.

Las conjeturas, los indicios, las presunciones _como lógico era de presumirse por un cúmulo de antecedentes- recayeron de lleno en este santo laico.

Se le acusó y formó expediente procesal "por cierta causa grave del Estado" (Pedro Fermín Cevallos) y, por orden del Presidente de la Real Audiencia, don Antonio Muñoz de Guzmán, fue a dar con su endeble humanidad en lóbrega, malsana y fétida cárcel, allá por enero 30 de 1795; la cual sólo abandonó agonizante meses más tarde para expirar, breves días después, en casa de su hermana Manuela. Como dijera don Roberto Andrade: "¡Privado de la libertad, porque trabajaba por la libertad para otros!" ¡Cruel paradoja, eh!

No pocos inducen que el satírico "Luciano" de Quito, quien parló por millares de lenguas ansiosas de ejercitar las libertades fundamentales que enaltecen al ciudadano, pretendió asestar su golpe mortal al colonialismo en el mismo año de su encarcelamiento.

Estudiando el expediente original seguido al patriota por las banderolas colocadas en los sacros símbolos cristianos, González Suárez dice que no se encuentra "ni el más leve indicio contra Espejo". Discrepamos de la afirmación del arzobispo _historiador. Al contrario hay buen número de indicios que permiten colegir que Espejo venía socavando la estructura del régimen colonial. Si el juicio no se substanció del todo, también esta vez (como en el caso de la querella, donde involucraron la cosa política) obedeció a las graves implicaciones que en sí conllevaba, prefiriéndose, por simple prudencia, echar tierra al incidente. La tormenta quedaba así conjurada.

A pesar de todo, sea por el asunto de las cruces o no, lo cierto es que seis o siete días después, don Luis Muñoz de Guzmán, en carta Reservada del 6-II-1795 (documento que hallamos en la Biblioteca de la Casa de la Cultura, Núcleo de Azuay _Cuenca-, en fecha 6-I-1959), le hace conocer al Virrey Espeleta el encarcelamiento de los hermanos Espejo en estos términos:

"Reservada

"Excelentísimo Señor:

"Habiéndoseme dado noticia, que el Presbítero don Juan Pablo y el médico Don Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo vertían en sus conversaciones especies poco conformes a los derechos de su Majestad y que favorecían las ideas de libertad que contaminan en el día a todos los países, he procedido a averiguarlas y han resultado ser fundadas las sospechas, por lo que están arrestados, y se les está siguiendo causa. Lo que pongo en noticia de Vuestra Excelencia, para que quede enterado de ello, y concluida que sea, daré cuenta de sus resultas.

"Dios guarde a Vuestra Merced. Quito, 6 de febrero de 1795.

"Excmo. Señor

f) Luis Muñoz de Guzmán

"Al Excmo. Sr. Dn.

Jph. de Espeleta".

El Virrey Espeleta, aludiendo a las antedichas leyendas soliviantadoras en las cruces de piedra, escribió al Presidente de Quito Muñoz de Guzmán, "que el estilo de estas inscripciones era semejante al de las Doce Tablas,8 y que no se perdonará ninguna diligencia para evitar una conmoción popular; pues, las ideas que se revelaban en Quito se difundían en Bogotá (Pablo Herrera).

Por aquel mismo tiempo, Nariño y Zea, patriotas colombianos complotados (?) _socios supernumerarios ambos de la Escuela de la Concordia que creara Eugenio Espejo- también sufrían prisión en Santa Fe de Bogotá. Por septiembre aparecieron varios pasquines sediciosos; y además, descúbrese que el Rebelde Nariño había cometido el delito de lesa patria de verter a nuestro romance castellano Los Derechos del Hombre. Todo parece indicar que no se trataba de una simple y pura coincidencia. Existía una seria y positiva conjura de pueblos. Pues, en el sumario que se le siguió a su hermano Juan Pablo consta que Eugenio sostenía "consultas secretas" con gentes de Bogotá con miras a un posible alzamiento de pueblos; y más aún; consta, asimismo, que se tenía "listo todo un barrio de Quito" para la consabida insurgencia y que se había "cohechado al personal de uno de los cuarteles de la guarnición".

Con la detención del Chúzhig-Duende, la magna tarea autonomista sufría tremendo impacto en la misma espina dorsal... Su loable labor irredenta quedaba trunca.

¿Trunca? ¡No! La tea había quedado encendida. Y el epinicio cuajado a flor de labios. Casi tres lustros posteriores, una memorable alborada del DIEZ DE AGOSTO de 1809, fecha trascendental en los anales de las naciones de estos costados del Atlántico y mar Pacífico una parva brillante -¡lumbrarada!- de 58 próceres quitenses -recia columnata de la Independencia; forja de benefactores de pueblos-, que portaban con hombría el píleo o gorro frigio de los hombres dignos, vocearon al unísono, a viva voz: ¡Hágase la Libertad! Y la libertad fue hecha a golpe de pluma, plomo y sangre. El embrujo o magia del Verbo restalló vibrante en las bóvedas celestes del Continente Indio.

Y aquesta fulgente cabalgata de Redentores y Mártires Abeles _epígonos del Magno Espejo-, ejecutada a mansalva año después, un mediodía de agosto 2 de 1810, nos legó la más humana, la más codiciable y la más bella de las herencias cívicas: la reconquista del libre albedrío, que es nuestro preciado decoro.

Corolario: la tentativa insurreccional de Espejo del 1795 alcanzó su apogeo o cenit a los 14 años ulteriores y su nadir, o trágico epílogo, a los 357 días cumplidos.

Algunos condes y marqueses, amén de otros "sangriazulencos", que por meros lucros personales o ambiciones bastardas se enrolaron al movimiento y mantienen hasta el presente el honroso cognomento de "próceres"; traicionaron inicuamente a la Revolución Agostina. La Historia _que es crisol decantador de impurezas- tarda, pero los está ya expurgando. Sino, léase a don Roberto Andrade y a Manuel M. Borrero en Historia del Ecuador y en Acotaciones de la Historia, respectivamente.

Así acaeció en la mayoría de las revoluciones independentistas en nuestro continente mestizo con algunos tenedores de títulos nobiliarios, aristócratas y capitalistas aburguesados, liberales a mediatinta, que patrocinaron con sus apellidos no pocas conspiraciones. Ellos se sumaron a los progresistas movimientos sociales por puro hobby o esnobismo, porque siempre ha sido "de buen ver" _no comulgar sino presumir- ser catalogado como individuo de ideas largas, democráticas; pero, en la trastienda de su fuero interno animábales el fatuo interés de obtener el Poder y ser el nuevo gobernante de turno con jugosas prebendas. De ahí que, en llegada la hora de los sacrificios y olieran frustradas sus ambiciones y vieran lastimadas o en precario sus fortunas, o sufrir menoscabo sus patrimonios, privilegios, etc., entonces, véseles romper filas y desertar de la causa que con mojigatería pretendieron abrazar.

El Diez de Agosto tuvo tal resonancia en la sensibilidad e integridad de los criollos de la América colonial, que los chilenos, inspirados por la gloriosa gesta agostina, pretendieron colocar un faro en el puerto de Valparaíso con una inscripción que diga:

"Quito, Luz de América".

La conciencia de la insumisión gestó pujante en la bondadosa entraña de nuestras tierras; y tuvo _válganos la paradoja- un sublime alumbramiento de cruento parto. Pues, sabido es que las grandes revoluciones no suelen prender no confirmarse si no se bautizan, riegan o fertilizan previamente con abundante líquido bermejo vital. Es como ponerle la sal en la boca y la ceniza en la frente.

Aquella espléndida tarea señala un fulgente y decisivo hito en la historia de los Andes Meridionales. Es data de regocijo _por lo de Natividad y Pascua: nacimiento y resurrección juntos, que contiene- en el calendario civil ecuatoriano. Hoy, agosto de 1959, precisamente hemos celebrado el sesquicentenario de nuestro Primer Grito Libertario.

De ahí nace nuestra pretendida tesis de reclamar para Ecuador, en acto de justicia internacional, el dictado de Nación Prócer de Hispanoamérica. Si bien es cierto _y así lo apuntábamos en un artículo hace años-, barruntamos que Bolivia goce de tal prioridad por haber tomado la iniciativa emancipadora 25 días antes, el 16 de julio de 1809 (sin contar con la anterior del 25 de mayo del mismo año), con su célebre Junta Tuitiva de la Paz. La Historia aún no ha confirmado plenamente el hecho; pues, aquella Proclama agitadora no estuvo avalada por un efectivo levantamiento popular armado, en este caso, sería la cuestión a dilucidar.

De todos modos, el punto neural de partida, origen, centro de gravedad y vórtice de la Gran Jornada Emancipadora encuéntrase, justamente, en el equidistante trazo equinoccial que virtualmente subdivide al Planeta telúrico en dos Hemisferios. Ese imaginario punto geodésico es Quito: por antonomasia llamado Luz de América, como acabamos de decirlo. La naturaleza misma parece haberse encargado de remarcar simbólicamente su signo histórico con aquella Línea Ecuatorial que corre por el mismo endocardio del Novimundo, trazada por los geodestas en pleno y exacto mediodía de América.

Sinceramente, columbramos, Amerindia no ha captado aún a derechas lo que representa y vale para sí este genial indio Precursor, Patrón y conductor autóctono de nuestras libertades y derechos conculcados en el interior de la afrentosa Conquista. Y es que, por desgracia, sucede muy frecuentemente que los talentos y virtudes, cuando son de meridiana autenticidad, tardan en acreditárseles carta de naturalización. A semejanza de las mercancías cotizables, tales lumbreras demandan y requieren la hechicería de una agencia publicitaria, arte fenicio que sirve, cuando menos, para meternos gato por liebre, como vulgarmente expresamos. Infiérese de lo dicho: nada extraño es que veamos surgir como espuma grandes talentos formados por obra y gracia de una propaganda bien dirigida.

Nuestro excepcional y socrático Eugenio Espejo, promotor de manumisiones, careció de todo medio publicista; además, su carácter

duendesco no se avenía a ello. Sus escritos mismos, que habrían de conferirle crédito, solvencia y celebridad intelectual, permanecieron inéditos más de un centenar de años. Cuando mucho, algunos de ellos circularon manuscritos en número limitado de copias, unos anónimos y otros con firma apócrifa.

Por consiguiente, no hizo irrupción intempestiva e inusitada en el Templo de la Fama, ni ha abierto sus puertas con ganzúa. El, recién está entrando, silenciosa y tardíamente, sí. Empero, traspasa el pórtico de la inmortalidad con sus innúmeros valores en vigencia, intactos _acrecentados-, incólumes, y con ese carácter exclusivo de perpetuidad que imprime a los seres ciertamente gigantes de estatura mental. Va camino a la perennidad y a la universalización juntas.

En verdad, este Espejo es un fidedigno espejo de lustrosa obsidiana _permítasenos la metáfora-, cual usaban los inkarios y donde las generaciones actuales empiezan a mirarse en él.

Por todo esto, y por mucho más que se dirá después, deviene, en el patrio santoral civil, en nuestro santo laico de mayor predicamento. Ocupa, como columna miliaria, el primer lugar entre los Artífices de la Gran Insurrección Indoamericana; porque, como médico que fue, supo tomarle a tiempo y diestramente el pulso a las naciones avasalladas de este Hemisferio Occidental, cuales morían irremisiblemente de inanición y vergüenza colectiva, suministrándoles real existencia civil: receta y medicamento a la vez.

Con su inflamada verba, impresa y oral, alivió el desintegrador soponcio ambiental, aligeró el aire, oxigenó los viciados pulmones de la ciudad y dio curso libre a las aguas albercadas de la entumecida, bonancible y mística vida colonial. Esparció, irrigó y fertilizó la próvida simiente que muy temprano estallaría en fruto: la Santa Guerra de la Independencia.

Fue, sin disputa, el cerebro lúcido de Espejo que concibió la autonomía integral y, a modo de paraninfo, anunció en persona la entrada inmediata y triunfal del Siglo de la Revolución contra el colonialismo peninsular. Como derivación fueron entonces las benditas manos ejecutoras de Bolívar, Sucre y San Martín que consumaron la libertad de gran parte de los pueblos sudamericanos.

En Ecuador hubo dos privilegiadas plumas mestizas, arrogantes y escaróticas, que produjeron tremendo escozor en el alma y espíritu de sus adversarios: la del medio indio Eugenio Espejo (el Ecuatoriano No. 1), formidable, erudito, y la del medio mulato Juan Montalvo (el Ecuatoriano No. 2), magnífico cincelador de prosas impecables. Fueron dos soberbias inteligencias. El uno en la Colonia y el otro en la República entablaron fieras, ruidosas y gloriosas batallas político-sociales por el establecimiento de un orden democrático en el país. Si Espejo hubiese tenido la dicha de ver finiquitada su obra, como la tuvo Montalvo, sin duda habría dicho: Mi pluma mató el coloniaje en América, al estilo del sin par prosista, cuando ocurrió el desplome del dictador García Moreno, dijo: "Mi pluma lo mató".

Y es que estos dos preclaros seres, repitiendo lo que de ellos expresó el valioso escritor e historiador ecuatoriano Alfredo Pareja Diezcanseco en su interesante estudio intitulado De la Literatura Ecuatoriana Contemporánea:

"...comprendieron por sabiduría lo que tenían que hacer" (...)

"No hay duda de que ambos golpearon certeramente las puertas del tiempo".

Nota

En Breves Semblanzas de nuestro capítulo final, en las páginas concernientes a la vida de su hermano Juan Pablo, ofrecemos una síntesis _elaborada por E. Garcés- del Sumario seguido al sacerdote como partícipe del abortado pronunciamiento revolucionario, transcribimos más datos definidores de la personalidad política del vanguardista Eugenio Chúzhig.

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* Capítulo IV de la obra inédita "Eugenio Espejo (Chuzhig). El Sabio Indio Médico Ecuatoriano (Estudio Biográfico)". En: "Manuel Ygnacio Monteros Valdivieso 1904-1970". Compilación de José María Monteros Molina. Fundación Cultural "Manuel Ygnacio Monteros Valdivieso." Loja, Ecuador. 1995: 49-101.
1 En verdad, de lo "ibero" o "hispano" y "latino", como prefijo, poca cosa nos va quedando ya: las esencias hereditables se hallan extremadamente diluidas. No podemos hablar ya de una cabal unidad o comunidad de sangre ni de lengua (ésta, sólo persiste en las raíces de nuestra habla castellano-americana), ni de costumbres, ni de religión; que unas y otras, mestizadas o mistificadas (o como quiera llamarse) nos conduce por celdas distintas apuntaladoras de nuestra propia e inconfundible personalidad indoamericana. Nuestro ethos y sicología van siendo cada vez más peculiares. Amerindia o Indoamérica serían los vocablos más ajustables al concepto biológico. Ignoramos quién nos propuso el término "Amerindia", lo hemos visto usar en la obra Interpretación del Brasil por Gilberto Freyre, publicada en 1945.
2 La expedición de Requena trataba de demarcar las fronteras de la Real Audiencia de Quito con esos dos grandes ríos: el Marañón y el Pará, según el convenio de límites de 1777 conocido por Tratado de San Ildefonso. Requena, que tenía manifiesta animadversión a la Audiencia de Quito, es el máximo culpable de nuestras tribulaciones limítrofes con la hermana república del Perú. Este, en su condición de topógrafo, integraba la Comisión demarcatoria de límites entre España y Portugal cuya ventilación inicióse por el 1772. Requena permaneció en nuestro Oriente por 15 años. A fines del 1775 emitió su informe a la Corona Española. Allí no estableció demarcación alguna de linderos. Simplemente se contrajo a demostrar la utilidad de anexar a la gerencia diocesana de Cuenca las provincias de Macas y Mainas. Por sí y ante sí se había tomado atributos que no eran de su incumbencia. El Informe amañado, peca de los vicios de obrepción y de subrepción, como se dice en el argot forense. Años después, por el 1801, cuando Miembro del Consejo de Indias y asesor del Monarca en cuestiones gubernaticias de América, aconsejó la erección de una sede episcopal en Mainas, aunque su jurisdicción civil, igualmente la de los pueblos de Quijos, se transfiera al virreynato de Lima, y en este sentido se expidió en 1802 una Cédula Real, la que agravió la soberanía y lesionó el patrimonio territorial ecuatoriano.
3 No sólo leyó, estudió y prohijó Espejo la Declaración de los Derechos del Hombre (1789) sino que también conoció las Declaraciones del Primer Congreso Continental de Filadelfia, 5-IX-1774. En la "Declaración unánime de los trece Estados Unidos de América"- recogemos la cita que Bolesla Lewin hace en su Túpac Amaru- se dice "sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres han sido creados iguales, dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables, entre los cuales se encuentran los derechos a la Vida, a la Libertad y a la Felicidad".
4 El historiador F. González-Suárez informa que no fue Director el Conde de Selva Alegre sino el obispo José Pérez Calama, y que en el cargo de Subdirector (que no aparece en lista) recayó en Joaquín Estanislao Andino, Regente del Tribunal y Superintendente Delegado. También refuta que el Presidente de la Sociedad fuese el Conde de la Casa Jijón, sino Villalengua y Marfil, Presidente de la Real Audiencia de Quito. Nosotros estimamos que la nómina inserta es la confeccionada no en Bogotá (que sería la de 1790) sino la de Quito. Probablemente al tiempo de la inauguración de la precitada Sociedad de Quito se hicieron algunas adiciones o cambios.
5 El nombramiento de Secretario aparece sin cubrirse. Posiblemente, Espejo, por un acto de delicadeza no puso su nombre en espera de que se le refrendase en Quito (él se hallaba en Bogotá cuando se hizo la primera lista). Como en efecto así sucedió: el nombramiento se lo remitieron por correo. Por ello inferimos que la relación de "Amigos" fue confeccionada, con ayuda de Juan Pío Montúfar, inicialmente en Bogotá, año 1790
6 Párrafos del discurso pronunciado por el Dr. Pío Jaramillo Alvarado, Presidente del Comité "Bicentenario de Espejo" en el Concierto Sinfónico del Conservatorio Nacional de Música, en el Teatro Sucre de la ciudad de Quito, en representación del Comité y como delegado de las Universidades de Loja y Guayaquil, en el Segundo Centenario del nacimiento de Espejo (1747-1947).
7 Sospechamos que uno de sus corresponsales en Mariquita (Colombia) podría haber sido el sabio botánico y astrónomo, médico y sacerdote gaditano don José Celestino Bruno Mutis y Bosio (1732-1808), Director de la Expedición Botánica. Llegó a la América en 1761 y vivió en Bogotá 47 años. Autor de las sorprendente y maravillosa obra Flora de Bogotá, ilustrada con más de 6 mil dibujos bellamente coloreados al natural, en su mayoría por hábiles artistas quiteños. Ha permanecido inédita desde el 1785, hasta el año pasado 1959 en que el Gobierno español proyectó editarla. El venerable Mutis había construido por esos mismos años su espacioso Jardín Botánico en la pequeña ciudad de Mariquita, a orillas del hermoso río Magdalena, donde se estableció por algunos años con sus jóvenes ayudantes, su sobrino Sinforoso Mutis y con Francisco José de Caldas (otro de sus posibles corresponsales), gran patriota y sabio naturalista santafereño. Más tarde se uniría al grupo el famoso revolucionario colombiano Antonio Zea. Decimos, es posible que Espejo haya cruzado cartas con Mutis y Caldas (en Mariquita) y con Zea (en Bogotá), pues los tres trabajaron juntos; y seguramente entabló amistad personal con ellos en la capital santaferina cuando él cumplía exilio allí.
8 "Doce Tablas, primera legislación escrita de los romanos, publicada el año 450 a. de J. C. y grabada en doce tablas de bronce. Era obra de los decenviros" (Tomado de Nuevo Pequeño Larouse Ilustrado, Diccionario Enciclopédico, 1958).

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