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Eugenio Espejo, su Humanismo y Humanitarismo*

Si pudiese alguna Nación poner en un equilibrio muy exacto, la justa compensación de ganancias y pérdidas, habría llegado el punto más perfecto de su constitución política.

Espejo

Tanta mayor circulación de dinero, tanta mayor ventaja de los vasallos, con quienes, si están menos indigentes

y miserables constituye el estado de riqueza y felicidad.

Espejo

Tanta más cuenta a los peones, tanta más cuenta al fisco, que será satisfecho con mayor prontitud y expedición de los reales tributos.

Espejo

¿Promotor del socioagrarismo en América?

Empecemos por transcribir un precepto de honda trascendencia y significación humana que el legislador Zaratustra había dictado en su antiquísima doctrina religiosa: el mazdeísmo y cuya interpretación humanística sería el punto neural a considerar y cumplir en no importa que modalidad socialista. Decía:

"Cuando tú comas, da de comer a los perros, aunque te muerdan".

Era pues, nuestro Eugenio Espejo humanista y humanitarista íntegro, en el sentido y acepción más lato y noble de ambos vocablos. Con el primero profesaba entero culto a la Humanidad; como leal renacentista, era virtuoso a las letras humanas y por ende, sentía singular atracción por las lenguas y literaturas antiguas. Con el segundo, por su natal sensibilidad de hombre "de abajo", humilde y honesto, no era extraño, claro está, a las calamidades ajenas, y justo, tenía permanentemente puestos sus ojos y oídos de filósofo al cortejo de desdichas que aquejaban al Pueblo.

El Humanismo que, como diría Azorín, orienta al individuo hacia un especial apego o amor a la vida, a los hombres y a las cosas, encontró en el Indio Chúzhig su férvido cultor. Y los humanistas, según explicara Max Beer en su Historia General del Socialismo, fueron hombres de transición: pertenecían de consuno al pasado y al porvenir; eso es, a semejanza de nuestro biografiado. Como todo mortal de raíz y mente superiores, consideró y justipreció con altura sumas el interés humano _del soberano Pueblo- muy por encima de cualquier otro bastardo interés egolátrico; propugnó el libre examen y el uso de la razón, al modo del gran humanista Platón (La República y Las Leyes conllevan en sí el espíritu comunista); que el escolasticismo, con Aristóteles a la cabeza, es la negación de estos esenciales principios. El Renacimiento, dicho sea de paso, y con él el Humanismo y el Anabaptismo, abatieron al Escolasticismo medieval. Y también la escuela luterana, aunque de filiación anticomunista, pero de tendencias humanistas, ejerció no poca influencia.

Espejo fue humanista. Como tal, creía en la fuerza y voluntad creadora del hombre y de su inalienable derecho al disfrute, en común, de los bienes que la naturaleza nos proporciona.

Vislumbramos en él a Tomás Moro, autor de Utopía; a Rabelais, el de Gargantúa y Pantagruel; a Desiderio Erasmo de Rotterdam, autor de Exégesis y de la célebre sátira Elogio de la Locura; al poeta alemán Ulrico von Gutten; etc. a quienes hubo de leerlos con sumo interés.

Como buen humanista , reprobó el modus vivendi del impúdico clero católico, saqueador desvergonzado de los dineros del pueblo. Al igual que Erasmo, ridiculizó los vicios de la sociedad de sus contemporáneos y fustigó al disoluto clero. Erasmo y Gutten consideraban al Papa romano y la Iglesia Católica como dos tremendas calamidades de nuestro mundo y que sobrevivían gracias a la estupidez humana, a la "reina Estupidez".

Como dejamos constancia en el epígrafe del capítulo anterior: Su plataforma política, tenemos la firme convicción que Espejo -renacentista y humanista- adoctrinaba y propugnaba por un gobierno demócrata-nacional, cuasi socialista , que descansase sobre bases y cimientos igualitarios. Amparaba la paridad en el disfrute de los derechos cívicos para todos los ciudadanos, y alentaba, a la par que urgía al patrono, a mejorar las condiciones de vida acrecentando el salario al campesino y al obrero.

El pensamiento político suyo tendía hacia las nuevas corrientes sociales. Sentía marcada inclinación o apego hacia una organización social en la cual el Estado posea plena potestad de modificar las condiciones de la vida civil, económica y política, normando los derechos del individuo en bien de la colectividad. El bienestar colectivo fue su acendradra prédica cotidiana. Estimaba, que es de incumbencia del filósofo _a quien atribuye el rol de Consejero económico del País- velar por los sacros intereses de la ciudadanía.

"Pues el Filósofo _alegaba- debe estar instruido en todas las materias literarias y civiles, lleno de todas las especies que conciernen a la economía".

Podríamos catalogarlo, o encasillarlo, como un perteneciente a la escuela cristiano-socialista moderada: un socialdemócrata, diríamos. Que sepamos _pues no hace mención de ellos- no apadrinó las ideas revolucionarias del demagogo francés Francisco Emilio Babeuf _o Baboeuf- (apodado el Graco) sostenedor del babubismo, especie de doctrina comunista. Preconizó la abolición de la propiedad privada y la instauración de la República de los iguales (el auténtico engendrador del movimiento lo fue Felipe Buonarroti); ni al filósofo y sociólogo Carlos Fourier, jefe de la escuela falansteriana; ni al Autopista Claudio Enrique conde de Saint-Simón, jefe de la escuela humano-socialista, siendo sus inmediatos contemporáneos. Peor que sintiera las influencias filosóficas de los principales teorizantes y fundadores del colectivismo o comunismo científico desde Marx-Engels a Lenin, porque estos son posteriores.

En punto a filosofía político-social sí menciona como autores favoritos, y muy frecuentemente, a los celebérrimos Licurgo (el famoso legislador ateniense que proscribió la riqueza), a Platón, Arístoteles (desde luego) y Plutarco, al alemán Samuel Putendorff, al Holandés Hugo van Groot (Grocio o Grotius), al alemán Juan Gottlieb Heineke (Heineccio), el autor de Historia de Derecho Romano; también teníalos bien leídos y asimilados a Locke, Erasmo, Pascal, Bacon, Malebranche, Voltaire y a Rousseau; y contrapone a Hobbes, Maquiavelo y Montesquieu, a quienes rechaza a repulsa por pernicioso, como se verá más adelante. Muéstrasenos muy familiarizado con todos ellos, y no sería aventurado afirmar que este enjambre de pensadores _amén de los enciclopedistas franceses y de algunos Padres de la Iglesia que profesaron místicamente el comunismo bíblico e integral- ejercieron efectiva influencia en su conformación humano-socialista: la doctrina política preconizada por él.

Empero su ascendencia doctrinaria humano-socialista _sin contar con Licurgo, Platón, Pascal, etc. de su lectura predilecta más bien podríamos remontarla hasta el mismo Jesús de Nazareth -y a sus seguidores, los llamados Padres de la Iglesia: intérpretes del pensamiento socio-económico comunoide de Jesús-, quién, según los textos bíblicos fue un predicador popular que demandaba justicia social y fustigaba al potentado; a éste teníale cierta ojeriza: Primero pasa un camello por el ojo de una aguja antes que un rico entre al reino de los cielos, platicaba. A los pobres, pues, teníales especial deferencia. Por los ojos de ellos vio.

Así pues, si el Chúzhig por guías y maestros en sus concepciones filosóficas tenía a todo una pléyade de célebres pensadores socialistas, nada extraño es entonces que en el expediente incoado a su hermano Juan Pablo por su conducta política, aparezca acusado Eugenio como mantenedor y propagador de principios agrario-socialistas, de postulados que entrañan con meridiana diafanidad la humanísima doctrina o pensamiento del reparto equitativo de bienes a los pobres del mundo. Allí en ese sumario se le imputaba de:

"Haber divulgado en el pueblo de Quito que uno de los primeros postulados de la revolución que se pondría en práctica, sería el reparto de las enormes riquezas de los nobles entre la gente del pueblo "para que todos fuesen iguales" y ofrecer que también los ilimitados bienes de los Conventos de la Provincia se destinarían a fines que aproveche el pueblo en común" (Véase en la microbiografía de Juan Pablo de Santa Cruz y Espejo el compendio de este sumario que Enrique Garcés extractó).

Fig. 5. Dr. Eugenio Espejo (CHUZHIG) Sabio indio médico ecuatoriano

Y Espejo, que conocía de cerca las necesidades y penurias del pueblo quiteño, solía censurar al opulento y quejumbroso hacendado con palabra aleccionadora. Escuchémosle:

"Todo vecino dueño de hacienda es un perpetuo y molestísimo pregonero de injustas quejas contra la Divina Providencia, culpándole de ignorante o cruel, pues que todos los temporales ordinarios los predica contrarios y funestos a sus mieses y cosechas, a sus siembras y a sus esquilmos; no hay estación que la juzguen y publiquen favorable. Lo peor es que el cielo de Quito suele ser, para el malvado chacarero, la regla de sus malos pronósticos, y en lloviendo aquí con alguna constancia, o siguiendo con la misma el tiempo seco, afectará que pasa lo mismo o peor en su hacienda, aunque de propósito suceda lo contrario".

¿Cuál es el fin que persigue el estanciero con su eterno lloriqueo?

Espejo mismo nos lo dirá:

"El fin de todo es encarecer los géneros de maíz, papas y trigo, que son los ramos gruesos de nuestro abasto. Y así su continuo clamor es el siguiente: este año no tenemos papas que comer, se han helado, se han agusanado, se han podrido, no han nacido: este año se pierden los trigos, no hay vientos, les ha dado el achaque, llueve mucho antes de tiempo, les han caído las lanchas, o no han nacido: este año no cogeremos maíz, etc.

"Esta cantilena anual, añagaza bien meditada, es una verdad monda y lironda. ¿Qué ocurre entonces?:

"Que tiene y se toma la libertad de vender estos géneros a como lo diera la gana. Y como sucede que en la Hacienda más fértil, o por la flaqueza de algún terreno, o, lo que es más cierto, por la desidia del amo, y de un malísimo mayordomo, no dan a las tierras todo el beneficio que necesitan, sale alguna cantidad de mal trigo, o mezclado de mucha cizaña, que aquí se llama ballico: todo el fin es salir de éste, vendiéndolo a precio bien subido".

De todo lo cual Espejo arranca la siguiente conclusión:

"Con este mi genio naturalmente propenso a todo género de observación literaria, y especialmente física, he notado que el año más abundante es aquel en que más se quejan los hacendados".

A poco, su voz monitora de estadista agrario se deja escuchar:

"Débeseles, pues, pedir razón jurada de la cosecha de buen y mal trigo que hubieren hecho; obligarlos a la venta de la mayor parte del bueno, y a la conservación o reserva de la restante. Con aquella se beneficia el público, con ésta se provee a una futura necesidad que podría acontecer, o por un mal año subsiguiente, o por venida de muchas gentes extrañas. V. gr., un batallón o un regimiento. El mal trigo se les debe obligar a que lo gasten en ceba de puercos u otra especie de animales útiles".

Como se ve, no sólo vela por los intereses y salud del gran público consumidor, sino que también sienta normas reguladoras en el expendio de los géneros de consumo. Después advierte y denuncia que en la venta del trigo intervienen ciertos individuos llamados trigueros, los cuales lo acopian para revender a las panaderas. Espejo cree que se remediaría el mal si las autoridades responsables practicaran pautas como estas:

".... debe obligarlos el Procurador General de la Ciudad a que todas las semanas le vayan a dar aviso de las arrobas de trigo que hubiesen comprado, de su buena calidad y de la cantidad que por menor hubiesen revendido a las panaderas, con confesión del precio reportado, por lo que conviniere a la vigilancia del Gobierno".

Pero aquí no para la cosa: reclama el correctivo de una buena multa para el farsante o para el farisaico hacendado que se lamentare sin razón y sembrare falsa alarma; a éste urge enderezarle un castigo ejemplificador. Dice:

"Ultimamente al hacendado que se quejare tan injustamente y en público, debe sacársele una buena multa para que en otra ocasión no se queje y perturbe de ese modo la quietud y alegría general, que tanto contribuyen al aliento, robustez y sanidad de toda la República".

Más allá hace público y notorio su clamor socialista:

"Entre tanto el hacendado va haciendo su bolsa a costa de la miseria y hambre del público. Y mientras mayores son éstas, más encarece su trigo, vende el más malo que tiene, y carga sus graneros del bueno para cerrarlos absolutamente".

Espejo retrotrae a nuestra ilustración un pasaje que Cicerón narra en su libro Oficios el litigio entre dos conocidos filósofos estoicos de la antigüedad, cuando la isla de Rodas sufría una grandísima hambruna. Ante la presencia

en el lugar de un alejandrino mercader de trigo, Diógenes y Antípatro se enfrascaron en tremenda discusión. El primero, era de la opinión de que siendo el trigo bueno su precio podía elevarse y, el segundo, saliendo en defensa o fueros de la colectividad, ripostó:

"Ciertamente no son gentes de franqueza, gentes rectas y sin artificio, gentes bien nacidas, equitativas, en una palabra, gentes bien: son gentes dobles, sombrías, disimuladas, engañadoras, malignas, artificiosas".

Y tras de comentar el dictamen de Marco Tulio Cicerón, nuestro sabio se acoge y prohija aquello que San Crisóstomo y San Bernardo expresaron acerca de los ricos:

"Por cierto que ella _en alusión a la sentencia ciceroniana- debe confundir la indolencia de los usureros, de los mercaderes, y la cruel avaricia de los hacendados, que esconden el trigo para venderlo a más alto precio, fincando entonces su riqueza en el hambre y agonía de los infelices. Cicerón les ha dado, siendo gentil, una enseñanza saludable. Y como mi ánimo se dirige a solicitar el estado feliz de esta provincia, no dejaré de repetirles lo que dicen los Santos Padres a este género de gentes insensibles. San Crisóstomo los compara a las fieras y a los demonios, y añade que no hay cosa más miserable que un rico que desea sobrevenga el hambre para lograr el oro".

La igualación de sus celos patrióticos y su atinado sentido social iban indefectiblemente encaminados hacia el bienestar y grandeza de la nación, del Estado, y hacíalos cifrar en el incremento de una población saludable y en una efectiva contribución de fuerzas, o concurrencia energética, volitiva, de la ciudadanía entera al feliz logro procomunal.

En realidad, sus obras son una miscelánea de sabidurías. Hasta relucientes asomos de estadista y economista dejan de observarse en él. Su visionaria capacidad intelectiva solía pontificar desde su curul revolucionaria. Elucubraba de esta laya:

"A la verdad ignoramos que todos más o menos, según nuestras condiciones, nos vemos necesitados a cultivar los conocimientos políticos, cuando menos los más comunes principios del Derecho Público".

Y proseguía:

"Si lo supiéramos, veríamos ya que todo ciudadano, estando obligado a socilitar, como ya hemos dicho, la felicidad del Estado, penetra que aquella consiste en que éste se vea (si puedo explicarme así), cargado de numerosísima población, porque el esplendor, fuerza y poder de los pueblos, y por consiguiente de todo un reino, están pendientes de la inumerable muchedumbre de individuos racionales que le sirvan con utilidad. Y que (por una consecuencia inevitable), el promover los recursos de la propagación del género humano, con los auxilios de su permanencia ilesa, es, y debe ser, el objeto de todo Patriota".

Huelga el comentario. Para que un país sea verdaderamente "grande", respetado y admirado en el concierto de las naciones, basta que el individuo cultive "los conocimientos políticos"; que "todo ciudadano" coopere por la "felicidad del Estado"; que éste tenga "numerosísima población", pero de "individuos racionales" _condición sine qua non- "que le sirvan con utilidad", pues en ellos descansa "el esplendor, fuerza y poder de los pueblos". Ah, y considera punto patriótico "promover los recursos de la propagación del género humano". He aquí, delineado, en esbozo, un programa mínimo y cardinal para que una nación alcance condigno auge y grandeza. Espejo era un ciudadano probo, que tenía el oído atento y perseverante aplicado al sufrido pecho del Pueblo.

La cuestión del procomún adquirió en él calidades nobilísimas, y fue tópico que abordó en la mayoría de sus escritos. No recordamos haberle oído preconizar el individualismo como sistema social; en cambio, a cada paso ponderó el colectivismo como conglomerado mayoritario o entidad social beneficiaria. Sus lucubraciones filosóficas eran de esta laya:

"Por acaso se oye proferir a algunos, como un oráculo misterioso, la siguiente proposición: El bien común prefiere al particular. Pero en la práctica se ve más comúnmente que el interés del público es sacrificado por el interés del individuo. Por todas partes no se presentan más que una multitud insensible de egoístas, cuyo cruel designio es atesorar riquezas, solicitar honores y gozar de los placeres y comodidades de la vida, a costa del Bien Universal; en una palabra, ser los únicos depositarios de la felicidad, olvidando enteramente la de la República. Así a todos nuestros compatriotas debería el Filósofo, que sirve de antorcha a la ciudad, inculcarles frecuentemente estas nociones generales, pero dignas de su atención y conocimiento".

Hace burla de los proyectistas; para ello hecha mano de la cita de un sabio inglés:

"De todas las especies de hombres no hay otra más perniciosa que la de los proyectistas, cuando ellos tienen el poder en la mano, ni más ridícula cuando no lo tienen. Al contrario (prosigue) un sabio político revestido de autoridad es el actor más útil que puede presentarse sobre el teatro de la vida humana".

En su famosa Ciencia Blancardina entra en ciertas disquisiciones de orden político. Habla de la escasez de buenos libros que traten de este tópico de tanta trascendencia en la vida organizada de los pueblos, al tiempo que nos alecciona cuáles obras son dignas de leerse por razón de sus estudios comparativos que ejecutó. Y dice:

"La política es, pues, una parte de la Filosofía. Hay muy pocos buenos libros que traten de ella; pero para observar las reglas que le son propias, será bien estudiar a fondo, con mucho acuerdo y reflexión, el librito del Oficio del Hombre y del Ciudadano; pero mucho más bien la grande obra del Derecho de la Naturaleza y la de las Gentes, de Samuel Puffendorf.1 Añadiremos a Grocio el Derecho de la guerra y de la paz; y a Heineccio sobre los mismos objetos.2

A renglón seguido opina sobre los citados autores y expone, en larga serie de consideraciones, lo que a su juicio estima debe contener la materia en derechos y leyes, resultantes de la dependencia mutua entre gobernantes y gobernados.

"Hallo en todos éstos _escribe- una política ordinaria, que hace conocer los derechos del Príncipe y del Estado; y la llamo ordinaria porque, siendo que un político no debe reducir su instrucción a saber simplemente lo que ha inspirado la sola naturaleza, o lo que ha admitido al uso el consentimiento de los pueblos en el tiempo tranquilo de la paz o en el turbulento de la guerra, acerca de los Príncipes, sino que, indagando las dependencias mutuas que hay entre éstos y sus pueblos, debe subir y examinar la forma de gobierno, que en las circunstancias presentes debe observar su Estado; las leyes que le deben establecer en constitución más ventajosa, los auxilios de la naturaleza, que se necesitan traer de fuera y de lo más remoto para perpetuar (si pudiese ser), un reino de su mayor gloria y felicidad".

Continúa explicando a su interlocutor Dr. Mera lo que representa el conocimiento cuidadoso de la "sociedad civil" y del "soberano espíritu" que la debe dirigir:

"De allí es que este conocimiento profundo y exquisito, es para mí otra política más noble, que considera más íntimamente lo que es la sociedad civil, y cuál y cómo debe ser el soberano espíritu que la deba presidir y moderar; y vea Ud., que para llegar a conocerla, será necesario estudiar en contraposición a los antiguos y modernos. Yo no he dudado hacerme esta lectura particular de cotejo; y creo que ella, siendo propia para los legisladores y jurisconsultos que trabajan para el público, se hace indispensable a todo el que quiere conocer a fondo la materia."

Su acervo cultural de hombre docto y erudito no era de quincalla: de oropelías o baratijas, no. El le extraía el zumo a sus lecturas e iba en búsqueda del condumio de las exposiciones filosóficas. Compulsaba, examinaba prolijamente las doctrinas político-sociales de unos y de otros. Por eso es que pudo especificar con buen tino:

"Y así es que bajo de esta condición he cotejado a Platón con Maquiavelo, a Arístoteles con Hobbes, y a Plutarco con el Señor Montesquieu. El primero es un santo respecto del florentino malvado; el segundo un hombre pío a presencia del desnaturalizado inglés; y Plutarco un devoto de la razón, como Montesquieu un espíritu desviado, que frecuentemente se perdía de vista en la averiguación del espíritu de las leyes".

Con punto seguido explica que, si el político tiene luces propias y recapacita cuidadosamente, la lectura de los antiguos clásicos puede rendirle excelente utilidad, sin menospreciar a algunos modernos que enseñan una filosofía sana:

"Un hombre, ayudado de las luces de su entendimiento y de las de su reflexión, con la que suministran los antiguos se formará un sistema de principios políticos digno del hombre, favorable y honorífico a toda la humanidad; y detestará aquellas máximas de horror y de delito con que la deshonraron los modernos, sin que por eso se deje penetrar lo que éstos tienen de bueno en la sutileza y sublimidad de su filosofía".

En consecuencia, deducimos nosotros que él preconizaba la inmanente posesión de un espíritu filosóficamente ecléctico y básicamente humanista en el complicado arte de conducir y regentar un pueblo.

Lamentamos muy de veras que el Gran Mestizo haya tocado casi tangencialmente, acerca de estas cuestiones sociales. Lástima que no se haya detenido largo rato en charlarnos a fondo. De todos modos, nos legó delineamientos que podríamos aprovechar. Para nosotros, la esencia y raíz de su pensamiento socio-político estribaba en la instalación de un Estado cuasi paternalista, que rememora al régimen incásico.

Proclamó la ineludible necesidad de elevar los jornales para que el obrero y el campesino mejorasen sus precarias condiciones económicas y hubiese menos infelicidad en el modesto hogar de ellos; pues, tanto la riqueza como la miseria extremas provocan grandes desajustes sociales; arrastran consigo males colectivos que apremian remediar. Como se recordará, en su libro Voto de un Ministro Togado, el economista Espejo encarece y recomienda el alza de salarios, y deja sentado un principio de moderna política económico-social:

"Tanta más cuenta a los peones _dice-, tanta más cuenta al fisco, que será satisfecho con mayor prontitud y expedición de los reales tributos. Tanta mayor circulación de dinero, tanta mayor ventaja de los vasallos, con quienes, si están menos indigentes y miserables, constituye el Estado su riqueza y felicidad".

Consentía el minifundio y condenaba el latifundio: la vasta, superflua y baldía propiedad territorial, como la detentada por instituciones religiosas. En páginas pasadas ya tuvimos la oportunidad de glosar su esbozo de programa político.

De esta suerte, pues, abogó por la secularización de los bienes del Clero (Dicho sea ente paréntesis: los llamados "sucesores" y "representantes de Cristo en la Tierra _desde el Papa hasta el más modesto párroco de aldea- sermonean a diario y a todo trapo la humildad y pobreza angélicas para la embobada feligresía más la cargante muletilla nunca se la autoaplican). Y no es que él haya sido anticatólico. No. Más bien es posible y hasta probable que en el fondo hubiese sentido él cierta animadversión hacia esa institución eclesiástica. Cabe recordar que Espejo vivió en un siglo con implicaciones anticlericales que remontaban algo apasiguadas la enconada centuria del 1600; se desenvolvía en una época en que el anticlericalismo había recrudecido algo o alcanzado cierto auge entre los individuos de letras. Ahora, su tendencia por laicísmo sí fue bastante notoria.

Su diáfano sentido socialista respecto a la riqueza está mal distribuida, lo descubre y delata esta ingeniosa metáfora de sabor biofisiológico que emplea:

"En corriendo la moneda con alguna suerte de equilibrio, y en circulando esta sangre (digámoslo así) de las Repúblicas, no solamente por los ramos mayores, sino hasta por las ramificaciones de las venas capilares, está todo el cuerpo expedito, sano y en disposición de girar por todas partes".

Reconoce que esta "sangre" (dinero) se halla estancada en pocas manos; que no circula libremente, hasta sus más últimas subdivisiones, por entre todos los estratos sociales. Claro, él declara saber en qué consiste tan tremenda falla vital, pero se inhibe de demostrarlo porque el tema del libro que trata (Reflexiones sobre las Viruelas) no es para el caso:

"... proviene de muchos principios que los conozco _dice-, pero que no es fácil de explicar en el breve volumen que he meditado escribir".

Sin embargo, como si palpara las lacras y reclamara justicia social, cierra el párrafo anterior con esta amarga queja:

"Bastará decir, que la mujer más hábil en costura, fábrica de tejidos que llaman pegadillos, o en hilados de lana y algodón, no alcanza trabajando todo el día a ganar un real y medio".

También en su Defensa a los curas de Riobamba hay uno que otro pasaje en que echa su cuarto a espadas en amparo del labriego nativo; denuncia las pésimas condiciones sociales, su desastrosa indigencia y la ridícula renumeración a la mano de obra.

Pero hay más: el fisiócrata Espejo es el precursor del agrarismo en el Ecuador. Y en este aspecto quizás tuvo noticias y leyó al médico y economista francés Francisco Quesnay (1694-1774), fundador y portavoz principal de la escuela y doctrina de los fisiócratas, que luego la prohijaron el marqués de Mirabeau, Le Mercier de la Riviére y, sobre todo, Dupont de Nemours, quien la denominó Teoría de la Fisiocracia. Esta escuela comprende dos ideas básicas superpuestas: una, que "sólo resulta productivo el cultivo del suelo", o sea, la agricultura, y otra, la que dimana del "orden natural de la vida económica (libertad, propiedad y seguridad con sus bases)".

El cortesano Quesnay, que formuló la "circulación de la riqueza en la sociedad", a semejanza de Espejo usó un símil parecido en cuanto al trasiego del dinero _que juega un rol secundario- en todas las manos trabajadoras, explicaba:

"el dinero es como un río por el cual se transportan todas las cosas comerciales, y que riega todos los sitios por donde se extiende el comercio".

Al igual que el médico economista francés, nuestro fisiócrata.3 Chúzhig dogmatizaba que el origen de las riquezas radicaba en la tierra, y que la agricultura es la que la incrementa; también la artesanía, añadimos nosotros. Hacía insistencia en lo que preconizan las actuales doctrinas económicas: velar con celo y canalizar con eficiencia la producción, distribución y consumo de los productos.

Casi en todas sus obras el tópico del agrarismo fue tema de su predilección, porque anhelaba que su país ocupase un sitio preferente en el concierto de las naciones progresistas, y a fin de que el hombre del campo y de la calle mejoraran su triste condición de parias.

Pero él sabe bien que no basta el intento cultivo de las tierras si no hay vías ni medios de transporte. Por eso recomienda, y con urgencia, planificar una efectiva y amplia red de vías de comunicación para aprovechar debidamente la producción, explotación y demanda de aquellos frutos propios y naturales del país. Ah, pero esos caminos interurbanos que son los pulmones y las arterias de los pueblos: lo positivamente vital, deberán contener las condiciones que él señalaba:

"La apertura de caminos no se debe entender cavar tierra, hacer sepulcros y precipicios sino dar extensión, amplitud, uniformidad, firmeza, duración y seguridad al terreno por donde han de transitar carruajes, bestias y hombres".

En fin, comprende bien que hay uan lastimosa desidia, acompañada de una criminal incapacidad en las autoridades, amén de ausencia de personal técnico, para emprender a la extracción, elaboración y explotación adecuadas de los productos del opulento subsuelo nuestro (minería en general), ramo que proporcionaría a la población trabajadora, a lo largo y ancho del país, abundantes recursos y suficientes medios de ganarse el sustento diario. He aquí su clamor.

"En medio de esta abundancia de tesoros escondidos, perecen los habitantes de esta Provincia, civilmente con la pobreza" (...) "pues, que a la vista de las minas, carecemos de sus preciosos metales; como si dijéramos, que pasando el agua por nuestros labios, morimos de sed sin poderla beber".

Espejo, como enciclopedista, fue el pensador de mayor relevancia, en anchura y profundidad, que ha alumbrado tierras Schyris.

Mantuvo pleno conocimiento y dominio del avanzado pensamiento filosófico, científico y crítico, tanto en lo político como en lo social; se entiende, en lo que atañe a su tiempo. Nada le fue ajeno o extraño: ¡Tal su ubérrima erudición Fue temperamental y quizás algo veleidoso. Cierto. Pero puede afirmarse que era un socialista liberal, un ardiente demócrata nacionalista. Ahora, por los elementos de juicio que tenemos a la vista _es decir, por sus "papeles"-, sería erróneo filiarlo o ubicarlo en los predios del socialismo puro, no mixtificado.

En verdad, se hace difícil determinar exactamente su militancia. No profesa escuela definida. También, en este terreno, se nos antoja un ecléctico librepensador.

Bibliografía

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  9. Voltaire. Cándido o el optimismo. Traduc. del francés por Leandro Fernández de Moratín, Colec. Historia del Pensamiento, No. 55, Barcelona: Ediciones Orbis, S. A. 1984.
  10. Rousseau, JJ. Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres/ El Contrato Social, Tradu. del francés por José López y López, Colec. Historia del Pensamiento, No. 35, Barcelona: Ediciones Orbis, S. A. 1984.
  11. Montesquieu, Carlos. Del espíritu de las leyes. Tomo I, Traduc. del francés por Mercedes Blázquez y Pedro de Vega, Colec. Historia del Pensamiento, No. 30, Barcelona: Ediciones Orbis, S. A. 1985.
  12. Del espíritu de las leyes. Tomo II, Traduc. del francés por Mercedes Blázquez y Pedro de Vega, Colec. Historia del Pensamiento, No. 31, Barcelona: Ediciones Orbis, S. A. 1985.
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  16. El Capital. Libro II y III, Traduc. del alemán por Juan Miguel Figueroa y otros, Selec.
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  18. El Capital. Crítica de la economía política. 3 tomos, Traduc. del alemán por Wenceslao Roces, Cuarta reimpresión de la primera edición, México, D. F.: F.C.E. 1971.
  19. Feuerbach, Ludwig. Tesis provisional para la reforma de la filosofia/Principios de la filosofia del futuro. Traduc. del alemán por Eduardo Subirats. Colec. Historia del pensamiento. Barcelona: Ediciones Orbis, S. A. 1984.
  20. Maquiavelo, Nicolás. El Príncipe. Traduc. del italiano por Antonio Zozaya. Colec. Biblioteca de Política, Economía y Sociología, No. 44. Barcelona: Ediciones Orbis, S. A. 1985.
  21. Bolívar, Simón. Escritos políticos. Colec. Biblioteca de Economía, Política y Sociología, No. 19. Barcelona: Ediciones Orbis, S. A. 1985.
  22. Salvador Lara, Jorge. Comp. La revolución de Quito: 1789-1822. Según los primeros relatos e historias por autores extranjeros. Colec. Ecuador-Testimonio de autores extranjeros, No. 1. Quito: Corporación Editora Nacional, 486 pp. Más bibliografía. 1982.

* Capítulo V de la obra inédita "Eugenio Espejo (Chuzhig). El Sabio Indio Médico Ecuatoriano (Estudio Biográfico)" En: "Manuel Ygnacio Monteros Valdivieso 1904-1970". Compilación de José María Monteros Molina. Fundación Cultural "Manuel Ygnacio Monteros Valdivieso". Loja, Ecuador. 1995:102-118.
1 Samuel Puffendorf (1632-1694) fue un jurisconsulto, moralista, historiador y publicista alemán. Escribió algunas obras, entre ellas las dos que cita Espejo: De jure naturae et gentium, (Derecho de la Naturaleza y de las gentes, o, como otros traducen: Tratado de Derecho Natural y de Gentes), 1672, y De officio hominis et civis juxta legein naturalem (Oficio del Hombre y del Ciudadano), 1673, que es a modo de un compendio de su primera obra.
2 El prelado-historiador F. González Suárez, en una acotación marginal suya, crítica a Espejo por mostrarse adicto de la ciencia política que propugnaron Puffendorf, el estadista holandés Hugo van Groot (1583-1645), más conocido por Grotius o Grocio, y el jurisconsulto alemán Juan Gottlieb Heineke (1681-1741), llamado Heineccio, alegando tratarse de autores protestantes, "cuyas doctrinas habían sido condenadas por la Santa Sede". Añade que tal proselitismo no se le puede perdonar. Tilda la cosa de grave por el simple hecho que esas doctrinas no se acomodan a los postulados católicos. Como se ve, la objeción realmente es harto especiosa.
3 Decía Marx: "A los fisiócratas corresponde, en la sociedad burguesa, la honra de haber analizado el capital. Esto hace que sean los verdaderos creadores de la economía moderna".

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