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La economía y la salud pública en Cuba cuando se firmó el Código Sanitario Panamericano en La Habana en 1924*

En los años de la década de 1910 Cuba estaba reducida al papel de país abastecedor de materia prima a un solo mercado, por lo cual su economía dependía en absoluto de todos los cambios, por mínimos que fuesen, que ocurrieran en la estructura económica, en el comercio y en el consumo de la población norteamericana.

Era, por consiguiente, una economía sometida a un grado tal que le impedía totalmente ir compensando los defectos de su propia estructura y, por lo que no se lograría a lo largo de los años sino una acentuación de los desajustes y un agravamiento de los defectos políticos y sociales de la misma.

En 1914 comienza la Primera Guerra Mundial, ya visible desde tres años anteriores, lo que va a originar grandes perturbaciones en la industria azucarera europea y dificultará el transporte del azúcar desde zonas alejadas de los grandes mercados consumidores, como era el caso de Java en el Asia insular.

Se produce entonces un proceso de aceleración de inversiones directas en Cuba en la industria azucarera por parte de las grandes corporaciones norteamericanas, lo que las llevará a poseer los ingenios más poderosos de la isla, con lo cual en 1918 elaboraban más del 70 % de la totalidad de la zafra. Pero no fueron solamente las grandes corporaciones norteamericanas las que aprovecharon esas circunstancias, sino que también lo hicieron los millonarios azucareros de origen cubano e hispanocubano, entre los cuales el caso más destacado lo fue el famosísimo José López Rodríguez, “Pote”, hábil especulador que ya había logrado el control del Banco Nacional de Cuba y expansionaría sus negocios en el azúcar y en otras actividades, aprovechando para ello el dinero de los depositarios de dicho banco, todo lo cual terminaría con una hecatombe económica en 1921.

El cese de las operaciones militares por el armisticio de 11 de noviembre de 1918 representó un freno súbito a la especulación azucarera. Durante los años 1918 y 1919, como quiera que los países europeos comenzaron a reconstruir sus economías y no podían satisfacer sus niveles normales de consumo de azúcar, Estados Unidos realizó compras extraordinarias del producto, para continuar el negocio de intermediario que había llevado a cabo durante toda la guerra.

Estas compras desmesuradas fueron acompañadas de un alza del precio que llegó a $0.22 libra en New York, en mayo de 1920, lo que trajo a los países exportadores del continente, y muy principalmente a Cuba, una bonanza económica transitoria que se conoce en nuestra historia como “Danza de los millones” o “Vacas gordas”, recordando esto último al pasaje bíblico de la interpretación, por el profeta José, de los sueños del faraón egipcio.

Poco después, desde el mes de junio, los precios comenzaron a bajar sostenidamente hasta alcanzar la cotización de $0.03 libra a finales del año y mantenerlos en ese bajo nivel, incluso, en niveles más bajos hasta enero de 1922, lo que produjo la crisis económica más grave de toda nuestra historia, conocida como de las “Vacas flacas”, por igual símil al pasaje bíblico citado, con pánicos bancarios muy semejantes al de 1857; ruina y suicidio de millonarios cubanos como el del mencionado José López Rodríguez; huelgas obreras a lo largo de toda la isla; imposición de medidas funestas para la economía del país por representantes de intereses extranjeros como el plan Morgan del War Trade Board, el plan Marchant del Banco Nacional y el plan Marimón del Banco Español y la aplicación de medidas por el estado cubano no menos funestas como las leyes de moratoria y de liquidación bancarias del presidente, general Mario García Menocal.

Todo lo cual generará una gran crisis política que se continuará en el siguiente período presidencial, el del doctor Alfredo Zayas Alfonso (1921-1925), caracterizado por la penetración económica extranjera, injerencia foránea en la gobernación del país, deshonestidad administrativa, intentos de lucha armada como el Movimiento de Veteranos y Patriotas, huelgas obreras de todos los gremios, manifestaciones de descontento de intelectuales como la Protesta de los Trece en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana dirigida por el poeta Rubén Martínez Villena, celebración del Primer Congreso Nacional de Estudiantes y fundación de la Federación Estudiantil Universitaria dirigida por el inmortal líder de la juventud cubana Julio Antonio Mella.

Todos estos aires de crisis económica y política soplaban en Cuba, aunque ya atenuados, cuando se reúne en La Habana la vii Conferencia Sanitaria Panamericana y se firma por sus delegados la aprobación del Código Sanitario para las Américas el 14 de noviembre de 1924.

En el campo de la salud pública las alzas y bajas de la actividad económica y la inestabilidad política se harán sentir con no menos intensidad que en el resto de la administración pública. Los dos períodos presidenciales del general Mario García Menocal (1913-1921) comenzaron el año anterior al inicio de la Primera Guerra Mundial. Su primer Secretario de Sanidad y Beneficencia lo fue el doctor Enrique Núñez de Villavicencio Palomino, Coronel del Ejército Libertador, que había desarrollado una brillante labor quirúrgica en la guerra independentista de 1895-1898, profesor universitario y uno de los cirujanos más elogiados de su época.

El doctor Nuñez, notable sanitarista también, va a aprovechar la gran ascendencia que ejercía sobre su antiguo jefe en la guerra, el general García Menocal, y el alza progresiva del precio del azúcar desde 1914, para emprender un ambicioso proyecto de higiene social en el país que comprendía planes de protección y amparo de la niñez desvalida, para lo cual fueron creadas numerosas creches y los Servicios de Higiene Infantil, de Vigilancia Sanitaria de Abastos de Leche, de Enfermeras de Visitas a Domicilio y la Colonia de Defensa Sanitaria Infantil, y planes para el mayor cuidado a la protección de la mujer embarazada y el niño recién nacido.

Acometió con bríos y decisión el magno problema de remediar los males de la explotación de la prostitución; se consagró al saneamiento de los bienes de la atención hospitalaria, por lo que libró rudas batallas en defensa de los ingresos de los hospitales y asilos y trató de obtener para esas instituciones las mayores ventajas y presupuestos, pero sin lugar a dudas su mayor preocupación fue el desarrollo en extensión de la asistencia hospitalaria y en general de la beneficencia pública en Cuba.

Para la realización de esto último acometió el proyecto más ambicioso de todo el período de república burguesa y que consistiría, entre otros, en la transformación del viejo Hospital Número Uno en el moderno Hospital Nacional “General Calixto García”; la construcción de un hospital de niños de 250 camas en La Habana; uno antituberculoso de 400 camas; un psiquiátrico de 400 camas en cada capital de provincia; un asilo nacional de ancianos también de 400 camas y la ampliación de su querido Hospital “Nuestra Señora de las Mercedes”, donde se había formado científicamente y el que dirigiera su padre durante cuarenta años.

Su inesperada muerte el 15 de septiembre de 1916 le permitiría solamente contemplar, de su proyecto en la atención secundaria, lo referente al Hospital Nacional “General Calixto García”. Para sustituirlo fue nombrado su antiguo Maestro, el doctor Raimundo García Menocal, primo hermano del presidente, abnegado patriota y uno de los cirujanos más eminentes de Cuba de todos los tiempos. El profesor García Menocal continuó la obra de su discípulo pero por sólo diez meses, pues su sorpresiva muerte el 1 de agosto de 1917 le permitió solamente ver lograda la organización del importante Laboratorio Nacional de la Isla de Cuba.

Tocaría al doctor Fernando Méndez Capote, sobreviviente de la matanza de estudiantes de medicina en noviembre de 1871 y consecuente patriota, el dirigir la organización de la salud pública durante los llamados años de “Vacas gordas” y del primero de “Vacas flacas” y si tuvo la suerte de poder continuar la obra sanitaria del doctor Núñez, tuvo también la desdicha de ser testigo desde cargo tan importante, del inicio de la gran crisis de la salud pública cubana en el período de república burguesa.

El comienzo del mandato presidencial del doctor Alfredo Zayas Alfonso en plena bancarrota de los años de las “Vacas flacas” llevará a la dirección de la Secretaría de Sanidad y Beneficencia a la segunda figura en importancia de la historia de la medicina cubana, después del doctor Carlos J. Finlay Barrés, el doctor Juan Guiteras Gener, uno de los fundadores con aquel de la Organización Panamericana de la Salud en 1902 y miembro de su Consejo Directivo, durante sus primeros veinte años.

El doctor Guiteras formado científicamente en la Universidad de Pennsylvania y después profesor eminente de ella junto al inmortal William Osler, tarea docente que continuaría más tarde en la Universidad de La Habana, no sólo llevará a cabo su labor sin la más mínima voluntad política por parte del Ejecutivo de la nación, sino que tendrá que enfrentarse como verdadero defensor de la soberanía de su patria ante la mayor injerencia extranjera de nuestra historia, que incluyó también el campo de la salud pública, en la persona del Enviado Especial de los Estados Unidos en Cuba, general Enoch H. Crowder, quien llegó a amenazar con la aplicación del artículo 5 de la llamada Enmienda Platt a la Constitución cubana de 1901, vigente entonces, referente a problemas sanitarios en la isla que pudieran afectar la salud de la población norteamericana, lo que podía provocar una nueva intervención militar en nuestra nación.

Como consecuencia de estos rozamientos se produjo la cesantía del doctor Guiteras, en forma de una renuncia que nunca presentó, en junio de 1922, presionado el presidente Zayas por el general Crowder, hecho este que marcó el momento más significativo del comienzo de la crisis general de la salud pública estatal cubana que durará, con escasas etapas de aparente recuperación, hasta el triunfo revolucionario socialista en enero de 1959. En esta bochornosa situación, y ante el descontento de los médicos cubanos, aceptó el cargo de Secretario de Sanidad y Beneficencia el doctor Arístides Agramonte Simoni, patólogo de la Cuarta Comisión del Ejército de los Estados Unidos para el estudio de la fiebre amarilla que comprobó en La Habana el descubrimiento del doctor Finlay en 1900 y que por tal razón estuvo propuesto, junto al sabio cubano, como candidato al Premio Nobel de Fisiología y Medicina.

El doctor Agramonte, poco pudo hacer como Secretario en los once meses que ocupó el cargo, como no fuera manchar su historia de brillante salubrista y sus raíces patrióticas familiares que se hunden en las más hermosas tradiciones de sacrificios, de heroísmos y de grandeza de nuestra historia.

Como nuevo Secretario ocupó el cargo el doctor Enrique M. Porto del Castillo, Padre de la Ortopedia Cubana, cuyo nombre figura en una de los documentos más singulares de la historia de la epidemiología nacional, pues fue él quien diagnóstico y después firmó el certificado de defunción del último fallecido en Cuba de cólera, el 3 de agosto de 1882.

Cupo la satisfacción al doctor Porto de recibir en nombre de nuestro pueblo a los delegados asistentes a la vii Conferencia Sanitaria Panamericana que discutieron y aprobaron en La Habana el Código Sanitario para las Américas y éste, que a grandes rasgos he descrito, el panorama de la economía y de la salud pública que presentaba nuestro país en aquellos momentos.

* Exposición leída en el Panel Internacional sobre Código Sanitario Panamericano (1924). VII Seminario Internacional de Atención Primaria de la Salud. Salón de Actos. Palacio de las Convenciones. La Habana, octubre 20 de 1999.

 

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