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En honor de la verdad *

por el Dr. Arístides Agramonte y Simoni

Me faltan el ánimo y el tiempo para emprender una controversia con mi amigo el doctor Le Roy; con más razón cuanto que el asunto que nos ocupa, desprovisto por completo de interés científico se hallaría fuera de lugar en esta Revista que tan bondadosamente me ha prestado sus páginas para poner en su puesto la verdad.

Las citas que el doctor Le Roy se ha tenido la molestia de recoger y publicar en el número correspondiente al mes de febrero ppdo. me sirven perfectamente para el objeto que me proponía, que era únicamente demostrar que la Comisión Americana de Fiebre amarilla, a la que tuve el alto honor de pertenecer, hizo justicia plena al doctor Finlay cuando publicó sus experiencias y que “ no lanzó a tambor batiente ‘......’ como cosa propia, lo que en realidad a Finlay pertenecía”. Repito que esto es una inexactitud y el decirlo una ligereza por parte del doctor Le Roy; más aún, que nadie creyó en la teoría del doctor Finlay, quiere decir ninguna autoridad científica de la época, ni Sternberg, ni Guiteras, ni Corre, ni Rochard, ni Berenger-Feraud, ni Charcot y Bouchard, ni Brenardel (véase las citas del doctor Le Roy, “Revista Médica Cubana”, Febrero 1905, pag. 58 y 59), ni ningún otro extranjero.- De los de casa, no creyeron en la doctrina del doctor Finlay, ni los Valdés, Díaz Albertini, Mestre, Lebredo, Gutiérrez ni otros tantos eminentes cubanos que con el mayor respeto, si ustedes quieren, escucharon los trabajos leídos por Finlay en la “Real Academia etc.” ¿No es esto peor que predicar en el vacío?

Las citas que de los Sres. franceses nos hace el doctor Le Roy (podía haber agregado algunos más, de ingleses, americanos y alemanes) demuestran el fracaso universal que obtuvo la campaña del doctor Finlay, hasta que la Comisión Americana comprobó los hechos anteriormente considerados solo de manera hipotética.

La mala acción de Carroll como individuo particular, no desvirtúa en absoluto el hecho de haber sido la Comisión Americana la primera en reconocer la verdad de la teoría del mosquito y así haber contribuido directamente al justo renombre alcanzado por su autor.

Para terminar repito que veo comprobado por el mismo esfuerzo que ha hecho el doctor Le Roy para quitarse de encima mi inculpación, que contrario a lo que dijo en su afán de halagar al doctor Finlay, la Comisión Americana no “lanzó a tambor batiente como cosa propia, lo que en realidad al doctor Finlay pertenecía; por último, que es indiscutible que fue la Comisión Americana quien por vez primera comprobara la teoría de Finlay y que nadie antes de esa Comisión, consideró, sino desfavorablemente, dicha teoría.

Ni las pirámides egipcias son más inamovibles que estas verdades.
Y gracias por los versos.

 

(marzo 14 de 1905).
Revista Médica Cubana.
1905-6-7.

* Se respeta la ortografía del original (Dr.G.D.G.).

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