Indice Anterior Siguiente

Formato PDF

Elogio póstumo del Dr. Ignacio Calvo y Cárdenas*

Sr. Presidente de la Academia: Sres. Académicos: Señoras y señores:

Por una parte mi buena estrella, la bondadosa acogida de mis amigos académicos por la otra, me han conducido á este puesto, vacado por el fallecimiento del distinguido compañero á quien invocando las palabras de nuestro ilustre presidente, me ha cabido “la pena, el honor y la fortuna” de sustituir.

Debo hablaros de él y habré de hacerlo sin más protestas de impotencia ó temor. Momento es este demasiado solemne para mí y no quiero que crean que toco los límites ridículos de la falsa modestia ó que me acojo á vuestra benévola indulgencia, (que desde luego imploro) por aceptada fórmula de cortesía, más, puedo aseguraros que, solamente en obediencia á lo prescripto en nuestro Código, por el respeto que toda ley merece y en verdad, por la satisfacción que al hablar del doctor Calvo experimento, es que me encuentro dirigiendóos la palabra desde esta tribuna, sobre un asunto, que por su motif naturalmente sentimental y por la envoltura necesariamente literaria que requiere, se aparta por completo del espíritu que ha movido mis empeños más grandes y difiere igualmente de los temas que han sido objeto de mis mayores esfuerzos durante las diferentes etapas de mi vida profesional.

Eso no obstante, es trabajo de amor el que realizó y como tal me complazco en ofrecéroslo, porque tarea bien grata es esta que me impone El Reglamento, de traer á vuestra memoria y de estampar en los Anales de la Academia que habrán de recoger mis palabras, el recuerdo, triste y cariñoso, de un amigo leal, de un compañero correcto, de un compatriota que supo en todas las circunstancias de la vida conservar su conciencia, como su historia, limpia de mancha y de reproche.

Tarea relativamente fácil para mí, que honrándome con su amistad pude apreciar más de una vez la grandeza de su alma, la pureza de sus sentimientos, la nobleza de sus aspiraciones, la lealtad de su corazón y la rectitud de sus principios.

No es la palabra torpe del que os habla, la que debiera aquí vibrar en su alabanza: si algún momento llega mi voz á vuestros oídos, débil, monótona y fría, como el rumor lejano del arroyuelo que tranquilo en su cauce, se desliza; pensad que va impulsada y brota de una fuente pura é inagotable de admiración por su obra y rebosante de justicia y afecto á su memoria.

El doctor Ignacio Calvo y Cárdenas: hijo de una de esas familias legendarias de Cuba, era digno heredero de los apellidos ilustres Calvo y Herrera, Cárdenas y Montalvo: nombres son estos que sin gran esfuerzo traen á nuestra mente los títulos de nobleza criolla, si se me permite el vocablo, vinculados por la historia de sus riquezas y representación social, en los Condes de Fernandina, de San Fernando, de la Reunión de Cuba, de Casa Bayona, en los Marqueses de Calderón, de Real Socorro, de la Real Proclamación, de la Gratitud, de Almendares, de Casa Calvo y Arcas, con todos los cuales se hallaban emparentados los progenitores de mi ilustre biografiado.

Nacido en la opulencia, desde niño educado en una atmósfera de legítimo orgullo por su origen linajudo, rodeado de continuo por todos aquellos halagos naturales á un miembro afortunado de la aristocracia, fue sorprendente, pero irrefutable testimonio de su grandeza espiritual, de su verdadera é innata nobleza, que se desarrollara en él aquel carácter sencillo, llano, caritativo, aquella discreción á toda prueba, habiendo naturalmente cooperado esas condiciones de vida á producir, entre otras virtudes, aquella lealtad que tantas veces pudieron aquilatar sus amigos y compañeros de trabajo y aquella honradez indiscutible y evidente en sus juicios personales y en sus dictámenes médico-legales. Era noble, pues, en verdad, el doctor Calvo, de hecho y de derecho.

La ciudad de La Habana fue su cuna y allí también rindió tributo á la Naturaleza, después de una vida corta pero honorable y fructífera. Sus primeros años pasaron sin duda al igual que los de otros jóvenes contemporáneos y de su misma esfera social, entre lisonjas, cariño y bienandanzas, cosas todas muy aptas á forjar ese carácter dulce y apacible que más tarde fue el encanto de propios y extraños; ingresó en el Colegio de Delgado, entonces uno de los planteles de educación más renombrados, como digno émulo de “El Salvador” que, radicado en el mismo barrio de la ciudad, fue origen de tantos beneméritos cubanos. Después en el Instituto de La Habana prosiguió sus estudios hasta obtener el deseado título de Bachiller, cuando apenas contaba 16 años de edad.

No he podido averiguar si era brillante el joven Calvo durante esa época de su vida, pero presumo que no, porque á juzgar por su labor madura y sus condiciones personales, años más tarde, era el doctor Calvo lo que en inglés llaman “a well balanced mind” y un cerebro bien equilibrado casi nunca presenta en sus manifestaciones esos destellos de luz, que común á las imaginaciones volcánicas y que tan solo sirven para deslumbrar, rara vez para iluminar, aquellos problemas que más embargan el pensamiento de investigadores cuidadosos, de los verdaderos investigadores. Pero por otra parte he sabido que un sentimiento de dignidad que lo enaltece y que no le permitió soportar la injusta afrenta de un catedrático violento é irreflexivo, lo obligó á abandonar las aulas universitarias cubanas y dirigirse á Europa con el objeto de terminar sus estudios.

En el año de 1887 recibió Ignacio Calvo su título de médico en la Universidad de Barcelona, regresando poco tiempo después á Cuba y entregándose de lleno al ejercicio siempre ingrato de nuestra profesión. Luchó como bueno, primeramente en el campo y luego en esta ciudad, en conquista de otros lauros y otros títulos que no pudieron legarle sus antepasados y coronando el éxito sus esfuerzos desde sus primeros ensayos, pronto reconocieron sus compañeros que, había venido entre ellos uno, que por su personalidad, su preparación científica, su conducta ejemplarísima, habría de merecer el más alto concepto del cuerpo médico cubano.

No pasaron muchos años sin que su natural simpatía y los méritos y prestigio indiscutibles de que gozaba le permitieran conquistar el corazón de bella y noble dama, y en 1891 unieron sus destinos y constituyeron aquel hogar, fuente de todas las felicidades y templo de todas las virtudes, el doctor Calvo y su digna esposa, la señora María Antonia Silva y Alfonso. De esta unión como consuelo y lenitivo á la inmensa pena que agobia á su atribulada madre, queda una hija que, como era de esperarse, ha heredado la belleza, las virtudes, la inteligencia y el buen juicio de sus padres.

Pero la vida científica del doctor Calvo comienza verdaderamente en el año de 1895: en esa fecha, sin duda su culto á la verdad y su natural inclinación por el estudio de aquellas ramas de la medicina que menos dependen de la especulación y más se basan en la comprobación experimental, lo condujeron al Laboratorio de la Crónica Médico-Quirúrgica de La Habana. Allí, la generosidad del doctor Santos Fernández, el amor que siempre ha demostrado por el progreso de las ciencias medicas, tenía abierto un centro de investigación al que recurrían ya muchos compañeros en busca de ese auxilio, indispensable algunas veces, que á la clínica presta el microscopio. El doctor Calvo así lo dice: “desde mi entrada en el Laboratorio quedó para siempre fijada mi vocación”.

Permitid que á mi vez y en comprobación de la exactitud del concepto que acerca del doctor Calvo he formado, anote aquí sus propias palabras. ¡Que no diera yo porque mi voz, áspera y dura, pudiera imitar, siquiera remotamente, aquel acento dulce y suave que escuchasteis entonces y que más nunca escucharéis!

“Era, dice, como una atmósfera nueva la que se respiraba en el Laboratorio; allí no solo me sentí atraído por la franca y cariñosa acogida, hija del espíritu de noble y sana democracia que le imprimían su bondadoso Director y los profesores de las distintas secciones, sino también por la multitud de interesantes problemas científicos que se debatían en el terreno especulativo ó que se sometían á la experimentación por el crisol, la probeta ó la platina del microscopio. Bien pronto la atracción que en mí ejercía el personal del Laboratorio se convirtió en sentimiento de amistad que el tiempo ha afianzado”.

Y el doctor Dávalos, ilustrado compañero, desaparecido también, cuyo elogio póstumo habéis de oír redactado por mano maestra, decía del doctor Calvo, en ocasión análoga á esta que nos reúne hoy y celebrando su ingreso en esta Academia, lo siguiente:

“Todos reconocimos en él una vasta instrucción médica, un juicio certero y un carácter noble que se reflejaron en todo cuanto expresó al departir amablemente sobre variados asuntos. Esto, unido al sello de distinción que le caracteriza, correcto en todo con espontánea naturalidad, culto y cortés, revelando una educación esmerada, á la par que una instrucción sólida en conocimientos médicos, nos hicieron estimarlo como una valiosa adquisición para el Laboratorio y nos empeñamos en atraerlo”.

A ese laboratorio del doctor Santos Fernández, Meca de cuantos se interesan por la investigación moderna, única institución adonde era posible recurrir á los que no se conformaban con el veredicto clásico del magister dixit, allí fui yo también á recalar, como á puerto seguro, en el tormentoso viaje de la vida. Allí me tocó á mi vez conocer al doctor Calvo, caballeroso, afable, distinguido, con esa distinción natural del que la tiene por don propio y no como barniz artificial y transparente; entusiasta sin alardes y como tuve ocasión de comprobar, “con el criterio abierto á la razón y el corazón sensible á la amistad”. Y á la verdad que el doctor Calvo, en el Laboratorio, no era más que una nota en perfecta armonía con el conjunto; porque el lema de esa casa, si me atrevo á sugerirlo, debía ser, “amor, labor y honor” que en mi opinión, de una manera fiel, así se expresa el sentimiento que entonces como ahora allí imperaba, de amor al trabajo y honor á la verdad.

Digo que la vida científica del doctor Calvo comenzara á su ingreso en el Laboratorio, porque anterior á esa fecha tan solo dos contribuciones á la medicina había publicado: la primera “Fiebre tifo-malárica sincopal y hemorrágica” es el resultado de observación clínica, larga y penosa; es un trabajo concienzudo y que sin duda puso á prueba sus aptitudes de médico y de amigo; la segunda, “Angina no diftérica tratada por el suero antidiftérico del Laboratorio Bacteriológico”, revela su inclinación á utilizar en la practica clínica los productos de la bacteriología y presenta de una manera clara el hecho reconocido hoy por todos de la influencia beneficiosa del suero antidiftérico en las anginas catarrales ó al menos no diftéricas.


Fig. 13. Dr. Ignacio Calvo y Cárdenas (1860-1911).

De los treinta y tantos trabajos publicados por el doctor Calvo, diez y nueve son obra suya exclusivamente; cinco aparecen en colaboración con el doctor Dávalos, el primer bacteriólogo de Cuba, á quién Calvo llamaba su “profesor y hermano”; cinco en colaboración con sus compañeros del Laboratorio Nacional, los doctores Venero y Fernández y uno con el doctor Cartaya. Una hojeada rápida á la bibliografía del doctor Calvo deja ver bien claro su indiscutible erudición y el vasto campo que abarcaban sus conocimientos, pues de otra manera no se explica que en su corta vida pudiera tratar con la reconocida competencia que lo hizo, asuntos de bacteriología, de jurisprudencia médica, de higiene, de clínica médica, de terapéutica, etc., y en esos escritos se comprueban de manera fehaciente su constante laboriosidad, su decisión por el estudio, sus condiciones de perspicaz observador y su dominio de la tecnología de laboratorio.

No es posible hacer más que anotarla, en el breve espacio de tiempo que debo ocupar en esta tribuna, ni es esta la oportunidad de presentar un completo análisis de la obra científica del doctor Calvo; pero antes de abandonar esta parte del modesto y quizá inadecuado aunque sincero tributo que rindo á su memoria, permítaseme fijar la especial importancia, el grandísimo mérito que tienen algunos de sus trabajos menos conocidos. Así como en la vista panorámica de las grandes ciudades, de entre la masa informe del apiñado caserío se destacan aquí y allá las altísimas torres de basílicas y catedrales, las elevadas cúpulas de los teatros y de los palacios, respectivos templos de las religiones, del arte de la riqueza, así una vista panorámica de la obra científica del doctor Calvo permite descubrir, levantándose por encima de los demás, tres hechos ó tres resultados de su labor intelectual. Me refiero en primer término á su demostración del ántrax sintomático, infección mortífera que en 1903 se introdujo en la Isla y que, por haber sido desconocida de los albéitares y herreros del interior, venía diezmando las crías de ganado vacuno y amenazaba con la ruina económica á numerosos agricultores. Completamente independiente de la comisión que en esa época estudiaba en los campos la epizootia, el doctor Calvo, en el Laboratorio Nacional, descubrió el germen en las muestras de sangre y tejidos que le habían sido enviadas, y como sucede con todas las infecciones, una vez conocida la identidad del agente causal, fue relativamente fácil proceder á su extinción y á su prevención: no creo exagerar ni consigno en centenares de miles de pesos la cantidad en efectivo que esa obra del doctor Calvo, convirtió en beneficio del Estado.

Otro esfuerzo coronado por el éxito es que el doctor Calvo realizó y detalla en su contribución titulada “Análisis bacteriológico del agua de un pozo etc.” y que dio por resultado el hallazgo, por primera vez en Cuba, del bacilo de la fiebre tifoidea en aguas que servían para usos domésticos.

La otra obra que merece especial mención es la que él denominó “Angina piociánica”; es una comunicación á la Academia de Ciencias y tiende principalmente á llamar la atención sobre la importancia del diagnostico bacteriológico en las anginas seudo-menbranosas: pero la exposición clara y precisa, la relación detallada de todas las circunstancias del caso y de los prolijos procedimientos por medios de los cuales llevó á cabo la demostración, hacen de ese trabajo una obra maestra, una verdadera y completa lección acerca del bacilo piociánico. Si en tantos otros escritos no hubiera el doctor Calvo demostrado su capacidad muy especial para esta clase de investigaciones, habría bastado ese para que basado en él se le adjudicara el título de bacteriólogo. Porque he de repetir aquí lo que en la cátedra y fuera de ella vengo predicando hace muchos años y es que el valor de la investigación microscópica dependerá mucho más de la sagacidad, perseverancia, seguridad y honradez del observador, que de la excelencia de su equipo ó de la perfección de sus instrumentos. El microscopio más costoso en manos inexpertas es inútil; en manos de un observador descuidado, ligero ó con prejuicios es peor que inútil, porque entonces habrá de contribuir á multiplicar los errores ya incontables, que á guisa de verdades científicas se nos presentan. En manos del doctor Calvo el microscopio era un arma poderosa en contra del error, era una defensa segura colocada sobre los baluartes inexpugnables de la ciencia verdadera.

¿Qué servicios ha prestado el doctor Calvo á su país? A mi manera de ver, incalculables. El patriotismo no se revela únicamente arrostrando los peligros de la guerra ó en el fragor de los combates por la libertad, ni tampoco en los campos sembrados de abrojos de la política, ni menos aún en la egoísta contienda de los grandes negocios, que al enriquecer muchas veces envilecen también, no, es en el fomento de la familia honrada y virtuosa, base inconmovible de la sociedad y exponente fiel, en todas partes, de la cultura nacional; es en el cultivo de las ciencias, como lo hizo extensamente el doctor Calvo y cooperando á levantar el estado sanitario y así el crédito internacional, que también se demuestra el amor á la tierra y se sirve eficazmente á la patria; es concurriendo á prestar su concurso en instituciones como esta Academia, no menos que predicando en el seno de los hogares, como él lo hacía, la sana doctrina de la higiene privada, en beneficio directo de la salubridad pública, que también se hace obra patriótica y de trascendentales consecuencias.

Nuestros hombres de ciencias todavía no tienen, por desgracia, entre nosotros, el estimulo á su labor y el premio á sus esfuerzos que en otros estados de igual desarrollo comercial y político. Esto demuestra que en la magna evolución que se ha ido produciendo en nuestro país, es todavía deficiente, no tan solo el elemento científico, sino también el literario y artístico y que, el desarrollo material, avanzando con mayor ímpetu que el intelectual, amenaza lanzar á nuestra sociedad en brazos de un egoísta materialismo. Al conjuro del trabajo, auméntese en nuestro suelo los manantiales de riqueza; nazcan nuevos pueblos, como por encanto, á lo largo de nuestras férreas paralelas; despierten las ciudades dormidas al silbido de las locomotoras y abran nuestras selvas vírgenes y nuestros agrestes montes sus fecundos senos de inagotables tesoros; pero al mismo tiempo y sirviéndonos de ejemplo la vida de tantos ilustres compatriotas desaparecidos, cultívense las ciencias, fuentes abundantes de verdad; penetre en las conciencias redentora luz que infunda el sentimiento de lo noble, de lo grande y de lo bello y cincelen nuestros poetas en la heroica estrofa, no en los lastimeros ayes del decadentismo literario, la imperecedera memoria de nuestros grandes hombres y de las glorias patrias; dirija el moralista, por entre las masas populares las corrientes regeneradoras de sus sabias enseñanzas; difúndase en la poética leyenda nuestras más valiosas tradiciones históricas; vigorisese al pueblo con el constante recuerdo de las cruentas luchas para conquistar la independencia de la patria; incúlquese en el alma de todos el sentimiento verdadero de igualdad, fraternidad y libertad, que amenaza desaparecer, si es que ha existido y así, en el actual acelerado movimiento de progreso que á pesar de todo, afortunadamente, se produce en nuestro país, podrá combatirse á, la codicia que corrompe y al egoísmo que esteliza; así, nuestra actual generación, más potente y rica en elementos materiales, podrá hacerse digna del hermoso suelo que los épicos esfuerzos de nuestros ilustres progenitores lograron redimir.

Os ruego perdonéis esto que pudiera pareceros una digresión; más puedo aseguraros que al concirnarlo aquí no he perdido de vista ni un momento, la imagen venerada del amigo en quien reconocimos tantas cualidades y atributos inherentes al verdadero patriota, al ciudadano modelo. Y allí esta como prueba irrecusable de su gran utilidad á la nación, su diaria labor, al pié del microscopio, dirigiendo por muchos años, desde su banco del Laboratorio Nacional, la acción terapéutica de numerosos compañeros, en otros tantos hogares entristecidos por la enfermedad de un ser querido, con su veredicto seguro, con su juicio sereno y de toda confianza. Allí están sus ponencias médico-legales, todas aceptadas unánimemente por esta Academia, que en auxilio de los tribunales de justicia vinieron muchas veces á hacer luz adonde antes eran tinieblas y dudas, vinieron á salvar al inocente, acusado injustamente por la evidencia de circunstancias especiales ó á convertir en justiciero el castigo del malvado que necesariamente impone la ley y reclama la vindicta pública.

Y antes de eso, como Inspector médico durante la primera Intervención y más tarde en el Laboratorio Municipal demostró el doctor Calvo sus facultades de hombre científico y de recto criterio. Además, sin percibir emolumento alguno ¿cuantos años no sirvió la plaza de médico del Dispensario de Niños “ La Caridad” y en el seno de la Junta de Educación de la Habana?

Difícilmente se puede presentar una hoja de servicios más completa y meritoria para optar al honroso concepto de buen patriota.

Como límpido diamante engastado entre multitud de gemas de inestimable valor, resplandecía en carácter del doctor Calvo, entre tantas y tantas buenas cualidades, la caridad. Como el color á la luz, como la inmensidad al espacio, como el verdor á los campos ó la belleza á las mujeres, venía en perfecta consonancia con su manera de ser, esa, la más excelsa de todas las virtudes, base de los más grandes sacrificios, es verdad, pero también fuente de las grandes satisfacciones.

La caridad fue innata al doctor Calvo, desde la infancia manifestabase espontánea en sus más naturales inclinaciones; no ha de extrañarnos pues, el sello de grandeza que caracterizó toda su vida; porque la caridad no es más que el centro poderoso alrededor del cual gravitan, como en circuito del sol van los planetas, recibiendo su benéfica influencia, la bondad, la lealtad, la piedad, el altruismo, la abnegación.

Permitiréis la relación de un hecho que fija cual ninguno ese sentimiento humanitario que le impulsaba á aliviar males ajenos, olvidando muchas veces los suyos propios.

En el lecho de muerte yacía un amigo íntimo y compañero de muchos años; la enfermedad prolongada y penosa, había mermado sus escasos recursos al grado de no serle posible á la familia satisfacer las cuotas reglamentarias que debían mantener viables el seguro de vida: sabedor el doctor Calvo de esta circunstancia, realizó por su cuenta el desembolso, para lo cual tuvo que descuidar el pago de sus propias mensualidades. Fallecido por fin el amigo enfermo, pudieron sus huérfanos disfrutar del beneficio material asegurado por aquella mano oculta. Poco tiempo después, apenas dos semanas, caía también el doctor Calvo bajo la acción fatal de un accidente fortuito y pudo descubrirse entonces ese acto de abnegada conducta, de ingenua caridad, digna de mayores elogios de los que mi humilde palabra es capaz de expresar.

Y fue practicando la caridad que el doctor Calvo halló el mortal veneno que, infiltrándose en sus venas, puso fin, en corto plazo, á su agitada y benemérita existencia.

De día y noche, á todas horas, estaban sus servicios profesionales á la disposición de sus compañeros; muchas familias de estos han recibido sus indicaciones certeras y sus cariñosas atenciones, disfrutando el doctor Calvo el envidiable privilegio de que tantos médicos depositaran en él su confianza, en reconocimiento de sus condiciones especiales de clínico experto.

Varios meses hacía que los amigos del doctor Calvo habían notado en él, cierta melancolía, cierta tristeza, que coincidiendo con perturbaciones evidentes en su físico, hicieron sospechar que se minaba su naturaleza por grave mal que nadie conocía. Eso no obstante, la tarea diaria era vencida, siguiéndole un cansancio exagerado, siempre en aumento. Dos rudos golpes, dos grandes penas morales vinieron últimamente á someter su espíritu á dos tremendas sacudidas; me refiero al fallecimiento, en corto tiempo, de sus dos íntimos amigos, los doctores Dávalos y Vila. Profundamente impresionado por la muerte penosisíma de este último, el doctor Calvo prosiguió su labor en el Laboratorio y la clientela.

El día 18 del último Febrero, sufrió una pequeña picadura, casi imperceptible, con el bisturí que le había servido para dilatar un absceso. En pocas horas, á pesar de haber procedido á la inmediata desinfección de la herida, se presentaron los síntomas de la septicemia que fueron rápidamente agravando su estado. Por fin, nueve días después, agotadas por completo las naturales defensas de su organismo, hubo de sucumbir á la terrible infección. Murió víctima del deber profesional. No quisiéramos, ninguno de nosotros, para consagrar nuestra gloria inmortal, que otro epitafio que este orlara nuestras tumbas “Murió víctima del deber profesional”.

Una tarde esplendorosa de nuestro bello invierno; en la calle, el bullicio ensordecedor de centenares de carruajes y automóviles; los gritos estridentes de enmascarados, contentos y felices; en el ambiente sentíase el calor de la alegría de un día de carnaval. En el interior de una casa, de la misma avenida, el frío glacial de una pena indecible helaba en nuestros labios la palabra de consuelo tan inútil, tan hueca y sin sentido, en aquellos momentos en que más parecía necesario. Había muerto un amigo; un padre de familia cesaba en el mundo de los vivos, legándonos como herencia preciada el ejemplo glorioso de su vida.

Entre lágrimas y sollozos salió de aquel hogar su inerte cuerpo, en viaje sin regreso; nunca más su simpática presencia alegrará aquel recinto, ni el eco de su voz se dejará oír entre nosotros; pero, ¿es que ha de acabar así para siempre jamás, una existencia?. De seguro que no: por doquiera encontramos las huellas de su paso; impresión indeleble ha dejado su vida corta pero fecunda, en un medio adonde generalmente no causan impresión mas que los embates violentos de las pasiones ó las traidoras mordidas de la envidia.

Si; por doquiera están los comprobantes de su laboriosidad; en nuestros corazones se halla fijo el recuerdo de sus bondades y en esta Academia, que sabrá honrar su memoria haciendo grabar su nombre en digna lápida, en la Sociedad de Estudios Clínicos, en el Laboratorio de la Crónica, en el Nacional, sus compañeros sienten el vacío que produce su ausencia. Si esto es así, ¿qué no experimentará ese hogar que él mantuvo por siempre como un culto y que supo sostener feliz y puro con el ejemplo constante de sus propias virtudes?

Descanse en paz el amigo, el compañero, el compatriota; llegue á sus deudos el sentimiento mas vivo de mi condolencia y permítaseme adornar su tumba con mis modestas flores, como dice nuestra dulce poetiza 1.

         .............. con las del alma,
         Flores que siempre viven,
         Formar debo yo el ramo
         Que mi amistad exigen.

1 Lola Rodríguez de Tió.

* Trabajo de ingreso como Académico de Número en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana. Leído en la sesión extraordinaria del 12 de enero de 1912. Ocupó el sillón No. 1 (sección de Medicina). Se respeta la ortografía del original (Dr.G.D.G.)

Indice Anterior Siguiente