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Cuaderno de Historia 85:27-30
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La Cirugía en la Manigua*

por Walfredo Vicente Hercia
 

"Sao del Indio", "Peralejo", "Las Guásimas", "Mal Tiempo", "Coliseo", para mencionar tan sólo algunas de las batallas más recordadas de nuestra gesta libertadora, dejaron sobre sus campos muertos y heridos... Los muertos -los muertos gloriosos que superviven en el altar sacrosanto de la Patria, que les dijo ¡Adiós! al son de las descargas de fusilería, en honores militares póstumos-, tuvieron por sepultura un pedazo de la tierra amada, aún irredenta, por fiel guardián un esplendente cielo azul y por marcha fúnebre sempiterna el rumor quejumbroso de nuestros palmares... Pero ¿los heridos?... Atravesados, en cualquier forma, sobre los jamelgos tuvieron que rendir grandes jornadas para quedar a resguardo en medio del monte con una familia campesina o fueron conducidos, en marchas forzadas, hasta un hospital de sangre, instalado en el más abrupto lugar de la comarca...

Muchos mambises quedaron forzosamente abandonados sobre el campo enemigo, a merced de la hidalguía y nobleza del ejército español; otros cubanos, en una carga al machete, rodaron del caballo abatidos por el plomo de los cuadros españoles... Sustraerlos del escenario del combate, en el fragor de la batalla, llevándolos fuera de las líneas de fuego, implicó siempre un gran riesgo y, en muchas ocasiones, una heroicidad, y estas hazañas pusieron muy en alto los méritos del Cuerpo de Sanidad Militar del Ejército Libertador, por su valentía, su coraje y concepto de responsabilidad.

Raúl Lorenzo -el fraterno amigo y valiosísimo compañero en el periodismo- me había sugerido el tema, una noche que conversábamos en su coquetona residencia, instándome para que entrevistara al doctor Benigno Souza, investigador y cultor de las cosas de la Patria, como una de las personas que podrían facilitarme adecuada información. Días después, otro admirado y culto compañero y amigo, el doctor Antonio Iraizoz, reforzaba mi propósito, señalándome que a más del doctor Souza podría inquirir detalles complementarios para este reportaje con el General Eugenio Molinet, por su doble condición de médico y de Jefe de la Sanidad Militar del Ejército Libertador.

Concertadas, telefónicamente, las entrevistas, el General y doctor Eugenio Molinet, con menos ocupaciones en la actualidad que el doctor Benigno Souza -atareado por sus deberes y obligaciones de gran cirujano- me recibió inmediatamente en su sencillo y modesto departamento, sin más ceremonias que un franco apretón de manos, con la expresión de complacencia del abuelo que se dispone a hacer una incursión en el álbum de sus recuerdos...

- "A mi edad, amigo periodista -apuntó el General Molinet- la memoria falla a veces..."

Pero la memoria, sin embargo, no le falló al General Molinet, que se fue entusiasmando con el tema, acomodado en su lecho, a causa de la lesión que sufre en una pierna por los azares de la guerra. El General Molinet, ex Secretario de Agricultura y ex administrador del Central "Chaparra" vive ahora, pobremente, de su pensión de veterano.

Al siguiente día me recibió, muy campechanamente, el doctor Benigno Souza, para conocer, sustancialmente, los puntos básicos de mi interés periodístico.

- Bueno -me dijo- hazme un pequeño cuestionario que yo te lo contesto con muchísimo gusto. Excúseme ahora, pues estoy terminando un discurso que he de pronunciar en estos días... Así, con calma, yo puedo constatar algún dato interesante... ¿Te parece bien?

- Encantado..."

Hemos coordinado, ahora, lo expresado por los doctores Molinet y Souza, salvando la dualidad de la entrevista por la casi absoluta coincidencia que ambos entrevistados han tenido en la exposición de los hechos.

Los hospitales de sangre del Ejército Libertador estuvieron enclavados en lugares intrincados del monte o de la sierra, cerca siempre de alguna prefectura. Consistían en unos colgadizos rectangulares, techados de guano para proteger a los pacientes de la intemperie, bajo los cuales se colocaban unas tarimas hechas con cujes, sostenidas por unas horquetas clavadas en el suelo, y sobre las que se colocaban "colchones" de espartillo. Estos hospitales fueron más permanentes en Oriente, Camagüey y Las Villas, por lo accidentado del terreno en esas regiones, que en el resto de la Isla. Hubo, sin embargo, un hospital permanente y seguro, instalado en la Sierra Maestra, en el cafetal "La Guásima de la Marquesa", finca que actualmente es propiedad del General Calixto García Enamorados. Todos los demás hospitales tenían que ser cambiados frecuentemente de lugar para que no fuesen sorprendidos por las tropas españolas y, sobre todo, por las guerrillas.

Aunque los hospitales de sangre tenían su escolta militar, los custodios y los propios heridos estaban siempre alertas contra cualquier ataque por sorpresa, guiados por "el cantío" de los judíos que no silenciaban nunca la presencia de una persona cualquiera por los matorrales y caminos.

En la región occidental fué de todo punto imposible el mantener, por mucho tiempo, un hospital de sangre en un mismo lugar, so pena de caer en manos de los representantes de Weyler que macheteaban a los pacientes y al personal que los asistía. Un caso típico de esta inhumana conducta ocurrió en la persona del doctor Hernández, enfermo en uno de esos hospitales y que apresado por una guerrilla, fué macheteado, sin piedad, en presencia de su esposa, la señora Luz Noriega.

Los enfermeros que atendían los hospitales de sangre eran generalmente estudiantes de medicina que hubieron de abandonar las aulas universitarias para cumplir su deber para con la Patria, pero en su mayoría eran simples barberos que poseían conocimientos generales en el cuidado de enfermos. Para instruirlos mejor en la aplicación de los medicamentos, en la realización de las curas o en la prestación de los primeros auxilios, el General Eugenio Molinet redactó una sencilla Cartilla que fué de extrema utilidad a todos los miembros de la Sanidad Militar y que sirvió, además, para el aprendizaje y guía de las familias campesinas a quienes se les encomendó el cuidado de los enfermos y heridos...

Cada cuerpo médico disponía del instrumental necesario para realizar las posibles operaciones en los campamentos y hospitales, operaciones que se verificaban a "sangre fría" reservándose muy celosamente la anestesia -el cloroformo y el éter- para casos imprescindibles.

No obstante todas las dificultades surgidas por la falta de locales y recursos adecuados, los cirujanos realizaron con todo éxito algunas operaciones de importancia. El doctor Alberdi, entre otros notables cirujanos del Ejército Libertador, amputó el muslo por su tercio superior, al Coronel Agustín Cruz y al joven Buenaventura Cali, herido en el desgraciado combate de "La Olayita" le fué amputado igualmente el muslo, por el mismo lugar, por el propio doctor Alberdi. En cambio, los heridos de vientre fatalmente morían casi siempre en esa época.

Los hospitales de sangre se proveían de medicamentos con las expediciones que arribaban, periódicamente, a las costas de Cuba y también le eran suministrados por los agentes de las Juntas Revolucionarias Locales, que estaban en contacto con las fuerzas insurrectas. De todos los medicamentos el que más necesitó el Ejército Libertador, fué la quinina, pues en determinadas zonas, las fiebres palúdicas diezmaban a la tropa, imposibilitándola para la pelea.

Las propiedades de algunas plantas cubanas, que tienen principios medicamentosos, tales como la guajaca y la agüedita, entre otras, se usaron muy frecuentemente en los hospitales y fué práctica corriente el empleo de la miel de abejas para curar las heridas, por contener la misma ácido fórmico puro, lo cual constituía una solución antiséptica.

El índice de mortalidad, en los hospitales de sangre, no fué muy elevado, porque las heridas de máuser, fusil usado por los españoles, de proyectil de pequeño calibre y gran velocidad, eran muy benignas comparadas con las que causaban el Remington y los rifles de calibre cuarenta y cinco y otro factor, muy digno de tenerse en cuenta, era la pureza del aire, no infecto. Contribuía también al pronto restablecimiento de la salud, el gran espíritu de sacrificio y de lucha que animaba a los heridos y enfermos que aceptaban, con estoicidad, las curas más dolorosas y se sometían, disciplinadamente, a los más fuertes tratamientos.

Bastará decir, para hacer comprender hasta qué punto fueron de dolorosas algunas curas, que frecuentemente se empleó la cura japonesa, consistente en la aplicación de ácido fénico a las heridas y cuando éstas supuraban, emplastos hechos con ceniza o borras de café, aprovechándose como vendajes las tiras de majagua o simplemente pedazos de bejucos.

La yagua fué otro elemento valioso para los médicos, en los casos de fracturas, por su flexibilidad y adaptación, para "entablillar" los miembros fracturados. Con la yagua se confeccionaban vasijas especiales para hacer irrigaciones en las heridas.

Siempre que había que realizar ciertas operaciones y no había medio de practicarlas en la manigua, esos lesionados se embarcaban rumbo a los Estados Unidos, utilizando los medios de comunicación existentes en las provincias de Camagüey y Oriente. El doctor Horacio Ferrer -hoy uno de los oculistas más notables del mundo- comandante de nuestro Ejército Libertador, herido de un tremendo balazo en el maxilar superior, con la bala dentro, fué embarcado para los Estados Unidos donde se le operó, regresando, después de sano, a incorporarse al Cuerpo de la Sanidad Militar.

No puede silenciarse, por último, el magnífico aporte que prestó a los hospitales de sangre la mujer cubana. Muchas mujeres se distinguieron en el propio campo de batalla; otras sirviendo de agentes confidenciales... Más en los hospitales de sangre, estuvo presente la mujer cubana brindando consuelo y prodigando cuidados esmerados a los bravos combatientes de la Patria, desafiando toda clase de peligros, con entereza y gallardía imponderables...

Dos mujeres, entre otras muchas, que se sacrificaron con ardor inusitado en aras del ideal redentor, sobresalieron en este tesonero y valiente empeño: Rosa, La Bayamesa, en Camagüey e Isabel Rubio, en Pinar del Río. No obstante, en los solitarios bohíos, perdidos entre las malezas u ocultos en el monte, cientos de mujeres colaboraron eficientemente con el Cuerpo de Sanidad Militar, cuidando de los enfermos, de los convalecientes y hasta de los heridos, sin más recompensa ni esperanza, que la satisfacción del deber cumplido.

* Copia mecanografiada en Archivo de la Oficina del Historiador del MINSAP.
 

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