CUADERNOS DE HISTORIA DE LA SALUD PÚBLICA 104

 


 

Medicina indígena de Cuba y su valor histórico

Las siguientes palabras del Conde del Tesoro, «es breve la vida de todo ciudadano, que muere sin rendir algún obsequio á su patria», y el concepto escrito del erudito historiador de la ciencia de Hipócrates y Galeno, Dr. Renouard, (Hist. de la Medicina, pág. 32) que considera de poco interés el estudio de los conocimientos que más elevan al hombre en otros pueblos, los que entre los egipcios, los hebreos, los indios orientales, los chinos, los japoneses, los primeros españoles y los griegos, para constituir con ellos los cimientos del gran edificio, que hoy se ostenta espléndido y majestuoso, son los móviles que nos impulsan á escribir, y á molestar una vez más vuestra respetada atención; pues consideramos de tanto valor para el fin aludido, la Medicina del Nuevo Mundo, en la época de la conquista, como la del antiguo en los tiempos primitivos; por lo cual, con relación á Cuba, trataremos de probarlo en honor de lo que el maestro llamó: « sol del mundo moral, de la única que nos pondrá la toga viril», así como de la mas fermosa tierra, que jamás ojos humanos vieron.

Teniendo presente los conocidos consejos de Max Simón en las publicaciones de la índole de la nuestra, y no olvidando que «la verdad persuade por sí sola», como axiomáticamente expuso Cristina de Suecia, precísanos exponer que el particular que nos va á ocupar, abraza dos extremos íntimamente enlazados entre sí, aunque el uno precede al otro.

Es el primero: el inquirir cuáles eran los conocimientos médicos de los pobladores de la Isla, en aquel entonces; es el segundo: la justipreciación del mérito de los mismos, colocados en parangón, con los únicos que se creen realmente importantes en la prestigiosa obra del celebrado clásico, que con tanta maestría y acierto ha traducido del francés al castellano el Dr. D. Pablo Villanueva.

Esto sentado, cumple á nuestro deber manifestar que, al ponerse el sol en Occidente, esparciendo sus vespertinos rayos, el sábado 27 de Octubre de 1492, hacia los 22 grados de latitud y 71 de longitud, 48 horas después de haber zarpado de Soamento el gran Almirante con sus tres frágiles carabelas, presentósele á la vista, un sorprendente país cuyos límites se perdían en el océano, y de tan altas montañas que las cumbres se ocultaban entre las nubes.

A poco sobreviene la noche, y no queriendo desembarcar en esas condiciones, mantúvose á la capa, hasta amanecer la siguiente aurora, el domingo 28, en que fondeó en la desembocadura del poético río, que denominó «San Salvador" (Pezuela, Hist. de Cuba, Página 45).

En efecto, frondosos como variados árboles y esbeltas palmeras, daban sombra á sus puras cristalinas aguas, siendo el conjunto del paisaje tan hermoso, cual si la Providencia se hubiera complacido en cubrir de gala la ribera, para, recibir al genio, pues era aquello un Edén, accidentado en partes, plano en otras, en todas de exuberante vegetación florida, que embalsamaba el aire, á la vez que el apacible murmullo de la sierpe de plata hacía fantástico el lugar, aumentando sus encantos el trino de las bellas y desconocidas aves, de brillante plumaje, de variadísimos matices, que por millares se posaban, ó surcaban el espacio, justificando estas palabras del gran Voltaire, «La tierra es uno de los templos de la Divinidad.»

Ese paraíso supo Colón que se llamaba Cuba, por los nativos de Guanhany que en calidad de intérpretes llevaba consigo, según refiere el historiador D. Antonio José Valdés, (Hist. de Cuba, pág. 28), significando esa voz para el Sr. Noda tierra; no obstante, el Almirante la denominó Juana, en honor del príncipe D. Juan, heredero de las dos coronas de los magnánimos Reyes Católicos, el cual falleció en Salamanca, casi cinco años después, el 4 de Octubre de 1497, teniendo 18 años de edad.

Expone Arrate, (Hist. de Cuba, pág. 34) que queriendo el mismo monarca honrar más á tan asombrosa posesión, mandó se titulase Fernandina, refiriéndose á su real persona, conociéndosela también con los nombres de Isla de Santiago y de Ave María, gozando la primera nomenclatura por su patrono que lo es de toda la Monarquía española, y la segunda por la notable devoción que los naturales tenían por la excelsa madre del Dios-hombre.

Ahora bien; el día del descubrimiento solazáronse en aquel oasis, el gran Palinuro ó famoso Argonauta, con sus compañeros de glorias y fatigas, habiendo observado según manifiesta Pezuela (Hist. de Cuba. pág. 46), que al acercarse las naves, se alejaban rápidamente de ellas dos canoas de indios, los primeros de Cuba que veían, encontrándose cerca del sitio en que acamparon, dos desiertas chozas de enramada y cañas, con algunos arpones de hueso, redes y rústicos avíos de pescar.

Creyó el notable navegante que, en el país que con el aspecto de su naturaleza se recreaban los sentidos, podían colmarse también todos los deseos, y no dudó por eso que tan bella región encerrase en sus entrañas oro, y especería en los vergeles. (Figura 5).

Satisfecho de su obra desplegó el 29 otra vez la vela, y después de reconocer el archipiélago de cayos, que se extienden á lo largo de la costa del norte, donde inspeccionó á los que se llaman Romano, Coco y Guayabo, ancló en el río Caonao, mandando que un bote remontando la corriente y llevando á uno de los lucayos que con él iban, explicara á los nativos que encontrasen las ideas bienhechoras de los expedicionarios.

En la tarde de aquel día, desempeñada dignamente la misión confiada á los emisarios, volvieron estos escoltados por 20 canoas de indígenas, cargadas de algodón, raíces alimenticias y frutas de formas y sabor desconocidos.

Distinguíanse los cubanos, dice Pezuela, (Hist. de Cuba, pág. 48) por ser de moderada estatura, airosos, ágiles, de condiciones pacíficas y sencillas, de ojos grandes y oscuros, de ancha nariz, frente aplastada, tez cobriza, de pelo negro lacio y áspero, encontrándose desnudos, pero que con plumas de diversas aves, adornaban sus cabezas, llevando pintado el cuerpo de vivos colores; no obstante, cubríanse las mujeres casadas de la cintura á las rodillas, las unas con groseros tejidos de algodón, las otras con hojas sujetas al talle, agregando Arrate que eran vergonzosos, muy reverentes con los superiores, de gran habilidad y aptitud para las instrucciones de la fe y que en la labor y construcción de sus casas y poblaciones, gastaban curiosidad y policía, favoreciéndolos tanto el Padre Torquemada, que al celebrar sus generosas facultades, no dudó decir, que parecían en su trato y sinceridad, gentes de la primera edad del mundo, ó estado de la inocencia.

Eran, además, naturalmente graves, según afirma Valdés (Hist. de Cuba, pág. 58), hablaban solo lo indispensable, dependía su subsistencia del trabajo personal y muy apegados á sus instituciones, justificándose entonces como ahora, esta sentencia, del inspirado creador de las Doloras «El amor á la patria, es ley de gravedad del alma».

Llamóseles Tainos por los conquistadores, según expone el Sr. Bachiller y Morales, en su «Cuba Primitiva», vocablo usado con frecuencia por los naturales, para expresarle á los extranjeros, que eran nobles, es decir, pacíficos ó tranquilos, conociéndoles los haitianos con el epíteto de siboneyes, sin que por eso la tierra se llamase siboney, aunque según Herrera se la distinguía también con el título de Bayaquitirí (Bachiller, Cuba Primitiva, pág. 255).

Las ideas del Almirante acerca del oro y las consultas hechas sobre un caprichoso mapa del Oriente de Asia, que había forjado Paulo del Pozzo Toscanelli, astrónomo florentino, que nació en 1397 y murió en 1482, y el deseo de conocer mejor al país hizo que comisionara á Rodrigo de Jerez y á Luis Torres, judío convertido é inteligente en lenguas, para que llevados por un cubano y un lucayo, acudieran á saludar en su nombre al que gobernase en la comarca, anunciándole su arribo por disposición de los Reyes Católicos, como así mismo á brindarle su amistad y protección.

A los seis días regresaron los comisionados trayendo noticias de haber encontrado un pueblo de 50 chozas y de 1000 habitantes, que los habían tratado á cuerpo de Rey, recibiéndolos llenos de contento y de la mayor admiración; dándoles alojamiento, y ofreciéndoles frutas y legumbres de agradable gusto, prosternándose ante ellos después de haber oído á uno de los intérpretes, reconociéndoles minuciosamente así la cara como los vestidos, y besándoles los pies y las manos.

Interésanos consignar, que los habitantes de esta Isla, los de Puerto Rico, la Española y las Lucayas, eran unos mismos, pues sabían de oídas, que en tiempo atrás todo formaba un Continente, que dividieron las inundaciones y otros fenómenos geológicos, opinando en la unidad de razas, el Padre Fray Gregorio García, en su Origen de los Indios (Libro IV, cap. II), el erudito Solórzano y el historiador Herrera, siendo prueba de tal creencia, la semejanza del idioma y la analogía de costumbres.

Ofrecían entre los Taínos íntimas relaciones las prácticas médicas con las religiosas, causas por la cual precísanos examinarlas, como igualmente el grado de cultura y adelanto del pueblo, pues ya lo ha dicho el ilustre Dr. Chinchilla, «La historia de la medicina está tan ligada con la civilización de las naciones, que es imposible separar una de otra», y también, porque, «la divisa del progreso es la verdad» conforme ha demostrado Pigli.

Según el Sr. Urrutia (Hist. de Cuba, pág. 332) poseían los indios algunos principios de verdadera religión, aunque viciada de supersticiones, lo que no es de extrañar, pues siempre aquellas, según Condillac, atribuyen á causas sobrenaturales, las cosas que la ignorancia no puede explicar.

Parece que creían también en la inmortalidad del alma y en la vida eterna donde se premia á los buenos y se castiga á los malos, confesaban la existencia de un Creador, causa de las causas, según la exhortación que hizo á Colón el anciano cacique que asistió á la primera misa que se dijo en la Isla.

Tenían reminiscencias del Diluvio Universal, de lo que hizo Noé y de la conducta de este con sus hijos, noticias confirmadas, según el Padre García, por lo expuesto por un indio senectudinario á quien llamó «perro» el español Gabriel de Cabrera; el que al oírse injuriar, le reconvino en esta forma: ¿por qué me riñes y llamas así, cuando todos somos hermanos; vosotros no procedéis de un hijo de aquel que hizo la mano grande para salvarse del agua y nosotros del otro?

La carencia de templos, entre los naturales de Cuba, autoriza para creer que no tenían religión alguna, conforme afirma Urrutia (Hist. de Cuba, pág. 135) á pesar de poseer sacerdotes médicos, á los que apellidaban Behiques, é ídolos semejantes á los de Haití, á los que llamaban Semies (Bachiller, Cuba Primitiva, pág. 256).

No se cuenta de los indios de esta tierra que hubiesen practicado sacrificios sangrientos: siendo la ancianidad lo que más respetaban, la que daba entre ellos influencia y autoridad: comprendiéndose que tenía que ser así, porque la vejez suministra experiencia; y esta en pueblos incultos es, á no dudarlo, la única que dá sabiduría y en todo caso, como decía Séneca, «la que pone el alma en los labios». (Figura 6).

Es también un hecho comprobado por el decir de los escritores que han narrado la historia de nuestros primitivos isleños, que estos siempre repugnaron la antropofagia, por lo que detestaban marcadamente á los caribes que observaban la horrible costumbre de alimentarse de sus semejantes.

Afirma el Sr. Valdés (Hist. de Cuba., pág. 59) que la poligamia debió ser lícita, en virtud de cierto hecho que era de uso corriente y hasta de rigor para los caciques.

Ignoraban lo que era la escritura, y las artes estaban en estado sumamente rudimentario.

En cuanto á su origen, dice Rafinesque, sabían por tradición los de aquí y los de Haití, (Bachiller, Cuba Primitiva, pág. 215) que según hemos manifestado fueron unos, que al principio de su existencia, ó séase en la época en que comenzaron á vivir, encontrándose por eso en la mayor ignorancia, aparecieron tres ancianos benefactores, que vinieron del E. haciendo grandes fundaciones en favor de los suyos.

Eran esos ideados personajes Bohito I ó Boition, maestro, legislador y sacerdote, que dividió el pueblo en tres clases: los anabarios ó trabajadores, los taínos ó nobles y los bohitos ó sacerdotes; introdujo el cultivo, enseñó á hacer el casabe, estableció el culto, señaló las fiestas sagradas y fomentó la enseñanza.

Buchu-itihu (viejo eminente) también llamado Bohito II, que mejoró el país y les explicó las virtudes de la hierba sagrada, el uso del algodón, la medicina y los encantos.

Por último, Bohito III ó Baio-habao (mar lira) que les proporcionó los harmoniosos acordes de la música instrumental, según Bachiller (Cuba Primitiva, pág. 215), siendo aquel, tal vez, el inventor del tiple de tres cuerdas, que llamaron jabao.

Con estos antecedentes del estado social y cultura de los primitivos habitantes de Cuba, entremos de lleno en el examen de su medicina, pues como ha dicho Vauvenargues «No hay paso indiferente en la vida».

Dado el desarrollo del conjunto de conocimientos de los que con justificada causa expuso Plutarco, «que nos retardaban la muerte», vamos á investigar el de los indios de esta tierra, en los diversos ramos de la ciencia que principió después del pecado con Adán y Eva, inquiriendo al mismo tiempo como procedían con esos elementos los médicos sacerdotes llamados Behiques; pauta que nos servirá de hilo de Ariadna, toda vez que los métodos son, según Rivarol, «Hábitos del espíritu, economía de la memoria».

La parte de la morfología, de la que sabiamente dijo Cruveilhier,"que sería la más curiosa y bella de todas, sino fuera la más eminentemente útil", les era en verdad casi desconocida, pues sólo sabían que existían los huesos, que estos formaban la armazón del organismo, pero sin entrar en otros pormenores, por lo cual, su osteología formaba una porción muy rudimentaria.

Conocían las carnes en conjunto, revistiendo las porciones duras, pero no así la disposición de aquellas, la manera de ser de las mismas, y el modo como se encuentran distribuidas; en una palabra, la miología la ignoraban también.

Según el P. Charlevoix (Bachiller, Cuba Primitiva, pág. 252) disecaban hasta dejar como momias á los cadáveres de las personas principales, conservando sus huesos, por lo cual es de presumir que supieran la posición de las vísceras, aunque no las describieron; hablando sólo del testículo, de cuya naturaleza parece tenían idea, toda vez que empleaban la castración como pena.

Reducíase, pues, la Anatomía, al conocimiento de las partes externas de inmediata inspección, como las regiones superficiales del organismo y la piel, pero sin especificar ó detallar, sin dar idea un tanto sucinta, pues todo se limitaba á lo que hemos dicho, callando su estructura ó constitución.

La ciencia de nosotros mismos, así llamada por el inmortal Bacon, la única capaz de descifrar el célebre délfico Nosce te ipsum, encontrábase en igual estado de atraso, lo cual fatalmente tenía que suceder, pues las funciones, como ha dicho el sabio Herbert Spencer, están en relación con la manera de ser de los órganos que las ejecutan, y como estos les eran completamente desconocidos, compréndese que la Fisiología había de estar muy en mantillas y lo poco inquirido preñado de considerables errores.

No tenían concepto alguno de la vida, aunque es de suponerse que poseyeran ideas del funcionalismo de los sentidos, por el valer de estos en los actos individuales; si bien desconociendo su verdadero mecanismo; la extracción de los ojos confirma lo que decimos, siendo asimismo probable, que tuvieran también algunos conocimientos del tacto, olfato, gusto y oído por su importancia y necesidad en los distintos actos de la existencia, pues esas funciones los ponían en relación constantemente con el medio externo, y por poseer muy aguzados dichos sentidos. (Las Casas, Hist. de las Indias. Tomo V, pág. 391).

Es de creer que les llamara la atención, el hecho de la necesidad del aire para respirar, y como cesa ésta con la muerte, si bien ignoraban cómo se hacía el trabajo biológico; de igual modo es de presumir, que les despertaran interés los latidos del Corazón, aunque fuera para ellos un enigma.

Asimismo es de opinarse que tuvieran conocimientos relativos al estado de integridad de las piezas óseas del esqueleto para las distintas actitudes ó movimientos de locomoción, es decir, en lo que los Sres. Viault y Jolyet conocen con el nombre de efectos estáticos y dinámicos de la mecánica animal.

Acerca del modo de obrar de los aparatos para la existencia de la especie, todo hace creer que sabían algo de su manera de actuar, pues empleaban la extirpación de los téstes, opinando que eran estos, de capital necesidad para la vida, sobre todo, en ciertos hombres.

Ahora bien, nada de particular tiene que tal pasara entre los indios con esa rama de nuestra ciencia, que sostenía con abundosas razones Royer-Collard que era, «la razón de ser de la medicina», si Pascal en mejores tiempos, según Vogt, (Cartas Fisiológicas, pág. 738) se expresaba en estos términos: «abandoné el estudio de las matemáticas por ser pocos los individuos que se dedican á ellas, en cambio me propuse seguir la del hombre; adquiriendo el triste desengaño, de que los que tal hacían, eran menos que aquellos».

La ciencia que filósofos é historiadores, como Platón, Tácito, Montesquieu, Rousseau, Cabanis, Guizot y otros, nos han demostrado su influencia en el desenvolvimiento del hombre, así como en los destinos de las sociedades y de los gobiernos, la que se representó por esbelta matrona cubierta de ancho velo, coronada de yerbas medicinales, con una copa en la mano, en la que se enroscaba una serpiente, encontrábase, en verdad, en mejores condiciones entre los primitivos cubanos que los otros ramos que hemos examinado.

Gracias á las buenas condiciones de salubridad de ésta como de las otras Antillas (Las Casas, Hist. de las Indias. Tomo V, pág. 364) y á las costumbres morigeradas del pueblo, llegaban los individuos á una avanzada edad, como asegura el venerable Obispo de Chiapas, por lo que vio gran número de ancianos, que frisaban ó pasaban de los 80 años. (Las Casas, Hist. de las Indias, Tomo V, pág 450).

El desarrollo precoz de las mujeres era causa de que se casasen muy jóvenes, pero sin que el matrimonio fuese consanguíneo (Las Casas, Hist. de las Indias, Tomo V. pág. 495) presentando el hecho de ser sumamente fecundas, por lo que sus hijos, casi siempre, sólo se llevaban un año, teniendo muchos, como afirma el virtuoso Obispo de Chiapas (Hist. de las Indias, Tomo V. pág. 403), y siendo frecuente encontrar gemelos ó mellizos.

Tan luego como nacía el nuevo ser, lo sometían al uso del agua fría, como aseo, y según ellos, además, con el objeto de que no se endureciera el cuero, costumbre higiénica, pues habituado el infante desde el nacimiento á las abluciones se logra avenirlo á los cambios de temperatura, haciendo mayor su robustez, con lo cual, se le evitan enfermedades, pues no debe olvidarse, que como ley ha expuesto el insigne Becquerel: «Los niños, desde su nacimiento hasta los dos años, son por lo general más fácilmente impresionados por los agentes exteriores, en razón de su resistencia menos enérgica».

Durante la lactancia, se dice que guardaban abstinencia conyugal, lo cual es á no dudarlo un gran precepto en favor del nuevo ser. Igualmente dejaban los placeres de la Vénus durante el período de la menstruación, conforme consigna en la página 295, tomo primero de la Historia de Indias, Fray Bartolomé de Las Casas.

Amamantaban á sus hijos largo tiempo, lo cual constituye otro hecho saludable, dando la mujer salvaje á la civilizada una buena lección en el cumplimiento de sus deberes; y aunque no es posible decir nada positivo en cuanto al destete, lo cierto es, que no debe hacerse hasta que termine la dentición, por lo cual señalaba Trousseau el término de dos años.

Es otro hecho de importancia reconocida el que el niño estuviese al aire libre desde su venida al mundo, no sólo para hacerle á los cambios térmicos de que hemos hablado, si no que también, porque de esa manera respira en atmósfera pura y corriente, condición indispensable, como expuso Baudelocque, para evitar la escrófula, pues la causa eminente de ella, es la estancia habitual en un lugar en que el pan pulmonar por estar viciado no contenga oxígeno bastante.

El uso de los baños generales era muy frecuente, haciéndolos varias veces al día, hasta cada dos horas (Las Casas, Hist. de las Indias, Tomo V., pág. 500), siendo además costumbre entre los cubanos esperar todas las mañanas la salida del sol á las orillas de los ríos, saludar su aparición con reverencias y lavarse las manos y la cara en las aguas (Bachiller, Cuba Primitiva, pág. 301).

Aquí como en Haití usaban los hombres el cabello cortado, echado hacia atrás de las orejas, siendo pocos los que lo usaban largos y en trenzas (Bachiller Cuba Primitiva pág. 245) (Las Casas Hist. de las Indias, Tomo I pág. 296).

Llevaban como vestidos las mujeres casadas, groseras telas de algodón para cubrirse de la cintura á las rodillas, ó bien hojas distintas, según hemos dicho, á cuyos objetos llamaban Bayoque, conforme el Padre Simón.

Cubríanse de pinturas la piel, representando flores las bellas; y los guerreros, para aparecer más feroces en los combates, se tiznaban de negro con la jayua (Genipa americana, Linneo) y de rojo con la vija (Vixa orellana, Linneo) cuyos tintes disolvían en palmacristi que llamaban carrapa (Bachiller, Cuba Primitiva, pág. 186) afeite que, según algunos clásicos aseguran, empleaban para preservar así mismo la piel de los mosquitos.

Como perfume, según Rufinesque, usaban el digo ya para lavar ó lavarse; y como jabón un bejuco que hace espuma y blanquea, el cual se llama Y. (Las Casas, Hist. de Indias. Tomo V pág. 345).

Aunque muchos cronistas no hablan del calzado indio, parece que en ocasiones solían llevarlo, pues manifiesta el Padre Simón, en la tercera parte de sus noticias historiales, que aquellos para preservar el pié del calor de la tierra, se ponían unos pedazos de cuero, atados con cordelejos, llamando al todo con el nombre de cambarcas.

El lecho, que es donde el hombre pasa la mitad ó tercera parte de su vida, lo constituía para los primitivos cubanos, la hamaca, especie de red colgada que fabricaban de algodón, maguey ú otras sustancias, la que corresponde á la manera de ser del clima, y se amolda á las desigualdades del organismo que en ella se coloca, reuniendo por esta circunstancia, las cualidades de un buen colchón.

La Bromatología india en Cuba, comprueba la siguiente sentencia de un insigne pensador en ciencias biológicas: «La constitución, el temperamento, la idiosincrasia y las costumbres fisiológicas, están en armonía con el medio en que el hombre vive».

Variada era la alimentación, aunque comiendo muy poca cantidad (Las Casas, Hist. de Indias. Tomo V, pág. 506), la que se componía en gran parte de vegetales y frutas y, sobre todo, de la pesca, que realizaban en las costas ó cayos adyacentes (Urrutia, Hist. de Cuba, pág. 135), siendo por eso piscicultores, según narra Herrera en el viaje que describe de Ocampo, comprobándolo el hecho de tener cercados de rejas que daban paso al agua, en algunas partes de la playa, dentro de los cuales criaban lisas, cangrejos, tortugas y otros animales marinos. (Figura 7).


La caza les proporcionaba carnes sustanciosas; también hacían uso de las hutías, (Capromys), de los curieles, (Las Casas, Hist. de Indias. Tomo V, pág. 301) de las de ciertos reptiles, como la iguana, (Ciclara carinata, Harlon) y de las de algunas culebras.

Comían con placer las larvas criadas en los restos de las palmas putrefactas; dábanse igualmente regalo con los panales tostados de los huevos que sacaban de los hormigueros ó vivijagüeros, los que probó Cherlevoix y dijo que eran, en efecto, «una grasa dulce y agradable».

Preparaban con la yuca el casabi, que es el pan de las Antillas; con el plátano confeccionaban el guaninue, especie de pastel ó torta; el maíz tierno lo comían como fruta, y el otro sometido al fuego.

Según Rufinesque guisaban una sopa ó cocido llamado calalú, siendo otro de sus platos favoritos el ajiaco, composición en que predomina el ají, (Bachiller, Cuba Primitiva, pág. 297), usando como condimentos el vinagre, que expone Las Casas, que lo obtenían del zumo de la yuca agria cocida, con cuya circunstancia perdía sus efectos tóxicos; empleaban también el ají (Cacipeun baccetum), picante muy usado, según Bachiller (Cuba Primitiva pág. 139), y la cebolla que denominaban cabaicos.

Preparaban las tortas de casabí en un utensilio de cocina que distinguían con el epíteto de buren, piedra, dice Oviedo, de todos conocida; haciendo el fuego para la preparación de sus alimentos, frotando dos pedazos de guásima, tratando con el uno de taladrar al otro, ardiendo por ello el aserrín que se producía, cual si fuera yesca (Las Casas, Hist. de Indias. Tomo V. pág. 325).

Las nociones culinarias de los cubanos, así como las de los haitianos, las ha completado Labat, como puede verse en la obra Historia General de los Viajes, Libro 7º. Tomo 28, pág. 40 y 41 traducción de Tarracina: «Su modo de guisar consiste en colocar la vianda á pedazos, en un asadorcillo de madera que plantan en tierra, delante del fuego, y cuando está cocido por un lado, le vuelven simplemente del otro.»

«Si es ave de algún tamaño, las echan al fuego, sin tomarse el trabajo de pelarla ni sacarle el vientre, y no bien se ha quemado la pluma, cuando la cubren con cenizas y carbones, para dejarla cocer de este modo. Sacándola después quitan con facilidad una costra que las plumas y la piel han formado sobre la carne, sacan las tripas y buche y comen lo demás sin otro requisito. Su ejemplo me ha hecho comer muchas veces de este asado y siempre lo he encontrado tierno, lleno de jugo y muy delicado.»

Todo lo comían, agrega dicho autor, seco ó asado, con excepción de los cangrejos que los cocían en agua sin sal, siendo su salsa predilecta y general, para aderezar los alimentos, la que confeccionaban, con el jugo de yuca cocida con agrio de limón, quebrantando algunos ajíes en ella.

Las hutías las preparaban, según Las Casas, también sin destriparlas.

Como bebida usaron mucho del agua; tenían cierto alcohol que lo fabricaban con el jugo de los cocos, arrancando para ello los racimos nuevos, (Bachiller, Cuba Primitiva, pág. 326) y preparaban otro líquido, la chicha, el cual era hecho con maíz fermentado (Bachiller Cuba Primitiva, pág. 243).

La Gimnicología, que comprende á la vez la higiene del movimiento y del reposo, merece entre los indios cubanos que nos fijemos en ella.

Eran sus principales ejercicios la pesca y la natación, en la cual sobresalían por su destreza y arrojo, como lo fue asimismo la caza, á que se dedicaban con notorio interés.

Entre los particulares que nos ocupan debe figurar también el juego de pelota con las caderas, hombros, rodillas, etc. (Oviedo Hist. General y Natural de las Indias. Tomo I, pág. 166) al que se entregaban regularmente en las plazas de sus poblaciones, que llamaban batey, distinguiendo aquellas con el nombre de bato, la que para que fuese elástica, construían haciendo entrar en su composición el jugo del copey, según dice el Sr. Bachiller (Cuba Primitiva, pág. 253).

Por último, el baile formaba también otro de los ejercicios activos, llamado por los isleños con el nombre de areitos, los cuales eran profanos, sacros, históricos y médicos, siendo el canto, el tambor, la maraca y el calabazo, la música con que los acompañaban, llamando á los cantores sambas.

Bailaban los cubanos, dice Urrutia, (Hist. de Cuba, pág. 111), con gusto exquisito, dando uniformidad á sus movimientos y guardando tanta armonía en ellos que, danzando juntos y no por turno, aunque fuesen muchos los que lo hicieran, no discrepaban en el compás de las manos, cuerpo y pies, siendo notables también por la dulzura de sus cantos, que les permitía darle al baile mayor suavidad y delicadeza.

Duraban los ejercicios que nos ocupan el tiempo que la resistencia de los individuos lo permitían, por lo cual pasaban en ellos largas horas, á veces toda la noche, hasta que caían rendidos de cansancio (Urrutia, Hist. de Cuba, pág. 111).

El reposo consistía en echarse en el suelo, colocarse en la hamaca, ó ponerse en cuclillas, pues sólo usaban de sillas los altos personajes.

Las poblaciones eran pequeñas: algunas de 5 ó 6 casas, otras de cincuenta y muchas de doscientas y trescientas, Urrutia, (Hist. de Cuba, pág. 231), gobernadas patriarcalmente por los caciques, siendo independientes entre sí, estando constituidas por una plaza en que celebraban sus juegos, bailes y fiestas de todas clases, encontrándose alrededor las moradas ó casas, siendo cada una de estas por lo regular, capaz para contener un linaje entero, en virtud de vivir en gran sociabilidad. Fabricaban sus habitaciones á dos aguas y las cubrían de paja, pencas de diversas especies de palmeras, por donde no penetraba el agua ni el calor solar en muchos años, siendo por ello muy frescas, tal cual la temperatura del país las requería, lo que comprueba esta ley biológica «la conformación exterior del hombre y sus medios de existencia, se adaptan siempre á las exigencias del clima en que habita.»

En todas las moradas existía constantemente el mayor aseo, cual dice Fray Bartolomé de Las Casas, en el tomo I, pág. 310 de su Historia de Indias, lo que constituye gran condición de salubridad.

Los palacios de los Jefes, por ser los mayores y circulares, llamábanse caneyes, los cuales tenían en su parte superior, una claraboya ó torrecilla, para que saliera el humo y entrara la luz.

Las casas de mediana capacidad las denominaban bohíos, y bahareques á las más pequeñas y humildes; encontrándose algunas veces las poblaciones edificadas en el agua, sobre horcones, como sucedía con Carahates, pueblo situado donde se halla hoy Sagua La Grande.

Aislaban los enfermos, sin duda para evitar el contagio, (Las Casas, Hist. de Indias, pág. 500); y el gran problema higiénico de separar los muertos de los vivos, resolvíanlo de modo práctico, disecando los cadáveres de los personajes, como expone Charlevoix lo que hacían hasta dejarlos como momias, conservando los huesos, que guardaban en estatuas de madera hueca, que tomaban el nombre del magnate á que aquellos pertenecieron, sirviéndose los sacerdotes de las mismas, para hacer supercherías y responder por los difuntos (Las Casas, Hist. de Indias. Tomo V, Págs. 435).

Practicaban la cremación cuando querían inquirir si el médico era ó no responsable de la muerte de su cliente; pero sobre todo, lo que mas hacían era el enterramiento, que ejecutaban de modo análogo á como se llevaba á término en los pueblos europeos, estableciendo las tumbas en los prados ó guanara (lugar retirado).

Cuando el cadáver pertenecía á un cacique, entonces el procedimiento de inhumación era otro, como refiere Oviedo, en el tomo I, pág. 134 de su Historia General y Natural de las Indias; en este caso, envolvían al finado desde la cabeza á los pies, con una tira de algodón, á manera de venda, que apretaban convenientemente; cavaban al mismo tiempo en tierra una bóveda, que revestían con palos para que aquella no tocase al muerto, dentro de ella colocaban un duho, (banquillo), en que sentaban el cuerpo inanimado, á cuyo lado ponían sus joyas y objetos más preciados, agua y casabi, cubriendo el todo con otros troncos y tierra.

Refiere el mismo Oviedo, que era costumbre enterrar con los jefes de las tribus á sus mujeres vivas, ya por que ellas se prestaban voluntariamente, ya porque á la fuerza las introducía el pueblo en la sepultura; además, cuéntase por Herrera, que el behíque cubano, que acompañaba en vida á un cacique y, á quien apellidaba su capellán, se daba muerte al fallecer aquél, y hecho esto se enterraban juntos, (Bachiller, Cuba Primitiva, pág. 213).

Tal es, en principio, el capítulo de la medicina indígena que nos ocupa; ahora bien, ante los hechos expuestos, parécenos que no se nos tachará de exagerados si lo cerramos, asegurando con Rochoux, «que la Higiene es una verdadera filosofía natural.»

Con justificadas razones ha dicho el Dr. Letamendi, que los órganos tienen su máximum fisiológico, no sólo teórico, según la especie, sino también práctico, dadas las condiciones étnicas é individuales y congénitas, y que todo conato de traspasar dicha máxima acarrea una degeneración regresiva: la enfermedad, estado anómalo, que al decir del Sr. Bachiller, pág. 189 de su Cuba Primitiva, conocían los tainos con el nombre de axe, aunque en realidad de verdad, cúmplenos agregar que empleaban rara vez dicha voz.

El estado febril, que tanto interesa al médico y del cual fueron víctimas los conquistadores desde su arribo, aunque no tenían de aquél concepto verdadero nuestros indios, le conocían y designaban con el término sechón ó secon, sinónimo de calor, lo cual indica que el aumento de temperatura fue para ellos de capital importancia, con el fin de hacer el diagnóstico de una afección en donde hoy la ciencia juzga de la gravedad del mal, por la mayor ó menor cifra térmica que alcanza.

La anemia no les fue extraña, pues designaban con la palabra hipa, (Bachiller, Cuba Primitiva, pág. 300) la palidez del doliente, de ahí que hipato fuera amarilloso, á consecuencia de una enfermedad, debiendo agregar que hipatía, según el Sr. Valverde, era el nombre dado por los indios á las perigeraciones que traen en pos de sí, notables estados patológicos, lo cual hace creer que conocían algunos de éstos, pues señalaban la causa productora.

En cuanto á la sífilis, llamada buba, quinoras, kipas, taibas, icas, ha sido Oviedo el primero que la atribuyó á la América, en la pág. 50 del tomo I, de su Historia General y Natural de Indias; pero sin acusarle nosotros severamente, como el venerable Las Casas, ni tratarlo en la forma que lo hicieron Sarmiento, Clavijero y Valverde, exponemos, que lo cierto es, que la fecha del retorno de los conquistadores á Europa, está en contradicción con el decir de tan notable como respetado escritor.

En efecto, el edicto del Parlamento de París de 6 de Marzo, de 1496, determina: que la peste sifilítica reinaba dos años ya, antes de aquella época, es decir, desde Enero ó Febrero de 1494, en cuyo tiempo no habían regresado ni Margarit, ni el P. Boíl, á quiénes atribuye Paw, la introducción del mal en Barcelona, pues el mismo Oviedo (Hist. General y Natural de Indias, Libro 4º, Capítulo XIV) fija dicho retorno en 1496.

Por otra parte, Clavijero, citando á Fulgosio sostiene, que desde 1492 se principió á sufrir el mal en Italia, así como Torrella afirma que en Francia, Auvernia fue víctima de la afección en 1493.

Como prueba, de mérito reconocido, existe el hecho del poeta Pácilo Máximo de Anoti, que describió la enfermedad que sufrió en 1479, cuyos síntomas eran los mismos que los de la sífilis.

A mayor abundamiento Mr. Dufour, ha demostrado de modo fehaciente, en la obra Historia de la Prostitución, Tomo IV, págs. 331 y siguientes, la Antigüedad del mal, desde época remota, encomiando la conducta del insigne Paracelso, cuando se ocupó de la forma epidémica que tuvo dicha enfermedad en el siglo XV; siendo curioso que de los múltiples nombres que le dieron sólo haya prevalecido el que le asignó Fracastor, que supone al pastor Syphile castigado á padecer la enfermedad por haber ofendido á los Dioses.

Esto sentado, no es dable atribuirle á la América lo que de hecho no le corresponde, pues de hacerlo así se comete una ingratitud, la que después de todo «excita más menosprecio que disgusto», como dice Duclos.

La ceremonia religiosa, llamada cojoba, que es el culto que hacía el creyente durante el año, para adorar y complacer al Semí de su devoción, comprueba dos cosas, importantes bajo el punto de vista patológico: 1º la existencia de las neuropatías en los indios; 2º la embriaguez por el tabaco, causa en cierto modo de aquellas, y también como afección distinta y frecuente, por lo cual en una, como en otra, debemos detenernos breves momentos.

Los escritos del Hermano Román Pane, pobre ermitaño de la Orden de San Gerónimo, que los verificó por orden del Ilustre Almirante y Virrey Gobernador de las Islas y de la Tierra Firme de Indias, prueban las premisas establecidas.

El modo como obtenían y conservaban los tahinos sus dioses de madera y piedra, el temor que sentían por los muertos y el misterio con que se revestían sus sacerdotes médicos, son, sin duda, las causas de sus alucinaciones, por las cuales oían hablar á los árboles cuando se les aparecía un Semí, creían de noche que trataban con los difuntos, de aquí el temor de salir durante la oscuridad, por no encontrarse con ellos, pues aseguraban que se presentaban á esas horas y se comunicaban con los vivos; teniendo como signo para reconocerlos, el pasar la mano sobre el vientre del ser junto al cual estaban, y si carecía de ombligo era aperito, es decir finado, pues sostenían que éstos no presentaban aquella cicatriz.

Pensaban también, que otras veces aparecía sólo el espíritu de los muertos, al que llamaban ópia; y cuando alguno quería combatir con ellos desaparecían, asegurando que si en ese instante el que intentaba la lucha ponía la mano sobre un árbol quedaba pegado á él.

Durante la cojoba tomaban por la nariz gran cantidad de tabaco, hasta producirles la embriaguez; entonces decían que habían hablado con el Semí, según se le ocurría narrar al individuo enfermo, asegurando haber visto dar vuelta á los edificios, confundirse los unos con los otros y á los hombres marchar con los pies en el aire.

La afección á que nos referimos era, pues, frecuente, pues fumaban para resolver los grandes problemas sociales é individuales, así como por regalo, conforme afirma Monarde, en la página 37 de su obra; el uso considerable qué hacían del producto los llevaba al abuso, lo que confirma estas palabras de Montesquieu: «Corriendo tras el placer, no se alcanza otra cosa que el dolor».

Dolor, he aquí otro fenómeno no desconocido en la Medicina de los indios cubanos, pues vivir es sufrir. Ocupándose de las variadas formas que puede presentar y, proponiendo medios distintos para su curación, como lógicamente se deduce de los diferentes capítulos de la obra del médico sevillano, impresa en 1580, la cual hemos podido consultar, gracias á la bondad de nuestro ilustre maestro, el aplaudido terapéuta Dr. Rafael Cowley y Valdés- Machado, y de nuestro discípulo querido el erudito Dr. D. Rafael Cowley y Odero, á quienes mucho agradecemos ese favor.

De aquí es que podemos asegurar que tenían ideas de la cefalalgia, de la odontalgia, de la gastralgia, de la ciática y de algunas formas del reuma. (Figura 8).

Conocían también ciertos estados patológicos de las vías digestivas, como el flujo diarreico, la constipación y los vermes intestinales; igualmente que algunos otros del aparato respiratorio, entre éstos el asma, y de los órganos génito-urinarios, como la dificultad para la emisión de la orina, y los dolores que acompañan á la dismenorrea.

Las afecciones de la piel llamaron su atención y no sólo se fijaban en el acné, mal que las mujeres procuraban curarse, si que también en otra que denominaron caracol, la que ponía las manos ásperas, parecida en su modo de ser, á la sarna, sin que pueda asegurarse que constituyera la misma entidad morbosa.

Les eran familiares las contusiones, las heridas y las úlceras, entre estas una terrible, por que hacía caer á pedazos el tegumento externo, la cual suponían de origen divino, y que se sufría como castigo de grandes faltas.

Entre las afecciones parasitarias bien determinadas, sufrieron de las niguas (Pulex penetrans), de las cuales dice Oviedo, en su Historia General y Natural de las Indias, tomo I, pág. 50, y Las Casas, en su obra, tomo V, pág. 349, que determinaron gran daño á los conquistadores, por no ocuparse de ellas al principio de la invasión, las que se extendían con gran prontitud, siendo causa después de otros males más ó menos largos y más ó menos graves.

Padecieron, igualmente, los indios en esta tierra, según el venerable y muy amado Obispo de Chiapas, (Hist. de Indias. Tomo V, pág. 348), de la enfermedad distinguida con el nombre de Pediculus capitís, (piojos), la cual era por otra parte también conocida desde tiempo atrás en el viejo mundo.

La ciencia de las indicaciones y de los indicados, así considerada por el Dr. Castro, la que define Mr. Soulier un tanto á la manera que el Bachiller de Moliere, no dejaba de tener interés en Bayaquitirí, siendo rica y variada la materia médica, como puede asegurarse con Arrate (Hist. de Cuba, pág. 20) y con Urrutia (Hist. de Cuba, pág. 124).

Fueron sus principales tratamientos, el hidroterápico, el sugestivo y el evacuante.

Constituía el agua un elemento precioso de prescripciones en variados estados mórbidos, de aquí que Las Casas exponga en su (Hist. de las Indias, tomo V, pág. 499) lo siguiente: «en enfermando la persona, mujer ú hombre, si estaba muy mala, la sacaban de la casa los parientes y deudos y la ponían cerca de allí, en el monte; allí le ponían algunos jarros de agua y otras cosas de comer, sin que con ella estuviera persona alguna, creo que la requerían de cuando en cuando y la lavaban, porque por principal medicina usaban lavar los enfermos, aunque quisieran expirar, con agua fría, lo cual, ó hacían por la continua costumbre que tenían cada hora, estando sanos, por limpieza lavarse, ó por superstición, creyendo que el agua tenía virtud de limpiar los pecados y dar sanidad corporal».

La exposición clara y precisa que acabamos de transcribir, confirma como la hidroterapia se practicó entre nuestros indios para combatir determinadas enfermedades.

La sugestión fue con certeza uno de los medios más empleados, comprobándolo la práctica médica y las creencias que en el pueblo dominaban, pues según refiere Pedro Martín, los médicos sacerdotes que asistían á los enfermos, les aseguraban que sabían por sus artificios los más profundos secretos, que hablaban con los semíes, quitándoles ó extrayéndoles los males, usando para ello de determinados procederes que pasamos á exponer.

Llamado el facultativo que en Cuba apellidaban behique, siendo tal vez su verdadero nombre, dice Bachiller, bohique (Cuba Primitiva, pág. 215) y por errata el consignado, conocido en Haití con el epíteto de Bohito, era su principal cuidado para visitar al enfermo, antes de salir de casa, expone el H. Román Pane, sacar del fondo de sus cazuelas el tizne ó polvo de carbón vegetal que en ellas se deposita, cubriéndose con él el rostro, estando entonces en condiciones de dar la consulta; en seguida tomaban unos huesecillos ó carne, lo envolvían en algo y lo escondían en la boca, hacía purgar al enfermo y luego entraba en la casa, se sentaba delante del cliente, estando ambos solos, pues antes hacían salir á los niños para que no interrumpieran, quedando una ó dos personas mayores. Entonces tomaban, algunas hojas de cojoba, le agregaban otra, ú otras de cierta cebolla, mojando el todo hasta formar una pasta, la que administraban al enfermo y le servía de vomitivo, luego cantaban y encendían una antorcha.

«Descansando unos instantes el médico, se levantaba y se dirigía hacia el enfermo, que estaba sentado solo en medio de la habitación, le rodeaba ó giraba á su alrededor dos veces, según quería, le cogía las piernas, palpándole desde la cintura á los pies y las estiraba con fuerza, como si quisiera arrancarlas de su lugar; esto terminado salía de la alcoba y cerraba tras sí la puerta, hablándole desde fuera con estos términos: Vete para la montaña, ó al mar, donde quisieres; se vuelve al lado inverso, poniendo las manos juntas, sopla como por una cerbatana y colócase ambas manos sobre la boca, que cierra enseguida, temblaban dichas manos como si tuviese gran frío, sopla de nuevo sobre ellas y recoge el aliento como si sorbiera la médula de los huesos. Luego aspira al enfermo en distintas porciones de su organismo. Concluido lo cual saca de la boca lo que dijimos al principio que metió en ella, y si es comestible le dice: ya ves lo que te había hecho daño en tu cuerpo, de donde te lo he sacado: advierte que ha salido de donde tu semí lo había colocado, por que no le rezabas ú orabas, ni puesto ni hecho altar ni sacrificado nada».

Como sacerdotes tocaba á los behiques resolver los grandes problemas sociales, sembrando en el común de las gentes, dice Urrutia, (Hist. de Cuba, pág. 135) notorias supersticiones, agorerías y ramos de idolatría, creyéndose que hablaban con el demonio, porque le declaraban sus dudas y daban respuesta de lo que se le inquiría; preparábanse para hacerse dignos de aquella infernal visión, ayunando tres ó cuatro meses, con el solo alimento de zumo de yerbas, y cuando se veían flaquísimos, estaban en aptitud de aparecérseles la infernal bestia. En su conferencia entendían si seguían buenos ó malos tiempos, en enfermedades ó salud; si nacerían ó no hijos, si morirían ó no los nacidos y otras iguales inquisiciones, limitándose á esto sus oráculos y vaticinios.

Fue también la medicación evacuante de uso común, empleando distintos medios para provocar el vómito y las cámaras.

La yerba santa que llamaban gueyo (Bachiller, Cuba Primitiva, pág. 238) era indicada con frecuencia para determinar la expulsión, por la parte supradiafragmática del tubo digestivo, de los productos encerrados en el estómago. Para acción análoga también indicaban, según expone Las Casas, en el tomo V, pág. 320 de su obra, el fruto del manzanillo, groseramente dividido ó masticado.

La medicación purgante era mas numerosa, figurando en ella el fruto antes dicho del manzanillo (Hippomane mancinella L.) pues manifiesta Oviedo, en la pág. 369, tomo 1 de su Historia General y Natural de las Indias, que con la mitad ó un fruto entero que se mastique bien, se consigue el efecto apetecido, pudiéndose usar la leche, muy recomendada, según Monarde, pág. 22 de su obra «De las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales, que sirven en Medicina,» bastando tres ó cuatro gotas de la savia, para que produzca acción.

En el mismo grupo de medicamentos debe colocarse el guaguasí (Casearia lactivides y la Loekia temobroemiodis, Urrutia, Hist. de Cuba, pág. 124) del que empleaban su resina para conseguir flujos diarreicos más ó menos copiosos, situándose al lado de estos elementos el sasafrás (Sasafrás oficinales Nux). Las guayabas maduras y el bejuco. Y conforme supone Las Casas, tomo 5, pág. 335, y Oviedo en el tomo 1, pág. 375 de sus obras respectivas.

Dicho lo que precede, pasemos á examinar los principales agentes que á más de los consignados constituían la materia médica, siguiendo en esta exposición al venerable Gregorio López y sobre todo al Dr. Monarde.

Aparece en primer lugar en la referida obra, pág. 5, el aceite de higuerilla ó palmacristi, (Ricinus communis L.) que obtenían los Indios del mismo modo que recomendaba Dioscórides, en su Lib. I, capítulo 30, que usaban en la hidropesía con notable buen éxito, así como en todos los dolores, en especial en los de estómago, en los cólicos y en los articulares, empleándolo también en las úlceras de la cabeza y para quitar las señales, principalmente en el rostro y los barros en las mujeres, produciendo gran contento en ellas; lo propinaban como purgante y para curar la sordera.

El Betumen [nafta] lo usaban nuestros indios en las enfermedades frías, Monarde pág. 6, empleándolo también en las afecciones del útero, para colocarle en su lugar.

Merece especial mención el guayacan [Guaiacum officinale L.] llamado entre los indígenas Hoaxacan [Bachiller Cuba Primitiva, pág. 300] por sus favorables efectos para curar las bubas, tomando para ello el agua del palo; indicósele también en las hidropesías, en el asma, en la gota coral, en las afecciones de la vejiga y riñones, así como en las consecutivas al mal de hipas.

Como agente de gran valía y de virtudes prodigiosas, usaron el tabaco, [Nicotiana tabacum] cuyo verdadero nombre indio es Picielt, [Monarde, pág. 32] el cual lo propinaban para conseguir la cicatrización de las heridas; por primera intención, en las úlceras de más ó menos desagradable carácter, dando muerte á los gusanos que en ella pudiera haber, en las cefalalgias y hemicráneas; también lo mandaban en el reuma, en los dolores dismenorréicos, como en otras afecciones uterinas, en los dolores de muela, en el asma, para combatir las fiebres, expulsar los vermes, aplacar la sed y el hambre, en fin como restaurador de las fuerzas perdidas por el cansancio del trabajo, llevado hasta la exageración.

Medicamento importante fue así mismo el sasafrás, [Sassafrás officinale Nux] del cual usaron las hojas, la raíz y la corteza, que como aromática se parece á la canela, empleándolo para combatir las calenturas de larga duración, excitar el apetito, regularizar las digestiones, combatir la constipación, para hacer desaparecer los dolores de muelas y de hijada, siendo el agua de dicha planta, la que indicaban.

Otro de los medios fue la piña, llamada entre ellos ananá, Bromelia ananás L, [Bachiller, Cuba Primitiva, pág. 202] la que recomendaban para el estómago, volver el apetito extinguido y como confortativa del corazón, usaron también la guayaba [Guaicum officinale L.] como elemento farmacológico, dándola verde para curar las diarreas y muy madura como laxante, asegurando el Dr. Monarde en la pág. 83 vuelta, de su citado libro, que los indios utilizaban el cocimiento de las hojas, para combatir los infartos hepáticos y los edemas de las extremidades.

La verbena [Verbena officinale L.] la propinaban como antihelmíntica y para curar los hechizos, como la caña fístula [Cassia fístula] cual laxante para combatir las constipaciones; la güira [Cresientia cujete] para deshacer las equimosis [Urrutia, Historia de Cuba, pág. 124] y el cocimiento de las hojas de ciruelas [Spondias lutea L.] para lavar las piernas enfermas [Las Casas, tomo V, pág. 217].

El goaconax, árbol que da el bálsamo, según [Oviedo, Hist. General y Natural de las Indias, tomo 1. pág. 366] fue recomendado por que arde bien, es de agradable olor, confeccionándose el preparado con los troncos pequeños cocidos en agua, de los cuales sale entonces una especie de aceite, el que usaban como hemostático en los heridos recientes; celebrándolo el autor de donde tomamos estos datos, como inmejorable en los casos que él lo vio usar, hablando también con encomio, del árbol para soldar las fracturas, en la persona del hombre, [Oviedo Hist. General y Natural de las Indias, tomo I, pág. 362]. El perebecenué que aconsejaban para curar las úlceras [Oviedo, Hist. General y Natural de las Indias, tomo I, pág. 378] como así mismo con igual objeto el curia, que da buen olor y ahuyenta las cucarachas [Oviedo, Hist. General y Natural de Indias, tomo I, pág. 381].

En la foja 297, de la obra y tomo que acabamos de mencionar háblase también de la jagua, para lavarse con su agua las piernas y darles fortaleza cuando están cansadas, creyendo que tiene la vija semejante acción, de igual modo que el hobo [Oviedo, Hist. General de las Indias, págs. 298 y 294]; por último, el guacuma, empleado como reconstituyente para engruesar, según expone Oviedo, en la pág. 298 del tomo I, de su Historia General y Natural de las Indias.

Como los productos á, que acabamos de referirnos los tenían á mano, podemos aseverar que los tahinos cumplían instintivamente, este aforismo del filósofo de Cos: «el médico debe propinar siempre al enfermo, los medicamentos que estén más á su alcance».

El tratamiento quirúrgico fue también empleado por nuestros indios, utilizando los cáusticos y el cuchillo de piedra, llamado manaia, instrumento con el cual se dice, abrieron la espalda de Camcaracoel, cuando le sacaron la tortuga hembra [Bachiller, Cuba Primitiva, pág. 319].

La extracción de los ojos que realizaban en ciertos sujetos, es probable que la hicieran vaciando el globo ocular de un modo brusco, sin preocuparse del procedimiento, ni mucho menos de la asistencia consecutiva.

Con el fin de combatir determinados estados, aunque carecían de lanceta, practicaban á menudo la sangría, valiéndose para ello, refiere Bachiller, en la pág. 297 de su Cuba Primitiva, de las púas del maguey, eligiendo para conseguir la extracción de la sangre, ya la región lumbar ya la pantorrilla.

Cúmplenos hacer figurar así mismo en este Capítulo la castración, acto que sin duda alguna llevarían á término con el cuchillo de piedra, practicando una incisión en el escroto y el magullamiento del cordón, dejando después solo á la naturaleza el cuidado de la cicatrización.

La rama de la ciencia que distinguió por primera vez Duges en 1826 con el nombre de Obstetricia, que significa, por su etimología, arte de los partos, completamente sinónima de la voz Tocología, propuesta por Velpeau, existió entre los tahinos, ocupándose de ella con determinado interés, si bien daban á luz las mujeres casi siempre con notoria facilidad, al extremo que el inolvidable Obispo de Chiapa, en la pág. 499 del tomo V, de su obra, expone lo siguiente: «era cosa maravillosa con cuanta poca dificultad y dolor parían, cuasi no hacían sentimiento alguno, más que de torcer un poco el rostro, y luego que estuviesen trabajando y ocupadas en cualquier oficio, lanzaban el hijo ó hija, y luego lo tomaban y se iban y lavaban á la criatura y así misma en el río; después de lavada daban leche á la criatura y se tornaban al oficio y obras que hacían».

La asepsia que con el procedimiento de los baños empleaban, explica satisfactoriamente el por qué no se presentaban accidentes consecutivos al alumbramiento.

A veces el fenómeno fisiológico no ocurría en la forma manifestada, siendo entonces cuando, sobre todo, intervenía la acción milagrosa de las piedras con que los semies enfermaban á los hombres, que los médicos extraían como causa de los estados patológicos, amuletos que conservaban cual cosa preciosa, envueltos en algodón, ofreciéndoles manjares para tenerlos propicios en casos necesarios [Bachiller, Cuba Primitiva, pág. 176J [Las Casas, Hist. de Indias; tomo 5º, pág. 438J.

Dedicaban para el uso de la parturienta una planta, á la que daban grandes virtudes y la cual llamaban xutola [Bachiller, Cuba Primitiva, pág. 347], según Las Casas, Hist. de Indias, tomo 5º , pág. 431, eran frecuentes los partos de gemelos, que se hacían igualmente que los otros, con gran prontitud y facilidad.

En caso de muerte del feto en el claustro materno, dice el Dr. Monarde en la pág. 55 vuelta, de su obra, que los indios utilizaban la cebadilla para hacer la expulsión del cadáver, siendo también muy útil para terminar el alumbramiento, cuando éste tenía lugar por retención de la placenta, pues en esa circunstancia se le arrojaba con gran prontitud.

Cuando á pesar de la aplicación de estos procedimientos no se realizaba la función que nos ocupa, entonces parece que alguna vez, emplearon la operación Cesárea, confirmando nuestra aseveración, el hecho siguiente de las crónicas haitianas, que permite presumir que realizaron tan arriesgada intervención: en efecto, en la mitología de la isla hermana se asegura, que la mujer Tauhuana sucumbió á consecuencia de un parto, y que le sacaron del vientre, cuatro criaturas, para lo cual le incidieron el abdomen.

La porción de la medicina política que tiene gran importancia, como dice el Dr. Mata, por las numerosas ciencias de cuyo conocimiento se forma, y por los beneficios que ha reportado y ofrece á la sociedad, encontrábase reducida en aquel entonces, entre los indios, á la exigencia de la responsabilidad médica, como lo comprueban los siguientes párrafos que copiamos del informe escrito por el Hermano Román Pané, que tantos datos nos ha suministrado.

Hélos aquí: «como dichos médicos suelen equivocarse cuando han terminado todas sus prácticas los médicos y el enfermo se muere, si tiene muchos parientes ó el difunto es Sr. de pueblos y poderoso, se investiga la conducta del Boito, porque los que quieren perseguirle y hacerle mal lo verifican así; para saber si el enfermo ha muerto por culpa del médico, por falta de dieta como le previno, toman una hierba llamada gueyo, que tiene las hojas gruesas y largas que también llaman sacon. Toman el jugo de las hojas, cortan al muerto las uñas y cabellos de la frente, lo reducen á polvo entre dos piedras y lo mezclan con el jugo de la hierba para que lo beba el muerto; se le echa por la boca ó la nariz. Entonces se le pregunta al muerto si observó el precepto de la dieta. Esta pregunta la repiten muchas veces, hasta que contesta, claramente como si estuviera vivo, y viene á satisfacer las preguntas, diciendo que el Boito no cumplió con su dieta y fue causa de su muerte por inobservancia; y luego mandan que pregunte al médico, pues tan claro lo culpa el muerto. Enseguida entierran de nuevo al difunto».

«Usan otro medio de investigación á veces, que es haciendo un gran fuego como para formar carbón y, cuando la madera está en brazas, ponen al difunto sobre el bracero y lo cubren con tierra, como para hacer el carbón y allí lo dejan por un término voluntario. Hacen las mismas preguntas, y responde que nada sabe; se repite hasta diez veces después de que habló, si está muerto, pero no responde á esas diez interpelaciones».

De como se vengan los parientes, cuando el muerto responde después de tomar el brebaje, los parientes se reúnen en espera del Boito, al que dan una paliza que le quiebran las piernas, los brazos y rompen la cabeza: queda al parecer molido, en la persuación de haberlo matado. Creen que por las noches vienen culebras de todas clases; blancas, negras, verdes y de otros muchos colores, que lamen las contusiones y fracturas al médico. Dura esto dos ó tres días, al cabo de los cuales el médico se levanta y marcha alegremente para su casa. Los que lo encuentran le preguntan ¿no habías muerto? y él contesta: los semies en forma de culebra me han socorrido. Los parientes del difunto montan en cólera, pues lo creyeron muerto; se desesperan y procuran por hacerle morir, y si pueden atraparlo le sacan los ojos y lo castran: porque creen que es preciso esto último para hacer morir á un médico».

«Lo que hacen para saber lo que quieren de los que queman y como se vengan entonces».

«Cuando descubren el fuego, si el humo se eleva hasta el cielo, perdiéndose de vista, y desciende y entra en la casa del médico: este si no observó la dieta cae enfermo á su vez, se cubre de úlceras y pierde la piel á pedazos: es la señal de que no se abstuvo y la razón de que muriera el enfermo. Estos son los encantamientos que conocen estas gentes».

Expuesto lo que precede, queda con ello finiquitado nuestro primer empeño, el que nos permite pronunciarnos en contra de Platón y otros filósofos posteriores, diciendo que: «los elementos de la medicina, ó la ciencia misma, en modo alguno son debidos á la degeneración de la especie humana, determinada por la molicie y el lujo, sino al instinto natural, que hace al hombre huir del dolor y de la muerte, de igual manera que á compadecerse de los padecimientos de sus semejantes».

Dado los datos históricos que hemos recogido y agrupado, que creemos tienen para el propósito que nos embarga, el mismo concepto que aseguraba San Gerónimo, posee el libro del Parálipomenon, para alcanzar las Ciencias de las Escrituras; pasemos á la segunda parte del problema planteado, esto es, al análisis del valor de los referidos conocimientos, para la construcción del edificio médico, comparándolo con el de los pueblos que solo cree interesantes el Dr. Renouard.

Como el régimen de la salud no conviene al de la enfermedad, según dijo un autor, que por antiguo no deja de ser notable, creóse la medicina desde la infancia de las sociedades, y por tanto, la que llama nuestra atención, que á pesar de sus deficiencias, nos autoriza para apartarnos del escepticismo propio, del eminente Kurts Sprengel, y con la máxima de Florentino Sanz como divisa: «verdad en pensamientos, palabras y obras, compendio de las virtudes sociales,» entrar de lleno en la solución de la segunda incógnita, cual lo hemos hecho con la primera.

Cierto es, que no poseían los tainos como los egipcios, su biblioteca hermética; como los hebreos, los libros mosáicos; como los indios orientales su Vagadosatir, y como los chinos su Nuy-Kim; que á primera vista, los hace inferiores en la ciencia de curar, pero si llevamos más adelante nuestro análisis, si del inmediato pasamos al elemental, se verá, que no se advierten grandes diferencias entre aquellas y las de nuestros protagonistas, existiendo mucho menos, con la de los japoneses, los primeros españoles y griegos que tampoco tuvieron colecciones médicas.

En la nación de los Faraones es Thoth ó Theyt, que los griegos llamaron Hermes, y los latinos Mercurio, el que pasa por inventor de todos los conocimientos, considerándole como el autor de una obra enciclopédica, que ningún clásico que la menciona, asegura haberla visto, como expone el eminente Dr. Renouard, página 4 de su obra de Historia de la Medicina, la que unos hacen ascender á veinte libros, otros á treinta y seis, no faltando quien á cuarenta y dos, y Mr. Houdart, que de ella es uno de los que más se han ocupado, la justiprecia en cuarenta y uno, siendo los seis últimos los que se ocupan de medicina, que son el de Anatomía, el de las enfermedades, los instrumentos, los medicamentos, las enfermedades de los ojos, y el de las afecciones de las mujeres.

Este plan, á pesar de ser asaz defectuoso, cuesta trabajo admitir que los egipcios lo tuvieran, y que en esa época, dieran tanta importancia á la Anatomía, cuando es un hecho que la escuela de Cos, posterior en un millar de años iniciada en sus doctrinas y mucho más adelantada en todos los ramos del saber, no poseía, á pesar de todo, más que nociones muy vagas y poco extensas acerca de la conformación del organismo humano y aun de los huesos, pues Mr. Th Lauth autor de la Historia de la Anatomía, niega que el Anciano Divino disecara animales, y que en su Templo, existiera siquiera un esqueleto humano.

Consecuente con el estado de progreso de la rama morfológica, que estudia el organismo en estado estático, rigurosamente tenía que estar la que la examina en sus manifestaciones dinámicas, y como sin Anatomía ni Fisiología no hay medicina posible, se comprende que no poseían los egipcios, en el tiempo á que nos referimos, mejores condiciones que nuestros indios.

Apoderados los sacerdotes del ejercicio de la profesión, formaron lo que Diodoro de Sicilia llamó el Libro sagrado, código médico del cual no podían separarse en lo más insignificante, porque eran responsables y castigados con la pena capital, mientras que se protegía á los que se sujetaban estrictamente á sus prescripciones.

Con ley tan despótica como ignorante, se comprende que no era posible adelanto alguno, en el arte de que habla Clemente de Alejandría que se valieron los pastofóros; en cambio, la indígena cubana, dejaba libertad de acción al clínico para que obrara con arreglo á su entender; sin restringirle en sus indicaciones.

A mayor abundamiento, tócanos también exponer, que aun la práctica de los embalsamamientos tenían que realizarla de modo especial pues cuenta Herodoto, que el pueblo repugnaba las maniobras que empleaban en tales casos, y que apedreaban al encargado de hacer la incisión, viéndose obligados á escapar precipitadamente por no ser víctimas del odio de los asistentes, así es que cuando Plinio asevera, que los magnates egipcios decretaron la abertura de los cadáveres con el fin de conocer la causa de las enfermedades, se refiere á los Tholomeos, bajo cuyo reinado llegó la Anatomía á gran altura, conforme asegura Kurs Sprenger, Historia de la Medicina, tomo 1º , pág. 66 y siguientes y Lauth, libro 1º de su verídica obra.

Por otra parte: adoraron los egipcios ciertos Dioses, entre los cuales figuraron Osiris personificación de la medicina, creyendo que Apolo era el que facilitaba el conocimiento de los signos en los estados patológicos, é Isis el de los remedios heroicos para los niños, hechos que asemejan á la medicina del pueblo de las Pirámides, con la que fue del país en que vivimos, por lo cual, entre una y otra no existen capitales diferencias, si justipreciamos con imparcialidad las cosas en la forma y modo que lo pide Cicerón, cuando refiriéndose á los caracteres que deben distinguir al historiador, dice: «no hacerse sospechoso de amistad ó enemistad en lo que escribe».

Salvado el pueblo de Israel, por el Legislador y Profeta del Sinaí, de la opresión de la esclavitud en que vivió cuatrocientos años en medio de la nación, que se considera como la instructora del género humano, creó su medicina, estableciendo Moisés una clase predilecta, la de los Levitas ó Sacerdotes depositarios de las ciencias y las artes, que aprendieron de el.

Carecía tal medicina de las bases fundamentales anátomo-fisiológicas, aunque se distinguió, sobre todo, por su Higiene, contenida en el Levítico, cuyos capítulos XII y XV se refieren á las reglas que deben guardar los casados, celebradas con razón por el Dr. Renouard, muchas de las que hemos visto que existían en los habitantes de la isla Juana, antes de que se le diera este nombre.

En efecto: unos como otros respetaban la menstruación para el coito, igualmente que unos como otros, se abstenían de la mujer parida para ayuntarse carnalmente y aquí como allí, huían de los matrimonios consanguíneos.

El aislamiento de los enfermos, que aparece en el capítulo XIII del referido texto, también lo usaron los indios; y si la Biblia recomendaba á los hebreos, como medida de salubridad, frecuentes abluciones, muchas y más á menudo acostumbraban á hacerla los tainos, según hemos consignado cuando de su Higiene nos ocupamos.

En cuanto a la curación de las enfermedades, creyóse por Moisés y sus prosélitos que era efecto de la bondad y piedad del Señor «que es el dueño de la salud de los pueblos» [Chinchilla, Hist. General de la Medicina, tomo 1º , pág. 31]; y en cuanto á la aparición de las afecciones, la atribuían á la ira y venganza del Todopoderoso, en virtud de los pecados cometidos por los hombres, todo lo cual hemos visto que existía de modo análogo en Cuba, por lo que se explica la práctica seguida por los behiques y las razones dadas al enfermo, cuando le extraían la causa del mal, atribuyéndola al disgusto de su Semi, por no haber cumplido con él, haciéndole ofrecimientos y presentes para obtener la curación.

Muerto el hombre á quien debió la nación predilecta de Dios su personalidad, abandonó el buen camino, y, como las demás, fue perdiendo sus conocimientos hasta David, que poseía muchos en Medicina y sobre todo el sabio Salomón; fallecido éste, dispersas las doce tribus, hechos los judíos tributarios de diferentes reyes y entregados de nuevo á la idolatría, envióles el Creador entonces los profetas, para que de nuevo volvieran á la verdadera ciencia, siendo aquellos los únicos que podían curar las enfermedades, por lo que Elías restituyó la vida al hijo de una viuda, atacado de letargo que simulaba la muerte real; y Eliseo curó á Narman, general de los Sirios, con los baños del Jordán, lo que prueba gran similitud entre la medicina de dichos prácticos y la de nuestros indios, porque estos como aquellos emplearon con predilección, el tratamiento sugestivo y la hidroterapia; por lo cual podemos asegurar que existe notoria analogía entre la medicina del pueblo hebreo, en las épocas en que la hemos estudiado, con la que era propia de los habitantes de esta tierra antes de la conquista.

Vasto espacio existe comprendido entre la China, la Persia, el grande y pequeño Tibet, como por otro lado el mar, hoy dividido en muchos reinos, pero que en el pasado constituía un sólo pueblo donde la civilización se desenvolvía, en tanto que Europa estaba en la mayor ignorancia, esa nación se llamó Indias Orientales.

Había en esta muchas castas, siendo la más noble la de los brammas encargados exclusivamente del ejercicio del sacerdocio y la medicina, y los únicos que por ello hablaban el sánscrito, lengua sabia del país, en la que están escritos todos sus libros, encontrándose los conocimientos médicos reunidos en el que se llama Vagadasatir, del cual vamos á ocuparnos, siguiendo nuestro único constante ideal, poner de relieve y frente á frente, los conocimientos de los primeros pueblos del antiguo mundo, con los de Cuba Primitiva.

Cumple á nuestro deber, después de escrito lo que precede, manifestar con el Sr. Renouard, que al citar algunos pasajes del referido libro, no respondemos de su autenticidad, porque á juzgar por su contenido dan pobre idea del saber y criterio de aquellos doctores.

De ocho partes compónese la obra, sin que en su agrupación haya prevalecido ningún pensamiento filosófico; y son, primero: el de las enfermedades de la infancia; segundo: el de las mordeduras de los animales venenosos; tercero: el de las afecciones del alma que creían producidas por el Diablo; el cuarto, de las afecciones de los Órganos sexuales; el quinto, de la Higiene y de la profilaxia; el sexto, de la Cirugía; el séptimo, de la Terapéutica, de las afecciones de la cabeza y de los ojos; y el octavo, que da reglas para retardar la vejez y el cuidado preciso del cabello y cejas.

En este organum, se dice que hay en el organismo cien mil partes, de las que diez y siete mil son vasos, compuesto cada uno de siete tubos, que dan paso á dos especies de vientos que pugnan entre sí, y desarrollan las enfermedades: de igual modo que colocan el pulso en un reservorio, situado en las inmediaciones de la cicatriz umbilical, si bien algo por debajo.

Tal anatomía y fisiología no es por tanto, superior á la de las Indias Occidentales, sino antes bien más falsa, ó cuando menos tan errónea, lo que nos recuerda, las siguientes palabras de Duclós «igual vale no saber las cosas, como saberlas mal.»

La etiología estaba constituida por tres factores, los vientos, flactuosidades, [WodnmJ; los vértigos, [BittumJ, y los humores impuros, [Tchestum].

Al asistir el médico á un paciente, consulta á los astros, el vuelo de los pájaros, los encuentros casuales que tiene, etc., todo, acaso, menos los síntomas como expone el mismo profesor Renouard, creyendo los referidos sabios; que su ciencia vino del cielo, de la que sólo puede celebrarse, la limpieza excesiva que hacían tener á los enfermos, de igual manera que á los asistentes, lo que hemos visto que pasaba de modo análogo entre los tainos.

De lo expuesto fácil es deducir, que á pesar de la celebrada enciclopedia, no hay más luz, ni mayor certeza en la medicina de los indios orientales. (Figura 9).

Lindando con la anterior nación, existe otro pueblo único en el transcurso del tiempo, que ha conservado cuatro mil años sus leyes, su religión, su literatura, su idioma, su territorio y cuya medicina nos incumbe por la causal que perseguimos.

Ese pueblo es la China, del cual se conoce su cronología, cual dice el P. Halde, desde el año 2357 antes de Jesucristo; siendo Hóam-tí, tercer emperador de la primera dinastía del país, el inventor de la medicina, cuya obra lleva por título Nuy-Kim, la que sirve aún para la enseñanza y en la práctica médica.

Desconocían en el Celeste Imperio la Anatomía, dada la prohibición de sus severas leyes y sus inveteradas costumbres, al extremo que el máximun de dichos conocimientos lo constituía, según Renouard, el saber que existen en el organismo treinta y cinco canales, de los que seis se dirigen de arriba abajo, otro número igual en sentido contrario, ocho que le atraviesan directamente y quince oblicuos, de los que Pleyer ha publicado una memoria con láminas, y por lo que con razón dice el Dr. Chinchilla, que dada su obscuridad é ignorancia en la rama morfológica, que da á conocer al hombre en estado estático, «apenas merece hablar de ellos».

La Fisiología consiste en abigarrado conjunto de desatinos, al extremo que los médicos de Pekín, creen que la circulación de la sangre se verifica á las tres de la mañana, y que pasando por el pulmón se termina á las veinticuatro horas en el hígado.

El pulso, cuyo descubrimiento se le asigna, tampoco le conocen, teniendo del mismo las ideas más extrañas; de aquí que lo dividan en Kim, Koam y Che-Kum, celeste, luminar y terrestre, asignándole á cada uno variadísimos modos de ser, creyendo diferente el de una ú otra radial para el diagnóstico de las enfermedades, que consideraban producidas por la desarmonía de dos principios distintos, el calor y la humedad.

Los médicos preparan los medicamentos como hemos visto que hacían los behiques, y así como estos usaban con predilección el tabaco, aquellos el opio; apenas saben sangrar los doctores sectarios de Confucio, lo que no sucedía así con nuestros indios que usaban mucho de esa operación quirúrgica; poniendo en práctica unos y otros el tratamiento hipnótico sugestivo.

Con el fin de hacer resaltar más nuestro propósito, diremos que la obra de medicina legal de mayor importancia que existe en el pueblo de que es virrey Li-Hong-Tchang, después del incendio y destrucción de la Biblioteca, por el famoso Sing-chevang es el Si-yuen, debido al empeño de las dinastías de los Song, de los Inen, de los Ming, y sobre todo, de Manchu, que mandó á tirar una nueva edición. Según este libro, para descubrir las señales, causa de la muerte de los ciudadanos, se lava el cadáver con vinagre y luego se le expone al vapor del vino de arroz, que sale de una profunda fosa, en cuya situación permanece por dos horas, al cabo de cuyo tiempo, creen que se destacan con claridad las huellas de las contusiones y heridas, asegurando que puede hacerse la operación tan sólo con los huesos, sin necesidad de las otras partes, para obtener el mismo resultado.

Lo expuesto autoriza para comparar este método, con el seguido para esclarecer la responsabilidad médica de los extinguidos pobladores de la isla, y desecharlos por risibles, haciendo resaltar, no obstante, cierta analogía.

Sentado lo que precede y no existiendo mayor diferencia entre la medicina de las colecciones citadas con la de los primitivos pobladores de Cuba, bien puede decirse con el justamente celebrado poeta Campoamor: «Pese á la rivalidad, lo que brilla, brilla».

La medicina de los japoneses, casi la misma que la de los chinos, sus vecinos, y en estos momentos sus enemigos, ejercíanla los ermitaños, los santóicos y los jambayos, que empleaban las más de las veces remedios inútiles, usando sus mágicos, una práctica que no podemos dejar de consignar, consistía ésta, en escribir la afección de los pacientes, colocar los apuntes en el altar de sus ídolos, quemarlos después y con sus cenizas confeccionar píldoras que suministraban al enfermo; entre esto, y extraer el mal producido por los semies, no hay en realidad más diferencia que usar procedimientos distintos.

Tan obscuro como el origen de los primeros iberos, fueron sus artes y ciencias, y aunque Bordeu sostiene que el instinto de conservación era más vivo en ellos que en los otros pueblo de la antigüedad, y Méndez de Silva expuso que obedecían á un inculto empirismo, sin mezclarse con doctrinas, fábulas y supersticiones, hasta que invadieron la península los extranjeros, en el siglo XVI, antes de Jesucristo, lo cierto es, que si se encontraba guiada por el instinto, tenía que ser con sus secuelas de divinidades, de misterios y de genios; en una palabra, ni más ni menos que las de los otros habitantes del mundo, contaminándose luego con las invasiones fenicias y cartaginesas.

Sin convicciones propias ni adquiridas, la ciencia ibérica tenía que esperar más de los Dioses gentílicos y de sus procedimientos misteriosos, que de otras causas reales, por lo que adoraban en Santi Petri á Hércules, en Tarragona y Valencia á Serapis y á Isis; como en Barcelona á Esculapio.

La relación que acabamos de exponer nos autoriza, desde luego, para no poder darle supremacía á la ciencia de los primitivos habitantes de la Madre Patria, sobre los de Cuba, por ser la una análoga á la otra en principio y en práctica, toda vez que no es posible concederles con Morejón, bien á nuestro pesar, mayor suma de conocimientos.

Por último, trozos informes y tradiciones fabulosas, es tan sólo lo que nos ofrece en cuanto á medicina, el postrer pueblo que considera el Dr. Renouard, más interesante en su arte, á la del nuevo mundo, en efecto: ni los esfuerzos del ilustre Daniel Leclerc, ni la sabiduría y constancia desmedida de Kurs Sprengel, han conseguido otra cosa que confirmar lo que decimos con relación al estado de las ciencias humanas en aquel país, antes de la guerra de Troya.

Los pelagios, primeros habitantes del territorio, alimentándose de bellotas, cubriéndose de pieles y viviendo en cuevas, mal podían tener medicina racional.

Las invasiones sucesivas de Samos, Tiro y Ménfis, llevaron á la Grecia los gérmenes de una civilización superior, la que aumentó notoriamente con la fundación de la ciudad de Argos, el año 1356, antes de Jesucristo, con la de Atenas por Cirrope, en 1600, antes de Jesucristo y con la de Tebas por Cadmos, que con sus fenicios se estableció en la Beocia. (Figura 10).


Ofrece la mitología griega grandes dificultades y notoria incertidumbre, por lo que no es dable darle gran valer: cita sobre todo á Malampo, pastor de Argos, como el primero de los médicos que se inmortalizó por sus admirables curas, en especial la que consiguió en las hijas del rey Pretus, que después de darle el eléboro para purgarlas, mandó que la siguieran jóvenes robustos hasta Sciones, donde se bañaron en las aguas de la fuente Clitorina.

Sus descendientes heredaron cuanto él sabía, siendo sus hechos causa de los celebrados cantos del nunca bien aplaudido Homero.

Fueron divinidades en nuestra profesión, Apolo, médico de los Dioses, y Juno, abogada de los partos, al mismo tiempo encargada de la muerte natural en las mujeres.

A más de dichas personalidades poseían semi-Dioses, que ocupaban lugar predilecto en el Olimpo, siendo el más notable de ellos el Centauro Chiron, maestro de Esculapio y de otros muchos, la mayor parte de los que concurrieran oportunamente á la conquista del Vellocino de Oro, ó á la Guerra de Troya.

Atribuyóse al hijo de Epidauro, una familia de médicos, asegurando el poeta Píndaro, que curaba las úlceras, las heridas y las fiebres, así como los dolores con encantos, pasiones y aplicación de remedios al exterior, participando de igual parecer, Galeno, Plinio y otras eminencias.

Como quiera que se ve por lo expuesto que los helenos en su período de creación no tenían más conocimientos que nuestros indios, lo cual pudiéramos decir igualmente, de los fenicios, scitas y romanos en sus remotos orígenes, de los que no habla el Dr. Renouard, y de los que no nos ocuparemos porque queremos ajustarnos estrictamente á tan erudito autor, habiéndole dado, sin embargo, la claridad posible á nuestro trabajo, porque opinamos con el gran Víctor Hugo, que «el que teme la luz, es un malvado» concluimos sosteniendo la siguiente idea: ó la medicina de Cuba Primitiva, como toda ó casi toda la del nuevo mundo, vale por lo menos, tanto como la de las naciones descritas del viejo en sus antiguos tiempos, ó ninguna tiene el interés necesario, para ser la base de la ciencia, cuyos representantes son, según Hipócrates, los que sólo pueden compararse á los Dioses.

He terminado en lo principal, pero para que sea; por completo, rogamos á esta docta Academia, creada por el sabio y sin igual Dr. Gutiérrez, que en espíritu se halla siempre en ella, nos dispense su protección, la que solemnemente declaramos necesitar, si bien no dudamos alcanzarla, porque hemos aprendido con Goldoni, que «la sinceridad de una confesión engendra la indulgencia», la que nos dispensareis también, teniendo en cuenta que hemos confeccionado la labor, por los mismos móviles que escribió Marco Catón, en defensa de la antigüedad de Italia, y porque sostenemos, que para que la historia sea como expuso Diodoro, «la que iguala á los mozos con los viejos en prudencia y da grandes provechos para la vida virtuosa y recta», es indispensable que reúna las cualidades que le asignaba el inmortal Cicerón, con las cuales creemos haber cumplido, «primero, no escribir mentiras, segundo, no ocultar la verdad».