CUADERNOS DE HISTORIA DE LA SALUD PÚBLICA 104

Medicina de los siboneyes*

Por el

Dr. Enrique López Veitía


Cuba estuvo poblada en los tiempos prehistóricos, en un período en que probablemente formaba parte del Continente Americano, según atestiguan ambas aserciones los huesos humanos fósiles encontrados en ella así como restos de mamíferos ya extinguidos.

Pero los pobladores de Cuba de que tiene noticia la historia vinieron en una época no remota, aunque no se ha podido fijar la fecha de su establecimiento. Al descubrir la América, vieron los europeos ocupada la Isla por una raza salvaje de buenas formas físicas, de mediana estatura, tez cobriza y cráneos comprimidos de delante atrás, que andaban desnudos; y cuyos hombres, indolentes, y de costumbres pacíficas, se dedicaban principalmente a la pesca, mientras que las mujeres cultivaban algunos vegetales comestibles. Su número se hizo ascender a 600000 en el momento de la conquista, por algunos escritores; cifra que me parece exagerada. Los españoles los designaron, según Bachiller, con el nombre de taínos, voz que con frecuencia usaban estos indios para indicarles que eran pacíficos o nobles; pero ha prevalecido el nombre de siboneyes con que también se los designó.1 (Figura 16).

Se cree que procedían los siboneyes de los Araguas, pueblo que habitaba la región del Continente que es hoy Colombia, el cual se extendió por las llanuras del Orinoco y las Antillas Menores hasta llegar a establecerse en las cuatro principales y en las Lucayas. Eran sencillos e ignorantes; se pintaban la piel con dibujos variados; los señores principales usaban plumas en la cabeza, y algunos llevaban túnicas cortas de algodón; también gustaban adornarse con collares de semi1las o piedras de colores. Sus artes eran rudimentarios. No conocían la escritura ni han dejado señales suficientes para indicarnos su verdadero estado de civilización; pero, por las descripciones de los conquistadores sabemos que su gobierno era patriarcal; cada cacique regía un pequeño pueblo; éstos eran independientes unos de otros; y cada pueblo se componía de una agrupación de bohíos alrededor de una plaza destinada a celebrar sus fiestas y ejercicios corporales.

No se conoce bien la religión que tuvieron los siboneyes. Se ha dicho que tenían idea de un Ser Supremo, y que adoraban al Sol; pero lo que se sabe de positivo es que tenían muchos dioses, a los que llamaban semíes, que en cada casa tenían un semí protector, además de los semíes que guardaban en una casa o templo; que estos ídolos eran de piedra, o barro, o madera, representando unas veces animales, y otras sin formas determinadas. Creían que los semíes hablaban, que estaban obligados a alimentarlos, y que todos los males que les sobrevenían reconocían por causa del cólera de aquéllos. Creían además, como pueblo ignorante, en fantasmas o muertos aparecidos, y en otras muchas supersticiones.

Sus sacerdotes, que se llamaban behiques y también boitios ejercían gran influencia sobre el pueblo y practicaban la medicina.

Respecto a la historia que conocían de su pueblo, refiere Rafinesque la siguiente tradición de los indios de Cuba y Haití. En la época lejana en que sus moradores vagaban aún sumidos en la ignorancia, aparecieron tres bienhechores, que llamaron bohitos voz que significa anciano, los cuales organizaron al pueblo.

Bohito I estableció el culto, y dividió al pueblo en tres castas: taínos o nobles; bohitos o sacerdotes; y anaborias o trabajadores; y los enseñó además el cultivo de los campos.

Bohito II o Buchu-itihu (anciano eminente) enseñó el uso del algodón, e introdujo la medicina, y la yerba sagrada gueyo.

Bohito III enseñó la música.

Este pueblo, sencillo e ignorante, debía necesariamente hallarse muy atrasado en conocimientos científicos, incluso los de orden médico; aunque allí, como donde quiera que existan hombres, por salvajes que sean, había una medicina, porque los males son inherentes a la naturaleza orgánica, así como el instinto de conservación es la fuente de la terapéutica.

He creído conveniente trazar un cuadro general de la civilización y religión de los siboneyes para que se comprenda mejor el estado real de sus conocimientos médicos, porque en ellos las prácticas de la medicina se hallaban tan íntimamente relacionadas a sus creencias religiosas, que no se podría describir aquéllas sin dar a la vez una idea de la religión que profesaban; así, sabemos que hasta sus mismos cantos religiosos o guerreros versaban a veces también sobre asuntos de medicina.

Como Haití fue el principal asiento de los españoles en América al principio de la conquista, fueron mejor estudiadas las costumbres y conocimientos de sus indios; y como fue la misma raza de aquella isla y Cuba, según ya he dicho y se deduce del aserto de los historiadores y de la semejanza de idiomas y hábitos, hago valer para nuestros siboneyes, a falta de otros detalles, la narración del hermano Román Pane de la orden religiosa de San Gerónimo, narración hecha en la Española al principio de la conquista y de la que tomaré los fragmentos que se refieren a la medicina de los pobladores de Haití. Esta narración será nuestra mejor guía, tanto por haber sido escrita en una época en que los indios conservaban todavía la pureza de su civilización propia, como por la sinceridad del narrador.

«Hay ciertas personas, dice- que practican la medicina, que hacen muchas supercherías, y las llaman Bobuti, que suponen con sus artificios que saben los más hondos secretos y hablan con los semíes, y cuando enferman les quitan y extraen el mal. He visto por mis propios ojos parte de esas cosas y añado lo que he oído de los vecinos principales, que creen en estas fábulas más profundamente.

»Las prácticas de los bohiques en la medicina y enseñanza de las gentes son propias; pero no siempre sanan a los enfermos. Todos, especialmente en la Española, tienen muchos semíes de diferentes formas; uno consiste en un hueso de sus padres o parientes, o uno de piedra o madera; de éstos y aquéllos hay muchos. Unos hablan, otros hacen aparecer las cosas que se comen, muchos dan origen a las lluvias, otros a los vientos. Todo esto lo creen estas pobres gentes que se provéen de dioses, mejor dicho de diablos, careciendo de nuestra. Religión.»

Gómara agrega por su parte que los boitios no curaban más que a la gente principal y señores, y refiere además que muchas viejas eran médicas y echaban las medicinas en la boca por unos canutos.

Estas prácticas supersticiosas, y otras que se relatan más adelante, no son patrimonio de los indios antillanos, sino hijas de la ignorancia y de la credulidad en todos los pueblos y en todos los tiempos, pues aún hoy día entre las naciones más civilizadas abundan en las clases inferiores del pueblo, curanderos que explotan la buena fe innata en los hombres para curar enfermedades con una mezcla de remedios empíricos, y de fórmulas religiosas o místicas que constituyen una verdadera medicina de imaginación; como son ejemplos el tratamiento de la erisipela rezando oraciones y haciendo cruces sobre la parte enferma, las variadas curaciones de Lourdes, pregonadas en todos los tonos, y, entre nosotros, no ha mucho, los supuestos prodigios del famoso chino Chambombian, y más recientemente la vieja de Jiquiabo, campesina ignorante, que con ciertos misterios y compresitas sacadas de camisa de hombre y, aplicada sobre la parte enferma, llegó a adquirir gran celebridad en Cárdenas en 1883; y en fin tantos otros curanderos y adivinos que aparecen y desaparecen como el flujo del mar, que viven de los desahuciados, que, aunque no sean ignorante, en la desesperación de su grave enfermedad y en la crédula sencillez de su cerebro, buscan en lo incierto lo que la ciencia positiva se declara impotente a curar. Justo es confesar que en ciertas enfermedades esa medicina supersticiosa ha obtenido sorprendentes curaciones al benéfico y poderoso influjo de imaginaciones exaltadas por la fe en la curación; especialmente cuando esta medicina no científica reviste la forma religiosa suele dar buenos resultados, porque es más eficaz la fe religiosa; y yo en muchos casos la considero beneficiosa por cuanto puede proporcionar alivio y consuelo a los que sufren de afecciones crónicas e incurables hoy por hoy, y por eso esta terapéutica es perpetua, y creo que existirá necesariamente en parte mientras la medicina no haya alcanzado su perfección. Ya los modernos estudios de sugestión han revelado el secreto de esas curaciones misteriosas, y revestido aquéllos de carácter científico disminuirán si no hará desaparecer totalmente el charlatanismo, gracias también al concurso de la gradual ilustración de las masas.

Yo estoy además persuadido de que tanto aquellos sacerdotes de los pueblos primitivos, como nuestros actuales curanderos, obraban generalmente de buena fe, y por lo tanto, a mi juicio la palabra superchería está mal empleada. Ellos estaban poseídos de la bondad de los medios que conocían y explotaban, del mismo modo que los sabios antiguos creyeron y afirmaron que la tierra era plana, y tantos otros errores que el tiempo se ha encargado de destruir. Pero esta medicina supersticiosa a que me refiero tiene un fondo de verdad que le da vida y la ha hecho tan antigua como la raza humana; pero somos impotentes a destruir el falso ropaje que la reviste, porque en nuestra medicina hay todavía muchos puntos oscuros, que hacen a veces inciertos sus resultados, y que facilitan ese aparato misterioso que es del resorte de los charlatanes hábiles.

Por consiguiente, lejos de ver un tono depresivo en las palabras del hermano Roman, las considero como puramente descriptivas, que en términos parecidos pudieran aplicarse a los antiguos babilonios, a los egipcios, o a los griegos.

«Cuando alguno enferma se le lleva al Buchu-itihu, que es el susodicho médico. Se preparan con ayuno, pues deben él y el enfermo estar ayunos al principiar la ceremonia; el médico que asiste al enfermo se purga simultáneamente con el paciente; aspiran el polvo de cojoba2 por la nariz hasta embriagarse que no pueden darse de sí cuenta; pronuncian palabras extrañas dirigidas a los semíes que les contestan sobre las causas de la enfermedad, y siempre atribuyen éstas a aquéllos.

»De lo que hacen los Buchu-itihu. Cuando van a visitar a un enfermo, antes de salir de sus casas sacan del fondo de sus cazuelas el tizne o el polvo de carbón vegetal y se cubren de negro el rostro, y así dan la consulta; enseguida toman unos huesecillos o carne, lo envuelven en algo, y se lo ponen en la boca. Ya purgado el enfermo entra en la casa otra vez el médico, y se sienta delante de él, solo: antes salen de la casa los niños para que no interrumpan, y quedan una o dos personas principales. Cuando está solo, toma algunas hojas de la yerba de la gioia3 la hoja grande por lo común; agregan otra de una cebolla de medio cuartillo de largo, la mojan hasta formar una pasta y la ponen por la noche en la boca, lo que les sirve de vomitivo arrojando lo que han comido. Cantan entonces y beben del jugo susodicho encendiendo una antorcha.

»Descansando algunos instantes el médico se levanta y dirige hacia el enfermo que está sentado solo en medio de la habitación, y lo rodea o gira a su alrededor dos veces, según quiere; y le coje las piernas palpándole de la cintura a los pies; y lo estira con fuerza como si quisiera arrancarlo de su lugar; esto terminado sale de su habitación y cierra tras sí la puerta. Le habla desde afuera así: Vete para la montaña o al mar, donde quisieres; se vuelve al lado inverso poniéndose las manos juntas; sopla como por una cerbatana, y colócase ambas manos sobre la boca que cierra; sus manos tiemblan enseguida como si tuviera gran frío; sopla sobre sus manos y recoge el aliento como si sorbiera la médula de un hueso. Luego aspira al enfermo en el cuello, o en el estómago, en las espaldas, mejillas, el seno, en el vientre y partes en general del cuerpo. Concluido lo cual, se saca de la boca lo que dijimos al principio que se metió en ella; si es comestible le dice: Ya ves lo que te había hecho daño en tu cuerpo de donde te lo he sacado; advierte que ha salido de donde tu semí lo había colocado; porque no le rezabas u orabas, ni puesto ni hecho altar, ni sacrificado nada.

»Si es una piedra, le dice: Consérvala muy cuidadosamente. Suponen que esas piedras son muy útiles en los partos de las mujeres; las guardan como cosa preciosa envueltas en algodones, y les ofrecen manjares de lo que comen como a sus mismos semíes domésticos. Los grandes días festivos son los señalados para ofrecerles mucha comida, como pescado, carne, pan y otras cosas. Lo colocan todo en la casa del semí y recogen al día siguiente lo que no ha comido; siendo así, Dios nos ayude, que el semí es cosa inerte, como hecho de piedra y madera.»

Aquellos sacerdotes empleaban en sus prácticas médicas ese aparato para impresionar la imaginación de sus enfermos; y aunque esta ceremonia aparece maliciosa, yo creo que los pacientes ni sus médicos verían en ella más que el único medio de calmar la irritación de los dioses airados contra la maldad de los hombres. En los primeros tiempos de

nuestra raza se hacían prácticas idénticas, y aún hoy existe en el vulgo la creencia de que muchas enfermedades son castigos del cielo.

Las enfermedades a que se alude en estos párrafos, debían probablemente ser ligeras, puesto que se dice que el enfermo se sentaba en medio de la habitación, y que el médico le ordenaba ir a la montaña o al mar. Y en cuanto a obsequiar con alimentos delicados a los semíes, recuerdo que algunos historiadores refieren que una costumbre igual existía entre los antiguos griegos en la época en que sus sacerdotes eran los que ejercían la medicina.

Y en fin, respecto al valor que daban a esas piedras en los partos, es una creencia semejante a la que entre nosotros concede el vulgo a la intervención de San Ramón Nonato con el mismo objeto, de Santa Lucía en las enfermedades de los ojos, y tantos otros especialistas de orden divino que llenan el cuadro de la patología mística.

Al establecer estas comparaciones es mi intención poner de relieve que en sus orígenes la medicina ha sido idéntica en todos los pueblos, y que, aún en aquellos que alcanzan mayor grado de civilización, se incrustan en la ignorancia de las clases inferiores mil supersticiones y creencias erróneas que solo difícilmente combaten los seres privilegiados de la ciencia. En la medicina es más reñida la lucha entre el saber y la ignorancia.

«Cómo los dichos médicos suelen equivocarse. Cuando han terminado todas sus prácticas los médicos, y el enfermo se muere, si tienen muchos parientes o el señor de pueblos y poderoso se investiga la conducta del Boitío; porque los que quieren perseguirles y hacerles mal lo verifican así. Para saber si el enfermo ha muerto por culpa del médico por falta de dieta como le previno, toman una yerba llamada gueyo que tiene las hojas gruesas y largas, que también llaman sacon. Toman el jugo de las hojas, cortan al muerto las uñas y cabellos de la frente; lo reducen a polvo entre dos piedras y lo mezclan con el jugo de la yerba para que lo beba el muerto; se le echa por la boca o la nariz. Entonces se le pregunta al muerto si observó el precepto de la dieta. Esta pregunta la repiten muchas veces hasta que contesta claramente como si estuviera vivo; y viene a satisfacer las preguntas diciendo que él boitío no cumplió con su dieta y fue causa de su muerte por la inobservación: y luego mandan que pregunte al médico, pues tan claro lo culpa el muerto. Enseguida entierran de nuevo al difunto.

«Usan otro medio de investigación a veces, que es haciendo un gran fuego como para formar carbón, y cuando la madera está en brasas, ponen al difunto sobre el brasero y lo cubren con tierra, como para hacer carbón, y allí lo dejan por un término voluntario. Hacen las mismas preguntas y responde: que nada sabe; se repite hasta diez veces después de que habló, si está muerto, pero no responde a esas diez interpelaciones.

«De como se vengan los parientes cuando el muerto responde después de tomar el brebaje. Los parientes se reúnen en espera del boitío, al que dan una paliza que le quiebra las piernas, los brazos y rompen la cabeza: queda al parecer molida, en la persuasión de haberlo matado. Creen que por la noche vienen culebras de todas clases, blancas, negras, verdes y de otros muchos colores, que lamen las contusiones y fracturas al médico. Dura esto dos o tres días, al cabo de los cuales el médico se levanta, y marcha alegremente para su casa. Los que lo encuentran le preguntan: ¿no habías muerto? Y él contesta: los semíes en forma de culebra me han socorrido. Los parientes del difunto montan en cólera, pues lo creyeron muerto; se desesperan y procuran por hacerlo morir, y si pueden atraparlo le sacan los ojos y lo castran, porque creen que es preciso esto último para hacer morir a un médico.»

«Lo que hacen para saber lo que quieren de los que queman y cómo se vengan entonces. Cuando descubren el fuego, si el humo se eleva hasta el cielo, perdiéndose de vista, y desciende y entra en la casa del médico; éste, si no observó la dieta, cae enfermo a su vez, se cubre de úlceras, y pierde la piel a pedazos: es la señal de que no se abstuvo y la razón de que muriera el enfermo.»

De esta descripción se desprende que era bien triste la condición de los médicos siboneyes. En caso de muerte, los parientes del difunto tenían derecho a juzgar la conducta del boitío, para averiguar la culpabilidad que tuviese en el desenlace fatal; y por la naturaleza de la ceremonia acostumbrada, quedaba el médico a merced de las arbitrarias decisiones de sus jueces, que, por ser partes interesadas, les infligirían ordinariamente las penas más severas; o en razón directa del aprecio en que tuvieron al difunto; así es que refiere el hermano Román que llegaban al extremo de sacarles los ojos y de castrarlos, para que murieran de esta operación que el pueblo creía necesaria para matar a un médico. Dice, de que en otras ocasiones les rompían los huesos a palos, pero yo no comprendo qué clase de fracturas serían esas que curaban radicalmente al tercer día, o si eran simplemente contusiones exageradas por el narrador. En fin, creían los siboneyes que en caso de culpabilidad sufría el médico un castigo sobrenatural que cubría su cuerpo de úlceras graves.

En diversos pueblos bárbaros existió también la costumbre de castigar a los médicos cuando moría el enfermo. Malte-Brun, en su Geografía Universal, refiere que los médicos de una tribu de la América del Sur tan luego como declaraban muerto al paciente, tenían que huir acosados por las pedradas que le lanzaban los parientes y amigos del finado.

En el curso de esta historia se dice que la medicina de los siboneyes era de carácter religioso, y que la ejercían los behiques y boitíos. Los historiadores de Indias convienen en que los behiques o bohiques eran los sacerdotes, y los boitíos, que eran los médicos, también se hallaban revestidos de la autoridad sacerdotal, aunque debía ser en ellos secundaria y casi de invocación para obtener las curaciones. Solo así, es decir, juzgándolos más bien como profanos, se comprende que el pueblo se atreviese a castigarlos, pues no es razonable suponer que en esas sociedades de organización teocrática, los sacerdotes pudieran ser juzgados por el pueblo que era esclavo de sus voluntades, mientras que sí pudieran serlo, otros médicos de categoría inferior, que tal vez estarían en más íntimo contacto con el enfermo, sobre los cuales se concibe que recayera toda la cólera de los familiares, pero nunca sobre sus sacerdotes, los behiques, o médicos superiores o consultores.

«De qué modo hacen y conservan los semíes de piedra o de madera. Los que se forman de madera se hacen así: cuando un caminante nota removidas las raíces de un árbol, se detiene aterrorizado y pregunta lo que es. El árbol responde: me llamo Boitío y eso dice quién soy. Entonces el hombre busca un boitío, le dice lo que ha pasado, y el brujo o adivino corre al árbol que ha hablado, se sienta debajo de él y hace cojoba. Hecha la cojoba se pone de pie dándole los títulos de un gran señor, y le interroga de esta manera: ¿Dime quién tú eres? ¿y para qué me has hecho llamar? ¿Dime si te corto y deseas venir conmigo? Si vienes conmigo ¿cómo quieres que te lleve? Te haré casa con sus pertenencias. El árbol convertido en semí o diablo le contesta del modo que se le antoja; lo corta o se observan sus mandatos. Le construye una casa y sus pertenencias, y le hace la cojoba durante el año; la cojoba es el sacrificio o culto para rogarle o adorarle y comprenderle, para preguntarle y saber del semí lo que le conviene así como para pedirle que lo enriquezca.

»Los semíes de piedra son de diferentes formaciones. Dicen unos que se hacen de los huesos o cuerpos disecados de los muertos por los médicos, y los enfermos guardan los mejores para hacer partear a las mujeres.

»Había un semí llamado Baidrama. Cuando alguno enfermaba llamaba al boitío y le preguntaba de lo que provenía la enfermedad; y les decían que Baidrama lo enviaba a requerirlo porque no había mandado de comer a los que cuidaban su casa, y así les trasmitía el boitío lo que Baidrama les había dicho.»

En esta parte que es una mezcla de medicina y religión, habla el hermano Román del descubrimiento de un semí y de la ceremonia que debía practicar el boitío que aquí aparece como sacerdote guardián de los semíes, para trasladarlo a su casa o templo. Se refiere luego en particular a un semí llamado Baidrama y también Buja y Aiba, que debía ser probablemente el dios de la salud, del que eran intérpretes los boitíos, y al que todo el pueblo estaba obligado a ofrecerle alimento, so pena de perder su gracia y enfermarse el que no lo hacía.

Por toda esta larga relación se ve cuan atrasados estaban en conocimientos médicos nuestros siboneyes. Sobre anatomía no se hace más alusión que a las regiones superficiales de las partes del cuerpo, sin entrar en detalles de ninguna especie, ni nombrar ningún órgano más profundo que la piel, a no ser el testículo, único a que se alude, el cual bien puede considerarse como externo, y de cuya organización debían tener idea por cuanto acostumbraban a practicar la castración. Sabían que el cuerpo estaba sostenido por el esqueleto óseo, limitándose a saber que existían los huesos, sin que se nos haya trasmitido una relación completa de sus conocimientos osteológicos. Conocían la carne en masa, pero ignoraban o por lo menos nada se dice que conocieran los músculos. Un silencio completo reina respecto a los aparatos digestivo, circulatorio, respiratorio, y sistema nervioso, y en fin a todas las partes profundamente situadas. Su anatomía se reducía por consiguiente al conocimiento de las partes que son visibles y tangibles, y aún éstos eran conocimientos de disposición pero no de estructura. (Figura 17).


Su fisiología era tan rudimentaria como su anatomía. Se limitaba su saber en dicha ciencia al grosero del funcionamiento de los ojos, por cuanto empleaban como castigo su destrucción, y se trasluce que también debían conocer las funciones del testículo, porque se valían igualmente de la castración como castigo, pero con la creencia errónea de que este órgano era esencial para la vida de ciertas personas, según se ha dicho en un párrafo de la relación que hemos trascrito. Es probable que supieran que la integridad de los huesos de los miembros era necesaria para ejecutar los movimientos de locomoción, porque se dice que rompían en ciertos casos los huesos de las piernas y de los brazos a los médicos, que quedaban así postrados sin poder moverse durante tres días, sin embargo de que ya más arriba hemos expuesto nuestras dudas sobre este particular; así es que de esa misma aseveración se desprende cuan imperfectos eran los conocimientos de los indios sobre la regeneración del hueso.

No dudo que también conocieran las funciones del oído, olfato, gusto y tacto, porque estos son conocimientos generales a todos los hombres y de constante aplicación al mundo exterior en todas las circunstancias de la vida.

Los siboneyes poseían algunos mayores, aunque imperfectos, conocimientos de patología. La voz axe, según Bachiller, significaba algunas veces enfermedad, aunque su acepción general era del tubérculo comestible llamado ñame.

Conocían las contusiones, heridas y úlceras, y de estas últimas, una de forma grave, que cubría todo el cuerpo y hacía caer la piel, aunque en este punto debe haber exageración, máxime cuando a esta enfermedad se atribuía un origen divino.

La embriaguez por el tabaco no solo era frecuente sino que abusaban de ella, pues era una práctica corriente en el médico y su enfermo al principio de la curación.

Nuestros indios designaron con el nombre de caracol a una enfermedad que, según se refiere, era semejante a la sarna y que ponía las manos ásperas. En una fábula de su mitología se alude a la necesidad que tuvieron los primeros moradores de valerse de estos hombres de manos ásperas, para retener a los seres fantásticos de los que luego salieron las mujeres, los cuales se deslizaban de entre las manos de los otros hombres no enfermos que querían aprisionarlos. No sabemos a cual enfermedad de las nuestras correspondería o se aproximaría esta que nos ocupa, por ser incompletos los caracteres que se les asignan.

No debemos pasar en silencio la sífilis, cuyo origen tantas veces se ha atribuido al pueblo americano. Sin embargo, las vivas discusiones sostenidas sobre este particular han juzgado la cuestión favorablemente para el Nuevo Mundo. Por lo tanto, evitaremos la enojosa repetición de este punto histórico, y no combatiremos con muchos argumentos la opinión del origen americano de la sífilis, basada en la coincidencia de la propagación epidémica de esta enfermedad en Europa con el descubrimiento de la América. Basta recordar que desde el siglo XIII se escribió sobre ella en Italia, y que desde mediados del siglo XV ya era allí conocido el mal francés y la virtud que tenía el mercurio para curarlo. Pero hay además un hecho que es decisivo: en marzo de 1493, pocos días después del regreso de Colón en su primer viaje de las Indias recién descubiertas, al puerto de Palos, se ordenó en París, mediante pregón, que todos los enfermos de sífilis salieran in continenti de la ciudad. Esta medida revela que la enfermedad había tomado grandes proporciones en aquella capital, y es claro que para llegar a ese extremo debía existir desde mucho tiempo antes en Francia, puesto que esta afección es más lenta en su desarrollo y propagación que la mayor parte de las epidemias conocidas. Así es, que de todos modos sería imposible creer que en pocos días, con las malas comunicaciones de aquella época, hubiese salvado la distancia de Palos a París para mostrarse epidémicamente en esta última ciudad. Muchas otras pruebas pudieran alegarse sobre el origen europeo, y tal vez asiático y antiquísimo de la sífilis, pero las ya expuestas son suficientes para convencernos de que dicha enfermedad no es procedente de la América.

Ninguna mención hacen los historiadores del conocimiento que tuvieran los siboneyes de las fiebres y otras afecciones comunes, que existían en esta región, y que desde el principio castigaron a los conquistadores españoles; pero atribuyo la deficiencia de datos sobre estos particulares a que ninguno de los narradores de la conquista se ocupó de medicina más que incidentalmente, y cuando lo hacían fue siempre de un modo imperfecto.

Oviedo refiere que abundaban tanto las niguas (Pulex penetrans) en los primeros tiempos de la llegada de los españoles, que, en los hombres que no se cuidaban de ellas, propagaban con tal abundancia que los atacados se quedaban tullidos y mancos para siempre.

Las Casas dice de igual modo que los indios sufrían de la enfermedad parasitaria debida al piojo (Pediculus capitis) pero sin señalar si fue o no introducido por los conquistadores, lo que era fácil, pues sabemos que desde antiguo existía en Europa.

La terapéutica de los siboneyes se reducía al conocimiento de las propiedades narcóticas del tabaco, que usaban frecuentemente para embriagar a los enfermos.

Pero la medicación que casi exclusivamente usaban era la antiflogística: sangrías y evacuantes. Cuando se solicitaban los servicios de un médico, empezaba éste por administrar un purgante a su enfermo, y después el vomitivo usual, y en fin, una serie de manipulaciones que también figuraban como medios terapéuticos destinados a influir sobre la imaginación de los enfermos.

No sabemos que sustancia usaban como purgante, pues no tenemos en este concepto al tabaco, como indica algún escritor. Para vomitivo empleaban una mezcla de tabaco y una especie de cebolla machacados; y añade el hermano Román que con el mismo fin usaron una yerba sagrada que llamaban gueyo. Tal vez esta planta no sería otra que el tabaco, que es en primer término vomitivo, y no purgante como ha dicho el Sr. Bachiller.

La planta sagrada cuyo uso enseñó Bohito II, se nombraba gueyo, ahora bien, como sabemos que de todos los vegetales que conocían los indios al descubrirse la América era el tabaco, el más importante por sus diversas propiedades, y como se dice además que se empleaba en las prácticas religiosas, bien pudiera ser que gueyo fuera el nombre sagrado de la planta, o la planta viva mientras que por tabaco designasen las hojas secas de esta yerba destinadas a quemarse, así como el instrumento con que aspiraban su humo, y por último, cojoba era la bebida ,hecha con zumo de las hojas verdes de tabaco, que ofrecían a los semíes para tenerlos propicios, y que con tanta frecuencia figuraba en sus prácticas religiosas y médicas.

Debían también usar el tabaco como sudorífico, puesto que goza de esta propiedad casi a la misma dosis en que es vomitivo. Usaban además como medicamento la jagua (Genipa americana. L.) pero sin indicar su acción sobre el organismo. Actualmente se le conceden propiedades resolutivas; muy útiles, según Pichardo, contra las heridas, lobanillos, y otras afecciones.

Pero el principal medio terapéutico de que disponían era el empleo del agua fría, hasta tal punto que el P. Las Casas dice que: «en enfermando la persona, mujer o hombre, si estaba muy mala, la sacaban de la casa los parientes y deudos, y la ponían cerca de allí en el monte; allí le ponían algunos jarros de agua, y otras cosas de comer, sin que con ella estuviese persona alguna. Creo que la requerían de cuando en cuando y la lavaban, porque por principal medicina usaban lavar los enfermos, aunque quisiesen espirar, con agua fría, lo cual, o hacían la continua costumbre que tenían cada hora, estando sanos, por limpieza lavarse, o por superstición, creyendo que el agua tenía virtud de limpiar los pecados y dar
sanidad corporal.» En fin, la cirugía era practicada por los siboneyes en ciertos casos. Carecían de instrumentos especiales para hacer las operaciones; así para practicar la que entre ellos era más común, la sangría, se valían de las púas del maguey. No se indica en qué parte del cuerpo hacían la sangría, pero si se afirma que era de un uso frecuente.

Ningún detalle nos ha llegado tampoco sobre el modo que tenían de sacar los ojos, y de hacer la castración; pero suponemos que la primera de estas operaciones sería un vaciamiento de algún modo grosero y la segunda se haría por corte y magullamiento con un cuchillo de piedra más o menos afilado. Como estas dos operaciones se realizaban en el concepto de penas, probablemente ningún tratamiento post-operatorio se aplicaría a los pacientes. Y, para terminar con lo que se refiere a la cirugía, recordaré que en la mitología de Haití se dice que la mujer Tauhuana murió de un parto, y que le abrieron el vientre y le extrajeron cuatro gemelos. Esta fábula nos induce a creer que alguna vez se practicaría la operación cesárea.

Pero generalmente las mujeres indias parían con tan sorprendente facilidad que el P. Las Casas afirmaba que: «era cosa maravillosa con cuan poca dificultad y dolor parían, casi no hacían sentimiento alguno más de torcer un poco el rostro, y luego, que estuviesen trabajando y ocupadas en cualquier oficio, lanzaban el hijo o hija y luego lo tomaban y se iban y lavaban a la criatura, y a sí mismas, en el río; después de lavadas daban leche a la criatura, y se tornaban al oficio y obra que hacían.»

Mayores noticias nos han trasmitido los historiadores sobre la higiene de los indios. Nos dicen que los siboneyes eran sanguíneos, alegres y amorosos, benévolos, dulces y benignos; y añade el P. Las Casas, que de buena memoria y rica fantasía, cualidades que atribuye a la influencia de un clima siempre templado, y a las costumbres morigeradas de aquel pueblo primitivo. Así no es extraño que alcanzara una edad avanzada, habiendo él visto muchos ancianos de más de ochenta años.

Nos aseguran que se recortaban el pelo, que se bañaban con frecuencia, y que se pintaban en la piel flores, las mujeres; y dibujos variados los hombres; de color rojo con las semillas de bija (Bixa orellana; L.), de negro con la jagua, y así con otras sustancias colorantes. Algunos autores suponen que no se pintaban por vana ostentación, sino para preservar su piel de las picadas de los mosquitos y otros insectos chupadores.

Las mujeres se casaban muy jóvenes; eran de costumbres moderadas en sus relaciones con el hombre, pero muy fecundas. Las Casas afirma que era general que tuviesen muchos hijos, solo llevándose ellos un año de diferencia que vio a menudo partos gemelos, y refiere el caso de una mujer que tuvo cinco hijos de un solo parto. Apenas parían; lavaban a las criaturas con agua fría para que no se les endureciese el cuero, costumbre que es de una rigurosa buena higiene, así como las mujeres recién paridas se bañan también en agua fría sin que les hiciese ningún daño. También se dice que durante la lactancia las mujeres no tenían contacto carnal, pero no es fácil creer que así fuese, tanto por el instinto que lo ordena como por la abundancia de hijos que tenían.

Su alimentación era principalmente vegetal, de los que utilizaban el maíz, la yuca de que hacían casabe, que aún en nuestros días se consume en el campo, y, en fin, diversas frutas. Entre las carnes consumían la de algunos reptiles, como la iguana (Cyclura carinata, Harlan), y de algunas culebras y tortugas; y entre los mamíferos las de las jutías ( Capromys), pero de todas las comidas animales prefieren los pescados, consistiendo la principal ocupación de los hombres en procurarse esta clase de alimentos. Respecto a bebidas no conocían otra más que el agua.

Entre los ejercicios higiénicos a que se dedicaban, conservadores de la robustez del cuerpo, recordaré la caza y la pesca, así como la natación en cuyo arte eran muy diestros; los areítos, que eran sus bailes, a cuyos ejercicios fueron en extremo aficionados, teniendo por él tal pasión que a menudo pasaban muchas horas seguidas bailando hasta quedar extenuados de fatiga; y en fin, el juego de la pelota al que se entregaban cuando se reunían en la plaza pública.

Variados detalles nos han dejado los escritores de aquella época sobre el destino que daban los siboneyes a sus cadáveres. Ordinariamente los enterraban de un modo análogo al que usan los pueblos europeos. Cuenta Las Casas que los enterraban en los montes; y Gómara añade que los sentaban en la sepultura, y les ponían alrededor pan, agua, sal, frutas y armas. Practicaban la incineración de cadáver de algún personaje cuando querían averiguar la culpabilidad que en su muerte suponían al boitío, del modo que se indica en los párrafos copiados de la relación del hermano Román Pane. Por su parte, dice Charlevoix, que los indios disecaban hasta dejar como momias los cadáveres de las personas principales, y que solían conservar los huesos; pero no describe el modo que tenían de momificarlos.

Por esta descripción quedamos persuadidos del gran respeto que tenían por sus muertos. Enterraban a las gentes del pueblo, pero a los cadáveres de sus caciques les reservaban mejor destino: los disecaban y conservaban momificados, como objeto de veneración y para recuerdo de sus hazañas. Nada he leído, sin embargo, de haberse descubierto o conservado hasta el presente alguna de esas momias, y es sensible que de ellas no se hubiese hecho una detallada relación y comparación con las de Egipto. Por eso me limito a reproducir la expresión de Charlevoix sin concederle gran valor, puesto que no hay datos suficientes para asegurar que los siboneyes conocieran las prácticas del embalsamamiento.

Aquí terminamos el estudio histórico de la medicina de los primeros pobladores de esta Isla4 .

La raza siboney disminuyó rápidamente desde el principio de la conquista angustiada por los trabajos penosos a que la sujetaban los españoles. Ya hoy puede decirse que ha desaparecido a menos con su carácter de originalidad, no quedando más que algunos restos que aquella raza en el departamento oriental; y con ella ha desaparecido el escaso grado de civilización que alcanzaron, absorbida por otra muy superior que trajeron los europeos.

* Discurso de recepción en la Sociedad Antropológica leído en la sesión del día 4 de marzo de 1888.

1 Se atribuye al P. Las Casa haber dado este nombre a nuestros indios, pero en la edición de su obra que he consultado ni una sola vez he visto escrito la palabra Siboney.

2 La planta tabaco, Nicotiana tabacum.

3 Cree Bachiller que esta palabra sea errata de cojoba escrita a la italiana cojioba.

4 Se han consultado principalmente, para la redacción de este trabajo, las publicaciones siguientes:

Fray Bartolomé de Las Casas. "Historia de las Indias", edición publicada en Madrid en 1876, por el Marqués de la Fuensanta del Valle y D. José Sancho Rayon.

Colección Rivadeneira. «Historiadores de Indias»

Pichardo. «Diccionario de voces cubanas»

Bachiller y Morales. «Cuba primitiva.»

Jullien. «Enfermedades venéreas»