CUADERNOS DE HISTORIA DE LA SALUD PÚBLICA 111

 

El Dr. Manuel González Echeverría (1833-1898) en la historia de la epilepsia


por el DR. MANUEL LÓPEZ MARTÍNEZ

 

 


 

 

La epilepsia en la historia

La epilepsia tiene un carácter singularísimo; ninguna enfermedad es comparable en sus dramáticas manifestaciones clínicas. Lograr una visión general, acertada y abreviada de la epilepsia en la evolución del pensamiento médico es en extremo difícil, porque son múltiples las particularidades que lo codifican como tema. Shakespeare, en Julio César, le llamó: "Falling sickness".

Es solo a través del análisis histórico de los conceptos que se nos facilita cómo comprender los orígenes de los mitos, prejuicios, supersticiones, leyendas y ficciones que aún persisten en relación con la enfermedad.

En Cuba, en el siglo XIX, un habanero, el doctor Manuel González Echeverría (1833-1898), entró a formar parte de la constelación de figuras emblemáticas de la medicina, y para todos los tiempos, a la que aportó no pocos avances sobre este mal, al que dedicó su vida y obra.

¿Cómo había sido valorada la epilepsia a la luz de los conocimientos médicos en el transcurrir del tiempo, en las distintas culturas y civilizaciones, hasta el siglo XIX en el que nace, vive y desarrolla su ejemplar dedicación a esta enfermedad, el doctor González Echeverría? Siglo que, por demás, tiene el privilegio de haber logrado caracterizar la epilepsia como una enfermedad, a lo que contribuyó con sus estudios e investigaciones el doctor González Echeverría. Es a partir de este siglo cuando verdaderamente se inicia el estudio de esta dolencia, que hoy continúa desafiando al médico en sus virtudes diagnósticas y de tratamiento.

El calificativo de epilepsia es un término latinizado en el siglo XVI y procede del griego epilambanein que se interpreta como sorprender, caer sobre, apoderarse. El término como tal fue empleado por primera vez por el médico árabe Avicena, en los comienzos del siglo XI, quien lo señaló en su poema de la medicina. Así, los antecedentes históricos de esta enfermedad se remontan a la cultura faraónica (3000 a. J.C.) quienes identificaban la epilepsia en sus jeroglíficos con figuras que simbolizaban la entrada de una persona muerta o un demonio dentro de la víctima.

En la antigua Babilonia (1000 a. J.C.) en un libro, el "Sakikku", escrito en tablas, se hallan descritos la mayoría de los tipos de ataques que hoy conocemos. La epilepsia en todo este período, y hasta muchos siglos después, será interpretada como expresión de fuerzas sobrenaturales, una enfermedad misteriosa, sagrada, extraterrena, siempre con un carácter punitivo.

En el Código de Hammurabi aparecen leyes concernientes al matrimonio entre los epilépticos (2080 a. J.C.).

En el Papiro de Edwin Smith (1700 a. J.C.) que se considera copia de un manuscrito que data de 3500 a. J.C., se cita que los ataques son producidos por la estimulación de las heridas del cerebro.

En el Oriente, en China, situaban la epilepsia junto con la demencia y la locura, como aparece en el "Canon de la Medicina" del Emperador Amarillo (1000 a. J.C.).

Vemos en el Talmud, libro hebreo, que esta enfermedad es atribuida al "coito en condiciones bizarras", al matrimonio entre enfermos y consideran a estos epilépticos como "lunáticos". Término que empleó Isidoro de Sevilla en el siglo VII. El pueblo hebreo sirvió de nexo entre 2 culturas de potente tradición médica, la sumero-asiria-babilónica y la egipcia, cuyas influencias y aportaciones son determinantes para la época en el posterior desarrollo del pensamiento médico, en el que no queda excluida la epilepsia. Las experiencias acerca de la enfermedad se han extraído de fuentes místico-religiosas existentes en los tiempos bíblicos, al no existir literatura médica específica en este pueblo.

En la cuna de la civilización llamada Occidental, la epilepsia era igualmente considerada como sobrenatural y fue bautizada como "morbo sacro". No obstante, en este mundo clásico se aprecian 2 enfoques: en uno se presenta al enfermo como un ser poseído, endemoniado o profético, en dependencia del enfoque que se tuviera del origen del mal. En el otro, consideraban la enfermedad como una afección "idiopática del cerebro" cuyo origen estaba en una perturbación primaria de ese órgano vital. Esta conducta fue seguida por Hipócrates (460-377 a. J.C.), Herodoto (484-420 a. J.C.) y Galeno (129-199 d. J.C.).

Un dato curioso está dado por el hecho de que Hipócrates decidió desalojar a los enfermos de los templos erigidos en honor de Esculapio y los recluyó en dispensarios médicos por considerar que la epilepsia no era "ni más divina ni más sagrada que otras", pero vemos que la influencia de las condiciones del momento en cuanto a las creencias y los prejuicios existentes en la época, llegó a propiciar la prescripción de la castración de los enfermos como recurso higiénico-sanitario, basados en el hecho de la "similitud" del ataque con el paroxismo orgásmico; añadían también catárticos o vomitivos para facilitar la expulsión de los demonios y la trepanación, con iguales propósitos. Hipócrates también había acotado la relación entre ataque e hipertermia y señaló "que era preferible que una convulsión fuera seguida de fiebre y no fiebre seguida de convulsión".

En Roma, cuando se celebraban los comicios (electorales) y se presentaba alguien con un ataque, éstos eran suspendidos, de ahí lo del término "comicial" empleado para señalar las crisis o ataques (enfermedad): morbo comitiali.

Un filósofo y médico griego, Alcmeon de Cretona, contemporáneo de Hipócrates, fue el primero en dar una explicación patogénica de la enfermedad, basado en las teorías de los "humores" que por esa época pretendían explicar el origen de las enfermedades.

Aristóteles se suma, de forma un tanto cautelosa, a la doctrina del cerebro y aporta la relación existente entre "sueño y crisis nocturnas".

En los albores de nuestra era, Galeno también se ocupa de la epilepsia (siglos II y I a. J .C.). Sorano de Efeso hace referencia a un tipo de crisis que hoy conocemos como "ausencias" (desmayos sin convulsiones). En Roma, Lucrecio, Galeno, Apuleyo, Celso y otros, aceptaban la teoría hipocrática del origen "natural" de la epilepsia.

La era cristiana retoma el origen "demoníaco" de la enfermedad; en un pasaje del Evangelio, según San Lucas, en IX, -37-43 se relata cómo Jesucristo, por medio de la fe, expulsa al demonio del cuerpo de un joven epiléptico, hecho reflejado siglos más tarde en el cuadro de "La transfiguración", de Rafael. San Marcos, en X,-14-29 y San Mateo, en XVII,-14-20 en sus evangelios relatan este pasaje con bastante aproximación.

Durante la Edad Media reinó el oscurantismo y un lento desarrollo de todo el saber en las ciencias, letras, artes y se mantenía el poder del "conjuro diabólico" que tantas vidas costó de precursores del conocimiento humano; la epilepsia no escapó a este conjuro. La verdad, aun en ciencias, siempre ha costado vidas.

Llega el Renacimiento y el hombre es considerado como punto focal de toda actividad humana y se retoma el pensamiento científico-filosófico de la concepción humanista. Aquí se destaca Paracelso (1493-1541) en la evolución histórica de la "enfermedad comicial", con sus concepciones acerca de la relación médico-paciente en el tratamiento de los epilépticos. A pesar del enfoque humanista, el paciente con epilepsia continuó siendo, de una forma u otra, estigmatizado y, por consiguiente, proscrito y mal visto por la sociedad en que vive, aun después del Renacimiento, donde el concepto de epilepsia tomó un camino más "científico"; esto no varía en los siglos XV, XVI y XVII, en lo esencial.

En el siglo XVIII (de las Luces), la hipótesis demoníaca inicia su declive, al menos en el ámbito intelectual y científico de la época, pasa a manos de los filósofos de la ilustración con un enfoque más coherente con la dignidad de la persona enferma, en las ciencias estamos en los albores de que el laboratorio va a ser un templo.

En la América precolombina se observa cierto paralelismo con las "ideas" europeas en lo de conferir a la epilepsia orígenes sobrenaturales y punitivos (mayas, incas, aztecas, araucanos, etc.), ley motiv en toda la trayectoria sociohistórica.

Jalonado por las circunstancias histórico-concretas, el siglo XIX emerge con un talante nuevo, no se oyen tan claras las voces de Hipócrates o Galeno, se abre paso el enfrentamiento a la naturaleza de forma racional y científica. Este siglo va a marcar importantes hitos en el desarrollo científico para el conocimiento de la epilepsia, a pesar de sus errores, se crearon las bases para una interpretación adecuada de los fenómenos que la producen, todas las grandes figuras de la medicina de ese siglo se pronunciaron e investigaron acerca de la enfermedad, rindamos tributo a su memoria, entre otros no menos significativos a: Pinel (1745-1826), Esquirol (1772-1840), Armand Trousseau (1801-1867), Jean Martín Charcot (1825-1893), Manuel González Echeverría (1833-1898), César Lombroso (1836-1909), Esquerdo J.M. (1842-1912), Camilo Golgi (1843-1926), William R. Gowers (1845-1915), Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), John H. Jackson (1865-1911).

Detengámonos, para citar solamente algunos acontecimientos que se produjeron en este siglo y, sin lugar a duda, cultivaron el erial que sobre esta enfermedad existía en los predios del talento médico:

Separación de la psiquiatría y la neurología, lo orgánico quedó para los neurólogos y lo funcional, en la parcela de la psiquiatría; dicotomía que se debe a los trabajos de Romberg, Charcot y Freud.

Maissoneuve propone dividir la epilepsia en sintomática e idiopática.

Calmeil describe la ausencia sobre el aporte de Tissot, en 1769.

Richard y Romberg dan luz al término "aura".

Schrveder da lugar a la teoría refleja de la epilepsia.

Pinel libera de sus cadenas a los enfermos mentales en Bicetre, Francia.

Esquirol, más tarde, separa la epilepsia de la insanía, describe el "gran mal" y propone una nueva clasificación.

Bravais aporta sobre las crisis focales motoras.

Todd introduce la teoría humoral de la epilepsia y el concepto de parálisis pos-ictal.

Locock y Wilks introducen el tratamiento con bromuro de potasio para las convulsiones.

Charcot diferencia la epilepsia de la histeria.


La primera publicación médica cubana ve la luz en 1840 y en lo que sigue de siglo, se publican trabajos sobre enfermos con convulsiones, histero-epilepsia, coreas, criterios sobre la transmisión hereditaria de la enfermedad así como otros temas relacionados con el sistema nervioso central.

El doctor Manuel González Echeverría, es la figura médica más sobresaliente en ese siglo, la que junto a Carlos J. Finlay, Joaquín Albarrán, Juan Guiteras, Aniceto García Menocal, enaltecieron nuestra patria en el mundo científico de su época, figuras ilustres de la generación fundacional de nuestra estirpe científica, dentro y fuera de Cuba.


Elementos biográficos

El primer tercio del siglo XIX, que hereda el legado de las luces y la ilustración de su predecesora centuria, también sus errores y mediocridades, da paso a una etapa impregnada del espíritu positivista y liberal que lo caracteriza; la apasionante historia de la epilepsia y su evolución en el pensamiento médico hasta las postrimerías del siglo es el enfrentamiento de las hipótesis sobrenaturales versus naturales.


Nace en La Habana, en la entonces Calzada del Norte, en el número 67, el 23 de abril de 1833, José Manuel Alejandro, hijo de Don Tomás González, de profesión militar, venezolano y de Ana Josefa Echeverría ama de casa, nacida en Cuba de prosapia vasca.

El niño Manuel González Echeverría quedaría huérfano con poca edad, es en estas condiciones que su tío materno José Antonio Echeverría, lo acoge bajo su amparo y protección y vela celosamente porque el sobrino reciba calificada instrucción y esmerada educación.

Las primeras letras las cursa en el prestigioso colegio "El Salvador" ubicado en la Habana Vieja, en donde tantos otros escolares como él, moldearon su carácter a la sombra de las enseñanzas del "evangelio vivo" que fue Don José de la Luz y Caballero y llegaron a ser cubanos ilustres en diversas ramas de las letras y las ciencias.

Fue prematura la motivación que el joven José Manuel mostró por la medicina, inclinación vocacional que no pasó inadvertida por su tío y tutor quien decide enviarlo a París, Francia, para que realice sus estudios superiores en la universidad, dejándolo a cargo de la familia Aldama que sería su mecenas en esa ciudad luz y "meca" de la medicina de entonces, corría el año 1850, contaba el joven afortunado 17 años de edad.

Acertada fue la decisión de su tío José Antonio, ya que el aplicado estudiante realizó una brillante carrera en la Facultad de Medicina de París, demostrando desde su inicio, cualidades y habilidades poco comunes para el ejercicio de la noble profesión que había seleccionado y a la que dedicó toda su vida.

El claustro de profesores estaba integrado por eminentes representantes de la medicina francesa de la época, Trousseau sin duda fue el que más impacto causó en su formación médica, con sus magistrales lecciones sobre enfermedades del sistema nervioso central, considerado éste, coloso de la medicina y del buen decir, como su gran maestro.

El segundo que contribuyó de forma significativa a conformar su carisma profesional es Charles Robin, quien también fue su maestro y amigo, este lo inicia en el estudio de la anatomía patológica y el manejo del microscopio; el profesor Charles Robin, publica su monumental obra "Trabajos Fundamentales de Histología", pues bien, el laminario de la obra está diseñado y delineado por el discípulo Manuel González Echeverría, que ya había puesto de relieve sus cualidades de dibujante.

La avidez por los conocimientos lo llevan, quizás también compulsado por una incipiente "manía migratoria" que lo acompañará toda su vida, a visitar Londres durante las vacaciones estivales, en uno de esos viajes conocerá al eminente psiquiatra Hank Tuke, quien se convertirá en su tercer gran mentor, quien influirá de forma relevante en su formación académica, y lo pondrá en contacto con la escuela británica. De tal suerte, que su formación y educación médica transitará con la influencia de las 2 escuelas, la francesa y la británica, las cuales -aunque opuestas en algunos aspectos y concepciones- le fueron de gran provecho para consolidar su ya matizada y singular personalidad profesional.

Manuel González Echeverría se gradúa y recibe su título de Doctor en la Facultad de Medicina en París, ubicada en Rue Monsieur, Le-Prince 31 en esa capital. Su tesis por el doctorado que titula: "La naturaleza patológica de la afección: tubérculos de las vértebras", escrita y defendida en perfecto idioma francés, ante un tribunal presidido por el profesor Nélaton, el 12 de enero de 1860, culmina sus anhelos y hace realidad sus sueños de juventud. La originalidad y los aportes encontrados, ganan el mérito de que sea publicada, lo que se realiza en ese mismo año.

El afamado doctor se traslada a Londres donde iniciará el ejercicio de su iluminada trayectoria -interrumpida por la adversidad en el pináculo de la gloria- en una plaza de médico que obtiene en el hospital para enfermos mentales, Badlan; ubicación que le había sido gestionada por su colega, maestro y amigo el doctor Hank Tuke, la que no ocupa de inmediato ya que realiza una visita a su ciudad natal, La Habana, con el único objetivo de contraer matrimonio, este su primer viaje después de graduado, solo tenía ese propósito. Regresa a Londres donde permanece por 3 años y a finales de 1862 viaja a Nueva York.


Palabra empeñada

Culminados sus estudios de Medicina en el verano de 1860, se traslada a la ciudad de La Habana para contraer matrimonio formal y por toda su vida con una señorita a quien conocía desde su infancia y a quien aún en la pubertad le había empeñado palabra y honor.

El 8 de septiembre de 1860 en la Parroquia de Monserrate, ubicada en la calle Galiano esquina a Concordia, contrae matrimonio con la Srta. Leocadia Hernández-Braza Sánchez; fueron desposados por el Reverendo José Anacleto Rivero, asentados en el libro 3 de matrimonios de blancos, al folio 145, número 383 de dicha Parroquia en el barrio de Guadalupe, en La Habana.

Fueron frutos de este ejemplar y cristiano matrimonio los 2 hijos varones, Manuel y Carlos y 2 hembras, Ana Teresa y Virginia.


En Nueva York

Es en esta ciudad donde se establece por más tiempo, desde 1862 hasta 1878, en ella recibe los más relevantes méritos y distinciones científicas y sociales en reconocimiento a su labor profesional.

Dirección del Asilo de locos y epilépticos de Nueva York.

Cátedra de enfermedades mentales y nerviosas del Colegio Médico de la Universidad de Columbia.

Médico de visita del Charity Hospital.

Ingresa en la Sociedad Médico-Psicológica de Gran Bretaña.

El 11 de diciembre de 1864 se le confiere el honor de ingresar como miembro corresponsal en la Real Academia de Ciencias Médicas Físicas y Naturales de La Habana.

A partir de 1869 inicia su contribución a la recaudación de fondos para la causa de la independencia de Cuba anunciando su consulta médica en el periódico "La Revolución", publicación de La Junta Revolucionaria Cubana en Nueva York.

En 1878, el Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica le confiere la representación de la medicina mental de ese país ante el Congreso Internacional de la especialidad a celebrarse en París, Francia.

Durante ese período, el doctor González Echeverría, neurólogo, publicista e investigador, produjo numerosos trabajos, obras, opúsculos, relatos, investigaciones, ensayos y comentarios, frutos de su laboriosa acción médica y experiencia clínica. Su producción científica contribuyó a enriquecer el acervo de la cultura médica de su tiempo y satisfacer su noble ambición por atesorar enseñanza médica, la que puso siempre en función de sus enfermos.


De nuevo en La Habana

En diciembre de 1873 realiza su segunda visita a su ciudad natal, en esta ocasión por gestiones del embajador de España en los Estados Unidos de Norteamérica. Sr. Polo de Bernabé, que solicita los servicios profesionales del Dr. González Echeverría para la atención del hijo del Capitán General de la Isla, Joaquín Jovellar Soler (1819-1892) que padecía de trastornos mentales y convulsiones.

Durante su estancia en la capital despliega una intensa actividad científica en la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales, participa en sus sesiones públicas ordinarias siguientes:

• El 14 de diciembre de 1873 interviene en el debate sobre "Tabaco en el tratamiento del tétanos".

• El 2 de enero de 1874 participa en la discusión sobre "Acción de los productos cianogenados".

• El 25 de enero y el 8 de febrero de 1874 da lectura a sus memorias "Locura epiléptica".

• El 22 de febrero de 1874 aporta sus criterios en el intercambio de experiencias acerca de un caso de "Diátesis hemorrágica congénita (hemofilia)", y otro de "Cuerno cutáneo implantado en el labio inferior", en la misma sesión da a conocer un reporte de su experiencia, un "Lipoma del vientre" tomado por quiste del ovario.

• El 19 de mayo de 1874 asiste al XIII aniversario de la fundación de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana.


Su colaboración como miembro corresponsal de la Academia no es menos activa. En carta fechada en Nueva York el 12 de octubre de 1865, dirigida al Sr. Secretario de la Academia, nos deja ver su condición de científico-investigador al refutar y responder al doctor Joaquín Zayas en relación con la comunicación que hace sobre "absorción de placenta en un caso de aborto", el doctor González Echeverría le apunta entre otras valoraciones no menos académicas: "En cuestiones de medicina la evidencia es la única fe [...]"; "pasó ya la era en que el prestigio de un hombre eminente bastaba para escuchar opiniones [...]"; "El progreso, al emancipar el pensamiento, impone nobles exigencias en obsequio de verdad y de la ciencia, por eso, venerando siempre a los genios iniciadores o maestros, a medida que perfeccionamos nuestros conocimientos nos purgamos de errores en buena porción legado por ellos; la ciencia no conoce más autoridad que la verdad".

El 14 de noviembre de 1884 en carta dirigida al Sr. Secretario de la Academia, le adjunta la traducción al español que ha hecho de la obra de Barnés, sobre enfermedades infecciosas, así como los informes de la comisión científica alemana, para el estudio del cólera.


Es llamado a Roma

De las figuras más relevantes de la Iglesia Católica lo es, sin duda, el Cardenal Mastai Ferreti (1792-1878) que dirigió los destinos de la Iglesia como Pío IX en el período 1846-1878, durante su pontificado proclamó los Dogmas de la lnmaculada Concepción, en 1854, y el de la Infalibilidad Pontificia, en 1870, publicó el célebre Syllabus y creó la Orden Pío IX para recompensar los servicios a la Santa Sede. Se le recuerda con una vida consagrada, desde el Seminario hasta su muerte, con ejemplar santidad.

El prelado padecía de una forma de epilepsia, por lo que el Dr. Manuel González Echeverría, y mediante gestiones del General Lizárraga, fue llamado a Roma para atenderlo, era el verano de 1878; el Papa falleció pocas horas antes de la llegada del ilustre médico habanero, con tan merecido honor.

Pío IX fue Beatificado el 3 de septiembre de 2000 por S.S. Juan Pablo II.

El cardenal Joaquín Pecci sustituye a Pío IX (1810-1903), a la sazón Camarlengo de la Curia dirige la Iglesia como León XIII desde 1878 hasta 1903 y se destaca por su encíclica "Rerum Novarum", amigo del doctor González Echeverría, lo eligió como su médico durante algunos años, aquejado de trastornos respiratorios que lo llevaron a una enfermedad pulmonar obstructiva crónica.


Congreso en París

Del 5 al 10 de agosto de 1878 se celebró en París el Congreso Médico Internacional de Medicina Mental. Las sesiones de trabajo se desarrollaron en los pabellones del Palacio de las Tullerías, el Congreso tenía como marco la Exposición Universal de ese año en París, en la que se le otorgó medalla de oro a Francisco de Albear y Fernández de Lara, como justo y merecido reconocimiento por su monumental obra, el acueducto habanero.

El doctor González Echeverría era en ese momento la mayor autoridad en Norteamérica en las afecciones mentales y nerviosas y de las más relevantes en epilepsia de su época. Fue elegido Vicepresidente del evento junto a Charcot, Lassegue, Voisin y Moreau, la presidencia la ocupó el eminente J. Francois Baillarger.

El trabajo que presentó en el Congreso se tituló: "Consideraciones clínicas sobre la locura epiléptica", su intervención causó un gran impacto en los asistentes; el profesor Giacchi, director del Asilo de Locos de Ferno y representante de Italia en el Congreso, en la reseña del evento para informar a sus colegas, destaca lo siguiente: "[…] y Echeverría de América con sus consideraciones clínicas sobre la locura epiléptica, hacía conocer con cuánto provecho se cultiva la ciencia al otro lado del océano y cómo -la tierra que el genovés adivinó- bien tiene derecho a pretender la primacía en todas las ramas del conocimiento humano".

En las sesiones de este Congreso, Echeverría contendió con todas las grandes personalidades de la medicina mental de su tiempo. La clausura del Congreso Médico Internacional de Medicina Mental fue presidida por nuestro ilustre habanero el Dr. Manuel González Echeverría.

En 1880 se publican las actas estenográficas del congreso, en la página 238 y siguientes se recoge el trabajo presentado por Echeverría.


Aporte a la historiografía médica

Es conocido que los cráneos trepanados constituyen una evidencia directa de estas prácticas médicas desde lo más remoto de la humanidad. La mayoría de los corajudos pacientes eran intervenidos más de una vez y, por lo general, sobrevivían. En el siglo XV de nuestra era cristiana los fastos médicos recogen el curioso acontecimiento que vamos a narrar y que fue esclarecido, en su debido momento, por la dedicación y disciplina del Dr. Manuel González Echeverría que también se destacó como hábil médico-historiador. Veamos:

La primera trepanación realizada a un paciente por padecer epilepsia postraumática, documentalmente verificada, se reporta en el siglo XV, pero lo más sorprendente es que se realizó 27 veces en la persona del Conde Don Felipe de Nassau. En esa última intervención, el noble enfermo fue curado ya que el cirujano encontró y eliminó la "colección sanguínea enquistada" que era la causa de los ataques que padecía el Conde.

Delassiauve, y la mayor parte de los autores franceses de la época, le atribuyeron la casi "fabulosa" intervención quirúrgica al renombrado "operador" holandés Stalppart Van Del' Wiel.


Como hemos señalado, es el doctor González Echeverría que "desenterrando" en el Brittish Museum, un apolillado documento dio luz a esta curiosidad e insólito acontecimiento. En dicho legajo amarillento y raído se pudo comprobar que el propio Conde Don Felipe de Nassau testimoniaba que la intervención quirúrgica había sido realizada por el cirujano francés Henri Chabdon, donde también certifica algo no menos sorprendente y nos dice que "después de operado podía beber más vino que antes de la operación, sin embriagarse, este personaje con calzones bien puestos vivió muchos años después de la intervención, quedando así en la historiografía médica".


Texto del legajo



"Ego infras cripto. Attesto me ab chirurgo
Henrico Chabdonis... vigesies septies mihi
Caput perforasser recte sanatiun fuisse..."

 


 


La obra de Echeverría

La segunda mitad del siglo XIX determinó un hito en el desarrollo alcanzado por la Neurología, la Psiquiatría y la Psicología, especialidades muy interrelacionadas desde el siglo XVII lo que, sin duda, favoreció el estudio de las enfermedades mentales, en especial la epilepsia, siempre envuelta en el "misterio" y logró avances médicos y científicos importantes en su estudio.

La idea de que la epilepsia era una enfermedad y no una maldición debió haber sido sospechada antes de Hipócrates, pero fue él quien por primera vez consideró que tenía un origen cerebral. La epilepsia es un cuadro universal cuyo origen se confunde con el de la humanidad. En largos períodos del pensamiento médico en la historia, la neurosis comprendía la epilepsia y la locura, por lo que generó socialmente rechazo a los que la padecían.

Tratar de conceptualizar la epilepsia o las enfermedades con la evolución histórica es un proyecto bastante ambicioso como para resolverlo superficialmente, sigue constituyendo un reto para la comunidad científica. Inmerso en estos avatares del prometedor siglo XIX está Echeverría, con su abnegada y laboriosa dedicación al estudio de la epilepsia. Lo dominó un principio de inestabilidad que le impidió sentar raíces en ninguno de los centros científicos y asistenciales en los que se estableció; por lo que su prolífera producción se halla dispersa y, en buena medida, extraviada.


Cronología de la obra de este insigne neuropsiquiatra

1. La naturaleza patológica de la afección: Tubérculos de las vértebras. París, 1860 (Tesis Doctoral).

2. Sobre la Perineorrafia. París, 1860.

3. Causas inmediatas del "Delirium Tremens", New York, 1862.

4. Simpatía entre las afecciones de los ovarios y la faringe. New York, 1865.

5. Apoplejía de la médula espinal. New York, 1865.

6. Parálisis refleja, su anatomía patológica y su relación con el simpático. New York, 1865.

7. De la estricnina administrada hipodérmicamente en las afecciones paralíticas. New Harven, 1868.

8. Sobre la epilepsia; anatomía patológica y notas clínicas. New York, 1870.

9. El caso de Jack Reynolds, médico legalmente considerado. New York, 1870.

10. Sobre los efectos de la cicuta en la epilepsia. New York, 1870.

11. De los efectos de los bromuros en la epilepsia con especial referencia al bromuro de potasio. Filadelfia, 1872.

12. Responsabilidad criminal de los epilépticos en la forma que lo ilustró el caso "David Montgomery". New York, 1873.

13. Sobre la locura epiléptica. New York, 1873.

14. La violencia y el estado inconsciente en los epilépticos en relación con la jurisprudencia médica. New York, 1873.

15. Consideraciones clínicas sobre locura epiléptica. New York, 1878.

16. De la trepanación en la epilepsia post-traumática del cráneo. París, 1878.

17. Sobre la epilepsia nocturna. París, 1879.

18. Relaciones entre la epilepsia nocturna y el sonambulismo. Londres, 1879.

19. Matrimonios de los epilépticos y transmisión hereditaria de su enfermedad. Londres, 1880.

20. La epilepsia avariósica. Londres, 1880.

21. Sobre la epilepsia alcohólica. Londres, 1881.


Regreso a Norteamérica

Concluido el Congreso de Medicina Mental en París y después de su viaje a Roma para dar atención al Sumo Pontífice, decide permanecer en esta ciudad, aproximadamente 3 años. Su prestigio lo lleva a ser el médico de una respetable y galante clientela en Roma y Florencia; en su producción en ese país se destaca entre otros no menos relevantes su opúsculo: "Epilepsia Avariósica" que recibió la sanción enaltecedora de Inmortal, dada por el insigne maestro Romberg. Tras una breve estancia en Londres y víctima de la ansiedad de infatigable viajero, hace una excursión a Centroamérica, en la que tiene el privilegio de conocer y establecer amistad con el General Antonio Maceo, con quien sostendrá afectuosa relación epistolar durante el viaje de visita al canal de Panamá, entonces en construcción, finalmente, regresa a Estados Unidos de Norteamérica. Fija su residencia en San Luis donde se le ofrece la dirección de un moderno hospital para alienados mentales que se proyecta construir en la ciudad. Lo avalaba el crédito internacional alcanzado en la especialidad a la que había dedicado su vida.

Con nuevos bríos, ansias de vivir y ambiciosos proyectos en su mente, le sorprende "un relámpago en el despejado cielo de su iluminada inteligencia", sufre un accidente vascular encefálico de tipo hemorrágico, que lo deja hemipléjico del lado derecho; esta adversidad interrumpe su carrera triunfal y aún prometedora, así como su ingreso en el nuevo siglo que se avecinaba.

Su voluntad inquebrantable, la energía mental que siempre le acompañó y su dinamismo a toda prueba fueron las armas para enfrentar la desgracia que se le venía encima y no bajar la cabeza, se irguió y aprendió a valerse con la mano izquierda y continuó trabajando y aportando sabiduría y experiencia en la especialidad que le apasionó desde estudiante, la epileptología, motivación que le estimuló con su buen decir ese coloso de la clínica médica francesa, el maestro Trousseau, en sus magistrales lecciones sobre epilepsia -todo un monumento didáctico de su tiempo- y de quien fuera su discípulo amado.

El Dr. José Manuel Alejandro González Echeverría estaba marcado por las secuelas de la enfermedad que lo aquejaba, no se sentía bien; cubano, habanero, regresó a su tierra natal, Cuba; a la ciudad que supo de sus sueños de niño y anhelos de adolescente. No vencido, continuó trabajando, y una modesta ayuda oficial le permitió un medio decoroso para sufragar sus necesidades y las de su familia.

Luego de una segunda hemorragia cerebral, según certificó su médico el doctor Emilio Martínez Martínez, y de recibir el sacramento de la extrema unción, se cierra el paréntesis de su iluminada trayectoria, la Parca Impía lo invitaba a seguirla a la eternidad; el 26 de marzo de 1898, a las 11.00 p.m., fallecía en su casa natal ubicada en calle Ancha del Norte número 67, junto a sus hijos, esposa, familiares y amigos allegados. El día siguiente, 27 de marzo, recibe cristiana sepultura en el tramo tercero del capitalino cementerio de "Colón". Al morir nuestro ilustre habanero contaba 64 años de laboriosa actividad, un mes después celebraría su 65 cumpleaños. Su vida y obra quedarían como ejemplo para las nuevas generaciones.

Manuel González Echeverría, una vida consagrada a las enfermedades mentales y nerviosas, insigne neuropsiquiatra del siglo XIX; navegó en ese gran lago que es la vida, cuajado al soplo de invernales brisas que lleva en su blancura sin rumores, las estelas de todas las sonrisas y los surcos de todos los dolores.

En la Enciclopedia Universal Ilustrada Europea Americana editada por Espasa-Calpe, en su apéndice número 5, página 2004, dice: "Manuel González Echeverría fue en su época el más autorizado especialista en epilepsia, y sus investigaciones y estudios se citan aún en las obras extranjeras que se ocupan de esta enfermedad".

El día 7 de diciembre del 2007, por acertada decisión del Consejo de Dirección del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía se develó una placa conmemorativa para perpetuar la presencia del Dr. Manuel González Echeverría en el recuerdo.

 

 


IN MEMORIAM


DR. MANUEL GONZÁLEZ ECHEVERRÍA

1833-1898


HABANERO ILUSTRE, SIGNIFICADO MÉDICO, EXIMIO ESPECIALISTA DE PRESTIGIO INTERNACIONAL.

EMINENTE EPILEPTÓLOGO DE SU ÉPOCA E INSIGNE NEURÓLOGO Y PSIQUIATRA PARA TODOS LOS TIEMPOS.

LEGADO DE AUTORIDAD, VIRTUD, SABER Y PATRIOTISMO.

EN EL 170 ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO.

24 DE ABRIL DE 2003


OFICINA DEL HISTORIADOR DE LA CIUDAD DE LA HABANA