La locura epiléptica bajo el punto de vista médico-legal (*)

 

 


 

 

Dignas del interés más notorio son las cuestiones concernientes á la epilepsia, cuyo estudio viene -desde ha muchos años- ocupando especialmente nuestra atención. Señalar los caracteres genéricos, aunque todavía mal apreciados de la locura epiléptica,-la más equívoca quizás entre las fases múltiples de la neurosis convulsiva, -y considerarlos principalmente bajo sus aspectos clínico y médico-legal, es el objeto de la rápida exposición que pasamos á hacer.

La repetición de sus paroxismos constituye uno de los principales signos patognomónicos de la epilepsia, en la cual concurren además como elementos esenciales: la inconciencia, la convulsión muscular y la enajenación mental. El encadenamiento de estos tres fenómenos fundamentales no siempre aparece patente; generalmente uno de ellos, sobreponiéndose á los demás, reviste el ataque epiléptico con caracteres especiales; si bien ninguno, sin embargo, bastaría por sí solo para demostrar la epilepsia, así como la mera ocurrencia de un acto insensato sería insuficiente para patentizar la locura. Al mismo tiempo la inconciencia se manifiesta con tal evidencia en todos los casos, y á veces en términos tan extremos, que casi domina por completo el ataque, por cuya razón consideramos dicho fenómeno como el principal exponente de la afección epiléptica.

No es nuestro ánimo discutir sobre el estado psíquico que generalmente ocurre hermanado con los ataques ordinarios: sino concretar nuestras observaciones á la vesania originada por la neurosis convulsiva, y que materialmente se distingue de las modalidades paroxísmicas de la epilepsia, aceptando para dicho trastorno intelectual el nombre de locura epiléptica, propuesto, según nos parece, por Morel, y luego usado en mismo sentido por Falret, Delasiauve y otros alienistas.

La locura epiléptica ocupa rango aparte en todas las clasificaciones racionales y prácticas de las vesanias hechas por los autores clásicos del día, por lo que parécenos ocioso entrar en las razones de distinción tan universalmente acatada. Cualesquiera que en realidad sean los fundamentos de dichas clasificaciones, es evidente que para sus respectivos autores la locura epiléptica ha aparecido tan genérica, como por ejemplo la parálisis general, á lo cual se debe sin disputa el puesto aparte que á aquella ha acordado. No obstante tal conformidad admitir la individualidad de la locura epiléptica, choca muy mucho el conflicto de opiniones é incertidumbre en que abundan los diferentes alienistas cuando se ven llamados á decidir sobre la existencia de dicha locura, ó á trazar satisfactoriamente la procedencia de la afección epiléptica. Ordinariamente sucede que para buscar la explicación de fenómenos desconocidos, nos lanzamos sin embarazo en un campo de especulaciones dictadas por las doctrinas que profesamos. La divergencia de opiniones y las dudas á que aludimos no reconocen otra causa, puesto que jamás hubieran podido recibir el más leve apoyo en un estudio práctico de casos de epilepsia bien sancionada y rigurosamente anotados. Tal vez no hay en la historia de la epilepsia un capítulo libre de hipótesis y de rutina, y el que ahora recorremos adolece bastante de ellas, con no poco perjuicio del adelanto en el tratamiento y manejo de los epilépticos, á quienes no sólo la sociedad, sino también casi todas las instituciones médicas cierran sus puertas, contribuyendo poderosamente á mantener el error y preocupaciones que reinan respecto á las consecuencias de esa terrible enfermedad.

Faltaríamos á nuestro deber si calláramos lo útil que nos han sido en nuestras investigaciones las obras de Delasiauve, Morel, Falret, Baillarger, Trousseau, Boileau de Castelnau, Legrand du Saulle y demás alienistas franceses, que tan grande empuje han comunicado al estudio médico-legal de la epilepsia, aunque las consideraciones que sometemos á la Academia son el resultado de una experiencia personal durante más de trece años con más de setecientos epilépticos, cuyas observaciones hemos analizado clínicamente, anotándolas por completo en 532 casos, de los cuales 267 han sido de inequívoca locura epiléptica. Sentados estos preliminares, examinemos los principales puntos de la cuestión que nos ocupa, á saber: los elementos etiológicos, las relaciones con los ataques simples de epilepsia, signos característicos y fases médico-legales de la locura epiléptica.

Es opinión proclamada por autores clásicos que la epilepsia conduce á la enajenación mental. Esquirol jamás vio la primera producida por la segunda; pero Musset, Boileau de Castelnau y otros alienistas declaran en términos menos absolutos que el hecho es de rara ocurrencia. Nuestra observación y la de Esquirol se hallan completamente acordes. La estadística de 532 epilépticos, y las observaciones dé más de tres mil locos que han estado bajo nuestra dirección, prueban de un modo incuestionable, que en todos los casos la locura fue precedida por un período más ó menos prolongado de alguna clase de ataques epilépticos. Desde luego que en repetidas ocasiones hemos notado convulsiones epileptiformes como epifenómeno de la parálisis general, melancolía, demencia, ó manía aguda; pero, digámoslo de nuevo, nunca hemos encontrado la afección epiléptica consecutiva á la locura. Estos resultados reciben una gran confirmación por parte de nuestro muy distinguido amigo y compañero, el doctor John P. Gray, cuya competencia en materia de enajenación mental no reconoce superior. Dicho alienista nos ha comunicado que en más de ocho mil locos, todos bajo su dirección en el Asilo de Utica, estado de Nueva York, sólo ha observado convulsiones epileptiformes en condiciones idénticas á las acabadas de exponer, y que muchas veces los ataques epilépticos aparecieron reemplazados durante un período variable, por paroxismos de manía ó melancolía, cuya verdadera naturaleza pasó desconocida hasta que se averiguaron las circunstancias y antecedentes del paciente. Basando, pues, en tales resultados, podemos establecer como hemos ya anticipado, que: la epilepsia degenera en locura, no existiendo pruebas positivas en apoyo de la proposición contraria.

Los 267 casos de locura epiléptica comprenden 141 varones y 126 hembras. Las causas predisponentes y determinantes de la enfermedad fueron desconocidas en 18 varones y 22 hembras, dejándonos 123 del primer sexo y 124 del segundo, en quienes se apreció debidamente la causa primitiva de la afección. Las vesanias, parálisis ó epilepsia se notaron entre los ascendientes de 37 varones y 46 hembras, mientras que hermanos ó primos de 23 varones y de 16 hembras padecieron de epilepsia ó parálisis, sin que hubiésemos obtenido datos ciertos respecto á la existencia de dichas enfermedades en los padres del paciente. La intemperancia de los padres aparece en 29 varones y 21 hembras, y por último en 2 varones y 1 hembra existían relaciones de consanguinidad entre los padres. La predisposición hereditaria descendía del lado materno en 18 de los 37 varones y en 25 de las 46 hembras; del paterno en 10 varones y 15 hembras, y en los 9 varones y 6 hembras restantes las familias de ambas ramas paternas se encontraban manchadas con una diátesis nerviosa. La tisis ocurre entre ascendientes de los 37 varones en 11 casos, y en 13 de las 46 hembras, mientras que 7 de dichos varones y 9 de las hembras, minados por una predisposición hereditaria, tenían además hermanos tuberculosos. Hemos hecho esta alusión á la tisis por ser comúnmente consecuencia, si no síntoma concomitante de la epilepsia; y sin aventurar miras extremas sobre esta coincidencia, nos vemos impedidos por nuestra propia experiencia conforme con la de Van der Kolk y otros autores, á creer que la locura es capaz de transformarse de una á otra generación, epilepsia ó tisis, ó vice-versa. La etiología de la psicosis criminal corrobora esta aserción en cuanto se refiere á la transmisión de un temperamento vesánico por la tisis.-Maudsley dice:

"Al lado de una falta absoluta ó una perversión de la conciencia moral sin sentimientos de remordimientos, que resaltan al tratar con criminales inveterados, observamos otros hechos importantes al investigar su historia genealógica, la cual nos descubre que entre ellos existe una proporción considerable de imbéciles ó epilépticos, y que otros se han vuelto locos ó proceden de familias locas, epilépticas ó afectadas de otra neurosis, siendo las enfermedades de que padecen y mueren, principalmente de naturaleza tuberculosa ó nerviosa. El crimen, por lo tanto, no siempre consiste en el hecho simple de dejarse dominar por impulsos perversos ó viciosas pasiones, que pudieran subyugarse bajo el imperio de la voluntad, porque á veces indudablemente procede de una neurosis, íntimamente ligada por naturaleza y procedencia á otras neurosis, particularmente á las epiléptica y vesánica, la cual neurosis es un resultado físico de las leyes fisiológicas de producción y evolución."(1)


Citamos por completo este pasaje en vista de lo mucho que concierne al asunto que tratamos.

Las causas determinantes de la locura epiléptica estuvieron distribuidas entre los 86 varones y 58 hembras, del modo siguiente: -Inquietud mental, 9 varones y 6 hembras. -Fatiga y excesivo trabajo, 5 varones. -Pesar, 3 varones, 6 hembras. -Miedo, 2 varones, 5 hembras. -Cólera, 1 varón. -Insolación, 4 varones. -Lesiones traumáticas de la cabeza, 23 varones, 11 hembras. -Intemperancia, 29 varones, 12 hembras. Parto, 1. Preñez, 1. -Excesivo castigo, 1 varón. -Afecciones uterinas, 14. -Sífilis, 5 varones, 1 hembra. -Fiebre, 1 varón. -Escarlatina, 1 varón.


Resumiendo esta enumeración de causas, vemos que las que parecen más potentes para la producción de la locura epiléptica, son: una predisposición hereditaria activa, la intemperancia y las lesiones traumáticas de la cabeza. La predisposición hereditaria opera con más vigor durante la adolescencia, es decir, de 14 á 25 años; pero las otras dos causas accidentales más frecuentes ocurren principalmente durante la virilidad ó la vejez. Nadie duda que la epilepsia hereditaria se desarrolla comúnmente durante la infancia, aunque sus perniciosos efectos pueden permanecer latentes en dicha edad para estallar en la segunda niñez ó acentuada adolescencia. Otro punto que no debemos olvidar es, que cuando la epilepsia principia en la niñez, el deterioro de las facultades intelectuales no progresa en general rápidamente, no observándose por lo tanto la locura completamente desarrollada hasta la pubertad; pero una excesiva irritabilidad con irregularidades en la parte moral é intelectual del individuo y una memoria imperfecta atraen siempre la atención durante este período, aún cuando actualmente no constituyan un estado de locura. Los individuos de esta categoría figuran además entre los más incurables, porque su afección ordinariamente procede de defectos de organización congénitos é irremediables, aunque á menudo logremos modificar en grado bastante favorable el desorden intelectual y obtengamos comparativamente gran mejoría en los ataques epilépticos con un tratamiento perseverante y bien dictado. Hemos entrado esta digresión á causa de la creencia tan generalizada y desgraciadamente apoyada por algunos médicos, -que conviene confiar á la naturaleza el tratamiento médico de los niños epilépticos, seguros de que el cambio y las fuerzas recuperativas de la pubertad efectuarán su curación-, errónea esperanza que jamás hemos visto realizada. Ni jamás pudiera tampoco la experiencia sancionar mayor verdad que: mientras más temprana la edad en que aparezcan los ataques epilépticos, más profundas serán las raíces que minarán la constitución moral y física, y más desastrosos sus efectos.

Volviendo á la locura epiléptica, añadiremos que los casos de epilepsia congénita que hemos observado,-incluyendo la desarrollada breve tiempo después del nacimiento- bajo tal denominación, han sido también de idiotismo, dependiente de alguna lesión del sistema nervioso, bien innata, ó desarrollada en la primera infancia, antes que ninguna manifestación de actividad cerebral hubiese tenido lugar. Y no ha sido el idiotismo el único concomitante que ha habido en tales casos, sino además parálisis locales, contracciones ó deformidades de las extremidades, y los individuos que así aparecieron han sido -hablando con propiedad- idiotas epilépticos. Todos han presentado una configuración de cráneo,-que hemos tomado en numerosas ocasiones con el conformeteur usado por sombrereros-, siempre muy asimétrica, y con diámetros muy inferiores á los menores ordinarios. Por otra parte hemos hallado la cabeza con proporciones extraordinarias y ojos saltones, en aquellos cuya historia comienza por una hidrocefalitis, ó profundamente impregnados de raquitismo, ó de la diátesis tuberculosa, y en quienes nos ha llamado no menos la atención lo contrahecho del cuerpo y miembros y el imperfecto desarrollo de la dentadura.

La elevada proporción de casos originados por la intemperancia, se debe en mucha parte al excesivo número de enfermos procedentes de las clases bajas y heces de la sociedad, que se reciben en el "Hospital para Epilépticos y Paralíticos" de Nueva York. Por esta razón nos inclinamos á opinar que en muchas ocasiones la intemperancia, en vez de operar sola, ha coadyuvado con alguna otra causa desapercibida á la producción de la epilepsia. Como quiera que esto haya sido, no cabe duda de que, bien por sí sola, ó hermanada con otras causas, la intemperancia cuenta entre las más perniciosas y capaces de producir la locura epiléptica.

Las lesiones traumáticas de la cabeza son causas muy prolíficas de epilepsia y de sus concomitantes trastornos morales é intelectuales, por lo que no nos extrañará que la locura epiléptica proceda de lesiones que no menos patentemente inducen vesanias libres de toda epilepsia. La intemperancia y las lesiones traumáticas de la cabeza suelen coincidir, y sus efectos terribles pueden, si es posible, agravarse con la existencia de una predisposición hereditaria á la locura, como hemos observado en varios casos y entre ellos en el de un cochero, cuyo abuelo era loco y la madre tuberculosa, y que fue atacado de vértigo con manía epiléptica, á consecuencia de una contusión del cráneo que sufrió siendo lanzado del carruaje por los caballos desbocados. Este hombre era también muy dado á la bebida y se volvía excesivamente violento y peligroso durante los ataques de manía. Habiendo hallado el cráneo sumamente sensible en la región del ángulo postero-superior del parietal izquierdo, donde recibió el golpe, y en vista del estado del enfermo, nos decidimos á trepanar el parietal, del cual extrajimos una porción espesa y condensada por la inflamación. Los vértigos y la manía desaparecieron con la operación, y el paciente fue dado de alta unos cuatro meses después de su admisión en el Hospital; pero como retornase á su ocupación y malos hábitos primitivos, á los cinco meses de salido del Hospital, fue atacado de peri-encefalitis, y murió. No menos digno de mención y más impresivo es el caso de una mujer con manía epiléptica de carácter altamente homicida, desarrollada inmediatamente después de su primer parto, y cuyo padre, epiléptico y ebrio incorregible, asesinó á su mujer y dos hijos en uno de sus ataques por cuyo crimen fue condenado á prisión perpetua en Ohío.

Sin exagerarnos el valor médico-legal que poseen las precedentes condiciones etiológicas, hemos juzgado oportuno consignar la parte eficiente que les cabe en la producción de la locura epiléptica, porque sobre este punto pudiera muy bien tocarnos decidir como expertos. Antes de concluir lo concerniente á etiología, conviene notar la opinión de Reynolds, que no hay relación esencial entre la predisposición hereditaria y el deterioro intelectual en la epilepsia. Esta conclusión descansa en un análisis de 34 casos, y, como el mismo Reynolds declara: "los números comprendidos en dicha tabla (tales son sus palabras) son muy escasos para autorizar una doctrina respecto al grado de deterioro intelectual y sus relaciones con la predisposición hereditaria; pero más que suficientes para probar que no existe dependencia necesaria entre ambas."(2)

Nuestras estadísticas contradicen las conclusiones del distinguido médico inglés que acabamos de citar. De 135 epilépticos en quienes existía una predisposición hereditaria bien comprobada, 83 eran locos y los 52 restantes presentaban rarezas de carácter, débil inteligencia y memoria defectuosa; por lo que nos parece muy legítimo deducir que exista una dependencia entre la predisposición hereditaria y el deterioro intelectual, sin que por esto el último requiera la existencia de la primera, que dista de ser condición absoluta de dicho deterioro, capaz de producirse con otros elementos etiológicos. Por último diremos, que las conclusiones de Reynolds sobre tan importante materia difieren de las avanzadas por todos los alienistas que han hecho un estudio clínico especial de la epilepsia.

Las relaciones entre la locura y los ataques elípticos han ido investigadas por Esquirol, Calmeil, Delasiauve, Morel, Cavalier y otros. Falret, tratando de conciliar su opinión con la de los tres últimos alienistas citados, dice que: "El delirio ocurre principalmente como consecuencia de ataques repetidos á cortos intervalos, después de una prolongada suspensión de la epilepsia".(3)

El hecho es cierto, pero Falret pierde de vista dos condiciones muy importantes en las cuales ocurre la manía sin relación manifiesta al tamaño de los intervalos entre los ataques, á saber, con la epilepsia nocturna y otros ataques de petit mal, que por sí solos afectan las facultades intelectuales más perniciosamente que los otros. Si tuviéramos que formular nuestra opinión respecto á tan importante materia, nos inclinaríamos á asentar, que las formas convulsivas más violentas son, sin disputa, las que menos frecuentemente se ven acompañadas de locura, mientras que, por el contrario, los ataques vertiginosos, ó apenas perceptibles, de petit mal, á menudo ocurren con mas ó menos desorden intelectual concomitante. Por otra parte el petit mal y grand mal asociados originan relativamente con más probabilidad la locura.

Sería erróneo pensar que ésta ocurre invariablemente después de los ataques epilépticos. Descartando por el presente los casos de epilepsia larvada, en que no se percibe ataque manifiesto, hay además otros en los cuales el ataque viene precedido, no de un aura intelectual, sino de una manía más ó menos continua y del más violento carácter, como lo han notado Delasiauve, Cavalier, Falret y otros, y muchas veces nosotros mismos. Igualmente hemos visto la locura sobrevenir desde el primer ataque para repetirse en todos los subsecuentes, fenómeno que se ha manifestado principalmente en adultos con lesiones traumáticas del cráneo, ó sífilis, en individuos dados á la intemperancia, y en casos de epilepsia acompañada por parálisis pasajera. La asociación de la parálisis con la epilepsia denuncia evidentemente un deterioro mental, que jamás hemos dejado de percibir, y que generalmente progresa hasta llegar á la demencia después de las violentas exacerbaciones maniáticas que acompañan á los ataques. Hemos verificado este hecho en 248 casos, pero de ellos 123 no aparecen incluso en los 502 que sirven de base á los resultados estadísticos que vamos exponiendo, porque en ellos las convulsiones epileptiformes y la parálisis se presentaron desde el primer momento, haciéndonos considerarlos como casos no legítimos de epilepsia. Debemos añadir que en este particular nuestra práctica concuerda con la del célebre Sir Henry Holland, que en una práctica de más de cuarenta años no halló un solo caso de los que nos ocupa, en los cuales la inteligencia no hubiese sufrido, y muy seriamente cuando los ataques epilépticos repetían con frecuencia, opinión que en tales términos aparece emitida en el informe modelo que el venerable médico inglés presentó en la famosa causa para decidir la capacidad testamentaria del opulento Mr. Parish.(4)

La locura epiléptica, á nuestro modo de ver, reviste como las otras clases de vesania una forma intermitente, otra remitente y por último otra continua. La forma intermitente se distingue por sus ataques periódicos, ocurridos con variables intervalos. En la remitente no hay verdadero restablecimiento de las facultades intelectuales en los intermedios de los paroxismos, ó más bien de las exacerbaciones maniáticas. En la forma continua el trastorno mental permanece sin modificaciones por los repetidos ataques. Falret establece en su excelente Memoria Sobre el Estado Mental de los Epilépticos una distinción entre el grand mal y el petit mal intelectuales, con cuyas denominaciones intenta indicar una estrecha relación entre las manifestaciones psíquicas y físicas de la epilepsia. El grand mal intelectual corresponde, según Falret, al estado incoherente y violento, generalmente descrito como manía furiosa. El petit mal intelectual puede persistir por horas y días, constituyendo una condición intermedia entre las desigualdades de carácter, que acompañan á los ataques y los grados culminantes de manía furiosa. Caracterizan á este estado principalmente una confusión intelectual, con impulsos instantáneos instintivos y actos de violencia. Apenas cesa el estupor del ataque, cuando el paciente afectado por esta especie particular de delirio, se torna silencioso y profundamente abatido, bajo el peso de una gran confusión de espíritu, y excesivamente irritable contra todo cuanto le rodea, experimentando asimismo una incapacidad completa para reconcentrar las ideas y dominar su voluntad, que manifiesta en consonancia con su posición social. El epiléptico así carece de energía para sobreponerse á sus sentimientos, y sobrecogido por una vaga ansiedad, por alucinaciones, ó por un terror involuntario, abandona su hogar para errar á la ventura, trayendo á la mente las tristes impresiones pasadas, que la imaginación reanima espontáneamente, y siempre idénticas en cada ataque, siendo durante tan terribles momentos cuando los epilépticos se entregan á actos de violencia de la manera más instantánea y repentina, y cometiendo homicidios, suicidio, ó cualquiera otro acto criminal, satisfaciendo ciegamente su rabia, con los repetidos golpes y heridas que infieren á sus víctimas, á las cuales dejan en una horrible condición. Al ataque sigue una crisis durante la cual el paciente, ó bien vuelve en sí casi de repente, recuperando su conciencia y dándose apenas cuenta de sus acciones, ó bien por el contrario, huye corriendo despavorido y en gran agitación. En ambos casos el recuerdo vago, si no el olvido completo de lo ocurrido, es casi siempre síntoma preciso de este estado mental tan parecido al despertar de un sueño horrible. Tales son los principales rasgos de las dos condiciones delineadas con tan maestra mano por Falret, y que en efecto observamos en la locura epiléptica. Sin embargo, la ingeniosa distinción entre el grand mal y el petit mal intelectuales, y sus respectivas relaciones con las condiciones físicas de la epilepsia, presupone, como ha manifestado muy bien Delasiauve, una relación que dista mucho de ser constante. Los más violentos ataques de furia que hayamos presenciado, han sido provocados por simples accesos de petit mal, y bajo estas mismas circunstancias muchos son también los ataques de manía furiosa presentados en nuestra observación, para considerar el fenómeno como excepcional. Todavía más á consecuencia de repetidos ataques de grand mal ó de petit mal, ó de ambos juntos, suele presentarse un estado de locura inofensiva, ó una melancolía profunda con estupor, sin ninguna de las violentas reacciones que debieran existir si el grand mal intelectual estuviese exclusivamente relacionado con el grand mal físico, como sostiene Falret. Idénticos resultados contradictorios se observan con los accesos nocturnos; otras veces el epiléptico sin abatimiento ó estupor, habla y acciona cuerdamente de un modo al parecer racional, pero en realidad sin la más leve apreciación de sus relaciones externas, estado que puede ocurrir bien con referencia á accesos diurnos ó nocturnos, ó bien durante paroxismos de epilepsia larvada ó cerebral. Todas estas manifestaciones, que no corresponden con ninguna de las dos variedades intelectuales propuestas por Falret, echan por tierra la base de su división tan absoluta, como lo verifican los siguientes ejemplos.

Un caballero permanece uno ó dos días después de sus ataques nocturnos en completa indiferencia, arrodillado en los rincones de su cuarto, balbuceando palabras ininteligibles, y absolutamente sordo á toda incitación externa. Estos síntomas se renuevan idénticamente á cada ataque, á menos que el estupor crezca en intensidad después de repetidos accesos, en cuyo caso no hay medio para que el paciente coma ó beba, ó mude de posición, ni para impedir que orine ó evacue en su persona. Después de permanecer dos ó tres días en esta especie de estado cataléptico, despierta por la mañana muy confuso, sin conocimiento de lo que ha ejecutado.

Otro hombre, con una predisposición hereditaria procedente de su familia materna, sufre cada tres semanas de epilepsia nocturna, precedida por repetidos ataques de petit mal. La semana después, de los ataques nocturnos despliega la mayor exaltación de ideas, suponiéndose un elevado personaje, perseguido por individuos que intentan robarlo, y desnudo se pasea en su habitación, cometiendo los actos más indecorosos, y cubriéndose el cuerpo con sus propios excrementos, por lo que se hace necesario aislarlo durante tales accesos de locura.

En 1869 presentamos en nuestra clínica una joven atacada de epilepsia, poco después de haber sido mordida por un perro. Los accesos se repetían con espasmos tónicos de los brazos, y al cabo de un año fueron sucedidos por un estado de estupidez, que alternaba con éxtasis y completa suspensión de la inteligencia y sensibilidad. Esta joven después de una serie de accesos, se dislaceró con una horquilla ó gancho de señora toda la encía que cubría el borde alveolar del maxilar superior izquierdo, y uno tras otro se arrancó los dos dientes incisivos, el canino y los primero, segundo y tercer molares, que estaban todos perfectamente sanos; infiriéndose tan terrible daño de la manera más deliberada y en silencio, sin dar muestras de dolor, y á no ser por la camisola de fuerza, hubiera continuado desgarrándose el ya denudado maxilar.


Ninguno de estos ejemplos concuerda con los tipos presentados por Falret, ni ofrecen, como debiera ser conforme á su teoría, esa excitación ó furor durante los patentes accesos de locura iniciados por ataques de grand mal.

Para nosotros la locura epiléptica es una de las manifestaciones per se de la neurosis espasmódica, cuya causa íntima ó primaria depende, no de los accesos sino de los mismos elementos etiológicos de la afección. Los diversos accesos no son más que manifestaciones periódicas, que pueden asociarse estrechamente entre sí, ó existir aisladamente, aunque siempre proviniendo de una común etiología. Ignoramos por qué en ciertas ocasiones tenemos que habérnosla con accesos de petit mal, en otras con los de grand mal, ó bien con accesos nocturnos, no siéndonos dado comprender mejor por qué el reverso de los accesos convulsivos ha de ser caracterizado por síntomas puramente cerebrales, libres de todo fenómeno espasmódico aparente. Por otra parte, el mismo Falret asienta con grande acierto é inequívocos términos, que no hay sino una forma de locura epiléptica, en la cual el delirio y las convulsiones no son dos enfermedades distintas, sino dos manifestaciones diversa del mismo estado mórbido que pueden existir separada ó simultáneamente, ó con cortos intervalos entre sí. Por todas estas razones, en vez de intentar establecer una relación inmediata de causa á efecto, -que no tiene prueba-, entre los accesos intelectuales y físicos, nos ha parecido más cierta y práctica la división de la locura epiléptica que hemos adoptado, considerando la inconciencia y excesiva susceptibilidad refleja como principales signos de dicha vesania, que existe sola ó acompañando á alguna de las otras formas de la afección epiléptica. En ciertas ocasiones la estupidez profunda, ó estado de pseudo catalepsia en que se hallan sumidos los epilépticos, impide la reacción de la susceptibilidad refleja, productora de actos insólitos, pero nos falta descubrir el caso de epilepsia donde la inconciencia no sea patente. Si por otro lado fijamos la vista en los accesos en que el desorden mental se reduce al delirio, la inconciencia se muestra clara en el estupor que Delasiauve ha señalado tan bien entre los signos característicos del delirio epiléptico.

La variedad de locura epiléptica intermitente á menudo sucede, aunque no raras veces inicia los accesos de grand ó de petit mal, y en otras ocasiones el acceso convulsivo se desarrolla cual un fenómeno intercurrente de la locura epiléptica. Nada diremos de la manía que claramente acompaña los ataques convulsivos, porque á todos nos es demasiado familiar, y sabemos que al ocurrir directamente después del acceso de grand mal, el epiléptico pasa instantáneamente del período clónico del ataque á la manía sin atravesar ningún estado intermedio de sueño ó coma. Debemos también sentar categóricamente que la manía epiléptica muy rara vez dura menos de dos ó tres horas, y hasta ahora no tenemos conocimiento personal de ejemplo de menos duración. Igualmente acontece que la manía en vez de seguir inmediatamente al ataque, sobreviene uno, dos ó tres días después, en cuyo caso es más prolongada, mientras que en otras ocasiones la locura epiléptica intermitente llega á sus límites extremos y repite, sin que se note ó sospeche ningún ataque convulsivo.

La epilepsia larvada, de Morel, corresponde obviamente á la forma intermitente de nuestra división. La descripción presentada por Morel, y sus últimas aserciones en la Sociedad Médico-psicológica de París, conducen á admitir que la ocurrencia de accesos convulsivos viene siempre á desenmascarar la naturaleza dudosa de la epilepsia larvada, puesto que según el gran alienista francés: "tal clase de enfermos, después de un tiempo más ó menos prolongado, llegan á los accesos convulsivos, y mueren." -Esta aserción peca, en nuestro concepto, de demasiado absoluta, porque si bien muchos casos de epilepsia larvada han terminado en una serie de accesos convulsivos, ó status epilepticus, otros muchos hemos encontrado igualmente en que la naturaleza de la afección no permitía dudas, á causa de la previa existencia de ataques epilépticos, y que han terminado sin accesos convulsivos, muriendo los enfermos de congestión cerebral en un estado de coma.

El gran peligro que ofrecen los epilépticos procede de sus impulsos mórbidos más bien que de su trastorno intelectual. El aumento anormal de la facultad refleja les hace obrar sin reflexión; de donde nacen todas sus maldades. En ellos la reacción á toda incitación física ó moral es involuntaria, sus ideas derivan de sensaciones exageradas por la condición hiperestésica á que se hallan arrastrados, y que necesariamente debe exponerlos á actos irresistibles; y siempre violentos é instantáneos, porque las sensaciones ó impresiones percibidas por un cerebro tan profundamente desarreglado en su actividad funcional, no estando bajo el dominio de la voluntad, originan forzosamente ideas pervertidas, automáticamente desarrolladas. No hay que confundir, sin embargo, tales actos impulsivos, instantáneos, con el estado de manía transitoria durante el cual se producen. En este particular convenimos con Morel, quien proclama en términos muy enfáticos, que no existe tal locura instantánea, sino actos perversos instantáneos, relacionados con los efectos de alguna afección mental existente en los padres del malhechor. Yendo mas allá de estos límites, y sin concretarnos al origen hereditario, creemos que dichos actos instantáneos nacen con no menos frecuencia de alguna forma desapercibida de epilepsia, y entonces, investigando los antecedentes del individuo, descubrimos signos de la afección bajo alguna de sus formas ocultas, tales como accesos nocturnos, ó simple vértigo, y en cuya categoría podríamos citar muchos ejemplos muy interesantes y embarazosos, que con detención hemos estudiado en un trabajo publicado en el No. de Abril de 1873 del "American Journal of Insanity". Las consideraciones expuestas colocan la manía transitoria en las únicas bases sólidas y evidentes en que pudiera sostenerse, sin prestarnos al uso impropio y prevaleciente que de ella se hace para escudar el crimen. Importa no menos comprender debidamente estos hechos para darnos cuenta de la extrema susceptibidad de los epilépticos y de sus propensiones perversas, cuando todavía no demuestran una locura completamente desenvuelta. Fácil es convencerse de que la mayor parte de los casos reputados de manía transitoria resultan ser, después de atento examen, epilepsia ó locura epiléptica no sospechada. Debemos igualmente notar que mientras mayores son la excitación é incoherencia, menos dado está el maniático epiléptico á cometer actos de violencia, ordinariamente sugeridos por alucinaciones ó sensaciones pervertidas que constituyen el fondo de las formas al parecer inofensivas y más tranquilas de la locura epiléptica.

Sorprende á la verdad que ningún autor haya aludido especialmente á la inconciencia, que constituye uno de los más prominentes caracteres de la locura epiléptica. Y sin embargo, el fenómeno se encuentra apuntado en las observaciones de Esquirol, Delasiauve, Boileau de Castelnau, Trousseau, Morel, Falret, Legrand du Saulle y otros. La única breve y categórica alusión aparece incidentalmente en el tratado clásico de "Jurisprudencia Médica" del doctor Ray, en el cual leemos, página 486, de la 5ª. edición, que, "semejante pérdida de conciencia no dista tanto del trastorno psíquico, ordinariamente atribuido á la epilepsia, que haga completamente improbable su ocurrencia", cauta opinión, emitida después de observar que los epilépticos Fyler, Bethel y Winnemore cometieron homicidios por los cuales fueron condenados, en un estado de inconciencia que no se relacionaba inmediatamente con los accesos epilépticos. No hubo pruebas de que tal condición hubiese sido jamás observada en Fyler, y Bethel, pero Winnemore, según se nota el doctor Ray, dijo que una ocasión pasó muchas horas en el río remando en un bote, sin conciencia del suceso, del cual fue informado por quienes lo vieron. Las pruebas de un acceso de epilepsia cerebral no pudieran ofrecerse más elocuentes que en esta breve relación; pero los ejemplos siguientes pondrán más completamente en relieve el estado de inconciencia que tanto importa apreciar.

Un joven cae desde el último travesaño de una escalera de quince pies de alto, y queda después epiléptico. Conversando se detenía de pronto, doblaba la cabeza como si estuviera exánime, y en pocos segundos volvía en sí ignorando enteramente lo ocurrido. Una tarde, después de uno de estos ataques, sale á la calle, y posesionándose de un carricoche que aguardaba frente á una casa, se dirige á la tumba de su padre, que distaba milla y media, y arrancando las flores de las plantas que la adornaban, vuelve para su casa á darlas á su madre, á quien además invita á pasear en carruaje. Interrogado dónde se había procurado el caballo y carruaje, contesta que los había hallado extraviados en la calle. La madre le ordena que sin pérdida de tiempo se dirija á depositarlos en un establo para devolverlos á su dueño; mas en vez de cumplir con tales órdenes, los deja en un establo como suyos. No tardó mucho el dueño en presentarse á reclamarlos, y sabedor de lo ocurrido, lo consideró como un robo, persiguiendo legalmente al joven con gran pesar y mortificación de su familia. El, entre tanto, jamás pudo dar cuenta de su acción, y olvidó enteramente toda circunstancia relativa á ello. En otra ocasión más reciente, sale de su casa después del acceso de petit mal, y errando por las calle de Nueva York tropieza con un agente que lo contrata para ir de marinero en un barco inglés que al día siguiente se hacía la vela para Londres. El contrato fue firmado, y sin cuidarse de la paga ni de las prendas que consigo llevaba, se embarca para Londres. Apenas levada el ancla, el capitán conoció que aquel individuo no era marinero, y viéndolo muy nervioso, lo eximió de subir al tope de los palos, ocupándolo en cosas ligeras. Pocos días después de la partida, al volver de su locura epiléptica, grande fue la sorpresa de nuestro joven encontrándose en alta mar, á bordo de un barco surto para Londres, é ignorando completamente cómo se hallaba en él. La madre, valiéndose de la policía, descubrió la partida del hijo y tomó las medidas convenientes para hacerlo volver á Nueva York. Mientras estuvo á nuestro cargo en el Asilo, sufrió de ataques análogos á los descritos, después de accesos nocturnos, ó de petit mal; en sus períodos intermedios se conducía muy racional y tranquilamente, pero durante aquellos se volvía muy travieso, corriendo ó dando vueltas continuas, y propenso á actos de violencia.

Una joven de 28 años padecía severos accesos de petit mal y grand mal desde la edad de la dentición. Su padre y hermanos eran locos. El grand mal ha ocurrido sólo de noche durante los cinco últimos años, pero los accesos de petit mal han aumentado en severidad. Las facultades intelectuales de esta mujer, desordenadas durante dichas épocas, no muestran en las demás alteración alguna, á no ser las rarezas y rasgos impulsivos del genio, que sólo perciben los que la observan de cerca. Los ataques de petit mal la dejan en el más curioso estado, hablando ó arguyendo con agudeza y locuacidad no naturales, y recitando con gran corrección trozos de la Biblia, ó escribiendo las más incoherentes y extrañas cartas. En esta disposición acciona constantemente cual si escuchara algo, y frecuentemente suspende la conversación para tomar dichas actitudes; al mismo tiempo es muy destructora, golpea á los que la tocan, y aunque no parece reconocer ó recordar los nombres de las personas que le son familiares, responde sin embargo oportuna y cuerdamente á cualesquiera de sus observaciones. Así continúa dos ó tres días antes de los accesos nocturnos, y luego queda abatida sin el más leve recuerdo de cuanto ha ejecutado.

Encargados de examinar é informar sobre el estado mental de un muchacho de diez y ocho años, perteneciente á una familia respetable, que había sido arrestado á las tres de la mañana y llevado á la prisión de las Tumbas en Nueva York, descubrimos lo siguiente. Parece que como anduviese vagando por una de las avenidas de la gran Metrópoli en un estado de inconciencia á deshoras de la noche, este muchacho tropezó con un ratero de profesión, que se unió á él, y breves momentos después robó á un transeúnte un reloj de plata y el portamonedas, los cuales entregó al muchacho, diciéndole que se escapara y volviese con ellos. Fiel á estas órdenes, el muchacho volvió en seguida para entregar los artículos robados sin el más leve embarazo al policía que ocurrió al lugar atraído por los gritos de "ataja". Una vez arrestado el joven, declaró que ignoraba lo ocurrido, y con la más absoluta indiferencia recibió el grave cargo criminal que se le hizo. En nuestro examen hallamos que el abuelo paterno había muerto paralítico, un tío materno loco, y el padre, pintor de mérito, sucumbió a la enfermedad de Bright, producida por excesos en la bebida. El muchacho empezó a padecer á los once años de vértigos ó desmayos, y subsecuentemente de accesos de grand mal, en los cuales se mordía la lengua: el cráneo pequeño ofrece una configuración irregular, con frecuencia se queja de desvanecimientos, y se orina en la cama durmiendo; pero ordinariamente permanece hasta tarde de la noche en vela, creyendo su cuarto rodeado de personas que lanzan agudos gritos, ó abren las puertas para ver lo que pasa dentro.

Al amanecer ó á otras horas del día le da por cantar como gallo, y creyéndose perseguido por sus padres, ha amenazado de muerte á su madre, á quien dice asesinará cuando se le ofrezca una oportunidad. En algunas ocasiones se ha vuelto tan furioso, que ha sido preciso recurrir á la chaqueta de fuerza. Su lenguaje es desvergonzado, mintiendo sin el más leve escrúpulo; con igual falta de miramiento se embriaga, y su conducta ha llegado á ser tan depravada, que seriamente ha alarmado á la familia. Después de los accesos de locura, precedidos por mareos y violentas jaquecas, duerme por muchas horas. La noche de su arresto tuvo temprano un ataque de vértigo y estaba muy pálido, quejándose de mal estar. Entonces, según informes de la madre, presentaba varias petequias en la frente, y tres días antes cayó en la calle con un ataque de grand mal, siendo necesario que varias personas conocidas lo trajesen á su casa. Pasado el ataque, obra sin conciencia, respondiendo con una risa imbécil á las observaciones que se le dirigen, y repetidas veces se ha marchado de su casa bajo el influjo de estos accesos de locura. Un año antes del suceso que referimos, después de un acceso de grand mal y varios de petit mal, abandonó su casa y por muchos días ignoró la madre su paradero, hasta que varios amigos la informaron que habían hallado á su hijo conduciéndose de un modo muy extraño é incapaz de dar cuenta de su conducta, en la ciudad de Red Bank, estado de Nueva Jersey. Dos años antes de esta ocurrencia, y en idénticas circunstancias, salió de casa, durando su ausencia más de un mes, sin que la familia pudiese descubrir dónde había dirigido sus pasos. Entre tanto, él, encaminándose hacia el Oeste, visitó á Chicago, mas luego volvió incapaz de describir los diferentes lugares que había recorrido, y en una palabra, inconsciente de cuanto había hecho. Ni fueron por cierto más distintos los recuerdos de lo que pasó la noche del arresto, ni de las circunstancias que á él lo condujeron, por cuya razón y fundado en los datos expuestos, declaramos al tribunal que el joven es un loco epiléptico, en vista de cuyo informe y á petición de la familia ha sido encerrado en el Asilo de Utica.

Pasemos á otra clase de casos donde la inconciencia existe independiente de algún acceso convulsivo manifiesto y sobre cuyos particulares deseamos llamar la atención, á causa de la importante significación médico-legal que pueden ofrecer.

Desde 1867 hemos tenido bajo nuestra observación inmediata, asistido al principio por nuestro hábil amigo el doctor L. B. Edwards, de Richmond (Virginia), á un caballero de treinta y cinco años, epiléptico desde la pubertad, y desde el principio de su afección sujeto á accesos de manía furiosa, por unas tres semanas después de los accesos de grand mal. Mejoróse su estado merced á nuestro tratamiento, cambiando gradualmente los ataques en vértigo, de frecuente ocurrencia y acompañados por una monomanía religiosa, con inquebrantable resolución de no contestar á persona alguna que le dirigiese la palabra. Habrá dos años que después de muchos meses de ausencia en Nova Scotia, volvió á Nueva York, considerándose curado, aunque todavía conduciéndose de un modo extravagante, pero sólo periódicamente. Diez y seis meses habían trascurrido sin notar un solo acceso, y fue éste el más largo espacio que se vio libre de ellos; pero entonces comenzó cada tres semanas á perder la memoria de las más triviales circunstancias, averiguando muchas veces de dónde provenían ruidos imaginarios, ó insistiendo obstinadamente en salir á vagar por horas enteras, ó á visitar personas desconocidas. En otras ocasiones, entrando en el establecimiento de algún mercader compraba artículos que no necesitaba; y en una de ellas fue arrestado por asaltar á un dependiente de un almacén de ropas, que se negó á permitirle que llevase los efectos que había elegido sin previo pago de su importe. Así mismo ha causado muchas mortificaciones á sus hermanos, por haber dado órdenes para que le remitan objetos que al recibir niega haber comprado. Mientras dura el acceso se conduce de una manera al parecer racional, respondiendo cuerdamente, pero en seguida olvida lo que ha dicho, repitiendo la misma palabra, ó lo que se le pregunta. También le tiemblan, pero muy ligeramente, las manos y músculos faciales, y concluye tan singular estado durmiendo profundamente muchas horas, para despertar totalmente ignorante de cuanto le ha pasado.

Un joven de diez y nueve años, con un primo paterno epiléptico, ha padecido por seis años de grand mal, á consecuencia de un tabardillo. Los ataques se han presentado por la mañana, el año pasado, como una especie de vértigo, sin más convulsiones que un ligero temblor de los músculos faciales, y últimamente, en vez de vértigo, ha habido ocasionalmente durante algunas horas, ó todo un día, una completa inconciencia de cuanto ejecuta. Entre tanto, las facultades intelectuales han ido deteriorándose y debilitándose la memoria. La primera vez que su estado de inconciencia llamó la atención, fue la siguiente: Saliendo de la casa de comercio de su padre, donde estaba empleado, entró en la de otro comerciante con quien aquel hacía extensos negocios, para decirle que era inútil contase con el pago de una cuenta pendiente, y que su padre necesitaba los precios á que cerrasen ciertas mercancías aquel día á las cuatro. Inútil es referir la sorpresa experimentada por este último, quien desde luego consideró lo ocurrido como una evidencia de locura. En otra ocasión subsecuente, salió por la mañana muy temprano de su casa en Nueva York para él vecino pueblo de Mott-Hawen, donde visitó á un tío, que notando lo extraño de su conducta, lo recondujo á casa de sus padres. Entonces estaba formando grandes proyectos para una empresa mercantil, siendo curioso añadir que al siguiente día de estos ataques volvía completamente en sí sin dar la mas leve cuenta ni recordar lo más mínimo de lo ocurrido

Un caballero de cuarenta y dos años padeció de grand mal á la edad de doce y continuó así hasta la de veinte y dos, pero durante los últimos cinco años ha sufrido desvanecimientos y jaquecas, y en nuestro concepto, también de ataques nocturnos, puesto que su hermano lo ha oído algunas veces en medio de la noche respirando por momentos de una manera estertorosa, y sin poder entonces despertarse. Su genio es muy irascible, y de vez en cuando se figura trasportado á Londres, donde residió primitivamente, y creyéndose otro hombre, maneja sus negocios de la manera más extravagante, y es muy lujurioso. Al terminar estos ataques queda soporoso, duerme por espacio de doce ó catorce horas, y cuando despierta se halla en un estado de confusión, y por supuesto sin conocimiento alguno de sus últimas acciones.

Un joven de veinte años fue enviado, de las Tumbas al Asilo de Dementes de la ciudad de Nueva York, y por muchas horas después de su admisión permaneció incapaz de dar cuenta alguna de sí. Después averiguamos que vivía con su madre en Hartford, y que padecía de ataques epilépticos, siempre nocturnos. Imposible le fue explicar por qué salió de Hartford; ni lo que hizo antes de embarcarse en el vapor, donde tuvo un ataque por la mañana muy temprano. Llegó á Nueva York incoherente y estúpido, por lo que fue puesto en manos de la policía. En el Asilo le dieron varios ataques de epilepsia cerebral durante los cuales era muy peligroso por su propensión á grandes violencias. Una mañana al levantarse, asaltó a un compañero que le dirigió la palabra, y arrojándole un vaso le infirió una herida en la frente. Durante los accesos de epilepsia cerebral, que se prolongaban dos ó tres días, sin ser siempre precedidos por accesos nocturnos, este joven obraba de un modo enteramente automático, sin acordarse luego de lo que hacía en tal estado.

He aquí un caso más, donde hubiera sido difícil, si no imposible, llegar á un diagnóstico correcto de la afección epiléptica, sin el conocimiento de los antecedentes de la enferma, y el cual patentiza quizás más que ningún otro las múltiples trasformaciones peculiares á la epilepsia.

Una alemana comenzó á sufrir de epilepsia al empezar á menstruar. Su padre padecía de parálisis cuando ella nació, y murió de dicha afección. Los accesos de grand mal ocurrían al principio cada cuatro semanas, con la menstruación, y el resto del tiempo se quejaba de desmayos. A la edad de 22 años hubo en ella tal desorden intelectual, que fue necesario ponerla en una casa de locos en Alemania, y allí permaneció cerca de dos años, saliendo completamente restablecida de su vesania. Pasaron tres años sin accesos de grand mal, pero siempre con los desmayos aunque menos repetidos, hasta que una mañana esta mujer despierta completamente estúpida, sin responder á pregunta alguna, é incapaz, en una palabra, de la más leve acción voluntaria, siendo por lo tanto preciso levantarla de la cama acostarla, alimentarla, y sin cuidarse de yacer en sus propios excrementos y orina, que evacuaba sin reparo. En la cama dormía en cualquiera postura en que se la colocase, y despierta, conservaba los ojos fijos, con las pupilas dilatadas, y un aspecto vidrioso é inanimado. En esta condición era imposible inducir excitación refleja alguna, y al cabo de cuatro ó cinco días, despertaba en su primitivo y natural estado, pero absolutamente ajena de lo acontecido. Estos paroxismos tan extraños se repetían periódicamente cada tres ó cuatro meses, alternando entonces algunas veces con una manía franca que duraba dos ó tres días, y en la cual, agitada, cantaba ó hacía gran ruido y desgarraba sus vestidos, pero sin presentar accesos epilépticos antes ó después de la manía. Este, sin disputa, es un caso típico de folie circulaire, y réstanos sólo agregar que la enferma ha mejorado considerablemente con el tratamiento antiepiléptico prescrito, aunque todavía expuesta á raros accesos de grand mal.

Los dos ejemplos siguientes citados por Lasegue(5) en la reciente discusión sobre las transformaciones de la epilepsia, en la Sociedad Médico-psicológica de París, ponen tan de manifiesto el estado de inconciencia, á que nos referimos, que no hemos podido prescindir de agregarlos á los nuestros.

"Un caballero-dice Lasegue- de distinguido porte, jefe de una Compañía de caminos de hierro, fue arrestado en una perfumería. Había comprado varios artículos, y mientras la joven perfumista los empaquetaba, pasó á sus bolsillos otros que quedaban sobre el mostrador y salió sin pagarlos; pero la joven lo siguió exigiendo su importe, y como rehusase abonarlo, diciendo que no entendía lo que le pedían, intervino un sargent de ville, quien encontró los artículos robados y arrestó al caballero, conduciéndolo á la estación de policía y de allí á la prisión central. Había algo tan anómalo en este suceso, que el jefe de la prefectura desde luego sospechó que el preso padecía de enajenación mental. Encargado de examinarlo y vivamente interesado por un hombre que ocupaba un puesto bastante elevado y que había robado objetos que no sólo le eran casi inútiles, sino de muy poco valor, emprendí la más rigurosa investigación, sospechando que el individuo era un epiléptico aunque sin descubrir ninguna prueba de vértigos ó convulsiones. La inteligencia parecía sana, y sólo supe que la memoria había ido perdiéndose durante los tres ó cuatro últimos años. "Antes- decía el preso- podía recordar las tarifas con sorprendente viveza; en cuanto me pedían un informe, inmediatamente lo suministraba sin titubear. Hoy me veo obligado á consultar las tablas, siéndome imposible recordarlas". Este informe me sirvió muy poco, y menos aún los de sus testigos; entonces interrogué al criado de su oficina, que había estado largo tiempo á su servicio, y al punto respondió que nunca había notado nada de extraordinario en su jefe; mas como persistiese en mi interrogatorio, al fin descubrí que un día, al salir el criado del gabinete de su jefe, después de cerrada la puerta oyó caer un cuerpo pesado, y al volver á entrar inmediatamente en el cuarto, halló á su jefe por tierra y lo levantó, pero que desde entonces la ocurrencia no se ha repetido. Bastó el informe para convencerme de que este hombre es un epiléptico, y que su afección ha pasado desapercibida.

"Permitidme que agregue otro ejemplo, continuó Lasegue; un albéitar herraba un caballo con uno de sus asistentes, cuando súbitamente, sin provocación alguna, asesta varios golpes en la cabeza de su compañero que sujetaba la pata del caballo, y lo ataca furiosamente. Contestando al interrogatorio que se le hizo después de arrestado, dijo, que había golpeado á su operario porque no podía soportarlo y deseaba desprenderse de él, alegando además que sus constantes disputas le causaban dificultades sin fin; en todo lo cual, como pudo averiguarse, no había una sola palabra de verdad. Habiendo recibido orden para examinarlo, é impresionado por la rabia que sintió al inferir los golpes, y su furia tan semejante á la peculiar á los epilépticos, comencé mi investigación presumiendo fuese un caso de epilepsia. Nada característico saqué á luz, y no me preocupé del sistema de defensa adoptado por el preso, sabiendo que evidentemente me las había con un individuo, que después de obedecer á un impulso irresistible, de que no puede dar cuenta, al discutir sobre la materia inventa la mejor manera de explicarlo. Preso en Mazas, este hombre no mostró desorden alguno por quince días, pero entonces, de repente estalla el más violento delirio, y con fuerzas acrecentadas rompe con las manos el piso de su celda, desprendiendo la sólida unión de los ladrillos que forman el arco abovedado de cada piso, y por el agujero así abierto, desciende á la celda situada debajo de la que él ocupaba, y lanzándose sobre el preso en ella encerrado le da de golpes, trabando ambos furiosa lucha, de la cual á duras penas los separaron los guardas. Este estado de delirio constante, comparable solo al delirium tremens, duró siete días consecutivos, é incuestionablemente fue un ataque epiléptico".

En la misma interesante discusión en que se mencionaron los dos casos acabados de citar, Berthier relató en detalle la historia del institutor Portula, que tan vivamente ha preocupado la atención de los principales alienistas de París. Además de los paroxismos convulsivos, acompañados de extraños desórdenes mentales, é instintos depravados de sodomía, Portula presentaba accesos de ausencia en los cuales permanecía tan abstraído, que ignoraba completamente hasta la presencia de los que le rodeaban. Un día, en uno de estos trances, escribió dos largas y muy racionales páginas, donde luego interpoló casi inconsciente una extensa disertación gramatical.

Podríamos multiplicar referencias no menos auténticas, de casos relatados por autores clásicos sobre epilepsia, en los cuales el estado de inconciencia aparece evidente, aunque No señalado bajo el punto de vista especial que se merece, excepto, sin embargo, en el ejemplo tan notable citado por el doctor Gray, en su testimonio en la causa de David Montgomery. Este epiléptico persistió por cuatro días en un estado de inconciencia, durante el cual sobrevino accidentalmente una fractura del brazo, sin que luego recordase como ocurrió, ni las observaciones, al parecer racionales, que hizo sobre el accidente y el aparato que se le aplicó, así como tampoco de su conducta durante dicho paroxismo de locura epiléptica.

Los casos en que la locura epiléptica intermitente sobreviene sin inmediata relación con algún acceso visible, son á veces muy embarazosos, y corresponden á la forma larvada ú oculta descrita por Morel, y llamada por su discípulo el Dr. P. Leblois epilepsia cerebral. Morel merece el crédito de haber reunido los elementos más importantes para diagnosticar debidamente la epilepsia cerebral. Pero la primera alusión distinta que de ella se ha hecho aparece en los muy conocidos comentarios sobre locura escritos por George Man Burrows, hace ya medio siglo, y que se conservan entre los libros de más precio sobre las causas, formas, síntomas y tratamientos de las vesanias. Refiriéndose á las complicaciones de la locura con la epilepsia, Burrows dice: "tal parece que el impulso epiléptico cuando no termina en convulsión, opera sobre el cerebro de un modo peculiar, imprimiéndole una acción particular denominada `manía epiléptica".(6) -Sustituyamos á las dos últimas las palabras epilepsia larvada, ó cerebral, y tendremos la más concisa y correcta explicación que puede ofrecerse quizás de esta condición, que los autores alemanes llaman epilepsia psíquica.

La epilepsia cerebral implica un período avanzado de la afección epiléptica, aunque puede exhibirse en cualquiera de sus períodos, aún cuando dicha afección haya permanecido de una manera latente ó larvada. Existe entre otros un ejemplo relatado por Desmaisons, en el cual los ataques convulsivos habían desaparecido por cerca de cuarenta años, y el individuo continuaba expuesto periódicamente todas las primaveras á ataques de epilepsia cerebral, que lo volvían furioso y excesivamente entregado á beber. En uno de ellos, y cuando aún no había bebido, mató á su anciana madre sin motivo alguno, al llegar ésta al lugar donde él estaba. Apenas la vio echó mano á un cuchillo y le dio de puñaladas en el cuello, sentándose enseguida sobre su cuerpo, y al presentarse su cuñada atraída por los gritos de la víctima, renovó las puñaladas en el seno de la moribunda anciana, y la acabó.(7)

Los siguientes son casos curiosos de epilepsia cerebral relacionados no directamente con accesos de grand mal ó petit mal, y cuya naturaleza epiléptica aparece incuestionable.

Una joven de Indiana, de veinticuatro años de edad, epiléptica desde los dieciséis, padecía de accesos de grand mal precedidos por una excitación maniática, por lo cual era antigua huésped del hospital. Sus ataques fueron insensiblemente trasformándose en manía, que duraba muchas horas, y en la cual mostraba tendencias suicidas sumamente obstinadas. Continuaron estos accesos de manía transitoria por un año, y entonces volvieron los convulsivos y sobrevino la demencia. Esta joven era además muy díscola, y requería aislamiento guardado con la más estricta vigilancia durante los paroxismos de manía.

Un joven de veintisiete años presentaba accesos de grand mal, precedidos por un aura que partía de la vejiga, y los cuales á veces abortaban orinando al sentir sus intimaciones; tenia además una deformidad congénita de los miembros izquierdos, y era un onanista insaciable. En el hospital sufrió muy pocos accesos convulsivos, pero en cambio ocurrían ataques periódicos de locura, que lo hacían desobediente é insolente, y entonces vagaba incesantemente por los alrededores del Asilo, atestando sus bolsillos con cuantos objetos pequeños encontraba. En uno de estos ataques se ahogó en el East River, dejando encargado á otro enfermo una carta disponiendo de los efectos que poseía en el hospital y dirigiendo á su madre multitud de vituperios.

Un hombre de treinta y seis años presentó en la niñez accesos de grand mal, que se repitieron en la pubertad, haciéndose muy frecuentes á los veinticinco y cesando luego para ser remplazados por ataques de manía. Estos aparecían tres ó cuatro veces al año y nunca se prolongaban más de un día, comenzando ordinariamente por la mañana, acompañados con instintos muy dañinos, alucinaciones del oído, ó palabras alborotosas, y preguntando sin cesar: "¿dónde, dónde; díganme dónde?" pero sin responder á pregunta alguna. La vesania cedió á un tratamiento con la ergotina, cicuta y bromuro de potasio; pero los accesos de grand mal continuaron repitiéndose con menos frecuencia, dejando al paciente muy irritable, letárgico y bostezando por algunas horas.

Otro hombre de treinta y dos años, epiléptico desde los doce, empezó con ataques de petit mal: si ocurrían cuando estaba hablando en su habitación, suspendía de pronto la conversación para esconderse en alguno de los rincones ó ponerse á dar vueltas á la llave en la cerradura de la puerta sin abrirla; andando en la calle, rompía en una corta carrera, deteniéndose confuso después del acceso, continuaba en uno y otro caso el hilo de su discurso sin apercibirse de lo que acababa de hacer. Al cabo de algún tiempo estos ataques se transformaron en grand mal frecuente, y sucedido durante algunos días por una melancolía que lo trasportaba á raptos de ira al oír la menor observación y aún su propio nombre, hasta que, por último, cambió de faz la afección y hubo accesos periódicos de monomanía religiosa que lo absorbían escribiendo sobre asuntos sagrados, ó leyendo la Biblia en voz alta, pero siempre desplegando las mismas disposiciones irascibles y dañinas. Así, llevaba un diario de su vida, que cuidadosamente ocultaba á todo el mundo, y en el cual se veían descritas sus alucinaciones de la vista y el oído, que también veremos en una carta de que en breve se hará mención.

No para ofrecer mayores pruebas, sino por el interés práctico que le acompaña, hacemos alusión al siguiente caso: -Una señora que nos fue dirigida por nuestro colega y amigo el profesor Charles Budd, padecía de ataques epilépticos nocturnos que habían pasado desapercibidos y que probablemente databan desde la pubertad, en cuya edad existieron desmayos frecuentes. Casóse, y en su viaje de boda, cuando todavía no había pasado el primer medio día de la luna de miel, estalló el primer acceso de grand mal, al verse en lo alto de la torre del cementerio de Mount Auburn, en Boston. Cuando esta señora me consultó, ahora tres años, sufría ligeros vértigos diurnos, precedidos por visiones instantáneas de una ráfaga de luz, cual un relámpago. La memoria iba perdiéndose rápidamente, y la enferma se quejaba de no ser ella misma.-"Me siento, decía, loca sin voluntad, -con ciegos impulsos de matar á mi hija recién nacida, é incapaz de resistirlos, por lo cual ha tenido mi madre que hacerse cargo de la niña," que, dicho sea de paso, está hoy parapléjica y todavía no ha articulado una palabra. Los ataques de vértigo descritos, desaparecieron completamente con nuestro tratamiento, y, habrá un año, que esta señora tuvo su segundo hijo, empezando de nuevo á sufrir ataques frecuentes de grand mal, que en breve fueron reemplazados por otros de epilepsia cerebral; tanto más fuertes, cuanto mayores eran los intervalos con que se sucedían. Un día, en Abril último, esta señora entró en el cuarto de su hija paralítica, y mandó salir de él á la criandera que la cuidaba. Luego que estuvo sola, introdujo los dedos de su mano derecha en la garganta de la niña, á quien hubiera sofocado, si la criada, sospechando por las maneras de la señora, que intentaba algo malo, no hubiese acudido en cuanto oyó los gritos ahogados de la niña. La madre pretendió que estaba trasmitiendo su electricidad á la garganta de la niña para curarla de la parálisis y del mutismo, y al ser separada de su hija rompió en una gran furia que continuó dos horas, al cabo de las cuales se durmió profundamente y despertó sin conocimiento alguno de lo que había intentado. Réstanos sólo añadir que entonces había trascurrido muchas semanas sin que se notase acceso alguno de grand mal.

Es imprescindible comenzar sentando datos auténticos al proponernos resolver satisfactoriamente cualquiera problema de Medicina Legal, porque los fallos de la justicia humana no pueden descansar en vacilaciones ni dudas, incompatibles con todo principio de equidad, y por tanto no se tacharán de superfluos los ejemplos clínicos que hemos relatado para establecer en terreno puramente práctico el origen y caracteres verdaderos de la locura epiléptica, que niegan muchos alienistas del día, y que otros desconocen ó consideran como una locura espuria. La primera cuestión que surge al ocuparnos de dicha locura, ó mejor dicho, de su etiología, es -¿por qué emanando de una misma afección, tienen los ataques de epilepsia cerebral mayor duración que los convulsivos? La razón salta á la vista. La facultad refleja de la médula se agota prontamente en cuanto se la pone en acción muchas veces seguidas, mientras que la actividad cerebral, siendo, por el contrario continua, resiste de una manera más prolongada á los efectos del choque epiléptico. Hemos avanzado anteriormente que basta investigar la naturaleza íntima de las supuestas manías transitorias ó instantáneas, para que disminuya la proporción de casos no procedentes de una afección epiléptica. Quédanos sólo agregar que como hasta aquí los casos más típicos de manía instintiva ("manie sans delire") de Pinel, Esquirol, Georget, Conolly, Prichard y otros, que hemos observado han sido en epilépticos, no vacilamos en repetir con Berthier, que la monomanía instintiva pasará á ser reconocida en día no muy distante como una forma de epilepsia dependiente de una lesión del gran simpático, conclusión no poco robustecida con las alteraciones especiales en la estructura del gran simpático, que hace tiempo hemos manifestado como características de la afección epiléptica, y que recientemente han corroborado las investigaciones fotomicroscópicas del cerebro en la locura, llevadas á cabo por el Dr. Gray.

Desde el principio de nuestras observaciones clínicas, notamos la frecuencia de la monomanía religiosa y de la erotomanía, no menos atentamente descritas también por Morel,(8) siendo por tanto extraño que en la interesante Memoria recientemente publicada por Jas. C. Howden sobre los sentimientos religiosos exagerados que se desarrollan en los primeros períodos de la afección epiléptica, diga este autor: -"que en su opinión esta faz del estado mental de los epilépticos no ha sido mirada con toda la atención que merece."(9)

Journal of Mental Science. No.LXXXIV, January 1873, págs. 482.


Respecto á la lubricidad de los epilépticos, haremos constar simplemente que en nuestra observación el onanismo ha sido por lo general síntoma inicial en vez de causa de la afección epiléptica, como ordinariamente se cree. Inútil es agregar que tan pernicioso hábito da pábulo é intensidad á los ataques, no tardando el efecto en operar á su vez poderosamente como causa coadyuvante de la enfermedad originaria. En los niños y adolescentes de temperamento neurótico hereditario el onanismo se nota comúnmente como fenómeno premonitor y, cual sucede en otras neurosis, anticipa los demás síntomas de la afección epiléptica.

Las formas remitente y continua de la locura epiléptica, acompañadas de demencia, imbecilidad ó una serie de síntomas muy análogos á los de la parálisis general, llevan en sí mismos escrito su diagnóstico, y no ofrecen dificultad alguna médico-legal. Señalaremos, sin embargo, los puntos de distinción entre la parésis ordinaria y la epiléptica, valiéndonos de la comparación tan gráfica y concisa sentada por Delasiauve: -"El parético epiléptico rara vez manifiesta la inconsistencia moral y el vago delirio ambicioso, que generalmente se observa en un simple parético.

Ciertamente que en él no hay divagación intelectual, su juicio es lento y confuso, débil y oscura la memoria, torpe y difícil la articulación de la palabra, mas siempre conservando, á pesar de ello, suficiente concepción para ejecutar los actos ordinarios de la vida y no ser un loco en la acepción verdadera de la palabra. Lo que en él predomina, dicho sea otra vez, es la incapacidad de obrar, una confusión intelectual más bien que incoherencia ó divagación de ideas. Cualquiera que sea el grado de deterioro intelectual a que hayan llegado los casos de paresis general debidos á la epilepsia, ostentan constantemente tan idénticas facciones, que es imposible confundirlos con ninguno procedente de otra causa".(10)


El diagnóstico diferencial entre la manía epiléptica y las demás manías periódicas, es asunto de primera importancia clínica y médico-legal, fácil de establecer cuando la historia del caso viene acompañada de una relación fidedigna de los antecedentes del individuo. La existencia de padres afectados de locura, epilepsia, ú otra enfermedad nerviosa constitucional, la extremada propensión á la ira, á impulsos insólitos, las rarezas de carácter con depravación moral, y un desarrollo mezquino de las facultades intelectuales, las convulsiones en la infancia ó adolescencia, seguidas por vértigos, mareos ó ausencias momentáneas y desvanecimientos, son todos elementos diagnósticos que, condensados en un caso, descubren la verdadera naturaleza epiléptica de cualquier desorden mental, ó instintivo y transitorio, si además se ha repetido siempre idénticamente ó con tal igualdad con los precedentes como jamás se nota, á no ser excepcionalmente, en otras variedades de manía. Más tan preciosos datos nos faltan á menudo, quedándonos entonces para guía de nuestro diagnóstico otros elementos de significación inequívoca, aunque no patente, para ojos inexpertos. Muy acordes estamos con Falret en proclamar: "que dados actos insólitos de violencia, ultrajes al pudor, homicidios, suicidios, incendios, sin causa alguna instigadora, y cuando al someterlos á una atenta y minuciosa investigación, se descubre un olvido de la perpetración del acto, que ha sido repetido periódicamente y siempre con rápida duración, podremos diagnosticar una epilepsia larvada."(11) Pero hay aún mas: no sólo repite la epilepsia cerebral ó psíquica, en paroxismos periódicos como todas las demás modalidades de la afección, y con todos los atributos de una vesania, sino que cuando ocurre desde un principio, sin más ataques precursores, como sucede en casos de lesiones traumáticas del cráneo, sífilis, etc., la repetición tiene lugar con mucha más frecuencia que en las demás circunstancias. Las manifestaciones de la locura epiléptica nunca lo son, antes al contrario, presuponen una previa repetición de accesos de carácter físico ó mental; por consiguiente, dicha vesania implica ordinariamente un período avanzado, pero no extremo, de la afección epiléptica, y de aquí la posibilidad de aliviarla, cuando no de curarla. Rara vez se desarrolla la locura epiléptica antes de la pubertad; la epilepsia congénita corre pareja con el idiotismo, y la que se desarrolla en la niñez acarrea la imbecilidad, siendo los epilépticos imbéciles una de las clases más peligrosas de los manicomios por los impulsos insólitos á que están expuestos.

Existe una relación manifiesta entre la intensidad y duración de la locura epiléptica y el grado de impedimento en la circulación cerebral, que puede al cabo terminar en meningitis. Desvanecimientos con sudores más ó menos profusos de la cabeza ó epistaxis, son accidentes que ocurren antes ó inmediatamente después del acceso. Nada pone más en evidencia el estado congestivo del cerebro, que la expresión abotagada y lívida de la cara, la inyección de las conjuntivas con una secreción blancuzca y espesa, que se aglomera en los ángulos palpebrales, y la mirada vaga y pesada del enfermo. La pupila, examinada durante las exacerbaciones del acceso, cuando el enfermo grita y da muestras de violencia, presenta una contracción y dilatación alternativas, igual á la que hemos descrito después de los ataques de petit mal y grand mal, y que en estos últimos casos puede prolongarse más de un minuto. La lentitud de la respiración en marcado desacuerdo fisiológico con la rapidez del pulso, es uno de los signos más inseparables de la afección epiléptica, hacia el cual hemos llamado la atención en nuestras Notas clínicas sobre la epilepsia(12) , y cuya validez hemos tenido ocasión de comprobar en varios casos recientes de gran trascendencia médico-legal.

Observase siempre al terminar el acceso de locura epiléptica, un período de sueño que establece la transición al estado normal de la inteligencia, y que á veces se prolonga muchas horas, acompañado de una respiración pesada y hasta estertorosa, que le asemeja al sueño de la embriaguez, con el cual suele confundirse, contribuyendo no poco á este error la rapidez con que se repone el paciente. La significación médico legal que puede ofrecer este síntoma, no es señalada por ningún autor. Otro signo peculiar y muy evidente de la locura epiléptica es la repetición en que incurre el enfermo de la misma idea presente en su imaginación, ó de las palabras que se le dirigen, signo que hemos llamado eco epiléptico, á semejanza del eco descrito por Romberg como indicio de reblandecimiento cerebral, y que en la epilepsia consideramos debido á una perversión de la voluntad. Aunque citado en algunas de las observaciones publicadas por los autores, su significación diagnóstica ha pasado desapercibida, y en nada resalta tanto como en los escritos de los locos epilépticos.

La siguiente carta fue escrita por el epiléptico afectado de monomanía religiosa, cuya observación hemos relatado. Siendo imposible trasportar á nuestro idioma los modismos y repeticiones de ésta y las siguientes cartas, las reproducimos como están originalmente escritas en inglés.

March 16th, 1868.-My Dear Brother:-Your letter of the 12th came safely to hand through the guidance and direting hand of our heavenly father. Thanks and blessings and honor be unto his holy name, for ever unto his holy name for ever. It was very welcomed and I was very glad to hear from you and all my friends again. See see how good Jesus is to me, how good Jesus is to me who never did deserve any mercy. I hope that the lines I wrote will do you a great deal of good, and that that it will be the means of saving them all. I hope that it will awaken all your luke warm profession and stirr you up, and it will awake your lukewarm and awake you out of your sleep, and show you your lost and ruined condition, and make you repent and believe on the Lord Jesus Christ, for if you do not you will be damned.

I have been blessed a great deal, and last night I received a glorious blessing from God. God is so very good very good to me a poor worm of the dust and Jesus my love is so sweet, so precious into my soul, and I do love Jesus Jesus. I can not love him enough. While I am writing he is smiling upon me, me and blessing me so sweetly, his blessed presence is so sweet. James you must draw nearer to God. Satan is trying his best to destroy you, but I have prayed the Lord to bless and make you entirely his. Watch and search the Scriptures. Woe, woe be that man that lives in his sins, and woe, woe, woe be to him that teaches false false doctrines, that says you can not live without sinning, if it were better for him than he had never born, for God God says we shall and must live without sinning. What say you, what say you. I say yes, yes with all my heart, glory be to God. Ask and believe, and you shall receive. I must now close. Let all, let all read this whoever will. Give my love to all, Accept my love and may God bless you all and save you all for Christ's sake in the name of our blessed Lord Jesus Christ, is the prayer of an humble follower of and brother in Christ.- * * * * P. S. write soon soon.


Las siguientes líneas fueron dejadas en nuestro estudio por una señora, la mañana después de haber tenido un ataque nocturno, y cuando todavía estaba bajo su influjo:

"Dear Doctor. I am very sorry I could not find at your office. The seton hurts me awfully. I getting quite getting quite well now of my head ache. I shall call on you at 5, pm. Yours respectfully."


Hay una carta escrita por un enfermo del Dr. Gray, que tuvo la bondad de facilitármela, que es verdaderamente característica. El enfermo padecía de ataques periódicos de locura epiléptica remitente, acompañados de epistaxis, y estaba demente. La carta se compone de las siguientes palabras y repeticiones, indescifrable en su mayor parte, pero que dejan ver el eco epiléptico, aumentándose á medida que el enfermo fatiga su imaginación, de tal manera, que la misma idea se mantiene repercutiendo todo el tiempo en un cerebro sin voluntad suficiente para tomar vuelo y lanzarse á nuevas concepciones.

"Harvey Morgan Catharine Morgan you can write to me as you want to and to the girls for i want to come home now rite awa for i am we we and fell good i have had no fit for a month for a month for I have been well and you can come after as quick as you can for i want come home as soon as i can so com as quick as you can use taugusta morgan almeda morgan mother morgan and my time is out so pap yo must come as you want to for a month i have not ben dockerd eny so i am well so for a mont i have no fit so yo can come as yo want to for i am redy to come so it is the 20 august and tel ma that i want to see her as yo can come and tell the tilt arger that i am glad that i am come home i fell very well and that i want to see them all veary well so come as quick as you can for i am ready as quick as you can can get here with awe tomorrow father i want to see you as quick as you get here for i am well for the boss of the house has not been to home for a month so you can come as quick as you can rite rite away and bee here the last of the month and tell ma that i wa to see her so papa you can come rite away as you get this leter then make a start for all things is rite as quick as you can for i am redy to come home rite away sob be rite along to morto for i am redy to come home rite away as quick as yon can come here for the doctor want to see you here wen you get here so come as quick as yo can rite awell away so i will rite rite away for thal say i am well so good by come as quick as yo can and i am redy to come rite away to doct says that i am well so come rite away for i have been left curde for a quite spell so i am ready to come home as quick as you get here so come as quick as you can so rite away tell them all that i want to see them all as quick as i can get at home so i will come as quick as i can get home i hope that they all are well for i want to see them all so tell ma that i am glad that, things is all write so bee rite along as quick as yo can that will be to-morrow i fell well so come as quick as you can come for i am redy to come home rite away to day so come on the 23 of this month and frite along as quick as yo can come for i am redy to come rite away tell ma that i want too see her as quick as i can so pa yo can come as quick as you can for i am redy to home as quick as yo can get here and bee redy to come as quick as yo can for i am redy to come rite away for i am well so brite along as quick as you can for the doctor say that i am well so come as quick as you can for i am redy to come home rite away come as yo can for think that they want ther pay so rite along as quick as yo can now for we are redy rite away to come home bee rite along as quick as yo can for i am redy to come home as quick as yo can get here so bee rite along to morrow for i am redy to come home rite along so bee here as quick as you can for to morrow as soon as i can bee rite along as soon as you can for now i am redy yess to see ma now pa come as you can as you can so tell the tittles girls that for long i vill bee at home for i am redy to come rite away so tell pa the quick he comes to bee rite along to be rite along within a few days rite along so come as quick as yo can to mor for there are redy as quick as yo get here so bee along as quick as yo can rite along for i am redy write along quick the better for i am redy to come home as quick as yo get here so bee rite along the are redy and they are all gone so bee rite along as quick as yo can so be yo here as quick as the better get home rite along that is so."


No ignoramos que los escritos de personas afectadas con otras vesanias muestran repeticiones; pero raras veces en grado tan excesivo como en la epilepsia, por lo que sin exagerar su significación, creemos que pueda prestar bastante utilidad médico legal en casos inciertos. Poco después de expuestos estos hechos en la última sesión anual de la Asociación de Alienistas Americanos, nuestro apreciable amigo el Dr. Wilkie, Superintendente del Asilo para locos criminales en Auburn, recibió un joven de buena familia, que había sido condenado por robo, bajo circunstancias muy extraordinarias. Sus antecedentes, muy incompletos, no autorizaban para sospechar que fuese epiléptico; pero las cartas que escribió en el Asilo, y una súplica que dirigió al Gobernador del Estado, llenas todas de repeticiones, dieron la clave al Dr. Wilkie de la verdadera naturaleza de la vesania oscura de que se trataba, y que diagnosticó epilepsia cerebral. A las pocas semanas de este diagnóstico, el joven fue atacado de repente por una serie de accesos ó status epilepticus, y murió de meningitis epiléptica.

Por último, único y muy curioso ha sido también el ejemplo de eco epiléptico publicado por nuestro no menos apreciable amigo el Dr. Eastman, Superintendente del Asilo de Worcesster, en apoyo de nuestras observaciones. Un cajista epiléptico tuvo un acceso mientras componía una circular. Las siguientes son copias de la prueba que obtuvo en tal estado y del original que había de imprimir.

The annual meeting of the County Convention of Young Men'sn's ChriCiisrishian years days associations, was ashoiciacation, afforcited for the ogffer cas chere chere choredess:-

The annual meeting of the County Convention of Young Men's Christian Associations, was held at Westboroug, yesterday. Officers for the ensuing year were chosen as follows:

Este es el más elocuente ejemplo que darse pueda de eco epiléptico ó de epilepsia intelectual, muy digno de tenerse en cuenta por psicólogos y alienistas.


Antes de concluir estos detalles, permítasenos algunas breves reflexiones sobre las alucinaciones é ilusiones, que tan constantemente se asocian á la locura epiléptica. La estadística de los 267 casos que sirven de base á las aserciones que hemos ido emitiendo, demuestra que en ochenta y seis por ciento de dichos casos se notaron fenómenos sensoriales de diversas clases. Las alucinaciones del oído fueron las más prevalecientes, en sesenta y dos por ciento de los casos; las de la vista en cincuenta y tres por ciento; del oído y la vista en cuarenta y dos por ciento, y del olfato en seis por ciento. Finalmente, treinta por ciento de los casos dieron signos de perversión de la sensibilidad general, tales como anestesia, hiperestesia, hormigueos, etc.: si tomamos en cuenta la frecuencia de todas estas sensaciones engañosas en el curso de la locura epiléptica, realizaremos la manera cómo sus víctimas se fascinan con las sensaciones que experimentan y que por lo común revisten el carácter más terrible y engañador. Y no son únicamente las alucinaciones de la vista y del oído las que sobrecogen á los epilépticos, sino que también sufren angustias sin treguas, debidas al estado de su sensibilidad general. Uno de nuestros enfermos suplicaba le librase de sus sensaciones, aún cuando no se curase de los ataques, y aseguraba que su padecimiento no estaba en la cabeza, sino en toda su piel, no pudiendo dar cuenta de lo que sentía. La única manera con que lograba aplacar tan terrible irritación, era golpeando sin cesar con los puños las paredes de su habitación, hasta desgarrarse las manos y agotar sus fuerzas. En uno de estos accesos, que tanto se asemejaban á la manía instintiva de Pinel y Esquirol, hizo pedazos la puerta de su cuarto, y fue necesario apelar á medios de restricción para dominarlo. Por demás nos parece aludir á los términos tan positivos con que Brierre de Boismont, cuya autoridad en materia de alucinaciones no reconoce superior, condena el modo con que los que discuten la responsabilidad legal de los epilépticos, se desentienden completamente de las relaciones entre las alucinaciones y la epilepsia, que existen en la conmoción epiléptica que sólo afecta la voluntad. El eminente alienista francés, cuyo testimonio invocamos, relata muchas observaciones confirmando la frecuencia de las alucinaciones en la epilepsia, y cree probable que muchos de los crímenes cometidos por los desgraciados seres que la padecen, y por los cuales han sido castigados severamente, han procedido únicamente de alucinaciones del oído y de la vista. Fácil nos sería, si el tiempo no nos viniese tan corto, acumular hechos propios, que agregados á los de Brierre de Boismont y otros alienistas, establecen muy claramente que los fenómenos de sensibilidad mórbida que nos ocupan, son la principal fuente de los impulsos violentos é instantáneos tan propios de los epilépticos.

Siempre que tengamos elementos de comparación descubriremos, como lo indican nuestras estadísticas, que las alucinaciones del oído son las más frecuentes. Morel insiste con muchísima razón en su carácter y en los gritos penetrantes que escuchan los epilépticos, los cuales se diferencian enteramente de los ruidos que acusan los afectados con el delirio de persecución. Hay, dice Morel, algo muy especial en el fenómeno, que no puede escaparse á un observador atento y que siempre condujo al eminente alienista citado á un diagnóstico positivo.

Ocioso sería especular sobre los diversos puntos que hemos tocado rápidamente al trazar fielmente, no una completa descripción de la locura epiléptica, sino un bosquejo general, en el cual nos hemos desentendido de los fenómenos psíquicos, que, cual nubarrones ó truenos precursores de la borrasca, anuncian la irrupción de un acceso epiléptico, bajo la forma de un aura intelectual, que tan gráficamente ha sido descrita por Falret. Igualmente hemos dejado de aludir á las modificaciones morales é intelectuales que caracterizan la epilepsia, y que pueden tener lugar desde su principio tras el primer acceso, que borra entonces, como dice Maudsley, todo sentimiento moral, como borra á veces la memoria. Y una vez mas repitamos, que tan profundo cambio moral y tanta depravación sobrevienen con más frecuencia desde el primer acceso, cuando la epilepsia proviene de una lesión traumática del cráneo, lo cual ofrece no poca trascendencia médico-legal. La apreciación de semejantes disposiciones mórbidas está rodeada de muchas dificultades y grande es la prevención con que la acogen los tribunales; sin embargo, tales trastornos intelectuales, aun cuando no constituyan un estado de locura, deben colocar al epiléptico, según declara justamente Baillarger, fuera de la regla común, ó por lo menos atenuar su responsabilidad legal.

Las relaciones médico-legales de la locura epiléptica no nos detendrán mucho, por ser excusado insistir sobre los puntos legales que se susciten, en ejemplos tan incuestionables como los que hemos narrado. Así, pues, terminaremos con algunas reflexiones sobre el estado de inconciencia característico de la locura epiléptica, y la irresponsabilidad legal que debe conferir. Nuestra idea de responsabilidad se halla claramente definida en la lúcida conclusión consignada por Bucknill en la memoria que mereció el premio ofrecido por el filántropo Lord Leonard al mejor trabajo sobre la locura en sus relaciones con actos criminales, y que es sin disputa la obra más sabia y humana sobre tan importante asunto, á la vez que el más bello y envidiable monumento de la literatura médica inglesa.-"La responsabilidad, dice Bucknill, depende del poder, no del saber y mucho menos de la sensibilidad. Un hombre es responsable de lo que puede hacer y no de lo que sienta ó sepa que es bueno hacer. Si por una enfermedad del cerebro un individuo se ve reducido al yugo de una pasión, pierde así toda libertad moral y toda responsabilidad, aún cuando conserve intacto su conocimiento del bien y del mal"(13) . Con tal convicción respecto á la responsabilidad y teniendo además presente la naturaleza refleja de los fenómenos físicos y mentales ligados á la epilepsia, así como también nuestra incapacidad para impedir los efectos de acciones reflejas, se sigue necesariamente que en nuestro concepto: los epilépticos son irresponsables de todo acto criminal que cometan bajo el influjo de un paroxismo. El castigo que en tales circunstancias se les imponga, estará conforme al código penal, mas no por ello dejará de ser inhumano, toda vez que obliga á un hombre á ser responsable de verse afligido por el más cruel de los males, cuyas consecuencias no puede evitar. Esta explicación basta igualmente para estimar la responsabilidad de aquellos epilépticos que aparentan conservar conocimiento del bien y del mal, y que, como los demás locos, cometen actos criminales ó amenazan con premeditación é idea de las consecuencias. Sabemos prácticamente que designio sistemático, é ingenio en la ejecución de un acto, en nada contradicen la locura; por consiguiente, no malgastaremos el tiempo repitiendo lo que todos hemos aprendido desde el primer momento de nuestra experiencia clínica en las vesanias. Respecto á la responsabilidad de los locos epilépticos, lo que deseamos sentar categóricamente es que la mayor parte no conservan conocimiento, ó si acaso algo conservan, es una idea muy imperfecta de sus maldades, siendo dicho estado de inconciencia, -y en esto insistimos,- característica de la locura epiléptica. El grave error al juzgar actos criminales ejecutados durante un estado de vesania, consiste generalmente en estimar la naturaleza íntima de las sensaciones mórbidas y acciones de tales locos, por la pauta de nuestros sentimientos sanos. La acción cerebral inconsciente se muestra altamente en la epilepsia, sin serle excepcional, puesto que la observamos en otras formas de locura y muy evidentemente en el sonambulismo. El reconocimiento de nuestros sentimientos y acciones es requisito esencial de la conciencia, y obvio es que los locos carecen, aún en sus momentos más racionales y tranquilos, de una debida apreciación de sus sentimientos y relaciones externas. Prueba muy irrevocable de esta acción cerebral inconsciente de los locos, ofrece el hecho tan á propósito traído á cuenta por Bucknill, de que gran número de individuos con tendencias á volverse locos, tienen el poder de superarlas, con tal de que se les acostumbre á ejercitarlo, lo que simplemente significa, con tal de que se habitúe su voluntad á reflexionar y á adquirir la debida apreciación de sus actos, ó, en una palabra, con tal que obren con conciencia.

Los ejemplos que hemos presentado ponen fuera de duda la inconciencia en los accesos de locura epiléptica, y nos dan la clave para explicar el olvido tan inconcebible y repentino de sus actos criminales, que tanto singularizan á los epilépticos. Al referirse al estado de inconciencia no inmediatamente ligado al acceso, durante el cual Fyler, Bethel y Winnemore cometieron sus respectivos crímenes, el Dr. Ray dice: que sólo viene comprobado por las propias declaraciones de los culpables, las cuales -vistas las circunstancias- no deben admitirse implícitamente. La descripción que hemos expuesto de esta faz de la afección epiléptica, demuestra que no hubo nada de improbable en las declaraciones de estos tres epilépticos. Otro punto interesante, digno de particular mención, es que ninguno de los enfermos que hemos estudiado tenía conocimiento de haberse conducido jamás de un modo inconsciente, siendo sus parientes y amigos quienes dieron siempre cuenta de los ataques de inconciencia. El joven que, posesionándose de un carricoche hallado en la calle, anduvo en él por dos ó tres horas durante un acceso de locura epiléptica, y que en otro posterior se embarcó para Inglaterra, nunca tuvo conocimiento de semejantes hechos; ni tampoco han sido más capaces los demás epilépticos de informar sobre sus trances análogos de inconciencia. El caso de Winnemore es por lo tanto curioso bajo este punto de vista, puesto que él supo que una vez estuvo remando en un bote muchas horas sin apercibirse del suceso, del cual, es verdad, le informaron las personas que lo vieron.

En la prisión de las Tumbas de Nueva York, hay un joven que asesinó al seductor de su mujer. La genealogía de este individuo esta saturada de locura: su padre y un hermano menor son epilépticos, y seis de los tíos y primos paternos son igualmente epilépticos ó locos. La vida y viajes de este hombre son una serie de aventuras: dice que ha padecido de grand mal y de ataques que califica como parálisis nerviosa, los cuales probablemente son petit mal. Añade que en una disputa, bajo el influjo de un acceso de grand mal, disparó un pistoletazo é hirió á su suegro; y además de tener un tic de los músculos faciales, presenta signos de sífilis constitucional y de tuberculosis. En fin, los antecedentes del caso despiertan grandes sospechas de epilepsia. En una entrevista de cerca de una hora que tuvimos con este preso, acompañado por uno de sus abogados defensores, nos habló sin reparo, en términos que nos produjeron la impresión de que carecía de apreciación real ó remordimiento del crimen que había cometido. Entre sus diversas aventuras refirió, que en 1857, siendo dependiente de una casa de comercio, se paseaba por los muelles de Nueva York, en momentos en que el vapor "Jas Adger" salía para Charleston, y sin reflexión saltó á bordo y fue trasportado á dicho punto, donde sin recursos ni amigos, tuvo que empeñar sus prendas para volver en una barca á Nueva York, y allí llegó en un estado de estupidez que duró varios días. Jamás ha podido darse cuenta de las razones que lo impulsaron á un acto tan extraordinario y á abandonar su colocación, aunque recuerda algunos sucesos de tan extraño viaje; y si lo que él aserta respecto á los accesos de epilepsia recibe confirmación, es de presumirse que su viaje á Charleston se verificó bajo el influjo de un paroxismo de epilepsia cerebral. Probados tales hechos, será éste el primer caso que llegue á nuestro conocimiento de un epiléptico que haya conservado recuerdos de sus paroxismos de inconciencia, sin que persona alguna se los haya participado.

Establecer los principales fenómenos que presten el más seguro criterio para reconocer la locura epiléptica, ha sido el objeto de esta comunicación, ya demasiado larga, y vano es advertir que se requiera indispensablemente la previa demostración de dichos fenómenos para decidir la naturaleza de actos perpetrados bajo el influjo de un supuesto estado epiléptico. Insensiblemente nos hemos extendido más allá de los límites que calculábamos, y damos fin. La práctica concienzuda de nuestra profesión nos enseña que, para adelantar, preciso es que nos dispongamos á desechar nuestras conclusiones con la demostración positiva de su insuficiencia y errores. Con todo estudio hemos evitado empeñarnos en vanas hipótesis que, por muy plausibles que fuesen, sólo servirían para oscurecer aún más las cuestiones tan vitales que en favor de los epilépticos hemos discutido. Persuadidos estamos de que mucho nos queda que dilucidar en tan vasta é importante materia, pero la narración de los hechos que hemos estudiado atentamente, y que han sido sometidos al ilustrado juicio de la Academia, aun cuando no sugieran nuevas ideas, podrán sin embargo contribuir á una apreciación más correcta de los principios prácticos que justifican.

 

 

(1) The Journal of Mental Science, octubre 1872,t.408. No. LXXXIII.

(2) Epilepsy; it symtoptoms treatment, etc. London, 1861, p.163.

(3) Etat Mental des Epileptiques. París, 1861.p.62.

(4) Opinions upon the Mental Competency of Mr. Parish: New York, 1857, página 570.

(5) Annales Médico-psychologiques meme series. Tome IX. Janvier, 1873, págs. 151-153.

(6) Comentaries on Insanity. London, 1828, págs. 156.

(7) Archives. Cliniques des Maladies Mentales et Nerveuses. París 1861, tome l, pág. 306.

(8) Traeté des Maladies Mentales, 1860, págs.701

(9) Journal of Mental Science. No. LXXXIV, January 1873, págs. 482.

(10) Journal de Medicine Mentale, tome I. París, 1861, págs. 271

(11) Annales Médico-psychologiques, méme serie. Tome IX, Janvier 1873.p.126.

(12) On Epilepsy. Anatomo- pathological and clinical Notes. New York. 1870, pp 279, et seq.

(13) Unsoundness of mind in relation to criminal acts. Second edit. London 1857, págs, 59.

 

 

(*) Memoria leída por el autor ante la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana en sus sesiones del 25 de enero y 8 de febrero de 1874.-Anales, tomo X, páginas 366-85.