Elogio del habanero Dr. Manuel González Echeverría (*)

 

por el DR. NATALIO CHEDIAK AHUAYDA

 

 


 

 

Natura non facit saltus, y la Medicina, o cualquiera de las múltiples y variadas especialidades, en que se ha fraccionado el estudio y ejercicio de esta muy respetable y bienhechora rama del saber humano, no obstante sus generosos y loables anhelos, e incesantes esfuerzos para ahorrarnos, o librarnos a breve plazo, y en la medida de lo posible, de algunos de los muchos sufrimientos y males que afligen nuestra existencia, para conseguir, a la postre, descubrir no más que unas cuantas verdades científicas, de cuya posesión pudiera hoy muy bien vanagloriarse, ha debido forzosamente marchar como aquélla genial señora, la Naturaleza, sin precipitaciones, siempre a compás y en armonía con el dominante e inconmovible viejo Cronos.

Ya, afortunadamente, en los momentos actuales, se puede afirmar, sin incurrir en exageración, que una de las especialidades surgidas del grueso y secular tronco de la Medicina, la Neuropsiquiatría, que por muchos años permaneció sumida en el más lamentable estancamiento, principalmente a causa de ignorarse hasta una época muy avanzada del siglo XIX importantes detalles anatómicos e histológicos, así como mucho de la fisiología del sistema nervioso, y por ende casi todo lo relativo a los procesos patológicos de sus enfermedades, y a la terapéutica de las mismas, se ha anotado resonantes victorias. Estos éxitos de la Neuropsiquiatría permiten a los médicos y cirujanos de la era presente, y especializados en ella, el logro de unos pocos de sus respectivos, nobles y elevados propósitos: a los primeros, los psiquiatras, reducir considerablemente el número de los casos de locura que antes acababan, casi todos, por ser condenados a terminar sus miserables vidas, presos de la incurable demencia, en los manicomios o asilos, y a los otros, a los neurocirujanos, ejecutar arriesgadas intervenciones quirúrgicas, aún en el propio cerebro, que se llegó a denominar el monte Everest de la Cirugía, por las dificultades inherentes al acceso en tan delicado órgano, o las que se derivaban de sus manipulaciones, con resultados bastante favorables o satisfactorios en pacientes que, en lo pretérito, se consideraban inoperables o desahuciados.

¿Más cómo se ha podido levantar a tan grande y apreciable altura el edificio científico que simboliza los adelantos, que muestra un tanto ufana la neuropsiquiatría de nuestros tiempos? Ignorantes, desmemoriados o ingratos, merecerían llamarse los que atribuyesen semejantes progresos, exclusivamente a los hombres de ciencia de la generación actual, porque ello equivaldría a desconocer, a olvidar o no agradecer el áureo legado que les dejaron, a su paso por las crujías de los hospitales y asilos, y en sus escritos, en revistas, folletos y libros, los que fueron sus precursores, los denodados "pioneros" de la especialidad, aquella legión de sabios galenos, en la que formaron figuras calificadas de geniales, como Esquirol, Trousseau y otros, no menos famosos médicos, y también para gloria de nuestra clase profesional, y sobre todo, de Cuba, la persona de este habanero, el doctor Manuel González Echeverría, cuyo retrato -que acaba de ser develado por su nieta la Sra. Terina Souza de Del Valle- en merecido tributo de admiración y recuerdo, formará parte en la sucesión de la galería de esta Sociedad; aún más, Señoras y Señores, de arrogantes o irreverentes pudieran catalogarse a cuantos mirasen con indiferencia o desdén a aquella constelación de estrellas de primera magnitud de la Neuropsiquiatría, en la que brilló dicho médico cubano, el doctor González Echeverría, con el fulgor inextinguible de su mente privilegiada, porque todos, y cada uno de ellos, contribuyeron, aportando los ricos materiales de sus atinadas observaciones, concienzudos trabajos y provechosas y fecundas enseñanzas, a batir los cimientos sobre los cuales se empina, gozosa, la obra que es ahora exponente de los avances realizados por la Neuro-psiquiatría.

No dispusieron el doctor González Echeverría y sus contemporáneos de la complicada técnica que hoy casi ha desplazado, por completo, la labor ingente que antes llevaba a cabo el médico, a la cabecera del paciente, pero en cambio sus diagnósticos de las enfermedades, lejos de dictárselos el laboratorio, o complicados aparatos o máquinas, los hacían por si solos, y ciertamente con suficiente y pasmosa precisión, poniendo en juego, sobre todo, los poderosos recursos de sus sentidos o inteligencia, y sus grandes facultades de observación. Mientras en esta hora, acaso se abusa de los exámenes objetivos de las enfermedades, mientras aquéllos médicos, complaciéndose en practicar al máximum todo lo que de arte tiene el ejercicio de la medicina, analizaban tanto a la enfermedad como al enfermo, en su aspecto objetivo y subjetivo. Forjados al calor de un contacto clínico más íntimo, tales sabios consideraban a la enfermedad en función del enfermo, es decir, de un individuo, con perfiles psicosomáticos propios, capaces de producir reacciones que le son peculiares y pueden no pocas veces influir en el orden fisiológico, orgánico o patológico, de distintas, o muchas maneras, para imprimirle al cuadro morboso características, singulares, en cada caso. El doctor González Echeverría fue de esa suerte un artista y un científico a la vez: un médico completo.

Si, Señoras y Señores, y no es producto de un chauvinismo que afortunadamente estamos distantes de esgrimir, la aseveración que acabo de hacer. El respeto que a vosotros os debo, y el que a mi también me guardo, védanme en lo absoluto el uso del ditirambo. En todo juicio crítico, y más aun en el que emito sobre el valor científico de un hombre, cuídome mucho de la parcialidad. Os he afirmado que el doctor González Echeverría fue una cumbre, que alternó y rivalizó por sus extraordinarios méritos con los más eminentes neuropsiquiatras de su época, y todavía agrego, que se ganó una fama bien extendida por los principales centros científicos, y las naciones más civilizadas del orbe, ateniéndome fielmente, como después os probaré, a las opiniones expresadas sobre él, o sus obras, por reconocidas autoridades en el campo de la Neuro-psiquiatría.

Efectivamente, Señoras y Señores, para proclamar los altos quilates de neuro-psiquiatra del doctor González Echeverría, y obtener que en el extranjero se le acrediten a su haber científico, no hemos tenido los cubanos que apelar a reclamación alguna, ni tampoco ampararnos en los socorridos pliegues de la bandera nacional. Nos ha bastado, simplemente, con la fuerza elocuente de sus hechos realizados, en las principales ciudades del mundo, los que se le abonaron espontáneamente en términos muy laudatorios a su cuenta: por qué es lo cierto y bueno es hacer constar, que al doctor González Echeverría se le conoció, primero y mejor, fuera, antes que en Cuba, su propia patria, donde, y es lamentable tener que confesarlo, sí se le ha mencionado o menciona, ello ha obedecido a que no era posible que dejase, por fin, de trascender hasta nosotros la gran celebridad científica que conquistó en tierras extrañas, en varias de las naciones más cultas del orbe.

En corroboración a que no son graciosas o hijas de la pasión, y por tanto infundadas las alabanzas que acabo de hacer del doctor G. Echeverría, y para darle exacto y debido cumplimiento a la promesa que previamente os empeñara, me será suficiente con ofreceros, como lo haré enseguida, una somera exposición de los rasgos más salientes de su flamante carrera científica.

Nació el doctor Manuel González Echeverría en La Habana, el año 1833 y en ella vivió los primeros años de su existencia. Después de efectuar sus estudios elementales, y los de 2a. enseñanza, en el Colegio "El Salvador" de Don Pepe, y habiendo mostrado su vocación por la carrera de Medicina, fue enviado por su tío, José Antonio Echeverría, a París, encomendado a la familia Alfonso de Aldama, ligada a éste muy estrechamente, para que allá estudiase esta carrera en la Universidad del lugar, considerada entonces, entre las instituciones de su clase, la incubadora de los mejores médicos.

Durante sus estudios intimó mucho, con uno de sus profesores, el doctor Charles Robin, quien sabedor de sus excelentes dotes de dibujante, encargó a González Echeverría el diseño de muchas de las láminas que mostrando al pié la letra E. inicial de su segundo apellido, aparecen en los "Trabajos fundamentales de Histología" de aquel maestro. Tomando bajo su tutela, la propulsión de la Anatomía Patológica, ciencia que comenzaba a dar sus primeros pasos, el doctor Robin hallábase, a la sazón, dedicado al estudio de sus problemas, y realizaba, asistido por algunos de sus alumnos, sus investigaciones sobre la materia. Esto, y su amistad con el doctor Robin, le ofrecieron a G. Echeverría oportunidad, que muy bien aprovechó, para familiarizarse con el manejo del microscopio. Además, como hablaba perfectamente el inglés, y consumía, visitando hospitales y clínicas, sus vacaciones en Londres, G. Echeverría siendo todavía un estudiante, trabó relaciones con varios médicos ingleses, y una amistad, muy cordial que sostuvo hasta la muerte, con el doctor Hack Tüke, quien habría de ser después un notable alienista en Inglaterra.

En el año 1860 gradúose G. Echeverría de Doctor en Medicina, ante un tribunal presidido por Nelaton, presentando en opción a su diploma una tan interesante tesis: "Sobre la naturaleza patológica de la afección (Tubérculos de las Vértebras)" que todavía se cita en el Tratado de Patología Quirúrgica de Le Dentu y Delbet, editado en fecha nada remota. Aun se describen, en algunas obras de Patología Quirúrgica, con las mismas palabras que el empleara "de en heces de vino" el aspecto de cierta variedad de infiltración tuberculosa que fue el tema de su resonante tesis. En ese mismo año y primero de su carrera, publicó en francés un magnífico trabajo que tituló: "Sobre la Perineorrafia".

Parece que su vocación por la Neuropsiquiatría vino a despertársela aquel, que habiendo antes ocupado la cátedra de Retórica en Tours, fue después un coloso de la clínica, el insigne maestro y príncipe de la palabra Trousseau con sus magistrales lecciones sobre las enfermedades del sistema nervioso, y entre ellas, señaladamente con las que le dedicara al estudio de la epilepsia, todo un monumento didáctico en su época.

A poco de hallarse en posesión de su título, G. Echeverría decidió trasladarse a Londres, donde, por gestiones de Tüke, empezó a ejercer su profesión. Allí se le ofreció una plaza de médico en el Hospital de locos Bedlan que no hubo de aceptar y desempeñar, sino posteriormente, a su regreso de un viaje que hizo a La Habana y que verificó tan solo para unirse, definitivamente, en matrimonio, y por toda su vida, con la Srta. Leocadia H. Brazza sellando así las relaciones amorosas que habían sostenido desde la niñez.

Escasamente tres años permaneció en la Capital de Inglaterra, pues que respondiendo a los estímulos que recibiera de parte de ciertas organizaciones científicas norte-americanas, y que seguramente debieron originarse de su buena actuación médica en suelo británico, se mudó en el año 1862, para New York. En esta ciudad no demoró en recibir las más relevantes distinciones científicas al designarle primeramente, el Board of Comissioners of Public Charity director del Asilo de locos y epilépticos de New York, y con su nombramiento, después, para ocupar la Cátedra, recientemente creada, de Enfermedades Mentales y Nerviosas del Colegio Médico de la Universidad de New York. Con el tiempo, el doctor Echeverría agregó a los precedentes, el cargo de médico de visita del Charity Hospital. Fue además, socio correspondiente de la Sociedad Médico Psicológica de Gran Bretaña.

Establecido en New York hubo de enriquecer el acervo de la cultura médica con los rendimientos de sus grandiosas observaciones y experiencias clínicas que acumuló y expuso su pluma ágil y certera, en las siguientes producciones, escritas todas ellas en inglés.

l. Causas inmediatas del delirium tremens. N. York 1862.

2. Simpatía entre los ovarios y la faringe. N. York. 1865.

3. Apoplejía de la médula espinal. N. York 1865.

4. Parálisis reflejas, su anatomía patológica, y relación con el simpático. N. York. 1865.

5. De la estricnina administrada hipodérmicamente en las afecciones paralíticas. N. Haven. Conn. 1868.

6. Sobre los efectos de la cicuta en la Epilepsia. N. York. 1870.

7. Su obra magistral "On Epilepsy", o sea, "Sobre Epilepsia", libro profusamente documentado con ilustraciones que hicieron época en su tiempo, y aun se mencionan, en acreditados textos, que despertando los más cálidos y entusiastas elogios de la crítica mereció muy pronto ser la obra de consulta por excelencia sobre la materia, fuente de constantes referencias para los tratadistas de enfermedades nerviosas y mentales, y cita obligada de todas las relaciones bibliográficas importantes en asuntos de Neuro-psiquiatría.

Para convencerse de las excelencias de esta obra escrita en 1870, es preciso que el juzgador se remonte, con el pensamiento, a la época de su publicación, y tenga muy presente que en aquellos tiempos, todavía se ocultaban en la sombra de la ignorancia, las localizaciones de los centro motores, en la corteza cerebral, y que no fue sino casi un cuarto de siglo después, cuando el profesor de Pavía Golgi y el histólogo español Ramón y Cajal, terminaron por poner en claro la individualidad de la célula nerviosa. Procediendo de ese modo, se comprenderá fácilmente cuán justificada estuvo la férvida recepción que le dispensaron, los críticos más exigentes, a la mencionada obra. En ella su autor con sus acuciosas investigaciones, y amplísima experiencia que propiciada por la riqueza y abundancia en materiales clínicos de los hospitales norteamericanos, por un lado, evidenció y delató algunas concepciones erróneas de sus antecesores, y también de los neuropsiquiatras de la época, y por el otro vertió raudales de luz sobre la anatomía e histología, normal y patológica del cerebro, y sobre la patogenia de sus enfermedades.

De ahí -y por no citar más que una de las rectificaciones que determinó- cómo por efecto de las pruebas, profusas y terminantes que dicha obra aportara rodó al suelo la teoría de Lassegue por la que cargaba la patogénia de la epilepsia a la asimetría craneana. El doctor G. Echeverría, valiéndose del conformador que usan los sombreros, comprobó y demostró la falsedad de tal aserto. Nada os diré para no fatigar vuestros benévolos oídos, de las minuciosas investigaciones que en torno al ataque epiléptico, y realizadas por el mismo doctor G. Echeverría, se exponen en la susodicha obra. Ellas nos informan a ese respecto, cumplidamente de las alteraciones del pulso; incluyendo sus trazados esfigmográficos, de los trastornos de la respiración, de las modificaciones de la pupila, y de los cambios de la orina, y además, del resultado de los exámenes de los capilares del fondo del ojo. Estos últimos los verificaba el doctor G. Echeverría; con singular precisión por ser hábil oftalmoscopista. Conviene, sin embargo, destacar que posiblemente el valor principal de la mencionada obra radica en que exhibe una copiosa documentación anátomo-patológica, e ilustra sobre el examen histológico de las lesiones. Estas valiosas revelaciones, y las originales y admirables láminas que las complementan, hicieron de la obra "On Epilepsy" el punto culminante de la carrera del doctor G. Echeverría, jalón que marcó su encumbramiento al rango de la suprema autoridad norteamericana en las afecciones mentales y nerviosas, y base firme para que se le conceptuase "urbi et orbe" uno de los primeros especialistas en epilepsia.

¿Pero a qué hablar nosotros, pigmeos de la ciencia hipocrática, sobre la obra "On Epilepsy" del doctor G. Echeverría, cuando ya lo hicieron, con abrumadora elocuencia, maestros de talla incomparable y con tanta autoridad que aún se advierte su influencia en los textos de Medicina modernos? Cedámosle pues, la palabra, siquiera sea a uno de ellos, a Juan Martín Charcot, el esclarecido profesor de la Salpetriére, quien en su vigésima lección, titulada "La Epilepsia parcial de origen sifilítico", publicada en 1877, dice lo siguiente: "Las lesiones de paquemengitis gomosa… circunscrita, se encuentran ya descritas con precisión ... en dos láminas, cromolitografiadas, anexas a la obra de M. G. Echeverría, (On Epilepsy) New York-, y que dan de estas lesiones, que no se tiene ocasión frecuente de encontrar en las autopsias, una fiel representación y conciernen igualmente a un caso de Epilepsia Parcial"; y luego, en páginas posteriores, insistiendo en el tema manifiesta esto otro:

"Según la teoría, fundada en trabajos recientes (anteriores y próximos al año 1877) las placas gomosas de la epilepsia parcial deberán situarse en la superficie de las circunvoluciones frontal ascendente y parietal ascendente, o al menos, en su proximidad inmediata. La realidad del hecho no ha sido aun regularmente verificada, que yo sepa, hasta el presente, pero no tardará en serlo sin duda. Aguardándolo, puedo hacer notar que en la lámina de Echeverría, ya mencionada, fácil es reconocer que las lesiones gomosas ocupan la vecindad de la cisura de Rolando, es decir, una región perteneciente al dominio de la zona motriz cortical".


Y como no había de apuntar e invocar Charcot, con tanta insistencia, a la obra del doctor G. Echeverría, cuando ella con sus novedosas ilustraciones, sobre las lesiones avariósicas, asentadas en la zona rolándica iluminó el sendero, para ulteriores descubrimientos, sobre la anatomía, fisiología y patología del sistema nervioso. Fácil es colegir como el doctor G. Echeverría contribuyó ostensiblemente a allanar el camino que guió a la solución de muchos de los intrincados problemas de la anátomo-fisio-patología cerebral, todavía no aclarados o resueltos en ese tiempo, si se recuerda que no fue sino hasta ese año de 1870, fecha de la publicación de la obra de aquel "On Epilepsy", que Fritsch y Mitzig iniciaron sus experiencias sobre las localizaciones cerebrales y que estas vinieron a quedar dilucidadas algunos años más tarde, casi en las postrimerías del siglo XIX.

Autor de obra y trabajos tan sustanciosos, el doctor G. Echeverría ha tenido necesariamente que ser venero de numerosas menciones por cuantos han abordado el estudio, y dado a la publicidad tratados de epilepsia, o enfermedades del sistema nervioso, y así se puede ver que Charles Feré en su obra "Las epilepsias y los epilépticos", le menciona once veces, algo más que a su famoso coterráneo, el gran neuropsiquiatra francés Jabret y que quien fuera en su época el sol de la Neuropsiquiatría inglesa, el memorable profesor del Colegio de la Universidad de Londres, Sir William H. Gower, le cita otras tantas ocasiones. A mayor abundamiento, en el Diccionario Enciclopédico de Ciencias Médicas, escrito en francés, primeramente bajo la dirección de A. Dechambre, y después por L. Lereboullet, en el segundo de sus artículos sobre epilepsia, sin duda alguna el mejor, al tratar de las epilepsias larvadas de forma mental, y dando cuenta de las investigaciones clínicas que respecto a esta modalidad del mal epiléptico se habían verificado, relaciona las del doctor G. Echeverría, citando su nombre, junto a los de Addison, Criesinger, Kraft Ebing, Falret, que fueron verdaderas notabilidades. Aparte de mencionar muchas veces, y de manera amplia al doctor G. Echeverría, en el mismo plano que a luminarias de la Neuro-psiquiatría como Notnagel, Sieveking, Gowers y Feré, en dicho Diccionario no solo se invocan las opiniones de él sino además se insertan, en el capítulo concerniente a la Herencia indirecta, sus extensas y pormenorizadas estadísticas, con las que demostró ser ésta la variedad dominante en la transmisión hereditaria de la epilepsia. Mas la mención altisonante, certificando el reconocimiento de la gran autoridad científica del doctor G. Echeverría, se halla en ese mismo estupendo Diccionario cuando en la página 172, con motivo de discurrir sobre si procede o no descomponer la influencia etiológica de la avariosis en la patogenia de la paquemengitis, expresa lo que a continuación copiamos, al pié de la letra. "Pudiéramos abrigarnos bajo el alto patronato de Echeverría, médico del hospital de epilépticos y paralíticos del asilo de locos de New York. En su trabajo, en el que analiza no menos de 118 casos, este autor (Mental Science-1880) examina si es preciso distinguir con el doctor Fournier una epilepsia secundaria y otra terciaria y concluye con la negativa". Son tan explícitos esos dos sonoros vocablos "alto patronato" en lo tocante a poner de manifiesto la indiscutible reputación de que gozó el doctor G. Echeverría, que huelga todo comentario.

Por no prolongar demasiado la referencia de las citas que se hacen de la obra cumbre del doctor G. Echeverría, indicaremos tan solo, como en el Tratado de Medicina Infantil de la colección Testut, en dos tomos, del doctor Edmundo Weill, profesor de la Clínica Infantil de la Universidad de Lyon, en su versión española del año 1915, y en el artículo que dedica a las convulsiones, se dice lo que sigue:

"Carrier en sus lecciones sobre la epilepsia cita una relación de Echeverría, quién ha visto 136 epilépticos casados, que han engendrado 233 hijos. De este número, 195 han muerto muy pequeños todos en medio de convulsiones". Y para que se compruebe cuan perdurable ha sido la reputación del doctor G. Echeverría, y la de su obra señalaré el hecho significativo de que se le menciona en la obra de Pediatría de Abts, que consta de ocho tomos, publicada en 1925 modernizada con ulteriores apéndices, e indiscutiblemente superior a sus similares norteamericanas. En el texto del artículo sobre Epilepsia y refiriéndose al tratamiento de la misma, se consigna que "Echeverría asegura que si se administran mezclados los bromuros y el Licor de Fowler, los accidentes cutáneos (alude al acné brómico o sea el que a veces provocan los bromuros) pueden ser prevenidos". Por último su obra "On Epilepsy", figura en la lista bibliográfica que ofrece el autor al final de dicho artículo.


Después de la obra "On Epilepsy", e igualmente en inglés, publicó el doctor G. Echeverría los opúsculos que, siguiendo la enumeración, pasamos a relacionar.

8. De los efectos de los bromuros en la Epilepsia con especial referencia al Bromuro de Potasio. N. York. 1872.

9. Responsabilidad criminal de los epilépticos en la forma que la ilustró el caso de David Montgomery. N. York. 1873.

10. La violencia y el estado inconsciente en los epilépticos en relación con la Jurisprudencia Médica. N. York. 1873.

11. Sobre locura epiléptica. N. York. 1873.


Este último trabajo, traducido al español, puede leerse en la monumental obra en 18 volúmenes "La evolución de la cultura en Cuba" de la que es autor el grandilocuente literato cubano, doctor José Manuel Carbonell Rivero.

Allá por el año 1874, gozaba de tal nombradía en su especialidad, que por gestiones del Embajador español en Washington, Sr. Polo de Bernabé se le llamó, y vino a La Habana, para consultar al hijo del Capitán General español Jovellar, que padecía de locura. Cerca de dos meses estuvo en ésta y es lo cierto que se le abonaron, por sus servicios profesionales, cuantiosos honorarios.

Algunos años después, en 1878, el Gobierno de los E. U. de N. América sumó un nuevo y eximio galardón a la serie de blasones que ya ostentaba, al confiarle la representación de la Medicina Mental de aquel gran país en el "Congreso Médico Internacional de Medicina Mental", que tuvo lugar en París y cuyas sesiones se celebraron del 5 al 10 de Agosto de 1878. De esta gran reunión, a la que asistieron los más eminentes psiquiatras de Francia y de las naciones que primaban por su alto grado de civilización, al doctor G. Echeverría le cupo el inmenso honor de ser uno de sus cinco vicepresidentes y elegido por votantes de insuperable calidad entre los cuales justo es destacar a Charcot, Lassegue, Falret, Voisin, Magnan, Le Grand, de Saulte y Moreau. Pero si como tamaña distinción fuera poca para sus muchos lustres, dicha docta asamblea en su última sesión le confirió el honroso encargo de asumir las funciones de Presidente en ausencia de quien lo era en propiedad, el venerable sabio doctor Jules Francois Baillarger. Resultó así nuestro compatriota el doctor G. Echeverría escogido entre los cinco vicepresidentes para cerrar aquella convención trascendental de intelectuales, cúspides de la Psiquiatría.

A ese Congreso presentó el doctor. M. G. Echeverría un trabajo sobre "Consideraciones clínicas de la locura epiléptica" que mereció los más efusivos pláceme de los delegados, al punto que uno de ellos, el representante de Italia, doctor Gisehi, Director del Asilo de Locos de Fermo, de regreso a su país y en la reseña que ofreció a sus colegas italianos, respecto de las labores del Congreso, dijo lo que sigue, que hemos copiado textualmente: "Y Echeverría, de América, con sus 'consideraciones clínicas sobre la Locura Epiléptica', hacía conocer con cuánto provecho se cultiva la ciencia, del otro lado del Océano, y cómo la tierra, que el gran Genovés adivinó tiene derecho a pretender la primacía en todas las ramas de los conocimientos humanos".

No se conformó por el momento el doctor G. Echeverría, con la meritoria actuación y principal participación que había tenido en el Congreso, ya que ese mismo año de 1878, y en el idioma de Moliere, que hablaba y escribía perfectamente, dio a la publicidad su trabajo "De la trepanación en la epilepsia por traumatismo del cráneo" que le ganó la rendida admiración de los críticos más exigentes, por la destreza quirúrgica que revelaba, quien como él, no había vacilado en perseguir al mal epiléptico hasta en su guarida, imponente y peligroso: el cráneo. Ciertamente entre los intervenidos con éxito que mencionaba en aquella relación figuraban varios casos suyos, que había operado a presencia de notables médicos norteamericanos, y de otros países y de los alumnos de su cátedra. Digamos solamente, para apreciar la calidad superior de los referidos espectadores, que entre ellos se encontraban, el gran cirujano norteamericano doctor Lewis Albert Sayre, el doctor Mac Ewen, y el eminente cirujano de Cristiania doctor Beck. Esta memoria sobre la trepanación en las epilepsias sintomáticas ha sobrevivido a su época y no obstante los progresos realizados, y los cambios consiguientes de la técnica quirúrgica, aún se le cita en obras que en la biblioteca se encuentran de los cirujanos. Tal ocurre con la de Le Dentu y Delbet con la que aparte de citarse lo escrito por el doctor G. Echeverría sobre trepanación y epilepsia postraumática se invita a consultarla. Otro tanto sucede con el Tratado de Cirugía Clínica, gran enciclopedia alemana, que se publicó bajo la dirección de los connotados cirujanos Von Bergmann y Von Mickuliz, y fue vertido al castellano: en el mismo escribe, el primero de ellos lo siguiente: "Queda probado por un número ya grande de casos que las lesiones de la cabeza pueden ir seguidas de epilepsia: entre 785 casos de esta enfermedad, Echeverría encontró", etc. etc.

La habilidad quirúrgica del doctor G. Echeverría, seguramente que debió de ser formidable, al anotarse tales triunfos operatorios en aquel tiempo pre-antiséptico, cuando además la anestesia casi rudimentaria que se practicaba, constituía de por sí un enorme riesgo para los operados. Entonces, muchos de los intervenidos quirúrgicamente se quedaban en la mesa de operaciones, cómo se dice, hablando en términos vulgares, o sucumbían después, a causa de los efectos tóxicos del anestésico empleado, o por consumírsele en cantidades excesivas. En una de las trepanaciones verificadas por el doctor G. Echeverría se gastaron seis onzas líquidas de éter de Squibb, más de 4 veces de lo que hoy utilizan en casos parecidos los anestesistas, quienes con los modernos aparatos y valiéndose de otros medios reducen actualmente al mínimum los accidentes de la anestesia. A pesar de tales inconvenientes, el balance operatorio del doctor G. Echeverría resultó en extremo satisfactorio. Esto lo confirmó Lucas Championiere quién revisando los sucesos médicos más importantes del año en que el doctor G. Echeverría publicó los resultados de las trepanaciones hechas por él, y otros cirujanos, como tratamiento de las epilepsias sintomáticas, se expresó en los siguientes textuales términos: "Si hay operaciones justamente condenadas al descrédito, como lo es la cura radical de la hernia, existen otras del pasado, resucitadas, justificadamente, como la memoria de González Echeverría, publicada en los 'Archivos de Medicina', en los números de Noviembre y Diciembre de 1878".

Situado entonces en el pináculo de su gloria, era tal la fama que como epileptólogo había adquirido el doctor G. Echeverría que se le llamó por aquel tiempo, desde Roma para ver a un enfermo extraordinario. Ya veremos como esto lo condujo a torcer nuevamente el rumbo de su vida. Sucedió así que por gestión directa del General Lizárraga, generalísimo de las huestes carlistas que residía en Roma se trasladó a esa ciudad con el único y concertado acuerdo de reconocer y tratar al Papa Pío IX, uno de los más distinguidos soberanos de la Iglesia Católica de cuantos han ocupado la silla de San Pedro. No logró el doctor G. Echeverría arribar con tiempo para ver con vida a su ilustre enfermo, porque éste falleció antes de que él llegase a Roma, más una vez allí se le confió la asistencia del Cardenal Camarlengo, Joaquín Pecci, que sufriera, aislado en su riguroso encierro, de un ataque bronquial, durante todo el tiempo que duró la celebración del cónclave. Este, como se sabe terminó, eligiendo al Cardenal Pecci Sumo Pontífice, máxima dignidad que asumió y desempeñó con el nombre de León XIII.

Semejante viaje, dando pábulo a las inclinaciones migratorias del doctor G. Echeverría, terminó por inducirle a cambiar su residencia para la metrópoli italiana. Seducido por los encantos históricos de tan antigua ciudad, y por la insólita prestancia de la clientela que había auspiciado su entrada, y calorizado su instalación en ella, optó, tras de renunciar a todos los cargos que ocupaba en los Estados Unidos de América, por ejercer en Roma su profesión. Residiendo allí y por el año 1879 dio a la estampa en Londres y en idioma inglés su folleto "Relaciones entre la Epilepsia Nocturna y el Sonambulismo".

Hallándose también en Roma y en el año 1880, escribió en inglés, y publicó en Londres, dos magníficas monografías: una, "Matrimonio y herencia de los epilépticos", que hubo de provocar gran revuelo científico al chocar la tesis de la "herencia cruzada" que de acuerdo con antiguos observadores sostuvo el doctor G. Echeverría en ese, uno de sus más divulgados trabajos, con el criterio de la escuela francesa, en la representación de Baillarger Delasiauve, Morell y Lassegue. Años después, Charles Feré, en su obra "La Epilepsia y los Epilépticos", a la que ya me he referido, pronunciándose en contra de sus colegas, le dio la razón al doctor G. Echeverría con éstas, sus propias palabras: "La estadística más interesante es la de Echeverría… contraria a la opinión de Baillarger, Morell, etc. Echeverría indica que la herencia es lo más a menudo indirecta. Las cifras de Bourneville y las mías, abogan en el mismo sentido". La otra de las aludidas monografías trata de la Epilepsia avariósica, y en ella expone sus observaciones sobre esta modalidad clínica de la epilepsia, las cuales obtienen la sanción enaltecedora del inmortal Sir William R. Gowers, quien, en su obra clásica, que ya nombramos, y a propósito de lo reportado por el doctor G. Echeverría, dice así:

"Mi propia experiencia está completamente de acuerdo con la de Echeverría". Por cierto, y dicho sea de paso, que en otro lugar de esa misma obra Gowers, tratando del ataque comicial, vuelve a mencionar al doctor G. Echeverría y lo hace en esta forma: "Si bien fue Reynolds el primero que estudió la pupila post-epiléptica, fueron Echeverría y CIouston quienes más directamente le dedicaron su atención".


Mientras permaneció en Roma hizo varias visitas a Florencia, y todavía no habían transcurrido tres años de su feliz llegada a la entonces apacible urbe, cuando, bien cediendo a su tendencia a cambiar frecuentemente de horizontes, o quizás por alejarse de un sitio -en el cual prevalecía con carácter endémico la malaria- causante del paludismo que atacara a una de sus hijas, se pasó a Londres, donde acabó por establecerse el año 1881.

Cerró en el año 1881 el doctor G. Echeverría sus labores publicistas con un opúsculo, escrito en inglés, publicado en Londres, y que versa acerca de la "Epilepsia Alcohólica". Este, como sus precedentes trabajos, no tardó en conquistarse la atención de la clase médica y el derecho a múltiples y honrosas menciones. Sin embargo, no le faltó oposición, pues disintiendo del criterio del doctor González Echeverría que imputaba al alcoholismo la responsabilidad de algunas epilepsias, Gowers en su obra, dos veces ya citada, afirmó lo siguiente: "El alcoholismo crónico es raramente causa de epilepsia y mis investigaciones no están de acuerdo con la tesis de Echeverría mantenida en su memoria "On Alcoholic Epilepsy". Para decidir la controversia en favor del doctor G. Echeverría y probar cómo la verdad estaba de su parte, nos bastará con transcribir, -del Manual Militar de Neuro-psiquiatría editado en 1945, por H. C. Solomon, P. I. Yakovlev, profesor de psiquiatría e instructor de neurología respectivamente del Colegio Médico de Harvard, libro que sirvió para la instrucción de los oficiales médicos en la última guerra-, algo de lo que el colaborador doctor William Gordon, en la etiología de la epilepsia dice, y que, traducido al castellano es esto: "La posibilidad de que sobrevengan ataques epilépticos a resultas de tumores cerebrales, traumatismos craneanos, alcoholismo, etc. etc., no debe olvidarse". Es más en tratándose de epilepsia alcohólica, y esto lo aseguramos nosotros, son muchos los casos de personas que se han curado de la epilepsia a poco de librarse totalmente de las garras nefastas de! alcoholismo.

Rendido otra vez a las ansias de infatigable viajero que jamás dejaron de asediarlo en toda su vida, no tardó el doctor G. Echeverría en abandonar a Londres para, luego de una excursión por Centro América, y de una visita al Canal de Panamá, que entonces construía Lesseps, y era punto de escala preferente en el itinerario de viajeros y turistas, volver de nuevo a los E. U. de N. A. Ya en territorio norteamericano pensaba fijar su residencia en Saint Luis.

Antes, a su paso por el Canal de Panamá conoció al General Antonio Maceo. En prueba de la admiración que sintió por él, guardó celosamente el doctor G. Echeverría y hasta su muerte algunas cartas que el Titán de Bronce le escribiera después.

De regreso a Norte-América acometió la empresa de reconquistar su clientela y comenzaba a obtener el crédito de su gran prestigio profesional, pues se le había ofrecido una importante posición en un hospital, la dirección de un hospital de locos, en San Luis, que se proyectaba construir, cuando una hemorragia cerebral, dejándolo hemipléjico, hubo de tronchar definitivamente su carrera ascensional. Bajo los efectos de tan rudo golpe vióse obligado a desistir de todos sus planes y desde ese instante la idea de la patria lejana se impuso en su pensamiento. Así fue, como paralítico, regresó a la Habana, su ciudad natal, que amorosamente le recibió en sus brazos, pues no obstó su invalidez para que en ella se le ofreciera la oportunidad de ver enfermos de su especialidad.

No empecé a los bríos de que hacía gala, a su gran voluntad, que le permitiera sobreponerse a su incapacidad física, ya que hasta aprendió a escribir con la mano izquierda, y hacía algunas operaciones. La primera ovariectomía que se hizo en Cuba la realizó él. Pocos años después, en Marzo de 1898, en la calle de San Lázaro No. 67, y a consecuencia de una segunda hemorragia cerebral que cerrara el paréntesis sombrío abierto por la anterior, falleció el doctor Manuel González Echeverría, en medio del cariño de su esposa, hijos y familiares, y la admiración y el afecto personal de cuantos conocieron y apreciaron sus grandes dotes científicas y nobles rasgos. A su muerte, "El País", periódico que dirigía Ricardo del Monte, en un artículo necrológico, muy emotivo, exaltó los méritos del doctor Manuel González Echeverría, por lo mucho que se había distinguido, en el extranjero y por haber ocupado cargos muy importantes en los Estados Unidos de Norteamérica.

Quedaría demasiado incompleta esta reseña biográfica, si no apuntáramos cómo, por haberse publicado en 1868, antes de la consagración científica del doctor Manuel González Echeverría, el Diccionario de Calcagno, solamente dedica a nuestro ilustre compatriota una breve y sintética biografía en que señala "que ocupa una cátedra en la Ciudad de New York y ha compuesto una obra de mérito". A cambio de esa lacónica información sobre la vida y obras del doctor Manuel González Echeverría, la "Enciclopedia Universal", editada, por la casa impresora Espasa-Calpe, en apéndice 5, fuera de ofrecer su biografía ampliamente detallada y una relación completa de sus obras, proclama la grandeza de su gloria, emitiendo de él este juicio: "González Echeverría fue, en su época, el más autorizado especialista en epilepsia y sus investigaciones y estudios se citan aún en las obras extranjeras que se ocupan de esta enfermedad".

Créome obligado, antes de concluir esta relación biográfica, a revelar una arista muy notable de la misma, que la complementa, prestándole gran belleza filial. Ella lo fue, ciertamente, con su nobilísima conducta, una de las hijas del doctor Manuel González Echeverría, la ejemplar, Virginia González Echeverría y Brazza. Alter ego de su padre, su compañera inseparable, que le auxiliara en todo: fue también, Virginia, quien ya muerto su padre, y casada años más tarde, ayudó después con su clara inteligencia y fina comprensión a que su esposo, el glorioso doctor Benigno Souza Rodríguez, se elevase a la categoría de uno de los primeros cirujanos de Cuba, en cuyo concepto se le tuvo por mucho tiempo, en tanto sostuvo en su diestra y manejó con su asombrosa habilidad el bisturí que le diera inmensa fama, y a la Cirugía cubana, un gran prestigio nacional e internacional.

Este breve relato que os acabo de ofrecer, desprovisto de todo ropaje literario, sencillo, llano y carente de elocuencia, solo aspira a merecer de vosotros el honor de que se le juzgue a la luz del móvil de justicia en que se ha inspirado, pues solo hemos tenido por divisa en su redacción el humilde y sincero propósito de rendírsela cumplidamente a un médico que honró la profesión, a un cubano que enalteció a la patria en el extranjero.

Sean nuestros aplausos para el doctor Benigno Souza, que ha donado el retrato que de ahora en adelante figurará en la valiosa Galería de Retratos de hombres insignes, que exornan los salones de esta patriótica Sociedad. Para él y sus hijos, Terina Souza de del Valle, el doctor Pedro Manuel Souza, héroe de la última guerra mundial y actualmente comandante de la Armada Americana, y el Ingeniero Benigno Souza, igualmente nuestra gratitud por haber donado también a la Biblioteca de esta Sociedad, al servicio del pueblo, varios de los libros, obra del doctor Manuel González Echeverría y su mejor libro, "On Epilepsy".

Abriendo sus salones y puertas y acogiéndonos gentilmente en esta preciosa sala para la celebración de este acto en honor del doctor Manuel González Echeverría, esclarecido médico cubano, que en lo pretérito subió a lo cimero de la fama su nombre y el de nuestra querida patria, la Sociedad Económica de Amigos del País, y con ella el alma que sostiene, firme en su vigilancia patriótica, de acuerdo con sus nobles tradiciones, su ilustre y erudito Presidente, el doctor Eligio M. de la Puente, dan una prueba evidentísima que no cejan en el empeño que le diera vida a la institución, y que jamás desmayan en la faena de hacer cristalizar, en realidades, sus puros y altruistas ideales cubanos. La oportunidad de expresar este elogio del doctor Manuel González Echeverría, y que debemos a la proverbial cortesía de esta austera Sociedad y de su digno Presidente, demuestra de manera diáfana y rotunda que tanto aquélla como éste, se mantienen atentos y solícitos en sus patrióticos afanes por rendirle fervoroso y sostenido culto admirativo a toda causa noble y justa del país. La Sociedad Económica de Amigos del País y su Presidente el doctor Eligio M. de la Puente, plenamente identificados, han proseguido su historia.

 

 

(*) Rev. Bimestre Cubana. La Habana, 1956;65(1-3):135-51.