…De un discurso que no se dijo*

 

 

Estas palabras de un discurso que no fue pronunciado, las terminé de escribir mientras se celebraba el acto de conmemoración por la muerte de Ramiro Valdés Daussá, al cumplirse el segundo aniversario de su alevoso y cobarde asesinato por un grupo de pandilleros matriculados en la Universidad. Una vez terminada las envié a la presidencia del acto, y fueron entregadas al ingeniero señor Rafael Iglesias, a quien van dirigidas. No pedí que se leyeran, no debía pedirlo, ya que mi ausencia fue motivada porque mi discurso, el tema de mi discurso, cuyos sillares y andamiaje sustentan estas palabras escritas, habría establecido una pugna de criterio y un choque de interpretaciones que, seguramente se entendió por los organizadores, constituía un desbordamiento y una desviación del acto mismo, suscitadores de polémicas y debates universitarios y extra-universitarios. Planteadas así las cosas antes de la conmemoración, a elegir ante la uniformidad de pensamiento o la contradicción de orientaciones y propósito coincidente en el primer caso con los pronunciamientos de la F. E. U., opuesto a su credo en el segundo, yo decidí renunciar a mi turno, y la fría acogida que mereció esta decisión a la comisión que me visitó en representación de la Asociación Cultural Ramiro Valdés Daussá, su insistencia desmayada y cortés, me convencieron de que predominaba el criterio acerca de la uniformidad coincidente. Elevé entonces a definitiva mi renuncia y dejé a su elección la excusa de mi ausencia, ratificándole a la comisión mi propósito de hacerle llegar estas cuartillas. Me reservé naturalmente el derecho, que ahora ejercito, de publicarlas.

¿Por qué publico estas palabras de un discurso que no se dijo? No es precisamente porque fui el primero en bogar contra la corriente encrespada que por bajar de la colina universitaria reclamaba impulsos de torrente o se creía lava purificadora, no es para fijar una prioridad afanosa de esclarecer y de advertir antes que de amonestar; no me interesa tanto situarme el primero como situarme bien, de acuerdo con mi pensamiento revolucionario y en consecuencia responsable con el mismo: La hora que vivimos es hora de excepción, tan al filo ya de las definiciones de cuerpo entero, de todas las definiciones, que siempre y en cada ocasión debe uno dejar constancia de su postura y de su enfoque ante los acontecimientos que se imbrican en sucesión tumultuosa y nos alcanzan; no es hora de callar y menos pueden callar en esta hora los que tienen algo que decir y lo dijeron siempre, sabedores, además, de que sus palabras tienen la virtualidad de acallar la vocinglería irresponsable.

Publico estas palabras de un discurso que no se pronunció porque, este discurso estaba destinado a exaltar la memoria de Ramiro Valdés Daussá, de un revolucionario sin tacha, de un profesor intachable, que fue mi amigo y que cayó cumpliendo su deber. Por respeto a su memoria y consecuencia a su amistad, antes que nada, debo exteriorizar mi pensamiento y darle la vigencia de la letra escrita, porque creo interpretar su pensamiento rector, y sé que su conducta no hubiera sido otra que la reflejada en estas páginas, porque necesito justificar mi ausencia de todos los actos que se celebraron este año, al cumplirse el segundo aniversario de su muerte, y esta justificación quedara trunca, sin satisfacerme plenamente, mientras no deje constancia, en caracteres impresos, de cuanto aquí se dice, que no pude decir en la tribuna.

Amigo Iglesias:

De acuerdo con nuestra conversación de ayer te escribo para concretar mi pensamiento y expresar mi criterio alrededor del asunto que nos ocupa en estos días, la conmemoración de la muerte, de Ramiro en su segundo aniversario, del aspecto particular que me preocupa y atañe, como orador designado para hacer el resumen en dicho acto.

No hubiera sucedido nada después que estuviste a visitarme en mi consulta hace ya muchos días, para notificarme la designación que yo acepté, luego de leerla en todos los periódicos anticipadamente, no hubiera sucedido nada nuevo que tocara de cerca la convergencia de voluntades y de propósitos, hasta rozar su contenido general que aquel acto simboliza y debe simbolizar, y
habría transcurrido como todos pensamos seguramente, como un recordatorio vivo, cuajado de emoción, bien penetrado de la vida y muerte de Ramiro, de su conducta , de cómo vivió y por qué murió, de las ideas y sentimientos que polarizaron su vida y determinaron su muerte. Cada uno de nosotros, de los oradores, habría arrancado de esta cantera inagotable, que fue su vida la veta más accesible a su afición, a su conocimiento, destacando su ejemplaridad y pureza y como todas juntas viven y perduran, tienen que vivir y perdurar en la entraña de la colina universitaria en su cimentación más honda, en la entraña de nuestra tierra cubana, hoy amenazada en la entraña sangrante de todos los pueblos oprimidos…

Pero sucedió lo imponderable, vino el mitin de la F. E. U., y antes del mitin el manifiesto contra el cual yo me pronuncié públicamente. Mis palabras de oposición al manifiesto se extienden consecuentes al mitin, mi discrepancia se ahonda con el mitin y por el mitin, y yo no puedo hablar, entiendo que no debo hablar, en el acto de conmemoración de la muerte de Ramiro sin ahondar en los motivos de este disentimiento, sin ventilar sus causas y sacudir al viento sus raíces. No puedo hablar, entiendo que no debo hablar, afirmo, ya que hablar de Ramiro, recordarlo como fue, como vivió y pensó, como murió, no es ni puede ser, expresión callada, silencio recogido y tortura necrológica que se golpea a sí misma en afán de éxtasis; hablar de Ramiro es función vital y dinámica, es ponerlo de nuevo a la obra, a construir y a demoler; es interpretar su pensamiento ahora, en esta hora trágica del destino del mundo, en función de su pensamiento de siempre; es acompañarlo ahora, seguirlo en este minuto, situarlo en su categoría de leader. Hablar de Ramiro es continuar su labor, guión interrumpido y frustración dolorosa; es traerlo de nuevo a la Universidad, a su Universidad bien amada, templo y refugio de sus más caros anhelos, de sus más puros ideales; es traerlo de nuevo para que de nuevo emprenda su tarea con aquellas sus palabras henchidas de futuro: "No todo sucedió en vano…" Es incorporarlo apercibido y resuelto como lo estuvo siempre, a la lucha revolucionaria de su tiempo, a la causa por la libertad de los pueblos y por la independencia de su tierra en esta hora terrible y decisiva, en que el mundo batalla y se desangra también por nuestra libertad.

Si Ramiro viviera en la Universidad, como supo morir por la Universidad, si su sangre generosa al esponjarse sobre la colina y penetrarla se hubiera trasmutado ya en sustancia universitaria para cuajar en fruto y en ejemplo, si Ramiro no estuviese muerto para el espíritu universitario, muerto y enterrado, si todo no hubiera sucedido en vano, todavía la F. E. U., que lo negó poco después de su muerte, negándose así misma, aquella F. E. U., le hubiera transmitido a esta en el curso de su carrera, la antorcha encendida de su mensaje y esta de ahora lo habría sabido interpretar, y lo apretaría contra su pecho juvenil, como el fuego sagrado que hay que mantener a toda costa aunque le queme las entrañas… Pero no, Ramiro no vive en la Universidad, no ha empezado a vivir todavía, como supo morir por la Universidad, y su sangre generosa al esponjarse sobre la colina donde cayera vilmente asesinado, no se ha trasmutado aún en sustancia universitaria para cuajar en fruto y en ejemplo. Ramiro esta muerto para el espíritu universitario de esta hora, para el espíritu que en esta hora anima a la Universidad y predomina en la universidad. Ramiro está muerto y enterrado. ¿Cómo, si así no fuera, podríamos explicarnos los pronunciamientos universitarios de estos días por boca de la F. E. U., las palabras del estudiantado en el mitin de la Universidad, que contrastan con su silencio aterrador y la actitud soslayada que mantuvieron acerca del tema vital, del tema sangrante, insoslayable aunque se quiera, que se está debatiendo en el Mundo y en Nuestro Mundo más inmediato y circundante, en nuestra propia tierra? Cómo, si así no fuera, podríamos explicarnos este afanoso hurgar en nuestras miserias nacionales, este regodeo enfermizo que no va más allá de una noche de verano ni penetra, más allá de la piel, de espulgar parásitos y descubrir, una vez más, sarna y carroña con despreocupación deportiva y sin criterio terapéutico, mientras en lo exterior ruge la tormenta, se desatan todas las pestes y avanza la ola de cieno del nazi-fascismo; mientras aquí, en lo interior, en nuestra propia casa, llena de filtraciones y goteras, de telarañas y otras inmundicias, pero nuestra, se agazapan y se esconden todas las alimañas y sabandijas del falangismo que la F. E. U. no ve, o no quiere ver todavía, y contra las cuales, por lo menos, no ha empezado a luchar, esperando su momento oportuno, el momento internacional propicio, para lanzarse a la reconquista y al asalto, que ya al socavamiento hace mucho que viene dedicándose mediante las técnicas que le facilita nuestra miopía, del divisionismo, del ablandamiento derrotista, de las bolas que sabe echar a rodar y del combustible que anima a los bajos fondo insaciables y corrompidos de nuestra politiquería, sin contar otros modos de penetración no menos sutiles y eficaces. No se me arguya que lo primero es limpiar la retaguardia, que antes debemos asegurarnos de filtraciones y goteras, que entre telarañas e inmundicias prosperan y se esconden las alimañas y sabandijas, que debemos hurgar hasta el fondo en nuestras miserias nacionales para sacarlas a la superficie y exponerlas al sol quemante de la pública opinión, que expurgarnos de parásitos y descubrir una vez más, sarna y carroña aunque fuese con despreocupación deportiva, que no lo es, y sin criterio terapéutico, que si lo posee y es hasta especifico, será siempre una saludable tarea. De sanidad social, y en nuestro medio y cumplida por el estudiantado universitario, que nunca fue remiso a darle cima y remate, es, además, denuncia inaplazable y puede ser principio de rectificación, es la posición que cuadra al estudiantado y norma su conducta, y fija rumbo a su actuación inmediata en esta hora incierta del destino de los pueblos, del futuro de la humanidad. No se me arguya que todo ello, que todo esto así enumerado, es la tarea central a realizar, como fue el tema capital, desventurado y monocorde, del mitin universitario.

Yo diré siempre que los pronunciamientos universitarios de estos días por boca de la F. E. U., que las palabras del estudiantado en el mitin de la Universidad, que su proyección, enfoque y visión de conjunto están equivocados, son unilaterales, inconsecuentes y peligrosos por el asidero y aprovechamiento que brindan a los enemigos, por el confusionismo que ayudan a crear y mantener, que están creando y manteniendo. No quiero decir que tales pronunciamientos y palabras tales son torpes y mal intencionadas. Uno de nuestros grandes, el Presbítero, Félix Varela, dijo «que los errores no son defectos hasta que no se sostienen con temeridad» y yo quiero pensar todavía, que el estudiantado universitario, que sus representativos de la F. E. U., no van a incidir en sus errores hasta sostenerlos con temeridad convirtiéndolos en defectos; pero si persisten en su actitud inoportuna y peligrosa ya está sonando la hora de enjuiciar su conducta y de ahondar en los factores universitarios y extra universitarios, nacionales e internacionales, que la determinan y respaldan.

La tarea central a realizar en esta hora decisiva del mundo por todos los cubanos, sean a no estudiantes universitarios, por todos los hombres de buena voluntad capaces de ser hombres libres, resueltos a seguir siéndolos, a merecerlo y conquistarlo, es el estrechamiento de sus filas, el contacto apretado y sin reserva, para crear la unidad necesaria, inaplazable, frente al enemigo común, al único enemigo de esta hora sombría; todo lo demás es dispersión y divisionismo; todo lo demás, cuando la nación está en guerra y la patria vive amenazada, como lo está, desde un doble frente interior y exterior, todo lo otro se llama deserción y merece castigo. Yo sé que el pánico puede determinar y determina tempestades de movimiento y que a veces, bajo el impulso demencial que las grandes conmociones determinan o el estado de desequilibrio que las grandes catástrofes producen, terremotos, bombardeos, incendios de vastas proporciones, un hombre o un grupo de hombres se entregan a labores infecundas y realizan tareas inverosímiles y contradictorias que moverían a risa a los no iniciados en este capítulo de la patología humana que describe el pánico colectivo; nuestro Martí ha escrito una página insuperable describiendo el terremoto de Charlestón y pintando de mano maestra, el estado de aquel hombre cuya casa yacía en ruinas y amaneció regando su jardín como lo hacía todos los días; todo esto es verdad, pero no es nuestro caso, y constituiría un verdadero fenómeno de contagio colectivo el que los gritos de la F. E. U., acaso de origen histérico, tuvieran repercusión y eco que ensanchara su dominio universitario -si es que la F. E . U., domina en la Universidad- sobre las grandes multitudes de jóvenes cubanos que no son estudiantes, o que aún siéndolo, no pertenecen a la Universidad. Los gritos de la F. E. U., convocan y llaman no a defender la patria amenazada, no llaman ni tocan a rebato en la Universidad, convocando a la juventud, para que cumpla su deber patriótico, destacando como supieron cumplirlo a su hora, los jóvenes universitarios de las generaciones gloriosas del 68 y 95; ni llama ni convoca la F. E. U. a los estudiantes para barrer la casa, su casa autónoma que sigue sin barrer, y desde cuyas grietas y tejados de vidrio se escapan apagados como estertores agónicos, pero enronquecidos de vigencia incumplida, los diez puntos concretados en principio de superación y en tareas de inmediato cumplimiento, por cuya realización entregó su vida y fue vilmente asesinado Ramiro Valdés Daussá mientras cumplía su obra de adecentar la Universidad.

No es posible aceptar como buenos y legítimos continuadores de otros pronunciamientos universitarios estos pronunciamientos de ahora, de aquellos otros que brotaron de la entraña universitaria el año 23 para extenderse en repercusión destacada al año 27 y culminar el 30. No es posible porque las circunstancias no son las mismas, aunque las circunstancias ambientales lo parezcan, aunque en lo nacional persista desorganizada la administración pública y siga entronizado el latrocinio, aunque en lo universitario el soborno, la complicidad y la incompetencia se unan en maridaje podrido para perpetuarse en descendencia teratológica, aunque lo nacional se extienda a lo universitario y haya metido hasta el tuétano su virus en lo universitario, aunque lo universitario cuando se hace gobierno y forma parte del gobierno, brinde en el gobierno lecciones de pillaje y no pueda llevar al gobierno otros procedimientos y otras normas que los que extrae de la Universidad y los que la Universidad anima y refleja, aunque todos los Ministerios o Secretarías del gobierno, como quieran llamarlo, malvivan en precario y estén manejadas por homúnculos, logreros o quintacolumnistas y no sean otra cosa que escenarios de malos manejos, aunque la Universidad no alcance a ser otra cosa, por pegada que vive a esta mala tierra nutricia, no obstante su aislamiento señero y su autonomía, que un Ministerio más, o una Secretaría más, con todos sus vicios, errores, defectos y concupiscencias, aunque todo esto sea así, y sea cierto, no son iguales las circunstancias, y no son iguales por una sola razón, por una sola que las preside a todas y que hace inútiles todas las demás, si es que existen otras. La sola razón sencilla y clara, que debía ser clara y perceptible aún para los miopes, es que la Nación Cubana está en guerra, y en una guerra indivisible, a vida o muerte. Es por esto que las circunstancias no son las mismas, pero es además, y lo es fatalmente, que la guerra, esta guerra terrible en que estamos a vida o muerte, guerra sin fronteras y sin horizontes, condiciona nuestra vida, toda nuestra vida de pueblo, mala o buena, desinteresada y altruista, noble y fecunda o desmedida y ruin, pequeña y egoísta, si es que estos términos excluyentes y contradictorios pueden aplicarse o significan algo más que palabras vacías sin contenido esencial y humanos, cuando se aplican al conglomerado social. Pero si es cierto, sin lugar a dudas, que la guerra condiciona nuestra vida de pueblo y que está ahí, suspendida sobre nuestras cabezas, amenazadoras y presentes, para marcar el rumbo de nuestro destino, del destino de nuestra tierra, de nuestro pueblo, de nuestra Patria: hacia la libertad y la independencia o hacia la esclavitud, la ignominia y la muerte. Ese es el dilema.

Ese es el dilema de la hora inaplazable que se nos encima a todos en tanto que los dirigentes de la F. E. U. y cuantos con ellos suscriben su pensamiento, lo alientan y lo dirigen más o menos encubiertamente, entienden que lo urgente es la denuncia pública, y la mejor postura el índice acusador, y la tarea central jugar a los policías y los ladrones en que ellos oficien de policías, ya que son los mejores, y se reservan el derecho de nombrarse oficiales de policía, por auto-suficiencia , y hasta el de señalarse las labores a realizar primero, entre las que no cuentan la muy elemental de vigilar su casa, de cuidar su casa y de averiguar si también hay ladrones dentro de su casa. Yo entiendo que la tarea central no es jugar a los policías y los ladrones, y digo jugar porque empeñarse ahora, en arrojar a los ladrones del templo y centrar sobre ello todas las actividades y las energías todas del estudiantado y sus seguidores, de manera sistemática y predominante, como norte y meta que ha de alcanzarse antes, es abrir un período infecundo de conmoción interna, bien cruento y bien largo, que no tiene otra salida, ni puede tenerla, más que la revuelta intestina. Empeñarse en buscar esta salida a sabiendas de que no hay otra, ni puede haberla, o emprender tan peligroso camino, en este momento y con los ojos cerrados, sin querer ver el plano inclinado de su término y a lo que nos lleva, sería en el mejor de los casos una insensatez, que está pidiendo la camisa de fuerza y un buen manicomio para no exagerar el maltrato. Mientras tanto la marea sube incontenible, y fuera ruge la tormenta, cada vez más cerca; mientras tanto arde la tierra, y corre con la sangre en torrentes de tantos otros pueblos; mientras tanto estamos bloqueados y son asesinados marinos cubanos, que navegan en barcos cubanos al amparo de nuestra bandera. Repito que sería una insensatez, tan insensata como la locura de un hombre poseído del pánico ante un incendio devastador que amenaza la manzana de casas en que está enclavado su hogar y que se empeñase, en ese momento, en ponerse a barrerla y expulgarla de insectos en vez de juntar sus fuerzas a los esfuerzos de todos para extinguir el incendio. Ya habrá tiempo después, lo hubo siempre entre nosotros, para la otra tarea, para la tarea de mañana, que acaso será más sencilla entonces, que ponernos ahora, a barrer la casa y a expulgarla de insectos. Si la casa queda en pie, si la guerra se gana y no puede perderse- al calor del incendio que fue y al rescoldo del que todavía perdure, habrán huido los insectos dañinos y las llamas purificadoras, las lenguas de llamas que nos envolvieron a su hora, habrán hecho el resto del milagro. Si la guerra se perdiera y hay que ganarla a toda costa- solo quedarían ruinas humeantes, se habría perdido todo, hasta la libertad.

Creo amigo Iglesias, que en estas páginas he sintetizado mi pensamiento. Se que no he agotado mis razones ni mis argumentos, pero ya resultan un parlamento excesivo para sustentar mis palabras públicas de oposición al manifiesto de la F. E. U. palabras que se extienden consecuentes al mitin del estudiantado organizado por la F. E. U. Mi discrepancia se ahondó con el mitin y por el mitin, y como yo no puedo hablar, entiendo que no debo hablar, en el acto de conmemoración de la muerte de Ramiro sin ahondar en los motivos de este disentimiento, sin ventilar sus causas y sacudir al viento sus raíces, es que decidí, luego de tomar la resolución definitiva de no hablar, escribir estas cuartillas contentivas de mi pensamiento. Vivo, desde hace bastante tiempo, desde mucho antes del 7 de diciembre, totalmente polarizado hacia lo internacional, absorbido totalmente por lo internacional, y no es que lo nacional no me interesa y me preocupa como al que pueda preocuparle, y en decenas de tribunas, a lo largo de todo nuestro territorio, cuando tantos callaban, dije mi palabra de denuncia, de inconformidad y de condenación, con tono restallante y enérgico; pero sé que lo nacional, todo lo nacional, hasta nuestra supervivencia como pueblo, está sujeto y vive condicionado a lo internacional y por lo internacional. A lo largo de esta jornada dolorosa que es la guerra universal y nuestra guerra, en la medida que su resplandor de incendio se acerque a nosotros y nos ilumine los rostros, ya para entonces empavorecidos, y las conciencias, acaso todavía adormiladas de los más, se sabrá quiénes tuvieron visión y quiénes estuvieron en lo cierto, si aquellos que en todo momento acompasaron su ritmo, el ritmo de su vida y de su pensamiento al fenómeno universal, al dolor y a la angustia universales de esta hora terrible, por considerarlos tan suyos como herida de su carne y sangre de su herida, o aquellos otros que aún de buena fe, la buena fe de los cándidos y de los simples, de los que tienen ojos y no quieren ver, tienen oídos y no quieren oír, se pasaron todo el tiempo rascándose las pústulas con ensañamiento que creyeron terapéutico, mostrándolas alguna vez al sol y comentando siempre en voz baja, y una o dos veces al año tronando en alta voz hasta enronquecer, contra los causantes de tanta desgracia, de todas nuestras desgracias. ¿Después? A dormir tranquilos hasta el año que viene.

"Yo puedo hablar de Ramiro Valdés Daussá, porque también estoy limpio de pies a cabeza", afirmé en mi discurso del Teatro Nacional, el 18 de mayo del 41, cuando el primer homenaje público rendido a su memoria, glosando palabras del propio Ramiro. Yo puedo hablar de Ramiro, repito ahora, y puedo interpretar su pensamiento, en esta hora trágica del destino del mundo, en función de su pensamiento de siempre. Si Ramiro viviera estaría entregado a la lucha contra el nazi-fascismo en cuerpo y alma, viviera afiebradamente trabajando por la causa de la libertad, por la causa de todos los pueblos esclavizados, y dominando su impulso para no adelantarse e ir a la pelea y a la muerte, como fue Pablo a la muerte incorporándose a la lucha, hasta que nuestra bandera no se tremolara sobre los campos donde se batalla por la libertad y la independencia de los pueblos; si Ramiro viviera rescatada ya la Universidad por su esfuerzo, sería el templo que soñó su mente preclara de cubano, de revolucionario y de profesor, sería la "Universidad en que la elevación moral interior señale el nivel altísimo de prestigio exterior, una Universidad en que reinen la justicia y el deber; donde fructifiquen el saber y la ciencia, donde la administración se rija por las más sabias y ordenadas normas", como escribió alguna vez, y por cuya consecución marchó serenamente al martirio, despreciando a sus enemigos que lo asechaban emboscados. Si Ramiro viviera ya estarían los muchachos en el Stadium, ejercitándose en el manejo de las armas, aprendiendo la instrucción militar necesaria para concurrir, sin dilación y sin tardanza, a la defensa de la patria allí donde su presencia fuera requerida. Si Ramiro viviera habría denunciado a su hora, y a todas las horas, las desvergüenzas todas, y su índice acusador habría clavado, inexorable como siempre, a todos los culpables de la ignominia, cuatreros y traidores, sobre el sudario de su inverecundia; pero lo que Ramiro habría sostenido y proclamado, como tarea central a realizar en esta hora decisiva del mundo por todos los cubanos, sean o no estudiantes universitarios, por todos los hombres de buena voluntad capaces de ser hombres libres, resueltos a seguir siéndolo, a merecerlo y conquistarlo, es el estrechamiento de sus filas, el contacto apretado y sin reservas, para crear la unidad necesaria, inaplazable, frente al enemigo común, al único enemigo de esta hora sombría.

 

 

* Agosto 15 de 1942. Publicado en folleto: "… De un discurso que no se dijo" Imp. La Verónica. La Habana, 1942.