Mensaje a los enfermos tuberculosos*

 

 

No es la primera vez que levanto mi voz denunciadora contra los males sociales que enrarecen el clima moral de nuestra tierra cubana; no será la última que mi pluma restalle su filo tajante sobre las espaldas culpables de los exploradores emboscados, que medran y engordan en el mantenimiento de una organización, raquítica y torcida desde sus comienzos, que dice luchar contra la más social y extendida de nuestras enfermedades endémicas: la tuberculosis.

Por cubano que soy hasta la médula, por médico y tisiólogo, por revolucionario de limpia ejecutoría, me duelen los males de la patria común; me penetro del dolor moral y físico que agobia a los enfermos, me cala la angustia de los tuberculosos, doblados bajo el peso de su enfermedad y de los problemas que trae aparejados; me rebelo contra el dolor, la miseria, la enfermedad y la muerte, tantas veces evitables, tantas veces redimibles, y me gusta pelear, romper lanzas, denunciar a grito limpio los males innecesarios, batallar contra la injusticia y la inmoralidad, llamar a los buenos a juntarse para la obra útil. De más de un combate, y me enlisté en más de uno, emprendido con las armas, con la palabra o con la pluma, regresé maltrecho y hasta desorientado, molido a veces por una sentencia injusta de nuestra justicia, como la que hube de ganarme hace algún tiempo sin merecerla, al comparecer acusado ante la Audiencia de La Habana por defender a los enfermos tuberculosos, denunciando hechos comprobables y conductas punibles, en cinco artículos publicados en la revista Bohemia; pero no tarda uno en reponerse y cobrar nuevos bríos, espoleados por la maldad en ascenso, el crimen impune y la inverecundia desembozada y galleante, que lo impulsan a la arena otra vez, y cien veces, a bregar sin tregua por una vida limpia y un futuro mejor que alcance a nuestros hijos. Cuando todo se ha perdido hay que empezar por el principio, dijo un revolucionario inmortal ha mucho tiempo, y resplandece en nuestro ideario cubano como luz guiadora, que la Patria es agonía y deber y que debe aprenderse a morir en la cruz todos los días.

En el artículo, inicial de la serie publicada en Bohemia hace tres años que titulé "A luchar tuberculosos de Cuba", mantuve una tesis original y audaz, que tiene no pocos enemigos y detractores, y de cuya eficacia y virtualidad estoy convencido por haber ensayado su fuerza, en tono de amenaza, en más de una ocasión y siempre con éxito. La tesis sostenida se ajusta a la realidad cubana y su enunciación fue de inmediato respaldada por centenares de enfermos, que me enviaron su cálido mensaje de aliento y adhesión. El tiempo transcurrido ha rubricado mis afirmaciones y denuncias de entonces, que se mantienen actuales y vigentes; la sucesión de hechos, errores y pillerías en cadena, le dio resonancia y ha centuplicado el eco de mi grito angustioso, llamando a luchar unidos a todos los enfermos tuberculosos de Cuba. El decurso de tres largos años, y la reiteración de hechos dolorosos, de errores culpables y desaciertos punibles, me han dado toda la razón en cuantas acusaciones afirmé y sostuve contra el Consejo Nacional de Tuberculosis, destacando su incapacidad y su fracaso, y han legitimizado mi tesis de replantear la lucha sobre bases nuevas, sin posibilidad de frustración, mediante intervención activa y vigilante del enfermo tuberculoso organizado, integrada su personalidad doliente en el seno de un organismo de lucha, de una fraternidad de enfermos y ex-enfermos estructurada legalmente, para defender su derecho a recobrar la salud y la vida plena, pare crear el seguro social contra la enfermedad sin dilaciones innecesarias, para cimentar adecuadamente la rehabilitación de los enfermos en escala nacional, para que comiencen a funcionar de una vez, en armonía de correlación y unidad, todos los factores en juego, y el enfermo no siga siendo una cosa al margen, un segregado social, y, además, objeto de explotación y maltrato; para suprimir lo particular de cada caso, el complejo enfermo- familiar, el miedo y el secreto, y meter la familia y el enfermo, y la sociedad entera, con todas sus modalidades de expresión, de manifestarse y de ser, en la hondura y complejidad del problema, para que cada cual ocupe su puesto y, desde su ángulo, lo encare y estudie, lo medite y aprenda, y ayude a resolverlo.

Hace más de veinte años, en mi servicio de tuberculosis del Sanatorio Covadonga, del Centro Asturiano, fundé, con mi enfermos residentes, la primera fraternidad de que tengo noticias, y, para llamarla de algún modo, utilicé el nombre del pabellón o edificio en que permanecían internados los pacientes. La fraternidad de enfermos tuberculosos J. G., iniciales de José García, fue así la primera y única que ha existido en Cuba. El ensayo me dejó para siempre una viva impresión, por el interés sostenido que despertó en los enfermos y el calor que pusieron en mantenerlo, sin quebrantar su horario de reposo obligado ni la disciplina institucional. La Fraternidad J. G., ilustró a sus miembros en el conocimiento necesario de la tuberculosis, organizó una biblioteca, que inicié ampliamente; dio los primeros pasos en Cuba, firmes y certeros, en la terapéutica ocupacional y descubrió, trabajando con un pequeño núcleo, orientaciones vocacionales insospechadas, diseñadores, dibujantes, escultores; fundó una pequeña revista, y mantuvo un clima de convivencia, de apoyo mutuo y optimismo prometedor, y fecundo.

En Agosto de 1933, a la caída de la bestia machadista, y en medio del caos que nos legara aquella orgía de rapacidad y de sangre, me hice cargo de la Dirección del Sanatorio "La Esperanza". El sanatorio era entonces una papa caliente, como dicen gráficamente los americanos, un amasijo erizado de puntas, infecto y pestilente, que chorreaba fango, miseria y sangre, dolor y angustia; vivo reflejo de una realidad social desquiciada y enferma. En las páginas de Bohemia, siempre acogedora, dejé constancia de aquel cuadro en un artículo titulado: "El Infierno y La Esperanza". Mi tarea fue dura y callada, cuesta arriba y difícil, y en su cumplimiento dejé jirones de mi propia salud. Las primeras salidas para darle de comer a los enfermos, sin dinero y sin crédito, fueron a punta de pistola; pero tenía una super automática y no me faltaba coraje. Resueltos los problemas del hambre orgánica, y los resolví satisfactoriamente, también que nunca los enfermos comieron mejor, quedaban los gritos de urgencia de otras hambres no menos respetables; que las apetencias científicas apuraban tanto como las tróficas y había que calmarlas, procedían de los enfermos mismos, de la carencia de equipos, utilería y material, aun de las cosas más elementales; de la desorganización total. No es mi propósito detallar lo que hice en "La Esperanza" y menos destacar, mi labor durante los 19 meses, hasta la huelga de marzo del año 1935, que fui Director del Sanatorio. Trabajé como si fuera a manejarlo siempre, y viví con la renuncia en el bolsillo, dispuesto a irme todas las mañanas. Transformé un bodegón que era un depósito de enfermos, en un centro científico, vivo y eficiente cumplí con mi deber y lo cumplí honradamente. Nunca me he referido a este jalón que clavé con éxito, marcando una etapa  del progreso y evolución senatorial en nuestro medio. Lo silenciaron mis continuadores, y no pocos de cuantos aprendieron entonces a trabajar y superarse, olvidando la rutina que los corroía y vueltos a su función primordial, servir a los enfermos por encima de todo otro interés. No me lastimó su conducta, no podía mortificarme; la rana tira a la charca y los sietemesinos de espíritu no me han preocupado jamás.

De todo aquello que fue mi estancia en el sanatorio, porque yo viví en "La Esperanza", con mi familia, todo el tiempo que lo manejé, y en contacto íntimo con los enfermos, derivé muchas enseñanzas y algunas experiencias que abonaron mi pensamiento sobre la necesidad de que el enfermo participe activamente, de modo organizado y legal, como factor determinante, en la lucha antituberculosa, en nuestra lucha cubana. Quiero relatar dos anécdotas festivas entresacadas de mis recuerdos: la primera se refiere al abastecimiento de agua suficiente y potable, que sigue sin resolverse en el Sanatorio "La Esperanza". Recibí un día, en mi carácter de Director, la notificación drástica del acueducto de Calabazar, de que suprimiría todo el servicio en breve plazo, precisando la fecha, porque el Estado le adeudaba a la compañía una crecida suma.

No contesté la notificación, pero mi alarma se expresó en indignación, y cursé cinco telegramas insolentes, a las autoridades de mayor representación y responsabilidad, haciéndoles saber mi decisión de oponerme violentamente a tamaña enormidad, para lo cual me disponía a ocupar el acueducto con un grupo de enfermos, los rifleros del Sanatorio les llamaba simbólicamente, y estaba dispuesto a inutilizarlo, echando a la taza un crecido número de escupideras portátiles, para crear un problema de orden público. La amenaza fue suficiente, y el peligro quedó conjurado.

La segunda anécdota procede de la misma cantera, la irresponsabilidad y el dejar pasar, tan criollos, y fue determinada en la Secretaría de Hacienda, por una situación de fondos siempre aplazada, y cuya urgencia no admitía ya dilación. Tuve un altercado con el entonces Secretario Coronel Despaigne, veterano de nuestra guerra libertadora que merecía todos mis respetos; pero que era un viejo hosco, y ante su actitud negativa y cerrada, lo amenacé con desalojar todas sus dependencias si no disponía la situación del crédito en un plazo de 48 horas.

Otra vez lo simbólicos rifleros ganaron la batalla sin usar sus poderosas armas: la tos y la expectoración. No pretenden estas anécdotas, tocadas de humorismos dolorosos que no ha perdido actualidad, insinuar que la movilización de los enfermos, su modalidad de organización, tiene que ser agitada y febril, de tipo sindical, y que sus demandas deben plantearse en tono de exigencia y con apremiante perentoriedad, pero si afirman que el reposo obligado del reposo tuberculoso no puede ser pasividad, y que ha llegado el momento de ponerle límite, el valladar infranqueable de su unión, al dejar hacer y al dejar pasar que tantas víctimas ha costado ya y sigue haciendo víctimas. Si concretan estas anécdotas y mi experiencia toda, la interpretación real y la crítica a que he sometido la lucha antituberculosa oficial en nuestro país, que el enfermo tiene que organizarse por lugares o centros de internamiento, donde permanece recluido, sanatorios y casas de salud o quintas, y por lugares o centros de tratamiento a los cuales concurre una y otra vez, en demanda de diagnóstico o para cumplir indicaciones, desgraciadamente como enfermo ambulatorio: los dispensarios y las consultas externas. Como resultado de esta organización basal en los lugares de concurrencia y reclusión, no exige gran movilidad ni agitación, ya que a los enfermos encamados les bastaría otorgar su firma, deberá integrarse un organismo de lucha, una fraternidad de enfermos y ex-enfermos, en cuyos hombres representativos delegan sus miembros la defensa específica de sus requerimientos, necesidades e intereses, y a quienes encomiendan el funcionamiento de la organización, de acuerdo con las normas y procedimientos que precisen sus estatutos y reglamentos.

Cuando escribí "A Luchar Tuberculosos de Cuba" llamando a los enfermos a juntar sus voluntades dispersas en un clamor nacional, que estremeciera el país y despertara la conciencia colectiva, tenía la certidumbre de mi tesis y la sostuve apasionadamente, como se defienden la verdad y la justicia de una causa que nos quema de impaciencia y de afán de trabajo, para darle contenido y camino. Entonces grité a todos los vientos hasta enronquecer: "No resta más que una esperanza a mi juicio, y descansa, toda entera sobre las espaldas macilentas y rotas de los propios enfermos. Son los enfermos, los tuberculosos, quienes tienen que luchar contra un estado de cosas que no puede tolerarse por más tiempo, tienen que luchar contra una sociedad abúlica y egoísta que no quiere aprender a preservarse, que protestara lacrimosa y se negará a pagar el seguro social; tienen que luchar por su pan, por sus vidas, y contra la enfermedad que los agota, que amenaza la vida de sus hijos, que destroza sus hogares. Tienen que luchar contra el Consejo Nacional de Tuberculosis, y no para hacerlo desaparecer, sino para transformarlo en un organismo que responda a sus finalidades esenciales, luchar contra la tuberculosis sin tregua ni desviaciones politiqueras, a ciencia y conciencia; es decir, con criterio cerradamente científico y honradez absoluta". "La última esperanza en un futuro mejor en la lucha contra la tuberculosis se afirma sobre hombros débiles y enfermos; sobre los débiles hombros de los enfermos tuberculosos y a ellos va mi llamada, mi grito angustiado de cubano, de hombre revolucionario, de médico que les ha dedicado los mejores años de su vida. La palabra de orden es ésta: ¡a juntarse tuberculosos de Cuba! ¡A organizarse sobre la marcha cubanos tuberculosos! La consigna inmediata: el Consejo Nacional de Tuberculosis a mano de los ex-enfermos y enfermos en capacidad de manejarlo y, por lo menos, representación paritaria en su constitución y dirigencia, con todos los derechos de voz y voto y prioridad efectiva en todos sus empleos y nombramientos".

El inicio de esta organización, la Unión Nacional de Enfermos Tuberculosos y Ex-enfermos, U.N.E.T.E., fraternidad de enfermos y ex-enfermos, cuesta dinero y esfuerzo, trabajo y plata, el tiempo lo marcan los enfermos y depende de la celeridad y entusiasmo que pongan en contestar. Los primeros doscientos pesos para la arrancada ya están en cartera, y los entregaré al tesorero de la Comisión Organizadora.

Miguel Ángel Quevedo acaba de ingresar en el grupo y nos trae el formidable aporte de la revista Bohemia. Yo pongo la rotativa, dijo Miguelito al exponerle mi plan, con una sonrisa ancha y cordial, tan acogedora como su buena voluntad de servir a los enfermos. Vendrán algunos más, mujeres y hombres capaces y limpios, a sumarse generosos para integrar la Comisión Organizadora; vendrán
sin demora, todos los que hagan falta y estarán en el grupo por su propio derecho, por su conducta y ejecutoria, por haber velado sus armas frente a la enfermedad derrotándola, por su actitud vital, heroica y desinteresada, frente a la miseria y el dolor. Se me ocurren dos nombres de personas que se incorporaran presurosas: Rosa Hilda Zell y Raúl Lorenzo.

Este primer mensaje debe circular, después de leído por cualquier enfermo, familiar o amigo del paciente tuberculoso; luego será impreso, distribuido y radiado, para que llegue a todos; los enfermos deben comentarlo sin alterarse, sin preocuparles las opiniones adversas, que serán muchas, sin discutir ni acalorarse; pero eso sí, los que crean en nosotros, los que confíen en nuestra guía y programa de acción, que se pongan a la obra cuanto antes, y se incorporen y se aperciban, mediante una tarea profunda, callada y paciente, sin estridencias; sin prisa pero sin tregua. ¡Ahora o nunca! Pero de todos modos, antes que se efectúe el cambio de gobierno, necesitamos miles de firmas de enfermos tuberculosos y saber dónde están, dónde viven, si vienen a juntarse apretadamente, para darle vida, todo lo que reste de sus vidas a su fraternidad y su esperanza.

 

 

*Bohemia, agosto 22 de 1948.