Comentarios sobre el octavo congreso panamericano de tuberculosis*

 

 

No se llega a México nunca sin un sacudimiento interior y una vibración de simpatía. México impone y atrae, magnetiza y sobrecoge el ánimo. Los cubanos, además, llegamos a casa; porque fue México, para nuestro Martí, que es toda Cuba, asilo y pan, hogar y remanso, pensamiento y devoción. Un mexicano de cora­zón que es también cubano de raíz y martiano de sentimiento me enseño a querer esta tierra donde empieza Nuestra América.

Fue, y sigue siendo, el licenciado Juan Pérez Abreu en cuya casa de Cuba, que todavía mantiene en San Juan de los Remedios, no faltó jamás una cabeza de Martí, de cráneo hidrópico, para que sus hijos aprendieran a amar tempranamente, al más torturado de los grandes estadistas americanos, al hombre ancho que abarcó toda la América avizorando su destino histórico, en peregrinaje de libertad y verbo de inquietud. Los hijos del licenciado Pérez Abreu nacidos de mitad en México y Cuba; depositan siempre, cada mañana, un ramo de flores frescas junto a la cabeza de Martí que centraba su hogar. Recordaba yo esta nota del anecdotario martiano mientras el aeroplano que nos traía de Cuba buscaba tierra en el valle de México, volando, en la noche, sobre la policromía de la ciudad encendida. Se encimaba ya la ciudad como un caleidoscopio gigantesco, maravilloso y cambiante, para depositarnos en los brazos amigos de los médicos mexicanos, que nos aguardaban impacientes de camaradería, cordialidad y gentileza, para darnos la bienv­nida. Pero esta vez, vinieron a encontrarnos no solamente Jiménez, Cosío Villegas y otros muchos, que no pertenecen al anonimato de las etc., estaban allí infatigables y radiantes, sus compañeras, animosas, que se fundieron en un abrazo, a nuestras mujeres cubanas, hermanadas ya. Recordaba también con nitidez, asomado al caleidoscopio rutilante, mi primera visita a la ciudad, que fue la última, y se destacaba indeleble, en mi recuerdo, la más grata emoción que me llevé de México, cuando me invitaron, una noche de un viernes, a oír la lectura de una carta inédita de José Martí perteneciente al epistolario de Don Manuel Mercado, el más grande amigo de Martí; que fue un mexicano de alma grande, con quien mantuvo correspondencia durante muchos años y el hombre a quién confió siempre, como a hermano mayor, sus vicisitudes y esperanzas, los altibajos de su vida y las torturas de su espíritu iluminado. Aquellas cartas, que la familia Mercado guardaba como una sagrada reliquia, iban a ser publicadas al fin, y, por entonces, trabajaban en su ordenamiento, el hijo superviviente de Don Manuel, fallecido poco después, un sobrino, cuyo nombre se me escapa, y el Lic. Juan Pérez Abreu. Todas las semanas se reunía el grupo para leer algunas cartas, ya pasadas en limpio, y fui invitado con exquisita deferencia, a esta fiesta inolvidable, que regusté en cubano y amante de Martí.

Vine a México la primera vez, presidiendo una delegación cubana bien nutrida, a una reunión continental, que fue bien sonada, de la F.O.A.R.E., la Federación de Organizaciones de Ayuda a los Refugiados Españoles; quiere decir, que vine a México a encontrarme apretadamente, con los valores de la única España, de la España buena que amara Martí, y que no podemos dejar de amar los cubanos buenos seguidores de la prédica martiana; vine a México a trabajar por el pueblo español, junto a hombres representativos de otros muchos pueblos americanos, junto a los mexicanos especialmente, que, como Mancicidor, el recio escritor de México, quieren una España libre de la peste de franquismo falangismo. A eso vine la primera vez, y por eso trabajamos duramente, con el ánimo alegre. Así me estrené en México, y por estos caminos se metió en mi entraña el pueblo revolucionario mexicano, la tierra de Juárez, de Hidalgo y de Morelos.

Vuelvo a México esta vez, para asistir a la justa científica que celebra periódicamente, cada dos años, la U.L.A.S.T., Unión Latino Americana de Sociedades de Tisiología, y cuya sede actual es la ciudad de México, su maravillosa capital, donde funciona paralelamente, durante estos días, el Octavo Congreso Panamericano de Tuberculosis y Silicosis. La celebración conjunta de ambos, recuento y exposición científicos, no es mera coincidencia y sí decisión de sus organizadores mexicanos, ya que se compenetran hasta complementarse, porque la silicosis, enfermedad extendida por todos aquellos países donde se manipula y trabaja la sílice, él polvo de la muerte, y México es uno de ellos, prepara la cama a la tuberculosis que la sigue como la sombra al cuerpo, fatalmente.

La Delegación oficial cubana, designada por el gobierno de mi país, que asiste a tan brillantes trabajos, es muy numerosa y está integrada por 15 compañeros médicos; pero, además, acudimos otros; en calidad de adherentes, curiosos y observadores, que nos preocupamos por iguales problemas apasionadamente, y atraídos también, es justo destacarlo, por la hospitalidad de México y su pueblo, nunca desmentida.

La Ceremonia Inaugural se efectuó el día 23, a las 11 horas, en el Palacio de las Bellas Artes y fue un acto de extraor­dinaria brillantez, majestuoso y solemne. El Palacio, impresionante, es todo por fuera de líneas y piedras europeas, un macizo de mármol níveo que se hunde, buscando asiento y sub­suelo nativos, raíz y savia, en su tierra mexicana. Por dentro tiene todas las irisaciones del alma de México; es pétreo y multicolor en rojo y negro, sobrio y hondo, duro y acogedor a un tiempo. En la sala, bullía todo el Continente Americano y toda Nuestra América, de habla hispano-portuguesa. En el escenario, a la derecha, el tallo de un micrófono señalaba la tribuna, y a su lado, tejido de flores, el resplandor simbólico de la doble cruz, emblema de la lucha antituberculosa, proyectaba sobre la audiencia una suave luz de esperanza; al fondo, la mesa presidencial y ejecutiva, el presidium, y a la extrema izquierda un grupo escultórico de hombres, de soldados en atención, fundidos en azul y bronce: la guardia de la Bandera de México, que emergía de entre ellos afirmada y enhiesta, trenzados sus vivos colores en el área de sus ­pliegues, defendida y rebelde, apercibida al Vuelo de sus alas fuertes, y aceradas sus armas, las armas de su águila raudal, contra todo lo que intente mancillar la libertad, contra todos los que pretendan pisar en conquista, la tierra de Juárez, el indio vigilante y vencedor, de Hidalgo y de Morelos, los fundadores y padres de la patria Mexicana, de Francisco L. Madero, el apóstol y visionario de la democracia.

El discurso eje de apertura estuvo a cargo del Profesor Ismael Cosío Villegas, Presidente del Octavo Congreso Panamericano de Tuberculosis de la U.L.A.S.T. Cosío Villegas es profesor de clínica, pero sus alumnos y cuantos médicos ayudó en su formación, que fueron muchos, brindándoles consejo y experien­cia, conocimientos y oportunidades de trabajo, le llaman Maestro. Esta palabra tiene en labios mexicanos, todavía más en la juventud, muy especial significado, que subraya un contenido de calidad y una diferencia esencial entre los vocablos profesor y maestro. Cuando quise penetrar su alcance examinando la distinción, me vino a la mente un aforismo de José de la Luz y Caballero, nuestro Don Pepe, el Maestro de la juventud cubana: "Enseñar puede cualquiera, educar solo quien sea un evangelio vivo". Lo recité despacio y me tranquilizó la explicación sutil, como si hubiera descubierto, de verdad y a fondo, la clave de la diferencia.

El Maestro Cosío Villegas no es orador de pirotecnia verbal, ni declama oropeles vacíos de quincallería barata. Va derecho a su blanco sin disgresiones ni escorzos; el gesto es preciso y guiador, la palabra ceñida y cálida, los párrafos conceptuosos y cerrados, la figura apuesta. Mantuvo a sus oyentes despiertos, en tensión emocional subida, todo el tiempo de su lectura, y fue el suyo un discurso acabado, impecable de forma y valiente de fondo. Me lo llevo a La Habana para difundirlo ampliamente desde nuestra BOHEMIA, la revista mejor de Cuba, que represento en el seno de ambos Congresos.

Precedió a Cosío Villegas el Dr. Alejandro Celis, Presidente del Tercer Congreso Nacional de Tuberculosis y Silicosis. No pude oírlo porque llegué retrasado, al final de sus palabras, pero sé que le dio al acto la tónica inicial que merecía, tanto por el continente, expresión de grandiosidad arquitectónica, como por el contenido, representación de alta calidad de la ciencia tisiológica continental, de toda la América. Hizo el Dr. Celis, un resumen cabal de los propósitos logrados en los dominios nacionales, mexicanos, de la tisiología; orientó los caminos a seguir por rumbos seguros, precisando como existe una escuela mexicana que Cosío Villegas disciplina y sustenta dentro de su grupo, luego de echar los cimientos de su fundación; adelantó después, los escollos y vórtices peligrosos, con precisión de conocedor y brújula de hombre estudioso. Su peroración lo destacó, y lo afirmó ya releído su discurso, como un positivo valor mexicano, con proa y coraje suficientes para meterse en la entraña de los picachos continentales y levantarse a toda altitud, respetable y respetada.

Cerró el acto inaugural con palabra reposada y severa, el Maestro de Uruguay, Dr. Fernando D. Gómez, que es todo un profesor de Tisiología, bien admirado y querido. El doctor Gómez, tan pulcro en el decir como estilado en el buen vestir, habló en representación de las delegaciones extranjeras al congreso de la U. L.A.S.T., de cuya organización es Secretario Perpetuo; pero también, y, sobre todo, animador y guía, nervio y sostén. Cuando el Dr. Gómez echó a andar la U.L.A.S.T., hace algunos años, con desprendimiento de pionero entusiasta y gesto de creador, le dio toda la cuerda que atesoraba su fé y el impulso de su alma latina, del pueblo Uruguayo generoso y docto.

Caballero de una noble cruzada, Fernando D. Gómez, armado de todas sus armas, que resumían una mayor preparación tisiológica y más alta permeabilidad al dolor de nuestros pueblos, enfermos y sufridos, se lanzó por los caminos de Nuestra América aunando voluntades y corazones buenos. Sabía la hora propicia este Alonso Quijano del meridiano uruguayo, de fino olfato, como buen sembrador y recio espíritu batallador, hecho seguramente a las ingratitudes y a la incomprensión. Su llamada encendida encontró calor y respuesta, porque creía en el hombre de nuestros pueblos y en los pueblos de nuestra savia y raíz americanas. Fue, como nuestro Martí, peregrino de una esperanza que tortura y redime, y se dio a ella como José Martí, peregrino de su esperanza. Ahora en el Palacio de Bellas Artes de México recogía su cosecha rodeado del cariño y la estimación de todos nosotros, aplaudido por muchas manos hábiles en el arte de curar, respaldado por todos los hombres eminentes de América en el campo de la tisiología contemporánea, algunos presentes otros ausentes de presencia, pero presentes todos en acatamiento y reverencia a la obra fecunda y al hombre ejemplar. Por todo ello la voz del Dr. Fernando D. Gómez se veló de emoción, y las cosas que dijo, al filo ya del mediodía mexicano, fueron luminosas y hondas, dignas de México la tierra que lo recibía en agasajo y altitud, de Uruguay, su patria lejana, de Nuestra América, que lo comprende y lo ama en comunión de pueblos.

Al final, las notas del Himno Mexicano se elevaron polífonas y bravías para abrazar, en el iris de su pentagrama, los colores nacionales, el haz de las banderas americanas allí presentes, en tanto que el resplandor simbólico de la doble cruz proyectaba sobre la audiencia en pie, una luz de fragua en acción y una sinfonía de pétalos animados. Se ensancharon los pechos por el empuje interior de la emoción patriótica compartida; el Himno de México vibraba en nosotros con la clarinada vibrante de todos nuestros himnos, con la sacudida de uno solo, estremecido por el aliento de todas las Patrias y la compenetración de todos los pueblos de Nuestra América indivisible, única, inmortal. El grupo escultórico de hombres, de soldados mexicanos en atención, fundidos en azul y bronce: la guardia de la bandera, parecía agigantarse en talla y fuerza hasta alcanzar las dimensiones de los indios verdes, custodios broncíneos de la ciudad de México, parecía al conjuro del himno mágico transformarse en una sola guardia impenetrable, de todas las banderas de nuestras tierras, desgarradas y heroicas. Así terminó el acto inaugural. Mañana empezamos a trabajar por el mejoramiento de nuestros pueblos, contra la tuberculosis y por la Ciencia…

 

 

* Revista Bohemia, febrero 27 de 1949.

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