Por favor, señor fiscal*

Confieso que sí, el Señor Fiscal me tiene asustadísimo desde que mantiene este modesto nombre mío, en cintillos de siete columnas y en la primera página de la prensa diaria. ¿Qué le hice yo al Señor Fiscal para que así tan mal me trate? Al principio, cuando leí que iba a ser enjuiciado por infringir no sé cuantos artículos del muy respetable Código de Defensa Social, mis temores subieron de punto; pero me tranquilizaba el nombre del Señor Fiscal que se llama Jesús. Es tan consoladora la palabra que obraba, sobre mi ánimo inquieto, como el bálsamo tranquilo de la antigua farmacopea. Me repetía quedamente para adormecerme: el Señor Fiscal se llama Jesús. Se llama Jesús el Señor Fiscal...

Dos días más tarde y otra vez Avance con otro cintillo de sie­te columnas, con mi nombre otra vez y en primera plana. El Señor Fiscal la ha cogido conmigo y hace de timonel en una causa criminal, voy a ser instruido de cargos. Mi familia se alarma de nuevo; los amigos vuelven a dolerse de mi duelo; menudean las visitas que inquieren; suena y resuena el teléfono indagador y terebrante; me desvelo asustado; pero el nombre del Señor Fiscal me sosiega y me aquieta, como una canción de cuna de mis tiempos infantiles, ya para siempre idos: "Duérmete mi niño".

Aquella noche terrible del cintillo de Avance tuve un sueño de agonía, un ensueño endiablado, porque únicamente el ángel malo puede tejer estas marañas sin entrañas, que escapan a las interpretaciones de Freud y de Jung, dos psico-analistas enrevesados que tuvieron el coraje de meterse en la selva del alma humana, en el laberinto del espíritu, guiados por el hilo conductor de la Ciencia, para crear ciencia y hacer luz en los desvanes y rincones de lo subconsciente. Aquella noche soñé con un duelo bárbaro, irregular y absurdo, en que yo hacía de protagonista. Tenía que batirme en una coctelera monstruosa y centrífuga, descomunal, y pantagruélica, que diría Miguel de Marcos, el autor de Papaíto Mayarí. Allí, en la coctelera, estaban todos los ingredientes, los cuatro padrinos y una madrina —¿por qué una madrina?— ceremoniosos y atentos, dos jueces de campo en vez de uno; el otro era de repuesto, por si el primero resultaba herido o caía preso. Estaban dos agentes de pompas fúnebres, un boticario y un médico. El boticario traía el condimento: nuez moscada, árnica y diente de perro. Había además, un notario, con porte de archivero, que leía en voz alta los artículos 51 y 52 del Código Civil, porque había olvidado el Código de Defensa Social.

Las condiciones en que se había pactado el duelo eran terríficas: había que batirse con la coctelera a toda velocidad, con revolvers Colt precisamente y tan juntos dos contendientes, tan pegados, como el nombre y el apellido. Todo aquello me parecía, absurdo; pero yo no podía decir nada; para eso estaban mis padrinos. No entendía aquel aferrarse a la marca Colt cuando el Smith que es otro apellido más americano, resulta tan Wesson; además, pensaba yo soñando existe el Eibar, que es un revolver Vizcaíno muy varón aunque se parte y se dobla, pero no se rompe. La distancia así pactada, la que separa al nombre del apellido era aun más absurda, y mucho más torturante resultaba la ausencia de mi contrincante, cuando ya estaba montado el show. Me despertó el timbre del teléfono, sin dejar de soñar, cuando avisó mi antagonista que estaba muy ocupado en la publicidad del asunto, porque quería darlo por televisión, y que suspendieran el ensayo hasta el día siguiente.

Me desperté, ya de verdad, empapado en sudor y jadeante. Escribí luego todos los pormenores del sueño, para analizarlo en psicoanalista, y llegué muy pronto, a la siguiente conclusión: todo fue productor de la paradoja insalvable, del antagonismo inmedible, de la antinomia flagrante, entre el hombre y el apellido del Señor Fiscal, que se llama Jesús Coll.

Y ahora Señor Fiscal, muy en serio, voy a darle unos datos para que pueda usted redondear su acusación con mayor aporte de pruebas: En mi vida y en mi conducta tiene usted una cantera interesante: siete ocasiones preso bajo el asno con garras —¿lo conoció usted?—. En total cumplí once meses defendiendo el decoro de muchos que no supieron tenerlo. Estuve en Artemisa y me batí en Gibara, otro duelo de que puede acusarme, con el agravante de que allí hubo sangre. No pregunto, Señor Fiscal, sus rumbos de aquella época porque sería mortificante meterme en su vida y temo que me mande sus padrinos. Si abonan su vida aquellos rumbos, y fueron de raíz y savia revolucionaria, sin desviaciones ni retorcimientos posteriores, debe usted merecer el sitial que ocupa. Finalizo con una confesión, Señor Fiscal, me batiré siempre, a sangre y fuego, hasta caer con los zapatos puestos, contra la maldad y la injusticia, contra los malandrines y los pícaros, contra los fulleros y bribones de toda laya. Termino con un consejo, Señor Fiscal, haga usted lo mismo, desde su puesto, y habrá de merecer, cada día, el aplauso de los hombres honrado, la estimación de sus conciudadanos, el respeto de su Pueblo, y el nombre de Fiscal del Pueblo Cubano.

*Periódico Alerta, agosto 21 de 1949.