Las sociedades médicas cubana*

 

 

¿Cuántas Sociedades Médicas se cuentan entre nosotros? No preguntaré cuantas sesionan, que este neologismo no me sabe a verbo castellano. ¿Bajo qué epígrafes funcionan y cómo se denominan? ¿Desde cuándo existen y cuál es la más antigua? Todas estas interrogaciones, tan interesantes colocarían a cualquier médico cubano, planteadas así, de improviso, en un grave aprieto. Reconozco que, si me fuesen dirigidas, las contestaría por el método Ollendorff, siempre tan socorrido.

Son numerosas y trabajan con seriedad y prestigio, las normas clásicas, influenciadas, en los últimos años, por sus hermanas de Norteamérica en la ciencia médica, aunque con resabios criollos todavía, tan imaginativos como deleitosos, a veces, de la medicina francesa, nuestra fuente nutricia y savia nuestra, que tanto intervino en la formación de la cultura criolla, y que caló tan hondo en la estratificación de la mentalidad médica insular. Latinos hasta el tuétano, nuestros médicos de antaño miraron siempre, en deslumbramiento bien justificado, hacia el luminar de la escuela de París, y Francia los acogió cordialmente, dispensadora del saber y de su comprensión, tanto más ancha y más gentil cuanto que, no pocos de los antillanos que llegaron a su seno durante muchos años, venían marcados con cicatrices recientes, casi sangrantes, y traían, bien visibles, las huellas del sufrimiento metropolitano; los signos de una tormenta que arrasaba la Patria desolada. No es de extrañar que décadas después, cuando la tiranía machadista clavó su garra insolente sobre la colina universitaria, para desbordarse más tarde y ensombrecer todo el país con insania cruel y voracidad sin medida, no es de extrañar que entonces nuestros muchachos, algunos expulsados por consejos de disciplina que formaron profesores universitarios deformados por el servilismo y sometidos, de antemano, a la arbitrariedad o la barbarie del déspota, plegados otros a las exigencias familiares, que forzaban su salida del territorio nacional por alejarlos de la tragedia, mirasen todos, otra vez, hacia la Francia heroica, que ya había restañado sus heridas y convalecía fecunda, en el cultivo laborioso de su dedicación al trabajo, a la ciencia, al arte, a las letras, al pensamiento esclarecedor, que engrandece a los pueblos. Miraron todos hacia Francia y todos se fueron a Francia, los estudiantes de medicina, a seguir sus estudios y terminar la carrera.

La decana de las Sociedades Médicas cubanas es la Sociedad de Estudios Clínicos, cuyos anales y publicaciones recogieron, en el curso de los años, los desvelos mejores y más aplicados esfuerzos de nuestros médicos, sus observaciones más juiciosas y la expresión de un crecimiento y madurez científicos en que despuntaban la originalidad sin alarde, el buen gusto sin afectación ni estropicios idiomáticos, y el enjuiciamiento clínico, veraz y certero. Desde hace algunos lustros nuestra decana Sociedad de Estudios Clínicos, juntamente con el sector biológico de la Academia de Ciencias, su hermana mayor, tantas veces ilustre, mantuvieron encendida y enfervorizaron la cultura médica cubana, y en las justas científicas que desenvolvían y propiciaron, se proyectaba su intensificación creciente, su anhelo cada vez más alto y su reciedumbre moral inmaculada; la historia de la Sociedad de Estudios Clínicos continúa y amplía los anales de la Academia, se complementan sin oponerse, juntos realizan un capítulo imperecedero donde aparecen las más bellas páginas de nuestra cultura contemporánea. La obra tesonera que ambas instituciones representan fue, desde su fundación respectiva, una labor de integración perseverante, de aspiración definida y esforzada cubanidad.

Fue creciendo la célula inicial y sus materias, indivisas durante los años primeros, tendieron al agrupamiento lógico en la medida que se perfilaban las especialidades médicas. La Sociedad de Estudios Clínicos permanecía, como la Medicina, una individualidad coherente y armónica, nutrida y regulada por sus funciones de correlación, pero en su interior pugnaba un afán que parecía, a primera vista, de desasimiento, cuando era un impulso de integración de las partes en el todo más penetrado, mejor explorado hasta el agotamiento; se insistía, cada vez más, en la revisión de las funciones y en el estudio acucioso de sus interacciones reciprocas; el aparato visceral era registrado en los elementos constitutivos de su génesis mediante el desarrollo embrionario; los progresos de la fisiopatología sentaban nuevas hipótesis legítimas, y nacían nuevas ciencias; se desbrozaban nuevos caminos que abrían nuevos horizontes, y el principio fecundo de la división del trabajo se enseñoreaba del campo biológico, golpeando impaciente para rectificar la separación arbitraria, que se extendía más allá de su contenido transitorio, al jalonar los dominios médicos en dos grandes ramas: quirúrgica y médica, cuya crisis podía representarse ya, gráficamente, en trazos convergentes, por ofrecer un punto común en que se borran y superponen sus características, confundiéndose sus actividades, que parecen tan deslindadas, aunque otras veces se sustituyen y lucen en oposición, al definirse sus campos de acción, únicamente, por sus modos de actuar que le son peculiares. Así fue imponiéndose, en el curso del tiempo, una modalidad de crecimiento que expresaba la adultez, en que venía granando la diversificación de los conocimientos médicos; así cuajaron las yemas que apuntaban en el añoso tronco, y la Sociedad de Estudios Clínicos asistió, complacida, a lo que no fue nunca una escisión de si misma, ni un desprendimiento de su seno. Las Sociedades médicas especializadas que hemos visto aparecer sucesivamente, no podían negar su origen, y brotaron, como ramas, de la Sociedad de Estudios Clínicos, y bajo el mismo techo de la Academia de Ciencias que les brindó albergue y calor. Quisieron aquella savia y el mismo techo, porque en una circulan los estímulos de la curiosidad infinita y de la investigación severa, y brinda el otro recogimiento, fervor y emulación, en la austeridad de la casa, hecha para la meditación y el estudio, en el recuerdo de sus hombres que fueron en el ejemplo de sus hombres que son.

Quisieron los fundadores de las Sociedades Médicas especializadas, que estas fueran como una derivación de la Sociedad de Estudios C1ínicos, como una diversificación de sus actividades, que alcanzaron su clímax y necesitaban expandirse, ni separación ni desvío, antes al contrario, digresión robusta que desborda la plenitud lograda, y que vuelve al cauce de su origen para entremezclar vitalidad y florecimiento en la producción de nuevos frutos, las quisieron unidas por el amor indeclinable de la comprensión mutua, en que descansa la propia estimación por ese amor que no desliga la rama nueva, plantada en el vivero, del añoso tronco donde verdeció por vez primera, por ese amor humano, con tanto de divino, que confunde a los padres y los hijos en la distancia y en el tiempo.

Tal fue el ciclo de crecimiento y expansión de nuestra medicina, incorporada al ritmo universal, y universalizada, ella misma, por esa suerte de equilibrio de líquidos en vasos comunicantes, que hoy permeabiliza los pueblos desdeñando la geografía y el calendario, el tiempo y la distancia, por la velocidad de traslación del pensamiento contemporáneo, isócrono ya en sus formas de expresión y recepción. Así adelantamos con el mundo médico, y este ciclo marcó una etapa de renovación y progreso, siempre perfectibles; señaló el mejor ascenso y la más amplia extensión, cuando fueron naciendo y se fundaron, sucesivamente, las numerosas Sociedades Médicas especializadas que ahora se cuentan entre nosotros, que agrupan a los médicos cubanos de acuerdo con su dedicación preferente, y trabajan con seriedad y prestigio. No puedo olvidar, y me interesa destacarlo por su falseamiento posterior, que yo fundé el año 1928, viernes 24 de agosto, en una sesión, para mi memorable, efectuada en el Salón de Actos de la Academia de Ciencias, la Sociedad Cubana de Tisiología y que pronuncié, aquella noche, el discurso inaugural que la dejó constituida, luego de someter a la aprobación de los concurrente, una muy numerosa asamblea de compañeros médicos- los estatutos y el reglamento que regirían su existencia. Muchos de los conceptos que recoge este artículo fueron expresados en aquel discurso y mi intensión de sobrevivirlos, de traerlos de nuevo a planos de lectura y recordación solamente quiere fijar la verdad histórica y abundar en los motivos que orientaron mi conducta. Yo quise, y fundé, una Sociedad de Tisiología sin ataduras ni coyundas, libre en sus determinaciones y propósitos, dueña de su destino, y sin otras vinculaciones, nexos o acatamientos, que los pormenorizados en los párrafos precedentes. Lo que organizó años después el Consejo Nacional de tuberculosis, que fue creado en marzo de 1936, y que bautizó con el mismo nombre, usurpándome el título, era un engendro fascista, como el mismo Consejo, que por algo nació de aquel cacareado Consejo Corporativo de Educación, Sanidad y Beneficencia, cuando el coronelito Batista y su corte minúscula, en la que figuraron tantos hampones con estrellas, jugaban a "il capo del governo".

No escribo este artículo para historiar la vida de nuestras Sociedades Médicas; no sirvo para historiador. Entiendo, eso sí, que casi todas pueden estar satisfechas de su historia pero así como la vida sería bien poca cosa sin historia, sin la guía que supone el recuento ejemplar de los ejemplos que hacen la historia, y la fijan cronológicamente sin anécdotas, del mismo modo, y en reciprocidad, la historia sin vida que la continuara superándola, afirmándola en acción adecuada, renovándola a la par que se renueva y le infunde nuevos ejemplos, que serán, a su vez, objeto de otros ejemplares recuentos; la historia que no fecunda una vida así, paralela y más alta, es la letra muerta y capítulo archivado, solo útil para los buceadores y polillas.

Las Sociedades Médicas cubanas, afirmo, no viven por su historia, con todo y ser tan limpia. No pueden seguir viviendo de su historia, que sería la autofagia del pasado. Tienen que vivir y marchar al ritmo de su motivación, de su ciencia que cultivan; pero no pueden dejar detrás el ritmo de su medio, de la sociedad en que actúan, y tienen que influir continuamente, en su conglomerado social, apurando su desarrollo y progreso biológico, mejorando sus condiciones de vida y trabajo, sus índices de salubridad, sus estadísticas de letalidad, morbilidad y mortalidad. No pueden vivir y menos seguir viviendo, de espaldas a la ciudadanía, al niño, a la mujer y el hombre sanos, que son la antesala del hombre, la mujer y el niño enfermos. No pueden vivir de espaldas a la Nación, a sus apetencias y vivencias, a sus torturas y sufrimientos, a sus ideales tan altos, y sus frustraciones, tan hondas. No pueden seguir viviendo de espaldas al cubano, a lo cubano y la cubanidad. No pueden vivir desligados de la clase médica, de espalda a sus angustias, ignorantes de sus necesidades, desconocedoras de su ambición legítima y de sus más legítimas aspiraciones, de la injusticia con que la tratan cuantos le deben reverencia, de la manera irrespetuosa con que la maltratan cuantos le deben consideración y acatamiento.

No deben las Sociedades Méwdicas cubanas ignorar, por más tiempo, los problemas de la enfermedad y del enfermo como un todo, para seguirlos considerando aisladamente, un tanto montados al aire y desasidos de la realidad social y económica, que tantas veces los promueven, facilitan y determinan. El problema asistencial en su conjunto, con todas sus implicaciones y derivaciones, su complejidad y desatención culpable, tiene que merecer el estudio y la protesta de las Sociedades Médicas, que abran la vía de su cumplimiento efectivo y sienten las normas de su realización eficaz, inaplazable. La enseñanza médica en general, los tropiezos y dificultades de la enseñanza y aprendizaje en los Hospitales y centros de trabajo médico, públicos y privados, el cultivo y perfeccionamiento de las especialidades, la organización de los cursos de mejoramiento intensivo para los médicos graduados, son otros tantos aspectos que esperan la mano guiadora, que merecen ser tomados en cuenta por las Sociedades Médicas. ¡Hasta ellas mismas deberían impartir enseñanza regular, y dictar, cada año, cursos de iniciación y perfeccionamiento de sus especialidades respectivas!

He aquí todo un programa de acción para las Sociedades Médicas cubanas, y bien ambicioso, por cierto. Su adopción conjunta, luego de las correcciones pertinentes que acordasen para depurarlo ajustándolo a sus características y peculiaridades de funcionamiento, a sus campos de trabajo y dominio, significaría el comienzo de una nueva jornada para todas ellas, dejando a la zaga, y bien distante, el quietismo que las adormece y las mece en la soñolienta hamaca tropical del dejar hacer dejar pasar. Si la Sociedad de Estudios Clínicos respondiera esta llamada y quisiera hacerla suyo, convocando a todas las demás, que tanto la respetan y estiman, para una discusión general inmediata, cuya agenda planteara, en primer término, la necesidad de celebrar en el curso del año próximo, una Conferencia Nacional de Salubridad, bajo los auspicios de todas las Sociedades y con el apoyo del Colegio Médico Nacional que podrían recabar, como una disposición concreta, ante la Asamblea Nacional Médica, que va a reunirse dentro de unos días, si la decana aceptase esta sugestión para bien de los enfermos y de la Medicina, para bien de nuestro pueblo, estaría sirviendo como nunca, a los postulados de la Ciencia y a los ideales más puros de la Patria, al futuro de Cuba.

¿Que se trata de una tarea difícil y premiosa? ¿Que el tiempo es corto y la obra larga? ¿Quiénes la respaldan y cómo va a ser interpretada? Estas interrogaciones, y otras similares, no pueden hacer vacilar la determinación de las Sociedades Médicas cubanas si arranca del convencimiento colectivo, de sus gobiernos y asociados, de que la obra es justa y oportuna, y que vale la pena de ponerse a la obra. Las respuestas menores tienen que brotar del seno mismo de las Sociedades, luego de un examen introspectivo y de asomarse a la realidad desoladora; después de auscultar el pensamiento médico y de preguntarse: ¿que quieren los médicos cubanos?

Los médicos cubanos quieren ser cada día mejores médicos en cuanto se refiere a su preparación y su técnica, mediante su esfuerzo y laboriosidad, pero quieren, además desesperadamente, aplicar su arte y su ciencia a manos llenas y cabalmente, que la medicina llegue a todos nuestros hermanos y a todos los lugares limpiamente y que pueda hacer, sin trabas ni limitaciones, sin miserias, todos sus milagros, y lleve a todos consuelo y alivio, alegría y salud; que se desparrame por todo el territorio nacional vivificadora y fertilizante, como el agua, nutricia y trófica, calmadora de todas las hambres, como el pan; que ayude a disminuir todos los índices que nos inferiorizan como pueblo, y nos disminuyen como ciudadanos, los índices de enfermedad, de invalidez, de muerte, inseguridad y desempleo; que desarrolle la higiene pública a un alto grado de eficiencia, expresión de que todas sus ramas auxiliares se extienden y progresan igualmente.

Los médicos cubanos quieren a su tierra sana y fuerte, saludable y próspera. Quieren centros de trabajo médico adecuados, y quitarle, de una vez, al hospital, en la República, toda su maldición colonial, su contenido torturador de enfermería de ingenio en tiempos de .esclavitud ominosa, de podredumbre y de maltrato, quieren los médicos cubanos liquidar en la República, las enfermedades cuya persistencia constituye un baldón para nuestra democracia, raquítica y envilecida, para el Ministerio de Salubridad de la República, desorganizado y ramplón quieren liquidar el parasitismo intestinal, reduciéndolo a cifras inofensivas, barrer la tifoidea, que atestigua la nulidad de nuestra ingeniería sanitaria y la insuficiencia de nuestra vacunación; quieren acabar con el paludismo y dominar la sífilis, que barrenan la economía cubana, frenar la lepra en alza, hasta acogotarla, como en más de un país nórdico, como se enterró, para siempre, la fiebre amarilla en nuestra latitud, por el genio inmortal de Carlos Finlay, y no ha vuelto a levantar la viruela su hidra de cien cabezas; quieren los médicos afrontar el problema de las enfermedades mentales, y el problema más grave de su Mazorra, sacudida por todas las pestes politiqueras, combatir sus raíces predisponentes desarrollando la higiene mental, quieren pelear contra el cáncer, la terrible plaga de nuestro tiempo, que hunde sus tentáculos sin frontera, y se disemina y extiende traidoramente, cada vez más, quieren multiplicar los centros anticancerosos, de información y tratamiento, por todo el territorio nacional. Los médicos quieren batirse, en primera fila, por la vida de los niños cubanos, de todos los niños, que necesitan atención, asistencia y ayuda, y no pueden costearlas sus padres, y malviven porque no las tienen, o se mueren sin haberlas tenido, que todo es multiplicidad infecunda, desorganización y caos, en cuanto se refiere a la higiene, la asistencia y atención de la infancia, ruedas sueltas que funcionan sin concierto, sin coordinación ni unidad.

Los médicos cubanos quieren luchar contra la tuberculosis, denodada y tesoneramente, hasta alcanzar cimas de éxito que les permitan ufanarse de su labor cumplida y ver tierras de promisión, asistir a la retirada en derrota, por el empuje vigoroso de su esfuerzo, de la endemia tuberculosa; requieren armas y arbitrios para este resultado, un programa y un plan, organización y técnica en la dirección de la campaña; por su parte los médicos tisiólogos, que están en la entraña del problema, quieren una lucha de verdad y a fondo, sostenida y tenaz, a tono con su capacidad y preparación. Ya están hartos de buñuelos y desaguisados, desorientación y palos de ciego, politiquería y malos manejos, están convencidos del fracaso del Consejo Nacional de Tuberculosis, cabeza sin contenido y sin cuerpo, convencidos de que urge rehacerlo, de los pies a la cabeza, para que pueda andar y coordinar sus movimientos y su acción con inteligencia y rumbo cierto, por el camino de la verdadera lucha antituberculosa.

Los médicos cubanos quieren y ansían todas estas cosas, todas estas responsabilidades y tareas inmediatas, para contribuir, como clase y como ciudadanos, a mejorar el nivel de vida y salud, de producción y trabajo, de convivencia sana y alegre de nuestro pueblo; claman, también, por otras muchas tareas y responsabilidades de investigación, de higienistas y cultivadores de la medicina preventiva; pero no puede desconocerse, no lo desconozcan las Sociedades Medicas cubanas, que los gana el desanimo, el pesimismo ante la incuria y la maldad oficiales, frente a la política de baja ralea y compadrazgo que desorganiza el funcionamiento de la salubridad pública y los organismos más exclusivos del gobierno, los ministerios de funciones más diferenciadas y específicas, que tienen que ver, y no pueden dejar de ser, centros técnicos, manejados por técnicos, para el servicio social que la técnica crea, mantiene y difunde. No puede ocultarse hasta dónde este descreimiento enervante, contagioso como una plaga, cuyo virus letal se extiende, y penetra a los jóvenes tempranamente, está minando la fe del médico en sí mismo, en su destino y función, socava su esperanza, la idealidad combatiente de su ministerio, arrastrándolo a la política viscosa en que chapotean su corrupción los grandes caimanes de la charca inmunda, convirtiendo a no pocos, en agentes de penetración y asideros de la política de marabú, que esteriliza todo esfuerzo honrado de tipo personal y en los lugares más especializados y técnicos, de más alta jerarquía, en la creación y orientación de la cultura y la ciencia, el trabajo, la enseñanza y la vida artística en todas sus formas de expresión, de manifestarse y de ser.

¿No saben las Sociedades Médicas de muchos compañeros de profesión, y de muchos más cubanos de buena voluntad; pero flojos e inseguros, que resbalan presurosos, por el plano inclinado del todo se ha perdido y hay que llegar pronto, que toman el atajo o se echan por la calle de en medio, contaminados por el ejemplo que viene de lo alto, y fatigados de forcejear contra el ambiente y la rutina que les imponen su yugo agobiador? Si lo saben y no quieren ignorarlo, si conocen bien, y no cierran los oídos a los gritos del subsuelo, si están penetrados de la angustia que sacude el sufrimiento, cuando es innecesario, del dolor humano y la tortura cubana, de cuánto los médicos anhelan y quieren, no tienen que preguntarse quiénes las acompañan, ni si vale la pena ponerse a la obra, todas juntas, del mejoramiento colectivo.

Sociedad de Estudios Clínicos, decana de las Sociedades Médicas cubanas; por tu tradición y por tu historia estás enraizada en lo más hondo y puro de la conciencia cubana, que has contribuido a modelar sobre el yunque y pedestal de la ciencia; forjaste conciencia ciudadana y médica, haciendo ciencia y Patria. Este día de la Medicina Americana y día del médico, por ser aniversario del natalicio de un cubano ejemplar, que fue un medico ilustre, investigador genial y gran ciudadano, por su conducta inmaculada; este día, Sociedad de Estudios Clínicos, debe ser para ti, para cuantos te gobiernan y te guían, motivo de meditación y enjuiciamiento, de resolución inaplazable. Hay que hacer algo más, mucho más que ciencia pura; mucho más que acotar, transvasar y difundir la medicina; hay que juntarse para todo esto, que no es poco, y para cuanto más hace falta, urgentemente. Hay que juntarse para preservar el Colegio Médico Nacional, para penetrarlo y fundirse con él desde abajo, y echar y hacer la base de sostenimiento y fundación, los cimientos de una pirámide inconmovible, en que descanse y se levante, hacia lo alto, la cultura médica afianzada, en lo social de la cultura. Hay que poner a trabajar la medicina, una, medicina más humana, más limpia, más honrada y más nuestra. Hay que luchar, sin descanso, porque llegue a todos, sin limitaciones, a todos los que más la necesitan y menos pueden pagarla, porque se extienda a todo el territorio nacional, vivificador y fertilizante, como el agua, nutricia y trófica, calmadora en todas las hambres, como el pan. Tienes la palabra Sociedad de Estudios Clínicos.

 

 

* Revista Bohemia, diciembre 4 de 1959.

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