¡Hay que tirar de la manta!*

 

I

Filiberto Ramírez Corría, médico de extracción revolucionaria, expulsado muy honrosamente de la Universidad el año 1927, cuando la protesta estudiantil contra la prórroga de poderes de Machado, hermano de Carlos el que fue Ministro de Salubridad, ha venido a verme, todavía caliente mi artículo: "Yo estuve en el Stadium Universitario, Carlos Prío", publicado en el periódico Alerta recientemente. Filiberto venía ofuscado, espoleado por la reacción natural de un hombre honrado que se cree ofendido; hondamente sentido, además, de que fuese yo, a quien estima y respeta, la causa de su mortificación. Me buscó impaciente desde que leyó Alerta, el jueves 6, por todas partes, no pudo encontrarme, tan rápidamente como necesitaba su desasosiego, por estar yo ocupado en el pabellón "Borges" del Hospital "Gral. Calixto García". Nos encontramos, al fin, en mi consulta pasado el mediodía y lo dejé explayarse de entrada. Su gesto de hombre de pelea, a quien admiro sin reservas como científico, como hombre de ciencia, me ganó el primer round, y se lo entregué gustosamente. Yo, en su lugar, hubiese hecho lo mismo: buscarlo hasta debajo de la tierra, que también, y felizmente, me cuento entre los apasionados. Confieso, y advierto, que mi recepción hubiera sido muy diferente, de intentar visitarme alguno de los plateados -ladrones y explotadores de enfermos- a los que cito y emplazo, por sus nombres, en mis artículos de Alerta. Para éstos tengo siempre a mano un genuino manatí criollo, hambriento de marcarles las carnes con más profundidad que el más legítimo vergajo.

Estimo y respeto a Filiberto Ramírez Corría, a mi vez, desde que era estudiante; él mismo me recordaba emocionado, durante la entrevista, una noche en que acudí a la Estación Terminal a despedir a un grupo de estudiantes que salían para Oriente, mi amada provincia heroica. Lo apreté efusivamente mientras le decía: "Ya eres todo un hombre". Desde entonces, me dijo, guarde aquella frase como recuerdo de una graduación, y no he quebrantado nunca su sentido cabal, digno y pleno. Si lo quiero por médico limpio y capaz, y lo estimo en su calidad revolucionaria íntima, aún decepcionado y escéptico, como me pareció durante su visita, no lo admiro menos por su dedicación laboriosa, a los trabajos de investigación biológica, que ya le han dado gloria a nuestra tierra en su nombre, bien conocido en escala internacional, donde quiera que se habla de enfermedades producidas por virus, la poliomielitis y la rabia.

Filiberto Ramírez Corría fue nombrado por Alberto Oteiza, el ministro primero de Salubridad de Carlos Prío —aquel de quien dije que gemía y enflaquecía hasta caérsele los calzoncillos, amarrado y enfermo de priato—. Fue nombrado Filiberto para regentear el Instituto Finlay, en 1949, y lo manejó hasta que Rubio Padilla, el ministro de caramelo sin cartera, le aceptó la renuncia. Filiberto le pidió entonces a Rubio Padilla, que lo dejase, sin sueldo alguno, al frente del Departamento de Virus. No se había asignado antes, pudiendo hacerlo, la plaza de Jefe de Investigación, que sí le correspondía, y con carácter de inamovible, de acuerdo con las normas establecidas por el Colegio Médico Nacional, por solidaridad con sus compañeros médicos que se quedaban fuera del presupuesto. Este gesto lo enaltece, tanto como deprime a Rubio Padilla el no haberlo ratificado posteriormente, sabedor de sus méritos y de su hombría de bien.

El doctor Rubio Padilla, que es hombre inteligente y médico enterado de quién es quién en Cuba, sabe que el descubrimiento del virus de la diarrea infantil cubana es obra de Ramírez Corría, Filiberto, y sus colaboradores; sabe que este descubrimiento fue llevado primero a México, a un Congreso Médico y después a la Universidad de Yale, juntamente con suero sanguíneo procedente de mil niños cubanos, casi todos de barrios indigentes; sabe que en Yale fue clasificado dicho virus como perteneciente al mismo tipo aislado en Texas: el Texas numero Uno.

No ignora el doctor Rubio Padilla, los trabajos de Filiberto y sus colaboradores sobre los hurones como agentes selváticos, reservorios y transmisores de la rabia a los animales domésticos, y de estos a la persona humana —hipótesis apuntada certeramente por el doctor Alberto Recio, diez años antes y confirmada por Filiberto—; cómo el virus de los hurones no tiene contactos inmunológicos con el virus pasteuriano de la vacuna comercial, que abunda en nuestro mercado, y cómo determina parálisis en los pollos recién nacidos. Trabajos todos de investigación de gran interés cubano y resonancia internacional, sobre todo en esta hora sombría de nuestra salubridad, en lo que a hidrofobia respecta también, ya que tenemos el altísimo honor de clasificar como el tercer país del mundo en abundancia de casos de rabia humana. Menos mal que nuestros flamantes ministros de Salubridad y Asistencia Social no mueren hidrófobos, y no pocos se redondean a fuerza de engullir polvo de oro y andan amarillos de contino, ictéricos, como reza el verso clásico.

En cuanto a poliomielitis se refiere, sabe muy bien también el doctor Rubio Padilla que, gracias a los trabajos de Filiberto Ramírez Corría, se adelantó en nuestro medio el aislamiento de un virus poliomielítico obtenido de cepa cubana y cultivado en monos de poco tiempo de nacidos, realizando así la investigación de tipo "baby monkey", de subido interés nacional por su ubicación geográfica, y que permite hoy a Cuba disponer de su cepa local para sumarla a la recogida de cepas internacionales; fuente de trabajos ulteriores en más vasta escala.

Mi referencia pintoresca y ácida en el artículo segundo de Alerta, a que "del paso y los pasos de este Carlos (Carlos Ramírez Corría, el hermano de Filiberto) por los predios del Misterio de Salubridad, no quedan ni los monos —a los que tanto amó— refugiados en su cayo hospedería" es algo más que una frase pimentosa y una figura retórica, ya que los subsiguientes ministros: doctores Juan Antonio Rubio Padilla y José Raimundo Andreu, han condenado prácticamente a la extinción por régimen deficitario —léase hambre, pura y llanamente—, a los pobres monos transportados que cuidaba celosamente, Filiberto para sus experiencias y cultivos, Los monos no tuvieron nunca consignación fija para su mantenimiento, aunque sí de personal para cuidarlos.

II

Al doctor Filiberto Ramírez Corría no le gustan los paños calientes ni las medias tintas —en eso nos parecemos Filiberto—. Recuerda con emoción todavía, y en ello se acoge y descansa —a mi juicio— su fibra íntima revolucionaria, en tensión de saltar al ruedo nuevamente, algún día, que fue discípulo, nada menos, de Rubén Martínez Villena y de Julio Antonio Mella, los dos adalides parejos de la juventud cubana que fueron mis hermanos entrañables. Recuerda Filiberto, que fue militante, por dos años inolvidables, del Partido Comunista Francés, mientras residía en Francia estudiando.

No le gustan a Filiberto los paños calientes y me dijo expresivo, en nuestra entrevista, que yo no hacía bien en celebrar tanto al doctor Fernando López Fernández, "Cuco" López, en su labor del hospital "Las Ánimas", porque no era oro todo lo que relucía, ni estaba «Cuco» López exento de culpas. Le repliqué de inmediato que estoy siempre en disposición de liquidar amistades desviadas o impuras, y más que nunca ahora, en que todo hombre de coraje revolucionario, y todo cubano limpio, está en el deber insoslayable, de marcar con el hierro candente del desprecio a los claudicantes y empequeñecidos, a los traidores del incensario y el sahumerio, de la charca y el putrílago. Celebré a "Cuco" López, le dije, porque no le sabía nada y nada le sé; de lo contrario le enrostraría sus venalidades o pecados.

Le pareció mal a Filiberto que aplaudiera la tarea del grupo de damas auxiliares del Hospital "Las Ánimas" porque estaba yo rindiendo pleitesía, y lo afirmaba con un gesto versallesco, nada menos que a las esposas de los Prío, que eran las dirigentes de aquel grupo. Le repuse que mi aprobación iba dirigida a las mujeres que trabajaban seriamente en favor de los enfermos, no a las damas caritativas del "figurao" social; que tenía siempre consideración y respeto para las mujeres en general, y el rebenque de mi palabra restallante para aquellos de sus maridos, padres, hermanos o novios, que viven metidos en la inmundicia, robando los dineros públicos, medrando de su desvergüenza semi-oculta, practicando atracos al tesoro de la Republica, el contrabando de toda índole el tráfico de drogas heroicas, que es el más encanallado de todos los negocios sucios; el latrocinio, en fin, en todas las escalas y la gama toda de la escala del robo, sin ganzúa ni sanción, por ahora.

Filiberto Ramírez Corría, que no es hombre de ocultación ni paños calientes me habló mal del doctor Pedro Nogueira, que dirige la Unidad Sanitaria de Marianao y ocupó antes; bajo el grausato rapaz, un alto cargo sanitario; no me concretó cargos contra el doctor Nogueira. Me habló mal Filiberto del doctor Guillermo Lage, que dirige, según creo, la Escuela Sanitaria del Instituto Finlay. De Lage afirmó que era un monstruoso hipócrita. Me defendió a su hermano Carlos, el ex ministro: pero convino conmigo en que tiene que diafanizar su conducta administrativa y sanitaria y que debe purgar sus pecados, si los tiene, hasta en la cárcel, si la merece, Algo esbozó, poco preciso, sobre Carlos y su consecuencia de la amistad; algo en que parece jugar su papel cierta campaña política relacionada con familiares del Presidente. Carlos Ramírez Corría dirá su palabra sobre estos extremos y otros muchos, seguramente. Nos dirá, tiene que decirlo, por qué lo fueron del Ministerio, que bajos fondos, tan pestilentes como bajos, lo empujaron del Ministerio ¡Adelante, Carlos, y tira duro de la manta que está bien sujeta por manos inmundas!

Filiberto celebró con calor de identificación al grupo de sus colaboradores entusiastas —lo único que celebró— que lo ayudaran en su tesonera labor creadora de investigación. Son ellos los doctores Juan Embil Jr., Francisco Cao, Arturo J. Molina, Catalina Durruty y Mercedes Chávez. Yo también los saludo por esforzados y sembradores en un medio de apariencia estéril; pero que ya germina —está germinando— su mejor cosecha: la del rescate pleno del decoro publico ofendido por tanto bribón sin conciencia ni ciencia; la cosecha ganada, que ya viene, del castigo ejemplar de los pícaros ensoberbecidos, enardecidos de alcohol, cocaína y oro mal habido.

Filiberto carece hoy de una filiación y una fe políticas; no cree en la ortodoxia, y exclamaba exaltado, a propósito de la ortodoxia, con las manos en alto colocadas sobre los parietales respectivos: ¡Gustavo! ¡Gustavo! Chelala, el renegado Chelala, futuro Ministro de Salubridad. Yo le respondí, también gritando, para desvanecer su terrífica alucinación: ¡También destruiremos a Chelala; acuérdate de que ya lo sacudí de pies a cabeza!

Filiberto Ramírez Corría está pobre, naturalmente; pobre de dineros y rico de ciencia. En otro medio sería un investigador bien pagado, que trabajaría bien instalado en una institución bien dotada. Ya le brindan contratos de fuera; pero lo angustia dejar a su tierra, a su patria tan amada y sufriente. El Chino Viejo —Máximo Gómez—, Filiberto exclamó una vez, afinando su figura entera, al tiempo que se alzaba sobre los estribos de su corcel de guerra: "En mi casa no hay pan; pero hay decoro" y añadía, magnífico: ¡candela! ¡CANDELA! cuando ya crepitaba el fuego abrasador sobre un ingenio cubano, convertido en cenizas bien pronto, por la tea purificadora. Así hay que hacer ahora, Filiberto: que falte el pan, para extender el decoro que sobra en los hogares de los pocos buenos; pero que no falten la tea y el fuego abrasador para convertir en escombros y castigo tantas "Chatas sin Altura" y tanta hartura miserable de tanto pillo ramplón. ¡A la obra Filiberto!

 

 

* Periódico Alerta, agosto 11 y 12 de 1951.