Estás perdido Aureliano*

 

 

La polémica Chibás-Aureliano que empurpuró a borbotones de sangre el gesto macho de Chibás, heroico en su renunciación histórica, fue mucho más que la enardecida pasión tropical con que se enfrentan en nuestro medio, dos militancias en pugna; mucho más que el choque verbal inconciliable de dos maneras de encarar la realidad cubana del momento actual, mucho más que dos criterios contrapuestos y dos conductas encontradas que se repelen mutuamente.

La polémica en sí no alcanza a expresar dos filosofías políticas de nuestro tiempo, que no ventila tanto contenido esencial ni abre las puertas y ventanas del meditar a la soleación higiénica de una interpretación generalizada; tampoco hincha las velas al pensamiento político de una querencia universal, de un sentir amplio y humano, a tono con las inquietudes de la época y la angustia del presente vivir, pero en lo nuestro, en lo que toca a nuestra substancia y médula, a nuestro convivir destrozado, a nuestra vida de ahora, bajo el signo de una revolución (?) mancillada, pícara y rastrera, sí que tiene trascendencia la polémica, sí que expresiva y cubanísima, sí que rezuma mugre y sangre, podredumbre fétida, y sangre generosa; sí que destila y gotea, sin cansancio, la ruindad y miseria de la mediocridad que se ha encaramado tartufamente, a golpes pequeños de mimetismo revolucionario, en las alturas hasta ahora minúsculas del poder cubano, del más alto poder del estado. Si que dice y proclama la polémica, bien claramente y con resonancia cada día mas ensanchada, donde están y desde donde gritan su impotencia, los enanos aprovechados, los homúnculos de la charca que loan a su reyezuelo desacreditado -a su corte de bufones grotescos- y se aprietan contra él, defendiéndolo a coro chillón.

Pero también dijo más la polémica, continúa diciendo y continuará resonando, con el punto final, explosivo y taladrante, que ha querido ponerle Chibás, perforando su carne con tatuaje de pólvora indeleble y escapado a la vida, a su vida angustiada de siempre, mas siempre erguida y sincera, firme y enderezada a su fin, por el chorro de sangre que brotó de su entraña fecunda y torturada.

Por aquí andaba mi discurrir en torno a la polémica y su imponderable y trágica salida, cuando sucedió aquella cosa bárbara y criminal del alta en masa, a los tuberculosos del sanatorio "La Esperanza". Me revolví, naturalmente, en defensa de los enfermos, maltratados como si fueran bestias, y escribí mi artículo apasionado denunciador, restallante: "Yo estuve en el Stadium Universitario, Carlos Prio" que dejé en manos de Miguelito Quevedo el martes 14, para que alcanzara, apretadamente, la tirada de BOHEMIA del viernes 17. La brusca muerte de Chibás, en la madrugada del jueves, sacudió a BOHEMIA y removió sus páginas para entintarlas de luto, de su duelo enjugado en la presencia de Eduardo Chibás, más que nunca vivo en la información exhausta de su muerte, multiplicada en imágenes gráficas de un verismo desgarrador que parecen arrancadas al Calvario por su patetismo transido de hondo sentimiento popular

La polémica había tocado fondo, y de qué modo, con el desasimiento impar y único de Chibás. El fue capaz de sublimarla y la sublimó de un salto heroico que penetraba en el martirologio, en el empíreo de los inmortales y en brazos de su pueblo idolatrado. Había tocado fondo la polémica y del fondo mismo emergía Chibás en plenitud de vida, aureolado de gloria, nimbado de sacrificio, mas que nunca seguido y comprendido en su prueba irrebasable de consagración inmolatoria, en la hora augusta de la muerte. Ahora comprendía el pueblo cubano, su pueblo, de un solo golpe, por el tañido fúnebre de su último aldabonazo, resonador y fuerte, tan penetrador que lo respiraban ya todas las conciencias, donde estaba la razón y quien empuñaba la verdad, toda la verdad esencial y abarcadora, como un mazazo redoblador y un estallido que se extiende implacable.

De la otra parte hubo en principio un silencio aterrado, empavorecido, que interrumpían los falderillos seguidores con sus ladridos distantes; después el contrario ventajista, atento a los partes de los médicos de asistencia, lanzó su exabrupto del domingo doce por el radio vociferador, que recogió la prensa del lunes; volvió a la carga con redoblado brío ya creído de una convalecencia que amagaba sin afirmarse. Arremetió de nuevo la otra parte con grosería inaudita, aupada por los corifeos en sordina, por los conmilitones chatos y ahítos de "La Altura"y "La Chata". Había que aprovecharse esta vez, pegar y empujar con ventaja, antes de que Chibás, herido de muerte, fuera capaz de levantarse y pudiera levantarse., porque él seria capaz de levantarse siempre; era capaz de levantarse y abofetear, hasta después de muerto.

De la otra parte, todos los de la otra parte, jugaban la partida y analizaban las etapas de la polémica con criterio calculador y ventajista, con el criterio ruin que corresponde a esta fase miserable de su encumbramiento transitorio, criterio de charca en putrílago. Jugaban la partida y juzgaban la escena fríamente, cruelmente, atentos a la pasión y generosos arrebatos de su contrario, dejándolo llevarse de su ímpetu insuperable, dejándolo penetrar solo -porque él no aceptaba ayudantes a la hora de su pelea- en su furiosa y noble arremetida: ellos esperaban cautelosos, calculadores en su encrucijada. Todo lo preparaban desde su tembladera en acecho, y más que nada la propaganda bien aceitada, la publicidad provocadora, volcada en su provecho con los dineros fáciles; todo lo avizoraban ávidos, y, más que todos, lo disponía todo la voz cantante, el tenor de la charca, que creía emerger de tanto cálculo, insurgir, de tanta publicidad, victorioso, como capitán del priato, como el adalid de la causa que bien se merecía el premio de la nominación presidencial, su ambición desmedida, pero cautelosa hasta entonces en que creyó abrirse la puerta ancha, con sus manos y hombría, con sus gestos nerviosos que rebrincan clavados al reloj de su pulsera, con su palabra engolada de egolatría ilimite para destrozar a Eduardo Chibás, el terror de "La Chata" y de la charca.

Todo lo tenían preparado los de la contrapartida; lo tenían preparado todos los de la charca y su corifeo; los del coro y su conductor encaramado; bien visible, esta vez, la voz del priato, en su puente de mando, con atavíos de mandón: camisa de campaña de un solo color, pardo, quizás, botas enterizas de cuero, espejuelos de calobar que todo lo veían color de rosa, alumbrador de su próximo advenimiento; todo estaba listo pero desde ellos mismos, según su manera de ver las cosas, tal y como debía proceder su contrario; igual que una partida de ajedrez. En la próxima jugada, según ello, de acuerdo con su conductor infalible, Chibás pondría los muertos de algún modo, posiblemente valiéndose de una escaramuza buscada, o mediante una provocación insoslayable. A esta táctica de Chibás que esperaban, táctica de distracción, con los muertos en el primer plano de la escena, ellos opondrían antes, apurando los acontecimientos, la estrategia de replegarse sobre el Senado de la República que ya anunciaban repetidamente.

Aureliano no conocía a Chibás, aunque creía conocerlo; lo subestimaba mirándose al espejo; no sospechó nunca su talla moral, su capacidad de sacrificio, su valor indomable, su entrega total a la causa que tenía por valedera y única, su consubstancialidad física y agonística con su prédica, su consecuencia agónica, seguidora hasta la inmolación y el martirio, consigo mismo, con su verdad, con su pueblo doliente y maltratado. Aureliano no sospechó jamás, no pudo creerlo, no podía creerlo, que Chibás se inmolara así, serenamente y espectacularmente, ante los suyos y ante el pueblo todo, para rescatar su razón, las razones hondas que lo asistían; para tachar con su sangre, tan limpia de impurezas y ya tan metida en la entraña de su tierra, de su pueblo, y acallar con su sangre, de una vez, todas las sinrazones mezquinas que pretendían estrechar sus razones, poderosas y fuertes, limitarlas, ceñirlas, constreñirlas a un vuelo de corral, a ras de tierra.

A él que necesitaba espacio y cerrazón de tormenta, dobreguez cargada de rayos tronadores, huracán de los nuestros desatado, para meterse en el vórtice, tramontar el peligro y alcanzar el azul diáfano, sereno, del cielo patrio, de su Patria y de su cielo, que ahora remonta liberado para siempre.

Para comprender a Chibás, para interpretar la excelsitud de su conducta, la dimensión histórica de su gesto heroico, a lo largo, a lo ancho y en lo hondo de la tierra cubana, en la entraña de su pueblo, requería Aureliano tener la misma fibra de Chibás, y no la tiene: necesitaba haber paralelizado su vida a la vida de Chibás, y no son vidas paralelas; tenía que mantener emparejada su altitud con el picacho mástil del Turquino, aislado y enhiesto, que es Chibás, y Aureliano ya es abismo y no cumbre. Tenía Aureliano que ser capaz de matarse por la consecución de un ideal, tenía que ser capaz de morir para trasmutar en bandera de agitación y de combate, para ser fiel a la frase inmortal de Julio Antonio: "Muero por la Revolución, hasta después de muertos somos útiles", y ya Aureliano dejo bien lejos, bien atrás, a la Revolución, y no es capaz de matarse por nada; ni por nadie. Ya sabe que los generales mueren en su cama, y él está en el camino de hacerse general, todavía se cree en el trillo duro y cuajado de diente de perro de la montaña, por donde transitara otrora, y es que se está mirando desde el fondo del precipicio en que se hunde sin remedio; sabe que a su entierro no acudiría el pueblo, ni los maestros tan siquiera; sabe que la colina universitaria, la verdadera colina revolucionaria de Mella, de Martínez Villena, de Valdés Daussá, de Chibás, no reclamaría su cadáver para tenderlo allí dentro, cabe sus laureles; donde se mueve rumorosa e inquieta una juventud que es esperanza de la Patria; allá dentro, donde se acoge, tantas veces, la dignidad cubana y se refugia, tantas veces, el decoro cubano, que faltaba, como ahora, en el gobierno. Tú sabes, Aureliano, que estas negando tu vida, que estás de espaldas a tu ayer. ¿Por qué no te suicidas, Aureliano? Si ya eres un cadáver político-revolucionario que agoniza, estremecido por sus errores, yerto por sus desaciertos, comido por su ambición, en la charca del priato. ¿Por qué no te suicidas, Aureliano? No te faltarían honores militares de mayor general muerto en campaña, mayores que los de Chibás, desde luego; no te faltaría, ¿Cómo habría de faltarte? la cohorte y hasta la legión oficial —la cohorte multiplicada por diez— no te faltarían las innumeras coronas oficiales y a mayor abundamiento, no tendrían que rechazar ninguna, ni tendrían que expulsar del recinto fastuoso donde estarías tendido: ¿el Capitolio, el Palacio Presidencial? ¡el Palacio, seguramente!, a ningún Primitivo omnipresente. Te faltaría, eso sí, todo lo otro que cerró filas como nunca, más que nunca, de manera imponente, solemne, tras el féretro de Eduardo Chibás, y a lo largo de su peregrinar hacia la tumba: una masa cubana sin medida, una multitud de hombres y mujeres que decían su congoja infinita en silencio recogido y apagado, en atonía nacional, porque habían perdido su voz más querida, la voz de su esperanza, la voz encendida, denunciadora y sin miedo, de Eduardo Chibás.

Tu sabes, Aureliano, que yo sí puedo enjuiciarlos a los dos, que me sobran timbres revolucionarios de la más limpia extracción, de la más honda y pura veta, para enjuiciarlos a los dos; tú sabes bien, ¿cómo no vas a saberlo? que yo diría mi verdad, que tengo que decirla, aunque me rompa a la manera nitzscheana, tan individualista, sobre este doloroso suceso, sobre esta polémica y sus consecuencias; tú sabes, ¿cómo no vas a saberlo?, que soy amigo de Platón; pero más amigo de la verdad, y que no me importa liquidar amistades envejecidas, que ya no me dicen nada, por su reblandecimiento prematuro y negación lamentable de sus mejores días revolucionarios, aunque no son tan viejas. Tú sabes, Aureliano, que no soy ortodoxo, que no he sido ortodoxo, que no me gusta la palabra ortodoxo en política, ni en la ciencia biológica que cultivo; tú sabes que no soy de nadie, partidario de ningún patronímico, especialmente; que era amigo de Eduardo Chibás, como era amigo tuyo, hasta penetrar tus designios, hasta convencerme cómo surge tu ambición, desde dónde y qué rumbos la conducen, hasta persuadirme de tu carencia de sensibilidad humana y de la peligrosidad de tu ambición para el futuro cubano. Con todos estos antecedentes míos, genuinos, que no auténticos, legítimamente míos; que intentarás negar sin conseguirlo, porque en este suelo criollo nos conocemos todos y nos conocen todos; con este abono de mi vida, que te invito a registrar, te digo y afirmo lo que toda Cuba proclama: Chibás, Eduardo R. Chibás, conducta adamantina y arquetipo que fue de ciudadano, símbolo y conducta, permaneció fiel a su vida revolucionaria, fiel a su ideario, fiel a su pueblo, fiel a su concepción revolucionaria de la vida cubana, fiel a su partido, al lema que nucleó su partido, fiel a si mismo, y murió como todo un hombre; afirmando su fe en los destinos de su Patria, de su tierra adolorida, de su pueblo explotado. Se dio en ofrenda generosa, se inmoló en sacrificio fecundo, en holocausto apasionado, sublimizó su vida; fue intransigente en política, cerradamente intransigente, encarnó la intransigencia inconciliable, antípoda de la transigencia componedora, resbaladiza, correveidile y celestina de nuestra política al uso. Tú, Aureliano, en cambio, estas negando tu pasado, tu vida revolucionaria, tu formación de adolescente, de hombre; todo lo que fuiste y te propusiste ser; aquella calidad tuya de tus mejores tiempos; hasta aquel impulso con que le entraste a los establos educacionales del grausato. Yo firmé entonces, Aureliano, un escrito en que apoyaban tu gestión, tu arremetida inicial, un grupo de amigos revolucionarios que encabezaban la declaración complacida. BOHEMIA te ayudo sin reservas, por entonces, acudió a tus llamadas, te auxilió ampliamente. Después Aureliano, caíste en postración, insensible, rendimiento a las solicitaciones, claudicaciones en aumento, sometimientos culposos, concesiones politiqueras de la peor laya, en protección a los candidatos palaciegos de la peor especie, del infamante nepotismo. Tú representas, Aureliano, la transigencia vulnerable, punible y culpable; la filosofía de la charca, del hay que meterse en el fango y construir desde el putrílago y con fango. Dime, Aureliano Sánchez Arango, ¿no sientes bascas cuando entras en "La Chata"? ¿No se te revuelve el estómago, la conciencia, el recuerdo y tu antiguo coraje? ¿No te sublevas cuando te asomas a "La Altura"? ¿No sientes vértigos de altura y asco de la hartura de tanto pícaro que te rodea, de tanto ladrón con quienes te tratas en tuteo de compadrazgo? ¿Crees que estas construyendo algo digno, ejemplarizador, desde la ciénaga? ¿Crees el fango materia prima propicia, utilizable para moldear mentes infantiles, para levantar sobre sus ruinas, la ruina en que la ha hecho zozobrar, en que la ha hundido, esta revolución de la mala picaresca y de la peor inverecundia, la Escuela Cubana? ¿No siente bascas? ¿No se te revuelven el estómago y el coraje? ¿No te sublevas? ¿No sientes vértigo y asco? ¿No? Estás perdido, Aureliano, perdido definitivamente para la Revolución, para Cuba, para la vida aquella prometedora y limpia, que empezaste a vivir cuando eras joven: idealista y joven de espíritu. ¿Estás envejecido, cansado, decepcionado, plegado y sometido a las exigencias de la realidad y a la realidad del ambiente? Hay de todo; pero lo peor es que estas muerto, que te ha matado la mala hierba de la ambición, que te encadena con sus raíces malditas al fondo de la charca. Y si estás muerto políticamente, si te enterró para siempre el entierro de Chibás ¿por qué no te suicidas, Aureliano?

 

 

* Revista Bohemia. 43(39):59 y 103. Agosto 26 de 1951.

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