Dos tiros, dos conductas y el madrugón*

 

 

Cabo de guardia siento un tiro?!A correr! Liberales
del Perico. ?Vigencia de Chibás. ?¿Qué habría hecho
Chibás? ?El pueblo enfurecido. ?Todavía Aureliano.
Dos tiros y dos conductas. ?¿Qué hizo Carlo Prío? ?
¿Qué debió haber hecho el Presidente de la República?
?Batista es el tercer hombre. ?Las fuerzas en ángulo
y la bisectriz de Columbia. ? ¿Cómo se produjo el gol-
pe? ?¿Chi lo sa? ?Una frase pegajosa y una senten-
cia. ?Estamos frente al hecho. ?La mejor solución
para el Hombre.

 

 

Este artículo se pasó muchos días en la Dirección de la "Bohemia", sobre la mesa de Miguel A. Quevedo, enfriándose en espera de que se le pasara el miedo al señor Director. Estuvo allí en tiempo para salir publicado, cuando menos, en el número correspondiente al día 23 de marzo y me esforcé, dando carreras -inclusive una visita matinal a la finca de Miguelito- para que dispusiera su vaciamiento en plomo de impresión. Me consta, por habérmelo dicho personalmente, que el artículo le gustó. "Está formidable; pero es una bomba", fueron sus palabras. Dos días antes de recoger la copia, dejada en "Bohemia", llevé el original al periódico "Alerta" en demanda de espacio, y en una entrevista ocasional, entonces, escuché de labios del Director Ramón Vasconcelos, sus lucubraciones sobre "el león y un perro de lanas; acerca de un hombre que enarbola un palo y a quien le piden que lo entregué para romperle el leño en la cabeza", conceptos ya elaborados que publicó al siguiente día, como su editorial acostumbrado de primera plana. Al terminar su razonar en monólogo -yo le oía para penetrarme de su pensamiento- Vasconcelos me dijo: "Déjeme su artículo para leerlo; veremos si puede ir". Me fui convencido de que no sería publicado porque sus pronunciamientos divergían, esencialmente, de los nuevos rumbos en que se iniciaba ya el despostulado senador por la Provincia de Oriente. El General, que había actuado a manera de catártico inicialmente para los cobardes, empezaba su actuación depurativa de presencia en los partidos políticos, que habría de resultar muy atrayente, magnética, para los acomodaticios y cuantos se rinden al hecho sin derecho; pero apoyado en las bayonetas. No es el momento, ni el lugar, para disentir de los argumentos y rebatir el andamiaje en que se apoya la nueva posición de Ramón Vasconcelos: un viraje de 180 grados sustentado y substanciado en sus últimos editoriales. Doctores tiene la ortodoxia que los sabrán enjuiciar.

Envío:

Este articulo, que no tuvo acogida en las páginas de la Revista "Bohemia" ni en las del periódico "Alerta", sale hoy mimeografiado para ir derechamente a la Universidad, único reducto de la dignidad ciudadana que supo mantener su credo de independencia y defender las libertades públicas, en la horas más difíciles y afrentosas que ha padecido nunca —y sigue sufriendo aun— el Pueblo Cubano, la dolorida Patria del gran visionario de Nuestra América.

Hace 30 años que dediqué a la juventud cubana universitaria, a la Federación de Estudiantes Universitarios, que tanto ayudé a fundar entonces, una recopilación de artículos míos, publicada en folleto, que articulaban un mensaje de esperanza y decían mi fe renovada, inquebrantable, en su actuación generosa puesta al servicio de la Nación Cubana en formación.

Dedico ahora este articulo, como dediqué ayer mi breviario de fervorosa juvenilia, a la Federación de Estudiantes Universitarios, a la Colina heroica y desgarrada que parió a Julio Antonio Mella y a Rubén Martínez Villena, Antonio Guiteras y Ramiro Valdés Daussá, Rafael Trejo y Pablo de la Torriente Brau, gigantes del sacrificio, de la acción y el pensamiento libre.

 

 

Dr. Gustavo Aldereguía
La Habana, Marzo de 1952, mes y año del cuartelazo de Columbia.

 

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El tirito que simuló dispararse Aureliano Sánchez Arango, ex Ministro de Educación y Estado, forma parte del sainete bufo que cierra, lamentable y bruscamente, el cuatrienio vergonzante de Carlos Prío, su camarilla, y la comparsa, sobreañadida al final, de partidas políticas desvertebradas. No creo que Aureliano se disparó a boca tocante para hacerse un rasguño que le permitiese montar la tragicomedia de la salida aparatosa, capaz de impresionar a la pareja policíaca que lo mantenía bajo su custodia hasta el punto de quebrar la vigilancia, con engaño y malicia sin escrúpulos, y ganar así, el anhelado refugio que lo puso a buen recaudo dentro de la Embajada Mexicana.

La jugarreta aurelianesca, urdida por el miedo y urgida por el pavor, que desemboca en tempestad de movimiento, no siempre inconexos, seguramente que se desarrolló en otra forma. Imagino al héroe magnífico ordenando el sacrificio de un pollo con voz tronante, musolinesca, y haciendo un disparo al aire al tiempo que se envolvía la siniestra mano, con un pañuelo empurpurado en la sangre del plumífero. Corrió después al encuentro de la pareja, contraída las facies en rictus doloroso, mientras exclamaba repetidamente: "Cabo de guardia siento un tiro, ¡ay! que estoy herido". El resto ya lo sabe el curioso lector; pero de todas maneras sea o no cierta mi versión, que es la más apropiada y condigna a la pequeñez del gesto, el concierto es unánime en la interpretación del hecho, y todos cuantos juzgaron la fuga ignominiosa de los más responsables ante el cuartelazo madrugador por traicionero —que la juzgó el pueblo entero de Cuba— todos convienen en que la treta de Aureliano fue una cobardía más, bien a tono con la conducta de sus congéneres y correos, igualmente desprovista de hombría.

Yo sabía que esta gentuza del desgobierno madrugado y en fuga eran ranas; pero no podía suponer que fueran renacuajos. La apelación lastimera y postrera de Carlos Prío, el ex presidente, que partió sin rumbo ni gloria "por medio de la pampa cuyo vasto horizonte ennegrecía la noche"; la despedida opaca y cobarde, clamando a la ciudadanía para que defendiera la Constitución que él dejaba detrás, inerme y pisoteada, fue un grito soñoliento en la madrugada, entre dos luces; una llamada en el vacío, mientras se apercibía a darse a la precipitada y reeditaba, "in extremis", aquel célebre grito de guerra tan conocido y popular: "¡a correr, liberales del Perico! "El gesto, de Carlos Prío, accediendo al prudente consejo de su hermano mayor; el viejo Paco, es sencillamente conmovedor y biofiláctico -protector de la vida-: "Apaga y vámonos (dicen que dijo Paco el sabichoso) tú no tienes derecho a que maten toda esta gente". Toda esta gente era la concurrencia al velorio, escasa y asustada, ya despuntando el alba y cuando los estudiantes se habían ido, persuadidos de que su combatividad generosa, convencidos de que su afán de pelea en defensa de los más altos ideales de la Patria, sus instituciones y postulados, nuevamente hollados por la soldadesca soliviantada con promesas falaces, estaban de más en Palacio y tenían que refugiarse en la Colina, cien veces heroica y desgarrada. La frase de Paco el magnífico, toda entera, cerraba, a manera de despedida, el duelo del pequeño grupo palaciego, cuando cumplido el piadoso deber de todo acompañamiento, apremia el tiempo y cada cual quiere coger su camino cuanto antes, porque se encima el diluvio metido en tormenta.

Más que nunca desde la hora aciaga de su muerte inmarcesible, porque su recuerdo no se marchitará jamás y permanecerán siempre regadas con lagrimas de pueblo las siemprevivas de su tumba, más que nunca en estos días angustiosos y angustiados, que otra vez nos ha tocado vivir y padecer, ha extrañado la ciudadanía, la mujer y el hombre de la calle, del hogar cubano, de la ciudad y del campo, de la serranía más apartada y ríspida, del valle más solitario y escondido, la voz restallante, afilada y denunciadora, de Eduardo Chibás. Si Chibás viviera, se ha dicho todo el mundo en voz baja y airada; si viviera Chibás, es el clamor hondo de la inmensa mayoría nacional, que parece enmudecida en presagio y ausculta en silencio los latidos isócronos de su corazón gigante, irreductible y resuelto a que no perezca ni se empañe la libertad en nuestra tierra. ¿Qué hubiera hecho Chibás? Es la pregunta que saltó a todos los labios apretados de patriótica congoja, ante la asonada ambiciosa que desquicio los rumbos de la República aquella madrugada infausta del 10 de marzo, preñada de lobreguez y de infortunio.

¿Qué habría hecho? ¡No lo duda nadie! Se habría hecho matar en Columbia para juntar su sangre fecunda, en el subsuelo de la tierra cubana estremecida, a la sangre todavía caliente y palpitante de Antonio Guiteras. Eso, y nada más que eso, hubiera hecho Eduardo Chibás al amanecer del 10 de marzo. Y se hubiera producido su entierro, otra vez aquel entierro enternecido, vibrante, conmovedor y trágico, creador y solemne como su aldabonazo que sigue resonando, violento, como si todas las campanas juntas tocasen a rebato desesperadamente, y entonces, sobre un mar de sangre que ahogaría el tableteo de las ametralladoras y troncharía las bayonetas como si fueran tiernas espigas, el pueblo habría rescatado sus derechos conculcados, su Constitución mancillada, su independencia oprimida, su libertad aherrojada, su soberanía subyugada, y enferma, en desconcierto y equívoco, por un eclipse de tiranía penetradora y entronizamiento progresivo. El pueblo enfurecido, y al precio de sus muertos gloriosos en una carga de muerte, habría rubricado, dignificado y levantado, como un pendón de vida, su derecho a ser libre y liberarse de toda amenaza de dictadura castrense, de todo baldón de tiranía encubierta, disfrazada de rectificadora, y que se encarama en el poder en nombre del orden para incidir en el desorden y repetir su historia, la trágica historia tan reciente que todo el pueblo cubano padeció y conoce de memoria.

Todavía martillean en los oídos cubanos, aquellas palabras miserables que transmitió por su hora radial Aureliano Sánchez Arango publicadas en "El Crisol" del día siguiente, a la semana justa del terrible suceso que conmovió a toda Cuba, enlutada desde entonces: el disparo mortal y suicida de Eduardo Chibás. El comentario satánico de Sánchez Arango; carente de toda sensibilidad, inhumano y cruel, me enfureció apasionadamente, hasta volcar mi impulso en un artículo bien conocido y comentado ampliamente, que publiqué en "Bohemia". El panfleto se titulaba inicialmente " ¿Por qué no te suicidas Aureliano?"; pero Miguel Quevedo prefirió titularlo afirmativamente y acepté la sugerencia, sin dilación. Fue entonces que apareció rotulado así: "Estás perdido Aureliano", llevando el encabezamiento una frase que se repetía como un estribillo demoledor. ¿Quién iba a decirle a tan soberbio personaje, de actitudes engalladas y estudiadas, como se mostró siempre Aureliano, aspirante frustrado a sustituir a Carlos Prío, a respaldarlo y continuarlo, quién le iba a decir que pocos meses después de burlarse tan despiadadamente, tan sangrientamente, del disparo certero y reanunciador que sublimó a Chibás, tendría que morderse la lengua bajo la presión del terror, y clavarse en la carne sus ruines palabras, aplanado por el miedo físico, para montar en tempestad de movimientos desordenados, la más deprimente y grotesca parodia de un gesto impar y heroico? En tanto que Eduardo Chibás se inmortalizó, para vivir eternamente en el recuerdo de su pueblo, que sufre en añoranza de su voz y vive en tensión de su ejemplo, en tanto que por su generosidad, desprendimiento, virilidad y gallardía, Chibás asciende al empíreo y entra en la Mitología, y se gana, el martirologio, Aureliano se escurre al anonimato y desciende al ridículo y se precipita a un abismo sin fondo con toda la pandilla de logreros, traficantes de toda laya, marihuaneros y ladrones, que fueron sus aláteres, por la vertiente de la cobardía. ¡Dos tiros y dos conductas!

Y ¿qué hizo Carlos Prío? El más responsable de todos los culpables del nuevo desafuero, de la desorbitación nueva de capitanes hacia abajo para trepar de capitanes hacia arriba, de esta ecuación reversible y reedición corregida y considerada y considerablemente aumentada de la sargentada, con técnica, estrategia y táctica, de la batuta batistiana. ¿Qué hizo Carlos Prío? Dormía plácidamente en "La Chata" cuando lo despertaron al tiro, que dicen los chilenos para que se enterase del madrugón. A partir de ese momento se le alborotó el tic nervioso y se apoderó de toda su persona. Abrumado por el peso de sus millones, medroso de perderlos, cobarde, entró en idas y venidas y se desató también en tempestad de movimiento, empavorecido, agotado bien pronto, en adinamia, sin norte y sin coraje, llorando introspectivamente como hembra lo que no supo defender como varón, se escondió y permaneció emboscado hasta alcanzar al filo de la noche, en complicidad de sombras y hecho una sombra macilenta, la protección y asilo de una Embajada amiga; pero extranjera, aunque tremola en su mástil una bandera bien amada, tan rebelde y enhiesta, tan revolucionaria: el pabellón de México.

¿Qué debió haber hecho el Presidente de la República? Caer dignamente, nada más. Meterse en Columbia y entrar en Columbia como cuadra a su dignidad y a su investidura, sin escudarse en las tinieblas, a pleno sol y por la puerta ancha, la más protegida y vigilada, sin otra compañía que su ayudante de turno. El Presidente de la República, Jefe Supremo de las fuerzas de tierra, mar y aire, no tenía otra salida decorosa que caer en Columbia, preso o muerto, y reducir a Batista, muerto o preso. He aquí el dilema, tajante que el golpe de estado, el cuartelazo traidor a la República, planteó al Presidente de la Nación.

No existía la menor duda de que en la batalla comicial a la vista Batista era el tercer hombre, no el candidato a derrotar, que el pueblo entero, lo sabía descontado y al margen de toda posibilidad de victoria. La conducta pírrica del General, su triunfo nocturno y por la espalda, confirman esta afirmación, reafirman este aserto indudable. No se escoge a mayor abundamiento de argumentación, la encrucijada artera, ni se protege uno en las sombras, cuando se tienen esperanzas de lograr el éxito peleando limpiamente y, más todavía, si tiene uno condiciones de peleador y se sabe poseedor de tales atributos; más aún, cuando se confía en las fuerzas cívicas organizadas bajo nuestro comando, agrupadas por una dirección experimentada, orientadas por un líder que maneja la estrategia y conoce de táctica. No se acomete a mansalva, rehuyendo las trincheras de ideas y los peligros comiciales, por lo menos, cuando se tiene fe en uno mismo, en la virtualidad del programa que se mantiene, en la acogida y respaldo populares al ideario que se defiende, exhibe y propone, como criterios fundamentales ambos, de una obra futura de gobierno, elementos constructivos básicos para una re- estructuración moderna y ordenamiento de la vida económica, política y social de la Nación, como compromiso a cumplir ineludiblemente, con la ciudadanía al comparecer ante ella, ante el Pueblo emplazado a fecha fija, libremente, por las autoridades competentes, todo ello de obligado cumplimiento, y en acatamiento a las leyes que rigen la mecánica electoral, para que nos elija y designe por merecedores de su confianza, o nos tache rechace por incumplidores de mandato soberano, o, lo que es peor, por haberlo defraudado con anterioridad y querer castigarnos, merecidamente, con su repudio despectivo, con su negativa rotunda, a una nueva intención de aupamiento con su concurso, asentamiento y votos. ¿Qué hizo Batista sabedor de su incapacidad material, física, para llegar al triunfo legal? ¿Qué determinó hacer, colocado como estaba en punto muerto, siendo como era el tercer hombre, situado entre dos fuerzas en ángulo: mayoritaria una, que tiraba con el Pueblo y para el Pueblo, cada día más nutrida por el fervor popular, más engrosada y firme, más enhiesta y pujante; minoritaria la otra, fragmentada en partidas sin nuclearse en partido posible, y menos en unidad de propósito que no fuese la aspiración al poder, desde el poder y para el disfrute continuado del poder? Cogido en el sistema angular de fuerzas, sin arrancada viable ni asidero visible, enconado y soberbio más que ambicioso de retorno, pero también ambicioso esta vez, él que lo había sido todo, árbitro absoluto, señor de horca y cuchillo, dueño y mandón sin limitaciones para hacerlo todo a su arbitrio y someterlo todo a su capricho a lo largo, ancho y angosto de la tierra cubana, de la República domeñada que lo sufrió once años a horcajadas, hasta el punto de que lo reconoció públicamente al final en histórico pronunciamiento: "el pueblo está cansado de mi mandato", fue entonces el sentido de su frase, si no fue la frase misma. El que había visto tanta gente prosternada, genuflexa, humillada y servil, se vio aprisionado, arrinconado, desdeñado, hasta por Castellanos, con su partido de masas, pero escaso de dirigentes idóneos y sin posibilidades de ganar. Así las cosas, los hechos reales, Batista, audazmente y sin escrúpulo, aplicó la geometría del salto de la resultante, y se fue por la bisectriz de Columbia, del golpe de estado, con toda sus consecuencias mutiladoras y cruentas, amenazantes y sombrías; con todas su implicaciones negativas y anárquicas, perturbadoras y antijurídicas que decapitan la libertad, amenazan la paz, entronizan la dictadura, rebajan y ofenden a la civilidad y sacuden en convulsión interna y desestimación exterior, las más puras esencias del régimen democrático y los cimientos mismos en que descansa apoyada la estabilidad de la Nación.

¿Cómo se produjo el golpe? ¿Cómo se gesto? ¿Qué factores lo propiciaron? ¿Cuáles fueron los elementos aglutinantes y determinantes? Estas interrogaciones quedan abiertas al mañana incierto. Las contestará el tiempo únicamente, mientras teje la historia, sin prisa, y se decanta la ficción turbulenta que acompaña a los sucesos insospechados, a los hechos que suelen llamarse imponderables porque son imprevisibles y que gravitan, sin embargo, de tal modo sobre la conciencia pública del país que se producen, de manera tan sorpresiva cuando estallan, que la deprimen inicialmente por su brusquedad aplastante, por la intensidad y extensión de su daño, y tarda la conciencia en recobrarse del trauma, en reaccionar adecuadamente, a la agresión y ofensa colectivas; pero reacciona y se recobra y alcanza redoblado brío para sobrepasar la altura del agravio y condenarlo y castigarlo y reducirlo, oponiendo acero de buen temple al hierro forjado y coraje a la insubordinación.

Las cuatro preguntas formuladas plantean otras tantas incógnitas que invitan a hilvanar hipótesis verosímiles, en la trayectoria del cuartelazo, mediante una incursión imaginativa. La primera hipótesis a desarrollar es para situarnos aproximadamente, marcando el punto de partida, ¿Viene de adentro el cuartelazo y se mueve hacia afuera en busca de Batista? ¿Procede de los cuarteles, y dentro del cuartel que lo plasma, Columbia seguramente, se origina en los mandos medios, en el grado de capitán? Todo parece indicar que fue así, ciertamente. El hermetismo, sin rendija ni salidero, del pequeño grupo gestor se justifica y explica por sí solo, por el logro a obtener, por lo que se jugaron sus integrantes, por la tarea a realizar, por todos los factores, circunstancia y condiciones, subjetivos y objetivos, que tenían que anteceder y rodear al hecho para que se diera. El silencio fue único, tan singular que parece inverosímil entre criollos. ¿Le trajeron al General en bandeja de plata, ya en sazón y aderezado con su técnica culinaria, el suculento plato? ¿Le copiaron la receta y se la pusieron a la firma simplemente? Enfrentado el General a los acontecimientos en marcha, tal vez en inminencia de cristalización, ¿sintió la presión del momento, la apetencia decisiva del ahora o nunca, el dilema de conmigo o "sinmigo"? ¿Se echó el General en los brazos más que nunca férreos de su historia para enhebrar su continuidad con el clásico "decíamos ayer"? ¿Quiso asentir y dar fe con su retorno, con su "come back" pugilístico, a la afirmación manoseada e incompleta de que la historia se repite? Pero, ¿no rueda por la calle, con voz de pueblo, una tonada que dice: "si lo primero fue malo lo segundo será peor"? Y ¿no comentan, sentenciosamente, el adagio presagioso que "nunca segundas partes fueron buenas"? ¿Apresaron al General sus propias redes de otrora, su pasado conjugado en presente, y salió por la bisectriz de las fuerzas en ángulo para quedar envuelto en sujeción por sus propios avíos? ¿Chi lo sa?

No sé por qué me asalta una frase pegajosa de uno de aquellos oradores de principios del siglo, almibarado y sobón, que solía repetirla en sus tribunas políticas; acaso me mortifica como una mosca inoportuna, empeñada en sacarme, a manotazos, de este humorismo desgarrado que lleva a teclear, en protesta indignada, mi pesadumbre ciudadana. Decía la frase de nuestro orador finisecular: "Cuando la estrella de plata de nuestra bandera palidezca tras torvas nubes que la empañen […]" Y seguía su párrafo poético el autor desterrado y saudadoso, de "Cuando la nieve en copos descendía". Ya me quité la mosca; pero ahora me está dando vueltas una sentencia de esas que llaman pensamientos, plúmbea por el anverso y también nubosa, que así reza: desecha el pesimismo, la nube más negra está iluminada por el dorso" ¿Que tiene que ver todo esto, meras ideas parasitas prendidas al subconsciente, con el General y su vuelta en hombros del cuartelazo segundo, vaciado en los moldes intactos del primero? Un psicoanalista forzaría la interpretación de los acontecimientos que nos deprimen con la representación de las imágenes literarias: nubarrones preñados de tormenta, la estrella simbólica de nuestra soberanía, fijadora del rumbo patrio, en eclipse de violencia y de sangre anemiadora, luto y tormenta, presagios angustiadores, regresión represiva y salto atrás en el calendario de nuestro destino, desviación y despeño en la ruta ya afianzada y ascensional de nuestro progreso como pueblo, de nuestro porvenir como nación, libre y soberana.

Queramos o no ya estamos frente al hecho consumado; ya fue y nos envuelve extendiéndose; ya se cierra agorero sobre el cielo límpido y empieza a envenenar la atmósfera que se irá haciendo irrespirable, ya se divide la familia cubana, primero en la superficie, mientras se enraíza la pasión y van cavando la incomprensión, la parcialidad, la persecución, la ira y el odio. Ya esta Batista encaramado en el poder por la violencia y la astucia, que no por los votos libremente emitidos. Ya está gobernando con su partido, con sus ministros de estreno y permanecen al margen, decapitados por la fuerza, dos poderes constitucionales: el Ejecutivo y el Legislativo. Ya desfilan en caravana y abúlicas y entregadas las gentes del sahumerio y del incienso, los nuevos convencido y los persuadidos que buscan el pesebre, la merced y el beneficio posibles de la nueva situación. Vienen los que marchan de rodillas, los prosternados y genuflexos, los humillados y serviles.

Ya es hora también de que ocupen sus puestos, en posición viril y digna, los que no se doblegan a ningún embate; ya es hora de que hablen las voces insobornables, los que no saben ni quieren callarse, los que gritan su verdad hasta enronquecer, y afónicos, enronquecidos, siguen gritando hasta romperse, o hasta que los rompen. Morir es también una solución, dijo el más grande dramaturgo de todos los tiempos en afirmación trágica que niega a la vida trascendencia heroica; pero morir dignamente, en plenitud vital y abrazado a la libertad, es la mejor solución a que puede aspirar el Hombre.

 

 

* En "Don Ramón Genio y Figura. Boceto de Pelele". Ed. Sánchez S. A. La Habana, 1952 pp. 65-73.