Carta abierta al Dr. Emilio Sorondo y campanearía, médico y Alcalde de Bauta*

 

 

Muy señor mío y ex compañero de profesión:

Me ocupó la satisfacción de oírlo a usted tascando el freno, por tener embridada la lengua, en la hora dominical de televisión y radio que paga el Gobierno, por intermedio de uno de los Prío, para defender a los personeros del llamado autenticismo y, por extensión, los valores revolucionarios que se cotizan y cobran en el seno del PRC (A) —tan enlodados y maltrechos—. No lo vi a usted por la pantalla, y lo siento, porque debió aparecer muy fotogénico, con los nuevos entorchados de palafrenero mayor que intentó ganarse en su defensa apolismada y enteca de Carlos Hevia, el candidato de Palacio. ¿Qué tal le dijeron que lucían sus amigos y la camarilla áulica? No quiero imaginar que necesitó tomar agua; pero estoy seguro de que tragó en seco, como todo un aerófago, ya que es muy desagradable hablar con la lengua amarrada, sujeta y sometida a "causas superiores" —usted lo dijo— que le vedaban desbordarse, según eran sus deseos. A lo peor, doctor Sorondo, estoy especulando teóricamente, alrededor de una actitud mental que no es la suya, y usted se sintió muy complacido todo el tiempo, plegándose sin reservas —sin chistar— a quien le ordenó no mencionar mi nombre en su pobrísima charla, y menos atacarme directamente, con dicterios de fuego rasante.

Cuando publiqué mi artículo de Bohemia en febrero 3, titulado "Carlos Hevia o la honestidad constructiva" no tardó usted, doctor Sorondo, en anunciar a los periodistas de Palacio que se proponía escribir y leer el domingo 10, antes de ayer, por la hora de televisión y radio ya señalada, un trabajo cuyo encabezamiento de rompecabezas adelantó así: "El metabolismo de las lipinas y el resurgimiento de un hombre amargado". Se propuso, naturalmente extrañar a los reporteros, que no lo entendieron; pero, con toda seguridad, le confió usted al hermano Antonio, el dueño de la hora, para que lo hiciera saber a los Carlos de las alturas, cuál era la verdadera intención de su aparente galimatías y travesura guataqueril de tipo carnavalesco. Se iba a disfrazar usted, doctor Sorondo, de Don Quijote, con una guataca por lanza, para acometerme por las ondas de la radio y desde las ondas de la televisión, materializadas en imágenes, en defensa de su Dulcinea recatada y honesta: el inefable Carlos Hevia. Y ahora dígame, doctor Sorondo con voz áfona si lo prefiere, para que el ridículo le parezca menor -aunque es de "argolla" con ampliación televisada y balcón a la calle- ¿Quién le quitó los arreos? ¿Cuál fue la persona que lo desarmó, sin permitirle velar sus armas tan siquiera? El cabo y la guataca. ¿Fue acaso Carlos Hevia quien le pidió que no lo defendiera, porque hay defensas que matan? Y defensores que hunden, en la tembladera de su impudicia, añado yo. ¿Quién le ordenó a usted que no se insolentara y se aguantase, midiéndose mucho, antes de atacarme? ¿Cuál de sus amos, de su par de Carlos? lo emplazó a usted, de modo terminante, a que aclare, sin dilación, las "causas superiores" que lo mantuvieron titubeante, entrecortado, encogido y medroso de salirse del trillo que le habían trazado. Lo invito a usted a botarse para el limpio y no se deje nada en la faltriquera, que usted la tiene bien amplia para cosas peores. Quítese el freno y ataque a fondo, doctor Sorondo, sacúdase la coyunda, que lo mantuvo en posición tan fatigante, y desairosa, y diga cuanto tenga que decir, sin amagos equívocos que resultan cobardes. Registre mi vida toda, revolucionaria, política, profesional; de cubano, ciudadano y médico de hombres, para que aprenda usted mucho que parece desconocer y conozca, de una vez, al anverso de tantos homúnculos y bribones acuñados que pastan y medran por ahí, en círculos que se ensanchan bajo el empuje miserable del latrocinio y el peculado, y en cuyo centro se mueven tan a gusto, en su medio vital, sus amigos y correligionarios más empinados.

Ha pretendido usted llamarme amargado y se permitió usar la palabra chabacano, refiriéndose a mi estilo, y la voz pendenciera, refiriéndose a mi conducta agresiva para calificar a los pillos. Es posible que me sienta defraudado por la frustración de tantos ideales —esenciales a la nacionalidad, fundamentales a una patria digna— por cuyo enraizamiento y realización plena me he sacrificado tanto como el que más, por cuya conquista he peleado con las armas en la mano y el coraje a pecho descubierto. A mí no se me pueden hacer cuentos, doctor Sorondo, porque desde Artemisa hasta Gibara, estuve donde quiera que hubo tiros, puñaladas y otros festejos -como dicen graciosamente en mi pueblo-. ¿Se puede saber por dónde anduvo el alcalde actual de Bauta? ¿Que mi estilo es chavacano? No es muy de tomarse en cuenta la estimativa del doctor Sorondo, bien poco leído y escribido; sobre todo cuando se rasca la giba bufonesca de lo que le pica a su señor. La opinión de algunos escritores nuestros, de más de uno, que si saben leer y escribir, es distinta, y hasta la comparten gentes de fuera, muy tenidas por literatos. Por lo demás no cuido tanto mi estilo, doctor Sorondo, como mi verdad y mi postura. ¿Hace lo mismo el purista y mayor de Bauta? ¿Qué soy pendenciero? Bueno, hay opiniones; pero es cierto que si me buscan no me escondo y que me encuentran siempre que me buscan; también es cierto que me repugnan los eufemismos rebuscados, tanto como las maneras oblicuas y las conductas lacayunas y, finalmente, que no me disgustaría morir con los zapatos puestos.

Para terminar, doctor Sorondo, necesito plantearle dos casos de conciencia, bien tajantes, en dos interrogaciones bien escuetas. ¿Qué piensa usted del BAGA y cuanto recibió, en dinero constante y contado, de aquel famoso Rafles cubano que se llamó Alemán y Cacharo? No me diga que fue para la reorganización del 48. No me use los argumentos cínicos del doctor Alonso Pujol o la desfachatez política, esgrimidos bien recientemente, para escarnio de la ciudadanía y vilipendio de su autor. El autor consecuente del permanente renuevo y del rejuego permanente.

La segunda pregunta, también recta y a fondo, es la siguiente, doctor: ¿Por qué te llaman traidor en todos los tonos, y se lo escriben en todas las paredes asequibles, los obreros organizados de Bauta, del pueblo que usted regentea como primera autoridad municipal? ¿Qué hizo usted doctor Sorondo, para ganarse semejante epíteto, y hasta dónde intrigó en la textilera aledaña de Ariguanabo? No le eche la culpa a los comunistas, que no son tantos ni tan malos, y, además ya está gastado, por tan conocido, el disco socorrido. Cuídese de los ortodoxos, doctor, que los de Bauta manejan bien la barredera y usan escobas de tres filos, contrafilos y puntas.

Le ha dado a usted doctor Sorondo, solfa y relieve, estatura y alternativa. Si también se proponía lograrlo, no puede quejarse; usted lo quiso y ya lo tiene. Si requiere más lipinas y prótidos —léase caldo— le prometo tres tazas. Lamento, eso sí, que sea usted médico; pero me consuela saber que su caparazón politiquera no tiene poros y es impenetrable, de fuera hacia adentro y recíprocamente, de dentro hacia fuera, a las más puras esencias y profundos valores humanos de la medicina. ¡Ah! ya se me olvidaba- no se quede indigesto: desembuche y apure el metabolismo de sus lipinas. Lo espero para apabullarle también sus argumentos nutricionales.

De usted sin ninguna consideración ni respeto.

 

 

* Periódico Alerta, febrero 14 de 1952.

.