Faltó una voz… *

 

 

Fue en el homenaje oficial a Don Fernando Ortiz —oficial por gobiernista— donde faltó una voz entera, con resonancia de ultratumba. Asistí con una intención disonante bien deliberada; tan disonante era mi propósito como la hondura de los tambores, que rompieron el monorritmo, aquella noche, con su percusión ancestral. Me sobraba coraje para irrumpir, apoderarme del micrófono y gritar el mensaje necesario en obediencia al mandato de mis hermanos muertos. ¿Qué me detuvo, y frenó los pasos estudiados, para entrar violentamente, franqueando la figura lateral del doctor Octavio Montoro y Saladrigas? Solamente un obstáculo insalvable por orgánico: la afonía torturante de mis cuerdas vocales agobiadas de tanto vibrar.

El 27 de Noviembre —un día antes del homenaje— fatigué mi faringe hasta enronquecer, hablando horas y horas para que me oyera la juventud pinareña. En el teatro "Resgo"de Pinar del Río, primero; toda la tarde, después, aleccionando a un grupo de muchachos de sobrada estatura moral. Así llegué a la Villa Roja, Artemisa, pasadas las ocho de la noche, donde me esperaban sus estudiantes y pueblo para hacer el resumen del acto conmemorativo, bien nutrido de público, que se efectuó en el Instituto de Segunda Enseñanza, en su amplio patio abierto. Regresé a La Habana impregnado de juventud, confiado y alegre; pero afónico.

Si Pinar del Río —que lindo nombre— es un pueblo que despierta, de juventud alertada, que viene adecuando su compostura con pasos largos de movilización cívica al ritmo de marcha ciudadana que despliega la dignidad por emblema; si amagan ya en Pinar estremecimientos sin vagidos, que se buscan para desentumecer los miembros y juntar las fuerzas populares frente al feudalismo regional que la inmoviliza y amordaza; si Pinar es promesa en marcha y camino de futuro, Artemisa es semilla lograda y tierra generosa; nada menos que un pueblo con vocación heroica, tan hombreada, que le dio ejemplo a Oriente en el asalto del Moncada. Artemisa es, y desde entonces, un pueblo que aprendió a desangrarse en holocausto de la Patria, que lleva su herida abierta en el hondón del alma —de su entraña fecunda—. En Artemisa no se llora, porque es un pueblo macho; se apostrofa y se maldice, todavía a la tiranía de ayer, la del "asno con garras", más aun a la que hoy nos afrenta: la tiranía machadista del sargento insubordinado. Artemisa respira, y alienta en el recuerdo de sus 30 muertos, en los pétalos pisoteados de sus treinta hijos, la flor de su juventud vilmente asesinada. ¿Quién le puso ese nombre tan bello, Artemisa, arrancado de la mitología griega, que empareja a la Diana de los romanos? ¿Cómo fue que lo tiñeron de púrpura, de sangre oxigenada, viril y excitante en su escarlata, para llamarla —ahora más que nunca— la Villa Roja? ¿Se lo había ganado por su ejecutoria, antes de aquel célebre y recordado mitin antimachadista que ensangrentó la plaza aledaña de su Iglesia? Rememoro con nitidez los detallas del terrible suceso porque lo presencié bien cerca del General Peraza, aquel irreductible mambí, indomable guerrero y gran cubano, que fuera asesinado por los sicarios del tirano Machado en las serranías pinareñas. No he olvidado el gesto último de aquel teniente, ordenándole a su tropa montada, desde la tribuna, que cargase sobre la multitud. Al descender airado, para situarse en la refriega al frente de sus hombres, que atropellaban ya a los asistentes, cayó muerto de un certero balazo en la nuca, iniciándose así el tiroteo que produjo numerosas víctimas inermes. Artemisa, la Villa Roja, abrió el calvario de las inmolaciones innumeras y conjuntas, marcó su huella en el calendario de los sacrificios, arrancó la primera cuenta de su rosario cruento que no parece terminar porque no terminan las satrapías y se eternizan los tiranos, que vuelven, por su posta, propicia, para revolverse y clavarle las garras a su pueblo.

Esta fuga del motivo central, mi irrupción frustrada en el homenaje oficial a Don Fernando Ortiz, no pretendo distraer la atención; pero si aspira a perfilar una posición —por definida— como quiere el artículo todo ahondar en el suceso y esclarecer el hecho, la confusión del hecho y el pandemonium del suceso, y no por el tamboreo precisamente, que casi salvó el acto. Un párrafo bien meditado, como toda su obra, en la bella pieza oratoria de Don Fernando que nos regaló al final, es bien incidente y previsor —plantea el tema como si lo agotase de puro precavido— y parece meterse en la médula del asunto cuando todo es recuento y paisaje; pero habría resultado antagónico de mi actitud y negador de mi conducta apasionada y loca, que no otro calificativo hubiera merecido, cuando menos de los comentaristas genuflexos; aunque estaba henchida de justificadas razones y lleno de razón.

He aquí el largo párrafo de Don Fernando, que se las trae: "Aquí nos hemos reunido, cual ya rara vez ocurre, multitud de hombres y mujeres viejos y jóvenes, nativos de Cuba e hijos de todos los continentes, profesionales y menestrales, comerciantes, industriales y agricultores, patrones y proletarios, individuos pertenecientes a todos los estratos sociales de la nación cubana. Aquí juntos blancos, negros, bermejos y amarillos, mulatos y aindiados, con todas las carnes y sustancias de este suculento y sabroso ajiaco que es el pueblo mío; todas ellas venidas de allende los mares, todas oriundamente extranjeras, pero ya fundidas en esta bella jícara que hierve al tórrido fuego del sol. Todos ya integrados en la misma pulpa criolla y todos realmente cruzados, recruzados y ya mestizos, por los pigmentos de los engendros o por los matices de la educación. También aquí se encuentran, concordes y unidos en un mismo anhelo humano, muy prominentes científicos y literatos, renombradas personalidades en los altos nivele de la cultura, y muy humildes y anónimos supervivientes de las culturas iletradas: los cuales con su arte primitivo y los cantos sacro mágicos de su abolengo, han traído a esta asamblea las voces de los siglos pasados, que aún salen de las entrañas de nuestro pueblo, gimiendo dolores y cantando esperanzas. Aquí están aquellos fantasmas de Don Federico y Taita Facundo, que un día oyó cantar en los cielos el gran poeta de Cuba, Nicolás Guillen. A esos humildes olúaña les estoy especialmente reconocido por su adhesión. Su tamboreo ha sido oración de inesperada elocuencia y como lección de antropología viva, que todos entendemos aunque muchos no lo quieran confesar."¡Arikú!

"Aquí hemos concurrido ciudadanos de distintas naciones, de monarquías, repúblicas y dictaduras; unos personajes de los gobiernos y otros de las oposiciones, de derecha y de izquierda, de arriba y de abajo pero todos por íntimo y silente impulso. Nos acercamos mentes de las más antagónicas ideas: católicas, protestantes, judíos, confucianos, babaloches y espiritistas… filósofos, literatos y artistas, un prelado de la Iglesia, el rector del Seminario Evangélico, un rabino de la Sinagoga y teístas, agnósticos y ateos; unos en el inefable goce ideológico de las verdades absolutas y otros en la humilde sabiduría de las verdades relativas; todos con discrepantes actitudes ante el Gran Misterio; pero conscientes de que una comunidad biológica, nacional y ética, nos impone a todos un deber de respeto recíproco de fraterna y cooperativa humanía, por esa esencial unidad que de consumo proclaman, en sus básicas cosmogonías, las religiones y las ciencias. Y poder gozar, aunque sea brevemente, del placer de una tal convivencia, eso que ya siendo raro en este mundo emponzoñado y enloquecido, es por sí solo plena justificación e inconfeso motivo de esta junta abierta".

"Todos sentimos que, por encima de nuestras diferencias personales, en posiciones, intereses y creencias, un secreto y medular sentido de solidaridad nos aproxima, aún sin darnos cuenta clara de ello, ante el temor de un riesgo común. Muchos piensan y dicen que estamos como en otro festín de Baltazar y que una mano misteriosa ya escribe en la pared el pronóstico de nuestro cercano fin cataclismo. Estamos, dicen, en días de malos agüeros como en la caída de Roma, en la vigilia del milenio, en el ocaso medieval o en los días precursores de la Revolución Francesa y el terror. Se presagia que la sociedad humana ha de rebarbarizarse; que las naciones coloniales no podrán hacerse independientes y que las naciones ya independizadas verán menguada o destruida su soberanía, que los pueblos ya no podrán gobernarse, como es de inequívoca justicia, por sus propias y libres determinaciones, que serán mera ilusión las famosas cuatro libertades (de conciencia, de palabra, de hambre y de miedo) que proclamara Roosevelt en el fragor de una guerra que se hizo, según nos dijeron, tan solo para asegurarles; que jamás se respetarán los "derechos del hombre" ni por las mismas naciones que un día lo declararon, que las riquezas públicas serán siempre dilapidadas o sustraídas para medros personales, que en el mundo pronto galoparán de nuevo los apocalípticos jinetes: la guerra, la peste, el hambre y la muerte, sin contar los agresivos racismos, las crecientes delincuencias, las multiplicadas locuras, las degeneraciones clínicas, los fanatismos embrutecedores, las tiranías sanguinarias y otros malditos caballeros, hoy desbordados, que no presagió San Juan en sus visiones".

"Ciertamente esta reunión cívica no podría verificarse hoy en la mayor parte de los países del globo, en continentes enteros, conturbados por guerras, absolutismos, opresiones, codicias, pugnas terroristas, y oleadas de impudicia y criminalidad. Y un secreto y vagaroso deseo general de celebrarla, como un acto cada vez más raro de cultural humanismo es lo que aquí nos ha traído…"

Lindas palabras éstas de Don Fernando que mueven a copiarlas en regusto y paladeo; no lucen discurrir en trajinado afán de rebuscamiento, aunque pudiera adelantarse la sutil suspicacia de algún criollo avisado, conocedor del humorismo bien tejido de Don Fernando, e imaginarlas de justificación anticipada. Tal actitud descomedida, tiene su versión atinada en el lenguaje popular: "Ponerse uno el parche antes de que salga el grano". Porque bien sabe y cómo, el suave Don Fernando, que tampoco concurren en el medio nuestro las condiciones óptimas para que se concrete y produzca "un secreto y vagoroso deseo general de celebrar nada, y, mucho menos un homenaje oficialista a su persona penetrado de intención política". Esta "reunión cívica" a que se contrae su ultimo y almibarado párrafo, carece también de ambiente entre nosotros, ya que la vida cubana no discurra por un lecho de rosas y malvive encrespada, cohibida y sangrante, por cauces de legitima violencia. ¿Acaso no lo sospecha Don Fernando, no lo siente y presiente bajo sus pies? ¿Es que está ya embotada la sensibilidad cívica de tan ilustre ciudadano?

Una incursión somera —paseo sin diálogo— por tan bellos pasajes en que abreva y se expande, jugosamente el pensamiento de Don Fernando nos mostraría "cositas sueltas" y tan meditados conceptos de urdimbre policromada, como aquel otro párrafo que se inicia entre pigmentos "blancos, negros, bermejos y amarillos" para cerrarlo así: "con todas las carnes y sustancias de este suculento y sabroso ajiaco que es el pueblo mío". Bien que se destacó el ajiaco, a fe mía, por lo pimentosa y sobresaliente representación oficial tan retrepada en la mesa presidencial, a las dos bandas del homenajeado. La alusión a la concurrencia ciudadana procedente de todas las formas de gobierno "unos personajes de los gobiernos (quizá alguno como los que allí se pavoneaban simulando representar a Cuba) y otros de las oposiciones, de derecha y de izquierda de arriba y de abajo; pero todos por íntimo y silente impulso…"Esta alusión risueña tiene miga y no carece de expresión justa, en lo que toca al impulso silente, para irse uno desencantado y entristecido, frustrado ya el íntimo impulso que movió la asistencia atraída, centrípetamente hacia la figura animadora bajo cuya efigie rozagante, impresa en el programa de la fiesta, aparecen unas frases dinámicas que recapitulan, en su esencia, el pensamiento de Don Fernando y recogen a manera de sentencias, "el mismo renovado consejo de hace ya siete lustros": "Fe viva en la cultura; energía incansable en la acción; disciplina cívica en la conducta". Cuando alcancé a leerlas, aquella noche, me sentí menos tenso y agresivo, no más aliviado. El retrato de Don Fernando, desde la paz de su biblioteca, con las ventanas caladas al fondo y sus figurillas negras tan amadas, vivientes y animadas que parecen danzar a su vera, sobre su mesa de trabajo; el retrato de Don Fernando, acicalado de pose y atuendo, actualiza y reafirma —quiere reafirmar y actualizar— sus pronunciamientos de antaño: "fe viva en la cultura; energía incansable en la acción; disciplina cívica en la conducta" como un apotegma. ¿Por qué me esfuerzo en desentrañarlos buscándole sustancia juvenil y contenido de mensaje a la juventud, en esta hora trágica, que tanto lo necesita? Claro se está que lo tiene y contiene en la forma, en lo bello y externo de la forma y hasta con fuerza de postulado aparencial; pero ¿y en la conducta? todavía más concretamente ¿y en el comportamiento aquella noche memorable del homenaje? Bien que le desbordaba a Don Fernando, a lo largo de toda su vida, la fe viva en la cultura; mas le falta, y cómo, la energía incansable en la acción, y le queda corta la disciplina cívica en la conducta, que tantas veces está condicionado, por la indisciplina y siempre por el ejemplo que puede llegar —y debió llegar— hasta el manotazo viril sobre la mesa para romper el acompañamiento cuando es intolerable por ofensivo a la humanía, quebranta con su presencia el humanismo de la cultura y hace imposible la convivencia, aún la elegante y externa a que se pliegan tan fácilmente los representativos de la decadencia llámense como quiera llamarlos Don Fernando, y ostenten cualesquiera jerarquía. Y cuidado que puso especial énfasis y detallada renumeración, el homenajeado, en reclasificarlos dentro de sus respectivos e innúmeros casilleros; que bien, parece un pase de lista intencionado, para cargarles la parte correspondiente de responsabilidad, a tenor de la autoridad que encarnaba cada uno de los concurrentes; social política, económica, religiosa, filosófica, literaria, artística, etc., etc. Así los "profesionales —que por ellos empieza— y menestrales, comerciantes, industriales y agricultores, patronos y proletarios, muy prominentes científicos y literatos, renombradas personalidades en los altos niveles de la cultura y muy humildes y anónimos supervivientes de las culturas iletradas… ciudadanos de distintas naciones, de monarquías, repúblicas y dictaduras; unos personajes de los gobiernos y otros de las oposiciones… mentes de las más antagónicas ideas; católicos, protestantes, judíos, confucianos, babaloches y espiritistas… filósofos y artistas, un prelado de la Iglesia, el rector del Seminario Evangélico, un rabino de la Sinagoga y teístas, agnósticos y ateos…" Como se ve todo el mundo "cogió su raspita" hasta mi humilde persona, que asistió con el deliberado propósito de la embestida y la más deliberada intención de salir descalabrado; pero bien que lo valía, ya que hubiera sido casi el iniciador de cuanto ha sobrevenido después, y como era excesiva la presencia de los "cameraman" —léase fotógrafos de todo tipo— el "show" a todo trapo y la televisión a todos los hogares que la poseen, me habría mostrado en plena refriega y recibiendo toletazos de nuestros buenos policías a diestro y siniestro, con ventaja y anticipación al brutal atropello cometido en el Stadium del Cerro, cerril por la vastedad del escenario, inexplicable por la tónica pasiva y cobarde de miles y miles de cubanos allí presentes; castrados que parecieron (la palabra es bien castellana y permanece en todos los diccionarios) unos y otros —los jugadores y el público— y tan aficionados a la pelota que les restó coraje para seguir presenciando el desafío y mantener la contienda, mientras se desangraba en los hospitales y casas de socorro la dignidad cubana; toda la dignidad acogida y que se acoge en trances tales, asqueada de tanta podredumbre y miseria tanta, a su dinámico refugio: la Colina Universitaria cien veces heroica, paridora de machos, de hombres como Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena, Pablo de la Torriente Brau y Antonio Guiteras, Rafael Trejo, Ramiro Valdés Daussá y Eduardo Chibás.

No se me ocurre, naturalmente, —no podría ocurrírseme— emparejar a Don Fernando con Enrique José, nuestro Varona, que sí fue Maestro de Juventudes, en tanto que el era sencillamente Profesor; menos podría exigirle fuera del ámbito nacional, que se acercase a Romain Rolland, José Ingenieros, Alfredo Palacios, Aníbal Ponce, Alfonso Reyes, Justo Sierra o Rómulo Gallegos, que son, —seguirán siendo— hombres excepcionales, arquetipos de su tiempo y de su latitud; pero cuando uno recuerda que, tantas veces, en el recuento difícil de los hombres que nos van quedando —y no por numerosos, ciertamente— para ocupar con prestigio y cultura humanista —del humanismo que deviene— la primera magistratura de la nación, cuando uno medita como el nombre de Don Fernando no venía a la zaga de ninguno, y antes se proyectaba esclarecido desde la corticalidad como una selección natural sin esfuerzo; cuando se comprueba y anota el primer resbalón del patricio, acaecido, nada menos, en el día fausto de la patria: un 28 de enero -natalicio de Martí- y en el año de su centenario, desventurado centenario por la situación que vive Cuba y en que malviven los cubanos desde el aciago 10 de marzo de 1952; cuando ha presenciado uno —y yo lo padecí— el segundo y definitivo resbalón de Don Fernando, sin que pudiera tender la mano desde mi afonía, el ánimo se encoge entristecido en el impulso silente de la prosa fernandina, para irse al hogar musitando un R. I. P. y tomarle el pulso desmayado, ya en las fronteras del sueño, al otro intimo impulso —también barajado castizamente en la misma frase— que le rompió a todos los asistentes de la sensibilidad cívica y cubana, el malhadado homenaje.

¿Predomina alguna otra nota aljofarada en el bello discurso de alquitaradas esencias, que regaló Don Fernando? En la cuidada prosa castellana que avalora algún que otro afro-negrismo, discreto y sabroso, discurre el humorismo que sonríe fatigado, quizá transido de tristeza por el dolor cubano irreparable, y resalta la humildad mínima —la minimidad— con que se aleja Don Fernando hasta perderse, envuelto en el hábito franciscano, aunque luego retorna desenvuelto y se incorpora a la fiesta, a su homenaje, así que ha lucubrado su tesis no exenta de ironía y penetrada de malicie. He aquí sus palabras al regreso: "Por ser ello así, también yo me adhiero a la fiesta".

En el episodio interpolado de la entrega, cuando recibe Don Fernando complacido el libro pedestal de su homenaje, y lo acepta y toma de ambas manos —siniestra y diestra— del Primer Ministro de este gobierno, se estremeció allí mismo, en retroceso y desgarramiento, toda la genuina cultura cubana, su raíz de cubanía viril y su esencia toda de civilidad; pero fue mayor el sacudimiento, hasta el sonrojo, cuando poco después leía Don Fernando estas lamentables palabras de su discurso: "Sea también dicho mi agradecimiento profundo al doctor Jorge García Montes, Primer Ministro del Gobierno de la República, por haber venido a oficiar en este rito simbólico como su gran sacerdote, en representación del Honorable Señor Presidente de la República y de los Supremos Poderes de la Nación. Creedme si os digo que al recibir de vuestras manos, como un blasón, ese libro compuesto para mí por la flor de los sabios colegas extranjeros y compatriotas que trabajan y cosechan con gloria en los mismos campos en que yo sólo pude espigar con modestia, he sentido en mi ánimo una emoción insólita, como de apocamiento y a la vez de gozo y de tristeza; por la exaltación a un grado supremo de honores que ha de gravarme para siempre con la pesadumbre de responsabilidades muy serias, por la impresión de un dulce y efusivo beso de mi tierra madre, y por la visión de mis antepasados, de mis muertos queridos, que me imagino aquí presentes, los que me dieron vida, cariños, enseñanzas y ejemplos, y ahora me acompañan y sonríen…"

La ternura viva, emocionada, que cerró el párrafo, no fue bastante para aquietar la rebeldía impaciente que se agitó bajo las tapas del libro, en las firmas agobiadas de los compatriotas que se trenzaron unánimes en una sola rúbrica de protesta encendida; no bastó la ternura expresada para acallar un rumor negativo "in crescendo" que, desde el fondo, fue ganando la sala sin llegar a clamor —la concurrencia era toda muy educada, excepto el que suscribe— ni fue suficiente el recuerdo alucinado de sus mayores, para que los televidentes —todos los televidentes de sensibilidad despierta— dejaran de mostrar su asombro apesadumbrado, su conturbación y azoramiento, y no pocos de entre ellos se aislaran del espectáculo en despedida al hombre, al cubano, que acababa de proferir semejantes palabras de adhesión a un régimen de bayonetas. ¿No sintió Don Fernando, en ese momento, que lo envolvía el vacío? ¿No experimentó una sensación de aislamiento, de hálito mortal que crecía en torno suyo? ¿No lo asaltó la premonición alucinatoria de que ya en Oriente se recrudecían los atropellos a la ciudadanía, de que los estudiantes de Santiago ya habían sido golpeados salvajemente por la fuerza pública, por el ejército y la policía; maltratados y vejados? ¿No sospechaba lo que iba a suceder —tenía que suceder— a manera de colofón impreso del 27 de Noviembre y como su extensión obligada? ¿No sabe que la barbarie, otra vez, manda y se desmanda en toda la extensión de Cuba, que domina al país y estamos bajo el dominio de los bárbaros? ¿No quiere saber que los "voluntarios" —otra vez— ensangrientan las calles, la plaza fuerte de La Habana en "la siempre fiel", que vociferan como entonces, torturan y tiran a matar? ¿Que ya no forman consejos de guerra para fusilar a los estudiantes, porque es más expedito acorralarlos -como en el Cerro- molerles los huesos a toletazos, o cazarlos como si fueran fieras, en plena vía pública? ¿No quiere saber usted, Fernando Ortiz, ni lo posee la angustiosa alucinación, de que Machado, el carnicero Machado, ha vuelto redivivo y está ahí, en el poder, cruel y vengativo, con sus garras de tigre que clavan y desgarran, en su nombre, los machadistas del gabinete suyo, la entraña mutilada del pueblo cubano? ¿No sabe que recuenta, para repasar y resubir en conjunción de sombras, las salvajadas de Lersundi, Valmaseda y Weyler? ¿Sabe usted, suave y regodeado Don Fernando de la miseria y desesperación que se extiende y cierran sobre el agro cubano, como la noche tétrica y oscura del Machadato feroz? ¿Sabe que las enfermedades carenciales del bloqueo inician su aparición en la población campesina que ya hay beri-beri entre los guajiros y que la tuberculosis tiende a ir en aumento, con todo y el disparate del Sanatorio de Topes de Batista, que bien podría llamarse, más propiamente, sanatorio Benito Mussolini de Topes, por su raíz netamente fascista? Lo cierto es que Don Fernando Ortiz no quiere inquietarse por estas "cositas sueltas" y prefiere el sosiego de su biblioteca, la paz de su estudio con las ventanas caladas, sus figurillas negras tan amadas, vivientes y animadas, que parecen danzar sobre su mesa de trabajo y… su atuendo impecable.

Yo sé y bien, —lo oí de sus labios y después lo he leído meditadamente— como maneja Don Fernando los vocablos en que apunta el ocaso, con cuánta agilidad y humorismo juega con las palabras vejez y geriatría, como le gasta requiebros juveniles a la patología senil en que se adentra hoy, mejor armada, la terapéutica geriátrica —la medicina y tratamiento de los viejos— Don Fernando no se siente envejecido, ni quiere ser viejo; pero se siente triste y lo refleja en su humorismo.

Una vez, Don Fernando, en Ciudad México me hizo llorar de íntimo gozo y por rebosamiento de sus lágrimas es -sin proponérmelo- al viejo más joven que he conocido en mi ya larga vida. Fue en la terraza del "Hotel Regis" donde un grupo numeroso de médicos españoles, desterrados de su España que es mi segunda patria, me honraron con un homenaje sencillo y modesto, a la altura de sus desmirriados bolsillos; una comida para platicar ampliamente y comer con sobriedad. Presidía la mesa Don Manuel Márquez, una figura egregia de la medicina española: ochenta y tantos años, ex Rector de la Universidad Central de Madrid, en la España republicana. Profesor de Oftalmología de la misma, y yo a su lado. Al final fue Don Manuel quien me saludo con palabras amables, y hablé a continuación con emocionada palabra; mediaba mi discurrir, más o menos, cuando un leve tironear de mi esposa freno mí impulso e hizo volver la cara: Don Manuel lloraba calladamente, "con los ojos abiertos, como lloran los niños". No he vuelto a verlo; pero vive y confía, como siempre, aquella figura ilustre de aquel viejo insigne, tan lleno de hombría, a quien hice llorar una noche para mi inolvidable. Hace poco Raúl Roa, al regresar de México, puso al día la anécdota inefable: la nota pesimista, que no prende en los espíritus adamantinos, crece en su torno, alrededor de Don Manuel, y hasta los suyos que conocen su fibra y sustancia, desesperan ya de que pueda regresar a España —algún día— la generación desterrada. Don Manuel, el gran viejo, oye en silencio, las más de las veces, los razonados argumentos y el mejor trabajado y terebrante, el que más duele y aplaza por ahora: la España del enano ferrolano va a ser reconocida -lo fue por entonces- por la O.N. U., que así lo quiere, exige y requiere el imperialismo U.S.A.; el mismo imperialismo rapaz que rastrea en apoderamiento, ignominioso para cuantos lo facilitan y aplauden, el suelo y las riquezas de España. Don Manuel calla, mas hay en su silencio, reflexivo y hondo, la rotundidad que estalla en la pampa de granito, y es sobrio su gesto cuando exclama cerrado, como una concreción única de sus potencias juveniles: ¡Volveremos a España! ¿Moraleja? La dejo en sus manos, Don Fernando. Mi intención ha sido otra: fugarme en una digresión, vivida y sentida de la nauseabunda realidad circundante; acogerme a lo español eterno en los brazos de acero —como son de acero los brazos del Pueblo Español— de Don Manuel Márquez, arquetipo y figura hasta el sepulcro, y exclamar con él, al unísono: ¡Volveremos a Cuba! A juntarnos sobre la tierra unida de una España libre y nuestra Cuba liberada, por el empuje indomable de sus hijos y el esfuerzo fraterno de sus pueblos.

Y ahora vuelvo sobre el tema para terminar. ¿No quiere saber Don Fernando algo sobre mi acometida frustrada? ¿Qué me proponía hacer y decir al apoderarme del micrófono con azoramiento de sus acompañantes, ministros, ex consejeros consultivos y otras cosas? Pues lea usted, Don Fernando: Había planeado la operación sobre el terreno, y entraría en acción esquivando al doctor Octavio Montoro y Saladrigas, lo esquivo siempre desde el 10 de marzo- y por su costado derecho, en esguince natural y perfecto ladeo. Ya frente al micrófono, en ofensiva que aprovechase el desconcierto y sin circunloquios de comienzo, negadores de toda embestida a fondo, mis palabras restallantes habrían comenzado a fluir en tono de patriótica canción: ¡Aquí falta una voz! La voz de los muertos que redobla magnificada en los viriles acentos de la juventud revolucionaria de hoy. Los muertos, Rubén Martínez Villena y Pablo de la Torriente Brau; figuras cimeras en pensamiento y acción, conducta y gallardía, durante el proceso revolucionario enfrentado a la tiranía de Machado y contra la machadocracia infamante; usted lo sabe Don Fernando, aunque ahora los niegue, -señalándolo con el índice acusatorio- usted los conoció y los trató íntimamente, porque ambos trabajaron en su bufete y fueron secretarios suyos; allí trenzaron su amistad, tejieron sus ideales, meditaron juntos, estudiaron y escribieron. Todo ello constituye, Don Fernando, el timbre más limpio de su firma, su blasón más alto. Yo traigo su mensaje condenatorio, su repulsa a este acto; el grito de su rebeldía y protesta indignada por este homenaje oficialista que lo secuestra y lo hunde en su tembladera y sepultura. ¡Sálvese Don Fernando! Que se pierde en este calvario donde lo crucifican entre machadistas convictos y batisteros confesos. A la derecha de su cruz, mírelo, Don Fernando esta Yoyo G. Montes, 1er. Ministro de este desgobierno… Aquí se produjo el desparramo: los abecedarios tramitados retrocedían, -me pareció ver a Santovenia- el doctor Montoro, conservador a "outrance" y reaccionario "en rage", que jamás se inquietó por las desventuras y angustias de su tierra hasta que lo hicieron Consejero Consultivo digital —por el dedo omnipotente de Batista— pero que ostentaba una hoja de servicios, vertical y digna, a la clase médica, me pareció removerse en su asiento mientras se oscurecía mi conciencia y entraba en la noche al ser golpeado por un fraterno policía. Mi cráneo mondo, sin otra protección que el llamado cuero cabelludo, epicráneo a calota, cuando no lo arrasa la calvicie, había sonado como un gong bajo el impacto acariciador del tolete policiaco; todavía alcancé oír unos como aplausos lejanos que me parecieron desmayados, en retirada. Conservaba aun los sentidos gustativo y olfativo, me olía mal, a sangre y cieno; pero mi sapidez era dulce, tranquilizadora, y le gritaba a la conciencia, a la corticalidad confusa, que respondía débilmente: "A mí me matan, pero yo gozo" y la zeta se alargaba castiza, al modo fernandino. Predominaron, a continuación, exaltadas, mis sensaciones ópticas y auditivas, como alucinatorias, y empecé a ver estrellas multicolores, muchas estrellas, que integraban una constelación, alineadas en formación de batalla; venían primero y delante las estrellas azules de mayor magnitud y acometividad, le seguían las amarillas con su estado mayor al frente, portando un estandarte en que refulgía al rojo vivo como un jarro desfondado por las llamas; luego, cerrando el desfile y sobre el piélago ondulante que simulaba el mar, las estrellas blancas navegantes, fraternizaban todas obedientes a una voz de mando que procede de una figura más alta por su emplazamiento y empinada por su continente parecida a las estampas mitológicas de Júpiter tronante, con mucho de Marte guerrero y no poco de Mercurio, alado y negociante; todas convergían en su rutilar mantenido y castrense, hacia el cetro de Júpiter doblado en Marte y Mercurio, una especie de altar monolítico, recargado y barroco en su estilo, que sustentaban las radiaciones tricolores de sus estrellas. Las órdenes de Marte guerrero, desdoblado de Júpiter, me resultaban casi inteligibles, y solamente alcanzaba a oír las palabras granítico y salud, salud, de imposible interpretación por mis magulladuras. Lo auditivo agudizado era más incoherente cada vez, y no distinguía ya perceptible la voz de Don Fernando en lejanía que clamaba estentóreo, sin embargo: ¡Arikú! ¡Arikú! mientras que un eco burlón y centuplicado, bien distinto, que parecía brotar de una oquedad situada enfrente del Palacio de Bellas Artes, allí donde se levantaba antes el Palacio de la Presidencia, repetía deformado y también estentóreo: ¡Salud! ¡Salud! Me faltaban las fuerzas tratando de penetrar, inútilmente, el sentido de aquellas palabras tan antagónicas de mi agonía tan contradictoria y chocante, por su raíz y contenido, frente a mi traumatismo brutal. Quise desentrañar el significado de ambos términos, Arikú y Salud, que se entrecruzaban —debían entrecruzarse— sobre el Parque de la ignominia (así lo bautizó Julio Antonio Mella a su hora) alrededor de la estatua que se erigió en vida Alfredo Zayas, ciudadano de inverecundia ejemplar y modelo de presidente desvergonzado; pero mi memoria asociativa desvertebrada desvió su ruta y me representó otro acto, franquista y ya lejano: aquel de Salamanca en que un general —Millán Astray— inválido, moruno y miserable, le enrostró a Don Miguel Unamuno, grande en sus flaquezas, estas palabras soeces, propias de un asno con garras: "Abajo la inteligencia y viva la muerte".

El tamboreo de los olúaña fue señoreando mi alucinación con su ancestro agonal; me fue aquietando hacia él como con su ritmo y sus voces milenarias… En la noche afilada de mi sueño flotaban las palabras finales de Don Fernando: "Tengamos más y más fe en la ciencia y más y más ciencia en la fe". Todavía pude completar sin enmienda y le repetí a mí agonía: TENGAMOS MAS Y MAS FE EN LA CIENCIA, MAS Y MAS CIENCIA EN LA FE Y MAS Y MAS CONCIENCIA EN LA PATRIA.

 

 

* Escrito el 11 de diciembre de 1955. Publicado en "En esta hora sombría". Ed. Pensamiento Político. La Habana. Mayo de 1957. Pp. 39-60.