La trampa y su circunstancia. Comentarios en torno a la novela de Enrique Serpa*

 

 

Confiado a manos amigas me llegó, hace pocos días, un volumen bien editado cuya encuadernación y cubierta en tela y policromía, denotan acabado esmero y pulcritud. Es la novela, todavía caliente, de Enrique Serpa.

El dibujo de la sobrecubierta se debe a Orlando Yánez y sugiere tanto o más que el título: "LA TRAMPA". Allí campean en diferenciados el rojo y gualda; pero no a la manera hispano monárquica, en bandas horizontales representativas de su enseña, odiosa y odiada. Arremolinados los colores con una vorágine aniquiladora, envuelven la figura inerme de un joven que dejó caer su guardia, impotente ya ante las arremetidas de su circunstancia, aunque mantiene crispada la diestra mano en gesto agónico de rebeldía y protesta. Aún se mantiene vertical la figura del joven, galvanizada en su equilibrio artístico, prodigioso y denunciador de que está muerto. Vuelto de espaldas al espectador —de frente al estallido— uno lo adivina trucidado por los filos del remolino, como sabe uno de sus pupilas sin luz y del reflejo pilo-motor que permanece, como respuesta y horror de su piel, ante el asombro de su aniquilamiento.

En el ángulo superior de la segunda página tiene mi ejemplar una dedicatoria, por demás expresiva, que dice: "A Gustavo Aldereguía, que es de los que verdaderamente comprenderán plenamente el hondo sentido de estas páginas. Con un abrazo y firma Enrique Serpa". He aquí toda una dedicatoria que mueve a beberse la novela. Tentado estuve de completar la frase sobada y escribir, de un tirón; pero me frenó el impulso cuanto conozco acerca de mi lectura a modo de leer. Hecho a estudiar en compañía me agrada compartir la lectura leerle a alguien que sepa escuchar y entender, alguna o alguno; obligado a estudiar en idiomas extraños mi lectura se hizo más personal e íntima; apasionado de los libros como sustancia humana, alimento, mensaje, concreción trófica, trasudación, angustia, no puedo menos que sorberlo despaciosamente, como si hubiera de someterlos a un proceso de masticación previa en que ya empiezan a rendir su jugo y despiertan apetencia y adecuación receptiva: los estímulos que facilitan su incorporación al sistema celular más elevado y noble de la criatura humana, la corticalidad psíquica. Pero es que se trata de un libro cubano, la novela de Serpa, parido en dolor y renunciación, también por lo que apunta de su temática, y como un adelanto, la contraportada final. Es que el autor había tramontado ya -hace años- en su novelística creadora y criolla los merecimientos de nuestro Turquino. Fue cuando "Contrabando", muy superior como novela y sabor de tierra adentro y mar nuestros a "El Viejo y el mar". Es, finalmente y antes que nada, que Enrique Serpa ha vuelto a su patria, más sangrante y desangrada que nunca antes, con este su bagaje sin estreno y en afán de desperezamiento y acogida. Bagaje significa -no lo olvidemos- equipaje militar en tensión de marcha. Ha regresado el novelista con su Novela, que así la estima y cree, con mayúscula, seguramente. ¿Acaso no hay quien dice y afirma por ahí —estos predios nuestros de la maledicencia— que se fue a París quemando sus naves, para hacer su Novela Grande?

Volteando las páginas iniciales, como dirían allá por mi pueblo de Oriente, justo en la página cuatro del libro, aparece una frase bien corta, apenas un renglón, puesta a la entrada como el signo de la novela "Cada cual está en su destino como en una trampa" reza la frase esotérica, en su oculto sentido. La palabra destino, sin embargo, aclara el contenido y disipa el misterio. No significa la frase, desde luego, determinismo filosófico; quiere decir y entraña una acepción no menos filosófica. Abarca todo "lo que está reservado a un ser por su naturaleza" y ya en la pauta esclarecedora y severa del amigo José Ferrater, en su Diccionario de Filosofía, añadiré que el destino a que me refiero, la acepción de su sentido en este caso, no debiera rozar a la fatalidad para ceñirse "a la misma razón de ser del ente destinado, como cuando se habla del destino del hombre". Estamos ya en presencia de una variante a la que nuestro guía asigna dos derivaciones posibles y divergentes, como la dicotomía de una rama; una de ellas, la primera, que califica como destino inteligente, implica y supone una salida amplia; puede interpretarse y "ser conocido por razón y es inclusive identificado como en Anaxágoras o en los estoicos, con la razón universal que rige todas las cosas". La segunda derivación o destino ciego "es incognoscible e inescrutable, y los mismos dioses, según la concepción antigua, se hallan sometidos a él". Concluyo la definición con los propios términos de Ferrater Mora, para saber al cabo y en última instancia, que estamos a oscuras todas las personas y personajes envueltos en la trama, o que asistimos como espectadores a la tragedia y farsa; metidos en una tembladera que nos traga sin remedio o asidos a una rama insensible y ciega, cargada de espinas desgarradoras, que brota de un tronco desangrado y no conduce ni orienta. Está envuelta en niebla impenetrable.

Y así nos adentramos en la novela, un tanto aturdidos, casi mareados, de girar en torno al signo que nos recibe y a la figura tensa y rígida, que nos franqueó la puerta. Para toda nuestra gente joven, adolescentes por debajo de los veinticinco, y en lozanía que apenas sobrepasa a los treinta años —para nuestros hijos— todo el libro es como una película de furias; huracán tropical de pasiones desatadas que arrastra a su vórtice, y grita el dramatismo silente de sus páginas arrancadas a la realidad cubana de antevíspera. En la medida que avanza su lectura y recibe nuestra juventud el impacto de las situaciones desenvueltas, en la medida que aparecen y se afirman, o se esfuman y desaparecen a golpes de ficción, coraje, heroísmo y sacrificio, abnegación y desinterés, bondad y ternura, o de abulia y crueldad, pillaje, insania y muerte, los tipos todos que pueblan la novela, algunos de bien difícil reconocimiento, porque todavía se mueven un nuestra vida pública, la política, periodismo, cátedra, judicatura, o deambulan parasitariamente por nuestras calles y plazas; en la medida que estallan los conflictos, se agudizan los choques, agazapan y afilan las pugnas enconadas y se extiende en contagio colectivo la locura —maliciosamente re-encendida, tantas veces, por los demagogos y trepadores, mañosos y pillos, encaramados en el poder— con el mismo ritmo de violencia ciego que arma la trampa y precipita tales fuerzas oscuras en las páginas de su relato novelado, nuestros jóvenes inquietos recomponen, encajan y repasan, actualizan sus recuerdos y encadenan los hechos que se alcanzan. Concluyen, entonces, enfrentándose a la esfinge, perplejos y sumidos en la duda angustiosa de si no han de bastar sus esfuerzos para desgranar las cuentas de un rosario remachadas por el tiempo. Una evidencia aflora pronto de la dubitación exasperada, y brota limpia, así que el turbión atormentador se va aquietando en la conciencia juvenil: no puede desligar los sucesos de ahora de su acontecer histórico, separar las consecuencias de sus antecedentes obligados. Todo es uno y lo mismo en continuidad; las mismas causas que producen idénticos efectos, iguales las potencias agresivas al servicio de los mismos intereses que obran y actúan contra los propios cauces maltratados, la misma carne macilenta y el pueblo inerme. Desajuste y caos, ambición de mando y voluntad de poderío, afán de enriquecimiento por todos los caminos y desorbitación, nepotismo y satrapía, dictadura y tiranía, todos y todas hoy más que nunca, en nuestros pueblos y países, la misma filiación, idénticas fuentes y raíces, igual sostén, respaldo y protección.

Para la gente de bien que alcanzó, más o menos, nuestra edad; provectos y ancianos no seniles ni en reblandecimiento. Para todos aquellos de nosotros con bastante sensibilidad cívica, que nos lleva a sufrir las ofensas y desgarramientos inferidos a la patria como cosa propia, herida intima e injuria al decoro colectivo, la novela de Serpa es historia vivida y padecida, recrudecimiento de síntomas ya viejos y punzantes, como los recuerdos, en la enfermedad crónica y latente que se agudizó extensiva y cruel, desde hace cinco años, sobre la tierra y el pueblo de Cuba. La plaga maldita que irrumpió -otra vez- el 10 de marzo como un fenómeno telúrico y enrarecedor y asfixiante; la noche descendió entonces, apretada y única, en eclipse total de libertad y el aire embalsamado de la campiña movido por el mar, se impregnó en las ciudades cuarteleras y mandonas de emanaciones deletéreas y detritus jerárquicos emponzoñadores hasta hacerse irrespirable.

Claro se está de cuanto influye el paisaje y movimiento de una novela lograda en el ánimo de su lector, como lo imante y atrae, subyuga o incorpora a su tesis, la trama y peripecias de sus personajes, mediante lo incorpóreo del lenguaje escrito siempre que el autor sabe vestirlos, los perfila y fija en sus figuras y figuraciones, y, luego de tocarlos con su varilla mágica —physis y psiquis— los echa a andar por la vida de su mundo como seres vivientes y mugientes, enmarcados dentro de las páginas reservadas a su obra y actuación. Una novela casi histórica, que revive escenas y sucesos todavía próximos —del ayer inmediato— con limpidez de lente fotográfico e impresión pancromática; verdadera película, a todo color, de nuestro ambiente y la policromía toda del arco-iris tropical; una novela así de fuego y sangre, que insurge en el medio nuestro caldeado de nuevo a sangre y fuego, no puede menos que estremecernos de pies a cabeza; poner en la carne de los cubanos todos, mujeres y hombres, aun de los indiferentes -que también los hay- un reflejo de espanto, sentir los pelos de punta como un erizamiento; despertar en nosotros el reflejo pilo motor, bien expresivo del pánico ante lo incierto de un futuro preñado de amenazas. Los comentaristas y críticos del acontecimiento, a su vez, vienen obligados a cumplir doblemente con el deber aceptado o elegido. No se trata tanto de una dualidad o bifurcación a recorrer parejamente y con sinceridad plena; más bien de un solo camino a iluminar por sus dos extremos. Si hemos de cumplir a cabalidad nuestro propósito y función, nos esperan dos tareas inmediatas: situar, primero, el acontecimiento —la aparición de la novela— y después, a continuación, situarnos nosotros mismos. Esto último, que sabe a emplazamiento, parece inspirado en la moraleja de aquella fábula conocida: «procure ser en todo lo posible, quien ha de reprender irreprensible» pero moralinas aparte, es bien cierto que abocados al examen de un proceso histórico, y aun asomados en lenguaje y trama novelesco a su época, estamos todos los autores —cronistas, historiadores, dramaturgos, novelistas, comentaristas y críticos de sus obras— metidos en el problema y en trance de creación y re-creación, repaso y anotaciones, recuento y revisión, doctrina y tesis. Así entrevista, a grandes rasgos, la misión del crítico y comentarista, luce bien difícil; tiene que cernir y discernir, trabajar y opinar sobre realidades e interpretaciones, cosas hechas, que están ahí, libros y contenido: memorias, crónicas, diarios, efemérides, relatos, episodios, verídicos y concretos o en que intervienen la fantasía y ficción que tanto crean como disimulan y deforman; a veces. Si críticos y comentaristas son contemporáneos de lo sucedido y los sucesos, si vivieron la época, con mayores razones quedan atados a su carro y más comprometidos que están a demostrar su identidad y fe de vida. Los que vienen detrás de nosotros, estas generaciones de ahora, son más apasionadas, inquisitivas y exigentes, en lo que concierne y toca a la conducta personal enfrentada al fenómeno político cada día más extendido y agudizado, y, de consiguiente, cada vez más punitivo y apremiante incitador de curiosidad y conocimiento. Una inquietud tal que brota en los renuevos, fórmulas interrogantes embarazosas y suele preguntar a los mayores cuál fue su conducta, qué hicieron, cómo se comportaron y, más que otra cosa, qué dejaron de hacer ante situaciones y conflictos que conmovieron, hasta los cimientos, ciudad y ciudadanía, la vida civil y colectiva, estremecida y humillada. Nadie puede llamarse a engaño en esta hora del mundo ensombrecido y menos en este microcosmo nuestro, la ínsula avanzada y más jadeante del Caribe. Y no es que la sensibilidad cívica, político-social, del cubano sea suprasensible o malviva enfermiza en hiperestesia perenne; pero sí hay que considerarla muy alertada, y, sobre todo, que posee un tesoro inestimable para su uso y protección, reflexión y provecho; un maravilloso patrón de prueba, orientación y contraste: el pensamiento de José Martí, tan apegado y firme a su costado que ya es carne y esencia de su espíritu. Ahora la conclusión es bien sencilla y brota espontánea, más clara y definida si la asentamos en lo anecdótico de nuestros pueblos: cierta vez me contó en una reunión de médicos un colega regocijado, suramericano, cómo el mal uso de un gerundio había determinado en la ciudad capital de su país, y frente a un periódico una demostración violenta de enojo ciudadano, verdadero motín callejero de protesta provocado por el dislate lingüístico. Hace ya tiempo —no lo dudemos— que no basta crear o producir en nuestro medio, ni haber creado o producido en lo artístico, literario, científico; precisa y exige con ahincado ardimiento nuestra gente de hoy, y cada día más, la cifra personal del artista o sujeto realizador; el quién, cómo y por qué, insertos en toda labor esforzada; determinantes y culminadores de las más sostenidas tareas o capaces de echar por tierra, en pedazos inútiles, obras de aparente perfección y belleza lograda. Queda planteada así, la valoración ética del individuo creador, inseparable de su valoración artística, como la otra ladera que juntas, y solo al tangenciar, alcanzan la cumbre. ¿Injusta y excesiva la tabla de valoración? ¿Que no debe rezar para el artista por hombre de excepción? La excepción, inalcanzable por ser meta de perfección y aspiración suprema, sería el hombre integral o arquetipo indivisible. Lejos de ser injusta es imprescindible, y absolutamente necesaria la valoración ética. Es actual, sobre toda otra consideración, y tiene que ser consubstancial a la gente de ahora, de Cuba y del mundo; formar parte de su plasma y conciencia, apetencias y vivencias, como una función bien alta y diferenciada, inherente al discernimiento, ordenadora y reveladora en lo orgánico psíquico y vital, para que contribuya, refuerce y mejore la convivencia humana. Puede que sea menospreciada por quienes se sienten tocados y saben aludidos; acaso algunos la estimen -bien intencionados y con mayor comprensión de su hondura- resabio de tradición y arrastre viejo o caduco, porque instituido fue por la vida y conducta del hombre en el decurso de los siglos, que los más preclaros ingenios y esforzados varones de su tiempo, pensadores y filósofos, ensayistas, poetas y literatos, historiadores, matemáticos y astrónomos, músicos y pintores; los grandes creadores y mantenedores de religiones, las artes y las ciencias en general, todos o en su inmensa mayoría, parieron las obras inmortales de su genio y talento, en dolor, ostracismo y persecución, espoleados por el hambre y la miseria, aureolados por el martirio y la muerte.

Cuba entera tiene tan cerca y clavada la estampa palpitante de su arquetipo humano, que la siente y ve con los ojos vendados o cerrados; gravitan sobre ella de tal modo y para siempre, su apostolado y prédica ejemplares, sus enseñanzas paradigmáticas; han penetrado tanto en la conciencia y formación nuestra —de nuestro pueblo— la angustia y sacrificio de su vivir muriendo iluminado, tan hondamente la magnitud de su pensamiento, de su obra y quehacer revolucionarios, cabalmente cumplidos en la brevedad de su tránsito heroico y levedad de su existir orgánico, la excelsitud ética de su conducta y consagración plena a plasmar caracteres y hombres —forjadores del futuro en marcha— que resplandece su agonía de patria como ala y raíz de libertad, anunciación y símbolo. Es que viene cuajando ya, en el iris de sus valores morales, el alba sin crepúsculo de José Martí.

La aparición de la novela —el acontecimiento— se produce con el toro en la plaza, la tragedia desatada por la violencia en acción. ¿Pudo sospecharlo Enrique Serpa? ¿Alcanzó a ver cómo empezaba a oscurecerse la atmósfera, a sentir ráfagas huracanadas anunciadoras de tormenta? ¿Venteó el peligro con sus antenas de buen periodista? No sé exactamente cuando abandonó; de su libre determinación y voluntad, las playas cubanas. Me llegó el comentario de que había aceptado un nombramiento de Encargado Cultural o de Prensa en el Servicio Exterior y que se trasladaba a Francia para radicarse en Paris y trabajar en su Novela sobre asuntos cubanos. Tan ocupado andaba por entonces, con verdadero ahínco y fiebre patriótica, en las conferencias que leí en las Universidad de Oriente y Nacional, recogidas de inmediato en letra impresa con otros artículos y en folleto conjunto, bajo el titulo expresivo "Don Ramón Genio y Figura" con los subtítulos: "En Defensa de la Universidad" y "Finis Ramón"; tan impaciente que me sentí, y urgido, por fijar mi posición ante el cuartelazo madrugador y artero que nos obligaba a remontar la historia a contrapelo y en humillación y servidumbre, ante la insubordinación militar que estremeció al país, verdadero huracán desenfrenado que conduciría la nación al borde del naufragio —lo preví y quedó escrito— desarbolada y al garete. Tan metido y dolido andaba entre estos desgarradores dientes de perro, más que andanzas, que no advertí la salida y ausencia de Serpa; cuando pude enterarme más que indignación me ganó la pena de su fuga, y un recuerdo brotó de mis labios con la voz áfona, que sigue resonando, de nuestros muertos inmortales: ¡qué habría dicho Martínez Villena!

¿Queda situada la novela y recortado su novelador? ¿Destacado el momento cubano de su llegada, conocimiento inicial de unos pocos amigos y colocación en los escaparates para la vista y contacto de todos? ¿Anotado queda el impacto posible sobre la sensibilidad de sus lectores potenciales, clasificados por edades? No quiero callar que me adentré en las páginas del libro golosamente y cómo mantuvo tenso mi apetito y curiosidad objetivos, también subjetivos, de cubano que soy "de los que verdaderamente sabrán comprender plenamente…", como afirma cordialmente Serpa en su dedicatoria. ¿Acaso mi creciente interés se redoblaba en la búsqueda, más o menos subconsciente de algunos rasgos tipológicos conocidos o que reconstruyeran mi manera, comportamiento y conducta? ¿Vanidad tipográfica, de retrato o caricatura? Bien sé que no, porque carezco de aficiones coleccionistas y rechazo la pesquisa íntima, cominerías, que llevan a identificar ciertas gentes. De mi ausencia estaba más que seguro; porque no estuve, ni podía encontrarme, en el turbión postmachadista, —revolico y ajiaco, revuelo y desplome— y más que otras cosas insensatez desfachatada y mediocridad en los dirigentes, impudicia gubernativa y pillaje administrativo, insurgencia desorganización y cobardía, ambición podrida, insania de grupos acorralados dentro de sus consignas rugientes y anárquicas, detrás de sus bardas y siglas, encogimiento miedoso y pavor colectivo; todo lo que está pidiendo a gritos un ensayo sociológico de interpretación que señale y acuse, con el dedo y la pluma clavados en su participación y disfrute nefandos, la responsabilidad de cada uno. Mantuve, eso sí, una sola postura, y porque está y persiste firmada -en pronunciamientos y artículos- y afirmada en descalabros, cicatrices y extrañamientos, no vale la pena arañar en su angustia ni ahondar en sus agravios.

Esta es una novela realista y de época, que cuenta al desnudo realidades de una época, momento social y especial que empalma con su antecedente, se continúa, sin resaltos, con lo que ahora acontece y resurgirá en lo que apunta —se concita y prepara— y llegará a estallar si no lleva en sí mismo la contracandela o fuerzas antagónicas que desvíen o apaguen su agresividad; si no conseguimos o fallamos nosotros, en desesperado esfuerzo y lucha heroica, oponer las fuerzas constructivas y reservas populares —del pueblo cubano— al potencial destructivo, aniquilador, de las pasiones personales y ambiciones individuales, que sobrenadan, lo asfixian y destruyen, como una capa espesa y letal de petróleo; así no alcanzamos, a tiempo, y como antídoto único; especifico, acercar la antorcha martiana amor, consejo, interpretación, rumbo y guía; pero también látigo, guerra necesaria y lengua de fuego- y prender todo lo podrido y nocivo en la manigua creadora, prolífica y prometedora, allí donde espera la semilla crucificada, nunca muerta, de nuestra resurrección segura y esperanza cierta, en la entraña vital del pueblo cubano. Yo no soy fatalista, no acepto ni puedo aceptar, que la fatalidad o el destino ciego, incognoscible e inescrutable, rige todas las cosas y con ellas nuestras vidas. Soy materialista por naturaleza y de pensamiento, me atrae la dialéctica como método y camino más que resultado; la prefiero como proceso abierto, en desarrollo, no en sus momentos hegelianos. Aquello de la oposición de los contrarios y el "todo fluye y cambia perpetuamente; no hay un ser rígido, único e inmutable, sino una perpetua fluencia, un eterno devenir y movimiento" —esencia de Heráclito— tiene un singular encanto filosófico que lleva al optimismo. Me siento dialéctico, heráclitiano y optimista.

La novela de Enrique Serpa "LA TRAMPA" no es una obra de tesis ni contiene un mensaje entrañable, grito desesperado o advertencia febril que clama incontenible, penetrante y fiero, cuando vemos a los nuestros en inminencia o asistimos impotentes, a su despeñamiento hacia el abismo insondable, sin remedio ni término. Un soplo helado y trasunto fatal de tragedia griega; una sonrisa helada de esfinge, penetra y se apodera del tinglado, maneja a los fantoches atónitos, presos en su trampa; —paisaje y personaje— mueve los hilos el destino ciego. Es que el novelista ha permanecido ausente de su tierra durante los últimos cinco años; metido en la temática cubana de su creación; pero alejado de la realidad viva y sufriente de su patria. Se llevó en las pupilas serenadas toda una fijación fílmica, los horrores en serie y movimiento de una época que parecía arrumbada por los años. Entregado después, allá en París, a la tarea de reproducirlos con la vida y colores de su paleta realista, se mantuvo nostálgico, quizás, de su cielo y calor tropicales lejanos; pero apartado y distante del cráter que creyó vencido, sometido a la fuerza bruta más que apagado como fenómeno telúrico, también se equivocó el prosista que silenció al sinsonte de sus trinos; los poetas que permanecen fieles a sí mismos, a su ideario y visión polifacética del mundo y de su pueblo son intuidores: José Martí fue siempre el poeta enfebrecido y no se equivocó nunca, ni en la premonición de su gloriosa Muerte.

Los cubanos gazmoños, que también se multiplican en las horas turbulentas, refugiados en las incubadoras de sus credos, sentirán ante la novela y pintura de Serpa, ganas de taparse la cara —reflejo condicionado, no instintivo— o volverán la cabeza llena de apetencias malsanas —atracción de lo prohibido para menores— pero, de todos modos, comentarán su repulsión, con gestos pujados de náusea, acerca de la obscenidad de sus cuadros y figurantes; afirmarán por referencia o trasmano de lectura, sin leerla muchos, todos en situación tabú de encogimiento que esas cosas no deben decirse y menos escribirlas como sostén y fondo, y describirlas a todo color en el telar mágico de la producción y para mostrarlas, aunque estén ahí, sobre la carne como las pústulas y llagas.

Ignoro si el autor de "LA TRAMPA" ha releído y meditado, en el espacio de este lustro y ya en su francés reafirmado, la novela prodigiosa y heroica del gran ciudadano del mundo y orgullo de su patria, el inmortal Romain Rolland, vértice y hombre que a su hora y por su conducta, salvó a la intelectualidad europea de perderse toda en la barbarie de las banderías, odios y antagonismos fronterizo, histérica y rabiosa dentro del bestiario de los nacionalismos infecundos y agresivos, servidores del dinero maldito. Yo sé que Enrique Serpa ha debido acercarse, con devoción y respeto, a tan rico venero de aguas claras, a sus obras limpias, generosas y valientes, cuyo deleite no sólo reafirma los valores humanos imperecederos, si que además, y muy principalmente, nos permite recobrar la fe en el hombre, restañar la sangre que infieren sus heridas y renacer a la esperanza, con el acrecimiento de las propias energías que nos devuelve siempre al combate perenne.

Temprano que se me fue la pluma, al margen de sus páginas en acotaciones elogiosas para el libro; en la página cien, cuando culminado ya el proceso del parto se produce el encuentro y el padre "inclinando el rostro, contempló con ojos turbios el débil cuerpecito…" escribí tres palabras: "ternura limpia, diáfana" que me brotaron emocionadas. Al final del capítulo XII, página 122, cuando finaliza el tenso diálogo entre Silverio y Bebo, enfrentada casi, la experiencia angustiada, protección y consejo, a la adolescencia inmadura, resuelta y arriscada, añadí: "formidable capitulo, de mano maestra; tipos arrancados de la rivalidad viva y sangrante, cantera de la época que calcinó tantas voluntades sin rumbo". Otras anotaciones quedaron en mi ejemplar, y, otras muchas, que saltaron, siguieron de largo hasta perderse en las encrucijadas y remolinos de la novela, bajo el impulso de las ideas y recuerdos despiertos que entrechocaban lancinantes en la mente mía, cual chispas iridiscentes y trazadoras encendidas en el estrato de la subconciencia.

Cuanto aquilato el libro estremecido y estimo todavía a su autor, escrito queda a lo largo de esta cuartillas, sentida y sincera. No se produce uno así, ni rubrica comentarios tales, sin que duela en lo íntimo. Ya tuve que hacerlo antes, y padecí la encomienda que me impuso el deber al cumplirlo fielmente, por respeto a la verdad y obediencia al mandato de las voces fraternas, vibrantes desde el silencio. Fue cuando otra voluntad floja, de grandes méritos intelectuales, científicos y literarios, se escapó del costado entrañable y herido; entonces, como ahora, enjuicie su conducta y le precisé a la luz y norma que expresadas quedan, él rasero, nivelador, inflexible, que se mueve ajustado al micrómetro dentro de la tabla inmanente, invariable, de los valores éticos.

En la ocasión aquella y primera escribí, interpretando la rebeldía y protesta de nuestra juventud, el silencio y la eterna, gloria inmarcesible de sus muertos, mi artículo "Faltó una Voz". Hoy termino y firmo "La Trampa y su Circunstancia". Ambos correrán la misma suerte, seguramente, al sentirse vaciados en plomo de impresión; el primero no encontró acogida, a su hora, en las planas y páginas de periódicos o revistas cubanas; no podía encontrarla porque era certero, viril y fuerte sobre su blanco hipócrita, ambiente y cobardía. Este segundo artículo no demandará espacio inútilmente, no tocará a las puertas que sabe cerradas de antemano, y menos pedirá asilo invocando peligrosidad. Pero algún día, tal vez no lejano, podrá respirar ancho y hondo, en Cuba libre y la compañía de sus hermanos, otros muchos y todos verticales y altos, recogidos juntos para que perduren inquietos, sembrados, bajo la cubierta de un libro y prendan desde sus páginas.

Enrique Serpa es trabajador moroso, crea y se recrea con delectación de artífice que pule y repule. Requirió ambiente extraño para su novela; perspectiva lejana y dejar atrás la criolla laxitud. El taller y la herramienta en que se mueve y ejercita toda vocación apasionada queman por su hipertermia siempre, y febricitante ha de ser la tarea del artista, sin tregua ni descanso. Cuba y la hora del mundo exigen y claman ponerse a la obra. Enrique Serpa tiene ya contraído con su pueblo, más que nunca antes y por esta su última novela un compromiso ineludible; viene obligado a enhebrar la continuidad histórica de su obra, a fijar su verdad y visión del terrible periodo actual, acontecer y consecuencias. Zafado que se ha del caos y podredumbre subsiguientes a la caída de Machado debe andar en apuntes, metido en el fango, de cuanto advino luego sin transición, la zarabanda Grau-Prío con letra y música del inefable y divino Galimatías, —novela picaresca, tragi-cómica— para entrarla después "con la manga al codo" —me figuro— a la resubida de Batista, verdadero aquelarre cuartelero que no da cuartel; sobre-machadismo sin Machado; pero con injertos de púas del A. B. C; los organizadores y jerarcas del terrorismo en Cuba. Si cumple nuestro Serpa que el pueblo lo premie y lo perdone; si persiste y reincide, porque falla, que sea la voluntad soberana —demos infalibles— quien lo demande y se le exija confinado al ostracismo.

* En "En esta hora sombría". Ed. Pensamiento Político. La Habana, Mayo de 1957. Pp. 61-80.