Juntarse es la palabra… y la consigna*

 

 

Ya es hora de preguntarse seriamente, encarando los hechos políticos de ahora y ante los dramáticos sucesos que los determinan, si es cierto, y posible, que entreabran una salida valedera y viable a la crisis cubana; o si, por el contrario, asistimos —espectadores y actores— a una maniobra más o menos tortuosa y encubridora, de esas para ganar tiempo, y que solo conducen a una puerta falsa, cuando más a una gatera.

No cabe, desde luego, la interrogación de si los vientos reinantes, huracanados, que soplan desde Columbia —el cuadrante más peligroso— crean ambiente y clima propicios; menos cabe —si nos trasladamos al otro polo antagónico— preguntar a los muchachos que murieron y nacieron con vocación heroica el 26 de Julio, si están en disposición de avenirse no ya a un entendimiento, tan siquiera a iniciar conversaciones de tipo pacífico con el adversario, al que consideran en su enjuiciamiento, conjugado con miles de razones que brotan de la entraña popular, y otras tantas sinrazones violentas que trata de imponer desde su cetro jupiterino el enemigo público número uno. En este recorrido del péndulo entre su punto castrense de arrancada, representado por Columbia, y la Sierra Maestra que lo rechaza al chocar contra los picos del Turquino; allí donde alienta sin enquistamiento el 26 de Julio, se extiende todo lo otro: el sabanazo de la política al uso; verdadero erial desértico en que pastan mezquinas las ambiciones personales; tierra de nadie por la ambición fraccionadora de todos.

Claro, y tanto como el agua clara, que se está desprendiendo por madura —casi al caerse de la mata— la pregunta dominadora y principal, capaz de acallar aquellas otras minúsculas que empipan ruidosas como un croar de ranas desde su charca. ¿Qué clase de política es ésta por la que claman ahora ensordecedores, tantos pregoneros y escribidores tantos? ¿Qué piden y reclaman los voceadores de "ha llegado el momento", "a la plaza y a la calle", "todos a la política", "hay que hacer política", etc., etc. Pero ¿es que existe y persiste todavía, aceptan y propugnan, el mismo ajetreo politiquero de siempre; la mojiganga y trajín en que se mueven sudorosos los sargentos embaucadores al servicio de caciques y manengues capitolinos, emperchados en sus atuendos brillantes de lino número cien? ¿Es eso lo que añoran y quieren los sesudos editorialistas, más o menos tramitados?

En el seno del Capitolio Nacional, ostentoso de continente y vacío de contenido patrio, dentro de tanta oquedad e impotencia tanta, surgió por designio del tronador y hado supremo, Júpiter Capitolino, la ya bien conocida Comisión Interparlamentaria que el gracejo popular ha bautizado con ingeniosa sigla: C.I.R.E.P. (Comisión Interparlamentaria de Rejuego y Enjuague Politiquero o Comisión Interparlamentaria R.E.P.) dicen por ahí graciosamente, ante la que concurren y exponen sus devaneos, decires y reivindicaciones, los camajanes y mascarones de proa de la decadencia; todos los ambiciosos emboscados; pero que rebrotan a la menor rendija, para expansionarse en contorciones y desentumecer la anquilosis de sus miembros y voces hechos al micrófono sin acción. ¿Qué lindo, verdad, sería este despliegue de entretelones con sus figurantes y corifeos que entran, deponen, gesticulan o declaman, aplauden y se marchan; con su enorme telón de boca abierta y desdentada, a manera de gran buzón accesible, para depositar ayes y quejas, lamentaciones, peticiones sobre censo electoral, carnés, amnistías civiles y militares, fecha de elecciones, etc., etc., ., sobre la mueca intencionada de la boca, como una tela hinchada al viento de la reconcentración palatina, el lema de los oficiantes ¡Vengan, señores! ¡Adelante! ¡Aquí no ha pasado nada! ¡Estamos entre cubanos! ¡Hagan juego! ¿Qué lindo, verdad? Sepan de una vez tirios y troyanos, el gobierno en descomposición y la oposición fraccionada, que Cuba entera siente ya la gravidez de su liberación inminente, que tiene fuerzas -le sobran energía- para un alumbramiento nuevo y distinto. Ahora mandan los muertos, y el grito resonante de ¡libertad o muerte! que estalla en los pechos viriles y resuelto al sacrificio. ¡Delenda est Carthago! ¡Hay que destruir a Cartago! No es una frase rotunda, tan solo, que legó a la posteridad la historia de Roma; significa que en esta hora trágica de Cuba y su destino, de sus hijos más jóvenes y rebeldes, enfrentarse a todo un régimen insubordinado de tiranía sangrienta, detener su insania y romper su continuidad sin vigencia, impuesta por la fuerza de las bayonetas. Cuando todo el empuje revolucionario parezca liquidado en silencio de tumbas; -si es que la infinita potencia de la juventud pereció alguna vez o pudo silenciarse- cuando reine aparentemente una paz de cementerio, el subsuelo vibrará estremecido en gestación; pero antes, mucho antes, quedará una salida y ¡guay! Entonces de la oposición fraccionada; de los dirigentes culpables del fraccionamiento suicida, sobre sus cabezas seniles, adultas o inmaduras, caerá todo el peso de la sanción merecida y justa, y quedará castigada tanta conducta aviesa con el inri indeleble clavado a sus frentes por la cólera popular desatada.

La única política posible que asoma en el horizonte cerrado de la tierra cubana está en las manos limpias de la nueva promoción revolucionaria —la única que sabe morir dignamente— y no puede ser otra que la impuesta por su voluntad y coraje, al grito valiente de ¡fuera los políticos desvergonzados! ¡fuera los politiqueros inverecundos de la oposición! Hay que barrer todos los obstáculos y miserias que impiden la verdadera unidad del pueblo cubano para que acabe de cerrar sus filas ante el enemigo común: el desgobierno castrense y tiránico que lo degrada y humilla. Hay que obligar y sancionar a los dirigentes oposicionistas desembozados o encubiertos, que se resisten agarrados a su ambición podrida. Urge tirar por la borda a los emboscados cobardes y a los gritones de pacotilla; a todos los que preparan su vuelta, o medran y engordan con el heroísmo de los elegidos que marchan al calvario. Hay que juntar a los buenos cubanos por todos los caminos para que no sigan desunidos en partidas por las peores veredas, la única política de los otros, la que persiguen y quieren, es que todo se mantenga así, y alentar los personalismos atomizadores mientras hacen su juego y afrentan la vida civil y colectiva.

Con esta su comparecencia, colaboracionista y complaciente, que integra el manengueo versallesco y picúo, cuya expresión más nauseabunda fue el abrazo de Grau, descerebrado en reblandecimiento, con el jocundo aprovechado del inciso K y supremo mandón del Senado nativo de su Baracoa; -tremendo y cariñoso el "clinch" entre el B.A.G.A. y la causa 82, representados por Grau, y el jugoso inciso, tan productivo para Alliegro con esta asistencia luego de la invitación personal, de quienes no la declinaron, se inicia otro torneo de toma y daca y pon por mí para que me ponga yo; otro regateo y tomadura de pelo bajo el signo de las garantías constitucionales suspendidas, con los asesinatos más recientes todavía impunes; en tanto que la terraza norte palatina hierve en júbilo y amenazas veladas, y contemplan desde la altura los señores a sus siervos reconcentrados, que pasan y desfilan con sus telas desplegadas y sus alaridos cotizados.

¡Cubanos! Si la provocación y el crimen nos emplazan "juntarse es la palabra de orden" y la consigna no puede ser otra: a la unidad necesaria, a toda costa, para reconquistar la libertad.

 

 

* En "En esta hora sombría!" Ed. Pensamiento Político. La Habana. 1957: 13-18.