Gibara otra vez…*

 

Otra vez Gibara —Oriente— con su balance trágico, acrecido, de inmolación y sacrificio, con su pesadilla de persecución y muerte, de sangre y espanto; con su cacería antihumana, feroz, de hombres, adolescentes los más, de cubanos enfrentados, de hermanos divididos que no pueden odiarse, y, sin embargo, se buscan afiebrados y se matan fieramente, enceguecidos, entre la maleza y los dientes de perro, desgarradores como la ira, afilados como la pasión.

No puedo, lo sé y lo siento, juzgar esta herida que desangra a la Patria y enluta a la Nación, sin que rebroten mis recuerdos mejores, los del ayer heroico y juvenil. No podemos nosotros, los Legionarios de Gibara, enjuiciar este episodio flamígero que rubrican Fidel Castro y sus hombres, —incorporados ya a la historia y martirologio de la liberación cubana— no podemos, seguramente, sin que la angustia de su marcha inaccesible y peregrinar en acoso, nos muerda la carne ahincadamente. No podemos sin que nos envuelva y sacuda el turbión de los recuerdos y nuestra propia vida, cuando la ofrecimos iluminados, en holocausto a la libertad, cabe la Silla de Gibara, en los propios montes y serranías orientales.

No se me oculta, en consecuencia, que mi interpretación, aún objetiva, de los hechos y sucesos aciagos, que nos atormentan en sucesión agónica actualmente, tiene que ser apasionada y habrá de ser tildada de parcial, aunque coincide con el pensamiento colectivo de las grandes mayorías nacionales, del pueblo cubano entero, que sufre y espera.

Cuando uno medita como fueron las mismas causas que guían al grupo de valientes capitaneados por Fidel, las que nos lanzaron a nosotros sobre Gibara bajo el mando de Emilio Laurent —aquel bravo militar que tanto prestigió al Ejército Cubano de entonces— cuando desgrana uno el acontecer de los hechos posteriores y devana los sucesos que se trenzan en continuidad histórica, económica y política, por aflorar de la misma veta procedente de idéntico origen e igual raíz; cuando finalmente, se identifican los acontecimientos en el tiempo, en el decurso de lustros y decenios, con criterio materialista orientador, se apresa el hilo conductor que nos lleva a entender, de verdad y a fondo, el hondo sentido de esa frase que cala y se extiende en el dominio de lo popular: "la historia se repite" y de aquella otra, no menos conocida, aunque de extracción más elevada y científica: "las mismas causas producen idénticos efectos".

Pero ¿es que no estamos en presencia de las mismas causales de antaño? Cuánto se advierte tan visiblemente y, cuánto padece la ciudadanía; todo lo que es y grita desesperado; todo lo que está en el subsuelo de la tierra cubana, y exhala su queja y clama en protesta por las hendiduras y los surcos, ¿no viene de muy lejos? Pero, ¿es que son diferentes los cauces desbordados de la indignidad y humillacion a los de otrora, y distinto el alud arrasador? Acepto que haya alguna variante; los meandros no se copian, el camino es ahora más sinuoso y la plenitud castrense, más lograda, se estrecha en espíritu de cuerpo impenetrable e insensible, sorda a los ayes de su tierra macilenta y de su pueblo ensombrecido. ¿Cuáles son entonces las variantes? ¿Acaso el plan de Vento?, inoperante por unilateral y mezquino. ¿Acaso el machadismo y los machadistas —otra vez— con injertos salientes del A.B.C. —jerarcas y cultivadores del terrorismo— sin Gerardo Machado en el poder y todos aupados por el madrugón cuartelero de marzo? ¿No son los mismos hombres y apenas diferentes los collares, que se amplían y retocan a manera de entorchados? ¿No se repiten los procedimientos y se re-editan las ediciones ampliadas? ¿Qué mucho entonces si aparece y cuaja el Hombre y despliega su decoro como bandera para recoger el decoro de todos y levantarlo a la altura del Turquino?

Los médicos decimos pródromos a todo lo que amenaza; ms allá se conjugan los síntomas como expresión y vigías orgánicos del sufrimiento. Todavía son barruntos de tempestad y anuncio de estallido. Los que marchan delante se llaman pioneros; desbrozan la trocha en sangrientas jornadas y se traspasan la llama encendida, nimbados de heroísmo con la mirada en alto. Son heraldos sin miedo que parecen repetir, mientras batallan y mueren, la frase eterna que esculpió José Martí: "un pueblo que entra en revolución no sale de ella hasta que la corona".

¡Qué triste sino envuelve, como un halo de luz y de martirio, a los grandes realizadores de la Patria Cubana! ¡Qué trágico destino el suyo! ¡Cómo debieron tronchar sus vidas en plena trayectoria vital, para dejar su ejemplo! ¡Cómo los impulsaron, además, empujándolos, hasta dejar inconclusa su obra y trunca su tarea de forjadores! El más grande de todos fue el Apóstol, el más avizor de los destinos de esta América Nuestra; anchuroso y profundo en su vuelo continental que se proyectó en visión panorámica, por encima de los vértices andinos. Pero, antes y después, ¿no se cuentan Agramonte y Céspedes, el Padre de la Patria; el mismo Calixto García con su tentativa de suicidio; el más recio y hondo entre los Maceo, estirpe de titanes; Máximo Gómez, el Generalísimo y gran estratega, penetrado de inquietudes y atisbos sociales, Juan Bruno Zayas, médico y guerrero hasta su muerte en el campo de batalla; el General Peraza que vivió lo bastante —yo le conocí adentrado en los setenta— para morir asesinado en la República por los sicarios del tirano carnicero Gerardo Machado; y tantos y tantos capitanes del heroísmo y la bravura? ¿Qué decir de los contemporáneos? Quedarán para siempre clavados a la cruz de su ideal, indelebles en la conciencia de su pueblo, Mella, Guiteras, Chibás y ahora Fidel, de su Oriente los últimos, que bien merecen todos como pedestal granítico, los contrafuertes en que se empinan señera y dominante, la Sierra Maestra. Mis votos porque sea tallado algún día —cuando Cuba sea libre— y en bajo relieve grandioso entre sus palmas de gloria, el grupo escultórico que los reúna como las figuras arquetipos de nuestra generación sacrificada.

Fidel Castro, tan notorio es que no puede negarse el fenómeno, ha despertado la vocación heroica de la veintena —la muchachada que lo sigue enfervorizada— y tal contagio colectivo, que sobrepasa hacia arriba e irrumpe desde abajo y más temprano, el límite arbitrario de los años fijados, significa un estado de conciencia nacional y una temperatura revolucionaria tan altos y extendidos, que urge tomarlos muy en cuenta y sopesar toda su hondura y contenido, como que ha tramontado la podredumbre ambiente y rescata para sí la bandera de la Revolución en marcha, apretándola contra su pecho sangrante al tiempo que la alza de la escoria en que yacía.

Los padres cubanos, todos los padres, ya saben que magnetiza y atrae la dedicación de sus hijos y no pocos sufren la herida, el desgarramiento del contagio, en sus propias entrañas. No cuentan los padres descastados que niegan a sus hijos por temor; frente a ellos se agiganta la figura entera del médico bayamés que no acepta separar el cadáver de su hijo de sus compañeros muertos, unidos por el mismo ideal, y sólo pide que los entierren juntos pero con sus botas puestas. Ya conocen los padres que no se trata de un juego de muchachos, que no están jugando sus hijos con soldaditos de plomo, porque también tiran plomo los soldados y tiran a matar.

Desde mi cuarto de enfermo, con un catéter metido en una vena y recibiendo suero —modalidad nueva que permite el movimiento de ambas manos— es que estoy terminando personalmente esté articulo. A punto ya de sufrir una prueba quirúrgica que pudiera quebrar mi naturaleza de manera definitiva y total, o influir sobre mi pensamiento posterior, parcialmente y de algún modo, me interesa asomarme ahora, aunque sea festinadamente, con la prisa del penúltimo minuto que impacienta una arrancada distinta, al sentimiento dominante y bullidor que palpita en la conciencia de los hombres de mi tiempo, —los que permanecen limpios y fieles a sí mismos— en la mente de los cubanos que no traicionaron a lo largo de su vida, los postulados ardientes de su juventud y se mantienen alerta en su trinchera de ideas acechando el futuro y prestos a la acción con las armas de su palabra y de su pluma, con el ejemplo de sus vidas templadas al resplandor de los sucesos que empurpuraron de sangre todo el tiempo que les tocó vivir; la vida entera, atormentada, de la generación nuestra.

Mi pensamiento y toda mi intención, en este minuto urgido y solemne de mi existir, recoge el mensaje fraterno de los que fuimos expedicionarios del "Elsa Vormaüer" —Legionarios de Gibara— a Fidel Castro y todos sus valientes: ¡Salud, compañeros! También nosotros fuimos abandonados y luchamos contra el ejército de entonces, contra todas sus fuerzas y armas de tierra, mar y aire; peleamos con denuedo y sobrevino lo inevitable, la derrota. La frase histórica de Francisco I "todo se ha perdido menos el honor y la vida" parecía el epílogo de la epopeya nuestra; pero contribuimos a ensanchar la brecha que sacudió, como los movimientos sísmicos de nuestro Oriente, al tirano cobarde. Ya mostraron, muchachos, hasta la saciedad, todo su coraje y hombría. Cuando todo se ha perdido -si es que se ha perdido todo- capitular no es rendirse; significa cerrar un capítulo de exaltación y heroísmo, un bello capítulo, y disponerse a empezar por el principio. No se pierde ningún impulso para reconquistar la libertad y liberarnos del oprobio; de aproximaciones sucesivas, como el oleaje perenne, se gana la orilla y alcanza la cumbre.

Los hombres limpios -no quedan muchos de mi tiempo, ni tampoco abundan en los posteriores- les rinden a los bravos, en gesto de reconocimiento y como expresión gallarda de acatamiento, la inclinación de su bandera, ceñida al mástil recio de una conducta honrada, para la dignificación de la Patria Cubana.

Atención, Fidel Castro y sus valientes, a las palabras de José Martí, que aun restallan, como el trueno, sobre la manigua heroica y creadora: "Un puñado de hombres empujados por un pueblo logra lo que logró Bolívar… Pero abandonados por un pueblo un puñado de héroes puede llegar a parecer, a los ojos de los indiferentes y de los infames un puñado de bandidos".

* En "En esta hora sombría". Ed. Pensamiento Político. La Habana. 1957: 21-7.