Camagüey y su tuberculosis: comentarios generales,
nacionales y locales entorno al problema*

 

 

Las cuatro de la madrugada y me despertó la tuberculosis. Esta vez la culpa es de Camagüey porque me desveló, apenas entre abrí los ojos, el problema camagüeyano. Pero ¿qué magnitud o cuáles dimensiones taladran y concretan el problema tuberculoso de Camagüey para que así me preocupe, y más ahora, cuando ya no me concierne en lo sanitario ni pesa sobre mí la responsabilidad de resolverlo? ¿Por qué no te encojes de hombros y frenas la imaginación, te vuelves del otro lado o cambias tu decúbito —qué dicen los médicos — y tratas de reanudar el sueño? Este sería, sonriente, el consejo de mi dulce compañera de haberla incorporado a mi desvelo despertándola para que me hiciera café; —felizmente ni tomo café en ayuno ni tiene el sueño leve esta esposa mía, que si sonríe cuando le interrumpo su dormir copioso.

Lo grave del problema tuberculoso de Camagüey es que no se conoce en esencia; es decir, en sus componentes esenciales, y, entonces, resulta una hipótesis; pero toda hipótesis verificable experimentalmente está dejando de serlo, y aquí está Camagüey y precisa situar aquí: en el terreno experimental de verificación —pesquisa y comprobación— con su tuberculosis encima o acuestas, como lo prefieran, mas siempre adentro, a toda la Provincia camagüeyana.

Una de las cosas más graves de esta Cuba nuestra —la que era antes y se va transformando— es la carencia de estadísticas. No me interrumpan para hablarme del Banco Nacional o el Tribunal de Cuentas porque "me pongo bruto" y grito melodías con inicial mayúscula. ¿Para qué estadísticas? dijeron todos los desgobiernos que siempre manejaron la cosa pública y los dineros de procomún en su provecho. Claro que incluyo al viejo Grau, su discípulo y camarillas respectivas, con muy contadas excepciones personales escogidas con pinzas. No me tienten ni me desvíen; que estoy hablando de asuntos muy formales, tocantes, nada menos, a la salud colectiva y del soberano: el Pueblo de Cuba. Decía, y continuo, que no hay estadísticas en lo general; pero que ni asomos de estadísticas sanitarias, en lo particular y concreto.

Hablo naturalmente, de estadísticas serias, actuales en el tiempo y cabales en su expresión y juicio; vale decir con el máximo de exactitud posible en el dominio de las ciencias biológicas. Todo esto, así definido, significa, en dos palabras, estadística vital; aquella que se realiza hoy en todos los países civilizados y mediante la utilización adecuada de máquinas especiales —I.B.M. o de cualquier otra marca— perforadoras; tabuladoras, etc., y con tarjetas apropiadas en su confección, texto y textura. Como nuestros flamantes Ministros de Salubridad fueron siempre, casi siempre, médicos pillos y militantes activos de la pandilla de Alí Babá y sus cuarenta seguidores; pero ignorantes de que existe una ciencia sanitaria con Doctorado y todo, borla, bonete y toga de graduación; como desconocieron —¿para qué habían de saberlo, si eso ocupa lugar en las neuronas?— que existe toda una ciencia nueva por contemporánea: la Sociología Sanitaria, además de la Epidemiología y otras cosas no menos precisas; como todo fue así, consecuentes con su manera y conducta, se regodearon de tipos escogidos, tan chatos que no sobresalieran un milímetro el rasero nivelador del señor ministro y tiraron por la borda a los muy escasos en números que sabían y estudiaban las materias apuntadas. Para completar el paisaje arrumbaron las máquinas —que sí hubo alguna vez— y dejaron de pagar, o se robaron, la cuota correspondiente: las firmas que las representaban mandaron a recogerlas, y aquellas que ya eran propiedad de algún sector o departamento sanitario —como en el bautizado erróneamente Epidemiología— se fueron oxidando, muertas de risa, por el tiempo.

Ya me desvié otra vez y en brazos de la estadística científica esta vez, por la necesidad que tengo de correlacionarla con todo Camagüey y su tuberculosis. Ya puedo adelantar mi criterio, a estas alturas del preámbulo que entiendo visible en toda la llanura de la provincia camagüeyana, que el problema de su tuberculosis exige conocer y aplicar antes —previamente y para descifrarlo con guarismos— los métodos estadísticos más aproximados y certeros. Aquellas personas bien intencionadas, y suman legión hasta integrar la mayoría, desconocedoras de estos asuntos que no tienen por qué saber, por mil razones justificadas, vienen obligadas a opinar de manera simplista y concluyen su argumentación con la mente puesta en el hecho objetivo: si existen enfermos, muchos o pocos, y los dos únicos Dispensarios que alcanzó Camagüey en el reparto, —F. Biosca en la Capital y J. Olazábal en Ciego de Ávila— con todo y ser tan pocos y mal dotados, dicen que los hay en sus datos pobremente recogidos; si existe un Sanatorio aparentemente terminado y espléndidamente equipado en la ciudad capital ¿por qué no se ocupa con los enfermos que atienden ambulatoriamente aquellos Dispensarios y se permite que transiten y diseminen la enfermedad a su alrededor? ¿No están ahí vacías doscientas camas, en espera de cumplir su función?

Como se ve y deduce por la simple lectura, los argumentos parecen tener validez y fuerza; lucen convincentes y no menos persuasivos. Objeción elemental, de menor cuantía: Le interese al Gobierno revolucionario conocer la valoración crítica, por unidad de obra, del edificio —continente— y además, cuanto se pagó por el equipo —contenido—. Conclusión: el montante del robo perpetrado; porque estoy seguro que la cantidad sustraída bastaría para mantenerlo trabajando a plenitud no menos de un año. Otra objeción de mayor cuantía: No es cierto que el Sanatorio esté terminado porque olvidaron los jugosos contratistas resolver cumplidamente —como era su deber— el grave problema de las aguas de albañales; los detritus todos del establecimiento. Creo haber hablado y discutido ampliamente, apasionadamente, el asunto en la propia ciudad, y mostré mi preocupación hasta el punto de haber invitado a una comisión de expertos que sí fue a Camagüey como representativa de su firma acreditada, y sí hizo un estudio de conjunto sobre el terreno, que le ha servido para desarrollar su proyecto acabado y discutido en mi presencia, con el ingeniero señor Fantanilla, persona muy competente en materia de ingeniería sanitaria; todo permanece en la espera de que se celebre la oportuna subasta dentro de los términos legales, abierta a todos los competidores que aspiren o quieran concurrir. Tal era la situación como estaba al presentar mi renuncia al cargo que me confió el Gobierno de la República cuando lo estimó oportuno y conveniente a los intereses de la patria y su gloriosa revolución libertadora. Conviene aclarar, antes de proseguir, que encargué al Ministerio de Obras Públicas, bien tempranamente en el tiempo, el estudio y revisión de las obras realizadas y que le fue encomendada al arquitecto señor Néstor Carrión Herrería. Recientemente y ante su demora inexplicable por los meses transcurridos hube de llamarlo y me afirmó que tenía listo, para elevarlo, el informe correspondiente. Nada más he sabido.

No soy partidario de abrir el Sanatorio sin una orientación muy clara y más claro concepto de su función. Si fuese inaugurado mañana para recibir a todos los que esperan entrarían en plétora permanente de inmediato, y las listas de espera interminable sumarían cientos y cientos de enfermos desesperados, de internamiento imposible, porque no menos del 70 por ciento de la arribazón inicial —los que llegaron primero tumultuosamente y ya están en sus camas— estaría constituida por enfermos crónicos y avanzados que vienen a quedarse largo tiempo. El Sanatorio entra así, desgraciadamente, desde el principio de sus actividades, en la etapa lenta y de tónica dormida en que han vivido todos los otros desde que abrieron sus puertas al servicio público. Sostengo responsablemente y estoy dispuesto a defender la tesis dondequiera y frente a quien se atreva a oponérsele —quienquiera combatirla— que en este momento de la vida cubana y de la endemia tuberculosa en nuestra vida, no pueden ni deben continuar ingresando en los Hospitales Sanatorios, en tan gran número, enfermos avanzados que llegan a completar, y desbordan generalmente, las dos terceras partes del cupo posible; menos debe tolerarse, o puede uno permanecer impasible, frente al hecho disparatado de que se repitan tamaños errores en un Sanatorio de nueva creación en inminencia de apertura. Hay que oponerse ya, de modo firme, a que tenga acceso y logren ingresar una gran mayoría de los enfermos que se presentan y quieren internarse, porque esta situación llevada al tope y aún sin alcanzar la plenitud; con solo un índice que se me ocurre llamar de saturación, hoy en vigencia, significa rutina en el orden institucional y determina en todos los establecimientos y servicios un estado y condición endémicos, por continuidad en su mantenimiento, de encefalitis letárgica o enfermedad del sueño. Cuando las camas en su gran mayoría están ocupadas por enfermos avanzados la función del Sanatorio —su mecánica y fisiología— se echa a dormir a pierna suelta y reposa en letargia un largo sueño.

Quisiera y quise para el Sanatorio de Camagüey otro destino y una vida dinámica. Para empezar por el nombre, aún sin riesgo de encender polémica y sin querer, y menos pretender, rozar tan siquiera la exquisita sensibilidad del pueblo camagüeyano, lo habría identificado con la vida y muerte excelsa de aquel médico fusilado en la entraña misma de su tierra natal y bien amada ciudad: el corazón de la Vigía. Muerte y vida la del Dr. Antonio L. Luaces Iraola sublimada en heroísmo y fervor patriótico insuperables; ayer, cuando las cargas legendarias, y hoy, cuando la Revolución Libertadora fatigó el martirologio a golpes de proezas increíbles.

Este cambio de nombre fue una sugerencia de un camagüeyano sin tacha a quien de veras quiero y respeto Don Abel Marrero. Luego de este recuerdo emocionado y permanente a la memoria del vigía imperecedero de su Camagüey, me habría esmerado con toda firmeza en que las doscientas camas prestaran un servicio renovado que oscilara entre 600 y 800 pacientes por año. La consigna cerrada: por cada cama tienen que pasar no menos de tres enfermos y hasta cuatro. La contradicción aparente con todo lo anterior desaparece cuando aclare que este tipo de enfermo tan ágil que es capaz de saltar curado de su cama en tres o cuatro meses, existe en gran cantidad y en cualquier parte; el quid está en hallarlo buscándolo, ya que, generalmente, no acude al Dispensario ni va al médico por una razón muy sencilla: no se siente enfermo ni presenta síntomas —tuberculosis inaparente— o porfía y se aferra a que solo tiene catarro o un estado gripal. Aquí entra en escena una gran conquista de la medicina moderna y su inseparable rama y compañera, la radiología; empiezan a trabajar los medios y equipos de pesquisa que comprenden la foto-radiografía, Ph. R. para sintetizar con lenguaje internacional de contracción o siglas.

Ya vamos adelantando sin desvío y queda apuntada la identificación de las dos clases de enfermos tuberculosos en momentos diferentes del curso evolutivo de una misma y sola enfermedad: uno al que hay que encontrar; no pocas veces ya es avanzado cuando se descubre y fatigó el contagio en su hogar y centro de trabajo, sin descuidar la barbería, logia, café, etc., lugares que frecuenta, donde habla con pasión de política, tose sobre los demás y expectora con inaudito descuido. El otro es el que se presenta y busca protección y apoyo porque se siente enfermo; va al médico o concurre espontáneamente al Dispensario especializado y allí —consulta privada o dispensario público— obtiene el diagnóstico que precisa, además, la extensión y profundidad de sus lesiones pulmonares. La condición del enfermo adelantado no quiere decir incurable; pero sí más lento en el proceso hacia la curación; por consiguiente, tan pronto como recibe la etiqueta —se la clavan— que dice, con más o menos subterfugio, moderadamente avanzado o avanzado, siente un mazazo en el cráneo y empieza su calvario y peregrinar. Lo que tiene por delante no es carne sobre su carne macilenta, y cuanto queda detrás: trabajo y hogar, un terrible impacto y peor trauma. ¡Qué vacías y estúpidas parecen las palabras —impacto y trauma— literarias y técnicas; qué absurdo este léxico cuando cree reflejar y quiere interpretar la angustia humana!

La inmensa mayoría de estos enfermos no consiguió ingresar nunca —alcanzar una cama— porque la espera en el supuesto turno de una supuesta lista fue siempre infinita; carecía de contactos o palancas el supuesto enfermo en las llamadas esferas oficiales de entonces: palacio, militares y policías de rango entre los mandones y asesinos, políticos adictos al régimen podrido; etc. Por otra parte el vaciamiento de lechos en los Sanatorios lo manejaba, generalmente, la capitana muerte. Para colmo de males existió siempre un tipo de enfermo, abandonado a la suerte muchas veces, graduado de pillo no pocas, que se hizo parásito hospitalario y vive como quiere; entra y sale llevándose la cuchara o dejándola marcada —como se dice en lenguaje carcelario— y regresa por debajo del telón cuantas veces se le antoja. Esto último sépase —mi posición invariable— no es asunto ni incumbencia de la policía; pero sí un viejo padecer orgánico y más viejo arrastre de todos los establecimientos hospitalarios cubanos, generales y nacionales o especializados y locales. Tiene este viejo padecimiento su cura y salida adecuadas; pero hay que conocerlas y saberlas aplicar, cosas estas que desconocen casi todos nuestros médicos y directores de hospitales. La salida y cura es un tratamiento humano y social que en el libro de Kiefer tiene anotadas y comentadas más de setecientos títulos bibliográficos; tiene la cura y salida, compañeros médicos y directores de hospitales, mucho de sociológico, no poco de elementos psicológicos y psiquiátricos, trabajo social del bueno en abundancia, y otras cositas bien trabadas, que no sueltas, y se llama, en el caso específico de la Tisiología, bien estudiada y mejor orientada, nada menos que: Rehabilitación Vocacional de los Tuberculosos.

Me va a replicar alguno —seguramente— más o menos desteñido ya, pero manchado indeleblemente con salpicaduras y disfrutes del régimen batistero; alguien incapaz de polemizar abiertamente, que su réplica será pura elaboración mental; intentará decir en voz baja y en su círculo familiar que no han cambiado tanto las cosas, dolores y escenas, angustias y dificultades, para los ingresos de los enfermos. Yo le tiraría a la cara, a mi supuesto opositor, todo el aquelarre de pillaje y miseria, robos y malversaciones más que comprobados, que dejaron tras de sí tantos canallas y granujas, tantos cuyo arquetipo —si pudiera existir un arquetipo entre los rufianes— lo es mi antecesor, ese todavía doctor J.J. Castillo que no ha manchado aún el paredón de fusilamiento ¡tan bien ganado que lo tiene; mucho más que no pocos criminales de guerra! Tengo emplazado al Juez Especial que conoce de su causa y quiero seguir confiando en su magistratura, hombría y rectitud ante la Justicia, pero que no se escape este delincuente común y temo que se escape cualquier día.

Que Camagüey se libre de todas estas miserias y tropiezos; que sea un espejo, donde pueda mirarse, y un ejemplo a destacar en la organización de su lucha antituberculosa provincial y local; que respondan unánimes todas sus comunidades en pié de pelea, convocadas por el clarín de lucha antituberculosa llamando a sus ciudadanos; que estructuren, cuanto antes, localmente una O.L.L.A. (Organización Local de Lucha Antituberculosa) en cada Municipio donde exista o se vaya a crear un Dispensario. Mi propósito, luego de estudiar el problema sobre el mapa de la Provincia con el censo de población en la mano y el asesoramiento técnico de mi colaborador ejemplar e impar, Dr. Luis Pascual Gispert, en estas materias, fue crear los Dispensarios de Florida, Nuevitas, Guáimaro y Morón —por lo pronto— discutimos a Santa Cruz del Sur, pero su baja densidad de habitantes nos hizo desistir hasta otra oportunidad. Que cada comunidad se interese ahincadamente por cada enfermo suyo, de su lugar y límites; que respalde y apoye al Dispensario, lo critique en su labor y obligue a trabajar para que no se convierta en una cosa muerta, burocrática y de rutina, que lo mueva a salir y proyectarse sobre su demarcación sanitaria y social; que levanten ambos y parejamente sus respectivas tareas entrelazadas y vayan a la emulación con los términos próximos; Guáimaro con Victoria de las Tunas -la población a repartirse y cubrir entre los dos es enorme —Morón contra Ciego de Ávila, Florida ¿por qué no? Con su capital, ayudada al Norte por Nuevitas y movilizada por las caracolas que recogen el triste rumor de los taínos idos para siempre. Todos estos términos tiene que ser registrados paralelamente por las unidades móviles de pesquisa, que dirán su palabra de orden alertando, y hasta aterrorizando, cada rincón para que concurran sus habitantes y no quede nadie, por encima de 15 años, sin hacerse una foto-radiografía. Sobre las ruedas incansables de cada unidad móvil marchan la salud y la vida; el derecho a la salud que es anterior y previo al derecho al trabajo y al pan; porque sin salud no puede perdurar ni la Reforma Agraria, norte y arcoiris de la Revolución gloriosa y soñada. Camagüeyanos —no lo olviden— hay que registrar a Camagüey de punta a punta, de norte a sur y este a oeste, para tener en las manos y poder manejarlo adecuadamente, el índice de prevalencia tuberculosa, un índice piloto bien realizado, que permita echar las raíces permanentes de la estadística vital de la Provincia. Con solo tres unidades móviles funcionando a todo tren se pueden hacer en Camagüey —sin agotamiento— treinta mil foto-radiografías mensuales; y me quedo muy corto sin subestimar el esfuerzo. Sepan los camagüeyanos que con solo una unidad móvil trabajando, y una más que se incorpore al final; todo bajo la dirección del Dr. Arnaldo Coro seguido de sus pocos hombres, y casi sin dinero, se cumplió en Oriente, sin prisa; pero sin tregua, una tarea ímproba: 9433 foto-radiografías hechas al Ejército Rebelde —oficiales y tropa, policías y reclutas— que se descomponen en la siguiente forma: Mando Norte: 3462, Mando Sur: 5971. El gran total se integra en la Operación Celia Sánchez con lo hecho en La Habana, donde nos falló, muy al principio, la cooperación que demandamos desesperadamente; no obstante se alcanzaron estas cifras: Managua: 1587, San Antonio de los Baños: 1167, La Cabaña: 1810, Campamento Libertad: 312, Total en La Habana: 4876. La Operación Celia Sánchez quedó interrumpida por mi renuncia; pero sus cifras están ahí y permanecerán, para orgullo de la Revolución Cubana, como lo que representan y significan: el único trabajo —que yo sepa— hecho en el mundo sobre un ejército guerrillero que llega triunfante y domina una capital con su heroica presencia y sus maneras limpias, urbanas y gentiles; que no con desmanes, atropellos ni fuerza. Un ejército glorioso, fatigado de su epopeya hasta rendirla, un tanto desnutrido, naturalmente, pero enhiesto como las palmas nuestras y batiendo al aire su penacho de victoria. Los muchachos que se comprobaron enfermos de tuberculosis reposan en su pabellón y están allí tan bien atendidos, que no ceden en cuidados —ni mucho menos— a los que prodiga a sus tuberculosos la Veteran's Administration de los E. U. El pabellón que alberga a nuestros veteranos lleva el nombre de un médico mártir, Mario Muñoz inmolado en el Cuartel Moncada. La tarja que lo recuerda está por develar; mas el Dr. Pedro Baeza dispuso que así debía llamarse y se llamará así mientras Baeza, capacidad, ejecutoria, dignidad y prestigio, se mantenga como Director insustituible al frente de la Colonia Luis Ortega Bolaños en el barrio de "Cangrejeras".

La sacudida violenta que van a experimentar las comunidades camagüeyanas luego de conocer el resultado de su pesquisa no va a ser menor —ni puede ser— que la conmoción sufrida por Banes en la medida que colaboró eficazmente a la búsqueda e identificación de sus enfermos y se enteró de su incidencia tuberculosa —la más alta hasta ahora de Oriente—. Se examinaron 6889 personas de su población civil con 115 diagnósticos positivos. Índice de 1.6 %. En Bayamo el resultado fue el siguiente: 5060 exámenes foto-radiográficos con 47 casos de enfermedad positiva y 15 de otras patologías; índice de prevalencia igual a 0.9. La diferencia abona a favor del Dispensario situado en Bayamo que no tiene Banes. En total se han hecho en Oriente quemando las etapas, en tiempo record y con una unidad, por las dificultades y roturas de la otra, trabajando en la población civil 12427 foto-radiografías con índice de 1.3 %.

Cuando entren a funcionar las seis unidades fijas de las capitales de provincia, y las de Marianao, Cienfuegos y Holguín, por su densidad de población; cuando seis nuevas unidades móviles se unan a las dos únicas que encontré, no será difícil superar la cifra de un millón doscientas mil foto-radiografías; meta a cubrir en diez meses a contar de la fecha de arrancada con todos los equipos listos. Como la investigación tiene que ser periódica, sistemática, y cada año más amplia y ambiciosa, hasta cubrir y proteger anualmente a toda la población del país, habrá que prepararse en lo técnico, personal adiestrado y unidades bastantes, tanto como agitar la publicidad, para aligerar el paso y ganar tanto tiempo perdido —un lustro por cada año de batistato— en estos ingratos caminos de la lucha antituberculosa.

El Sanatorio Dr. Antonio Luaces —si no se opone Camagüey— ya estará terminado y en disposición de recibir enfermos. Su planta de purificación, último modelo, agotadora de los procesos biológicos y químicos más adecuados y eficientes, le dirá al pueblo camagüeyano, y a las fuerzas vivas locales con igual resonancia —preocupados todos que viven por su higiene y salud— como tienen que hacer algo similar aunque de mayor magnitud y pronto, allá por los Inglesitos, donde convergen y se unen las peligrosas aguas, pestilentes y putrefactas, del Hatibonico y el Tínima luego de su recorrido amplio y serpeante por la entraña de la vieja ciudad y sus barrios.

¿Qué enfermos deberá recibir de entrada y complacido el Sanatorio? ¿Cuáles primero y como norma a seguir? Creo haber contestado tales interrogaciones, pero no me duele abundar y menos reiterar mi criterio. Si vale mi consejo, que ya no puede ser mandato, diría: debe la institución mantener abierta siempre sus puertas y capacidad de internamiento para los casos más curables que se descubran en el curso de toda pesquisa local y provincial; tiene que vaciar sus camas cada tres o cuatro meses y organizar el seguimiento y vigilancia (follow up) de sus altas con todo rigor —con la policía si fuere preciso— porque no puede permitirse que se malgaste dinero y tiempo; pero viene obligado, asimismo, a buscarle salida decorosa a las que produce o dicta aquí de la rehabilitación vocacional, insertada en el tratamiento desde el primer día del ingreso.

¿Qué intentaba hacer y cómo me proponía orientar a los otros enfermos; a todos los demás que forman una legión interminable y nutren impacientes las llamadas lista de espera? Sería una crueldad intolerable no tener de antemano una respuesta para estos miles de cubanos dolientes; sería, igualmente, una imprevisión y desaguisado graves en el orden sanitario y más grave delito cometido en agresión a la higiene social. La respuesta, claro está, no puede ser simplista ni razonada por el método absurdo, que suele ser bueno en geometría, nunca en medicina preventiva y menos en higiene social; tiene que desarrollar la respuesta, contener y poner en práctica, un plan viable, articulado y hacedero.

No pudo olvidar, para situarme correctamente, que no soy ya el funcionario público encargado y responsable ante la doctrina y acción revolucionaria de tan graves cuestiones y espinosas tareas. De todas maneras y siempre, sería imprescindible para adelantar una contestación categórica o fórmula explícita, conocer antes la aceptación posible, o disposición y conducta a seguir, por el Gobierno Revolucionario frente a estas verdades que considero esenciales. Primero: La lucha antituberculosa tiene que unificarse total y nacionalmente liquidando, de una vez, la dualidad desintegradora que existe y persiste. Precisa integrar una sola premisa y lucha verdadera y científica, de dos falsas atomizadoras. En conclusión: o está demás la llamada "Jurisdicción Autónoma de Topes de Collantes" —organismo artificial que fue creado para facilitar el robo— o sobre el engendro fascista denominado "Consejo Nacional de Tuberculosis". Ambas excrecencias tienen que fundirse en una Dirección General, dependiente del Ministerio de Salubridad, o vaciarse en una estructura o super-estructura de correlación estrecha aunque verdaderamente autónoma. Segundo y principal: La organización que se erija, llámese como sea y dependa de quien dependa, tiene que disponer de fondos suficientes cuyo montaje no baje —ni puede ser menor— para los dos próximos años de doce millones de pesos anuales. Estimo mi deber de hombre, revolucionario y médico hecho al estudio de la tisiología y su concomitante, la higiene social, afirmar que en ninguna otra rama de los conocimientos humanos, sin excluir las ciencias políticas y económicas, creo tan valedero y eficaz aquel principio de J. Stuart Mill: "Descentralizar el poder y centralizar el saber" que en los dominios, extensión y proyección de la ciencia tisiológica. Las palabras del idioma original que sientan el principio de Stuart Mill dicen así: "The principal business of the central authority should be to give instructions, of the local authority to apply them. Power may be localised, but knowledg to me must useful must be centralised".

Que no se llame a engaño el Gobierno de la Revolución, porque el problema de la endemia tuberculosa entre nosotros es todavía un grave problema que afecta seriamente a la vitalidad del cubano y puede entrar en fase epidémica ahora, en que grandes o medianos núcleos de población indemnes, se ponen en contacto, entremezclan, o conviven, con habitantes de otros lugares, pueblos y ciudades, que tienen un índice alto de prevalencia. La situación de miseria y desempleo, desnutrición carencial y hambre global que uno comprueba cuando recorre la provincia de Oriente, es otro factor a considerar, y muy propiciador a brotes y eclosiones de tipo agudo en lo personal y anatomopatológico; de contagio acrecido en lo colectivo, grupos y colectividades humanos.

Necesita Cuba, con urgencia, no menos de ocho mil camas para sus enfermos pulmonares y no puede inventarlas de la noche a la mañana.; pero hay que prestarle atención y darles asistencia, pronto y como sea, al mayor número. La solución inmediata está en asistirlos y ayudarlos en sus propios hogares mejorados higiénicamente: construcción de una habitación apropiada para el enfermo donde fuera imprescindible, aplicación del método inglés (rehousing) o de transferencia domiciliaria; separar del seno familiar a los contactos inmediatos en peligro de tuberculización, los niños a los preventorios provinciales o locales que se creen; (en el nuevo presupuesto aparece incluida la fundación de un Preventorio en cada provincia) ayuda alimenticia en especie o muy restringida y vigilada en metálico; proteínas mejor que dinero; facilitarles cuanta medicación necesiten, no extravagancias del médico; por no decir: "chivos" o recetas no éticas (el departamento de Farmacia se estaba preparando —maquinaria y equipos— para saturar los renglones todos de fabricación y producción de drogas en todas sus formas —ampolletear, tabletear, etc., etc.,— y satisfacer todos los pedidos, brindarles asistencia médica en su domicilio, periódica y especializada por los médicos designados entre los que trabajan en los Dispensarios y mediante sobresueldo; por médicos libremente elegidos y pagados por unidad de trabajo, en las localidades carentes de centros dispensariales. Que no les falte nada en ningún sentido y palpen la mano protectora y vigilante de su comunidad social, de su O.L.L.A primero, sin dejar de sentir como se extiende a todos los que sufren y tienen hambre de justicia, la concepción nueva y revolucionaria que ha frutecido ya en la tierra de Cuba libre porque informa todos los actos y decisiones de su gobierno y la profesan sus gobernantes todos en el dominio de la Higiene Social y en el más vasto campo de las Ciencias Políticas y Económicas; una concepción revolucionaria y nueva que levanta los valores humanos por encima de todo otro interés —siempre deleznable— y la vida plena y digna del cubano, saludable y feliz, como la meta a realizar y el mayor bien a conseguir; como el ideal de su República guiadora del destino de la América Nuestra y realizadora del pensamiento inmarcesible de José Martí su Apóstol iluminado e inmortal.

Que Camagüey y Cuba entera oigan mi consejo y no lo desdeñen. Está inspirado en el bien de la Patria, dolido del sufrimiento colectivo, lo dicta un afán quemante de ser útil y de servir a Cuba desinteresadamente, con sacrificio y desesperación. Lo he demostrado cumplidamente en los pocos meses que desempeñé un cargo de confianza, llamado por la Revolución. Yo sé cuanto hice y como trabajé sin descanso. Al tomar posesión, designado por el Dr. Martínez Páez, Ministro al que no conocía ni de vista, le dije desde lejos —abrumado que estaba en su despacho improvisado y bajo una montaña de aspirantes— acepto complacido de sus manos un mandato del pueblo, y como soy piloto de tormenta me voy a laborar; ya estoy en funciones. Y no paré hasta el final, jinete de un potro brioso —sin bridas y sin estribo— porque aquello era un hueso y había que comer un cable pelado. Maridaje indecente del peor pillaje y latrocinio desenfrenado, desorganización administrativa, —como en todas partes— caos e impudicia; todo eso y más, era aquello pomposamente llamado "Consejo Nacional de Tuberculosis". A la entrada del edificio, y para atestiguar lo que bien me sabía, en un círculo de granito coloreado, en el suelo un simbólico haz tipo Littorio— expresión del fascio vocinglero— coronado en lo alto con la inscripción de las letras capitales C.C.E.S.B. (Consejo Corporativo Educación, Sanidad y Beneficencia) y en su límite inferior registrado el año maldito de fundación: 1936.

Todo fue así en su inicio y desarrolló, trompetería vacua y gárrula de las tentativas fascista, orquestación de metales ensordecedores sin contenido ni asomo wagneriano; el final tenía que ser como fue porque lo fascista y el fascismo llevan a la guerra; destrucción y muerte; bien que lo probó Strachey en su conocido ensayo: "Por qué el fascismo conduce a la guerra". A mayor abundamiento de hechos y datos hube de escribir mi tríptico titulado: "Raíces de Topes de Batista", en el que disequé, hasta los puros huesos, el Sanatorio monumento que se erigió el tirano "ad majorem Batista gloriam" A. M. B. G. Como sabemos los cubanos todos, por haberlo padecido, el maldito Consejo Nacional de Tuberculosis formaba parte de la desfachatez global que integró en sus entrañas el Consejo Corporativo de Educación Sanidad y Beneficencia; pues bien, el segundo ensayo de mi tríptico: La tuberculosis y el fascismo, está dedicado a desentrañas, explicar y probar con antecedentes de primera mano tomados en su fuente de origen —las revistas italianas de la época dedicadas a la lucha antituberculosa— toda la podredumbre del sistema, y, no menos, de sus colaterales derivados —el batisterismo indecente, con todas sus fechorías fue uno de ellos, guiado por intelectuales canallas y aprovechados como Juan J. Remos y comparsa, loado con estrofas picúas y literatura barata de almibarados elogios, por la caterva de pillos, sometidos y bribones, que cuenta entre sus figuras más destacadas a los Sosa de Quesada, J. J. Castillo —tisiologista de operata— y Octavio Montoso, el conocido internista y reconocido batistero de la peor laya. —Cuánto se ha utilizado la tuberculosis para hacer mala política, y cómo se explotó a los tuberculosos para hacer política fascista, en Italia y Cuba, está bien demostrado y escrito en páginas miles y piedra labrada; los Sanatorios Benito Mussolilli -di la Porta Furba di Roma- y General Batista de Topes de Collantes, en el barrio de Guaniquical, son pruebas irrebatibles no solo de que se fatigó la piedra, también de la megalomanía estúpida y afán de perennidad, teatralidad escénica y encanallamiento moral, que carcomió la vida pública y privada de ambos "ganster" y tiranos asesinos: uno, "il capo di goberrno" en su Italia desangrada y gimiente; otro, el sargento-coronel-general, y émulo de pacotilla del primero, en Cuba martirizada. El Sanatorio de Topes cumplió su destino -recorrió el ciclo histórico obligado que anticipaba su erección- y fue malversado en millones de pesos, para destinarlos a comprar aviones de propulsión a chorro, bombas, equipos y metralla. Convertido al final en fortaleza militar, fue rendido por las fuerzas guerrilleras que comandaba Gutiérrez Menollo, creador del frente del Escambray y único hijo varón que le restaba a sus padres, el Dr. Gutiérrez Zabaleta, médico exilado español, y su esposa adolorida; los dos mayores murieron inmolados por la libertad.

Llego así al final de esta jornada y recuento: una mirada de conjunto, casi panorámica, sobre asuntos y problemas actuales de nuestra endemia tuberculosa, tan explotada con fines políticos desvergonzados y socorrida para explotadores y logreros; gentuza del poder público —presidentes y ministros— y no pocos médicos sin conciencia que la trataron mal y maltrataron a lo largo y ancho del áspero camino —jalonado de ignominia— recorrido hasta ahora por este vivir republicano desmedrado y torpe. Uno se pregunta: ¿Por qué había de ser diferente la orientación estatal médica e higiénica, aunque se trate de la más social de las enfermedades? Pero ¿es que hubo alguna vez una dirección coherente y científica, organizada, responsable, planificada y capaz en materia de salubridad, higiene social, pública y privada, sociología sanitaria, epidemiología, estadística vital, etc., etc., en nuestro medio cubano? ¿Qué decir de la salubridad rural? Todo ha sido uno y lo mismo en todos los órdenes de la vida nacional, y aun a riesgo de extenderme vale la pena echar una ojeada retrospectiva y general de interpretación que abarque, más o menos, los últimos cinco lustros; todo un cuarto de siglo.

Manejada la República por gobernantes sin escrúpulos, atentos a su aprovechamiento personal —suyo y de los suyos— cada vez más en el tiempo; desacreditados las organizaciones y partidos políticos que ayudaron a desprestigiar el sufragio, inficionado de compraventa y pucherazos o corroídos por el cáncer de la penetración manu-militari; frustrado el impulso renovador de la tentativa revolucionaria de los años 30, secuestrada finalmente en los cuarteles apenas abrió sus fauces el ciclo batistero de la primera época —33 al 44— que cierra en apariencia, sin afianzamiento ordenado y firme al funcionamiento eficaz de un sistema democrático, hasta entonces inoperante, la Asamblea Constituyente del 40. Posteriormente, y alejado Batista del escenario nacional al término de su mandato, no logran recomponerse los vestigios de aquel amanecer en que insurgió la rebeldía juvenil para desensillar al asno con garras Gerardo M. y M.; no consiguen aglutinarse las fuerzas ya dispersas y fragmentadas, y entra Cuba en el crepúsculo que precede a su larga noche de pesadilla y horror.

Adviene Grau San Martín al poder —mascarón de proa de la peor decadencia— pacheco de la estulticia, dómine del retruécano, senilidad sin geriatría posible, mezcla increíble de pirueta, contorción, esguince y chiste. Partidario acérrimo del dejar hacer dejar pasar, (laissez faire laisser passer) su período tan esperado por los ingenuos que confiaron en unas supuestas dotes de estadista iluminado, se caracterizó por contradictorio y versátil, inconexo e intrascendente, tanto como su cacareada cubanidad pintoresca y castiza, amén de una muy subida pillería tropical que no pudo prever el autor genial de las novelas ejemplares y menos el de Guzmán de Alfarache, libros clásicos de la picaresca y los pícaros españoles. Aquellas pillerías fueron el origen de la causa inconclusa número 82. El período de Grau San-Martín, contorsionista más que acróbata, pareció en todo momento tan disperso e irresponsable como depositario y mantenedor de la sobada frase: "después de mí el diluvio".

La descendencia de Grau el inefable resubió todos sus vicios; edición aumentada sin enmiendas. Fue un cuatrienio de autentico relajo con música descoyuntada de relajo auténtico; introdujo la etapa y predominio hermanísimos, de odioso recuerdo, y preparó con su inconsciencia y libertinaje, el estallido y recurva del usurpador ambicioso: un minúsculo 18 Brumario en nuestra historia desatado por el napoleón de bolsillo que fue Fulgencio Batista, el sanguinario tirano, asesino y ladrón.

Los restos a la deriva de aquel movimiento idealista y revolucionario, obra que fue de mi generación sacrificada, se estremecieron indignados ante la nueva acometida y el secuestro remachado, cuando ya lo habían escarnecido y mutilado quienes debieron robustecerlo y conducirlo: los desgobiernos que su ímpetu condujo al poder. Esta vez sí que se aprovecharon bien las fuerzas oscuras, regresivas y bárbaras del militarismo, de su indefensión y su letargia compelidas desde el poder desprestigiado, para maniatarlo en los cuarteles y silenciar su espíritu soterrando su voz acusadora.

De cómo pervivió su espíritu y siguió resonando su voz limpia en la noche cerrada, lóbrega y sombría, amenazadora y cruel; de cómo el mensaje acrecido y multiplicado se hizo carne y conciencia —para siempre esta vez— de nuestra juventud y nuestro pueblo; de cómo resurgió la esperanza y echó sus raíces el nuevo movimiento realizador, para irrumpir en la vida cubana al conjuro de un hombre, de su magnetismo personal y voz imantada llamando a las armas para el combate necesario; de cómo fue la guerra —se hizo y se mantuvo— hasta alcanzar la victoria final fatigando el heroísmo en culminación de epopeya y jadear de proezas siempre superadas para liquidar al enemigo común: el ejército mercenario de una satrapia abyecta; de cómo amaneció en Oriente para hacerse visible en matices de aurora invencible por su empuje másculo, el alba de la Revolución libertadora; de cómo se hizo este milagro —se plasmó y realizó— y cómo vivimos ahora esta vida radiante, grávida de futuro inmediato, libre y liberada, alegre y feliz; todo ello pertenece ya a la historia en marcha, esta que estamos tejiendo y escribimos como actores y partícipes activos con la motricidad de nuestra acción, la responsabilidad de nuestro comportamiento ciudadano y la calidad de nuestra conducta pública y privada. Pertenece ya todo a la historia patria, de Cuba redimida, que se integra en Nación libre y soberana —sin enmiendas, interferencias ni coyundas— por el coraje de sus hijos y la voluntad indomable de su Pueblo. Resplandece —eso sí— en la historia de ahora, de mañana y para siempre, la figura cumbre y representativa, impar y cumplidora, verdadero arquetipo y realizador de la Revolución Libertadora: Fidel Castro, envuelto por el halo de luz de sus hombres y mujeres seguidores y la fidelidad combatiente de sus comandantes, oficiales y soldados. La pirámide descansa, por su base inconmovible, en el Movimiento 26 de Julio —aliento y reserva— pero no menos tiene que descansar en la entraña y tuétano fieramente apretados —férreamente trenzados— del Pueblo Cubano, indiviso y único.

Ya expuse en tres largas cuartillas, pero bien ceñidas, cuánto me rebrincaba del caletre en calentura a los signos y letras del teclado; cosas y hechos del ayer nauseabundo, de ruindad y espanto, en cuyo estercolero, y como rechazo de su fermentación asfixiante, floreció una promesa efímera de exaltación revolucionaria. A continuación relaté, sucintamente, sucesos actuales relucientes y fecundos, fuente y origen del proceso revolucionario en desarrollo certero que se expande y afirma velozmente ante nosotros, nuestros propios, ojos asombrados que lo ven crecer y las manos nuestras extendidas y tensas en afán de palpación y ayuda. Luce esta incursión y apartamiento de mi discurrir como una fuga del tema principal y su encabezamiento, y sin embargo, todo concurre y tiende a esclarecer y está todo bien ligado porque nos acostumbraron a pensar en el tiempo, y como, acerca de la tuberculosis y sus problemas médico-sociales en términos políticos —de baja ralea política— con el lenguaje deslenguado y los modelos y giros peores de todas las épocas, y cuidado que fueron pésimas, tan en boga y uso que estuvieron los abusos del charlatanismo pseudocientífico para encubrir mercancías averiadas por mercachifles y ladrones médicos y no médicos, tan hábiles y desfachatados los manejos para extorsionar, explotar y robar, los dineros del pro-común destinados a mejorar, cuidar y atender la salud y la higiene populares o cualesquiera otro quehacer, obra y procedimiento, enderezados en sus fines al bienestar colectivo, mejoramiento social u ordenamiento de la riqueza nacional con sentido humano y no de lucro, intención distributiva justa y cristiana y no atesoramiento cerril enfermo de avaricia; ese campo antagónico en que se enfrentan hoy en aquellas democracias como la nuestra taradas de colonialismo —semicoloniales— latifundismo y monocultivo —semifeudales— y penetradas de la peste imperialista —capitalismo financiero estrangulador— ese vasto escenario en que pelean, de una parte la denominada libre empresa (laissez faire laisser passer) del dejar hacer dejar pasar —hasta el contrabando— y el estado organizado en nación que trata y lucha por imponer las normas y principios elementales que sirvan a una regulación adecuada y cuya expresión más simple puede definirse así: función social predominante de la riqueza al servicio de la comunidad nacional.

En cuanto llevo escrito señalo pautas locales —provinciales— a cumplir previamente si existe el firme propósito de ir al fondo del asunto: sentar las bases más sólidas para el desarrollo paralelo en todas las comunidades camagüeyanas de una lucha antituberculosa científica y dinámica, extensiva e intensiva, que se proponga como meta interesar a la ciudadanía, hasta crear una conciencia sanitaria, y organizarla en escala municipal mediante la estructuración de sus O.L.L.A. —Organización de Lucha Antituberculosa— respectivas. He destacado lo imprescindible que resulta, para llenar a cabalidad estas tareas y finalidades, la utilización de la foto-radiografía (Phr) con toda amplitud y rigor y la aplicación y mantenimiento continuados de la estadística vital. No menos he procurado sembrar ideas, que regalo a voleo, y hacer sugerencias de carácter nacional, y quise adelantar cifras, inéditas hasta ahora, de una tarea cumplida con esfuerzo mantenido, labor dura y original —la Operación Celia Sánchez en las filas del glorioso ejército rebelde— de la que me siento orgulloso y satisfecho; quiero, finalmente, dejar constancia en estas páginas de mi gratitud, médica y revolucionaria, para todos los colaboradores entusiastas que trabajaron sin tregua ni fatiga por el bien de la Patria y la salud de sus conciudadanos. Debo resaltar dos nombres entre los médicos, ya citados con anterioridad y elogiosamente, Luis F. Pascual y Gispert y Arnaldo Coro del Pozo. Entre los no médicos un solo nombre representativo de todos los otros: Francisco Martínez Orihuela, Jefe de Despacho de la Dirección General de Lucha Antituberculosa. Muchas gracias a cuantos ayudaron a la tarea conjunta, desinteresada, cordial y generosa.

 

 

* Publicado en folleto: "Camagüey y su tuberculosis". Edit. Cenit S.A. La Habana. 1959.