- Y pasaron dos meses …
Lectura para Fidel*

 

 

Hace hoy justamente dos meses que el Consejo de Ministros tomó el acuerdo, muy loable, publicado poco después en la Gaceta Oficial, de conceder un millón doscientos mil pesos —sobrantes de la Jurisdicción Autónoma de Topes— para iniciar un plan de lucha antituberculosa en escala nacional, a tono y ritmo con los nuevos rumbos revolucionarios; es decir, dinámico, extensivo y penetrado de las esencias —ciencia y conciencia— que nutren ahora el anhelar de nuestra vida colectiva.

Ni que decir tengo la alegría que experimenté por entonces allá en Santiago, donde me encontraba ajetreado en mi quehacer y ruta de echar los cimientos firmes de aquella tarea en el seno de las comunidades sociales de mi Provincia. Me había dado por entero a la dura labor de alertar, frente al enemigo común, a los poblados y ciudades. Quería poner en pie de pelea, y enlistar para la cruzada necesaria, a todas las fuerzas vivas, moribundas y hasta muertas, de cada localidad. Dejar fundada en cada municipio una organización de lucha activa, y como las llamadas Liga abundan y brotan por doquier, tanto que ni la verdolaga espontánea, decidí que se llamaran ollas, O. L. L. A., sigla de Organización Local de Lucha Antituberculosa. La abreviatura, por lo demás, tiene fuerza expansiva y fervor. Una Liga expresa aglutinación de voluntades dispuestas para un fin común en tanto que una O. L. L. A., conlleva el calor y celo ardiente, circunscriptos, de una comunidad geográfica resuelta a luchar por su vida y supervivencia; la salud suya y de sus hijos. Las Ligas se agitan y recaudan periódicamente, aunque trabajen todo el año; la O. L. L. A. permanece al fuego y cuidado de sus habitantes; trabaja socialmente para sí misma y resuelve su problema; el problema de su tuberculosis.

A mi paso por los pueblos de Oriente, desde Baracoa hasta Victoria de las Tunas, casi en el límite de Camagüey, hablando en todas partes horas y horas y proyectando películas que me facilitó la Biblioteca Maceo-Lincoln de Santiago; a mi paso, repito, se movieron muchas personas generosas, comprensivas y abiertas; representativas de no pocos sectores y organizaciones locales, desde los comisionados municipales y grupos religiosos hasta los sindicatos, colegios profesionales, masones, rotarios, leones, liceums femeninos y sociedades de toda índole, negras y blancas. Todos y todas recogían mis palabras, articuladas en mensajes de lucha, como un clarín que llama al combate necesario contra la más social de las enfermedades: la tuberculosis. En todos los lugares encontré acogida, apercibimiento y mejor voluntad. Quería y quise, afiebradamente, doblar el número de Dispensarios en Oriente; crear los de Palma Soriano, Baracoa, Victoria de las Tunas, Banes, Sagua de Tánamo, Gibara y Puerto Padre, además de los existentes en Santiago, Guantánamo, Holguín, Manzanillo, Bayamo y Mayarí, que había visitado anotando sus deficiencias de equipo y trabajo para satisfacer sus necesidades. Quería y quise que todos, los envejecidos y los nuevos, levantaran parejo —como reza el lenguaje popular— hablaran el mismo idioma técnico y no carecieran de nada; que se vincularan estrechamente al pueblo y al momento revolucionario sirviendo a su comunidad social, que fueran capaces y eficientes, activos e idóneos; leales a los principios rectores y normas científicas, responsables y honestos, que ahora informaban los nuevo rumbos y trazaban los caminos nuevos.

Así andaba yo en labores de roturación, preparando el suelo, terreno y semillas; sabedor de que el subsuelo era bien propicio, cuando me llegó la noticia complementaria y esencial: la cesión del crédito pedido. Cuál sería el alborozo que apuré mi vuelta. Ya tenía el dinero necesario para trabajar a todo tren y materializar los sueños ensoñados sobre la dolorosa realidad de Oriente y su tuberculosis. Y pasaron dos meses muy largos que se cumplieron hoy.

¿Qué sucedió con el crédito legalmente concedido? No lo sé todavía. Que si Topes anda en retraso, que si el Banco Continental, que si el Ministerio de Hacienda no sitúa, que si el Tribunal de Cuentas no autoriza. Lo verdaderamente cierto es que no dispuse una sola peseta del millón doscientos mil acordado por el Consejo de Ministros para mi sector. No puedo creer —no lo creeré nunca, aún con las pruebas en la mano— que hubo intención deliberada de perturbar mi labor y sabotear mi obra; pero sufrieron los tuberculosos y se perjudicó el pueblo por una demora estúpida y sin justificación posible. Confieso que me indignan estas bellaquerías y cuánto me duele —como una herida en carne propia— el padecer evitable de un enfermo cualquiera; mucho más, hasta la exasperación cuando se trata de los enfermos pobres, carne del pueblo, que se entregan confiados, con su dolor y su esperanza, al cuidado de los servicios públicos: hospitales y sanatorios del Estado. En los tiempos idos, y hasta enero de este año, todo sucedió y acontecía todo en contra de los débiles y desposeídos para aumentar su angustia inenarrable; ahora que terminó su agonía y entramos en una vida nueva no pueden suceder ciertas cosas sin esclarecerlas y estrangular a los culpables por acción u omisión.

La frase lapidaria que esculpió Karl Marx en la portada misma de la vida económico social; que tanto vale decir vida humana. La frase genial y antológica: "La violencia es la partera de la historia" esta doblada en su reverso por esta otra, sencilla y humilde; pero no menos cierta aunque sea mía: la burocracia es la carcoma de la democracia, y, más aún, de las democracias revolucionarias. ¡Que se cuide Fidel y la Revolución que encarna de esta burocracia nuestra inficionada y podrida!

Cuando advino lo otro y entró en escena la crisis ministerial; la remoción de su cuadro dirigente y dirigido que Fidel decretó, yo cumplí con mi deber como siempre y como siempre me repetí la misma frase, ajustada al cargo que me designaron: He trabajado como si fuera a ser Director General toda la vida que me resta, y he vivido como si tuviera que irme todas las mañanas, con las manos limpias y la frente alta. Consecuentemente presenté mi renuncia, que se barruntó antes y venía cuajando ya. No fue asidero la coyuntura ni aproveché 1a escampadita, que llovían granizos de sorpresa; me adelanté, en solidaridad, a una caída inesperada qué nos arrastraba a muchos tras de sí. No puedo decir que fue un dictado de amistad con el Ministro dimitente, ya que no lo conocía cuando me designó y no tuve tiempo ni ocio amable, en lo adelante, para cultivar su trato. Acepté, gustosamente y sin reservas, su jefatura por considerarlo el médico más representativo de su clase profesional entre los dirigentes del Movimiento 26 de Julio, y el valor médico más destacado de la Revolución; después me demostró cumplidamente, y en todo momento, su calidad humana y celo patriótico en el cumplimiento de sus funciones.

Cierta vez —hace poco tiempo— hablando ocasionalmente con Fidel, no lejos del lecho donde yacía su hijo gravemente herido, me preguntó por qué no escribía y le contesté que estaba muy ocupado en mis trajines revolucionarios y organizativos de una lucha antituberculosa distinta y nueva, adecuada al momento y situación cubanos. Aproveché para decirle que mi urgencia de movimientos, largos en distancia y rápidos en tiempo, exigía la adquisición de un helicóptero, por cuanto la carretera obligada y el auto presto me resultaban lento para visitar 28 Dispensarios y crear 16 más amen de los Sanatorios y Hospitales bajo mi inspección y responsabilidad. Me interrogó risueño a continuación: ¿Quién te niega el dinero? Nadie —le respondí— pero ninguno me lo sitúa. Añadió —ya en retirada— que lo resolvería el próximo Consejo de Ministros. Mientras tanto el Sikorski de dos camillas y cuatro plazas se ha quedado en Miami, esperando a su dueño potencial que no alcanzó a ser quien lo pidió.

Ya estoy disponible Fidel, tan disponible que mis mañanas quedaron vacías. Ahora sí que puedo escribir tanto como escribía para defender la causa de Cuba, y, no menos, tu causa —fundidas en una sola— cuando todos callaban por miedo a nombrarte. Ignoro si conoces que reté entonces públicamente y por la prensa escrita, al célebre bandolero y ministro de gobernación de su general, no menos bandido y asesino, al gran Santiaguito, para polemizar televisadamente sobre el momento y la problemática cubanos. Copio de " El Mundo" en su edición del martes 11 de junio 1957: " …pero yo si puedo, ahora y todavía, mientras no me silencie el Dr. Rey con los poderes alargados -ilegalmente extendidos- de su ministerio "pechar"con su señoría, y como me interesa y defiendo cuanto esté en antagonismo y se enfrente a las vivencias y querencias —no diré ideario ni credo— del señor ministro, le voy a plantear una polémica encendida al Dr. Rey, siempre que me ayude: Si consigue por sus facultades ilimites, mi comparecencia ante un programa de TV., conjuntamente con la de vuecencia, y me permite sugerir el tema, indicaría este título: "Raíces, contenido y extensión, del movimiento denominado fidelismo como encarnación del ideario y los ideales juveniles". "El señor Ministro puede elegir otra titulación a su gusto y para sustentarlo; decidiría el panel cuál tiene la prioridad, o —mejor aún— si discutimos en sucesión ambas proyecciones:- de futuro —la mía— y pasado, la de su excelencia". No se materializó esta polémica que rehuyó Santiaguito; pero me salió al camino aquel can, voraz y flaco, que fue Otto M. [Meduelo] y resubí el escándalo hasta acallar el faseario ladrido de tan inmundo sato. Todo ello, y mucho más, está recogido en un volumen escrito, publicado y vendido bajo la censura y con acompañamiento de suspensión orquestada de las famosas garantías. Todo el mundo callaba en aquella hora sombría, y mucho más permanecieron en silencio los mismos que forcejean ahora por colarse y se meten por debajo del telón, goleteando por puestos y tragándose ministerios con voracidad que da náuseas.

Ahora vas a ser tú, Fidel, quien no tiene tiempo para leerme, y mucho menos tiempo naturalmente, para releer algunos capítulos y ensayos de mi libro; aquel que difícilmente pude alcanzarte un día en el Hotel "Riviera" cuando pasabas como una tromba por mi lado, envuelto y cegado por tus seguidores entusiastas y aislantes. Te protegen y cuidan, felizmente, los hombres probados de la Sierra Maestra; la gente humilde que fatigó el heroísmo.

 

 

* Junio 22 de 1959. Publicado en folleto: "Camagüey y su tuberculosis". Edit. Cenit. S.A. La Habana , 1959.