Con mi nombre no… ¡Granujas!
-Lectura para Fidel-*

 

 

Ya anda esa gentuza, miserable y contrarrevolucionaria, tratando de acercar mi renuncia —como si fuera una brasa— a la sardina podrida de sus peores intenciones. Con mi nombre no, y mil veces no, infrahombres de la vileza; caballeros de la ruindad más infamante, esclavos de su dinero y de los peores intereses, anti-cubanos y contrarios al bienestar de nuestro pueblo. Estos ciudadanos de sus respública y aprovechados de siempre, que pintó de mano maestra y a su hora, el Gran Viejo Gómez —el Generalísimo— desde el portal de una casa de vivienda en uno de los tantos ingenios de Occidente; estos tipos contrahechos y retorcidos —a lo Moratín— andan por ahí aglutinándose para defenderse —así proclaman— mientras echan mano y procuran atraer su putrílago a todos los perjudicados que se creen, rencorosos, cultivadores de pasiones míseras, resentidos y envidiosos que pululan como la mala hierba; agarrada que pretende quedarse a la hondura del surco, maldiciente y putrefacta, cuando el tractor de la Reforma Agraria la voltea y pone sus raíces al aire, luego de romperle la columna vertebral y sus posibles asideros.

Apenas conocieron de mi renuncia al cargo que ostentaba en el Ministerio de Salubridad, cuando aún no se conocían los términos de su aceptación, ya se movieron los complotados de la ignominia para armar jaleo y hurgar en el caso. Hay defensas que matan y esta es la más certera en su tiro de gracia; la trayectoria es bien clara en su afán de crear confusión y contribuir al socavamiento del régimen, mermando su prestigio por todos los caminos de la prensa amarilla, la radio noticiosa, los papelitos volantes insidiosos y anónimos, los comentarios en voz áfona que se multiplican dolidos y cuajados de interrogaciones rastreras: ¿Qué te parece? ¿Leíste los periódicos? ¿Oíste a fulano? Después, y a continuación, las sentencias: Así paga el diablo… Dios ciega al que quiere perder… Figúrate tú cuando se devoran entre sí… El pobre fulano, tan capaz y honesto y ponen cara y gesto de condolencia… La mascarada toda de los miméticos y simuladores, mascarones de proa y eunucos decadentes removidos por el empuje másculo de una Revolución verdadera —que sabe cuánto quiere y adónde va, hasta dónde tiene que llegar ahora, en esta coyuntura internacional— y que no pueden comprender los miopes y los cocuyos, los homúnculos y sietemesinos de espíritu, con toda constelación menor de poseedores soberbios y cretinos enriquecidos. Una REVOLUCION que no puede ser para la piara mansa de los palaciegos batisteros, aquellos loadores miserables que acudían como borregos a prosternarse ante la bestia, batiendo palmas mientras recibían órdenes: hacendados, colonos, industriales etc., etc., —el anonimato de los etcétera— con sus camarillas dirigentes. Todos relucientes, con atuendos de lino y tocados del clásico Montecristi; agonía de los pobres indios ecuatorianos que los tejen al precio de sus ojos para regodeo de estos ricachos y latifundistas de oropel y mala ley.

¡No granujas! Ni con el nombre mío ni en mi nombre puede atacarse solapadamente este hecho histórico, inmarcesible e inmanente, que ahora vivimos a plenitud —sin coyundas ni interferencias— todos los cubanos genuinos que amamos nuestra tierra y no pedimos otro goce que morir pegados a sus terrones sedientos, más que de lluvia vivificadora, de justicia social distributiva. Si, canallas, morir desangrados y heridos defendiendo cada pulgada, palmo a palmo, para su legítimo dueño: el pueblo que la trabaja y la suda y hace producir; cada pulgada y uno a uno los terrones —de azúcar o de tierra, que es lo mismo—. Cuando de tierra colorada se empurpura más la tierra con los glóbulos fecundos de la sangre nuestra; si es negra la tierra tanto mejor, por la conjunción de sangre y duelo, imperecedera e indeleble, que fundió los gloriosos colores del 26 de Julio.

Esta gentuza que agitó mi nombre y quiso aprovechar mi caso no son cubanos y menos me conocen. No son cubanos por pobres hombres y mujeres que los siguen, atentos a su norte y rumbo del verso clásico: "Madre yo al oro me humillo" "él es mi amante y mi amado". No son cubanos por pobres hombres incapaces de entender el mensaje de esta hora maravillosa. Los ciega el alba rosácea de la Revolución cubana, y más los ha cegado el poseer y atesorar sin medida ni término. No saben de la angustia y miseria que generan y se extiende a su alrededor como planta maldita; no oyen los quejidos de los que sufren y mueren; no escucharon los gritos rebeldes que venían cuajando mientras disfrutaban los favores y mercedes del tirano sanguinario; no han sentido nunca la mordida feroz de la desnutrición, las enfermedades carenciales y la tuberculosis, en su carne ni la de sus hijos. Son incapaces y los serán siempre, por impermeables al dolor y la agonía de sus hermanos, de compartir y distribuir cuanto les sobra y su riqueza con sentido nuevo humano y social, que no tiene nada que ver con la piedad y menos con la humillante dádiva limosnera, penetrada de residuos antagónicos a la verdadera esencia del cristianismo y del hombre que fue Cristo.

No me conocen, porque conocer a un hombre es haberlo seguido en su trayectoria vital, cuando de un hombre público se trata, naturalmente; es saber su vida y como lo ha vivido en continuidad de conducta y comportamiento, resalto de proyección, o fallas y grietas negativas y negadoras. No intento destacar mis valores posibles, presentarlos en análisis de autovaloración y sobre —estimativa la misma cosa— que sería ridículo. El Pueblo Cubano —con mayúscula esta vez— único a quien me debo en todas sus manifestaciones, y totalmente cuando entra en Revolución y la corona, como ahora, sí que me conoce y sabe de mis desvelos por servirlo; los enfermos tuberculosos todos no me conocen menos, y aprendieron, a lo largo del tiempo, cuanto me preocupa el problema económico-social de la tuberculosis, que es su enfermedad y su calvario; como me ha inquietado siempre en el orden de la salubridad general, nacional y social, porque mantuve siempre la doctrina, dentro del ideario nacional revolucionario, de que era necesaria una conmoción profunda —casi una sacudida telúrica— y vuelco de las normas y leyes que rigen la vida económico-social de los pueblos y países; una concepción revolucionaria, en fin, que transformase por su imposición la vida de las sociedades humanas para acercarnos a su erradicación y suprimirla. Un gran higienista, Etienne Burnet, del Instituto Pasteur y Secretario de la Comisión de Tuberculosis en la Sociedad de las Naciones, escribió en uno de sus libros, párrafos definitivos al definir las enfermedades sociales y correlacionarlas con la higiene social. Veamos "La enfermedad social no es tan difícil de precisar y definir como se ha sostenido. Una enfermedad es social: primero, en la medida que los seres atacados viven en grupos más o menos densos y solidarios los unos de los otros; su densidad y solidaridad añaden a los caracteres biológicos de la enfermedad, caracteres epidemiológicos que determinan la extensión, la tenacidad y la evolución; segundo, la enfermedad presenta caracteres especiales determinados por el hecho de que la sociedad está y permanece dividida en clase o categorías que difieren las unas de las otras por los medios de existencia, de los cuales dependen los medios de resistencia a la enfermedad, particularmente a la tuberculosis".

Prosigue Burnet: "A la enfermedad social corresponde la higiene social que es: primero, una higiene de masas cuya aplicación no puede asegurarse por el individuo ni por la familia; segundo, una, higiene que, teniendo muy en cuenta la desigualdad económica de las clases, en una palabra, el hecho de que hay ricos y pobres, compense, desde el punto de vista de la higiene, las desigualdades. Se puede afirmar que la higiene social consiste en la igualación de las clases en relación a la salud". Estoy bien seguro, y me permito afirmarlo, de que estos conceptos medularmente revolucionarios, compartidos, sin objeción, por los hombres de bien y los médicos cultos, de conciencia y ciencia, no puede ser interpretados, ni entendidos, por los cocuyos y miopes, sietemesinos de entendedera, de nuestra clase adinerada y de copete, encalabrinada que anda y maldiciente, porque la Revolución está tocando a la puerta de su portamonedas y propiedades.

En todas las latitudes y momentos de la historia humana, la clase poseedora ha luchado hasta la muerte, con todas las armas que tiene y cuantas alcanza a conseguir por todos los medios, para ocupar el poder, mantenerse en su disfrute, o situarse en respaldo y apoyo a su vera y rescoldo. Pelea, en una palabra, por su pervivencia y manejo de la cosa pública en su provecho, desde que logró su desarrollo en el curso de un largo proceso -todo un ciclo histórico- y elevó su rango a rectoría desplazando a las fuerzas oscuras del medioevo mediante su revolución, aunque persisten todavía, enquistados en sus últimos reductos, restos feudales; España, por ejemplo, y otras etapas, agresivas y bárbaras, arrastran todavía, por tierras de la América Nuestra, el anacronismo indecente de sus garras clavadas en la entraña de sus pueblos esquilmados y tristes: el colonialismo sojuzgador y su amo y protector, el imperialismo capitalista —monopolista y financiero— con su perro de presa, como extensión obligada, militarismo y tiranía. Todo el calvario interminable de los pueblos latinoamericanos, nuestros pueblos de origen hispano- lusitano en su ascendencia blanca, entremezclada con los aborígenes y la sangre negra palpitante de sus esencias africanas: melanosis y selva, pigmento y ambiente geográfico, misterioso y sinfónico.

Si van a guerrear los poseedores con todas sus armas, y apelarán ante su amo, llorando como intervencionistas; si van a buscar alianza y contacto con los batisteros y el batisterismo maldito, para que intente recomponerse de su descalabro y destrozo; si van a pagar a terroristas mercenarios y otros asesinos a sueldo para cometer atentados personales y toda clase de fechorías ¿qué mucho entonces que se acerquen a los vendepatrias, contra-revolucionarios, resentidos y ambiciosos de toda laya, ensayen y practiquen campañas, y se muevan en los bajos fondos del estercolero, como gusanos y alimañas vapuleados por la Revolución? Pero que la tónica revolucionaria no admite grietas y el impulso de sus guiadores es invencible y va derechamente a su meta; nada ni nadie podrá desviarla ni torcerla; la conduce un piloto iluminado en las alas gigantes de su Pueblo. ¡Adelante y por Cuba hasta la muerte!

Ni en mi nombre ni con el nombre mío, canallas; ¡que yo soy un hombre de la Revolución!

 

 

* Junio 26 de 1959. Publicado en folleto: "Camagüey y su tuberculosis". Edit. Cenit S.A. La Habana, 1959.

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