En torno al VI Congreso Médico Regional*

 

 

Escribir para HOY s siempre un placer, multiplicado cuando de salud pública se trata, y como ahora nuestros médicos se preocupan de la salud del soberano —el pueblo— y prima en sus reuniones y congresos esta preocupación, bien vale el esfuerzo reseñar, y más porque fue un acontecimiento, este VI Congreso Médico Regional celebrado bajo los auspicios del Consejo Científico Regional de Salud Pública de Las Villas y el Colegio Médico de Santa Clara, en su Universidad Central y Escuela de Tecnología.

La fecha señalada y cumplida con horario ajustado, los días 14, 15 y 16 del mes actual. El lugar, un remanso y centro de estudios donde se trabaja ahincadamente con fervor socialista de Patria liberada. Asistentes, un grupo nutrido de compañeros de la ciudad capital de su provincia y del orbe villareño alteroso y gentil, que delimitan Matanzas por el oeste y Camagüey por el este, por no decir Oriente y que me tilden de apasionado regionalista.

Vinimos a La Habana, antes de seguir adelante, un grupo de funcionarios del Ministerio de Salud Pública, del Consejo Científico Nacional, de profesores de la Escuela de Medicina y, todos nosotros, invitados, nos llevamos muy provechosas enseñanzas porque de verdad aprendimos.

El temario balanceado, bien escogido y diverso, como que se ve y palpa que los compañeros organizadores adelantan de veras en planificación inmediata, seguimiento y, no menos en emulación, porque no me desmientan, existe la intención, y bien que se adivina, de retar constructivamente y sacarle un largo de canoa, a las otras provincias desde el centro, que, debo declararlo en justicia, se ha endurecido como es, y tienen sus competidoras que apretar la boga para que no luzcan a la zaga villareña.

El temario todo fue desenvuelto con altitud científica y conducta socialista, sin "magister dixit", engolamiento, egocentrismo, sesudez o sapiencia impertinentes, con sencillez, modestia y método expositivo depurados, con pruebas diagnósticas de laboratorio, radiografías, exámenes, acabados y convincentes con dicción clara, y, lo más prometedor, abundaron en mayoría, médicos jóvenes entusiastas, apercibidos, y con esa tónica de cubanía nueva, gozosa, vibrante, peleadora, enhiesta, que a mí, el menos joven, me mantiene tenso, porque voy al encuentro del quinto ta-ta-ta, los setenta, como una metralleta engrasada, en ráfaga y retozón.

Aconteció, en una de las sesiones de la tarde —el viernes 14— un suceso tan ganado y ejemplar, estimulante y lozano, que me colmó de júbilo. Fue cuando Mario Rivera Ortiz, cirujano todo él, de cuerpo entero, aunque ceñido al tórax, y, dentro, ya, hecho y entregado al rescate de los pulmones tuberculosos, a su resección y manejo hábiles, entendidos, quirúrgicos en el mejor, más técnico y científico, y alto valor de tan noble término, dijo, con humildad casi, de la tarea, devoción y trabajo de su grupo de alumnos y seguidores, los médicos jóvenes a quienes enseña generosamente, sin ocultamientos ni reservas, todo su arte y su pericia toda, saber preocupado de gran cirujano, experiencia repasada y maestría de orfebre.

Mario Rivera Ortiz, ardo en decirlo, es mexicano de origen y raíz; de aquel México rebelde y revolucionario henchido de patriotismo y coraje, tan alto, que no marca el altímetro, y sobrepasan su Popo e Ixtasihualt; de aquel México donde nuestro Martí, errante y peregrino, encontró calor de hogar y mano amiga, la más fraterna amistad de su vivir en agonía de Patria, en D. Manuel Mercado, el mexicano que más hondo culto rindió a su memoria, mientras alentó su vida limpia, de aquel México que Martí amó tanto en sus indios y figuras inmarcesibles. De ese México querido y expoliado; pero no reducido ni humillado, aunque si amputado y mentido, fracturado, infamado, por el imperialismo bárbaro de los neo-nazis, los yanquis opresores y malditos; de ese México nos llegó cubanos, villareños, este hombre generoso y cordial, atraído al vórtice de nuestra Revolución por su calidad humana, de hombre vaciado en médico, de patriota mexicano y revolucionario que se vuelve y sublima en cubano y se funde en el crisol de nuestra tierra hirviente y herida en el ideario y destino de Cuba Revolucionaria Primer Territorio Libre de América.

Claro que el tema de Rivera Ortiz me había ganado desde su enunciación, así que supe de su presencia en el programa, como que toca a mi quehacer y preferencia de toda mi vida médica, y ahora mucho más, por la responsabilidad pública que concierne al cargo que ostento en el Ministerio de Salud Pública, Director Nacional de Tuberculosis. Pero me habría ganado siempre por la manera y conducta de Rivera Ortiz, tan pronto empezó a leer y quiso diluirse, minimizarse, en el espíritu colectivo y apasionado esfuerzo de sus muchachos cubanos, de sus jóvenes alumnos a quiénes inspira y alienta con la brasa de su entusiasmo y la calidad de su técnica. Antes de iniciar su disertación hube de preguntarle de sus maestros y centro de formación y cuando me dijo, con referencia afectuosa y emocionado recuerdo, como si hablase con mayúsculas, Cosio Villegas y Ramírez Ramos, mis Maestros, Huipulco, mi escuela y centro de formación quirúrgica, me dispuse a oír, confiado y tranquilo, una oración magistral.

Así la califiqué, tenía que calificarla, al hacer mi intervención, la primera de todas, cuando terminó la ponencia conjunta.

Mis palabras fueron apasionadas y llenas de emoción cubana, porque este joven maestro mexicano, todo un profesor, está haciendo grandes cosas, provincia adentro, y con bien escasos recursos, apenas si dotado de lo imprescindible su lugar de trabajo, el Sanatorio Antituberculoso de Santa Clara, que carece todavía de salón de operaciones; pero Rivera empezó a operar —cómo y cuanto opera con éxito— y hace toda la gran cirugía pulmonar en el quirófano del Hospital Provincial. Y no solo opera, sino que vigila y cuida el post-operatorio que es parte vital, esencial, de las intervenciones y su recobramiento feliz.

Aún nos falta llegar al galardón y tope de esta vida promisoria y honda, mexicana y cubana ya y para siempre; allí donde los jugos profundos de las tierras nuestras, confundidas y una desde los contrafuertes de los Andes y la reciedumbre de las cordilleras mexicanas, hasta el sistema orográfico de nuestra Sierra Maestra, guardan escondidas la semilla pródiga como las vetas de sus metales y policromía de sus piedras preciosas, allí está la simiente que rompió la cosecha en la Isla de la Libertad; teoría y acción irrumpen sin tregua y con provecho desde la sementera; educación y cultura son los frutos próvidos; maestros, técnicos y profesionales son las guías multiplicadas. Y es el pueblo —el soberano— los obreros y campesinos, los productores, quien lo da todo, hasta la vida misma y tiene que recogerlo todo para la alegría, felicidad y bienestar de todos y exaltación plena de la independencia, libertad y soberanía, y el rescate pleno de la dignidad humana —la dignidad plena del hombre, postuló José Martí— aquí y ahora, en la tierra de todos los hombres. Porque Mario Rivera Ortiz es -Maestro por vocación heroica, hasta el destierro o la muerte- está aquí, en su Cuba que pelea bravamente por nuestra América: está aquí con su compañera abnegada y sus hijos. ¡Con sus tiernos hijos! Vendrá un día, cuando crezcan sus hijos, en que bendecirán a sus padres con palabras socialista, porque fueron capaces de arrancarse de la meseta de México, de su México adorado y adorable, y traerlos a que aprendieran cómo se hace un pueblo con la filosofía marxista-leninista como orientación y guía —teoría para la acción— la ayuda de las democracias socialistas, el respaldo y anhelo de todos los pueblos del mundo, y el coraje indomable de los cubanos buenos que brota de sus muertos y se enraíza a su historia.

¡Te saludo Villaclara, porque ya tienes tu escuela quirúrgica de Tisiatría, en marcha y ascenso, y porque supiste ganarte, acogedora, a Mario Rivera Ortiz!

 

 

* Periódico Noticias de Hoy, diciembre 18 de 1962.

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