La ausencia de "La Esperanza"*

 

 

"Hay cosas que dan pena", suele decir la gente nuestra, cuando presencia, afronta o comprueba, un espectáculo desusado, anacrónico y singular, por lamentable y deprimente. La frase, aunque elíptica, tiene miga, y, si bien la analizamos, sobresalen en su sabor, los ingredientes del asombro mezclado con el encogimiento del ánimo, aflicción y sentimiento interior, que constituyen y definen la pena.

En el curso de estos días, tan señalado para los médicos y odontólogos patriotas, —para cuantos estamos en disposición, resueltos y apercibidos a servir al pueblo nuestro, a luchar y morir a su lado— todo ha sido orgullo disimulable y satisfacción íntima para nuestra cubanía, confianza en nuestra técnica profesional, capacidad y preparación científicas, contentura y halagos, en la medida que se cumple el temario y adelantan las fructuosas tareas, de éste nuestro Primer Congreso Médico Nacional bajo el signo glorioso de la Revolución en Cuba Socialista, Primer Territorio Libre de América.

Pero no todo ha de ser placer y bienandanza, grato y ejemplar; las espinas acechan y las piedras abundan en la senda que conduce al triunfo; ponzoñosas las unas, que envenenan la impotencia y la envidia; movedizas las otras, y hasta engrasadas para el resbalón. Acorazados que andamos los patriotas nos hacen sonreír las minucias, y, se pregunta uno: ¿Cómo habían de preocuparnos, si las mayores maniobras, de gran fuste, en que el imperialismo se gasta decenas de millones para amedrentarnos con su poderío, también nos llevan a la sonrisa, y permanece quieto el reflejo pilomotor, mientras ellos, los yanquis, tienen erizado los cabellos y la carne de gallina? ¿Que tuvimos temor? He confesado el mío públicamente, delante de grandes mayorías, razonándolo a este tenor; el miedo es consubstancial a la materia viva, porque el fenómeno fisiológico elemental, la irritabilidad, expresa temor y corre desde la mónera al hombre, siempre lo mismo; pero el miedo mío, y de cuantos sabedores de lo que sucedía lo tuvieron sonriente, y lo mantuvieron dominados, era condicionado por el terror de ellos, los yanquis, que vivían empavorecidos y en tempestad de movimientos. Un hombre, o gobierno, aterrorizado —Mr. Kennedy en este caso concreto— y en tempestad de movimientos, lo mismo corre de ordenado y desmelenado al piano, —y me consta que lo hay en la Casa Blanca— y se pone a teclear inconsciente la "Polonesa", como gran himno y marcha de ataque, que le da, enajenado, por apretar botones y desata la hecatombe atómica. Pero Jruschov y Castro, Fidel y Nikita, son loqueros de puntería, y le calzan su camisa de fuerza hasta a Sansón Melena, el cruzamiento más fiero de puma y león que se da en las selvas U. S. A.

Vuelvo ahora a la piedrita, topada en mi camino, para reducirla a polvo con el pie. Me llamó la atención, desde la noche misma de su apertura, no localizar, en la exhibición del Congreso —que no está, quede dicho al pasar, libre de contradicciones y defectos, ni exenta de errores— una exposición bastante cabal y cumplida —como tenía que ser— en que el conjunto de "La Esperanza" diese fe de vida y dijera su mensaje ampliamente, de manera objetiva, con toda la verticalidad y anchura que parece reclamar, debió plantear, oportunamente, su enorme latitud menos empinada, científicamente, que la conocida loma de San Juan, en Arroyo Apolo, donde levanta su mole majestuosa y templo de reposo al encuentro del viajero y con el índice apretado en los labios, como si dijera —calladamente— la quietud y el silencio son mis mejores aliados, mis herramientas afiladas, la investigación y la ciencia, la simpatía, comprensión y consecuencia ante el dolor físico y psíquico, moral, de mis enfermos guían la conducta, y siempre el comportamiento, de mis sacerdotes, auxiliares y seguidores, los médicos, personal de enfermería y técnicos, funcionarios y empleados de todos los niveles a partir de la portería, sonriente y amable que les da la bienvenida a esta casa penetrada ya, por siempre y para siempre, de las esencias más puras y limpias de la Revolución hecha por los humildes y para los humildes, por los campesinos y obreros, por el pueblo. Esta catedral de la tisiatría cubana —debía proclamar, más que decir— tiene organización y disciplina, orden y jerarquía socialistas, las más altas, y aquí, en esta hora maravillosa de Cuba, trabajamos afiebradamente, con espontaneidad y ahínco, sin tregua ni fatiga, ni atentos a un horario prefijado, por el beneficio y para el recobramiento de nuestros hermanos enfermos, que aquí se aquietan y calman, confortan y regocijan en la medida que mejoran y contribuyen a recuperarse; se atemperan y regeneran los antisociales cuando aprendemos, en su mejor trato diario, a observarlos, y recomponemos sus desajustes y conflictos hasta reenquiciarlos y conseguir que marchen, ya liberados, por los raíles de la Revolución; todos los enfermos empiezan a rehabilitarse, y se van rehabilitando, vocacionalmente no pocos, desde el primer día de su ingreso, porque buenos médicos y médicos buenos, no solo conseguimos entenderlos y nos apoderamos de su voluntad y psiquismo, hasta convertirlos, mediante la persuasión y convencimiento, en nuestros enfermos, de verdad y a fondo, sino que, a la postre, somos sus hermanos mayores, consejeros y amigos, y quienes los reconstruimos y orientamos sus vidas, además de devolverlos a sus familias y a la sociedad, a la producción y a la vida socialistas, curados y en capacidad de trabajo. Pero ¿no estoy soñando, o delirando, y recubro con encajes y bellas palabras la amarga realidad? ¿Es que acaso maneja ahora mi mente y manos, al teclear de los tipos y materializar el pensamiento sentido, aquella linda frase del escritor lusitano Eca de Queiroz que reza: "¿Sobre a nudez forte da verdade o manto diáfano da fantasía?". De tan clara expresión poética no cabe traducción que pierde calidad.

Apunté antes apretadamente, el conjunto de "La Esperanza", y debo aclarar el contenido. Se trata de la unidad que agrupa tres sanatorios cuya creación, o funcionamiento, pueden separarse cronológicamente: primero "Lebredo", después "Julio Trigo", nombre de un enfermo mártir revolucionario, y, finalmente, "Rubén Martínez Villena", pensamiento y acción del proceso revolucionario cubano antiimperialista y comunista de fibra impar, que nos arrebató la tuberculosis por su inmolación, entrega y sacrificio; muerto en lo que fue "La Esperanza". Totalizan conjuntamente alrededor de 1.200 camas, funcionan en estrecha colaboración, y constituyen, por continuidad en el tiempo, tradición o historia, por su cabida y capacidad asistencial, tanto desde el punto de vista quirúrgico y médico, instalaciones y equipos, como por la experiencia acumulada, saber y permanencia de sus médicos y auxiliares que allí se formaron, —y algunos padecieron, y curaron su enfermedad tuberculosa bajo sus techos y ambiente— por todo ello constituyen, repito, los sanatorios que agrupa "La Esperanza", la Meca de la tisiatría cubana para los tísicos todos, y la "cátedra" para el gran público.

Queda así retratado de cuerpo entero, con retoques y merecimientos, el conjunto de "La Esperanza". Pues bien, he aquí el gran centro de trabajo médico que, en lo institucional y colectivo, y hasta en lo individual de sus miembros integrantes —y, ¡ojalá! que alguno me rectifique, para considerarlo complacido libre de pecado— ha incumplido, a mi juicio, su deber, ante el Ministerio de Salud Pública y Consejo Científico, el Colegio Médico Nacional, la Universidad, su "Alma Mater" y Escuela, para no citar más que a los organismos responsables y que de modo tan brillante organizaron el X Congreso Médico Nacional. No puedo, ni debo, hacer alusión, ni referirme, a cosas más altas e intangibles; Gobierno Revolucionario, Pueblo y Patria, que el pecado tocaría lo mortal, sin absolución posible. Y ¿cuál es el origen de esta actividad y conducta? ¿Individual o colectiva? ¿Acordada —con sordina y en voz áfona— o pura coincidencia? ¿Tiene y mantiene componente ideológico que determina el abstencionismo y no colaboración? ¿Los que no quieren laguere ni graciosa, sino dirse —como la guajira de mi cuento— influyeron "sotto voce" a los tibios, apáticos e indiferentes?, que de todo eso, y más hay en la Viña del Señor. No adelanto hipótesis; pero todo se andará. Es posible que más de uno espero el colapso del Congreso Médico; mas se cogió el dedo con la puerta. Este, o estos, son de los encaramados en la cerca y en espera de que esto se caiga o lo tumben, y se van e morir a la intemperie.

Tan lejos como en el año 33, a la caída del "asno con garras" levanté al muerto que era "La Esperanza" y lo puse a trabajar científicamente, por vez primera en su historia ¿se acuerdan los compañeros que ganaban 37 pesos mensuales? A cuantos me negaron después —y fueron muchos— quiero recordarles que sigo en la marcha, el mismo y con el coraje acrecido. Se lo grité, más que dije, a los médicos, reunidos en la memorable y magna asamblea del Teatro Chaplin, en presencia de Fidel, interpretando su pensamiento colectivo que no era, naturalmente, el de unos cuantos pillos colados por debajo del telón. No olviden, cuantos se ocupan de tuberculosis en el sector oficial que ahora me tienen por capitán, y que no soy suave si de apretar se trata. Los que se quieran ir, que lo digan, porque muchos necesitan una etapa rural allá por el Ocujal, junto al Turquino, y abrevar una cosa y sustancia campesina donde brilla el decoro que hoy ostentan nuestros jóvenes graduados del Servicio Médico Social Rural.

El Departamento Nacional de Tuberculosis no sintió la ausencia de "La Esperanza" ¡qué la sientan sus médicos sonrojados¡ Cumplió el Departamento y llenó su cometido, durante dos horas, en la Mesa Redonda que titulé: "Realizaciones y objetivos de la Revolución en el campo de la tuberculosis". No hizo falta ningún médico de "La Esperanza" ya que el doctor Carlos Varela, al que designe por delicadeza, se excusó cumplidamente.

Nosotros no tenemos la culpa de que rabien nuestros enemigos, los de afuera, el imperialismo y sus gusanos lacayos, los de adentro, más o menos emboscados, que rumian su impotencia en el estercolero de su traspatio interior, a cada triunfo evidente —y son diarios— del proceso revolucionario. El Congreso constituye, a todas luces, una victoria más cada día que transcurre y gana altura en el desarrollo de su espiral científica, generada alrededor de cuatro centros: la solidaridad del internacionalismo proletario y profesional y los pueblos hermanos, la ciencia y la investigación médica y biológicas, el arte médico, aplicado en beneficio del pueblo, y la tierra cubana. Nosotros no tenemos la culpa de marcar el paso y de brindar ejemplo. Andamos, eso sí, con botas de cien leguas y con la frase de Goethe en los labios: "que ladren los perros, pasamos a caballo". ¡Patria o Muerte!

 

 

* Periódico El Mundo, febrero 24 de 1963.

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