Del profesor Lipschutz y los estudiantes ausentes*

 

 

Ahora que este viejo ilustre y heroico Patriarca del pensamiento socialista, ha regresado a su amado Chile y patria de adopción, valdría la pena —aunque no cabe pena, y si alquitarado gozo— ahondar en su presencia y huella, meditar cuanto dejó dicho, y como lo dijo para que prendiese y perdurara; el énfasis de sus palabras y varonía de gestos peculiares, en tan másculo y generoso sembrador, porque ¡cuidado que se las trae este perfil señorial —su vocablo más asidero y frecuente para restallar toda una época, el feudalismo, y su proyección posterior, y dicción de que no puede protestar ya ausente— del profesor Lipschutz, afirmativo y tajante como una proa en marcha!

Asistí, con atención de alumno, a las más de sus conferencias y disfruté en todas; incluida la jugosa charla, espumada de muy fino humor, en que nos deleitó la noche de su exaltación, tan merecida, a nuestro claustro universitario como Profesor Honoris Causa de Ciencias; me dispongo y adelantaré a gustarlas, tan pronto sean impresas, con su anuencia ya concedida, por la Imprenta Nacional. Escuché sus planteamientos y tesis, de subida originalidad, en comunicaciones presentadas ante el X congreso Medico Nacional, recientemente celebrado; pero no es todo esto con ser tanto, enjundioso y vario, novedoso y penetrado de sustancia marxista, acucioso y ejemplarmente sostenido con pasión juvenil —merecedor de muchas páginas de buen contenido y mejores comentarios— lo que me atrae y tienta, y ardo en afán de interpretar y escudriñar.

En las tres conferencias de la Academia de Ciencias, hemiciclo "Camilo Cienfuegos", de lo que fue nuestro microcéfalo Capitolio, todo estuvo bien, público apretado, ejemplar en su comportamiento y clamoroso en los aplausos, horario ajustado y sin mayor retraso, aunque difícil, tres y media de la tarde. El Profesor, magistral en sus incursiones históricas a tan anchurosa lejanía que se pierde, el amor a lo indio y autóctono, extracciones y buceos, citas y referencias —para mi insospechadas— que parecían de ahora y milagrosas, contundentes de puro certeras; todo el pasado colonial turbulento y feroz, cruel y sanguinario, con atenuantes de cronistas veraces, que albergaron espíritus humanista de amplia comprensión al decir de sus relatos, antagónicos de los otros, mayorales de látigo, dómines y hasta monjes de órdenes sin piedad, Dios ni Rey; toda la exposición del disertante tuvo finalidad y sentido, orientación cardinal, rigor científico y devanar histórico del bueno y legítimo, enraizado en el materialismo histórico.

De las tres conferencias dictadas en la Universidad, Sala Manuel Sanguily, Facultad de Humanidades, estuve presente en las dos primeras, y, por deferencia del Rector —mi amigo de siempre— las atendí desde el estrado. Debo destacar, con pesadumbre, que faltó calor estudiantil a tan señalado suceso. Lipschutz fue el mismo timonel de su preclara mente y maravillosa lucidez, ardorosa pasión y rastreador por los verdaderos caminos de la historia, que no es para él dédalo ni confusión idealista, vericuetos ni meandros, y la desata y maneja sagaz, suelta los nudos y fabulaciones clasistas orientado por el hilo conductor del pensamiento y la tesis de Marx Engels-Lenin, la muestra a la luz del materialismo dialéctico histórico diafanizada y con sus leyes naturales, que rigen y conforman el desarrollo de la sociedad humana.

No concurrí a la tercera y última conferencia del ciclo anunciado, y no por desgano; temeroso, si, de la inapetencia cultural que parecía mostrar el alumnado universitario ante la presencia del Profesor en sus predios, y, más porque, era sábado, y conozco la caída en lisis de nuestra curva atencional al finalizar la semana, y me supuse un desgano mayor que no quise presenciar ni sufrir. Pero lo peor sucedió la noche de la exaltación merecida en el paraninfo del Aula Magna; el lunetario bajo se fue nutriendo lentamente, bien pasadas las 9, con invitados, profesores escasos, personalidades de fuera, —que no extranjeros, por adhesión cálida a lo nuestro—, algún que otro diplomático, escritores y artistas y muy contados jóvenes de la grey estudiantil. En la rotonda alta, paraíso o gallinero —que decimos en criollo— ni un alma; silencio y vacío.

Confieso, para situarme con aire y soltura, mi irresistible atracción por este recinto de nuestra gloriosa colina, que el Aula Magna Universitaria me retrotrae y llena de recuerdos porque en ella, y desde ella, en su tribuna y cabe su tribuna, me sentí paladín de más de una causa justa, y combatí fieramente, contra vicios y de formaciones internas, tumores y excrecencias de la Universidad, expresión y reflejo de la descomposición exterior. Fue cuando Julio Antonio Mella y su actuación inicial, erguida y briosa, que determinó el primer brote revolucionario contemporáneo, de contenido político, en la vetusta casa de estudios luego de mi discurso, el 4 de diciembre de 1922, en la propia Aula Magna, condicionando la disertación del Profesor Arce, Rector a la sazón —aunque sin realzar el cargo— de la Universidad de Buenos Aires; fue cuando por designación del propio Mella, representé a su revista "Alma Mater" en el Primer Congreso Revolucionario de Estudiantes del año 1923, cuyas memorables sesiones, vibrantes y encendidas, ocurrieron bajo su techo estremecido; fue cuando me eligieron los ayudantes graduados para que llevara su voz a la Asamblea Universitaria, y allí, hombro con hombro y apercibidos a la polémica sin cuartel ni tregua, Julio Antonio -creador del grito rebelde, actitud antiimperialista, y protesta contra todo lo podrido, de fuera y de adentro, que levantó y mantenía el estudiantado de entonces y yo, luchamos denodados contra malandrines y follones, un profesorado inverecundo, tan abyecto, en su gran mayoría, como el Presidente de la época, el civilista y rapas de Alfredo Zayas, empeñado obstinadamente, pero con astucia, en frustrar la función y tareas de aquella Asamblea, con la complicidad de profesores sometidos a sus designios, que se manifestaban por bocas de halitosis, tan conocidas como la de cierto profesor, político de alto bordo y abordaje, senador y hasta primer ministro, con bufete abierto, naturalmente, al servicio del imperialismo y otras malas causas; ni más ni menos que todos los grandes y muy honrados bufetes de aquel período, los anteriores y cuantos le subsiguieron hasta el triunfo de la Revolución; porque ¿dónde se hicieron los grandes enjuagues, escrituras sin paralelo, por escandalosas y fraudulentas, turbios y pingues negocios que hipotecaron la República y entregaron la tierra cubana, de su pueblo, al insolente extranjero y los consorcios del imperialismo yanqui?

Muchos años después, ya Mella había muerto asesinado por los sicarios del "asno con garras" —y la excreta inmunda de Fulgencio Batista y Zaldivar reinaba en su segunda vuelta y madrugón reformado— volví al Aula Magna en defensa de la F. E. U. y los prestigios universitarios —su tradición heroica y combatiente ante las tiranías— hollados por Ramón Vasconcelos. Fue la noche en que se velaba el cadáver de un mártir universitario. Rubén Batista, muerto con ensañamiento por las hordas feroces de Salas Cañizares. Leí, en medio del escaso público, medroso, pero presente, mi denuncia y ataque frontal al régimen de oprobio, afrentoso y criminal, substanciados en cincuenta cuartillas recogidas en folleto, que repartí allí mismo.

Ya situado que estoy, y me siento, en lo alto de la colina, puedo otear el panorama en torno y dintorno; mas se acabó el espacio y ¡quédese para otro día!

 

 

* Periódico El Mundo, marzo 17 de 1963.