Aniversario de mi amigo, todo un médico*

 

 

Yo quiero ser —me propuse ser desde mis años mozos, y trabajo por hacerme todavía— un escritor político de mi tiempo y época, y, esencialmente de mi tierra y patria; de este pedazo geográfico, aguzado como un dardo penetrante de esperanza, que bracea triunfador en el Caribe para clavarse en la entraña de su América y ponerla en erupción con su mensaje. Quiero ser un escritor político, pero no menos literario, cuidadoso de la forma y galanura del estilo, que adornan y refuerzan el contenido y grito, la denuncia y termocauterio, el emplazamiento polémico de los bellacos, o, por el contrario, estimulan el aplauso y emulan en la celebración y reconocimiento de las cosas que se hacen bien hechas, dentro de las normas y con sentido revolucionario; que revisten de pulcritud y dignidad, finalmente, lenguaje y herramientas, pensamientos y principios; los míos en este caso, y que pertenecen al arsenal del materialismo dialéctico e histórico.

Situado ya en escritor político, y marxista-leninista quiero añadir, y aclarar, que los comunistas y socialistas científicos "tiene su corazoncito" y que uno de los casos más puros y elevados de amor humano fue la vida familiar de Carlos Marx, y que no resiste paralelo, por impar, la amistad única, sin medida ni término, que unió de por vida a los dos genios creadores inseparables del pensamiento filosófico re-creador de la humanidad, por liberada, distinta y nueva, Carlos Marx y Federico Engels. No menos sensible, creador y tierno, fue el genio realizador, Nicolás Ilich Ulianov, Lenin, que fundió en conciencia de pueblo, de su pueblo gigante para la acción, mantenimiento, consolidación y desarrollo de los principios, todo sin desmayo, por la ruta invariable de los sembradores, y con su gran conductor imantado de la fuerza colectiva y poder de las masas, de orientador y guía. ¿No es un hecho, por demás bien sabido, que Lenin descansaba en serenidad y aquietamiento, acariciando cabezas de niños y cuando escuchaba solos de violín?

Que mucho entonces, si bajo la advocación de estos nombres tan llenos de universalidad por penetrados y desbordantes de hondura, abnegación y sacrificio, inmolación y entrega, que rebasan toda concepción abstracta, idealista o simbólica —porque todos los tres fueron hombres y murieron por la redención del hombre, liberarlo definitivamente de la plusvalía y explotación del hombre por el hombre, y todo aquí, en la tierra de todos los hombres — que mucho entonces si en la minimidad mía, brizna de hierba apenas, evocó con palabras emocionadas el recuerdo, punzante aún, de un médico que fue mi compañero de aulas y clases durante cinco años, que anudamos en ellas una amistad grata y fraternal, pareja, y sin altibajos, de palpitante compenetración juvenil cuando estudiantes y después, y comprensión madura más tarde y siempre, hasta que la desató su muerte aciaga y leve, casi sin sentirla de tanto extenderla y agónica, un día como hoy, hace justamente un año.

Rodolfo Pérez de los Reyes, nuestro compañero de curso, —1918-1923— habría protestado sin mayor vehemencia, de esta mi intención cariñosa de traerlo, al año de su muerte, al mundo figurado del recuerdo; y me parece verlo sonreír con aquel su humorismo un tanto triste, al tiempo que pregunta irónico: ¿te impulsó el calendario? Sin que mostrara asombro, sin azoramiento, por mis párrafos iniciales, pero, de nuevo, aquella sonrisa suya, aquietadora, se hubiera tornado puente y anticipo de una exclamación: ¡qué cosas, estas cosas de Gustavo!, ¡mira que traerme así, como por ensalmo y barajado entre sus figuraciones y argumentos, vértices y cumbres circundados de rayos, los más descollantes, afilados y resplandecientes del marxismo! Yo sé —y sé muy bien— que su asombro sine ira, no se alzaría en protesta, que entendía sin reservas, y siempre, los términos giros y expresiones del lenguaje antiimperialista, la fuerza de su dialéctica, filosofía y método del materialismo histórico, que conoció y admiraba a Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena, que alguna vez fue miembro activo de la Liga Antiimperialista de las América, Sección Cubana, y que, de verdad, fue amigo mío, en la intimidad y posesión compartida que el vocablo sublima cuando se trata de hombres machos.

Entre los estudiantes, continuando, del curso nuestro constituimos un grupo pequeño —fuimos cuatro: José Soler y Baillo, el primero que cayó del grupo, asesinado por un señor fiscal en ejercicio, de Santiago de Cuba, el fiscal, y de apellidos Portuondo Doménech, que todavía execro, pero el crimen permaneció impune y entre los crímenes de nuestra injusticia— Rodolfo Pérez de los Reyes, el segundo que se perdió en la sombra, Mario Ayala y Pomares que pervive, un tanto opaco y retirado entre sus nietos, allá en su Villaclara bien amada, y este prójimo que suscribe, genio y figura hasta más allá de la sepultura, que tengo gravada en cinta magnetofónica mi despedida de duelo y dirá el muerto, ya enterrado, en tierra socialista de esta Cuba nuestra, y Primer Territorio Libre de América, su penúltimo mensaje ¡despedida y mensaje resonantes y marxistas hasta los mismos huesos del difunto!

Aquel grupo se diferenció en núcleo no conformista, de santa rebeldía, y por los caminos de la afinidad temperamental y de carácter —los más rebeldes y alérgicos fuimos Soler Baillo y yo, que dirigíamos la Revista de la Asociación de Estudiantes de Medicina— lecturas literarias y filosóficas; eran los tiempos de Rodó, Martí siempre, y Varona en lo nuestro, poco después Ingenieros —y yo era suscriptor de su Revista de Filosofía desde que la fundara, en 1915— que tanto influyó en la inquietud política y formación ética de la juventud de nuestro tiempo, latinoamericana. No menos nos ligó a los cuatro en cierto afán, contagioso, de plática y tertulia, mesas de café y bancos de la Escuela, en su patio un tanto cuartelero, con grandes álamos y soportales —esquina de Belascoaín y Zanja— y donde, pocas veces sentados y discursivos siempre, criticamos corrosivamente todos los gobiernos, anteriores y de turno, la enseñanza memorista y libresca, planes, exámenes y horarios, profesores ignorantes, venales y desvergonzados, lo humano y lo divino; ora brotaba la "hilaridad del disparate" y pedíamos una Revolución de ciencia y de conciencias —aún no había estallado la de Lenin — o decidíamos alistarnos para ir a pelear a los campos de Francia porque todavía, ilusos, creíamos en Francia. Otras veces, confidencialmente, nos recitábamos nuestros versos y rimas ¡que hacíamos versos creyéndonos poetas! "¡Oh! recuerdos y encantos, y alegrías, de los pasados días. ¡Oh! dorada ilusión de alas abiertas que a la vida despiertas en nuestra breve primavera hermosa…" Así solía repetir quedamente. Núñez de Arce se perdía en el olvido, pasado de moda, arrasado por el torbellino multicolor y catarata iridiscente de Rubén Darío y el modernismo que encarnaba; Martí anduvo, bien temprano, entre los precursores y recogió su cosecha ganada; pero sonaban lindos, a nuestros oídos juveniles, aquellos versos trabajados de Núñez…

Nos separamos al graduarnos, y nos ganó el medio rural. Rodolfo se fue al Central Adelaida, en Falla; Mario a Meneses y a la Sierra de Bamburanao; Soler a Santiago, su ciudad natal; yo al ingenio Santa Gertrudis —hoy demolido — en la provincia de Matanzas. Nos casamos —tomamos estado — y los hijos fueron llegando, poco a poco. Rodolfo regresó pronto a La Habana para quedarse, —lo trajo la pandemia gripal años 1918-1919— tenía aquí sus padres y hermanos, Carmita y Pepe, y la mayor atracción de su juventud, la imagen idílica de Margarita Íñiguez vestida de colegiala normalista, y su compañera ejemplar después, y todo el tiempo que alcanzó a vivir.

Rodolfo Pérez de los Reyes fue un médico honrado, estudioso y limpio de conciencia, que enalteció nuestro curso y grupo, humilde y sencillo, sin apetencia de riquezas ni de gloriolas o calificativos tontos, de oropel y bisutería, como aquellos que otorgó, por su cuenta, la revista "Bohemia" de otrora, con su letanía de figuras ilustres de nuestra medicina, y retratos diabólicos hechos por Barcala, hasta que me apuntó a mí y le salió el tiro por la culata.

Rodolfo se dio a la medicina interna y cultivó, con preferencia y dedicación, la rama cardiológica, Cardiología, y enfermedades nutricionales. Sobresalió cuanto quiso; pero no era apegado —ya lo dije— a tales menesteres y trajines; fue miembro, como todos, de aquella Sociedad de Estudios Clínicos y de otras especializadas, cubanas y extranjeras; correspondiente de Academias de Cardiología y Sociedades de México, Buenos Aires, Lima, Quito; fundador en México, a propuesta de Chávez, de la Mundial de Cardiología con otros 18 cardiólogos, entre ellos Laubry, de París y Nylin, de Suecia. Director con Amador Guerra de los Archivos de Medicina y Cirugía, la revista cuidada, dirigida siempre, y sostenida por el profesor José Antonio Presno Bastiony. Director en los últimos años de la Crónica Médico Quirúrgica, una de las decanas. Publicó mucho y bueno, con soltura y dominio de nuestro idioma, artículos científicos en revistas médicas, y más de 1937 a 1950, biografías de médicos preclaros, nuestros: Tomás Romay, Díaz Albertini, Carlos Desvernine; en un volumen, y con la colaboración de Rodolfo Tró y de Beato, de todos los fundadores de la Sociedad de Estudios Clínicos; estudios sobre cumbres del pensamiento y la investigación médico de su época, Vesalio y Miguel Servet. Entramos juntos, cuando se reorganizó la Escuela de Medicina en 1924, como Ayudantes Graduados, él en Histología, yo en la Cátedra 8 de Clínica Médica, y permaneció allí muchos años, calladamente. Los trabajos de investigación sobre aorta-cardiografía, angio-cardiografía, que dieron renombre a ese traidor a su patria, que no quiero nombrar, se realizaron con colaboración de Pérez los Reyes y en el servicio suyo. Fue gran aficionado Rodolfo a la Historia de la Medicina, y puso todo su entusiasmo, ahincadamente, en lograr una biblioteca, merecedora de tal nombre, por su organización catalogada científicamente, diversificada y nutrida, para la Escuela de Medicina. Alcanzó a verla, y se deleitaba en sus visitas a los libros y colecciones de revistas, que amó tanto. A fe mía que bien merece ostentar su nombre esta obra suya.

En esta hora de exaltación patriótica, de rescate combatiente de toda la riqueza cubana para su legítimo poseedor, el pueblo nuestro; en esta hora de vuelco y transformación, de Revolución Socialista para acabar, de una vez por todas, la explotación del hombre por el hombre, y recobrar para siempre la soberanía total, independencia y libertad plenas, la dignidad ciudadana por el coraje y unidad de las masas y el pueblo indivisible, bajo la dirección del Partido Unido de la Revolución Socialista; en esta hora, Rodolfo Pérez de los Reyes estaría aquí, en su Patria, y sirviendo en ejercicio, como bueno, buen cubano, médico cabal y ciudadano ejemplar. Paz a sus restos y mente que no pudo interpretar atormentada, tanta belleza y realidad tan palpable. Aquí estamos muchos, y estoy yo, su amigo, para darle meta cumplida a su tarea.

 

 

* Periódico "El Mundo", agosto 16 de 1963.

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