¡Tú que tal dijiste… a los médicos!*

 

 

Aquella noche recordada del 10 de octubre fue, en puridad, de prueba para la Sociedad de Neumología y Tisiología. Se reunía en segunda convocatoria de elecciones, —la primera se había malogrado por desoída su llamada de los demás, y la concurrencia insuficiente— para renovar la mesa directiva que regiría sus actividades durante el próximo bienio. El quórum era bien ajustado,—veintisiete personas en total— pero la cosa podía ser y hacerse, por lo visto, con los que se tomaron la molestia de asistir y mostraron más apetencia que desgano, no decidieron acceder a una insinuación reiterada y amable, que no al amago coercitivo muy propio de los tiempos idos.

La sesión se inició con una exposición amplia por el secretario todavía en funciones, doctor Frías, que aclaró el alcance de las disposiciones dictadas por la Comisión Organizadora, —y responsable ante el Consejo Científico del Ministerio de Salud Pública— sobre las modificaciones a introducir en los Reglamentos de las distintas sociedades médicas, a los efectos de unificar en todos los diferentes tipos y modalidades de sus miembros respectivos. El compañero secretario agotó el tema apuntado y previo, en una como introducción informativa que parecía contener en su texto, y rubricar en sus implicaciones, el carácter de obligatoriedad impuesto por la Comisión a las modificaciones que decidió propugnar, y dejar impresas en cuanto se refiere a su aprobación y cumplimiento. No me explico cómo pudo olvidar la Comisión Asesora de que legislaba para Cuba y los médicos cubanos de este período transicional erizado, tormentoso y largo, y, en consecuencia, no previó un desvío posible, ni decidió atajarlo adelantándose a proscribir cerradamente toda reelección, —parcial, de algún directivo o parte de la mesa, o total de toda ella— hasta transcurridos no menos diez años de su último y cumplido mandato. ¡Hay que abrirles paso, compañeros, a los que marchan!, ¡y como viene el torrente de cuantos adelantan integrados para incorporarse a sus tareas!

Cuando el secretario de la sociedad dio por terminada su información, y quedó en la espera de que se formulase alguna interrogación alrededor de los tópicos tratados, dijera la asamblea algún comentario, o solicitara aclaración complementaria en evitación de malentendido, confusión o duda, y ante el silencio que se prolongaba agobiante, pedí la palabra para esclarecer más el tema y puntualizar su planteamiento sin abrirlo a debate, que no había lugar.

Mi pronunciamiento meditado en su improvisación, y sujeto a la máxima latina en forma y fondo, —"suaviter in modo, fortiter in re"— fue un discurso de principios, ceñido todo él a las normas y pensamientos de la Revolución. Si tuviese que comparecer ante el compañero Primer Secretario del Partido, y Primer Ministro, y darle cuenta de mis palabras, diría sencillamente que fueron similares por su pasión y énfasis, a las que me brotaron espontáneas, esclarecedoras y cálidas, en su presencia, cuando aquella memorable asamblea del Teatro Chaplin, en que se reunió por vez primera, hace años, con una innumerable multitud de médicos.

¡Tú que tal dijiste! la frase que sirve a manera de título, a este último artículo de la serie escrita en torno al mismo asunto, está tomada del diccionario de la Real Academia que la define así: "Expresión familiar con que se significa la pronta conmoción que ocasiona una cosa dicha por otro". En verdad que hube de escogerla para el encabezamiento por lo bien que se avienen, la interpretación y contenido de la frase, con lo sucedido y dicho por mí: una pronta conmoción de la Asamblea determinada por mi discurso, aunque en mi contra.

Aquí conviene situarme en el terreno de los hechos, y sacar afuera todo lo anterior e interior que germinó y anduvo en mi psiquismo y movió mi intención. En la mañana del mismo día, y fecha de la segunda convocatoria electoral para renovar los cargos de la mesa, se me antojó notificar mi aspiración a la Presidencia de la Sociedad, y llamé al secretario, doctor Frías, a su centro de trabajo, —Sanatorio Hospital Julio Trigo en el conjunto de "La Esperanza"— a quien únicamente le comuniqué mi deseo. Ninguna otra persona tuvo noticias de este mi propósito, y, naturalmente, no podía ocurrírseme dar un solo paso que pudiera sospecharse como de propaganda electorera, -¡que yo soy un hombre de la Revolución!

Mi aspiración saltó ocasionalmente, —al tener conocimiento de que la Sociedad tenía que renovar su gobierno— pero como un reflejo condicionado, y por saber muy bien que permanecía hermética, —sin decir tan siquiera que su órgano de fonación estaba intacto, y ni "esta boca es mía"— en letargia prácticamente, y desde su rehabilitación bajo el signo de la Revolución, en los últimos cuatro años y discurridas dos presidencias con sus respectivas mesas directivas. Pero es, además, que mi decisión y su elasticidad propulsora, provenían del convencimiento íntimo de saberme capaz, y con fuerza bastante, física y síquica, para enfrentarme con la situación alicaída y transformar su desfallecimiento y condición en dinámicos, acción y movimiento científico y revolucionario. Sacar la Sociedad de su inercia, inyectarle tónica e impulso hasta sentirla viva, destacada y actuante.

Le dije a los médicos, —empecé por decirles— que alguno o más de uno, podían interpretar cuanto acababan de oír como la expresión de un rasero nivelador, y sentirse mortificados por ello en su "status" de intelectuales envejecidos, más que viejos, dentro del marco de la caduca y liquidada sociedad clasista en la cual crecieron los más, se educaron, estudiaron su carrera lucrativa, se formaron con orientación y sentido crematísticos. La adaptación al vuelco total, y total reestructuración, que impuso nuestra Revolución con sujeción al pensamiento filosófico marxistaleninista, sus modos y criterios, métodos, procedimientos y normas inflexibles, sé muy bien, —les dije— que resulta empinada y difícil; pero hay que adaptarse, irse o perecer… Todo puede hacerse ahora y en todo, también en medicina aplicada, como arte de curar, y en lo técnico y científico, creación e investigación médicas, con más equipos y aparatos, instrumentos y disponibilidad que nunca vimos; aunque eso sí, y no lo olviden, tiene que hacerse todo dentro de la Revolución, y no puede intentarse nada fuera de la Revolución, y, menos contra sus dictados, aunque se tenga por exigencias, o quieran sobreentenderse como intransigencias bajo un dominio férreo y sistema de ideas compulsivo, de coerción y coactivo… Queramos o no, compañeros, somos trabajadores de la medicina en una democracia socialista; si prefieren un calificativo más suave, en apariencia, —y por apegados a la semántica burguesa— les diré entonces que somos obreros de la biología humana; pero trabajadores u obreros, —lo mismo en su esencia para la economía comunista— vivimos en una tierra libre, independiente y soberana, que hizo una verdadera Revolución, y que transita hoy, con sus banderas desplegadas, por los caminos anchos del socialismo internacional para converger todos los pueblos en un solo camino, que conduce a una sola y única meta: el comunismo impar de Marx-Engels-Lenin…

Mis palabras no cayeron en gracia, ni merecieron aplausos efusivos, aunque la salivaron, atragantados algunos. Suelo cultivar el humorismo; pero esa noche la cosa era muy seria porque sabía comprometido, de nuevo por dos años, el desarrollo de la Sociedad que duele por cuanto me concierne. Hubo un médico entre el auditorio, el presidente saliente de la Sociedad, doctor Joaquín Obregón y Leyva, que es, naturalmente, militante del Partido, que sí recogió enteramente el contenido de mi mensaje, advertencia y consejo. Suscribió mis palabras uniéndose a ellas. Sentí que el doctor Frías, revolucionario apasionado, permaneciera tibio; casi a cero grado. Acaso le preocupaba ya la votación que barruntaba en contra mía.

Claro que hubo un tonto, y no muy claro, que se permitió comentar pocos días después, en voz bien alta y chillona, que aquella noche, —por mi discurso y actitud— me había hecho el "hara kiri", el brutal suicidio japonés. Lo que no pudo sospechar el tonto estridente, cómo iba a sospecharlo, es que sus palabras, gritadas en la habitación contigua a mi despacho, quedaron bien grabadas, para su mal, mediante un ingenioso dispositivo de alta calidad y registro, que se abría debajo de un cuadro bien dispuesto, y ligeramente separado de la pared para que penetrasen las ondas sonoras.

Había recogido, una vez más, la experiencia revolucionaria que brindan los médicos, —no todos— cuando se reúnen. Quedaba cumplida la misión que me llevó hasta la reunión electoral de la Sociedad de Neumología y Tisiología y conocía lo esencial, termométrico y barométrico, de la reunión: temperatura y presión, cuando me vino a la memoria una frase inolvidable del gran pensador y sabio que fue Johann Wolfgang Goethe: "Que ladren los perros, yo paso a caballo".

 

 

* Periódico "El Mundo", noviembre 10 de 1966.