Carta sin cubierta*

 

 

Sí es cierto, rigurosamente cierto, que la lectura de una carta, —aunque atrasada y casi fiambre— puede enfermar, y más cuando es un parlamento gimiente, mi padecer sicosomático está justificado en su estallido a partir de una fecha fija, el sábado pasado, día 3, en que me desayuné, nada menos, con el grito en la noche oscura de su abandono, y plañidera epístola que abortó, entre sollozos y gemidos, la pluma desteñida de otrora y herencia en desmedro de sus progenitores, —¡Oh manes de D. Nicolás, el caballero español de ultramar, y de Pepín el magnífico!— del último engendro que produjo el centenario, caduco y ya liquidado para siempre, "Diario de la Marina" del Real Apostadero.

¡Y pensar que un muchacho tan prometedor, y luminaria del Instituto del Vedado, donde ¿cursó? sus estudios de bachiller, —iniciándose tan tempranamente en la picaresca de su ovulo y compra de notas, (¡y aquí del gran escándalo!) que le permitieron pasar de año hábilmente, y adelantar en su vocación innata de escritor pudiera llegar un día aciago, a sentirse en tan angustiosa situación como la que les pinta a sus compatriotas del destierro infinito, en una muy larga carta sin sobre, pero orlada de luto y emborronada de lágrimas amargas! En la medida que avanzaba vorazmente, y engullía, sin masticar ni salivar apenas, los primeros párrafos del fatídico documento —reproducido "in extenso" con facsímil y todo, en la primera página de El MUNDO, continuación en la 7, col. 2, sábado 3 de diciembre de 1966— empecé a sentirme mal, y unos como cólicos precedidos de sudoración, —que las gentes dan en llamar retortijones— me advirtieron la inminencia de una crisis espástica de éste mi colon descendente, siempre irritable, que afirman los radiólogos. Andaba, en tan críticos momentos, a la altura deleitosa de una segunda carta, interpolada en el texto de la primera y dirigida "por un grupo de destacados y dignos cubanos" —palabras de Pepinillo, naturalmente— "al presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Mr. Lyndon B. Johnson". "La Casa Blanca no se ha dignado contestarla, y ni siquiera se ha tomado el trabajo de enviar a los ilustres (sic) firmantes un sencillo y elemental acuse de recibo"…. Cuando alcancé a leer la terrible amenaza de Pepinillo que cierra esta doliente queja:

"Verás, cubano, que hay sobrada razón para pensar que se nos ha estado engañando y se nos sigue engañando. Esa ha sido la historia de todos estos años lejos de la patria. Esa ha sido la historia de todas las incomprensiones, deserciones, y posposiciones, pese a las muchas oportunidades habidas para decapitar a la serpiente roja de Cuba, decapitación en la cual queremos y debemos estar presentes". Aquí el miedo acentuó mi retortijón, y me acogí a la pieza más adecuada para evacuar un desate condigno a los planteamientos llorones y excrementicios de esta ralea de ex cubanos.

No se trata, no, de un injerto espurio, ésta inserción de una carta periclitada, —fue despachada en mayo 20 de este año— y "escrita con carácter privado y sin fines propagandísticos, sin bravuconerías, sin amenazas y sin terrorismo". La intención de las dos epístolas en una, mansas y lloriqueantes, expositivas y reforzadoras de una posición que saben declinante, —montada al aire y en el aire socavador por afilado de los vientos huracanados que soplan sobre el mundo— es reactualizar los argumentos esgrimidos por el grupo de suplicantes primeros, y clamar esta vez con Pepinillo a la cabeza, y todos juntos, arrimando la braza a su sardina putrefacta, un puestecito con calefacción solar de Washington, y cerca de la Casa Blanca; que bien pudiere denominarse, con minúsculas, embajada de Cuba en el exilio; pero ¡qué puercos e infelices son estos apátridas, ex cubanos de librea rameada y genuflexa, entre los que milita un obispo de anillo, seguramente una amatista regalada por su amo y señor, el aindiado tipo que parece blanco y es, tan solo, hijo de padre putativo por disposición falsa del juzgado de Banes, su pueblo que lo repudia y maldice! Pero, Pepinillo, "vox clamantis in deserto" ¿no te das cuenta de que te desdices, y entras en contradicción flagrante contigo mismo, y en múltiples ocasiones, a todo lo largo y ancho de esa pena honda que te rebosa dentro y te sale por los poros, ademanes y palabras? ¿No te percatas Pepinillo, de que gritas tu origen y prosapia del "Diario" y entras en antinomia, al propio tiempo, con tus antepasados? ¡Tú, Pepinillo, el enterrador de sus blasones y llorona, a la antigua usanza y de la libre empresa, de cuanto no supiste defender a lo macho! Deja que te recuerde aquel monumento a la ignominia que fue el "Diario de la Marina" al que clavó José Martí, —¡José Martí, Pepinillo!— al duro leño de su cruz y con palabras de fuego imperecedera, no era así tu padre Pepinillo, de quien fui enemigo irreconciliable, y aunque nunca logré encontrarlo, y me consta que no empuñaba el acero a la hora de los mameyes ni a ninguna hora, porque aducía "que sus ideas religiosas le impedían batirse", y así fue también con Pablo de la Torriente, cuando le visitamos Ramiro Valdés Daussá y yo, portadores de la representación de Pablo, y nos dijo prudente: "No soy capaz de pelear más que por esas cosas que hay que decirles a los hombres en voz baja". Ramiro, insinuante, replicó: "Acércate, Pepín", —e imperativo añadió—" ¡Pepín acércate!".

El interpelado repuso en tono de velada amenaza: «Ramiro, marineros somos y en la mar andamos», y cerró el diálogo cortante: "Lo grave es que a Ud. no se le tropieza ni en la playa, y menos en tierra firme" Pues bien, Pepinillo, aun con estos antecedentes que conoce todo el mundo en Cuba, le concedo a tu padre un gesto de hombría recapitulador de sus tantas debilidades, errores y egoísmos, que también conocemos todo los contemporáneos de aquella época infamante, o creo, creía, capaz de morir defendiendo su diario, rotativa, linotipos, talleres y equipo; suicidado como Hitler, cuyo ideario antihumano defendió hasta el final, sin tregua ni fatiga. Defensor de cuanto representó siempre el "Diario"; la mentira, abyección, explotación, esclavitud, sometimiento a la metrópoli, españolizante y anticubano que fue de por vida, sometido de por vida a todas las pestes que embrutecieron a España, y la mantienen aherrojada y maltrecha en el medioevo y feudalismo, la reyecía, nobleza y burguesía, el ejército de ocupación interior, incluidos los guardias civiles, y la maldita religión católica, apostólica y romana con su jesuitismo al frente, y su pestilente "opus dei" actual, más diabólica, si cabe, que la santa inquisición de antaño. Creo que tu padre, Pepinillo, habría caído con los suyos, y junto a su clase, —que, créeme, y tú lo presientes aunque no quieres resignarte todavía—, está liquidada sin remedio, irreversiblemente y para siempre, en esta Cuba Socialista nuestra, Primer Territorio Libre de América, sin coyundas imperialistas y por la decisión y coraje de sus hijos únicos, los que estamos aquí con la guardia en alto y en espera de los follones, malandrines y cobardes de tu especie.

¿Qué no lo sospechas ni presientes? Y ¿qué significan si no estas palabras tuyas? "Muchas veces alimentamos ilusiones y mantenemos vanas esperanzas. No sabemos, o no queremos ver, que la liberación de Cuba, la verdadera liberación, depende esencialmente de los cubanos, porque de acuerdo con los gravísimos acontecimientos en que se debate la humanidad actualmente, puede que no sólo llegue tarde para nosotros esa liberación que tanto ansiamos, sino lo que es peor, que se sepulte por siglos gran parte de nuestra civilización cristiana y occidental, por la irresponsable coexistencia con el enemigo de los que no quieren ver o aceptar que, debido a esa actitud bochornosa, más tarde o más temprano serán devorados…".

Me niego a suscribir, Pepinillo, que tu padre, buen discípulo del padre Rubinos S. J. se hubiese portado como tú que lo niegas, —y aún lo habrías abandonado macilento y en su lecho de enfermo, confiado a los cuidados y bondades de nuestra Revolución, como tantos y tantos descastados y miserables, que entregaron a sus pobres viejos, recluidos algunos en Hogares de Ancianos, que así lo denomina y cuida esta Cuba de ahora—. Tú, Pepinillo, te autorretratas en este párrafo: "Los cubanos, AMIGOS tradicionales de los Estado Unidos, amigos de la democracia, amigos de la justicia; sí, los cubanos que no hacemos alardes de nada que no sea el hecho de haberlo perdido todo por no aceptar el vasallaje de los que quieren enterrar al mundo libre, HEMOS SIDO ABANDONADOS, y no por parte de Dios…".

Todas las mayúsculas son de Pepinillo y sigue una letanía que dictó, seguramente, el ex obispo de Camagüey, uno de los firmantes de la primera epístola. Tú, Pepinillo, y contigo todos los ex cubanos que se acogen agachados y humildes, al lecho, mantel y techo del imperialismo yanqui, y se hincan doblada la cerviz, lameplatos y lustra botas, ante la barbarie de nuevo cuño de los nazi-fascistas últimos y más odiados, son unos lacayos carentes de masculinidad que, en su miopía e ignorancia, ayunos de sensibilidad y patriotismo, subestimaron a este pueblo macho, cuyas glándulas internas segregan cada día más testosterona, y se fugaron cobardes para acogerse a la sombra del vecino que entienden todopoderoso, sobrestimándolo, para convencerse a la vuelta de estos años, —y van ocho cumplidos Pepinillo— de que la ruta elegida solo conduce a la desesperación, enajenación y desaparición. Copio tus palabras, Pepinillo: "Por eso, estimado compatriota, me dirijo a ti esta vez con el propósito de demostrarte que vamos por muy mal camino, por una parte, y por otra, para demostrarte también que hemos sido abandonados y traicionados…" "En los tiempos que vivimos es fácil, ver al poderoso alfombrando el camino del débil, cuando éste se le muestra violento, con el arma del terror, o la bazooca disparando por doquier; aunque disiento totalmente de este criterio tuyo, que no creo ingenuo, termino de copiarte, Pepinillo: "El caso de Castro es un ejemplo vivo de lo que decimos. Grita, amenaza, patalea, subvierte a toda América, y todo el Continente habla del asesino comunista del Caribe. El mundo entero le presta atención, le hace concesiones y le da más tiempo a su fruta roja para que se pudra. Pero ocurre todo lo contrario: Castro logra su objetivo y se fortalece más…" Y ¡cómo te lo sientes en la entraña, Pepinillo!

Me encantaría continuar haciéndole la disección, hasta los puros huesos, a toda esa cuerda de ex cubanos que firman, suplicantes, el documento dirigido a Mr. L. B. J para que les brinde su calor y amparo. Te adelanto, Pepinillo, que conozco bien a los más, y te advierto que estés preparado para una nueva epístola por si a Mr. L.B.J. se le ocurriese hacerles el menor caso, porque desde ese punto y hora se trenza una nueva bronca vigueta interminable, ya que todos creen tener el bastón de mariscal en la mochila y se creen todos, y cada uno, con los merecimientos y cruces del destierro para ser candidatos a encabezar la misión diplomática; por recortadita que esta sea y aunque fuese de mentiritas, lo más probable. Felizmente nos limpiamos aquí de estos aspirantes eternos y politiqueros, mascarones de proa y liliputienses a lo Lincoln Rodón, ex presidente de la Cámara de Representantes, y Gustavo Cuervo Rubio, ex vicepresidente de la República, —por designación de su general Fulgencio— y ex ministro de Estado, y siguen los ex con sus firmas, incluida la de monseñor Salvador Basulto, ex obispo de Camagüey. Ruego a los camagüeyanos que me informen acerca de monseñor porque desconozco su "pedigree".

Termino esta andanada, Pepinillo, en este día 7 de diciembre, duelo nacional en que Cuba entera rememora a sus muertos heroicos. Día de paz y recogimiento, propicio a la meditación y recuento; pero escucho los disparos continuos de un campo de tiro próximo. Hasta los niños, Pepinillo, aprenden a tirar ahora, y Fidel les pide que tiren mejor cada día, para que sepan coser a punto de balas las bocas de los réprobos, traidores y emboscados. Como no perteneces a esta clasificación, y eres un infeliz abandonado, puedes aparecerte cuando quieras, por donde se te antoje, y como quieras. Te recibiremos con una salva, como la de Playa Girón. Patria o Muerte.

 

 

* Periódico "El Mundo", diciembre 13 de 1966.