De mi libro perdido y que no aparece*

 

 

Puede ser que pierda definitivamente mi libro extraviado, al identificarlo en esta llamada y apelación a la ciudadanía, porque, —me alegaba una persona amiga— ¿y si lo tiene en su poder algún gusano de esos que sueles atacar con el mote de sucios? Le contesté de inmediato con la famosa frase de Romai Rolland: "Conocer al hombre, y sin embargo amarlo" ¿Quieres decir, repuso, que no odias a los gusanos, cuando te viene a la mente un pensamiento que parece de labios nazarenos y el hombre que fue Cristo? Quiero decir, añadí, con nuestro Apóstol: "que los hombres van en dos bandos, los que aman y construyen y…" los otros, terminé elípticamente; pero no olvides aquello de los mercaderes dentro del templo, y Cristo a latigazos para echarlos fuera.

Y vamos a la cosa en sí, que ojala resuene como una campanada de eco multiplicado. No hace muchos días tuve que ir al Ministerio de Transporte, y, por si la gestión que me llevaba era de papeleo y dilatada, me hice acompañar por el mejor amigo: un buen libro que escogí al azar. Aquí viene la presentación de mi acompañante: un libro pequeño, de cubierta verde claro, en rústica, todo él en dilecto francés literario. Su autor André Maurois, de la Academia Francesa, y titulado "Mondoux plaisir". Recoge, en su contenido, muy bellas y enjundiosas interpretaciones, a manera de otros tantos ensayos, acerca del pensamiento, vertido en sus obras, de grandes escritores, literatos, filósofos, poetas, que discurren a lo largo de sus páginas con sus grandezas y miserias. Así, Rousseau, abanderado de la Revolución Francesa, y que destinó todos sus hijos al hospicio; Balzac, el genio de la Comedia Humana y pintor afiebrado, a trazos inmortales, de la sociedad de su tiempo; Leopardi, el porta y artífice que mirificó su entrañable dolor para clavarlo eterno en el frontis de las generaciones; Goethe (Wolfgang) polifacético y genial, y otros varios, y todos caros, por su hondura de cumbres, al redescubrimiento moroso de Maurois.

Con todo y el dilatado horizonte que Maurois abarca y acendra en su pequeño breviario, más que libro, no es cuanto dicen sus páginas, —penetradas de observación zahorí y galanura de estilo— lo que más me interesa, y el motivo de esta apelación que clama por la devolución de tan valioso objeto a su poseedor, y dueño legítimo de años. Tiene para mí el ejemplar, todo el valor inapreciable de un obsequio que me fue ofrendado, en prenda de amistad y recuerdo, por el más alto mentor de la ciencia tisiológica española, el ilustre catalán profesor Luis Sayé, bien conocido entre nosotros.

El 22 de febrero de 1960 llegamos a New York, en vuelo directo por Cubana de Aviación, mi esposa y yo en tránsito hacia Europa. Hacía 14 años, desde el 46, que no me permitían entrar a los Estados Unidos, —fichados tenían mi vida y conducta, desde 1927— con etiquetas reiteradas de indeseable y comunista, imaginarse pueden, cuantos me leen, cual sería mi sorpresa al oír que me llamaban "Your Excellence" —Su Excelencia— y como volvía la cabeza en la búsqueda de aquel ente de ficción, y mi propio fantasma. Cuando subimos la escala del trasatlántico italiano "Conte Biancamano", en la mañana del 24, —día de tan señalada fecha patria— y vi a nuestra bandera que ascendía por nosotros, —Embajador a bordo— hasta lo más alto del palo mayor, me sacudió la emoción única del hombre y su tierra, y sentí que crecía. Me sobresaltaba un tanto, parejamente, la responsabilidad de mi nuevo cargo, alejado de mis tareas habituales, pero desplegada en sus colores al viento, —policromía de mensajera que sabe su rumbo— parecía decirnos su compañía que nos cobijaban sus alas, enseña de la Patria. El dolor de la travesía fue la tragedia de "La Coubre", que nos dio la radio ya muy cerca de las costas europeas. Tocamos en Barcelona, camino de Génova, un domingo, tan pronto instalaron el teléfono, llamé al Profesor Sayé que, felizmente, pude localizar en su hogar y me fui a visitarlo.

Sayé y yo teníamos pendiente una larga polémica, disentimiento más bien, que empezó en La Habana, 1927, cuando dictó entre nosotros su curso deslumbrante, —por su metodología, organización y contenido científicos de muy subidos quilates— que marcó nuevo rumbo a la incipiente tisiología cubana de por entonces. Un día, en el tren de Hershey, mientras hablábamos de la filosofía de su compatriota y amigo, Ramón Turró, —que nos acercó más que su dedicación a la tuberculosis— me dijo directamente: "Aldereguía, ¿usted piensa ser tisiólogo o entregarse a la política? Le respondí, más o menos, que si la tuberculosis era la más social de las enfermedades, la más ligada a las condiciones económico-sociales del medio, no veía yo cómo podía desligarse uno de lo deficitario crónico, —el pauperismo y la miseria que aplastan a los desposeídos y explotados— para entregarse al cultivo aislado de una patología pura, sin asidero posible, ni conexión estrecha, con las causas que más la determinan, facilitan y agravan.

El segundo episodio tuvo lugar en Buenos Aires, muchos años después, 1949. Sayé llevaba años en la República Argentina, desterrado de su patria, desde que el pueblo español perdió su terrible guerra a manos de la "no intervención" desvergonzada de quienes debieron ayudarlo, en justicia y lealmente, y, sobre todo, por la intervención de Alemania e Italia, penetradas de nazi-fascismo; las fuerzas oscuras, regresivas y bárbaras, y pestes parda y negra que después asolaron al mundo.

Algunos años más tarde nos encontramos nuevamente en La Habana, cuando Sayé regresaba a su Cataluña, enferma de franquismo, y me pareció triste ante las perspectivas que lo aguardaban. Tenía a su haber mucha investigación y no pocos libros logrados; pero no había progresado en su ideario y entendimiento de los problemas tan graves de su patria y del mundo. Le pedí entonces su "currículum vitae" y retratos, para escribir, documentado, acerca de su vida y obra enaltecedoras y que me atraían. Me los entregó con agrado, y no tardé en sentir arrepentimiento y desgano; sabedor de que iba a incidir por mi incapacidad para entrar en el tema separado de lo esencial político, marginando la médula y sustancia del problema.

Mi presencia, breve esta vez, en su casa en Barcelona, 1960, replanteaba la controversia ante las heridas y sufrimientos vividos por ambos en nuestras patrias respectivas y fuera de ellas, sometidas durante años, subyugadas y ofendidas por las botas militares y sangrientas tiranías que intentaron doblegarlas y las enfeudaron, expoliadoras y crueles. Ahora el cielo se había despejado para Cuba, aunque permanecía entenebrecido para España, y más con la garra imperialista yanqui clavada en su entraña que permanece. Le dije, gozoso, que Cuba era libre, independiente y soberana, y mi condición de primer embajador, nombrado por el Gobierno Revolucionario, ante una República Socialista, Yugoslavia, a la que me encaminaba para crear la misión cubana. En recuerdo de esta visita me obsequió el libro de Maurois, que estaba leyendo placenteramente aquel día, con su firma estampada en lo alto de la primera página. Este es el libro que dejé olvidado, dolorosamente, en una mesa de la oficina anexa al edificio del Ministerio de Transporte, donde se reinscriben los automóviles deteriorados cuando regresan a la circulación.

La última vez que reencontré a Sayé fue en septiembre del 63, en el Palacio de los Congresos de Roma, con motivo de la magna Asamblea que celebraba la Unión Internacional contra la Tuberculosis, y a la que concurrí como Director Nacional en representación de nuestro Ministerio de Salud Pública del Gobierno Revolucionario. Ya Cuba era el Primer Territorio Libre y Socialista de América por la voluntad, decisión y coraje de sus hijos. Mi participación en aquella Asamblea fue la de un hombre rejuvenecido, alborozado y eufórico, que ostenta la credencial de un país heroico, y que ve, palpa y sabe respetado, vertical y digno. Sayé, el Profesor ilustre, a quien respeto y quiero, me pareció envejecido, triste y aislado, como un hombre que ha perdido la sustentación nutricia de su tierra.

 

 

* Periódico "El Mundo", diciembre 29 de 1966.