Ángel C. Arce, un médico menos*

 

 

Uno más de nuestros compañeros graduados del 18, Ángel C. Arce Fernández, se rindió a la muerte que lo fue ganando cruelmente, en agobiadora disnea e intenso padecer. Lo sepultamos el día 25, fecha recordada por aniversario de una grande figura adamantina de la patria: Julio Antonio Mella, que nació el 25 de marzo de 1903. El entierro de Arce fue nutrido: familiares, amigos, compañeros, porque padre prolífico en su descendencia, médico servicial y bueno, compañero invariable y consecuente, hombre político y de su partido, —el Partido que fundara Mella en 1925— cubano de su Oriente entrañable y sembrador generoso, desinteresado y limpio, convocaba su muerte a su última cosecha y despedida final. A ella fuimos también, atribulados, algunos del curso 18, representativos de los pocos que restan y suma expresiva de cuantos estamos aquí, en nuestra tierra y en servicio activo a nuestro pueblo, de pie y en la lucha revolucionaria, dolidos por los que caen para siempre y aclaran nuestras filas, sin acordarnos de cuantos desertaron y se fueron sin regreso posible.

De aquel grupo numeroso que empezamos juntos la carrera en 1913, no pocos se rezagaron jadeantes, hasta perderse en el retraso y lejanía; algunos desistieron y se desviaron, y alcanzamos la meta y graduación unos ochenta y tantos en el año crucial de 1918, —cuando terminaba la primera hecatombe y gran guerra de carácter universal—. Antes de graduarnos, ya en el último año, se produjo la primera baja: abatido por la tuberculosis cayó el atleta más cultivado de la Escuela de Medicina, y, seguramente, de la Universidad de entonces a quien llamábamos "el herrero" por la complexión física y sus iniciales H. R. O., Heriberto Rodríguez Orta era el nombre completo de aquel estudiante y compañero nuestro que no logró alcanzar su título, y a quien dimos sepultura sus condiscípulos, ya médicos y más afortunados.

Ángel C. Arce fue estudiante aventajado, de curiosidad amplia y diversa, no limitada a los dominios de las ciencias médicas y biológicas, de carácter un tanto reservado, a veces; pero no de temperamento introvertido por su natural expansión, abierta y cordial, hecha a cultivar la amistad. De tez mulata y facciones finas, tenía en su contextura y movimientos rasgos de mosquetero que adelantaba valentía y desenfado, aunque la nota dominante de su personalidad era el aplomo, y, de su conducta, el enjuiciamiento certero y previo antes de pronunciarse y proceder. Esta su manera le daba un aire de empaque y autoridad que se extendía en torno suyo y le atraía audiencia, respeto y aquiescencia, y solía complacerse en romperlos con la salida humorística e irónica, cuando no sarcástica.

Ángel Arce era de Guantánamo, y como a toda la gente buena de por allá, nuestra provincia, le satisfacía saberse, y sentirse de Oriente, tierra que pare hombres de fibra y médula patrióticas. Ya médico se fue a ejercer a su pueblo, la ciudad del Guaso, y sufrió allí los primeros encontronazos y contragolpes de todo inicio profesional, y más cuando se trata de los primeros pasos en que se conjugan y entrelazan la ciencia y arte difíciles de atender, preservar y curar al ser humano. No tardó mucho el doctor Arce en penetrarse de los sufrimientos, estrecheces y angustias, de la gente humilde y desposeída de su región, en la misma medida que aumentó un consultorio suyo abierto y dedicado, especialmente, a los trabajadores y clases de escasos recursos. Fue en el contacto diario con los obreros, su explotación y penuria, patología y pauperismo, que el médico Arce entró en preocupación y avizoró la realidad y trasfondo de la lucha de clases. Después descubriría, ya preso, —y por su posición rebelde y enfrentamiento a la situación de tiranía que ensangrentaba al país— el profundo sentido de una frase bien conocida de los reclusos políticos, porque aparecía escrita en las paredes de nuestras prisiones de la época: "las cárceles son las universidades del proletariado". Y bien que la entendió el doctor Arce, por cuanto aprendió durante su estancia obligada, y estrecha convivencia con hombres probos y figuras dirigentes del partido vanguardia de la clase obrera. En la cárcel también se graduó de médico Arce, y allí encontró su ruta definitiva de hombre, político y cubano: se hizo comunista para el resto de sus días.

Ángel Arce, médico, gustaba de los caminos intrincados, no trillados, al menos, de la patología y la clínica, y decidió profundizar en desbrozo de una rama y capítulo inéditos en nuestro medio: la Sexología. Fue el primero que se entregó entre los médicos cubanos a los estudios sexológicos con decisión, seriedad y valentía, porque en una sociedad burguesa, gazmoña y pacata, el solo enunciado de la titulación ruborizaba como una indecencia, y objeto tabú de vedado esclarecimiento, aún cuando fuese guiada la intención por el afán investigativo y la pasión científica, y cuando ya en el exterior, Europa y Norteamérica, se extendían los conocimientos mediante los tratados, libros y ediciones repetidas de los Havelock Ellis, Davis y otros, sobre la psicopatología sexual, sus vericuetos y meandros, y tiempo antes el genio de Freud dio a conocer sus concepciones, teorías y tesis, y puso en marcha la panorámica de su interpretación que alcanzó gran boga y "se puso de moda" hasta en los labios retocados de las damas elegantes y burguesía dominante de los salones privilegiados y "clubs" más exclusivos. Ángel Arce, médico comunista, insistió ahincadamente en el problema y sus derivaciones, fundó una publicación a sus expensas, que persistió años y escribía prácticamente solo; se ganó críticas y comentarios mordaces, y dejó caso ultimado un libro que recoge sus experiencias, observaciones, casuísticas, y es, al propio tiempo, una obra meditada, juiciosas, de su mente lúcida, y paseó en su compañía, y de su mano, por los campos de la historia, geografía, sociología, Phycis y Psiquis, —soma y espíritu, o, mejor, cuerpo y actividad nerviosa superior— tradición y costumbres, tiempo y espacio, patología y sanidad, y siempre en adecuación y relación, —condicionada y condicionante, visceral, funcional y sistémica— con la unidad y equilibrio orgánico en que intervienen poderosamente lo sexual y fenómenos sexológicos, la maravillosa función que nos hace raigalmente inmortales en la descendencia y sucesión de los hijos.

Designado por los familiares de Arce habló en su tumba Aníbal Escalante, viejo amigo y compañero, con emocionada palabra de agradecimiento y despedida postrera. Dijo Escalante la calidad humana del médico que perdíamos, y, con la frase imperecedera de Unamuno, "nada menos que todo un hombre", fijó su coraje, decisión y valor. Refirió una anécdota de su vivir que lo retrata todo entero: la de aquel día en que esperaban el asalto al periódico "Hoy" por las fuerzas represivas de la época nefanda, —entronizado en relajo el desgobierno imperante— y se presentó el doctor Ángel Arce en la dirección ante el asombro de los reunidos. A la pregunta intencionada: ¿qué te trae por aquí?, respondió con aquel su alegre desenfado: "Es hoy cuando precisa mi presencia, ¿no?".

Una última afirmación, que comprobamos todos en el cementerio aquella mañana dolorosa, y que hube de comentar a media voz: faltan aquí, en este acompañamiento y duelo, muchos miembros de aquel aguerrido Partido Comunista. Alguien próximo adelantó: seguramente que no supieron el deceso. Dije, a mi vez: estarán fuera de La Habana, en los cortes de caña y trabajo voluntario, por la Quincena de Girón. Pero fue así la ausencia, Ángel C. Arce, comunista por más de treinta años, afiliado, y enfebrecido que sirvió a su Partido y a su pueblo, ha muerto bajo el signo de la Revolución, deslumbrado por el milagro que ahora resplandece y amaneció en Oriente, cuando desembarcaron los bravos del "Granma", en la reja y cuchilla del arado que configura la provincia, y alcanzaron la Sierra Maestra para extenderse por los llanos a su hora, enfervorizado ya el pueblo que los seguía, y ganar la victoria definitiva a oleadas de coraje y heroísmo, martirologio y muerte. Ángel Arce pudo irse sabedor de que la patria es libre, independiente y soberana; pudo dejarnos bien penetrado de que Cuba es, por siempre y para siempre, el Primer Territorio y Nación Primera Libre y Socialista de América. Supo Arce, y supo bien, que su tierra está habitada por mujeres y hombres de un solo color, y que alcanzaron los cubanos todos, unidos bajo el ideario de José Martí, la dignidad plena del hombre. Descanse en la paz de su tierra tan amada el compañero y hermano desaparecido.

 

 

* Periódico "El Mundo", abril 28 de 1967.