Guevara, Comandante de los pueblos*

 

 

Asistí de bien lejos, todo ojos y oídos, a las dos comparecencias de Fidel ante el Pueblo, para anunciar oficialmente, la primera, y analizar, el infausto suceso de universal impacto y sacudimiento nacional en que perdió la vida, y alcanzó la inmortalidad, —tránsito y muerte heroicos, y agonía— nuestro comandante Ernesto Guevara.

Si la presencia inicial de Fidel fue de ensombrecida protesta y meditado examen, —tenso el gesto y sobrio el continente, frenada la emoción para embridar la pena, directa la acusación al imperialismo y sus lacayos miserables, emboscados y traidores— la segunda, y de redoblada audiencia infinita, estremecida, convocada en solo horas para rendir tributo a la memoria del Che, —que así lo quiere y llama el Pueblo— resultó un homenaje apoteósico, impresionante y grandioso "in memoriam".

Presencié y oí desde Santiago, en Oriente, el cumplimiento sin medida y en torrente, a la convocatoria popular y asamblea solemne en la Plaza de la Revolución, y fue tan nítida y precisa la transmisión, que experimenté, por vez primera, como impregna, y cuanto penetra, ese maravilloso medio de comunicación audio visual que es la televisión. El toque de clarín, y silencio escalofriante, ya venía impuesto por la enternecida disposición de absoluto recogimiento, y dolor unánime, de aquella imponente multitud que desbordó la Plaza, en toda su vasta extensión, y zonas aledañas perdidas en la sombra.

La oración de Fidel tuvo sus inflexiones más hondas y graves, matizadas de persuasión y convencimiento, de estimación ilímite que converge a Camilo, de cariño profundo y fraterno, para el HOMBRE verdadero y valor singular, ejemplar y nuevo, que perdía Cuba y su Revolución, —una sola y misma sustancia— como fundador, y se alzó a la inmortalidad, como precursor, en el altiplano de Bolivia y tierras de América. El guerrillero invencible y tenaz, y jinete insomne, que repasa las cumbres de los Andes, y junta sus vértebras, en la tarea renovada de sus pares, San Martín y Bolívar, para articular en su médula, grito y ecos multiplicados, que llaman a la acción y guerra necesarias, si ha de lograrse la segunda y definitiva independencia, liberando el Continente, y todas sus Repúblicas del imperialismo yanqui, la explotación del hombre por el hombre, esclavitud, miseria y pobreza; socializados ya los medios de producción y de cambio, y en desarrollo el socialismo científico y pensamiento filosófico marxista-leninista, que llevan al comunismo.

Ya recobrado de la angustia colectiva, que nos tocó a todos ante la evidencia dolorosa de los hechos, debo confesar que la sacudida, —mas que estupor— subsiguiente a la declaración oficial confirmativa, —doblada del análisis exhaustivo, acusatorio de los verdugos y asesinos confabulados, y mensaje pletórico conjunto, de esperanza y fe en los destinos de América, Asia y África, de sus pueblos oprimidos y expoliados— me dejó en desasosiego y desvelo, aún no aquietados cuando compareció Fidel de nuevo, en su oración fúnebre y magistral que electrizó a Cuba entera, por su manera cabal y sentida de recoger el palpitar y duelo nacionales, para levantarlos como ofrenda perdurable de su Pueblo agradecido, a la altura del holocausto inmarcesible en que se inmoló el comandante Ernesto Guevara.

Aquella noche del miércoles 18, después de oír a Fidel, y verlo hablar ajustado de aire y ademanes, compostura y dominio, y en adecuación de su voz vibrante y léxico de innúmeros acentos, interpreté, a tono con la mía, la emoción que atenaceaba a su audiencia infinita, la multitud incontable que se apretaba tensa, y sin aliento casi para no perder una sola palabra de cuantas borbotaron espontáneas de su corazón transido y manantial de límpida corriente. Descubrí, sin esfuerzo, el llanto callado que fluía de los ojos abiertos, y sentí, desplegadas al viento de la noche cubana y altitud de sus Andes, las alas del cóndor y presencia del Che, que Fidel parecía invocar para que arropase en su tónica gigante, inmortal y sin desmayo, a todos los pueblos explotados y tristes y, en especial a nuestro Pueblo, que por suyo lo entiende y lo venera, y seguirá su ruta de sacrificio y de victoria, la que nos dejó con su vida y ejemplo hasta coronarla triunfante por su dedicación y entrega, y sangre suya; hasta ver y saber a Cuba independiente y soberana, y primer territorio libre y socialista de América. Después, peregrino de la libertad, y que se dio a los desposeídos de tierra, siguió su estrella y rumbo de combatiente guerrillero; pero ciudadano de su América ocupada y desnutrida, —hambrienta de justicia y pan—, y antiimperialista, sin fronteras apercibido a la acción, bien pertrechado de teoría y práctica, estrategia y táctica, fue a desposarse con la muerte, allí donde lo emplazara y la encontrase, sin importarle que fuese en combate abierto o en la más vil de las emboscadas, urdida por la traición y a cobrar en "dollars"; siempre lo acompañarían su plácida sonrisa y, a flor de labios, la frase imperecedera que escribió como premonición de su despedida postrera: "En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea siempre que ese, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo, y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos, con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria".

Fidel, modelador de pueblos y escultor de hombres, que rompen a andar por el camino único y salida de la Revolución proletaria y campesina, —con orientación y sentido, conciencia y principios marxistas-leninistas— fue un artífice en la talla ciclópea que nos brindó de su oración solemne. La efusión total que lo anima, su elan vital, se volcó en palabras justicieras y dechado de ideas, y la imagen del Che, Comandante de los Pueblos, creció entera ante nuestros ojos atónitos, hasta alcanzar toda su estatura moral, y le infundió vida y movimiento, aquel su dinamismo sin fatiga, en que lo neuromuscular era hechura y obedecía a su voluntad indomable, y aquel su pensamiento revolucionario y talento preclaros, que Fidel exaltó sin hipérbole, tanto como su coraje y acometividad, para señalar, de inmediato, la nota dominante de su exquisita sensibilidad humana y sentimientos amistosos, mientras desgranaba el rosario adamantino de su vida excelsa. Y así quedó tallado el Arquetipo, con todos sus perfiles, cuando Fidel, conmovido, cinceló este párrafo: "Si queremos expresar cómo aspiramos a que sean nuestros combatientes revolucionarios, nuestros militantes, nuestros hombres, debemos decir sin vacilación de ninguna índole: ¡que sean como el Che! Si queremos expresar como queremos que sean los hombres de las futuras generaciones, debemos decir: ¡que sean como el Che! Si queremos decir como deseamos que se eduquen nuestros niños, debemos decir sin vacilación: ¡queremos que se eduquen en el espíritu del Che! Si queremos un modelo de hombre, un modelo de hombre que no pertenece a este tiempo, un modelo de hombre que pertenece al futuro, ¡de corazón digo que ese modelo sin una sola mancha en su conducta, sin una sola mancha en su actitud, sin una sola mancha en su actuación, ese modelo es el Che! Si queremos expresar cómo deseamos que sean nuestros hijos, debemos decir con todo el corazón de vehementes revolucionarios: ¡queremos que sean como el Che!"

 

 

* Periódico "El Mundo", octubre 26 de 1967.