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El doctor Raimundo de Castro y Allo, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana*

Sr. Presidente de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana,
Sr. Decano de la Facultad de Medicina,
Sres. Académicos,
Señoras y Señores:

Es harto conocida la inmensa emoción que sufre el que por medio de la palabra hablada o escrita quiere en un momento dado transmitir todos los sentimientos que le embargan, y si a esta natural emoción se añade la responsabilidad de haberme comisionado el Decano de la Facultad de Medicina el exponer esta noche, ante esta culta concurrencia, todo lo que significó en la Historia de nuestra Facultad el Profesor Raimundo de Castro y Allo, comprenderéis seguramente la difícil situación en que me hallo, deseoso de superarme como nunca, incapacitado de decir todo lo que quisiera, que por fortuna habéis escuchado en gran parte en el brillante discurso del doctor. J.A. Presno que tan felizmente me ha precedido.

Designado por el Gobernador Superior Civil de nuestra Isla el doctor. Raimundo de Castro, Catedrático Auxiliar de Anatomía Quirúrgica, Operaciones, Apósitos y Vendajes en 15 de febrero de 1866, practicó esta enseñanza hasta el 23 de junio de 1869 en que emigró a los Estados Unidos a causa de la Revolución por la libertad de Cuba. Al regresar a su país y desde el 30 de diciembre de 1880, fue designado Catedrático Auxiliar por el Gobernador General de la Colonia, a virtud de Concurso; recibiendo en 4 de enero de 1881 la orden de ocupar la Cátedra vacante de Clínica Médica Primero y Segundo Cursos, designación que confirmara la Real Orden de 3 de febrero de 1881, correspondiéndole explicar Patología General, Patología Médica y Clínica Médica, durante el primer año, y en funciones de Auxiliar hubo otro año de enseñar Patología Quirúrgica, Clínica Médica y Clínica Quirúrgica. Continuó como tal Auxiliar hasta su entrada en 11 de junio de 1883 como Catedrático Numerario, por oposición, de la de "Clínica Médica y Deberes del Médico en el Ejercicio de su Profesión", como así se llamaba en aquella época el más alto sitial de nuestra Facultad de Medicina, donde continuó realizando la enseñanza de la Clínica Médica hasta que, con injusticia como nunca, se segó su valiosa existencia el 5 de noviembre de 1902. Esto es, un total de servicios prestados a nuestra Escuela durante un cuarto de siglo, forjando en su Cátedra los más distinguidos médicos con que se ha beneficiado nuestro país, muchos de los cuales, como profesores, han más tarde honrado nuestra Universidad.

Es para mí honor extraordinario el haber sido del grupo de sus últimos discípulos, en los Cursos de 1899 a 1900, y de 1900 a 1901, habiendo recibido su enseñanza directa, día por día, lo que nos permitió obtener extensos conocimientos y una orientación que agradeceremos siempre en el difícil arte de curar.

Aun recordamos el dolor inmenso que nos causara, a los que le escuchábamos una memorable lección clínica sobre los ícteros, las primeras manifestaciones de su enfermedad, consecuencia natural de la alta labor realizada por su extraordinaria inteligencia. Fue su cerebro el dañado, como pasa tan frecuentemente en los verdaderos maestros que lo ha dado todo, que profesan el culto de su Cátedra, en los que ocurre al fin lo que con tanta razón dijera Foville al estudiar los mecanismos de la palabra, en que se ponen a colación la memoria, la conciencia y la voluntad que la engendran, con los mecanismos groseros de la articulación que la expresan, mecanismo complejo y altamente delicado, que hace que muchas veces sean sus trastornos los primeros síntomas que denuncien los desarreglos nerviosos de la parálisis, y precisamente por defectos de fonación.

No quiero dejar de expresar este doloroso trance de mi vida, en que vi desfallecer al gran maestro, ante la intensa estupefacción de sus discípulos allí presentes, que en ese instante sólo pudimos, con manifestación sublime de la impresión que nos causara aquel fenómeno que iniciaba su desaparición, permanecer cabizbajos, pensativos y tristes, en un silencio profundo, manifestación del más grande respeto que por él sentíamos todos; esperando, como fue, que todo aquello pasara, para volver a escuchar su verbo tranquilo y reposado, lleno de razones convincentes y de intensos conocimientos que su cultura médica, su practica extensa y su observación sistemática y minuciosa habían podido acaparar, para transmitirlo en fórmulas de fácil comprensión y de enseñanzas extraordinarias.

Esta labor en la Cátedra, realizada con una constancia y exactitud prodigiosas, se unían a su completa disposición natural para la Clínica, haciendo de él un perfecto médico, de condiciones no igualadas. Así no es de extrañar que uno de sus discípulos y amigo, el doctor. Gustavo López, en el discurso de elogio póstumo que hiciera del Maestro, dijera de él: "que poseía lo que el anciano de Cos, el Padre de la Medicina, exigía del médico: Exterior sencillo, decente y modesto, grave en el porte, dulce y afable con todos, a la que se añadían sus atinados juicios, sus certeros diagnósticos, su exquisita corrección profesional, su caballerosa conducta. Siendo otras cualidades de su carácter la prudencia, que con su espíritu de observación y su proceder metódicos, le proporcionaron las bases de su habilidad extraordinaria en el arte médico, no superado, a nuestro entender, en aquella época por ningún otro clínico de los existentes".

Esto explica que tuviese la mejor clientela en nuestro medio social, lo que aumentaba prodigiosamente el caudal de su experiencia y le proporcionaba numerosos ejemplos con que adornar sus lecciones, de tal manera que realizó, en mi concepto, un ideal del Maestro de la clínica, puesto que aunaba los datos que podían obtenerse en las salas del hospital, donde el cuadro de la enfermedad se basa sobre las condiciones especiales que crean la miseria y la ignorancia, conjuntamente con aquellas expresiones clínicas que se obtienen en la patología del que hace vida acomodada, a veces también arruinada por el exceso de bienestar y por el desgaste que ocasionan el vicio, y el dolor de los sinsabores de los cataclismos sociales que bullen en la "élite" y de cuya trascendencia conoce el médico más aún que el propio desdichado paciente. De esas fuentes obtenía el clínico, en su función de maestro, una visión extraordinaria y bien ponderada, que le permitió transmitir los tristes y diversos aspectos que la enfermedad puede realizar en sus víctimas, y llegar a preparar verdaderos médicos en gran número de sus discípulos.

Cuando examinamos el programa presentado a las oposiciones a la Cátedra en el año de 1882, en el que expone y precisa los métodos de enseñanza que se proponía practicar, se observa cuanta razón tuviera al estimar la dificultad de su cometido y tratar de determinar cuál era el método más conveniente en un programa de enseñanza, tratándose de la Clínica Médica.

"Esta Ciencia -decía- no es más que la enseñanza práctica de la Medicina, la transformación en conocimientos prácticos de los datos adquiridos por el estudio de la Patología Interna. Son inseparables, pero siguen vías distintas: la una, reúne hechos parciales, los agrupa, generaliza y abstrae, para constituir las enfermedades; mientras que la otra, provista de estos mismos datos, trata de cerciorarse sí, efectivamente, los presenta el enfermo, si los ofrece todos o tan solo algunos, si están o no modificados, del por qué de esas modificaciones, si existe relación entre los fenómenos observados y las lesiones que pudieran producirlos y, finalmente, procura prever la marcha y tendencia del mal para instituir el tratamiento más oportuno en cada caso".

En otro párrafo de ese interesante juicio razonado de su programa, lo vemos establecer la influencia que en las modalidades clínicas crean los estados constitucionales, cuya influencia hacen de la Clínica lo más importante de los conocimientos médicos, pues es en el hospital donde se lee diariamente en el libro abierto que ofrece el enfermo y en la lámina más que elocuente que ofrece la comprobación necrópsica.

Pero, lo interesante también de este trabajo aludido, es que el doctor. Castro ya presumía los utilísimos servicios que habían de prestar a la Ciencia Médica las Ciencias Naturales, para poder llegar a relacionar en la enfermedad la causa que la motivaba y el efecto que observáramos en el enfermo y la gran ayuda que había de prestarle también las ciencias físico-químicas para el establecimiento de diagnósticos diferenciales, creando bases de certeza y facilitando siempre el esclarecimiento de hechos dudosos de la Medicina.


Fig. 12. Dr. Raimundo de Castro Allo (1841-1902).

Reclama las ventajas que reporta la asistencia a las Clínicas "porque los datos recogidos a la cabecera del enfermo no se olvidan (decía él) y a medida que la enseñanza se prolonga, facilitada y esclarecida con la cooperación de los medios de observación, y ordenada con la apreciación metódica y razonada de los cuadros clínicos, el criterio médico va formándose y la investigación es más expedita y, por fin, llega a verse claro a la cabecera del enfermo".

También, expone la influencia de la experimentación, reconociendo los obstáculos que este método presenta frente a la simple observación, cuando quieren deducirse hechos positivos y prácticos. Señala también la importancia que tiene la experimentación como base terapéutica, y cita, con admirable precisión, las ventajas que ha podido reportar para la humanidad la inoculación de un virus determinado: la vacuna de Jenner para evitar la viruela, y las experiencias de Magendie y Brechet, logrando transmitir la rabia a los perros por la inoculación de la baba del hombre, así como el transporte, por Rayer, del muermo del hombre al caballo.

De esta manera el doctor. Castro y Allo se traza la línea de conducta más completa para la enseñanza de la clínica médica.

Para mejor facilidad de su enseñanza, hace un estudio práctico, como iniciación de programa, de todos los procedimientos de exploración física del enfermo dando de esta manera las bases más importantes de introducción a la Clínica.

En su enseñanza en la Facultad de Medicina, hay una que desgraciadamente solo se realizó durante los primeros tiempos del ejercicio de su Cátedra, aquella referente a todo lo que se relaciona con la moral médica, que era comprendida, como habéis escuchado, entre las materias correspondientes a la Cátedra que hiciera oposición el año de 1883 y que planes de estudio las refiriese a otra cátedra. Él decía que esa parte de su programa tenía un interés notable, y que estaba tan hermanada con la Clínica que apenas si se concebía la existencia aislada de esta; la ligaba, pues, con criterio de marcha inseparable de la clínica, porque los deberes del médico para con sus enfermos, con la sociedad y con sus compañeros en el ejercicio de la profesión sólo los concebía estrechamente unidos a la práctica clínica y a los principios generales de la filosofía.

Era este programa de deberes del médico fase para estructurar de manera firme la moral de los que iban a recibir ese título de nuestra Universidad, y en él se dejaba sentado la obligación bastante descuidada: de concurrir al adelanto de su Ciencia, así como perfectamente puntualizado todo lo que concernía a las atenciones especiales que debían recibir por el médico todos los distintos elementos constitutivos de la sociedad, elevando la profesión médica a la categoría de un verdadero sacerdocio, en el que podemos decir que nuestro querido maestro resultaba el ejemplo más perfecto: porque nunca estaban mejor representados en una persona todas las condiciones de inteligencia, de preparación especial para su carrera, de estudio constante y bien dirigido, de vocacionalidad extraordinaria, de categoría superior, sin que jamás influyese para disminuirlo el brillo espectacular de la medicina, de grandeza fingida y de aparatosa falsedad, con que vemos que quieren adornarse aquellos que la ejercen, que no han sentido en ningún momento todo lo que significa de sacrificio esta profesión de médico, en la que no dice nada para sus grandes hombres la ganancia pingüe, ni la influencia social casi mágica, ni esa brillantez que solo se halla pendiente de las crónicas sociales; sino que, como entendió él sus obligaciones, fue seguida con modestia extraordinaria, con la sonrisa y la dulzura en sus facies durante el recorrido de su vida y de su Cátedra; ejemplo que perdurará para todas las épocas cual del prototipo del médico y maestro.

Una lista de sus trabajos científicos exponen su capacidad desde que recibiera en 7 de octubre de 1865 con notas de Sobresaliente el Título de Doctor en Medicina, con Tesis de Grado, titulada: "¿El íctero grave debe considerarse como una enfermedad esencial, o bien como un síntoma de diversas afecciones?", leída y sostenida el día 1º de junio de 1865.

El discurso para su grado de Licenciado de Medicina, titulado "Necesidad de la Filosofía en la Medicina".

(1867)"En el estado actual de la ciencia el estado puerperal y la llamada metritis puerperal no constituyen una misma             enfermedad."

(1879)"Observaciones de un caso de hernia ínguino- escrotal izquierda congénita (oblicua externa estrangulada, operada por             debridamiento y curada)."

Sesión del 27 de abril de 1879, de la Academia de Ciencias.

(1879) "Informe de la Memoria del Dr. Juan Guiteras, sobre 'La monoplegia facial"

Sesión del 14 de diciembre de 1879.

(1884) "Informe relativo al 'Estudio abreviado de las fiebres llamadas miasmáticas más frecuentes, y efectos de la malaria en              los climas cálidos ´, presentada por el Dr. Montenegro".

(1886) "Informe relativo a un 'Tratado práctico de las enfermedades de los oídos"(Se refiere al del Dr. B.St. John Roosa).

(1886) "Informe relativo a una tesis sobre 'El tifus icteroides' del Dr. Francisco Domínguez Roldán".

"Memoria de los trabajos realizados por la Real Academia durante el año de 1886 al 1887"(Sesión del 19 de mayo de 1887).

(1890) "El Hipnotismo como tratamiento, su empleo en nuestros hospitales" (Sesión del 13 de abril de 1890).

(1894) "Discurso de contestación al de recepción del Dr. Jacobsen sobre 'Una localidad para tuberculosos".

(1881) "Caso de vaginismo curado por medio de las incisiones múltiples del esfínter vaginal". Archivos de la Sociedad de              Estudios Clínicos.

Dos discursos presidenciales en el VII y IX años de la fundación de la Sociedad de Estudios Clínicos, respectivamente, que le impusieron su cargo de Presidente de dicha Sociedad.

Queremos terminar, pues no permite prolongar este discurso la índole del mismo, tal como nos ha sido encomendada.

El querido maestro, además de tanta enseñanza como ha sabido dejarnos, y como estela brillante de su nombre, nos ha legado a su hijo, también hombre ejemplar, querido compañero mío de las aulas universitarias, uno de esos hombres de condiciones de carácter similar al de su venerable padre, con el que me siento estrechamente obligado por motivos de esos afectos que se hacen en los bancos de la Universidad, que no se olvidan jamás. El es hoy también Profesor de la Escuela de Medicina y es quien por circunstancias de mera casualidad le ha tocado seguir realizando entre nosotros parte del programa que iniciara se padre, en la enseñanza de la moral médica entre nosotros, como si la Naturaleza hubiera dispuesto que para ello, como para la veneración de ciertas imágenes, se requiriese una condición vinculada a la moral de ciertas familias. A ellos les ha pertenecido el derecho de mantener este fuego sagrado.

No obstante la gran obligación que nos unía al recuerdo imborrable del Maestro, quizá hubiese dudado el aceptar el hacer el discurso de su homenaje, como miembro de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana; porque no obstante las casi cuatro décadas que nos separan del luctuoso día de su desaparición, su imagen esta presente en mi mente con caracteres de superioridad tan extraordinaria, que me siento cada vez menos capaz para exponer toda su grandeza moral, ni su extraordinaria condición de Profesor. Y sólo al llamamiento amistoso de mi compañero de esta Escuela y de la época estudiantil, es que he podido aceptar honor tan inmerecido. Entre los discípulos de Raimundo de Castro y Allo, tal vez solo me correspondiera el callar recogidamente ante su imagen, y caer de rodillas para implorar al Dios que rige nuestros destinos, que otorgue otra vez a nuestra Escuela el privilegio de hombre de su temple, que encarnen todas las grandezas que en él concurrieron, para levantar su prestigio y el de la profesión de médico, que solo los perfectos caballeros como él han sabido mantenerle su respetabilidad.

* Trabajo leído en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana en la reunión científica del 22 de diciembre de 1941.

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