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Elogio del Dr. Raimundo G. Menocal (1856-1917)*

Señores académicos:

Jamás ha sentido mi espíritu una tribulación mayor que la que me ha impuesto el deber de dirigiros la palabra esta noche, en que llamado a justificar vuestra elección, temo defraudar mis propias esperanzas dándoles un testimonio de vuestro error.
El grande honor que significa para mí encontrarme en el número de aquellos seleccionados que honran la ciencia de nuestra patria y el hallarme en este sitio para el que seguramente no me encuentro aún bastante preparado, contribuyen a mermar las escasas facultades que poseo.

Mas grande aún me parece el error de vuestra designación cuando pienso que vengo a ocupar la silla que en el seno de vosotros tuviese con todos sus triunfos y esplendores, alguien que no podrá ser jamás sustituido, que reunía excepcionales condiciones, aquel que fue para mí el maestro querido, cuyo recuerdo oprime mi pecho con el más profundo de los dolores y abate mi espíritu de intensa manera: el doctor Raimundo G. Menocal.

Debo declarar que para cumplir el deber estatutario de hacer el elogio de mi ilustre predecesor, debiera la Providencia haber traído alguien al seno de esta Academia que poseyera preparación literaria suficiente, para que en el más exquisito de todos los lenguajes y en la más correcta de las expresiones, pudiera hacer resaltar como lo requiere la gran figura del que a no dudarlo fue para nosotros el genio de la cirugía.

Y es más triste aún mi condición cuando sólo puedo presentaros como méritos para tan ardua tarea, las lágrimas que afluyen a mis ojos y el culto que por él tengo en mi corazón.

Dura condición es la que me imponen vuestros Estatutos al ofrecer "a la absorta mirada del que por primera vez atraviesa vuestros umbrales, seno de vuestras grandezas y esplendores el tenebroso recuerdo de una tumba y la obligación de que mi pluma trace en este recinto un epitafio."

Serán breves las palabras que deban mi diestra trazar en razón precisamente de las grandezas y de las virtudes del que conmemoran. Pero quiero en primer termino expresar que por muchos que fueran los honores que recibiera y mayor mi deseo de encontrarme entre vosotros, mejor hubiese sido para mí contemplar desde fuera al maestro querido, que tanto contribuyó con sus enseñanzas en los escasos conocimientos que poseo, y del que tanto hubiese podido aún aprender si la muerte no hubiese querido separarlo para siempre de nosotros en el mes de agosto de 1917.

Ante esta misma Academia en sesión solemne del día primero de noviembre de 1917 uno de vuestros compañeros el doctor Federico Torralbas hubo de proclamar de manera brillante todas las virtudes y grandezas del hombre de ciencia que hoy tengo que rememorar y como seguramente no podría añadir una palabra más porque forzoso sería repetir con las mismas la historia de su brillante ejecutoria, permitidme que esta noche la dedique a la menos proclamada pero tal vez la más importante de todas ellas; la que por suerte me tocara a mí apreciar de una manera más intensa, por haberme cabido la fortuna de permanecer a su lado en la Cátedra de Clínica Quirúrgica de la Universidad durante un período de dos años, privilegio que el destino me deparara, porque más tarde las modificaciones de los planes de estudio de la Universidad redujeron la enseñanza de esa Clínica a un solo curso. Habéis comprendido que quiero referirme principalmente al Maestro.

Cuando en el mes de junio de 1899 comencé el aprendizaje de la Clínica Quirúrgica todos mis entusiasmos y todos mis desvelos sufrieron una intensa paralización, ante el cuadro que se presentaba para nosotros entonces en lo que constituía la cirugía en nuestros hospitales.

Aún recuerdo con horror aquellas intervenciones practicadas sin anestesia, en medio de los profundos ayes de dolor que arrancaban al cuerpo desgraciado del operado la mano del cirujano.1

Aun me parece recordar las indicaciones basadas en diagnósticos que solo el ojo clínico podía robustecer sin poner a colación todos los recursos que la ciencia en sus investigaciones ponía en manos del médico.

¡ Que horizonte tan limitado y que repugnancia inspiraba al hombre de corazón el abordar la línea quirúrgica !

En ese propio año fue nombrado Profesor de Clínica Quirúrgica de nuestra Universidad el doctor Raimundo G. Menocal y cómo la aurora resplandece con sus hermosos matices inundando al mundo con luz y colores, mientras la oscuridad de la noche se disipa avergonzada ante los rayos luminosos del Astro Rey, así surgió para nosotros una nueva y fecunda labor científica pareciéndonos que habíamos pasado del borde de un Infierno a la vista de un hermoso Paraíso.

Y aquellos ayes lastimeros que todavía, aun a través del tiempo transcurrido parecen a veces escucharse en mis oídos, y que indicaban que se estaba realizando una intervención quirúrgica, cesaron de oírse para siempre en el recinto del Hospital, y comenzaron a realizarse una serie de intervenciones dentro de la apacible condición del sueño anestésico, haciéndose para nosotros grata y abordable la misión que teníamos que cumplir. Comenzóse así a erigir en nuestra conciencia el importante papel que la terapéutica quirúrgica debía tener.

Al lado de aquella importante transformación vinieron otra nueva serie de modificaciones que son dignas de ser recordadas. En uno de los extremos del pasillo central del Hospital "Mercedes" erigióse una pequeña sala de operaciones que estaba anexa al servicio de Clínica Quirúrgica de la sala "San Ramón".

Al otro extremo por los esfuerzos de un distinguido miembro de esta Academia, el doctor Emilio Martínez, fundábase un Laboratorio de Microscopía y Química Clínica, pareciendo como si hubieran sido alas que la Providencia hubiera colocado a la ciencia médica de nuestro país para que digna de su nombre surgieran aquellos que hoy la enaltecen y como allende los mares la enaltecía un Joaquín Albarrán.

En la propia Clínica Quirúrgica el doctor Menocal con sus recursos fundó otro pequeño Laboratorio y fomentó un Museo y de este modo comenzamos ya a no ver solamente las láminas, pocas veces tricrómicas de los libros, sino preparaciones macro y microscópicas. A los simples exámenes limitados a la inspección, palpación, percusión y auscultación, se añadieron a las hojas clínicas las observaciones de los exámenes químicos, las demostraciones de los hemogramas, las investigaciones bacteriológicas, las conclusiones histopatológicas, tanto en la biopsia como en la autopsia y la verdad científica presentándose ante nosotros potente y brillante, nos hizo cambiar el horror pocos meses antes experimentado por la más profunda de todas las admiraciones. Resultando así la atracción invencible hacia la ciencia quirúrgica, que la labor gigante del Maestro por lo artística y científica hiciera para siempre surgir entre nosotros.

No era dudoso que falanges de estudiantes prefiriesen desde entonces las largas horas del trabajo, en la Clínica Quirúrgica a todas las otras enseñanzas que recibieran y que como lógica consecuencia de este desvío comenzaran a surgir en nuestro medio una serie de jóvenes cirujanos que esparcidos por doquiera en nuestra República han llevado a los más recónditos lugares los inestimables recursos que esta rama de la ciencia ofrece en la lucha contra la muerte y el dolor.

Puede considerarse que el doctor Raimundo G. Menocal realizó entre nosotros la obra más fecunda que puede concebirse en materia de enseñanza. A sus esfuerzos proseguidos de una manera tenaz y constante y al amor que despertara entre los estudiantes, que fueron sus discípulos, por la cirugía se debe el estado floreciente en que se encuentra la cirugía en nuestro país en el momento actual, digna de parangonarse con los más adelantados y progresistas.

Poseía el doctor Menocal condiciones excepcionales, difíciles de reunirse en un cirujano. Conocimientos anatómicos extraordinarios, dominaba la anatomía e histología patológicas, conocía de la técnica de laboratorio, tenía ilustración médica como cualquier internista, espíritu de observación admirable, manualidad exquisita, serenidad incomparable, bondad de alma extraordinaria, como si en él hubiera encarnado todo aquello que J. L. Faure reclama para el alma del cirujano.

Maestro de nuevo corte, restringía las manifestaciones exhibistas, a las que estamos desgraciadamente tan acostumbrados, para realizar con toda la mayor objetividad posible la demostración de sus casos. Era como todos sabemos hombre de pocas palabras sobre todo cuando comenzó a dictar su cátedra pero en frases entrecortadas, a veces con monosílabos, nos ha dicho más a todos sus discípulos que la mayor parte de los maestros de la medicina cubana con sus bellas disertaciones plagas de citas que han tardado menos en olvidarse que el tiempo mismo que ellas duraban.

Sus minuciosas exploraciones en el enfermo, sus observaciones atinadas en las que revelaba sus vastos conocimientos, llevaban al espíritu del estudiante esa fe inquebrantable que requiere sentir el alumno por su maestro y cuando después de triplicar el tiempo que se señalaba por las disciplinas académicas para la asistencia a su clase llegaba el momento de apartarnos de él, sentíamos todos la pesadumbre de no poder continuar a su lado.

Todos los que fuimos graduados en los primeros años de la República, salíamos con tendencia quirúrgica y el que os habla, tal vez hoy el más alejado de esa rama médica, no dejó de sentir también esa influencia de la preparación que recibíamos en aquella cátedra y en mucho han contribuido las enseñanzas allí adquiridas para poder emprender el amplio campo de nuestra especialidad.

Sentí por la cirugía grande admiración. Hubiera continuado su estudio y hubiese seguido dedicando mis esfuerzos a ella, si las circunstancias que hacían difíciles la práctica quirúrgica en el ambiente en que nos desenvolvimos, no hubiesen creado el privilegio de educar sus manos tan sólo a unos pocos, para los que se abrían las salas de operaciones de nuestros hospitales.

Ved la impresión que dejaba en los estudiantes de la Universidad la obra del que puede llamarse el Maestro de nuestros cirujanos.

Sus iniciativas se extendieron a modificar considerablemente la enseñanza en general de la medicina durante el tiempo de su actuación decanal en cuyo período se transformaron numerosos departamentos de la Escuela, creándose el Departamento Anatómico que aun subsiste apenas sin otras modificaciones que como él las dejara. Se instalaron y funcionaron diversos laboratorios, que solo existían nominalmente en la Escuela de Medicina. Despertó el entusiasmo en sus compañeros de la Escuela, dando ejemplos saludables para todos y realizando de esta manera un grande progreso en la enseñanza de la medicina en nuestro país.

Su amor a la cátedra fue siempre intenso, no abandonándola ni aun en el período que precediera a su muerte, cuando fue designado para ocupar la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, que desempeñaba cuando ésta le sorprendió. Quizás contribuyera a apresurarla esta carga inmensa de trabajo que se impusiera, a la que se viese obligado, por una parte por su patriótico deber y por otra, por la atracción que sintiera por la enseñanza de la Clínica Quirúrgica.

Su desaparición ha dejado en la Escuela de Medicina un vacío difícil de llenar, y como en el seno de esta Academia, aun vaga entre nosotros aquel espíritu ejemplar, para animarnos a proseguir en el camino que él nos trazara y los que supimos comprenderlo, buscamos la inspiración, en el recuerdo de aquella su insuperable al par que intachable labor.

Fig. 14. Dr. Raimundo G. Menocal y G. Menocal (1856-1917).

La mentalidad quirúrgica del Dr. Menocal fue compleja, si tomamos por norma las divisiones y conceptos que en este sentido ha establecido Cathelin.

Distaba de ser un cirujano de tipo anatómico, aun cuando como se ha dicho anteriormente poseía grandes conocimientos de la Anatomía; pero era un cirujano rápido en el mayor sentido que podéis concebir. Sus dedos dotados de maravillosa manualidad hacían a veces más papel que sus tijeras y sus bisturíes.

Tenía una condición especial para la hemostasia; con rapidez vertiginosa caía su pinza siempre segura sobre el vaso sangrante; él conocía bien esta, su maravillosa habilidad, que unida a sus conocimientos anatómicos hacía que para él no se conocieran las fronteras de la inoperabilidad. Los tumores del cuello, de la axila, etc., eran para él siempre abordables.

Como poseía una condición prevaleciente dentro de su instinto quirúrgico; la sangre fría, le hemos visto por esto realizar con grandes éxitos intervenciones inconcebibles. Conocía su técnica quirúrgica de modo irreprochable, pero Menocal era un cirujano fisiólogo. Es más, el genio había besado su mano de artista y cuando él comenzaba una técnica, más de una vez realizaba modificaciones adaptables al caso en cuestión, para salvar un inconveniente, para aprovechar una circunstancia imprevista y de este modo, al fin y al cabo, él tenía su técnica propia que producía envidiables resultados.

No poseía esa condición de Cirujano-Profesor que proclama Cathelin, si hemos de juzgar solamente como tal aquel de fácil palabra, de gestos oratorios brillantes y de imágenes claras; en cambio poseía una metodización extraordinaria propia de ese carácter, y el don admirable de la síntesis, sabiendo remarcar los puntos interesantes del acto operatorio, la dificultad a vencer y gustaba más de demostrar que no de hablar. Usaba de los menos instrumentos posibles; era el tipo contrario del cirujano instrumentista porque él ya había hecho adaptables algunos instrumentos a diversas aplicaciones, de tal manera que su tijera seccionaba, disecaba, servía a veces de sonda acanalada como si hubiese sido el inventor de la de los Mayo. Se adaptaba brillantemente en su técnica al material quirúrgico que se le ofrecía, mostrando más de una vez de esta manera la aptitud manual que poseía y la ingeniosidad propia de su innata condición quirúrgica.

Era el doctor Menocal el hombre mejor dotado de potencia para el trabajo, de resistencia física extraordinaria, no ponía nunca límites al número de las intervenciones del día, realizaba, todas las que hubiesen señaladas y las que surgiesen de urgencia y no pocas veces después de realizar 6 ó 7 intervenciones en la clínica hospitalaria le hemos acompañado a seguir dos o tres en su clínica privada. Todas las energías vitales de mi juventud se estrellaban ante ese coloso de la cirugía que no sintió nunca el cansancio.

Parecía acrecentar sus condiciones a medida que adelantaba en el trabajo; el entusiasmo de un éxito, lo hacía sublime en la siguiente intervención y cuando el fracaso de alguna, necesariamente esperada o presumida habían llenado de estupor al cuerpo de sus ayudantes, mandaba impasible a preparar la siguiente, sin que sus dedos temblasen al practicarla y sin que en su espíritu existiese la menor titubeación, porque en lo profundo de su alma debía sentir la satisfacción que Emerson proclamaba "porque había hecho todo lo que se podía hacer."

En más de una ocasión fue inventor; precisamente en esa cirugía poco conocida de los médicos europeos que caracterizan al cirujano colonial, el maestro tuvo técnicas propias. Recordad si no su método para el tratamiento de la elefantiasis de las extremidades y aquella cirugía plástica que practicaba de modo admirable: la osqueosplastía por lesiones de elefantiasis filariósicas.

Tampoco conoció limitación y él me contaba sonriente sus éxitos en la operación de la catarata que practicara en otros tiempos, después de terminar una craniectomía descompresiva o una laminectomía.

Ginecólogo experto, tocólogo de éxitos francos, urologista consagrado, manejaba como pocos el instrumento que hiciese famoso a Guyón; citoscopizaba cuando pocos lo hicieron en Cuba y fue uno de los primeros en utilizar el cateterismo ureteral.
La cirugía abdominal y torácica no tuvo secretos para él; no he visto a nadie como a él practicar esas toracectomía de Schede y Delorme. En una palabra, era el cirujano más general que puede concebirse.

Otro aspecto brillante del Profesor Menocal lo fue su actuación como Profesor de Dermatología y Sifilografía a cuya cátedra hizo oposición en el año 1909. Esta asignatura existía en nuestros planes de estudios y no había sido cubierta, cuando con sorpresa de todos el doctor Menocal hizo oposición a la misma y tuvimos la oportunidad de seguir sus admirables ejercicios.

Dicha cátedra la desempeñó con las mismas actividades que la de Clínica Quirúrgica. Se ocupó de una manera intensa de las micosis en nuestro país; estudió con ahínco la histopatología de nuestras dermatosis y escribió un Manual de Enfermedades de la Piel y Sífilis, dedicado a sus alumnos. Fue el precursor de nuestra dermatología y de él tomaron sus inclinaciones los especialistas que hoy nos honran.

Su labor como publicista fue extraordinaria. Cerca de cien trabajos fueron publicados por él en nuestra prensa médica y ellos son la mejor muestra que puedo presentaros de ésta su nueva fase de actividad.

Variadas son las materias que abordó y no todas por cierto dentro de la estricta rama de la cirugía. Y mucho más hubiera producido si no hubiésemos tenido la desgracia de perderlo en una época en que aun su vigoroso cerebro estaba en las mejores condiciones para ofrecernos los grandes frutos de su saber y de su experiencia.

Así lo prueban sus últimas publicaciones como la "Contribución al estudio de las funiculitis linfo- tóxicas de los países cálidos", trabajo exquisito sobre la materia y no exento de originalidad.

Veámosle por fin en sus aspectos ciudadanos, donde desempeñó también principal papel en nuestra patria. Conspirando primero por la libertad de su país y emigrado después, el doctor Menocal mereció también todos los honores del patriota. Fue de los que aportó no solamente frutos pecuniarios y trabajos efectivos; sino el alma caritativa que dulcificó la triste condición de algunos de nuestros patriotas emigrados, llevando con su ciencia al seno de los hogares felicidad o consuelo, y casi no hay uno de los que pasaron esos amargos días que no le recuerden con agradecimiento y cariño a que se hiciese acreedor.

Después de la emigración cuando vuelto a nuestra patria le seguimos en su limpia historia, le vemos desempeñando la plaza de Concejal de nuestro Ayuntamiento, reorganizando el Servicio Sanitario Municipal.

Tuvo el mérito de ser el que fundase la primera Escuela de Enfermeras de Cuba en 1899, y por último le vimos terminar actuando en la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, donde llevó también su espíritu innovador a reformas importantes.

Padre excelente, amigo leal, correcto caballero, tenía la misma nitidez de alma que en su persona. Su aspecto atractivo, de gentleman, gozaba de las simpatías del que por primera vez lo viera.

El doctor Raimundo Menocal fue electo en 1891 miembro de esta Academia, donde habéis tenido ocasión los que fueron sus compañeros de conocer su interesante labor. Su admirable trabajo de ingreso "Contribución al tratamiento abreviado de las fracturas" fue una brillante exposición de su talento dirigido en el sentido practico.

El doctor Ignacio Plasencia tuvo a su cargo la contestación, rindiendo sincero homenaje de admiración, al que desde ese instante fuese proclamado entre los que más han honrado esta sociedad científica.

Aquí estuvo hasta que traidora enfermedad, rápida en su desenvolvimiento, cortó su vida el primero de agosto de 1917.

Fue ese día señalado para nosotros como uno de los más tristes que hemos experimentado, solo comparables con aquellos en que cayeron hombres como Enrique Núñez, Leonel Plasencia y Juan Guiteras.

Inmenso vacío ha dejado en nuestro espíritu la falta del maestro. El recuerdo constante de su grandeza me han inhibido señores por muchos años abordar el problema de su elogio. Yo he sabido levantar un altar en mi alma y un culto en mi corazón, que no se ha desvanecido a través del tiempo; pero no me había atrevido nunca a juzgarle, siquiera fuera para expresarle junto con mi admiración los hechos de mi humilde devoción; y he preferido permanecer en silencio ante ustedes a trueque de ser juzgado tal vez mal, porque siempre creí que mis pobres palabras, resultarían frías e inexpresivas para mostraros la grandeza de su alma y las condiciones extraordinarias de su personalidad.

Y ha llegado por fin este día, en que he tenido que presentarme a recordaros la sagrada memoria del Maestro, al ocupar el sitio que él tuviese en el seno de esta Corporación; como si el destino hubiese querido amargar este supremo instante de mi vida y que no pudiera llegar ante vosotros con la mirada alta del que triunfa, sino con los ojos preñados de lágrimas para ofreceros ésta, mi exposición, no como un trabajo que amerite vuestra atención sino como humildes flores que quiere regar un discípulo, sobre la tumba nunca olvidada de su maestro.

* Discurso de recepción como Académico de Número de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, leído en la sesión del 5 de marzo de 1926.

1 Debe consignarse que en esta propia época, la anestesia temida por algún profesor, era ya extraordinariamente empleada en nuestro país y extendida a todas sus aplicaciones quirúrgicas desde muchos años antes, por una serie de ilustres cirujanos.

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