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Discurso de contestación al ingreso del Dr. Ángel A. Aballí en la Academia
de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana*

Por

el Dr. Rafael G. Menocal del Cueto

Sr. Presidente de la Academia;
Señores académicos:
Señoras y señores:

Cuando recibí la honrosa encomienda de hacer el discurso de contestación al trabajo de ingreso de mi querido amigo el doctor Aballí, experimenté dos sensaciones bien distintas; una de profunda tristeza pues viene como habéis podido oír, por su hermosa y sentidísima oración, a ocupar el sitial que antes tuvo mi padre.

El doctor Rodríguez Molina en un trabajo semejante a éste decía: "por exigencias de nuestros arcaicos estatutos, el nuevo académico se veía obligado a hacer el elogio póstumo de aquel a quién sustituía y se daba el espectáculo paradógico y cruel que a la terminación de su discurso, cuando todavía parecía flotar en el ambiente el espíritu del académico desaparecido, el recipiendario era objeto de aplausos y felicitaciones y los familiares del extinto abandonaban el salón con los ojos inundos de lágrimas y el corazón traspasado de dolor."

Hermosas y bellísimas palabras que de mano maestra pintan mi estado de ánimo en estos momentos.

Pero es la ley fatal e inexorable del destino, que vayan sucediéndose los hombres unos a los otros, y al contemplar ese espectáculo esta noche, en medio del profundo dolor que el tiempo no logra aminorar, vea con cierta íntima satisfacción, que
la sustitución de aquel, haya recaído precisamente en uno de sus más caros discípulos, en uno de aquellos que a través del tiempo ha sabido guardar en su alma un culto y una admiración por su memoria.

Son tantos los méritos morales y científicos que concurren en la personalidad relevante del doctor Aballí, que a primera vista parece una tarea fácil y sencilla hacer la relación de todos esos méritos; pero dada la índole de esta simple exposición y ajustándonos a la brevedad apremiante que debe guiarnos, resulta en extremo difícil condensar en unas pocas cuartillas, cuanto de él podemos decir; necesitaríamos mucho espacio para hacer un estudio minucioso y concienzudo de sus muchas virtudes y de su gran valer.

Nació el doctor Aballí en el año 1880, en la bella y poética ciudad de los dos ríos, cuna de innumerables varones ilustres, tanto de las letras como de la ciencia.

Allí estudió las primeras letras y el bachillerato, y niño aún apenas un adolescente se trasladó a la capital para hacer su ingreso en la Universidad de La Habana para comenzar la carrera de medicina, que había de ser con el tiempo el centro de sus mayores triunfos y base principal de su bien cimentada reputación.

Existen dos clases de buenos estudiantes; la primera, formada por aquellos que a falta de gran inteligencia, suplen ésta con grandes esfuerzos y con una dedicación absoluta al estudio y que pasan por la Universidad, reconocidos como tales buenos estudiantes pero que no dejan huellas y son prontamente olvidados; y otra segunda categoría que a la par de ser magníficos estudiantes, se destacan por su brillantez, por estar dotados de gran talento y de una imaginación asaz, viva y que lucen y se destacan del resto de sus compañeros y después son siempre señalados y recordados, a esta categoría perteneció sin duda alguna el doctor Aballí.

Tan cierto es esto que le cupo al recipiendario la honra de ser el primer alumno eminente de la nueva era de la Escuela de Medicina, después de la cesación de la dominación española. Junto con el soñado y preciadísimo título obtuvo la Beca de Viaje; que desgraciadamente ya no existe, al menos se encuentra en suspenso, y que todos debemos propender a su restablecimiento, pues cuando se discierne con escrupulosa rectitud resulta altamente provechosa no sólo para el que lo recibe sino un bien para la patria misma. Obtendremos con esto, que una mentalidad perfectamente probada salga al extranjero a recoger semillas que más tarde fructificarán en el suelo patrio.

Esto ha sucedido con Aballí; marchó a Europa, y en el corto espacio de dos años, que era el tiempo concedido para el disfrute de la Beca de Viaje, supo ampliar con dedicación extraordinaria sus ya muy bastos conocimientos.

A su retorno a la patria, hizo oposición y obtuvo la plaza de Preparador de la Cátedra de Anatomía e Histología Patológicas. Era la docencia de la medicina lo que más lo atraía y a donde convergían sus afanes y sus ilusiones.

Tras un fracaso que no fue causa para desanimarlo, sino por el contrario para estimularlo aún más y perseverar con más bríos en persecución de sus más caros ideales hizo oposición a la Cátedra Auxiliar de Enfermedades de la Infancia, y en muy reñidas y disputadas oposiciones, logró su sueño, ser profesor de la Escuela de Medicina. Ya veis que el camino no fue todo de rosas, sino que encontró algunos escollos, que él supo apartar con gran perseverancia; y en lucha desigual, donde no contaba con más apoyo que sus propios méritos, supo vencer.

Paréceme vislumbrar en esto que os he relatado la causa principal de ciertas actitudes del Profesor Aballí. Aparte de la hombría de bien, cuando uno logra obtener algo que le ha costado trabajo y muchos desvelos, al lograrlo, lo defiende con tesón y energía, para poderlo disfrutar con todo el brillo y el honor que se merece. Por eso en estos últimos tiempos, cuando aquellos infaustos acontecimientos donde el nombre de la Universidad rodaba por el suelo envuelto en una ola de cieno, veíamos al doctor Aballí erguirse contra tanta maledicencia y defender el honor del profesorado. De carácter tranquilo y sosegado se vuelve fogoso y combativo cuando hay que defender la razón. En muchas ocasiones, importándole muy poco las consecuencias y buscándose la malquerencia de ciertos elementos los ha combatido, siempre guiado por un espíritu de justicia y equidad.

Cuando obtuvo la cátedra de Pediatría no era ciertamente un especialista consagrado ¿Qué importaba? ¿No contaba él con elementos suficientes para llegar algún día a serlo?. Base sólida, gran cultura y sobre todo con una gran voluntad y devoción hacia su carrera. El tiempo ha venido ha dar la razón a aquellos jueces que con magnífico buen juicio le otorgaron la cátedra.

Con paso firme y seguro ha ido labrando su posición hasta lograr la cima. No es como muchas reputaciones hechas a la sombra de causas desconocidas que adquieren un nombre sin merecerlo. En cuantas lides científicas se presenta demuestra la plena justificación de su fama.

El Departamento de Pediatría del Hospital "Mercedes", modelo en su clase y quizás el único que existe en Cuba, es obra absolutamente suya; allegando recursos aquí y acullá y aun del suyo propio y con perseverancia admirable ha logrado organizar un servicio perfecto, donde no solamente son asistidos los asilados sino los centenares de niños que asisten diariamente a la consulta externa y que son asistidos de una manera esmerada no solo por el profesor sino también por ayudantes perfectamente preparados. Al observar la curva de los servicios prestados se podrá notar la eficiencia por el rápido aumento, hasta tal punto, que muy pronto habrá necesidad de limitarlo, pues será insuficiente, tanto por el personal como por los elementos con que se cuenta.

En la Presidencia de la Sociedad de Estudios Clínicos, que ocupó por dos períodos consecutivos, supo infiltrarle nuevos bríos; marcó una era de profunda actividad; organizó aquellas memorables sesiones en los distintos centros científicos de la ciudad; era curioso observar la competencia, la rivalidad que despertó entre los distintos elementos para ver quien llevaba la supremacía. Son estos pugilatos científicos altamente provechosos, logrando con ello despertar la emulación y sacar del marasmo a organismos que se encuentran dormidos solo por la falta de estímulo.

Aballí ha sido el alma de la naciente Federación Médica. Con un ahínco y un tesón admirable, con detrimento real y positivo de tranquilidad personal y de su peculio particular lo hemos visto luchar, hasta vencer en la primera etapa de la lucha. Algunos espíritus pesimistas, aquellos cuya fe, quizás influenciada por la triste experiencia, se resistían a admitir la remota posibilidad de esa magna empresa, los hemos visto cambiar de opinión y admitir la probabilidad de que algún día llegue a ser una palpable realidad, solo al contemplar su actuación al frente de esa Federación. En esta era de verdadero egoísmo, cuando nadie trabaja más que en provecho propio, el ver a alguien que se sacrifica por el bien ajeno es un hecho que conforta y alegra el espíritu.

Además de los incontables honores que continuamente recibe de sus coterráneos hay que añadir que los conferidos por entidades extranjeras como son: el de Miembro Corresponsal de la Societé Medical des Hospitaux de París, y una invitación especial de la Fundación Jacobi para que asista al mitin de la American Medical Association que se celebrará en Dallas, Texas en el próximo mes de abril; donde se le pide que pronuncie una conferencia ante los American Teachers of the Diseases of Children. Todo esto no viene a ser más que la afirmación de cuanto haya podido deciros en loor de él, es el reconocimiento por prestigiosas instituciones extranjeras de su positivo valer; su nombre aureolado por la fama ha traspasado los límites reducidos de la patria.

Son estos a grandes rasgos y trazados por mano inexperta, un bosquejo pálido de la personalidad interesante del distinguido recipiendiario.

Rara y paradójica coincidencia la que me ha tocado, de darle la bienvenida a uno que viene precisamente a sustituir a aquel que puede haber desaparecido, pero que su recuerdo perdurará siempre en mí. Venís doctor Aballí a sustituir a aquel, a quien todos admiraban, pues aunaba con igual intensidad un gran cerebro y un gran corazón, y dotado de un alma noble y recta y de un alto espíritu de justicia sabía justipreciar los méritos ajenos, por eso puedo aseguraros que si en sus manos hubiera estado el ofreceros el sitial que desde hoy ocupáis, se hubiera sentido altamente satisfecho en cederlo a quien él prefirió y estimuló con tanta fe como entusiasmo.

Fig. 15. Dr. Rafael G. Menocal del Cueto (1883-1966).

Y para terminar: La Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana cuyo portavoz soy en estos instantes, se felicita y os felicita por vuestro ingreso en su seno y hace votos fervientes para que vuestro tránsito por esta legendaria casa sea de tanto provecho y tan fructífero como por doquiera que habéis pasado y sea un eslabón más que añadir a vuestra larga cadena de muy merecidos triunfos.

*Leído en la sesión del 5 de marzo de 1926.

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