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La Nacionalización de los Servicios de Sanidad*

Por el

Dr. José Antonio López del Valle

 

La Junta Nacional de Sanidad, representante legítima y autorizada de los distintos organismos sanitarios, ansiosa de ofrecer público testimonio de gratitud y consideración á los que de manera más directa hubieron de contribuir á la promulgación del Decreto de Nacionalización de los Servicios de Sanidad, acordó colocar, en lugar preferente de su Salón de Sesiones, los retratos del Honorable Gobernador Provisional Sr. Charles E. Magoon, al que le cupo el honor de dictar ese Decreto; del Major Jefferson Randolf Kean, Consultor Sanitario, al que corresponde la gloria de haberlo inspirado; y del Dr. Carlos J. Finlay, como primer Presidente de la Junta y Jefe Nacional de Sanidad, al que le tocó ejecutar y llevar á la práctica, las sabias prescripciones de esa ley sanitaria.

Y ese acuerdo de la Junta, está por demás justificado, por cuanto la nacionalización de los servicios de Sanidad es, sin duda alguna, la más provechosa y útil medida adoptada en beneficio de la salud pública, y el paso más firme y de mayor provecho que se ha dado para el progreso y el mejoramiento de la Sanidad Cubana.

No es necesario, Señores, por ser de ustedes harto conocidas, que me detenga en enumerar, una por una, las innumerables deficiencias que existían en el funcionamiento de la Sanidad en el interior de la Isla, antes de ponerse en vigor el Decreto No. 894, como tampoco he de hacer mención de los obstáculos, á veces insuperables, que se presentaban, en esa época, para la buena marcha de los servicios sanitarios.

Sin remontarme á épocas lejanas y partiendo, tan solo, en esta reseña, del año de 1898 á la fecha, podemos fijar tres períodos bien distintos y bien marcados, en lo que á nuestra historia sanitaria se refiere.

El primero de estos períodos, es el que comprende toda la primera intervención americana, es decir, del 1º de enero de 1899 al 20 de mayo de 1902. Durante ese período de tiempo, la Sanidad terrestre funcionaba, en términos generales, sin una ley que la regularizase, sin una norma fija y sin que obedeciese, en toda la Isla, á un plan de antemano trazado.

Puede decirse, que era una situación ‘'personal, '' improvisada y que se creaba y funcionaba, según las necesidades del momento. Algo parecido á la medicación sintomática. Cada Jefe de Sanidad, le daba al servicio á su cargo, el carácter, las tendencias, el mérito y hasta los prestigios, de su propia persona. Los Señores Médicos del Ejército Americano, dando pruebas de altruismo y de su amor á la humanidad crearon, bajo su dirección inmediata, servicios sanitarios en las principales Ciudades á que fueron destacados.

A la Capital le correspondió, durante el primer tiempo de esa intervención, el Major John G. Davis, y más tarde y por todo el tiempo que restaba del Gobierno Americano, al inolvidable William C. Gorgas.

El Major Davis, al tomar posesión de su cargo de Jefe de Sanidad de La Habana, en enero de 1899, no encontró en función más servicios sanitarios, que los del Ayuntamiento, esto es, los de asistencia médica á domicilio á los pobres de solemnidad; los servicios de urgencia (Casas de Socorro); los Forenses, el Hospital Municipal de Aldecoa y una pequeña brigada de desinfección, formada por cuatro hombres.

De acuerdo con órdenes precisas del General Ludlow, quien á su vez las recibía del General Brook, el Major Davis creó en La Habana el Departamento de Sanidad, que comenzó á prestar sus servicios en el propio mes de enero, después de haber sido sometida y aprobada su organización á las Autoridades Superiores y á un grupo de médicos cubanos al efecto consultados.

El primer servicio que comenzó a funcionar, fue el de inspección sanitaria de las casas de esta Capital. Para facilitar este trabajo, se dividió La Habana en cien distritos, nombrándose, para cada uno de ellos, un médico inspector.

En la Oficina se organizaron los Negociados de Órdenes, Estadísticas, Multas y de Archivo. Más tarde, en abril de 1899, se reorganizó el Servicio de Desinfección.

Las disposiciones sanitarias, las órdenes que se dictaban, las medidas que se iban implantando, se ponían en vigor, á falta de una ley, en nombre del Gobernador Militar, que tenía facultades discrecionales.

Aunque desde el primer momento el Departamento de Sanidad era una dependencia directa del Estado, como se carecía de una ley que lo amparase, algunas de las disposiciones sanitarias, para que tuvieran carácter legal, se sometían á la consideración del Municipio, y una vez aprobadas por éste, eran objetos de bandos de la Alcaldía, y como disposiciones de la Autoridad Municipal, se exigía su cumplimiento y se penaba á los infractores. En tal concepto, se dictó, por el Alcalde Municipal de La Habana, el bando de 30 de mayo de 1899, prohibiendo escupir en los ómnibus, tranvías y coches de plaza.

En abril 12, del mismo año, el Gobernador Militar de La Habana, dictó una orden para que se incluyeran, en la lista de las enfermedades transmisibles de declaración obligatoria, al cólera y la tuberculosis.

Por Circular No.13, del Departamento de la Guerra de Washington, publicada en la Gaceta del día 10 de mayo de 1899, se pusieron en Cuba en vigor las leyes y reglamentos que regían en los Estados Unidos, para la inmigración.

El Servicio de Cuarentena, quedó legalmente organizado con anterioridad, pues en 17 de enero de 1899, se promulgó, por el Honorable Presidente de los Estados Unidos, la Circular No. 8, del Departamento de la Guerra, dictando reglas para el debido funcionamiento de ese importante ramo sanitario.

Fig. 5. El doctor José A. López del Valle y Valdés presidiendo interinamente la Junta Nacional de Sanidad. A su izquierda el doctor Diego Tamayo Figueredo.

En agosto 17 de 1899, fue dictada la Orden Civil No. 15, del Gobierno Militar, por la cual se creaba la Comisión de Fiebre Amarilla, encargada del estudio y consideración, hasta formar un diagnóstico definitivo, de todos los casos que fuesen comunicados á la Oficina de Sanidad, como sospechosos ó confirmados de fiebre amarilla.

Pocas disposiciones se han dictado tan previsoras como la relativa á la creación de esa Junta de diagnóstico, ya que con ella no solamente las estadísticas de fiebre amarilla son una verdad, sino también, la construcción, digámoslo así, del edificio sanitario, se puede hacer sobre la firme y sólida base del conocimiento exacto y seguro de la naturaleza de la enfermedad que se trata de combatir. Más tarde, en 22 de diciembre de 1902, y por una resolución del Sr. Secretario de Gobernación, se le cambió el nombre de ‘'Comisión de Fiebre Amarilla'' por el de ‘'Comisión de Enfermedades Infecciosas'', habiéndose también ampliado sus poderes, para el estudio de otras enfermedades transmisibles, que por su naturaleza ameritasen ser detenidamente consideradas.

La primera Comisión de Fiebre Amarilla estuvo formada por el Dr. Carlos J. Finlay, como Presidente; y como Vocales, los doctores Diego Tamayo; H. R. Carter, Jefe de Sanidad Marítima y Cirujano de los Hospitales de Marina de los Estados Unidos; William C. Gorgas, Jefe de Cirujanos del Ejército Americano; John G. Davis, Jefe de Sanidad de La Habana. Como Secretario actuaba el Dr. George R. Plumer, médico del Ejército de los Estados Unidos. El Dr. Plumer fue, más tarde, sustituido en la Secretaria, por el Dr. Jorge Le Roy.

Al ser nombrado, en el año 1902, el doctor Carlos J. Finlay, Jefe de Sanidad de La Habana, ocupó la Presidencia de esa Comisión el Dr. Juan Guiteras. Como Secretario fue nombrado el Dr. Arístides Agramonte, y Vocales los Dres. Antonio Díaz Albertini y Emilio Martínez, los que forman actualmente esa Comisión.

En la Gaceta del 3 de octubre de 1899, se publicó el Reglamento General para la organización de los Servicios Sanitarios Municipales, aprobado por el Ayuntamiento de La Habana. En 7 de octubre del citado año, se dio a conocer el Reglamento de Establos de todas clases, dictado por el Municipio habanero. En octubre 1º de 1899, se puso en vigor, por el Ayuntamiento, el Reglamento Profiláctico contra el Muermo. Para el aislamiento de los animales sospechosos de estar atacados de enfermedades susceptibles de ser transmisibles á la especie humana, se creó un Lazareto Municipal y se aprobó por el Ayuntamiento, en 14 de septiembre del año de 1899, el Reglamento por el cual debía regirse esa institución sanitaria municipal.

En el mismo año, fueron dictadas por el Ayuntamiento de La Habana, en cuyo Cuerpo de Concejales figuraban médicos distinguidos, otras disposiciones higiénicas, entre ellas, las relativas á prohibir la venta de pescados, mariscos y aves muertas en ambulancias; reglamento de Casas de Socorros y suministro de medicinas á los pobres.

El día 9 de febrero del año de 1900, se dictó por el Gobernador General de Cuba, la Orden Civil No. 13, en virtud de la cual se creaba la Junta de Sanidad de La Habana, asignándosele, como deberes propios de ese organismo, los siguientes servicios: estadísticas de nacimientos, defunciones, matrimonios, enfermedades y epidemias; hospitales, asilos, hoteles, mataderos, escuelas, talleres, casas de vecindad, establos, cementerios, y todos los edificios públicos y cuarteles; aguas y servicios de alcantarillas y de disposición de basuras; inspecciones de drogas, bebidas, de víveres y de otros comestibles para evitar adulteraciones; vigilancia del ganado de importación y matanza en general; enfermedades infecto- contagiosas y la observación, cuarentena, aislamiento y desinfección de los atacados y lugares por éstos infectados; el servicio de vacuna y, en general, los servicios preventivos de carácter médico sanitario.

Una de las disposiciones de esta Orden, era que la Junta de Sanidad de La Habana examinase cuidadosamente las reglas de las Juntas de Sanidad de otras localidades, para que tomando de ellas lo útil y aplicable á La Habana, redactase su Reglamento.

Esta Junta, que se ponía á cargo del Ayuntamiento de esta Capital, fue debidamente organizada y comenzó á prestar sus servicios, pero no tuvo facultades ejecutivas, pues como en uno de los párrafos de la Orden que la creaba, se disponía que las funciones y deberes de la Junta se ejercieran conforme á las órdenes y disposiciones que respecto á Sanidad y asuntos semejantes, dictase el Gobernador Militar de la Isla ‘' y esta Autoridad, no consideró oportuno retirar los poderes y facultades concedidos al Departamento de Sanidad de La Habana, que eran los mismos que los conferidos á la Junta, ésta, por consiguiente, tuvo que limitarse á la dirección de los servicios sanitarios municipales, tales como Casas de Socorros, Asistencia médica á domicilio etc.

Además, como cuerpo consultivo del Ayuntamiento, prestó á éste y á la salud pública, muy útiles servicios.

No sufrió, pues, con la creación de esa Junta, merma alguna, ni en sus deberes ni en sus derechos, el Departamento de Sanidad, el que continuó funcionando sin la más ligera alteración.

En el año de 1900 y con relación á Sanidad, se promulgaron, además, por el Gobierno General de Cuba, las Ordenes No. 113, de 16 de mayo, relativa á inscripciones en el Servicio de Higiene Especial; la 120, de 20 de mayo, poniendo en vigor el ‘'Reglamento para la inspección de caballos, cerdos, ganados vacuno y lanar y otros rumiantes que se importasen á Cuba; la 170, de 24 de abril, prohibiendo la inscripción de mujeres menores de 18 años en el Registro de la Sección de Higiene Especial; Circular No. 7, de 19 de agosto, en la que por disposición del Secretario de la Guerra de los Estados Unidos, el Gobernador General de Cuba designaba las substancias que debían ser consideradas como ‘'óleo- margarina''; la Circular No.8, de 17 de septiembre, aclarando la anterior; la Orden No.346, de 6 de septiembre, por la cual se traspasó el Hospital ‘'Las Animas ‘' del Departamento de Beneficencia, al de Sanidad. Gracias á esta prudente disposición, se le facilitó á la Sanidad el atender debidamente á la observación y aislamiento de los atacados de enfermedades transmisibles, así como practicar los estudios é investigaciones correspondientes, con respecto á enfermedades tropicales. La Orden 379, de 18 de septiembre, para que los médicos de las Cárceles dieran cuenta al Inspector General de Prisiones, de los enfermos que asistieran. La Orden 251, de 6 de noviembre, relativa á inmigración; la 506, de 14 de diciembre, creando una Junta, para tomar las medidas necesarias que evitaran la propagación del Muermo en La Habana.

En la Gaceta del 20 de mayo, publicó el Jefe de Sanidad, por orden del Comandante de la División de Cuba, una disposición para que toda persona que limpiase fosas ‘'Mouras'', pozos negros, y sumideros, diese cuenta de ese trabajo en la Jefatura de Sanidad, antes de las veinte y cuatro horas de practicado, especificando el número, la calle y nombre del dueño de la casa en que se efectúe la limpieza, y si ésta es total ó parcial, así como el número de carros de materias extraídas.

El Ayuntamiento de La Habana, en sesión celebrada en 5 de abril, autorizó á los Señores Eduardo Steinhoffer y Federico Grande Rossi, para establecer, en el Término Municipal, el Servicio de recogida de animales muertos, dictando, á la par, el Municipio, las reglas á que debía sujetarse ese servicio.

En 11 de agosto, el Alcalde Municipal de La Habana, dispone que los Sres. Médicos de este Término Municipal, comuniquen á la Oficina del Departamento de Sanidad, los casos de fiebre amarilla, de borras, tifoidea, puerperal, escarlatina, viruela, lepra y cólera, para proceder á la desinfección de las casas infectadas.

Al año de 1901, corresponden las Ordenes Militares Números 66, de 6 de marzo, dictando las ‘'Prescripciones generales para la profilaxis del muermo y la tuberculosis en la provincia de La Habana;'' la 78, de 20 de marzo, poniendo en vigor las ‘'reglas adicionales á las Leyes y Reglamentos de Cuarentenas de los Estados Unidos, en beneficio de la salud pública''; la 102, de 18 de abril, reglamentando los puertos de Cuba; la 157, de 12 de junio, autorizando á los inspectores de Sanidad para practicar sus trabajos de inspección en todas las residencias y demás edificios de la Ciudad de La Habana; la 165, de 24 de junio, una de las más importantes y de mayor trascendencia para la salud pública, disponiendo y reglamentando la vacunación obligatoria en Cuba y fijando los deberes de las Autoridades para que cooperasen, cada una en la medida de sus fuerzas, á la práctica de la vacunación. Esta orden militar, por su indiscutible valor y por los incalculables beneficios que ha prestado á Cuba, es una obra meritoria que debemos á la Comisión de Vacuna, formada, en aquella época, por los Dres. Havard, Lainé (Dámaso), Guiteras, La Guardia y Cowley.

Por la Orden 244, de 15 de noviembre, se modifican algunos artículos de la Orden 165, y por la 642, de 11 de noviembre, se especifican las penas en que incurren los que violen las leyes de cuarentena.

En este año, se publican, además, y con respecto á Sanidad, una Circular del Secretario de Estado y Gobernación, acerca de la conducta que debe observar la Policía, con los caballos que encuentre y que se les hagan sospechosos de estar atacados de muermo; el Reglamento de Mercados, dictado por el Ayuntamiento de La Habana, en mayo 3. Por el Alcalde Municipal de La Habana, se publicó el día 6 de mayo, y por recomendación del Jefe de Sanidad al Gobernador Militar, una disposición, en virtud de la cual se prohíben tener en la Capital, aljibes ú otros depósitos de aguas pluviales, á no ser que la superficie líquida este cubierta con una capa de aceite, y que en los aljibes se instale una bomba y los barriles y demás depósitos análogos, estén provistos de llaves de paso. Esta Orden, se dictó para evitar la procreación de los mosquitos.

Igualmente se disponía, que dos veces á la semana, los vecinos vertieran en las fosas Mouras y cloacas, á través de los inodoros y vertederos, media pinta de aceite.

En la Gaceta de 20 de julio, el Jefe de Sanidad de La Habana, por orden del Comandante del Departamento, dispone que, á partir de esa fecha, los Sres. Médicos de los Municipios de La Habana, Regla y Guanabacoa, extiendan los certificados de defunción, de acuerdo con la Clasificación Internacional de Bertillón, á cuyo fin se ordenaba á los Sres. Jueces Municipales no admitiesen, para ser asentados en los Libros del Registro Civil, esa clase de certificados sino se ajustaban á la mencionada Clasificación. En 6 de agosto, el Alcalde de La Habana, de orden del Gobierno Militar, dispone que los Sres. Médicos en ejercicio en esta Capital, comuniquen al Jefe de Sanidad, sus nombres, apellidos y domicilios, así como sus cambios de residencias.

Por la misma Autoridad Municipal, se publicó en la Gaceta de 10 de septiembre, una orden fijando las horas entre las 10 de la noche y una y media de la madrugada, para que los vecinos extraigan de sus casas las basuras y disponiendo que estas se coloquen en la vía pública para su recogida, en receptáculos de latón ó madera, en buenas condiciones.

En octubre 21, se puso, por el Ayuntamiento de La Habana en vigor, el nuevo ‘' Reglamento de Establos para todas clases‘', en el que aparece una disposición transitoria, que anula por completo ese texto, por cuanto por ella se ordena, que lo más importante y de mayor interés en esa clase de establecimientos, ó sea las obras para el ‘'drenaje'' de los mismos, ‘'queden en suspenso, hasta que comiencen los trabajos de alcantarillado y pavimentación de La Habana''.

El día 9 de julio se publicó por el Gobierno General, la Circular No. 2, en la que se dan á conocer al público las conquistas realizadas por la ciencia acerca de los medios de transmisión de la fiebre amarilla, el paludismo y la filariasis por medio de los mosquitos, y los medios apropiados para el exterminio de esos insectos, así como se solicita la cooperación de todos los ciudadanos para que ayuden al Gobierno en la labor emprendida contra esas infecciones y sus agentes trasmisores.

De enero á mayo de 1902, se dictaron las siguientes Ordenes Militares, en relación con la Sanidad.

La Orden No. 55, promulgando y poniendo en vigor el Reglamento General para el Servicio de Higiene Especial de la Isla de Cuba y el Reglamento Especial para la Ciudad de La Habana, del mismo Servicio.

En 22 de febrero de 1902, fue dictada la Orden No. 47, en virtud de la cual se hace obligatoria la instalación del agua del Canal de Albear en todas las casas de la Ciudad de La Habana. Por la citada Orden, se dispone, además, la instalación de metros contadores de agua, en los establecimientos comerciales ó industriales, que consuman grandes cantidades de agua. Los precios que se señalan en esa Orden, son de cuatro centavos por cada metro cúbico de agua suministrada por gravedad y de cinco centavos cuando es bombeada.

Por el Departamento de Sanidad se cuida del cumplimiento de la mencionada Orden, en lo que respecta á la instalación del agua del Acueducto en todas las casas, y por el Departamento de Obras Públicas, en lo referente á la colocación de los metros contadores. Hasta la fecha, se han colocado en toda la Ciudad, sesenta de esos contadores de agua.

El agua en las casas de La Habana se paga por pluma y de acuerdo con la renta que produce el edificio. Las casas que tiene un alquiler menor de $34.00 mensuales, pagan, por el concepto de agua al Ayuntamiento, 20 pesos al año y las que rentan mensualmente más de $ 34.00, abonan, por igual motivo al Municipio, 40 pesos al año.

El día 7 de marzo, se promulgó la Orden No. 65, disponiendo que todas las personas no inmunes á la fiebre amarilla que llegasen á La Habana procedentes de zonas infectadas de fiebre amarilla, se presentasen al Jefe de Sanidad, para su observación.

La No. 83, regulando el ejercicio de la profesión de Veterinaria y creando la Junta de exámenes para reglamentar los exámenes y dictaminar acerca de la competencia de los que aspiren á ejercer la Veterinaria en Cuba.

La Orden 122, de 29 de abril, poniendo en vigor las Leyes y Reglamentos de Cuarentena en Cuba.

La Orden 155, de 15 de mayo, implantando definitivamente, en Cuba, las Leyes y Reglamentos para la inmigración y que estaban vigentes en Cuba desde el 14 de abril de 1899, por orden del Presidente de los Estados Unidos.

La Orden 133, de 7 de mayo, en la que se dispone, entre otras cosas, que el Servicio de Cuarentena, se incorpore á la Secretaria de Hacienda.

De los hechos anteriormente expuestos; de la relación que acabamos de hacer de las Ordenes, Disposiciones y Reglamentos dictados por el Gobierno de la Intervención Americana y por el Ayuntamiento de La Habana, se aprecia, en primer término, el noble y decidido empeño de ese progresista Gobierno, de atender con toda preferencia á las cuestiones sanitarias y su propósito firme de crear los más urgentes é importantes servicios de Sanidad.

La Sanidad Marítima; el Departamento de Inmigración; el Servicio de Vacuna; el del Muermo y la Tuberculosis en el ganado; el de Higiene

Fig. 6. Caricatura de Conrado W. Massaguer que representa al doctor José A. López del Valle y Valdés junto a su maestro, doctor Juan Guiteras Gener.

Especial, quedaron bien organizados y en marcha regular. Pero adolecían del grave defecto de funcionar, cada una de esas ramas sanitarias, de manera independiente, sin la necesaria unidad científica y administrativa y, por lo tanto, sin que se les pudiera dirigir á todas, de manera armónica y eficaz.

La Sanidad Marítima y el Departamento de Inmigración, eran dependencias de la Secretaría de Hacienda; los Servicios de Vacuna, los del Muermo y los de Higiene Especial, dependían, cada uno, de Comisiones Especiales sin relaciones entre sí.

El Gobierno de la Intervención, convencido de la necesidad de unificar esos servicios, dictó, el 17 de mayo de 1902, la Orden No. 159, la que puede considerarse como nuestra primera Ley Sanitaria y la que marca, en su aparición, el segundo período de los tres en que hemos dividido este pequeño trabajo.

En virtud de lo preceptuado en esa Orden, se creó la Junta Superior de Sanidad, á la que se confió la tarea de ejercer la supervisión general de los asuntos relacionados con la salud pública en la Isla de Cuba y se le encomendaba que adoptara las medidas sanitarias que por su carácter general, tuvieran aplicación en todos los Términos Municipales de la Isla.

A la Junta Superior , se le conferían, además, poderes para exigir el cumplimiento de las leyes de carácter sanitario, incluyendo las que regulaban el ejercicio de la medicina, cirugía dental, agencias funerarias, etc., así como las relativas á las industrias peligrosas; abastecimientos de aguas, recogida y disposición de basuras, etc.; facultades para proponer al poder Ejecutivo para que éste á su vez lo recomendase al legislativo, los cambios y adiciones á las leyes sanitarias; poderes para pedir informes y datos, bien de estadísticas, bien de otra índole sanitaria, á las Autoridades y Directores de Hospitales, Asilos, Escuelas, Prisiones, etc. Se le otorgaban á la Junta , poderes para poner en vigor las disposiciones que estimase oportunas, bien para combatir las enfermedades transmisibles en los hombres, ó en los animales; bien para aminorar las costumbres dañinas á la salud pública, destruir las causas que originasen el paludismo y para dictar reglas de cuarentenas interiores.

El Laboratorio Bromatológico Municipal, ampliado en Secciones de Bacteriología y Química Legal, quedó traspasado á la Junta Superior. Igualmente la Orden 159, puso en manos de la Junta, todo lo relativo á lepra, muermo, tuberculosis, vacuna é Higiene Especial, disponiendo que esos servicios quedaran bajo la dirección de la Junta.

Para cada Término Municipal, se creó una Junta Local de Sanidad del Ayuntamiento respectivo, á la que se confió la parte administrativa de los asuntos sanitarios en cada municipalidad. Estas Juntas Locales, además, tenían, dentro de sus términos, la supervisión general de los asuntos sanitarios y se le encomendaban, en sus localidades, las mismas funciones y se le exigían los propios deberes que á la Junta Superior, pero bajo la dirección y gobierno de esta última.

Las Juntas Locales estaban constituidas por los Jefes Locales de Sanidad Municipales, que actuaban como Presidentes y Oficiales Ejecutivos de esos organismos; como Vocales figuraban los oficiales de Cuarentenas y los Jefes Locales de los servicios de Higiene Especial. En las localidades donde no hubiera ni Oficiales de Cuarentenas, ni Jefes de Servicio de Higiene Especial, el Ayuntamiento quedaba en libertad, previa la aprobación de la Junta Superior, de nombrar los Vocales.

Disponía la Orden 159, que los gastos de las Juntas Locales, fueran abonados por los respectivos Ayuntamientos, con excepción de La Habana, que, serían pagados por el Estado hasta que el Ayuntamiento de la Capital pudiera hacerle frente á esos desembolsos.

Prácticamente, la Orden 159, no se puso en vigor hasta el día 6 de enero de 1903, en que por Decreto Presidencial, No. 1, fueron nombradas las personas que debían constituir la Junta Superior de Sanidad. En ese Decreto se disponía, además, que la Junta Superior, actuara como una dependencia de la Secretaría de Gobernación, y que por el Secretario de este Ramo, se recomendaran al Ejecutivo las medidas que conviniere adoptar para establecer el régimen de esa dependencia y las funciones de la Junta, en armonía con la Constitución.

Este Decreto, que podía considerarse como la partida de bautismo de la Orden 159, fue, á la par, y por triste ironía de la suerte, casi su partida de defunción, pues al quitársele, en virtud de esa disposición Presidencial, el carácter de independencia que le daba el Gobierno Americano á la citada Orden y á los organismos por ella creados, y someterlas á una Secretaría que siempre tiene, por ser esa su función propia, marcado cariz político, se colocaba á la Junta Superior y á todas sus dependencias, en una situación difícil y embarazosa.

Al constituirse la Junta Superior, cuidó con toda prontitud, de organizar las Juntas Locales en cada Término Municipal, de acuerdo con las prescripciones de la Orden No. 159.

Los Ayuntamientos, á cargo de los que corrían, como antes hemos dicho, los pagos de los servicios sanitarios en sus términos, no destinaron, para esas atenciones, las cantidades necesarias é indispensables, dejando indotadas por completo á las Juntas Locales.

Los sueldos asignados por los Municipios á los Jefes Locales de Sanidad, eran en algunas ocasiones ridículos, en otras vergonzoso; y, en todas, mezquino é insuficientes para que pudiesen esos funcionarios librar su subsistencia, por cuya causa, bien poderosa por cierto, se veían obligados á acudir á mas lucrativos trabajos, con olvido completo de la Jefatura de Sanidad, que nominalmente desempeñaban.

Los Municipios no atendieron á las Juntas Locales de Sanidad. Las consignaciones para material, no existían, ó si figuraban en los presupuestos de gastos, era en partidas insignificantes é incapaces, bajo todos conceptos, para la prestación de los servicios.

Al Jefe Local de Sanidad, no se asignaba por lo general ningún empleado y, cuando por rareza esto sucedía, y se destinaba alguno al servicio de ese Jefe, se le quitaba á este la facultad de escogerlo según su criterio y las necesidades del servicio; y se le coartaba la libertad de separarlo, si resultaba incompetente é impropio para el cargo que desempeñaba.

No eran estos, á pesar de su magnitud y grandeza, los únicos obstáculos que se oponían á la buena marcha de las Juntas Locales de Sanidad. Aún había más. La política, las influencias locales, ataban con lazos tan perniciosos como fuertes á los Jefes Locales y ahogaban todas sus energías y hacían fracasar las voluntades más generosas y mejor preparadas.

En vano luchó la Junta Superior y la Jefatura de Sanidad, para que se dotasen decorosamente á las Juntas Locales, y se les asignara cantidades necesarias para sus gastos, con objeto de que pudieran realizar los servicios que les estaban encomendados; porque se aumentasen los empleados subalternos de las Juntas y por que se librasen á estas de dañinas influencias. La lucha titánica sostenida por la Junta Superior en defensa de las locales, fue estéril; todo esfuerzo se estrelló y resultó inútil ante la resistencia pasiva que presentaban los Ayuntamientos, que lejos de poner los medios para remediar los males que se les indicaban, dejaban que éstos persistieran, con grave daño á la salubridad general.

¿Es de extrañar, Señores, que contando con factores tan adversos, fracasaran en sus gestiones, las Juntas Locales de Sanidad?

El defecto capital de la Orden 159, fue la de poner á las Juntas Locales de Sanidad, en manos de los Ayuntamientos. Bien es verdad, que aquella Orden hubo de dictarse en una época en la cual, la tendencia general era favorable á otorgar á los Municipios, la mayor y más amplia autonomía, y concederle el mayor número de servicios.

Inspirándose, seguramente, la primera Autoridad de la Isla en esa corriente general de la opinión, hubo de darle tal carácter á la ley sanitaria. Por lo demás, en la Orden 159 encontramos los fundamentos más firmes, los principios más sabios, las disposiciones mejor encaminadas, para servir de fundamento á una Ley de Sanidad. En virtud de una de las disposiciones de esa Orden, tenemos las Ordenanzas Sanitarias, texto legal notable, que debemos á la extinguida Junta Superior de Sanidad, y del que fue ponente el Dr. E. B. Barnet.

Es justicia reconocer, que la causa principal del resultado adverso de la organización sanitaria local, en los distintos Ayuntamientos, debida á la Orden 159, fue de carácter económico.

El Gobierno de la República, conociendo este hecho, y ansioso de velar por la salud pública, concedió distintos créditos, bien por Decretos Presidenciales, bien por leyes del Congreso, para diversas atenciones sanitarias. Igualmente creó servicios de carácter urgentes, según los iban demandando las necesidades del momento.

Entre las disposiciones adoptadas por el Gobierno de la República con respecto á Sanidad, tenemos en primer término, el Decreto Presidencial No. 11, de 20 de mayo de 1902, en el que se dispone que los servicios de Sanidad y Beneficencia, dependieran, en lo sucesivo, de la Secretaría de Gobernación; la Circular del Secretario de Gobernación, fecha 10 de junio de 1902, disponiendo á los Gobernadores Civiles que exigieran el exacto cumplimiento de la Orden 165, de 1901, relativa á vacunación; el Decreto No. 39, de junio 11 del mismo año, disponiendo que los tripulantes y pasajeros procedentes de un buque infectado de fiebre amarilla, fueran sometidos, en los puertos de la República, á una observación sanitaria de cinco días y cuando procediesen de puertos infectados por viruelas, y los pasajeros ó tripulantes no llevasen la marca indeleble de la vacuna, fueran revacunados.

Por el Decreto No. 40, de 11 de junio, se dispone que el Servicio de Sanidad Marítima, que estaba á cargo de la Secretaría de Hacienda, según lo preceptuado en la Orden No. 133, Serie 1902, pasase á la de Gobernación, con objeto de unificar, en lo posible, poniéndolas en una misma Secretaría, la Sanidad Terrestre y la Marítima. Esta prudente medida, que fue acogida por todos con verdadero agrado y que estaba llamada á dar resultados muy beneficiosos, fue mas tarde anulada por una Ley del Congreso. El Decreto No. 97, de 16 de agosto, reorganizó el Servicio de Cuarentenas y le cambió el nombre por el más propio de ‘'Servicio de Sanidad Marítima de la República de Cuba''. Por el Decreto No. 100 se disponía, como complemento á la anterior disposición presidencial, que el Oficial Jefe de Cuarentenas, se denominase ‘' Jefe del Servicio de Sanidad Marítima''.

El Jefe de Sanidad de La Habana publicó en junio 20, una disposición, en virtud de la cual, los Señores Médicos en ejercicio en La Habana y Guanabacoa, estaban en el deber de participar á la Oficina de Sanidad los casos que asistieran de las enfermedades transmisibles que se especificaban, y dándoles, á la par, instrucciones precisas, para que llenasen mejor esa obligación y brindándoles los medios para practicar los exámenes bacteriológicos que considerasen oportunos, para el esclarecimiento de los diagnósticos en los casos dudosos.

Igualmente se invitaba, tanto á los médicos como á las comadronas, para que registrasen en la Oficina de Sanidad sus nombres, firmas y domicilios.

Por el Ayuntamiento de La Habana se dictaron, en el propio año de 1902, las siguientes disposiciones sanitarias:

Con fecha 9 de agosto, la Alcaldía Municipal dispuso que en lo adelante, para ser admitidos los enfermos en los Hospitales, no tuviesen necesidad de llevar una ‘'baja'' del médico de la Casa de Socorros que acreditase su enfermedad, sino que bastaba para su ingreso, el presentarse al médico del establecimiento. Con esta disposición se hizo un gran bien á la clase pobre, y se facilitaba su ingreso en los Hospitales, evitándoles á los interesados el llenar trámites inútiles y dilatorios.

En 14 de julio, dictó el Alcalde Municipal una Circular recordando el cumplimiento del bando por el que se prohibía fumar en los carros, ómnibus y demás carruajes públicos.

Por la Alcaldía Municipal, con fecha 15 de julio, se comunicó á los Señores Médicos que á la relación de enfermedades transmisibles de declaración obligatoria, se agregaba la ‘'malaria''.

Uno de los primeros y más notables trabajos que emprendió con toda decisión, el Departamento de Sanidad bajo la República, fue el organizado contra el paludismo. El Major Gorgas, que con éxito lisonjero había implantado en La Habana el servicio para la extinción de los mosquitos, logró, después de incesantes trabajos, acabar con la fiebre amarilla, reducir de manera muy notable el paludismo y aminorar el número de casos de filaria, gracias á los eficaces trabajos que se llevaban á cabo para la extinción de esos insectos. Y el Departamento de Sanidad cubano, una vez acabada la fiebre amarilla, consideró como una atención preferente y continuó con el mayor celo, los trabajos contra el paludismo. A ese efecto, se dispuso que los Señores Médicos dieran cuenta de los casos de malaria que asistiesen, con objeto de aislar los enfermos y practicar las fumigaciones de las casas por éstos ocupadas.

Por Decreto de la Alcaldía, de 27 de agosto, se adicionaron, á la lista de enfermedades transmisibles de declaración obligatoria, la pústula maligna y el tétanos infantil. La Junta Superior de Sanidad dedicó atención muy exquisita al importante problema del tétanos infantil. No podía pasar inadvertido, para las Autoridades Sanitarias Cubanas, el problema pavoroso que existía en relación con esa enfermedad.

En nuestras estadísticas de defunción figuraban con alta cifra, los casos de tétanos infantil, enfermedad evitable que se debe, en la inmensa mayoría de los casos, al abandono y al descuido.

La Junta de Sanidad, trató por todos los medios á su alcance, de instruir al pueblo, por medio de folletos de las causas de tétanos infantil y de evitar la existencia y propagación de esa enfermedad. Además, por la Jefatura de Sanidad se mandaron á construir expresamente á los Estados Unidos unos paquetes asépticos conteniendo algodones, vendajes y la gasa necesaria para la cura umbilical y cuyos paquetes se distribuyen gratuitamente á todo el que lo solicite. Debido

estas gestiones, se han logrado reducir las defunciones que antes ocasionaba el tétanos infantil, arrancándole á la muerte victimas inocentes que se inmolaban en el altar de la despreocupación.

Por recomendación de la Junta de Salubridad, el Alcalde Municipal de La Habana, dispone, en 24 de julio, que por los Señores Médicos Municipales, se lleve á cabo la vacunación y revacunación obligatoria y gratuita, en el Término Municipal.

Año de 1903

En vista de estar infectados por la peste bubónica algunos Puertos Mexicanos, el Presidente de la República, en enero 22, acordó enviar á México un Comisionado Especial, con objeto de que personándose en las localidades infectadas, hiciera un estudio acerca de las medidas que debían adoptarse en Cuba, con respecto á esa enfermedad y creando dos plazas de médicos adscriptos á los Consulados de Cuba, en Progreso y en Tampico. El Dr. Federico Torralbas, fue nombrado Comisionado Especial y las dos plazas de Médicos en los Puertos Mexicanos fueron cubiertas por los Dres. Guillermo Piña y José F. Plá.

Fig. 7. El doctor José A. López del Valle y Valdés, a la derecha, en el Departamento Nacional de Sanidad (1902) con los doctores Carlos J. Finlay y Barrés, en el centro y Enrique B. Barnet Roque de Escobar, a la izquierda.

En Enero 27, se publicó en la Gaceta un Decreto del Sr. Presidente de la República, disponiendo que por los Secretarios de Gobernación y de Agricultura se adoptasen todas las medidas oportunas para estudiar y combatir la epizootia que había aparecido en las Provincias de la Habana, Matanzas y Santa Clara, y nombrando una Comisión científica para que constituyéndose en los lugares infectados, estudiasen la enfermedad y recomendasen las medidas apropiadas para su exterminio.

Para los gastos que se originasen con motivo de estos trabajos, se concedía un crédito de $ 50.000, á la Secretaría de Gobernación. En 2 de febrero, el Presidente de la República, sancionó una Ley del Congreso, por la que se concedían $ 25.000, para los trabajos que se organizaren con objeto de evitar la propagación de una enfermedad epizoótica que diezmaba el ganado vacuno.

Como resultado de los trabajos realizados, se publicó, por la Secretaría de Gobernación, con fecha 17 de febrero, una Circular en la que se daban instrucciones precisas y claras acerca de los medios que debían poner en práctica las autoridades y los particulares, para evitar el desarrollo de la epizootia reinante. En esta Circular, se contenían las recomendaciones de la Junta Superior de Sanidad, para la inspección, vigilancia, aislamiento y cremación de los animales enfermos.

En 17 de febrero se publicó en la Gaceta, el Decreto Presidencial No. 15, dictando las reglas recomendadas por la Junta Superior de Sanidad, prohibiendo la importación de ganados procedentes del Puerto de Coatzacoalcos, República de México, ó de cualquier otro puerto del Golfo que estuviese, como el citado, infectado por la Peste Bubónica. Se dictaban, también, en ese Decreto, reglas severas para someter á cuarentenas á los buques y pasajeros que llegasen á Cuba, procedentes de localidades infectadas por la Peste.

Con motivo de la aparición de la fiebre amarilla en Santiago de Cuba, y en previsión de que pudiera presentarse en Cienfuegos, se creó, por Decreto No. 51, del Sr. Presidente de la República, fecha 4 de mayo, en cada una de las ciudades antes mencionadas, una Comisión de Enfermedades Infecciosas, compuesta de cinco miembros, la que había de funcionar al igual que la creada en La Habana en el año 1899 por la Orden Civil No. 15.

En 12 de junio se dictó el Decreto Presidencial No. 74, en el que, por recomendación de la Junta Superior de Sanidad, se disponía que los buques procedentes de puertos infectados de fiebre amarilla que conducían ganado á Cuba y que para tomar ese ganado atracasen á algún lugar de la costa ó muelle, fueran fumigados con pyretrum antes del embarque del ganado, debiendo esa operación ser dirigida por un oficial médico de Cuba.

El Congreso votó, y fue sancionada por el Presidente de la República, en 24 de junio, una ley prorrogando por un año más el crédito concedido por el propio Congreso en noviembre de 1902, para las experiencias de curabilidad de la lepra, según el tratamiento de los Doctores Moreno y Duque.

Por una Resolución Presidencial, de septiembre 4, se concedieron á la Junta Superior varios créditos para paquetes asépticos destinados á la prevención del tétanos infantil; para reparaciones en el Hospital ‘'Las Animas'' y para el servicio de saneamiento general de casas de la ciudad de La Habana, así como también se otorgaban, por la propia resolución, otros créditos para el Laboratorio de la Isla de Cuba.

Habiéndose presentado en La Habana en forma epidémica la escarlatina, y siendo necesario tomar las medidas para prevenir el mayor incremento de la misma, así como para extinguir los focos existentes, se concedieron, por resoluciones presidenciales de fechas 31 de octubre y 11 de noviembre, créditos á ese efecto, y gracias a los cuales pudieron habilitarse salas especiales para el aislamiento de los enfermos y organizarse brigadas para la rápida y total desinfección de las casas infectadas.

La Junta Superior de Sanidad, en la Gaceta de octubre 26, hizo público el acuerdo tomado por la misma, relativo al número de enfermedades que se consideraban como de declaración obligatoria para toda la República y extendiendo á la Isla entera, las practicas seguidas en La Habana para facilitar á los Señores Médicos el dar parte de esas enfermedades y adoptar los medios para comprobar el diagnóstico en los casos dudosos.

Año de 1904

Entre los Decretos promulgados por el Sr. Presidente de la República, en el año de 1904 y destinados á mejorar los servicios de Sanidad, tenemos el No. 230, de 6 de agosto, dictando reglas para la construcción de nuevos cementerios y las que habían sido previamente recomendadas por la Junta Superior de Sanidad.

Existiendo en Bayamo un foco epidémico de difteria, la Junta Superior de Sanidad acordó enviar á La Habana á esa localidad, un Inspector Médico, un Inspector de Sanidad y una brigada de expertos en los trabajos de desinfección. Así mismo acordó la construcción de una caseta, convenientemente habilitada para el Hospital de aislamiento, con objeto de atender en ella á los atacados por esa enfermedad. Para el pago de estas atenciones, así como para los de suero antidiftérico y demás exigencias del momento, se concedió por el Decreto No. 285, del Sr. Presidente de la República, de fecha 27 de septiembre, las cantidades necesarias y la autorización correspondiente, para llevar á cabo esos trabajos con la mayor eficacia y prontitud.

El Decreto No. 325, del 29 de octubre, por el que se concedió al Laboratorio de la Isla de Cuba un crédito para la adquisición de caballos con destino á la preparación de sueros preventivos.

Desde esta fecha, y por acuerdo de la Junta Superior de Sanidad, viene el Laboratorio preparando suero anti-diftérico que se reparte gratuitamente por el Departamento á todo el que lo solicite, bien en La Habana, bien en las demás poblaciones de la República.

Al aparecer, en el mes de noviembre, la fiebre amarilla en Santiago de Cuba, la Junta Superior de Sanidad tomó el acuerdo de proceder á la rápida fumigación de las casas infectadas y crear un servicio en dicha ciudad para defenderla de la infección amarilla. No solo se procedió á fumigar la parte infectada, sino que teniendo en cuenta la comunicación diaria y constante de Santiago de Cuba con los poblados y extensos distritos mineros enclavados en esa provincia, se crearon, para la debida observación médica de los numerosos no inmunes que trabajan en las minas del Cobre, de Juraguá y de Daiquiri, plazas de Inspectores Médicos, con la misión de atender, en cada uno de esos lugares, á todo lo relacionado con la fiebre amarilla. A ese efecto, fue dictado el Decreto No. 363, de 28 de noviembre.

Entre las leyes del Congreso, y correspondientes al propio año de 1904, tenemos, la del 12 de enero, concediendo $ 200. 000.00 para obras en el acueducto de Santiago de Cuba y otros $ 200. 000. 00 para igual clase de trabajos en la ciudad de Camaguey. En el mismo día, aparece otra ley, concediendo $ 15. 000. 00 para el acueducto de Unión de Reyes y se publicó también con la propia fecha, otra Ley del Congreso, concediendo un crédito de $250. 000. 00 para conducir las aguas del Canal de Vento á Guanabacoa.

En la Gaceta de noviembre 14, fue publicada una Ley del Congreso cubano, disponiendo se llevasen á cabo las obras oportunas para el estudio y presupuesto del acueducto de la Villa de Colón.

Año de 1905

En el año de 1905, tenemos, entre otras Leyes y Decretos relativos á Sanidad, la ley votada en el Congreso, y sancionada por el Presidente de la República en enero 14, concediendo la suma de $326.000.00 para atenciones sanitarias en Santiago de Cuba, Camagüey, Matanzas, Cárdenas, Nuevitas, Trinidad, Caibarién, Santa Clara, Güines, Pinar del Río y Guanajay.

En virtud del crédito concedido por esa ley, pudieron organizarse servicios de saneamiento en las indicadas poblaciones, y llevarse á cabo por el Departamento de Obras Públicas, la limpieza y mejoramiento sanitario de esas localidades.

Por Decreto No. 18, de 18 de enero, se concedió, por el Sr. Presidente de la República, un crédito de $6.000.00 para continuar los trabajos sanitarios que se venían llevando á cabo en Santiago de Cuba, contra la fiebre amarilla.

Con motivo de haberse presentado un pequeño brote epidémico de difteria en San Antonio de los Baños, se concedió, por el Decreto No. 73, de 20 de febrero, un crédito de $2.000.000 para los gastos que ocasionasen los delegados de la Junta Superior de Sanidad que fueran designados á prestar sus servicios en esa localidad y la brigada de desinfección que al efecto se envió á San Antonio.

Persistiendo en Santiago de Cuba las causas que obligaron á la creación del servicio temporero contra la fiebre amarilla, se concedió, por el Decreto No. 126, de 28 de marzo, el crédito necesario para la prórroga, por 90 días más, del mencionado servicio.

Dada la indiscutible importancia que á la salud pública ofrecía la permanencia y sostenimiento de los trabajos sanitarios que se llevasen á cabo en Santiago de Cuba, se dispuso, por el Decreto 245, de 29 de junio, la continuación del citado servicio por tiempo indefinido.

Habiéndose agotado el crédito concedido por el Congreso, en 14 de noviembre de 1905, y vista la necesidad imperiosa de que se continuase prestando el servicio de saneamiento creado en distintas poblaciones de la Isla, el Sr. Presidente de la República, dispuso, en junio 30, que hasta que por el Congreso no se resolviese otra cosa, el Estado siguiese abonando los gastos que originasen los servicios de referencia en las mismas poblaciones en que se llevaban á cabo, según las citada Ley de 14 de enero.

En la Gaceta de julio 28, apareció el Decreto No. 292, del Presidente de la República, y en el que se disponía, de acuerdo con lo informado por la Junta Superior de Sanidad, que el Dr. Juan Guiteras, Vocal de esa Junta, fuese en comisión especial á algunos puertos del Sur de los Estados Unidos, con objeto de estudiar la epidemia de fiebre amarilla que se había presentado en Nueva Orleáns, y las medidas de precaución que debían adoptarse en esta República para evitar la introducción en la misma de la citada enfermedad. En el mencionado Decreto, se concedían los créditos necesarios para llevar á cabo esa comisión.

En el mes de septiembre del año á que nos referimos, apareció en el término municipal de San Luis, Oriente, un caso de viruelas. Con motivo de este caso, y para prevenir á la Isla de la propagación de la terrible infección variolosa, la Junta Superior de Sanidad acordó crear plazas de médicos vacunadores para que llevasen á cabo, con todo rigor, la vacunación y revacunación obligatoria en los términos municipales de San Luis y los demás de la provincia de Santiago de Cuba. Para la prestación de estos servicios, se concedió el crédito correspondiente, por Decreto No. 357, de la Presidencia de la República, de fecha 6 de septiembre.

El día 4 de septiembre y por Decreto de la Secretaría de Gobernación, fue promulgado y puesto en vigor, el Reglamento General del Laboratorio de la Isla de Cuba.

El día 20 de septiembre, y por Decreto de la Secretaría de Gobernación, se anunció que la Junta Local de Sanidad de La Habana, quedaba constituida de acuerdo con lo dispuesto en la Orden 159, serie de 1902, y el Decreto Presidencial de 23 de agosto.

La Habana, Guanabacoa, Marianao y Santiago de las Vegas, constituían el Departamento de Sanidad de La Habana y el saneamiento de estos municipios era sostenido por el Estado, en vista de que los respectivos Ayuntamientos, no podían hacer frente á los gastos que originaban sus servicios sanitarios y, aunque algo parecido ocurría en los demás términos municipales de la República, se hizo, sin embargo, esa excepción para los ya indicados, por ser el primero la Capital y estar los otros en diaria y constante comunicación con La Habana y la necesidad de mantener á esta en las debidas condiciones higiénicas.

Al extinguirse el Departamento de Sanidad, pasaron sus deberes y sus atribuciones á la Junta Local que se organizaba, para dar exacto cumplimiento á lo dispuesto en la Orden 159. A esa Junta se agregaron, también, y á los efectos sanitarios, los municipios de Santiago de las Vegas, Guanabacoa y Marianao, encargándole de la dirección sanitaria de los referidos términos municipales, hasta que éstos pudieran desenvolverse económicamente y atender esas importantes cuestiones en forma debida y que garantizase los intereses sagrados de la salud Pública.

Ansiosa la Junta Superior de Sanidad, de comprobar las teorías enunciadas por distinguidos profesores extranjeros, acerca de la transmisión hereditaria de la infección en el mosquito de la especie Estegomia, solicitó y obtuvo del Sr. Presidente de la República, la concesión del permiso y crédito necesario para llevar á cabo los trabajos oportunos para el estudio de esa teoría. El Sr. Presidente de la República, por el Decreto 427, de 26 de octubre, concedió lo interesado á ese efecto. Estos trabajos de investigación se suspendieron por la reaparición de la fiebre amarilla en Cuba lo que demandaba toda la atención sanitaria. Por Decreto de la Secretaría de Gobernación de noviembre 8, se dispuso en obsequio del mejor servicio, que la Junta Superior de Sanidad comenzara á ejercer las funciones que respecto á la Comisión permanente de vacuna, le confería el apartado (F), de la Sección 2ª, de la Orden 159. En virtud de esa disposición, la Junta Superior de Sanidad se hizo cargo, directamente, de la administración del Servicio General de Vacuna.

En fecha infortunada para nuestra historia sanitaria, en octubre de 1905, reapareció, en La Habana, la fiebre amarilla.

Durante 4 años habíamos logrado mantener esta Capital y la Isla toda, libre de la infección amarilla, tal como nos la había entregado el Major Gorgas. Pero tuvimos que pagar el tributo de vecindad, con una población infectada: Nueva Orleáns. Es honrado declarar que la campaña contra el estegomía y, sobre todo, contra sus sitios preferentes de cría- los depósitos de aguas estancadas al descubierto, - no se llevaba á cabo en 1905 con todo el rigor que en 1901, cuando el Departamento de Sanidad tenía ante su vista, como problema casi único y capital, el de la fiebre amarilla. Por esa causa, había en 1905 y en gran número, los elementos necesarios para la propagación de la fiebre amarilla, ó sea, enfermos, estegomías y no- inmunes. Habíamos cuidado de contar con elementos sobrados para el debido aislamiento de los primeros; ejercíamos vigilancia médica-sanitaria sobre los terceros, pero el elemento más fácilmente y con mayor provecho ‘'dominable'' y que más favorece el incremento de esa infección, esto es, los estegomías existían en gran cantidad. Y por esta razón, la fiebre amarilla se propagó rápidamente en La Habana, constituyendo un foco epidémico de importancia.

Por ser también una verdad, hay que declarar que tanto el Gobierno, (por Decretos Presidenciales núms. 445, 455 y 472, de noviembre 16 y 18 y diciembre 4, respectivamente,) concedió los recursos necesarios para atacar el mal, como Junta Superior de Sanidad, y muy especialmente el Departamento de Sanidad de La Habana, todos, á una, con patriótico empeño, se esforzaron por dominar, en el menor tiempo posible, el desarrollo de la epidemia, alcanzándose en breve, un resultado por todos conceptos notables. En la Habana se yuguló la infección: pero más tarde, esta se extendió hasta el campo, donde, según frase feliz del Major Kean, ‘'adoptó la táctica revolucionaria, internándose en los montes, invadiendo los pequeños poblados, las colonias y los ingenios''.

La Junta Superior de Sanidad acudió presurosa, por medio de sus delegados y de sus disciplinadas brigadas de desinfección, á conjurar el peligro sanitario, allí donde éste existía. Se hacían esfuerzos inauditos, para ahogar en sus puntos de emergencias, los focos de infección, lográndose de momento éxitos brillantes, pues esos focos aparentemente se apagaban. Pero el trabajo sanitario no podía en ningún caso ser completo y decisivo en sus resultados, en lo relativo á fiebre amarilla, pues si bien es verdad que se destruían los mosquitos infectados, en cambio, no se llevaba á cabo, ni podía realizarse por falta de recursos, los trabajos apropiados para la extinción de los mosquitos en general. No era hacedero entonces, de manera regular y permanente, sostener por tiempo prudencial, los demás trabajos sanitarios contra la fiebre amarilla en las localidades infectadas.

Fig. 8. El doctor José A. López del Valle y Valdés, al centro, en el Departamento Nacional de Sanidad (1903) con los doctores Carlos J. Finlay Barrés, a la derecha y Enrique B. Barnet Roque de Escobar, a la izquierda.

Y de aquí que se renovasen, de manera fatal, los focos epidémicos en determinadas localidades - Unión de Reyes, Bolondrón, Cruces, etc. –ó que se infectaran localidades vecinas -Alacranes, Palos, Palmira, etc.,- por la facilidad que prestaban para esa difusión de la enfermedad, la gran existencia, en todas las poblaciones de Cuba, de mosquitos EstegomIas. Las Juntas Locales de Sanidad, eran impotentes, por su falta de recursos y de independencia, para aplicar en toda su integridad las leyes sanitarias, y para instalar los servicios contra la fiebre amarilla. Era necesario, en cada lugar infectado, y cuando se presentaba algún caso, organizar la campaña, crear de ‘'momento'' y ‘'por el momento'' los servicios, que solo funcionaban, mientras existía el peligro inminente, pero que, más tarde y cuando este aparentemente desaparecía, había que suprimirlos por falta de crédito.

Siendo de necesidad ampliar el Hospital ‘'Las Animas'', para que pudiese responder mejor á las necesidades del servicio, se concedió, por el Decreto No. 448, de noviembre 23, un crédito de $4.000.00, para construir un nuevo pabellón en ese Hospital.

Para el apropiado aislamiento de los enfermos, sospechosos ó confirmados de fiebre amarilla que pudieran presentarse en el interior de la República, se concedió, por el Decreto No. 456, de noviembre 28, un crédito de $5.000.00, con objeto de instalar salas alambradas en los distintos Hospitales de Cuba.

Por la Jefatura de Sanidad, se tomaron, en esos días de angustias, las medidas más oportunas y eficaces, para combatir la fiebre amarilla. La fumigación de las casas infectadas y las vecinas, se llevaba á cabo con toda prontitud y rigor. Los no- inmune febriles eran aislados contra las picadas de los mosquitos y sometidos á la consideración de la Comisión de Enfermedades Infecciosas. Se inspeccionaban las casas y sus depósitos de agua. Se reorganizaron las brigadas de petrolización y de zanjeos y se llevaban á cabo, las inspecciones médicas de los no- inmunes que habitaban en las zonas infectadas.

En la Gaceta de 12 de diciembre, se publicaron tres Circulares de la Jefatura de Sanidad, tendentes todas á la adopción de medidas para evitar el incremento de la fiebre amarilla.

La primera de esas Circulares, era dirigida á los Señores Médicos, en la que se les recordaba el deber en que están de comunicar al Jefe de Sanidad, los casos, sospechosos ó confirmados de fiebre amarilla y se les recomendaba dieran cuenta, además, de los casos de 'dengue' cuya enfermedad reinaba, en esos días, epidémicamente en La Habana. Muy prudente y discreta era esta determinación, por cuanto las primeras manifestaciones del 'dengue', pueden confundirse con los síntomas invasores de la fiebre amarilla. Teníamos también, y como factor favorable á la declaración obligatoria del ‘'dengue'', la experiencia adquirida en Nueva Orleáns, donde al principio de la epidemia de fiebre amarilla, se creyó se tratase de 'dengue' y, como tal, eran diagnosticados los casos.

No deja de ser curioso y digno de estudio, el que al igual que en Nueva Orleáns, en La Habana se presentasen conjuntamente y evolucionasen de manera armónica, las epidemias de 'dengue' y de fiebre amarilla.

Por la segunda Circular, la Jefatura de Sanidad, ordenaba á los dueños de hoteles, posadas, casas de dormir y demás establecimientos análogos, se proveyeran de un libro -registro donde anotasen los nombres, direcciones, lugares de procedencia, etc. de los huéspedes que alojasen en sus establecimientos.

La sabiduría de esta disposición, ha sido comprobada por la práctica, en la que hemos adquirido el convencimiento de su utilidad é importancia, en el terreno de la profilaxis de numerosas infecciones y, sobre todo, en el de la fiebre amarilla.

El Jefe de Sanidad, en la tercera Circular, le exigía á los dueños y encargados de las casas de vecindad de La Habana, que dieran cuenta á la Oficina de Sanidad, de todo caso de fiebre que se presentase en los inquilinos de sus casas, bien se tratase de individuos extranjeros, bien de niños cubanos, que no estuviesen atendidos por médicos.

Uno de los factores más importantes y que de manera más directa contribuye á la propagación de la fiebre amarilla, es la existencia de casos benignos, de tipo ambulatorio, y que, por el carácter de la enfermedad, no exige la concurrencia de un facultativo para la curación de los atacados. Y esos enfermos, que pasan inadvertidos para la Sanidad, riegan á su paso la infección que sufren, sin que puedan tomarse las medidas recomendadas por la Ciencia, ya que la única noticia que de ellos se tiene, es la tardía de los casos secundarios que originan.

Año de 1906

El año de 1906, lo debemos dividir, á los efectos de este estudio, en dos partes. La primera, abarca del primero de enero al 29 de septiembre y la segunda, de esta última fecha, al 31 de diciembre.

Durante el primer período, que fue por cierto bastante fecundo en bienes para la Sanidad y en tristezas para la Patria, se dictaron las siguientes disposiciones sanitarias:

En la Gaceta Oficial de enero 5, se publicó, por acuerdo de la Junta Superior de Sanidad, la Circular dirigida por la Jefatura del Ramo, á los Señores Médicos en ejercicio en toda la República, á fin de que teniendo en cuenta y habida consideración de existir casos de fiebre amarilla en distintas localidades, diesen parte, mientras subsistiera esa causa, de todo febril no- inmune á la fiebre amarilla de que tuviese conocimiento, así como dispusieran su aislamiento, bajo mosquitero, hasta que otra cosa no se dispusiera por los Jefes Locales de Sanidad.

Esta medida, sencilla en la apariencia, es, sin embargo, de gran conveniencia y de resultados prácticos en extremo provechosos. Comunicando los Señores Médicos todos los casos de fiebre en los no- inmunes que asistan, se pueden estos observar convenientemente, analizar sus orines, seguir, de manera cuidadosa, el curso de la enfermedad y llegar al conocimiento de casos que por su benignidad ó su forma atípica, pudieran, de no estudiarlos detenidamente, pasar inadvertidos.

La peculiaridad de la infección amarilla, de no ser transmisible más que en los primeros días del ataque, es decir, cuando por lo general los enfermos deambulan por las calles y plazas y no llaman al médico, es uno de los problemas más difíciles de solucionar, en lo que respecta á la profilaxis de esa enfermedad.

El Sr. Presidente de la República, sancionó, en enero 30, una ley del Congreso, concediendo 3.000.000.00 de pesos, para obras públicas y de saneamiento en toda la República.

Entre las medidas que se disponían y para las que se concedió crédito por esa ley, figuran 100.000.00 pesos para el acueducto de Matanzas; 10.000.00 para el de Songo; 50.000.00 para el acueducto de Nuevitas; 43.000.00 para el de Trinidad; 25.000.00 para el Rastro de Cienfuegos; 1.010 pesos 67 centavos para construir un Mercado en Caibarién; 18.000.00 para otro Mercado en Camajuaní; 4.000.00 para la reparación del acueducto del Mariel; 40.000.00 para terminar el acueducto de Pinar del Río. El resto del crédito, se invertía en carreteras, caminos, puentes y otras obras de urgencia.

Por la Secretaría de Instrucción Pública, en Circular de fecha 3 de febrero, se llamó la atención á todas las dependencias de ese ramo, acerca de lo preceptuado en el Capítulo X de las Ordenanzas Sanitarias, en el que se especifican las condiciones que deben reunir las escuelas y colegios.

Con fecha 11 de febrero, fue puesto en vigor, por Decreto del Secretario de Gobernación, el Reglamento formulado por la Junta Superior de Sanidad, para el Gobierno de la Comisión Especial para combatir el Muermo y la Tuberculosis en los ganados caballar, mular, asnal, vacuno, cabrío, etc. Igualmente se dictó el Reglamento para el Establo de Observación Sanitaria, dependiente de la misma.

En febrero 26, fue promulgada la ley del Congreso concediendo 500.000.00 pesos para obras públicas en las provincias de Pinar del Río y La Habana. Esas obras eran todas relativas á carreteras y puentes, figurando tan solo un crédito de 8.000.00 pesos para el drenaje de las lagunas de Guanajay.

En vista de que por el Congreso no se había resuelto la solicitud formulada por el Ejecutivo, para obtener un crédito con qué satisfacer los gastos extraordinarios que demandaban los trabajos que se llevaban á cabo para la extinción de la fiebre amarilla en La Habana y para el saneamiento de distintas poblaciones de la República, se dictó, por el Sr. Presidente, el Decreto No. 74, por el cual se concedían $16.000.00 para el pago de las atenciones del personal de Sanidad creado por los Decretos núms. 445, 455 y 472 fechas 15 y 27 de noviembre y 13 de diciembre del año de 1905; ampliado en 12.000.00 pesos más, el crédito concedido por el Decreto 448, de 22 de noviembre de 1905, para la construcción de un pabellón de aislamiento en el Hospital ‘'Las Ánimas'' y concediendo otro crédito de $33.635.19 centavos, para abonar los gastos de personal y material del servicio de fiebre amarilla en La Habana y Santiago de Cuba.

Por Decreto No. 224, de 6 de junio, se concedió un crédito para atender á los gastos que originaba el servicio especial organizado por la Junta Superior de Sanidad, para combatir los focos de fiebre amarilla que se habían presentado en Bolondrón, Unión de Reyes y Alacranes.

Por el Decreto No. 226, fecha 4 de julio, fue confirmado, por cuatro años más, en su cargo de Jefe de Sanidad, el Dr. Carlos J. Finlay, al que en esa fecha se le vencía el término por el que había sido nombrado.

Por Ley del Congreso, publicada en la Gaceta de 12 de julio, se autorizaba al Ejecutivo para invertir la suma de $193.485.44 centavos para atenciones de las Secretarias de Gobernación y de Obras Públicas. En obras de saneamiento fueron invertidos, de ese crédito, 11.000.00 pesos, y 1.500.00 para atenciones de Sanidad.

Habiendo sufrido perjuicios de consideración algunas poblaciones de la Isla, con motivo de inundaciones, el Congreso de la República votó una Ley autorizando al Ejecutivo para disponer hasta la suma de $150.000.00 para socorrer á los pequeños terratenientes, colonos y vecinos que lo necesitasen, y disponiendo, además, se tomase de dicho crédito lo necesario, para la oportuna realización de trabajos de saneamiento y otras obras análogas. Por Decreto de la Presidencia, No. 252, de 27 de junio, se hizo la distribución de esa cantidad.

La Junta Superior de Sanidad, con el deseo de inspeccionar los trabajos que llevaban á cabo las Juntas Locales, creó seis plazas de Inspectores uno para cada Provincia y dependientes del Estado. Más tarde, el Congreso de la República, considerando necesario que continuasen prestando sus servicios dichos funcionarios, dictó, con fecha 28 de julio, una ley en la que se disponía que mientras que por el Congreso no se aprobase una ley que organizase los servicios sanitarios de la República continuaran funcionando los seis Inspectores provinciales de Sanidad.

Para atender al saneamiento del poblado de Madruga, así como para llevar á la práctica reformas y obras de mejoras del balneario de esa población, por el Congreso se votó, en 4 de julio, una ley autorizando al Ejecutivo para invertir en esas obras la cantidad de $60.000.00. Igualmente, y por la propia Ley, se consignaban 40.000.00 para el poblado y baños de San Diego de los Baños, y otros 40.000.00 para el pueblo y balneario de Ciego Montero.

En igual fecha, fue promulgada una ley concediendo una ampliación al crédito de 200 mil pesos para que, con igual cantidad concedida por la Ley de 12 de enero de 1904, se completase la cantidad por la cual habían sido contratadas las obras del Acueducto de Santiago de Cuba.

Por la Ley del Congreso de julio de 1906, se concedió al Ejecutivo, entre otros, un crédito de 22.000.00 pesos para la construcción de un Lazareto para caballos muermosos en La Habana. Por otra ley, de la misma fecha, se autoriza al Ejecutivo, para que de los fondos sobrantes del Tesoro, invirtiera la suma de 236.000.00 pesos para atenciones sanitarias en distintas ciudades y especialmente, se otorgaba, además de la cantidad ya expuesta, la suma de 18.000.00 para atenciones sanitarias en Guantánamo.

Por Decreto Presidencial No. 324, de 3 de agosto, se dejaron en suspenso, con carácter de provisional, los artículos 224 y 228 de las Ordenanzas Sanitarias, en lo relativo á las escuelas públicas, hasta que por el Estado se procediera á la edificación de casas- escuelas, de acuerdo con las exigencias de la higiene moderna. Esta disposición fue dictada en virtud de las dificultades que se presentaban para el cumplimiento de esos artículos por la falta de locales para instalar las escuelas en toda la República. Realmente, es bien sensible, que no puedan ponerse en vigor esos artículos, que tienden á dar á los niños en las escuelas, el espacio suficiente y necesario para la salud. Es un punto muy interesante, y del que deberían ocuparse con toda preferencia los legisladores, el relativo á las casas- escuelas. Actualmente, el Gobierno paga, por concepto de alquileres de casas para escuelas públicas, una cantidad crecida, sin que pueda tener locales bien acondicionados á ese objeto. Sería relativamente fácil, buscar una fórmula en virtud de la cual se acometiera, por el Estado, la empresa de construir edificios para las escuelas públicas, los que además de reunir de esa manera las condiciones higiénicas necesarias, resultarían más económicos y, sobre todo, responderían mejor al fin á que se les destina.

Con fecha 6 de agosto, fue dictado el Decreto de la Presidencia de la República, Número 341, disponiendo que los gastos que originase el servicio extraordinario de desinfecciones y saneamiento de poblaciones para combatir la fiebre amarilla, se pagase con cargo á los fondos consignados en la Sección 3, Capítulo 1º, del artículo 3, del Presupuesto General.

En el propio Decreto, se concedía, para los trabajos ya indicados, un crédito de 22.393 pesos 50 cts.

En el mes de agosto y habiendo surgido el movimiento revolucionario, fue creada una Junta de Sanidad Militar, como asesora del Jefe de Sanidad de las Fuerzas Armadas, para atender á la organización de los servicios sanitarios propios de la campaña. El Doctor Enrique B. Barnet, fue designado para la Presidencia de esa Junta. El Dr. Hugo Roberts, Jefe de Sanidad Marítima, fue nombrado Jefe de Sanidad Militar, y Presidente Honorario del organismo á que nos referimos.

Por esa Junta, que tenía fines análogos á los de la 'Cruz Roja', se atendía á proveer á los soldados de medios apropiados para su curación, así como se organizaron otros servicios de Sanidad Militar.

En la larga y bien extensa relación que hemos hecho de las Leyes, Decretos y Ordenes dictadas durante este segundo período de nuestro estudio, se puede apreciar que el Gobierno de la República demostró sus buenos deseos en bien de la salud pública, otorgando créditos y atendiendo las más perentorias necesidades.

Es de sentirse, que no se acometiese la obra fundamental de dotarnos de una Ley Sanitaria y que no se resolviesen múltiples é imperiosas cuestiones de orden higiénico, con la extensión y eficacia que son de desear, para esa clase de asuntos.

Al Congreso de la República le fue presentado, por el Dr. José A. Malberti, distinguido representante por La Habana, un excelente proyecto de ley sanitaria, que no fue aprobado. Igualmente, otro médico y representante muy laborioso, el Dr. Pedro Albarrán, formuló un proyecto de ley con el mismo fin, corriendo igual suerte que el anterior.

¡Lástima grande, que esos proyectos, estuviesen llamados á dormir el sueño eterno, entre los olvidados papeles de una Comisión!

Con el establecimiento del actual Gobierno Provisional, en septiembre 29 de 1906, entramos en el tercer período de nuestro trabajo. Con la instalación de ese Gobierno, comienza para la Sanidad Cubana, una época de progreso, alcanzando los servicios sanitarios el mayor esplendor y perfeccionamiento.

Fig. 9. Dr. José A. López del Valle y Valdés, profesor titular de Higiene y Legislación Sanitaria de la Universidad de La Habana (1923-1930).

A poco de instalarse el nuevo Régimen se creó la plaza del Consultor Sanitario, á la que se le conferían las atribuciones que con respecto á la Junta Superior de Sanidad y sus organismos, tenía la Secretaría de Gobernación.

Para el desempeño de ese elevado y delicadísimo cargo, fue nombrado el Major Jefferson Randolf Kean, U. S. A., médico del Ejército de los Estados Unidos, funcionario ilustre y hombre de extraordinarias y bien probadas dotes de cultura y de inteligencia, y el que no era de manera alguna, desconocido para nuestro pueblo.

Aún recordamos todos agradecidos, la provechosa y ardua labor por él realizada durante la primera Intervención Americana, cuando desempeñaba el cargo de Superintendente General de Hospitales de Caridad.

Debemos convenir, Señores, que si la labor sanitaria realizada en Cuba por el gobierno americano de 1899 á 1902, fue una obra portentosa, que asombró al mundo entero por sus brillantes resultados y alta trascendencia, no dejó también de ser, desde muchos puntos de vista, notable y brillante, la jornada rendida por ese Gobierno, en lo que respecta á Beneficencia y Caridad.

El Gobierno de la Intervención, al establecerse en Cuba en enero de 1899, se encontró, con raras y bien contadas excepciones, más que Hospitales y Asilos, con unas barracas infectas en las que los enfermos y los pobres asilados, lejos de encontrar asistencias apropiadas, gemían y se desesperaban ante la miseria en que vivían, las tristezas que los rodeaban, la crueldad y abandono con que eran tratados y la falta de recursos de esos establecimientos.

La Caridad Oficial no existía por aquellos tiempos. La suciedad, el abandono y la impiedad, en triste y amargo consorcio, eran el patrimonio de los hospitales de esos tiempos, y de cuyos establecimientos huían, por esa causa, horrorizados los enfermos.

El Gobierno tenía, pues, ante su vista, un problema realmente pavoroso, en el que por igual figuraban cuestiones de orden económica y asuntos de carácter moral.

Había que sanear los hospitales y los asilos, dotarlos de medios de vida ó por mejor y más propiamente decir, hacerlos, crearlos, á la vida moderna; barrer perniciosas costumbres y dañinas tradiciones; inculcar, en los llamados á tratar con los enfermos y con los pobres, principios de moral, de compasión, de caridad; educar á los rudos sirvientes; suavizar á los ásperos asistentes y organizar un cuerpo de enfermeros graduados, bien instruidos para la asistencia de los enfermos, dando preferencia para esa clase de trabajos á las mujeres, más inclinadas por lo general que los hombres á la ternura y de esa manera, llevar á las salas de los hospitales, tan frías y tan tristes, el calor, la vida, el consuelo de la caridad y del amor.

No vaciló el Gobierno Interventor, en acometer con laudable decisión, tan magna empresa, obteniendo en breve, un resultado brillante y por todos conceptos admirable.

¿De quién se valió el Gobierno Americano para realizar esa obra gigantesca?

Señores: el hombre de talento suficiente, el médico de bondad infinita, de energía y entereza necesarias, que dio feliz término á esa labor, no fue otro que el Major Kean, nuestro actual Consultor Sanitario.

No es de extrañar, que un hombre de tan envidiables dotes de organizador, y que á fondo conocía nuestras necesidades y nuestro medio social, se diera cuenta de la urgencia de cambiar radicalmente la defectuosa organización sanitaria por la cual nos regíamos.

Justo es confesar, que desde que tomó posesión de su cargo el Major Kean, fue su primer impulso, su preocupación constante, la de acometer la obra de preparar una nueva ley sanitaria sobre la base de la nacionalización de esos servicios, dedicando, á esa provechosa tarea, todas sus iniciativas, sus energías y sus conocimientos.

El resultado de sus estudios y sus afanes, ha sido la promulgación del Decreto No. 894, de 26 de agosto, y por el cual se creó el Departamento Nacional de Sanidad.

El Decreto No. 894, que organiza, por cuenta, y á cargo del Estado, en toda la Isla los servicios de Sanidad, que los dota de manera conveniente para llenar su cometido, es una ley que está llamada, muy breve, á dar los resultados más satisfactorios.

Gracias á ese Decreto, llegan á las regiones más apartadas de nuestra República, los beneficios incalculables de la higiene moderna: se deshierban, barren y componen calles, que permanecían vírgenes de esa clase de trabajos; se practican desinfecciones; se inspeccionan las casas y se colocan éstas en debidas condiciones higiénicas; se hace campaña sistemática y eficaz contra el mosquito en todas las ciudades y pueblos; se analizan las aguas de consumo, y se evita la infección de las mismas; se instalan servicios de inspección bromatológicas; se atiende debidamente á las inspecciones médicas, y en una palabra, y para no fatigar vuestra atención con el largo relato de los bienes que nos proporciona esa nueva ley sanitaria, se hace sanidad é higiene en los términos todos, desde los más principales á los más retirados y de menor importancia.

En virtud del Decreto 894, completado con el número 1187, de 22 de noviembre de 1907, se unificaron los servicios de Sanidad Terrestre y Marítima, colocándolos bajo el Departamento Nacional de Sanidad, lográndose por esa conjunción de fuerzas, la mejor y más apropiada marcha de esos organismos, en beneficio de la salud pública.

No es llegada la hora todavía, de que el Decreto de la nacionalización de los servicios sanitarios, empiece á dar los frutos provechosos que de él deben esperarse. Es una obra, que si ahora pasa inadvertida para muchos, sin embargo, en un cercano porvenir, habrá de asombrar á todos.

En la profilaxis de la fiebre amarilla y demás enfermedades que se trasmiten por los mosquitos, se ha de obtener un resultado decisivo, puesto que la obra para la destrucción de esos insectos ha podido implantarse, gracias á ese Decreto, de una manera firme, uniforme y eficaz en toda la Isla, lo que hace esperar el dominio completo de esas enfermedades. No figurará más la fiebre amarilla epidémicamente en nuestras estadísticas, y desaparecerá, por lo tanto, esa barrera para nuestro progreso y adelanto. El Paludismo no hará las victimas que al presente ocasiona en el campo. Otras enfermedades serán dominadas, gracias á los trabajos sanitarios que contra ella se realizan, y la mortalidad general de Cuba, bajará en notables proporciones.

Yo creo, Señores, que Cuba necesita actualmente de mayor defensa sanitaria, puesto que nuestras estadísticas de defunción nos acusan, cada año, un ligero aumento, que puede, entre otras razones, explicarse por haber cesado la causa que las rebajó de una manera anormal, en los últimos años. Aunque es cierto que en este aumento de las defunciones hay mucho de aparente, pues, al fijar la proporción de mortalidad se partía del dato erróneo de la población, que se calculaba de 1.500.000 habitantes y la que, según el nuevo Censo, se ha visto que alcanza á 2.000.000, quedando un margen de error que recargaba el tipo, proporcionalmente hasta llegar á 500.000 habitantes. Pero se nos presenta, también, la siguiente hipótesis para explicar ese ascenso de la curva de mortalidad. Y esa teoría está basada, en que durante el período de la Guerra de Independencia, las estadísticas de defunción aumentaron en toda la Isla de una manera considerable. A los resultados, siempre crueles, de toda guerra, hubo que añadir, como causa abonada de aumentar las defunciones, la orden inicua de la reconcentración.

Pero forzoso se hace admitir, que si la guerra y sus tristes secuelas se llevaron organismos fuertes y robustos, en cambio barrieron, por decirlo así, con todos los débiles, los raquíticos, los enfermos y los pocos preparados para la lucha por la vida. Fue un sangriento y rudo saneamiento social, al estilo de las prácticas de Licurgo. Y Cuba se encontró con una población escasa, pero de hombres relativamente fuertes, puesto que habían resistido á los recios embates de la guerra y sus horrores. Es decir, que si hubo un período de tiempo en que la mortalidad aumentó considerablemente con motivo de la guerra, también hubo otro período en que disminuyó por la misma causa.

Ahora, establecida la normalidad, cesada las causas que provocaron esas oscilaciones estadísticas, estamos llamados á entrar de lleno en la estabilidad demográfica, y por esa razón, es por lo que se hace necesario preparar convenientemente la defensa, á fin de restarle á las causas de defunción, el mayor número de victimas posibles. Y como á ese fin tiende de manera muy directa el Decreto 894, se explica que los llamados á velar por la salud pública muestren su complacencia, al contar, para el mejor desempeño de su cometido, con arma tan preciosa y útil.

El Gobierno Provisional, que actualmente rige los destinos de esta República, para completar la obra emprendida para el mejoramiento de los servicios de Sanidad, tiene en estudio, para ser en breve puesto en vigor, el proyecto, ya aprobado por la Comisión Consultiva, de crear una Secretaría de Sanidad y Beneficencia. En tiempos de la República y en el seno de la Cámara de Representantes primero, y por medio de la prensa más tarde el Representante por La Habana Dr. José A. Malberti, apoyado por el Dr. Pedro Albarrán, Representante por Las Villas, abogó por el establecimiento de la Secretaria de Sanidad, aportando á esa idea poderosa y muy fundados argumentos. La Cámara, aprobó la creación de la Secretaría de Sanidad, no así el Senado, por cuya causa no se promulgo la Ley que debía ponerla en práctica. La prioridad de ese proyecto le corresponde al doctor Malberti y á la Cámara de Representantes.

Ya hemos visto, los incalculables beneficios que á la salud pública han de derivarse del Decreto de Nacionalización de los Servicios de Sanidad, y hemos convenido también, en las nobles y elevadas tendencias de esa obra de humanidad, de civilización y de progreso.

No he de cansar vuestra atención, pretendiendo hacer, con mi palabra siempre torpe y difícil, un estudio biográfico, siquiera sea ligero, de los Señores Magoon, Kean y Finlay, ya que carezco de competencia para ello y en atención á que sus méritos y sus virtudes, son de ustedes conocidos. Pero permitidme que, á grandes rasgos, considere un particular que estimo digno de atención, por las enseñanzas que de él puede derivarse, y la utilidad que puede prestarnos en las luchas azarosas por la existencia: me refiero, á que en los tres individuos en cuyo honor celebramos este acto, se advierten cualidades de carácter muy afines, rasgos personales que no dejan de ser notables por su semejanza.

Fijaos, Señores, que tanto en Magoon como en Kean, nacidos en las frías regiones del Norte, como en Finlay, que vio la luz primera en las ardientes llanuras del Camaguey, hay la misma bondad de carácter, la propia sencillez y modestia, la misma fe en un ideal y el mismo amor al trabajo.

Y esos tres hombres que han alcanzado el público respeto, la admiración de sus conciudadanos y la estimación general, han empleado tan solo para obtener tan envidiables resultados, las armas de la ciencia, las que han manejado con bondad y modestia.

Y aunque es de todos conocido, que el mérito verdadero se oculta siempre entre los tupidos velos de la modestia, no por eso hemos de escatimar nuestros aplausos cuando, como en este caso, encontramos una vez más, comprobada esa verdad.

No es este el sitio más apropiado, ni tampoco ha llegado el momento oportuno para ello, de hacer un estudio crítico acerca de las gestiones del Sr. Magoon, al frente del Gobierno Provisional de Cuba. Esa labor hay que dejarla para el porvenir, donde de seguro, en la historia patria, ha de figurar en sitio de honor, el nombre del ilustre gobernante que hubo de dirigir con notable acierto, nuestros destinos en días de tormenta.

Cuando los mares de la política cubana se agitaban á impulso de las más fuertes conmociones y parecía que furioso temporal se desataba sobre la nave del Estado, el Gobernador Magoon, empleando, á más de su talento, la dulzura de su carácter, supo conducirla á puerto seguro y deshacer las furias del vendaval, calmando y haciendo volver á su cauce habitual, las aguas que parecían iban a desbordarse.

Fig. 10. Dr. José A. López del Valle y Valdés, Director Nacional de Sanidad (1933).

Nosotros los cubanos, estaremos siempre en deuda de afecto, con los hombres que llegan á nuestro suelo de lejanas tierras, para dedicar, llenos de generosidad y entusiasmo al estudio y resolución de nuestros problemas, el fruto de sus experiencias. Y entre esos extranjeros nobilísimos, á los que debemos gratitud eterna, figuran, en primera línea, Magoon, Wood, Brooks, Kean, Gorgas, Havard, Furbuch y otros no menos ilustres, que nos han dejado, y aún continúan ofreciéndonos, el ejemplo de sus vidas honorables.

¿Necesitaré, Señores, levantar mi pobre voz, en honor del que podemos considerar como el Padre y el Mentor de esta buena, de esta noble familia sanitaria? Ciertamente, que el Dr. Carlos J. Finlay, á quien tanto queremos y con el que estamos tan íntimamente ligados, no necesita que yo haga mención de sus méritos indiscutibles, de sus virtudes que todos reconocemos, y de sus trabajos sanitarios, por el mundo entero admirados.

El tenerlo siempre á nuestro lado, guiándonos con su consejo, siempre leal; conduciéndonos por el intrincado camino de la vida con la luz de su genial inteligencia; endulzando, en todos los casos, las amarguras de la lucha por la vida, con los destellos de su bondad infinita, nos han hecho á todos considerarlo como algo que está con nosotros unido, más que por los lazos oficiales, siempre fríos y quebradizos, por los vínculos eternos y llenos de calor y vida, del más puro y acendrado cariño.

El mundo entero rinde al Dr. Finlay, tributo de admiración; de las más apartadas regiones llegan hasta nosotros muestras de simpatía para el venerable sabio cubano, que ha logrado, tras esfuerzos incesantes y de estudios continuados, llenarse de gloria y adquirir, con títulos bien sobrados para ello, la ambicionada palma de la inmortalidad.

¿No creen Uds. que sería por mi parte imperdonable muestra de osadía el pretender, en este momento, tomar parte, mezclar mi voz, en esos conciertos de universales elogios á nuestro amado Maestro?

Los que comienzan la lucha por la vida, los que dan sus pasos primeros en el terreno de la ciencia, y, á veces, ante pequeñas contrariedades sienten decaer su entusiasmo y entibiar su fe, deben tener siempre presente el hermoso ejemplo que nos ofrece el Dr. Finlay, quien lejos de pretender descansar sobre los laureles que ya ha obtenido, y á pesar de encontrarse en la edad en que más falta hace el reposo, continua luchando como el primer día, con la misma fe y con el mismo entusiasmo.

Forzoso se hace, Señores, que termine este mi pobre discurso. No se me oculta que he ocupado mayor tiempo que el que vuestra bondad me permitía, pero así como la pluma se siente torpe y cae de nuestras manos, y la palabra se paraliza en nuestros labios cuando nos vemos obligados á tratar de asuntos y de personas que no son de nuestro agrado, en cambio, la primera corre fácil y ligera, y acude la segunda abundosa, cuando nos referimos á hechos y á personas que son de todo nuestro afecto, de toda nuestra simpatía.

Más, antes de terminar este modesto trabajo que la bondad de mis compañeros me confiara, permitidme que eleve mis votos sinceros porque Dios continúe iluminando á los encargados de dirigir nuestros destinos, para que sigan por la hermosa senda ya emprendida de perfeccionar nuestras leyes sanitarias, y porque Udes., los esforzados paladines del bien, los que constituyen la brillante legión sanitaria, los valiosos obreros que han de ayudar á la construcción del edificio, continúen, como hasta el presente, animados de la mejor voluntad y dedicando todos sus entusiasmos, á la humanitaria labor que les está encomendada, ya que con ello, habrán de obtenerse beneficios para nuestros semejantes, y protección y gloria para la patria!

La vida de un hombre sencillo*

Cuando los amables Directores de esta simpática publicación, hubieron de pedirme que les facilitara mi auto-biografía pensé limitarme á escribir estas palabras tan solo:- « He sido un hombre que he trabajado y luchado mucho, y que está dispuesto y se siente con alientos para luchar y trabajar más »-- En efecto: ¿Qué otra cosa puedo decir de mí, que no he tomado parte en ninguna acción heroica; que no he logrado realizar actos que me eleven del nivel de la vulgaridad, y que no poseo ni el talento suficiente para descollar entre mis compañeros de profesión, ni la inteligencia, ni los conocimientos, para llamar, por ningún concepto, la atención sobre mi persona?

Y sin embargo, si me decido á ampliar este escrito á pesar de darme exacta cuenta de mi insignificancia, se debe, á que si nada valgo, en cambio, aquí, a mi lado, por mi suerte y por mi fortuna, tengo una persona, que es mi madre adorada, la que si merece y es digna de ser presentada como un modelo de abnegación y de virtud, como un ejemplo viviente, de lo que puede y es capaz de hacer una criatura todo corazón y energía, todo cariño y bondad, todo amor y talento, que no vacila en seguir la dura senda del trabajo y de la virtud y en llegar al sacrificio, en bien y en provecho de los seres que ama.

Siendo muy niño, tuve la desgracia de perder á mi padre, opulento comerciante, el que al morir, por reveses de la caprichosa fortuna, nos dejó en una situación económica angustiosa. Mi padre había invertido toda su fortuna, en el comercio de ropas. Un voraz incendio destruyó, en pocas horas, su establecimiento, que no estaba asegurado. Las llamas con su fuerza destructora, redujeron á cenizas, la labor, el trabajo de largos años.

El golpe fue, para mi pobre padre, demasiado rudo. No lo pudo resistir y cayó, al peso de la enfermedad y de la tristeza, á los 33 años de edad, dejándonos, como capital, su nombre honrado y de todos querido; el recuerdo imborrable de sus cariños y de sus bondades; el ejemplo de su vida honorable; la estela de simpatías y de afectos que despertara á su paso por la vida.

Mi madre quedó a los 24 años de edad, viuda, con seis hijos y sin un centavo, pues lo poco que habíamos heredado, tenía que ser objeto de trámites y de reclamaciones judiciales, siempre largas y dilatorias.

Mis abuelos se apresuraron á brindarnos un hogar, y á llevarnos á su lado. Pero aquella nueva vida no satisfacía á mi madre, la que, luchadora incansable, quería, por su propio y personal esfuerzo, hacerse una posición, educar á sus hijos, labrarles un porvenir.

Tenía, en su nuevo estado, ante su vista, dos caminos. Joven, de belleza extraordinaria y maravillosa, que todavía conserva y es mi orgullo, no le faltaron pretendientes solícitos, pero, en cambio, más tarde, surgirían serios conflictos de familia, pues todos saben que los padrastros no siempre se distinguen por su amor á los hijos ajenos.

La otra senda que ante ella se presentaba, era ruda, incierta, llena de asperezas y de dificultades, pero que le dejaba libres para dedicarlos por completo á sus hijos, su corazón y su albedrío. Era esa, la ruta del trabajo personal, siempre tan penoso, siempre tan difícil.

Y para tomar su determinación, no vaciló un solo instante: había que trabajar, para que su cariño, su voluntad, su vida toda, fueran solo de sus hijos y para sus hijos. Y llena de fe, de entusiasmo y de energías, aprovechando la educación esmerada que había recibido, se dedicó á la enseñanza. Con sus tocas de viuda se presentó á unas oposiciones para la Dirección de las Escuelas de la Sociedad del Pilar. Obtuvo en reñida lid el triunfo. Y ya, desde esa época, comenzó para ella, la era del trabajo, y de la batalla. Y con el sudor de su frente, con su talento y con su inteligencia libró duras campañas por la vida, educó á sus hijos, les dio carrera y les preparó á la lucha por la asistencia, templándoles el alma, para esa campaña, con su ejemplo y con sus enseñanzas.

¿Es de extrañar que yo, que tenía á mi lado á madre semejante, me dedicara, desde temprana edad, al trabajo y al estudio?

A los doce años de edad, ya daba clases en un colegio particular, propiedad de mi abuelo. A los catorce años, era profesor auxiliar de la Escuela Municipal del barrio de Monserrate. Por cierto, que un día en que por ausencia del Director, ocupé interinamente, su puesto, estuvo en la Escuela un Inspector de Instrucción, el que en su rápida visita, no se me dio á conocer. Mas tarde, al presentar su informe, hacía constar que «todo lo había encontrado en orden, en buena marcha, cosa que era de extrañar, pues no había encontrado en el momento de su visita á ningún profesor».

Y esa manifestación del Inspector se debía á que yo en aquella época, usaba pantalones cortos.

A los quince años ingresé como alumno interno, en el Hospital Municipal de Aldecoa. Dejé mi plaza de la Escuela, donde ganaba un buen sueldo, para ocupar la del Hospital que era honoraria y que me ocasionaba gastos de transporte. La causa de que efectuara ese cambio, desventajoso desde el punto de vista económico, se debía, á la voluntad firme, decidida, inquebrantable de mi madre, porque yo siguiera la carrera de Medicina, por la que yo, desde mis primeros años, sentía una decidida vocación, una verdadera pasión. Y en el Colegio, aunque obtenía positivas ventajas pecuniarias de momento, sin embargo, me cerraba el porvenir; toda vez que ni podía asistir á clases, ni practicar con los enfermos. Por ese camino, no me hacía Médico. Y mi madre, que recibía perjuicios económicos con mi traslado, no vaciló, fue al sacrificio. Me obligó á renunciar á la Escuela y aceptar el destino gratuito del Hospital. Más tarde, obtuve una de las plazas retribuidas de Interno.

En Aldecoa, tuve la suerte de trabajar al lado de un hombre excepcional, de méritos extraordinarios, el doctor Francisco Dumás y Franco, arrebatado á la vida cuando llegaba á las cumbres de la gloria.

Dumás fue mi amigo del alma, mi mentor cariñoso y bueno, que se afanaba por iniciarme en los secretos médicos. Y ahora, á través de los años, deseo dedicarle á ese mi maestro, este cariñoso recuerdo, ya que presente lo tengo en los actos todos de mi vida.

Durante siete años estuve en el Hospital; donde llegué á ocupar los más altos puestos. Pasé, mas tarde, á médico de Casas de Socorros y médico de Asistencia Domiciliaria. Ocupando este último cargo, un amigo mío muy querido el doctor Roberto Chomat, que estaba designado por el General Ludlow y por el Mayor Davis para organizar, en 1898, la Sanidad en La Habana, me llevó á su lado, para que cooperase en esos trabajos.

Desde esa época, estoy en la Sanidad, en la que he desempeñado en propiedad y sucesivamente, los siguientes cargos:

Inspector Especial á las órdenes directas de la Jefatura.

Inspector de Distrito.

Jefe de Desinfección.

Inspector General del Departamento.

Secretario de la Junta Local de Sanidad de La Habana.

Jefe Local de Sanidad de La Habana.

Vocal de la Junta Nacional de Sanidad.

Director del Dispensario para Tuberculosos.

Interinamente he desempeñado, en distintas épocas, los cargos de:

Jefe Ejecutivo de Sanidad.

Secretario de la Junta Superior de Sanidad.

Jefe de Despacho de la Jefatura Superior de Sanidad.

Secretario de la Junta Nacional de Sanidad.

Actualmente, y gracias á la bondad infinita de mi amigo del alma, el doctor Manuel Varona Suárez, un luchador y un triunfador en la vida, ocupo de nuevo, la Jefatura Local de Sanidad de La Habana y soy además, vocal de la Junta Nacional de Sanidad y Beneficencia.

En la «Cruz Roja Cubana», desempeñó los cargos de Jefe é Inspector General del Cuerpo Médico y Director de la Academia de la Institución.

Ocupo la Secretaría General de la Delegación Cubana al Congreso Español de Tuberculosis y he sido electo Secretario de la Sociedad de Medicina Tropical de la República de Cuba. Pertenezco á distintas sociedades científicas, á las que les presto mi modesto concurso, no por lo que él signifique, que no es nada, en el orden científico, pero sí por lo que pueda valer en el numérico, ó sea en que haya «uno más» en esas corporaciones.

En la «Cruz Roja » me han llenado de honores y distinciones, que no merezco, sino que debo á bondad de amigos cariñosos. Además en los cargos citados, he sido honrado con la Cruz de Pro y se me y ha propuesto para la Gran Placa de la Institución.

La literatura me atrae con fuerza irresistible. Siento por ella un amor casi tan grande como por la Medicina. El periodismo me encanta y me seduce.

Apenas tenía doce años, cuando en unión de un amigo muy querido, el señor Costa y Francés, tomé parte activa, nada menos que con el carácter de Jefe de Redacción, en la publicación de un semanario titulado «El Estudiante», que tenía la novedad extraordinaria de estar escrito á mano. Durante los seis primeros días de la semana, los redactores escribíamos en y para el periódico. Hacíamos así manuscritos, unos 20 ó 30 ejemplares y los domingos por la mañana, muy temprano, y para que no nos vieran, repartíamos el periódico. Más adelante colaboré en la «Habana Elegante» y en «El Fígaro». Mis primeros escritos vieron la luz en el simpático semanario, que dirigía Hernández Miyares. Todavía recuerdo con verdadero gusto, la satisfacción que experimentaba cada vez que veía mis producciones reproducidas en tan bello y elegante periódico.

Al entrar de lleno en el estudio y en la práctica de la Medicina , mis escritos tomaron nueva orientación. Entonces fui redactor de distintos periódicos científicos, entre los que recuerdo «Los Archivos de la Policlínica », «La Revista de la Asociación Médico- Farmacéutica», notable publicación que dirigía el doctor Enrique B. Barnet, médico, sanitario y literato muy ilustre. Colaboraba, además, en otros periódicos en los que, á la par que observaciones clínicas y otros escritos de carácter puramente científicos, daba á luz, pequeñas historietas médicas algunas de las cuales reuní en un tomito y con la colaboración artística del genial Ricardo de la Torriente, publiqué bajo el título de «Memorias de un Interno», «Recuerdos del Hospital».

He sido Director de la «Revista del Vedado». Colaboro en « La Discusión », en la que se me ha confiado la «Sección Médica», de su leído Consultorio, sección que ha obtenido gran crédito, por los esfuerzos que hace el señor Caballero, por atenderla y mejorarla. Soy miembro de honor y médico de la «Asociación de Reporters» y fundador y vocal de la Directiva de la «Asociación de la Prensa ». Profeso á los periodistas sincero cariño y les guardo gratitud muy profunda, pues á ellos debo pruebas grandes de bondad, de deferencia y de aprecio.

Aprendí las primeras letras, en el colegio «San Nicolás de Bari», que dirigió el ilustre educador, señor Andrés Cobreiro. Mas tarde, fue mi maestro, el señor Luis Biosca Comellas, publicista distinguido y uno de los hombres más laboriosos y buenos. En el Real Colegio de «San Fernando», terminé mi educación primaria.

Cursé los años de la segunda enseñanza, en el Instituto oficial y en los colegios particulares, «Habana», que dirigía el querido é ilustrado Domingo Frades y el «Redentor».

La carrera médica la estudié en la Universidad de La Habana, en la que obtuve los grados de Licenciado y de Doctor en Medicina y Cirugía. Y á la par que estudiaba, desempeñaba mi plaza de Alumno Interno en Aldecoa. Para poder asistir á clases, tenía que levantarme á las cinco de la mañana, visitar á los enfermos graves, preparar la visita y salvar casi corriendo, el kilómetro que entre zarzales, hay entre el Hospital y la Estación del Cerro del Ferrocarril de Marianao. En ella tomaba el tren descendente y me apeaba en Concha para de aquí, recorrer, también de prisa, pues el tiempo apremiaba, los tres kilómetros, aproximadamente, que hay hasta el Hospital «Nuestra Señora de las Mercedes», donde se daban las clases que me correspondían.

Llegaba, como es natural, á la clase, fatigado y rendido, pero con el alma llena de alegría, pues había cumplido con mi deber. Y aunque crean que lo digo por alabarme, debo declarar ahora, que la norma principal de mi carácter, ha sido siempre el cumplimiento del deber, la disciplina y el orden.

En Aldecoa, yo era más que un amigo, un hermano del Director. Y nunca falté á mis deberes. Jamás abandoné mi guardia. Permanecía en el Hospital, cumpliendo como el que más, las atenciones del cargo que desempeñaba, á las clases, y por mi voluntad no falté nunca. Siempre he sido de carácter alegre y jovial. Cuando más joven, era amigo de las diversiones, de los paseos. Fui un estudiante divertido, dispuesto siempre á la broma y á la alegría. Pero al llegar la hora de la clase y del estudio, estaba en mi puesto.

Tengo, como base de carácter, el respeto. Empiezo por respetarme á mi mismo, respeto á los demás y procuro que se me guarde esa consideración. Entiendo y creo, que no hay cariño verdadero, allí donde no existe respeto. Soy, para con mis amigos, afectuoso, franco; me gusta la cordialidad y la expansión: pero que todo eso sea dentro de los límites de un respeto mutuo, de una corrección exquisita.

No tengo más bienes de fortuna, que mi trabajo personal y mi nombre honrado, y me parece bastante. No poseo propiedades ni disfruto de rentas.

No creo necesario insistir en mi honradez, pues desconfío de los hombres que constantemente la proclaman. El que yo sea honrado, no tiene mérito alguno, ya que es hijo de las condiciones de mi carácter, de las enseñanzas que se han dado y de los ejemplos que ante mi vista he tenido.

Mi padre, postrado en el lecho, á las puertas de la muerte, liquidó cuanto le quedaba, para pagar sus deudas todas. Y no le preocupó, para cumplir con ese deber, la situación en que quedarían sus hijos.

Fig. 11. Dr. José A. López del Valle y Valdés, último retrato (1937).

En mi largo y provechoso internado del Hospital, adquirí grandes conocimientos de la humanidad, y aprendí, en mi trato constante con la tristeza y el dolor, á sentir una piedad infinita hacia los hombres. Los malos, los perversos, los que hacen daño, me inspiran más que nada compasión, ya que son desviados de la vida, verdaderos enfermos, que no conocen las dulzuras y las satisfacciones de la bondad y del bien.

Conozco al que me quiere bien y sé corresponderle á sus afectos. Se defenderme de los malos y tengo los alientos necesarios para contenerlos en sus maldades.

No me gusta, ni soy partidario de la lucha, pero tampoco me asusta, pues me siento con los bríos necesarios para las más recias campañas.

Llevo en mi alma tan solo amores y esperanzas. No hay en mi corazón sitio alguno para la maldad. Por esa causa, y como principio de higiene moral, no acostumbro á guardar ni rencores ni odios, los que, después de todo, tengo la suerte de no conocer de vista siquiera.

Tengo de la humanidad el mejor concepto. Estoy muy lejos de creer que el mundo sea todo lo malo que muchos se empeñan en hacerlo. Al contrario, he recibido en la vida pruebas inequívocas de que la amistad, la consecuencia y el amor, son una verdad. No tengo que lamentar desengaños ni desencantos. Bien es verdad que no forjo vanas ilusiones, ni concibo engañosas ni locas esperanzas. Soy un hombre práctico que no acostumbra á creer que las cosas pueden dar de sí, más de lo que deben dar.

Tengo amigos verdaderos, con los que me ligan lazos de hondo y profundo cariño y de los que he recibido pruebas y demostraciones de consecuencia y afecto. En este particular, he sido un afortunado de la vida, pues muy pocos hombres habrá que hayan logrado sumar en su vida mayor número de cariños.

Tengo, desde luego, ambiciones, aunque mi carácter es por demás conforme y mis gustos sencillos y tranquilos. Ansío paz, bienestar y tranquilidad para los míos. Deseo que mi nombre sea, como lo fue el de mi padre, símbolo de respeto y de consideraciones. Amo la popularidad bien entendida y aspiro á ganarme el afecto de los que me rodean.

Soy religioso. Para mi Jesucristo es la figura más grande de la Humanidad y le profeso una devoción y un amor grande, al que debo, sin duda, gran parte de la felicidad que disfruto. La Religión Católica al elevar nuestra alma por encima de las humanas flaquezas, parece que la libra de debilidades y de miserias.

El único y grande dolor de mi vida, es ser soltero. Mi aspiración de joven, mi mayor gusto y el placer más grande hubiese sido, apenas graduado, casarme. Soñaba, cuando era estudiante con una novia buena, dulce y cariñosa; con un hogar venturoso y feliz. Pero la novia del Estudiante no llegó, y él médico no ha ido al altar.

Escribí poesías en la edad de nuestra vida, en que todos sentimos y pensamos en verso. Muchas de esas composiciones, las publiqué en distintos periódicos y otras, quizás de las que estoy más enamorado, permanecen inéditas.

La fuerza de las circunstancias me ha obligado, á veces, á usar de la palabra en público. He sido Conferencista en las Escuelas Normales de Verano y he tenido que pronunciar discursos en Academias y en diversos Centros. Me gusta la oratoria y quisiera ser, en el amplio concepto de esa palabra, un verdadero orador.

Debo terminar. He hablado ya demasiado de mi persona. A fuerza de querer ser sincero y de pensar en alta voz, quizás me haya excedido en la enumeración de cualidades, que acaso no tenga. Pero como me figuro poseerlas, por eso las he expuesto.

Las anteriores notas las he escrito volando. No hay en ellas hilación, ni han sido redactadas en estilo florido y estudiado. Ni siquiera las he revisado. ¿Para qué, si prefiero que se publiquen con la misma espontaneidad con que han sido escritas? ¿No resultan, casi siempre, más exactas las fotografías instantáneas, que aquellas que mucho se retocan? Y yo, al hablar de mí, por vez primera en mi vida, he querido decir solo la verdad, escuchando más que el cerebro, al corazón.

Los que lean las anteriores notas, advertirán que no tengo historia, y que no hay hechos salientes en mi vida, de esos que forman época en los hombres. Pero prefiero esto, por ver si de mi puede decirse lo que de los pueblos que carecen de historia, esto es, que son felices…

Tal ha sido mi vida modesta, sencilla y tranquila, que después de todo, no es sino la existencia de un hombre trabajador y que ha procurado siempre ser leal, ordenado, y disciplinado y que solo aspira á una cosa: á ocasionar en su paso por el mundo, el menor perjuicio posible y á dejar, cuando muera, la mayor cantidad posible de cariños…

Memorias de un interno

La pequeña Marta

El reloj del Hospital marcaba la hora en que debía comenzar la clase y nuestro joven y amado maestro no había llegado; llamábamos muy mucho la atención ese hecho, por ser la vez primera que ocurría; era siempre el más exacto, el más puntual. Agrupados todos los alumnos á la puerta de la Sala , hacíamos comentarios acerca de esa tardanza; los más impacientes colocáronse en la amplia ventana desde la cual se dominaba el camino que al Asilo conducía… ¡Vanos esfuerzos … Nada veíamos! …. Temíamos por la salud de nuestro profesor querido: el tiempo corría y con él nuestra impaciencia. Se acudió al teléfono…. Uno de los compañeros que vigilaba el camino nos anunció con voz alegre que el coche del maestro estaba á la vista: en efecto, envuelto en una nube de polvo, con el caballo sudoroso, vimos el conocido milord que usaba… Corrimos á la puerta para esperarle: mil preguntas le asediaron á la par: de pronto callamos. Ante la expresión dolorosa de su fisonomía, enmudecimos por la amargura que su rostro reflejaba… Fatigado, con los ojos brillantes y secos y voz temblorosa nos dijo:

-¡Es horrible, horrible lo que ha pasado!

Llenos de ansiedad nos agrupamos á su lado y continuó:

- ¿Recuerdan ustedes á la pequeña? ¿Recuerdan ustedes aquella linda niñita, aquel angelito todo bondad, la bella nietecita de nuestro cieguecito, de nuestro número 27….?

¿… Recuerdan ustedes aquella niña de inteligencia maravillosa, de carácter dulce, que diariamente visitaba este Hospital para besar á su abuelito, traerle el consuelo de sus gracias, de sus encantos?

¿… Recuerdan ustedes el amor intenso, el justificado orgullo, la pasión que tenía el pobre viejecito por su nieta…?

- ¡Pues, bien, la linda niña ha fallecido hará una hora, víctima de una fiebre de forma perniciosa….!

Guardamos todos el más sepulcral silencio: en cada pecho había un sollozo, en cada párpado una lágrima…

¡Cómo no habíamos de recordar aquel angelito de negros y rizados cabellos, que en la tarde de cada día llegaba al Hospital cargada de frutas, flores y ropas para su abuelito adorado!

¡Cómo no recordar las dulces escenas que allí se desarrollaban entre aquel hombre venerable y la niña bella!

Llegaba y el pobre enfermo cambiaba de fisonomía: risueño, emocionado, colmaba de besos á su nietecita: que, siempre, alegre, le refería historias mil; le contaba su vida durante el día: lo animaba, lo mimaba; peinaba con cuidado exquisito su luenga cabellera; recortaba su blanca barba; lavaba su rostro, cambiaba sus ropas; cuidaba sus uñas, besaba sus ojos, aquellos ojos vacíos, que no podían ver belleza tanta…

Al terminar su faena y cuando el viejecito estaba limpio, peinado y vestido de nuevo, recostábase en su hombro, próxima al oído del cieguecito y entonaba á media voz, amorosa canción, que él hacía repetir hasta que embelesado, con el rostro satisfecho, dormía…….

¿Qué dulce poesía encerraba para aquel hombre la canción de amor que diariamente y á la misma hora hacía que le arrullasen á su oído?

¿Qué extraño misterio se ocultaba en aquel espíritu?

Necesitaba para vivir que le acariciasen el alma con la tierna balada que ejercía en él una influencia extraña: á las notas primeras contraíase su rostro, cerraba sus ojos vacíos, exhaustos de lágrimas; su rostro se alargaba…..

Después, adormecido, entreabrian sus labios dulces sonrisas, su rostro expresaba la felicidad….

La niña seguía con sus ojitos esa evolución psíquica y cuando le veía adormecido lo acariciaba como á un niño, dándole palmaditas en la cara, imprimía un beso en su ancha frente y sentada al lado de la cama velaba el sueño del pobre anciano….

Nuestra admiración por aquella niña sublime fue mayor cuando supimos su historia: huérfana, sin más parientes que su abuelito, recogida al abrigo de una familia compasiva, iba de puerta en puerta mendigando la caridad para obtener lo necesario, y regalar todos los días á su pobre abuelo con aquellas flores que eran su delirio, aquellas frutas sabrosas que eran su único alimento, aquella ropita limpia que diariamente se cambiaba.

Jamás faltó la nietecita al Hospital. En los días de copiosa lluvia, en los de frío intenso, risueña siempre, cargada con sus paquetes aparecía, bien calada de agua hasta los huesos, bien titiritando de frío hasta castañetear sus dientes…

La llamábamos “la pequeña”, pues apenas contaba catorce años de edad; la queríamos y en la medida de nuestras fuerzas le prestábamos auxilio…. Para ella había siempre una frase de cariño, un afectuoso saludo, un socorro de buena voluntad….

¿Cómo no sentir en nuestras almas un dolor infinito, ante la dolorosa nueva de nuestro maestro?

-¡Pobre viejo! Fue la frase que articularon nuestros labios…

El profesor, dominando su emoción, nos dijo:

-Yo no puedo pasar hoy la visita: sería someter mi corazón á una prueba demasiado dura, si viera hoy al pobre ciego… ¡No me atrevo! ¡Que me sustituya el Interno de guardia!... ¡Adiós!... Y partió lloroso y emocionado aquel hombre todo bondad, aquel médico que hacía quince años ejercía su profesión y á quién habíamos visto en múltiples ocasiones sin pestañear ante las más graves situaciones y que, con rostro impasible, con su sonrisa eterna, había presenciado cientos de veces la lucha entre la vida y la muerte….

Me hice cargo de la triste misión; silenciosos, con sus corazones destrozados, seguíanme mis compañeros…. Entramos en la sala y dirigimos ansiosos una mirada á la cama del anciano: su rostro apacible y tranquilo demostraba que su alma no presentía la catástrofe….

La visita empezó: jamás fue tan lenta: temía encontrarme frente á aquel desgraciado anciano que lo había perdido todo…. temía que mi voz lo alarmase… Al llegar á su cama hice un esfuerzo supremo y con voz ronca por el dolor, le dirigí preguntas cortas, breves. Lleno de cariño se interesó por el profesor, y cuando le dimos el pretexto de que estaba ligeramente enfermo, nos contestó lleno de fe: Cuando venga mi niñita le diré que lo vea, que le charle un poco y verán ustedes como se pone bueno tan solo con la alegría de la pequeña…………………………

Lo que sucedió en la sala cuando el anciano supo que su nietecita no había ido fue horroroso: excitación maníaca, gritos, ayes dolorosos, angustia suprema, lo invadieron.

De rodillas, con la cabeza pegada al suelo, hacía esfuerzos auditivos creyendo oír los menudos pasos de la niña; lloraba, nos suplicaba noticias acerca de ella; buscaba la salida del Hospital; corría como un desesperado dando continuos tropezones, hasta que, desfallecido por el dolor, se rendía…..

En su delirio constante, canturreaba, con los dientes apretados, la balada de amor con que de rodillas y con la boquita cerca del oído, lo arrullaba la pobre niña……………………………

Poco duró el pobre abuelo. A la hora en que recibía á su nietecita, un día, presa del delirio intenso, murió balbuceando el amoroso cántico…..

Una confesión

Era por la madrugada; hacía un frío intenso: el enfermero de guardia se acercó á la puerta de mi cuarto y con voz soñolienta me dijo:- doctor: ¡Maleta está gritando como un becerro; quiere verlo; no le haga caso, no vaya, que hay mucho frío, y esa víbora no se merece nada!.....

Haciendo caso omiso de los poco humanitarios consejos del enfermero, me vestí de prisa y acudí á la sala de Presos donde se encontraba el enfermo que reclamaba mis servicios.

Conocía su enfermedad y el estado de gravedad suma en que se encontraba. El compañero que lo asistía, hablándome de él había dicho: es “hombre al agua”….

Me acerqué á su lado y tomando entre las mías sus manos ardientes, me senté al borde de la cama.

Entonces él, luchando con la disnea que lo ahogaba, habló en voz baja:

-Yo bien sé que inútiles serán sus esfuerzos y estériles sus afanes por salvarme la vida: me muero. No necesito tampoco mitigar mis dolores físicos. No es al médico á quien acudo. Es al hombre leal que no habrá de violar mi secreto, al que yo necesito. ¡Sí! Me hace falta, á la hora de morir, despojar el corazón del peso que lo agobia; sacudir mi conciencia de los remordimientos que me trastornan….

Yo lo he visto á Vd. hablar en secreto con los presos que iban á morir, y recuerdo que ellos, intranquilos, excitados y nerviosos antes, se calmaban después de la entrevista.

Yo lo he visto como Vd., olvidándose de los grandes delitos que le refirieran, los perdonaba y los atendía sin acordarse, quizás, de lo que había oído. Pues, bien; yo necesito descargar la conciencia, me hace falta confesar mis crímenes, encontrar quien me oiga, quien me perdone……….

Calló por un momento, me miró con ojos de angustia y continuó:

-Soy hijo natural, como si dijéramos el fruto de una infamia, de una pobre guajira, bella, según me contaron, y de un joven muy inteligente que como Juez Municipal ejercía en el pueblo donde mis abuelos, los rudos padres de mi madre, vivían.

¿A que cansarlo con el relato de esos amores clandestinos habidos entre pobre é inocente guajira y experto y astuto seductor? Aquello no fue amor: fue una de esas infamias que los hombres suelen llamar conquistas…..

Mi madre fue burlada, y como resultado de esa burla, nací yo, algo así como la resultante de una canallada. Fuimos expulsados del bohío de la familia. A los pocos días murió la que me dio el ser, cuya voz jamás escuché, cuyos ojos jamás me acariciaron, cuyos consejos nunca tuve.

Era yo un niño feo, repulsivo, huérfano….. De negra historia.

Me recogieron dos pobres guajiros; me miraban con la más ofensiva de las lástimas. Fui maltratado; me pusieron en el Colegio Municipal del pueblo. No tuve amigos, ni compañeros. Mi defecto físico me dio nombre…. El maestro, un viejo alcoholista, colérico y violento, se había empeñado en que tenía en mi cabeza protuberancias criminales. Huían de mí los demás niños. Jamás me convidaron á participar en sus juegos. Yo pagaba las excitaciones del maestro, sus incomodidades é intemperancias. Me hice malo. Necesitaba serlo. Tenía que repeler por la fuerza las agresiones de mis compañeros; tenía que castigar sus burlas y ofensivas frases. Me llamo Francisco: había otros de igual nombre; recuerdo que ellos eran Panchitos, Paquitos, Francisquitos: yo… era ¡ Maleta!

El maestro era el primero en aplicar á los demás el diminutivo de sus nombres. Al dirigirse á mi lo hacía diciendo con voz áspera: Maleta!!

Después de las obligadas riñas, siempre el maestro decía:- Este muchacho tiene cabeza de criminal; ¡será un bandido!....

Salí del colegio: tuve que arar la tierra, vivir en el pueblo donde había nacido, al calor de una infamia, donde era odiado al recuerdo de la misma….

Llegué al crimen; maté; asesiné al primer cobarde que me habló de mi madre. Mi primer crimen permaneció oculto. Traté de modificarme. Tuve que reñir con aquellos que me insultaban y que de mí se reían.

Me convirtieron en un ser de reputación detestable. Tenía que trabajar durante el día, al sol que curtía mi epidermis y me enervaba el alma. Por las tardes, mientras los demás tenían un hogar para descansar su cuerpo y esparcir su espíritu, yo solo tenía el bodegón del pueblo, donde únicamente había alcohol, vagos y barajas…

Traté de visitar; pero ¿quién me presentaría á las familias, quién me admitiría en su casa?

Las pocas muchachas estaban pedidas en matrimonio por los jóvenes garridos, aquellos que no tenían una figura y una reputación horrible.

¡Nadie me admitió en su casa! ¡No recuerdo que ninguna de aquellas mujeres me dirigiese la menor mirada! Volvían su rostro al verme. Y con burlona sonrisa, no exenta de temor, me miraban de soslayo.

Fui un día á la Iglesia en busca de consuelo, y el Párroco, con todos bonachón y amable, al notar mi presencia contrajo el entrecejo.

Al otro día supe que después de haberme retirado, estuvo revisando los altares para ver si faltaba algo.

Encontré al fin una mujer que convino conmigo en casarse; la desgraciada creía que la mujer era una costilla; fresca al principio, debía ella escoger á quien cederse; pasada después, se debía contentar con el que la pidiese, y en malas condiciones más tarde, cuando solo quedaba el hueso, debía arrojarse al primer perro sarnoso que pasase con mirada de hambre….

¡Yo fui el perro sarnoso á quién le tocó roer el hueso!

La vida del matrimonio -con una mujer que no vacilaba en dar á sus conocidos, que de ella se burlaban por haber cargado conmigo, el pretexto del que se ahoga se agarra al primer tablón aunque esté lleno de clavos, - era imposible.

Jamás tuvo ella para conmigo la menor atención: jamás me dispensó el menor afecto. Todas esas caricias, todas esas pruebas de afecto, todos aquellos dulces halagos por mi soñado, se disipaban ante la realidad representada por aquella compañera sin corazón, que huraña y brusca, batallando siempre, convertía mi casa en un infierno.

Creí educarla: le hablé de mis sentimientos, la hice ver que tras la guayabera de guajiro, de los zapatos de baqueta y los pantalones de listado, había un hombre que sabía sentir, que solo ambicionaba frases de cariño. Le hice la historia de mi vida; traté de hacerla comprender que mi padre había infiltrado en mis venas las exquisiteces de su educación refinada, las ambiciones de un cerebro educado en el estudio.

Pero era una bestia: con estúpida risa escuchaba estos relatos y con cara llena de ironía replicaba:

-Vente haciendo el señorito: tu eres un holgazán. Y mirando mis facciones repulsivas reía de una manera mortificante.

Abandoné la casa para volver á la bodega, esto, es al vino, la baraja y las malas compañías…………………

Torné al crimen. El campo con sus soledades, con las facilidades que para esconderse prestan aquellas sierras, donde la ocultación hacía imposible la acción de la ley: todo eso eran con causas que suelen impulsar al mal á las almas predispuestas.

Huí: al poco tiempo me establecí en un poblado vecino; me delató mi defecto físico; tuve que matar otro hombre, ¡otro que se presentaba fatalmente en mi camino!

¡Llegué á ser bandido…….! La predicción del maestro se cumplió…….

¡Ah! Si yo hubiese tenido cuando niño una madre que me condujera por el camino del bien, que me enseñase á orar; si yo hubiese tenido de adolescente la mirada cariñosa de amigos; y luego, ya de hombre, las ternuras de una mujer, habría sido bueno y no hubiese matado.

Pero aquel pueblo chico con sus murmuraciones grandes; aquella vida de campesino rodeado siempre por el verde; aquellos hombres malos que al crimen con sus burlas me conducían y aquellas mujeres que con sus indiferencias y sus risas irónicas al abismo me llevaban, fueron sin dudas causas abonadas para lanzarme al mal.

¡El campo, los lindos paisajes! ¡Si yo hubiese sido artista, poeta!

Entonces cada barranco, cada matorral, cada río, hubiese encerrado para mí un tesoro de inspiración………

¡Pero no era poeta! Y en vez de artísticas inspiraciones encerraban para mí esos lugares retirados un asilo seguro donde ocultar mis crímenes y huir del castigo.

Si hubiese tenido a mi lado una mujer sensible y amante, una compañera dulce y cariñosa, que en lugar de rechazar mis caricias, de contestar con groserías á mis sueños de hombre delicado, le hubiese prestado el calor del cariño…………..

¡En una ciudad grande y poblada, en donde siempre hay mujeres hermosas, que con su presencia disipan las penas: en donde el hombre tiene, aunque sea en delirantes sueños, el estímulo para su ambición de llegar á ser algo para poder ofrecérselo á la mujer á quien adora, á la que idolatra, en sueños quizás!

¡ La Habana !…….. donde siempre hay atractivos, alegrías, estímulos, olvido para los desgraciados que del olvido necesitan, frases de afecto; y que en el vaivén de su población grande, inmensa, nadie reserva su odio para el marcado por la mano de Dios.

¡ La Habana ! ¡Como ambicioné estar en su seno! ¡Cuanto soñé vivir en sus distinciones, sus esplendores y refinamientos!..........

Fatigado, rendido por el largo esfuerzo realizado, tumbó su cabeza en la almohada el pobre preso: le hice aire con un abanico: friccioné sus extremidades: dile agua… abrió de nuevo sus ojos y continuó:

-Créame, doctor; si algún corazón hubiese latido junto al mío: si alguna palabra de cariño, alguna mirada de afecto me hubiesen acompañado, ¡yo sería el mejor de los hombres!........................

Sólo aquí, en este Asilo es donde yo he sido mirado con afecto: el médico de esta sala, su compañero de Vd., ese joven de cara apacible y bondadosa, ha sido la primera persona que me habló al alma con frases cariñosas. Los sirvientes y mis compañeros de prisión me desprecian, soy odiado: saben que muero de sed, oyen mis lamentos, y no me alcanzan el vaso de agua que ha de mitigar mis sufrimientos…. Hablan cerca de mí en voz alta de mi gravedad: cuentan los días que me quedan de vida: dicen que el médico hace una mueca cuando me reconoce… Llevo diez años preso: nunca he recibido la visita de nadie, jamás alguien ha llegado á la reja á preguntar por mí………………………………

No me quedan fuerzas para más: no me atrevo á pedir perdón: me siento mejor; estoy más aliviado; ¡ahora me explico la mejoría, la tranquilidad, que observaba en los que hablaban bajito con usted!...........................................

Amanecía: los rayos primeros del sol iluminaban, dentro de la sala, aquel cuadro de muerte…. Alumbraban la cara del moribundo…. cuya agonía comenzaba al nacer el día, cuando brillante y soberbio, allá por Oriente, de donde la luz nos llega, aparecía magnífico y esplendente el luminar radiante……………………

Médico y Padre

Sabía que estaba herido de muerte. Había sido el primero en conocer la enfermedad que le consumía. Nada se le ocultaba: ni lo terrible del diagnóstico, ni lo pavoroso del pronóstico. A los amigos y compañeros, que solícitos pretendían consolarlo, les decía:

-Me voy: es cosa rápida: mis pobres pulmones no funcionan: la fiebre me abrasa….

Se resistía á la medicación sedante, que, como recurso final y para calmar los dolores había adoptado el médico de cabecera, un colega de paciencia y bondad sin límites.

A cada síntoma que, como centinela avanzado daba el alerta del huracán que habría de estallar, él, resignado y tranquilo, llamaba á sus familiares y les hacía múltiples recomendaciones.

-Cuiden amorosamente á mi hija, á la buena Laura: háganla olvidar con caricias y besos del cariño que conmigo perderá

A su mujer, la compañera de toda la vida, aquella á quien conoció de niño, cuando entregado á los infantiles juegos, robusto y sano, respiraba vida y alegría: á ella, que con ejemplar cariño lo cuidaba, sin separarse un solo instante de su lado, ¿qué había de decirle? Quería mirarla como en pasados tiempos, en días felices, cuando roja de pasión le juraba amor eterno….. ¡pero no podía! Un mundo de lágrimas nublaba sus ojos y oprimía su garganta.

Luego que las hemoptisis aparecieron y la fiebre se hizo continua, llamó á su familia y haciendo un esfuerzo supremo, aconsejó que procuraran aislarlo de su hija, diciéndoles:

-Yo soy médico, sé lo contagioso que es mi mal. ¡Es un crimen exponer esa criaturita á que contraiga esta enfermedad!

Hubo que obedecer: la niña- prematuramente huérfana- fue llevada á una casa vecina. Él se consolaba con pensar que ella, el pedazo de su alma, sería robusta, sana, fuerte. Hablaba, discurría, como médico y como tal conocía el peligro, lo veía y lo evitaba…… La enfermedad tocaba á su fin. La inteligencia flaqueaba: la voluntad se rendía. El cuerpo caía cual árbol añejo herido por el rayo. Vino la agonía: una agonía lenta y desesperante……. A su lado estaban sus familiares, amigos y compañeros……..

Sentado, con los ojos fuera de las órbitas, la boca teñida por la sangre, angustiado, buscaba á su hija: la pedía con entrecortados gritos, quería besarla en la boca, abrazarla….. ¡Era un crimen, gemía, separar á un padre de lo que es sangre de su sangre, vida de su vida!................................................

¡El corazón dominaba al cerebro: callaba el médico, hablaba el padre!

Mujer heroica

Habíamos sido convocados á una reunión médica para examinar un caso curioso é interesante: el compañero encargado de la asistencia, un clínico eminente, encontrábase confuso… A la ligera, rápidamente, nos refería los antecedentes, el estado del momento, pues el niño enfermo estaba gravísimo… Era un caso perdido… De repente interrumpe bruscamente su historia clínica: un grito desgarrador, de angustia, seguido de sollozos y que partía del cuarto donde al cuidado de la madre estaba el enfermito, nos hizo sospechar que éste había fallecido…. Nos trasladamos á la habitación y resultaron ciertas nuestras suposiciones…. Aquella enfermedad que tan rápidamente evolucionara, había tenido un desenlace fatal: á la invasión brusca y violenta, seguida de mejoría aparente, sucedió la muerte que nos arrebataba un caso interesante antes de poder formar el juicio- diagnóstico… Durante la enfermedad breve y aguda todo había sido dudas, suposiciones, hipótesis: en vano esperábamos un síntoma que nos iluminase, que nos diese la clave de aquel misterio…. Y en vez de ese esperado indicio sucedía brutal el desenlace.

Pretendíamos arrancar ese síntoma á la muerte: lo buscamos en el aspecto exterior de aquel cadáver, aún caliente: escudriñamos sus ojitos, dulcemente cerrados, la entreabierta boquita, la carita de palidez de cera.

Rodeamos la blanca y limpia camita: no nos preocupaba en aquellos momentos el dolor intenso de la pobre madre que al lado de la cama sin cesar lloraba su hijo muerto.

Nadie se acordaba de aquella graciosa y culta mujer que dedicada al hijo adorado, por él y para él viviera.

Permanecimos callados: en nuestros cerebros germinó al mismo tiempo una idea: la autopsia… ¡Si! Ella nos daría luz, nos facilitaría los medios de despejar la incógnita: deseábamos buscar allá en lo más íntimo de las vísceras, en la profundidad de los tejidos la causa, el por qué de la enfermedad que había provocado aquel desastre.

Queríamos secreciones, sangre, algo donde buscar un germen morboso….¡Necesitábamos el secreto de aquel misterio!

Como para practicar esa operación, era necesario el permiso, la autorización de la madre, callamos…. Nadie se atrevía á turbar el dolor de aquella desgraciada……

Hubo uno de nosotros, el de más edad, que rompió el silencio angustioso en que estábamos.

-¡Si pudiéramos…..! Dijo dirigiéndonos una mirada llena de inteligencia, mirada fría, de sabio, de avaricia profesional….

No necesitó completar la frase: lo comprendimos: pero volviendo nuestras cabezas hacia la madre, llamamos su atención hacia las lágrimas de ésta……….

Estábamos bajo el peso de una situación anormal.

El compañero que había hablado se dirigió á la madre, y en nombre de la Ciencia, de la Humanidad le pidió lo único que aquella mujer tenía sobre la tierra: el cadáver de su hijo.

Oyó ella con ojos llorosos y el alma emocionada los deseos del anciano médico: secó las lágrimas y con generosidad heroica le dijo:

-Pueden Vds. proceder como mejor les plazca: los autorizo para que practiquen las operaciones que juzguen necesarias: ya que mi hijo no puede escuchar mis arrullos, ni sentir mis caricias que sirva su cuerpo al menos para enseñanza: que el cielo los ilumine y Dios os bendiga………..

Se retiró á un cuarto vecino: cerramos las puertas para que no llegase á sus oídos, el ruido seco y árido del rudo cortar de la sierra sobre los débiles huesos…………………………

La joven tísica

Cuantas veces en horas de alegría, en momentos felices, he sentido un instante de nostálgica tristeza, de dolor, al asaltarme de pronto, al pasar rápidamente ante mi vista, como una visión querida, el recuerdo dulce y triste de la pobre Rachel, la niña enferma, la pobre flor tronchada en la primavera de su vida, por el cierzo helado de la tuberculosis, ¡ese azote de nuestra juventud!

¡Cuántas veces al caer la tarde, en esa hora melancólica y dulce, tan poéticamente triste, en que todo lo que nos rodea, parece más grande, más sublime, más poético; cuántas veces, repito, en esa hora dulcísima he sufrido una sensación de íntima ternura, al evocar las míseras escenas de la vida de aquella tierna joven bella como la flor, pura cual cándido lirio, que vi morir en las acompañadas soledades del Hospital!......................

Acababa de llegar la ambulancia cargada de pobres enfermas: allí estaban calladas con las convulsiones de la fiebre, unas, con los estertores de la agonía, otras……………………

Las examino: la primera una pobre vieja, harapienta, sin casa ni familia, reumática á fuerza de dormir á la intemperie, depauperada y sin fuerzas por no comer; leo su nombre inscrito en la papeleta de baja, y por él veo que aquella pobre mendiga que con hambre y sin ropas, viene más que nada en busca de asilo, fue algunos años atrás, una de las horizontales más solicitadas; una demi monde ante cuyos pies se doblegaron muchos notables; y aquella mujer cuyos caprichos fueron ley para esos, que derrochó el oro en orgías, estaba allí, en busca de pan…. de cama….

Examino las otras enfermas, y al llegar á la última, joven pálida, demacrada, con la mirada animada por intensa fiebre, se me acerca: viva simpatía me inspira por la dulzura que respira todo su ser.

-¿Su nombre, señorita?

- Rachel Flores, de La Habana , diez y ocho años, costurera.

Era tan grande la simpatía y afecto que hubo de inspirarme, que me resistía á examinarla con detenimiento asustándome la idea de que al reconocer sus pulmones fuese á comprobar la existencia del mal que me denunciaba su aspecto: con timidez leo la baja, y ¡cual no sería mi dolor al ver allí, escrito con letra clara, gruesa, denunciadora de la firmeza en el diagnóstico, la sentencia de la pobre enferma en esta palabra: Tuberculosis……!

Procuro, con la delicadez posible, hacerle un velado interrogatorio acerca de sus antecedentes primero, de su estado actual después: en vano trato de hacerme ilusiones, procurando buscar un signo favorable que hiciera germinar la duda en mi espíritu: no puedo engañarme: es un caso fatal: hay lujo de síntomas: tos pertinaz, expectoración abundante, hemoptisis frecuentes, sudores nocturnos, fiebre, enflaquecimiento progresivo, anorexia………………..

Dejo como último recurso el auscultarla: temo, con razón, acudir á ese examen; y prefiriendo dejar para otro día, lo que ha de convencerme, procuro rodear á la enferma de todas las comodidades posibles, de las atenciones mayores; llamo á la enfermera y se la recomiendo con eficacia; hablo con interés á mis compañeros; todos á una, rodeamos a Rachel del mayor cariño…..

Yo pensaba en los pequeños detalles que le agradarían; el sitio que le gustaría ocupar, el número de la cama; fue colocada al lado de una ventana de la cual dominaba el campo, cama número 15, lejos de las demás enfermas, cerca de la asistenta. Ella no fue como las otras, esto es: la enferma número tal, nó; fue la señorita…………..

Me hice cargo de su asistencia, y nada más doloroso que presenciar desarmado, obligado á la pasividad, la destrucción de aquel cuerpo; día por día vi desplomarse aquel edificio ligero, minado por el terrible bacilus. Se engañaba y pretendía engañarme; me ocultaba sus sufrimientos y dolores…… Me negaba todos aquellos síntomas que yo no podía comprobar; en su bondad infinita procuraba no hacer sufrir á los que la rodeaban con el relato de sus sufrimientos……… !Ah!, como me desgarraba el alma su tocesita seca, que me acompañaba mientras permanecía en la sala. ! Cuanto no me hacía sufrir al tomarle el pulso, la piel quemante! Su disnea era tan intensa que no la dejaba hablar. ¡Cuantas veces vi la blanca sábana salpicada de la sangre que arrojaba al toser!..........

Su vida en el Hospital fue la de una flor que muere por falta de savia; ¡fue doblándose mustia, falta de vida, hasta caer para no levantarse más!........

Siempre en la cama, silenciosa y triste, oía á sus compañeras el relato de sus aventuras; interesábase con las que habían sido desgraciadas; en esos días bellísimos de ardiente sol, días que parecen que dan vida á todo lo que les rodean, sentíase animada, é iluminado su rostro con bella sonrisa, hacía proyectos para el porvenir: hablaba de ir al campo: se veía en una finca corriendo; como loca, al sol: su fisonomía cambiaba; pero venía la noche con sus frialdades, con sus tristezas, y ¡adiós alegres sueños, nacidos al calor del bello día! Volvía la tos, la disnea, los sudores y la fiebre……..

En esas alternativas de esperanzas y de triste realidad pasaron los días, los contados días que le quedaban; las pocas horas que la separaban de la muerte. Una madrugada, preséntase intensa tos seguida de hemoptisis, y abrasada por la fiebre, con los ojos brillantes, abiertos; con el rostro fatigado, expresando la ansiedad más terrible con sus facciones alargadas, falta de aire, murió rodeada de las compañeras de Sala que la idolatraban………….

¡Ah! ¡Cuantas veces de sobremesa, en horas de franca alegría, al caer la tarde, en horas de nostalgia, me asalta el recuerdo de la pobre Rachel!

Médico antes que nada

Terminó la comida; encendimos nuestros cigarros y cómodamente sentados, comenzó la tertulia de Hospital organizada para distraer el tiempo en aquellas horas de encierro…………………………………

Eduardo, nuestro Jefe de Clínica, médico valioso, cargado de años, de penas y desencantos; que después de una serie no acabada de triunfos académicos en su época de estudiante; que después de luchas incesantes y esfuerzos titánicos en su vida médica y durante toda ella entera, tenía en el ocaso que aceptar, obligado por la necesidad, la plaza que desempeñaba de Interno del Hospital: hombre de gran cultura, de profundos conocimientos, era quien con el relato de las aventuras de su vida, sus observaciones y sus casos clínicos hacía el gusto en nuestras largas veladas.

Aquella noche, en que el viento furioso batallaba fuera; menudas gotas de agua azotaban los cristales del salón y el frío se infiltraba por nuestros cuerpos, adoptando cómoda postura y procurando reunir sus recuerdos nos dijo:

-Acababa de recibirme; resonaban aún en mis oídos las cariñosas felicitaciones de los familiares y los amigos: leía y volvía á leer gustoso las frases de encomio que por medio de la prensa y escritas por manos amigas me remitía mi madre, que las recortaba de los periódicos locales: tenía el corazón lleno de esperanzas y la cabeza de ilusiones doradas. Trabajaba con fe, luchaba con entusiasmo; ambicionaba abrirme paso. En la población de C…… donde ejercía, había otros dos médicos; yo, el más joven, procuraba darme á conocer; tuve suerte: Fui llamado por los vecinos principales para asistir á sus familiares; algunos casos que los otros médicos habían estado asistiendo durante largo tiempo sin resultado, mejoraron con los tratamientos que les impuse; todos me querían y celebraban…………..

Se constituyó por mi iniciativa un comité político del cual fui Presidente y desde ese momento, al iniciarme en la vida pública, comenzaron para mí las amarguras y las penas. Algunos de mis queridos amigos y clientes más valiosos, me volvieron la espalda.

Ramón R…., el veguero más rico de la comarca, hombre pasional y violento, fue el que extremó la nota de oposición; me hacia una guerra implacable y cruel; aprovechaba todos los medios á su alcance para inutilizarme; me ponía en ridículo; diariamente aparecían en el periódico del cual el era propietario, caricaturas grotescas, artículos furiosos en que se me ofendía é insultaba.

Llegué a ser la obsesión de aquel hombre. Presidente del partido contrario. Alcalde Municipal, me despidió como á un criado, de la plaza de médico municipal que desempeñaba. Su deseo era lanzarme del pueblo. No me saludaba y llevaba su odio hacia mí, hasta el extremo de negar el saludo á los que él sabia eran mis clientes y amigos……………………

¡Cual no sería la sorpresa que hube de experimentar una mañana al verle entrar en casa, con las facciones descompuestas, las ropas en desorden y la mirada extraviada!......................................

Al verme se acercó con la vista baja, la voz ronca y exclamó:

-Mi hijo Ramón se está muriendo……… le están dando desde anoche unos ataques nerviosos horribles……… su piel quema…….. los otros médicos han salido á visitar enfermos al campo y yo deseo que Vd. lo vea……….

Miré lleno de compasión á ese pobre hombre: me hacía sufrir su dolor y, sobre todo, comprendía el trance penoso de verse obligado á recurrir á su enemigo mortal.

Silenciosos llegamos á la casa y antes de entrar en la habitación que el enfermo ocupaba, el acercándose y como quién obedece á un mandato interior y realizando un sacrificio, dijo:

-Doctor, hemos sido grandes enemigos, yo lo he insultado injustamente, ¿me guarda Vd. rencor por los ataques políticos, por los ultrajes que le he dirigido?....

No le dejé concluir: con la mayor calma, no exenta de dolor, hube de responderle:

-Amigo: Vd. ha combatido al Presidente del Comité Liberal: le ha hecho la guerra al político, al empleado municipal, y como esas entidades se han quedado ahí fuera en la puerta por donde el médico entró; cuando este termine su misión y estemos en la calle le preguntaremos al político y al empleado si están dispuestos á perdonar.

Me comprendió: lágrimas de afectuosa admiración corrieron por sus mejillas……….

Tuve al cabo del tiempo que abandonar el pueblo, y siempre he recordado esa escena en la cual aquel hombre sacrificaba sus odios y rencores por salvar al hijo enfermo.

El Gran Finlay*

Finlay, en el año de 1881, en bien documentado informe presentado a la Academia de Ciencias de La Habana , dio a conocer su descubrimiento del medio de transmisión de la Fiebre Amarilla del “enfermo al sano”, por intermedio del mosquito “Culex fasciatus”, clasificado actualmente como “Aedes aegypti”. No se limitó Finlay en ese su genial trabajo, a exponer una teoría, sino que hubo de basarla en una serie de sabias y lógicas deducciones, en trabajos y pruebas experimentales y en observaciones y estudios realmente notables.

Finlay hace ese su maravilloso descubrimiento y para fundamentarlo y para explicar la endemicidad de la Fiebre Amarilla en las zonas intertropicales y sus brotes epidémicos, hace un estudio completo sobre la “geografía” de la clase de mosquitos que justamente señalaba como agente intermediario, estableciendo una de las bases más firmes de la profilaxis de esa enfermedad. Después realiza, por su cuenta, en un medio hostil y careciendo a veces de los recursos necesarios, 106 pruebas experimentales, es decir, inoculando individuos sanos no inmunes a la fiebre amarilla, con los mosquitos que previamente había infectado en los enfermos. Hace, con precisión admirable, las historias clínicas de la evolución de los casos experimentados, con todos los datos para establecer el diagnóstico definitivo, no tan solo de los casos avanzados observados, sino aún de los más ligeros. De manera, que cumple en todas sus partes y llena los requisitos necesarios para esta clase de trabajos.

Da a conocer, además, su descubrimiento en Congresos científicos extranjeros. Sienta, desde 1881, con una clarividencia verdaderamente genial, las bases para la profilaxis de la enfermedad, o sea el aislamiento de los atacados contra picadas de mosquitos; la extinción de estos insectos y la observación de los no inmunes susceptibles de contraer la enfermedad. Durante veinte años, Finlay sostiene con la fe de los convencidos, sus doctrinas, sin ser escuchado y sin facilitársele los elementos precisos para poder ampliar, como deseaba, sus pruebas experimentales. Pero el hecho científico, base y eje de su descubrimiento, había sido ya puesto de manifiesto por Finlay de una manera clara, precisa, terminante y con experiencias definitivas. En 1900, la Comisión de Médicos del Ejército Americano designada por el Gobierno Interventor de Cuba “para estudiar las causas que provocaban enfermedades epidémicas en este país”, hubo de emprender el estudio de todo lo relacionado con la fiebre amarilla, que entonces causaba un número extraordinario de victimas y que constituía, por decirlo así, una barrera al efectivo progreso, a la riqueza y al desenvolvimiento de Cuba. Era el azote de los extranjeros que llegaban a nuestras playas y el verdadero fantasma que aterrorizaba a los que residían entre nosotros.

La Comisión visitó a Finlay; conoció de sus trabajos; supo de sus experiencias y hasta el propio Finlay hubo de hacerle entrega de los mosquitos que conservaba y que señalaba como los que transmitían esa infección. La Comisión , constituida por los doctores Reed, Carroll, Lazear y nuestro Agramonte, médicos eminentes, sabios investigadores de gran valer, llevaron a cabo sus estudios en un campamento que instalaron en Columbia y presentaron en 1901, como resultados de los mismos, un informe que era, sin duda alguna, el pleno reconocimiento de la verdad del descubrimiento de Finlay y se fijaban, con precisión, particulares que habían sido objetos de especial consideración por parte de esos ilustres investigadores.

Fig. 12. El doctor Carlos J. Finlay Barrés, con algunos miembros de la Escuela Cubana de Higienistas. A su izquierda, sentado, el doctor Juan Guiteras Gener. De izquierda a derecha: persona no identificada y los doctores Arístides Agramonte Simoni, John R. Taylor, Antonio Díaz-Albertini Mojarrieta, Honoré Lainé Garesche y Hugo Roberts Fernández.

Finlay había triunfado. Su doctrina científica, aceptada ya oficialmente, reconocida por todos, entraba de lleno en el terreno de la “ciencia constituida”. Adoptadas y puestas en práctica por Gorgas, las bases para la profilaxis de esa infección, que venía indicando ese genial cubano desde 1881, la fiebre amarilla fue erradicada en Cuba y de todos los países que pusieron en prácticas las medidas derivadas de su descubrimiento.

Finlay, llamado justamente por Paz Soldán el Pasteur de la América, iluminó con los destellos geniales de su cerebro extraordinario, los Campos de la Medicina Preventiva. Dio explicación científica a particulares que permanecían oscuros y que no tenían hasta entonces explicación, con respecto al medio de transmisión de múltiples enfermedades, al mecanismo de ciertas infecciones. Después que Finlay estableció sus doctrinas sobre la transmisión de las enfermedades de “hombre a hombre” por un agente intermediario, surgieron otros investigadores y otros sabios que descubrieron también el medio de transmisión de otras enfermedades por el mismo proceder. Pero a Finlay le corresponde la gloria de haber sido el primero, en 1881, en sentar esa doctrina científica que constituye una de las conquistas higiénicas de mayor trascendencia.

¿Como y por qué, siendo estos hechos tan claros y habiendo sido los trabajos de Finlay presentados a Academias y Congresos Nacionales y Extranjeros, desde 1881, constando todo el proceso de su descubrimiento en libros y en revistas, en Actas de esos Congresos, es decir, hecha a la faz del mundo; como es posible que todavía se le niegue por unos a Finlay su gloria, o se trate por otros de disminuirle su mérito, atribuyéndolo a otros lo que legítimamente le pertenece? Realmente es difícil la contestación a esta pregunta. Parece tan evidente la prioridad, la originalidad, el descubrimiento de Finlay, que no admite discusión alguna de que le corresponde de lleno y por completo. Hay veinte años seguidos – de 1881 a 1902, - de trabajos de Finlay, de luchas incesantes en Academias; de informes a las mismas, de investigaciones detenidas, de experiencias de todos conocidas, de publicaciones que constituyen la prueba indiscutible de haber sido el que descubriera el medio de transmisión de la fiebre amarilla, el que sentara las bases efectivas de la profilaxis de esa enfermedad y que aplicadas después, dieron el triunfo mas definitivo sobre el dominio de tal infección; el que diera a conocer las pruebas experimentales de su doctrina y de ser también el primero en enunciar una doctrina sobre la transmisión de infecciones de enfermos a sanos por agentes intermediarios (insectos chupadores de sangre).

Se ha pretendido restarle méritos a Finlay, cuando se trata de un hecho que no puede borrarse, porque se ha realizado de manera bien patente y, sobre todo, de que en todos estos estudios e investigaciones y trabajos de fiebre amarilla hay, como dijo en ocasión memorable Napoleón, “gloria para todos”. Finlay fue el cerebro genial que concibió la idea y la presentó llenando todos los mandatos exigidos por las prácticas científicas para tales casos. Delgado, su colaborador eficaz y su Cirineo, como dijo Finlay en una carta dirigida al propio Delgado en los días amargos y difíciles en que se le negaba y se le perseguía. La Comisión Americana , formada por los esclarecidos médicos Reed, Carroll, Lazear y Agramonte, el cubano de valer extraordinario, con sus estudios precisos y sus pruebas y observaciones valiosas, para todos, hay gloria y a todos les corresponde un mérito extraordinario, que debemos reconocer sin necesidad de restarle a nadie lo que le corresponde, ni de atribuirle a otros hechos que no se ajustan a la verdad histórica y a la realidad científica. Por encima de todos, surge el nombre y la figura de Finlay. Se destaca su personalidad brillante como de un faro gigantesco del que brotó luz vivísima que ha iluminado los campos de la Medicina Preventiva y ha creado con su descubrimiento y su doctrina, la Moderna Escuela Sanitaria, completando los estudios de Pasteur, pues no basta muchas veces conocer la causa que provoca una infección, sino que es preciso y al sanitario le es más practico, saber como se trasmite y como se evita.

Discurso pronunciado al develarse el monumento al Dr. Enrique Núñez de Villavicencio Palomino*

(Tomado taquigráficamente)

Por honrosa designación del ilustre Sr. Secretario de Sanidad y Beneficencia y por cariñosa solicitud del grupo de amigos y compañeros de la diaria labor que forman el Comité Gestor del Homenaje que hoy rendimos a la memoria del Dr. Enrique Núñez, levanto mi voz en este acto, consagrado a honrar el recuerdo de ese compatriota esclarecido, que tantos y tan hondos cariños supo inspirar a su paso por la vida y que tantas y tan fecundas y provechosas obras realizara.

Recibo este mandato enaltecedor, sin tiempo apenas para coordinar los hechos más salientes de la existencia de Enrique Núñez y buscar las frases apropiadas para hacerlos resaltar en toda su grandeza y magnitud. Mas, si he aceptado tal encargo, se debe principalmente, a que he de hablar ante ustedes, los que fueron sus amigos fieles y amorosos, que conocen su obra y admiraron sus hechos y que no necesitan, ciertamente, de ajenas palabras, para tener por siempre presente en el cerebro y en el corazón, el recuerdo de ese insigne compañero.

La vida profesional, patriótica, social y administrativa de Enrique Núñez, fue pródiga en nobles acciones, en arrestos provechosos y en actos dignos de que por siempre se rememoren. En todos y en cada uno de los distintos aspectos de su vida, dejó huellas profundas de su amor a la Patria , de su saber, de su experiencia y de su talento. Apenas nosotros traemos a nuestra imaginación y hacemos desfilar ante nuestro recuerdo reverente la actuación que desarrollara, hemos de ver, como y en que distintas y variadas actividades de su existencia, se hizo acreedor a la admiración y a la gratitud de sus compatriotas.

No es posible, señores, dada la naturaleza especial del acto que hoy efectuamos, que podamos nosotros en estos momentos, seguir paso a paso, la marcha triunfal de Núñez a través de su vida, tarea ésta, que por su indiscutible importancia y por los múltiples aspectos en que merece ser considerada, demanda un tiempo de que ahora no disponemos.

Además, dos compañeros muy distinguidos, los doctores Rodríguez Molina y Alemán, han escrito bien documentadas biografías de Núñez, en cuyos estudios notables, por la sinceridad y el cariño que los inspira y por el recto espíritu de justicia que los preside, han dado a conocer, en sus detalles más preciosos, la vida de ese inolvidable amigo y compañero. En páginas brillantes, con estilo claro y conciso, han seguido la vida de Núñez desde su infancia hasta su muerte, por todos sentida y lamentada, relatando sus éxitos resonantes en la Escuela , en la Universidad , en las Sociedades y Academias. En esos excelentes trabajos, resalta, en todo su valer, la personalidad de Enrique Núñez.

Sus compañeros de estudios, los que fueron sus camaradas de aulas, recuerdan y refieren con orgullo sus grandes triunfos escolares y universitarios y relatan regocijados, anécdotas de su vida; las genialidades y vehemencias de su carácter apasionado, pero siempre franco, leal y generoso.

Enrique era un “humorista” y un observador sagaz, profundo, que rápidamente conocía y juzgaba a los demás. Se dejaba llevar de sus aficiones a los estudios psicológicos y le gustaba analizar el carácter de los que trataba.

Y después, con ironía sutil y fina, iba “disecando” a sus “tipos de estudio”, llegando, a veces, a presentarlos en esqueleto. Pero todo esto lo hacía con sin igual gracejo, con verdadero talento y sin que lo animara ni el odio ni la maldad. Más que nada, lo inspiraba el deseo de amenizar las “charlas” con sus amigos y de derrochar la gracia y el buen humor que le retozaban en el corazón.

Brilló de manera extraordinaria en la Universidad , alcanzando en el curso de la carrera médica, los más preciados laureles. En la guerra de la Independencia patria, a la que acudió presuroso, prestó importantes servicios como médico de campaña, obteniendo el grado de Coronel de Santidad Militar y tomando parte activa y principal en heroicas acciones, en las que puso a prueba su valor personal y sus grandes conocimientos médicos. Más tarde, fue Profesor de la Universidad , educando y formando alumnos, a los que inculcó los altos principios científicos, cívicos y morales que habían inspirado los actos de su vida. En el ejercicio médico alcanzó fama merecida y justo renombre y en el desempeño de dedicados cargos en la Administración Pública , demostró en todas las ocasiones, su capacidad, buen deseo y hombría de bien intachable.

Así, a la ligera, acabamos de mencionar los principales aspectos de su vida, en cada uno de los cuales, alcanzó, por decirlo así, el bien de la Patria y la admiración de todos los que pudieron darse cuenta de la buena fe, el amor, el entusiasmo que sabía poner en los asuntos que se confiaban a su pericia y patriotismo. Núñez representaba, en toda su gallardía, la acción. Sabía trabajar y laboraba con ardor y perseverancia, y con una sorprendente actividad.

Estudiando en detalle su obra, tanto desde el punto de vista puramente médico como en sus caracteres de social y patriótica, se advierte en todos los detalles de la misma, la propia acometividad, el entusiasmo a veces rayano en la vehemencia, el talento y las excelencias y más meritorios propósitos por el bien y el honor.

Más, nosotros en estos precisos instantes, por las razones ya expuestas de falta material de tiempo para empresa tan grande, no podemos llegar al desenvolvimiento y exponer en detalles, cada una de las distintas actividades de su existencia. En obsequio a la brevedad a que nos debemos, nos limitaremos a considerar tan solo, sus principales trabajos al frente de la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, elevado cargo que desempeñó con feliz acierto y en el que conquistó fama como gobernante enérgico y de grandes y provechosas iniciativas.

Esa Secretaría, amplio campo para el ejercicio del bien y de la enseñanza; para explanar las más sobresalientes aptitudes en lo que respecta al desarrollo de altos planes científicos y de administración, fue, seguramente el apropiado escenario para que Núñez mostrara, como así lo hizo, sus excepcionales dotes intelectuales, de inventiva fecunda y de energías sin límites.

Aprovechó la brillante oportunidad que le ofrecía el desempeño de la Secretaría, para poner de manifiesto su amor al progreso, su espíritu amplio, sus entusiasmos por el mejoramiento social, creando, unas veces, útiles instituciones y derribando en otras, lo que entendía era perjudicial y dañino a la Sanidad.

Y así vemos, que con su mano de cirujano experto y valiente, extirpa el cáncer social que constituía la arcaica, injusta y cruel reglamentación de la Prostitución , a base de la inicua explotación de las pobres caídas en ese vicio. Así, también, suprime las llamadas “Zonas de Tolerancia”, por considerarlas como un baldón de ignominia a toda población culta y civilizada.

Al propio tiempo que demolía, organizaba. A la par que echaba por tierra perniciosas y anticuadas instituciones, creaba, entre otros el Servicio de Higiene Infantil, una de sus obras más beneficiosas.

Dentro de breves días, el día 19 de los corrientes, se cumplen ocho años, que en una noche memorable, al celebrar Sesión Solemne la Academia de Ciencias, el Dr. Enrique B. Barnet, otro veterano del bien, caído en plena lucha pocos días después de Enrique Núñez, leía un documentado trabajo sobre la mortalidad infantil entre nosotros, exponiendo la necesidad de adoptar medidas para disminuirla. A ese acto, concurrió el General Mario G. Menocal, recién electo Presidente de la República, a quien impresionó hondamente el trabajo científico de Barnet, al extremo de dirigirse al Dr. Núñez, que tenía a su derecha y que había sido ya designado para ocupar la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, y le encomendó el que implantara las medidas adecuadas para resolver el pavoroso problema sanitario que el Dr. Barnet presentaba en su magnífico discurso, basado en datos precisos y elocuentes.

Fig. 13. Dr. Enrique Núñez de Villavicencio y Palomino (1872-1916), Secretario de Sanidad y Beneficencia (1913-1916).

El Dr. Enrique Núñez, identificado en un todo con aquellos deseos del General Menocal, que eran los suyos propios, desde el mismo momento en que tomó posesión de su cargo, comenzó a llevarlos a cabo, organizando al efecto, el Servicio de Higiene Infantil, abarcando tan honda y trascendental cuestión de una manera amplia y completa y creando no tan solo organismos oficiales para la protección de la mujer y del niño, sino también otros de carácter particular, que viniesen a cooperar con la obra del Gobierno a ese respecto.

El Dr. Enrique Núñez, persiguiendo tan nobles y patrióticos fines, organiza los Concursos Nacionales de Maternidad, y la Exposición Nacional de Niños, para estímulo de las madres pobres cubanas que lactan sus hijos a sus pechos, con objeto de evitar, en todo lo posible, la peligrosa lactancia artificial. Reglamenta el Abasto Sanitario de Leche para mejorar la calidad de ese artículo tan necesario en la alimentación de los niños. Establece la Colonia Infantil de Verano en los Campamentos de Triscornia, para sustraer, aunque fuera por breve tiempo, a los pobres niños que mueren de miseria, de tuberculosis y de anemia, en las Casas de Vecindad, dándoles, a la par, una lección objetiva sobre las ventajas que ofrecen las principales prácticas higiénicas. Instala el Asilo Menocal y da comienzo a la creación de Creches, dedicadas a la asistencia y cuidado de los hijos de las obreras en tanto estas trabajan.

Organiza e inaugura el Preventorio Martí, en Cojímar, para los niños débiles, raquíticos y anémicos, con objeto de fortificarlos y nutrirlos y librarlos de la terrible tuberculosis. Concibe, planea, proyecta e inicia la instalación de los Hospitales de Maternidad e Infancia en distintas Capitales de la República y cuyos establecimientos vienen a llenar una necesidad sentida, como verdaderas casas higiénicas para la asistencia de las parturientas pobres y la atención higiénica de los recién nacidos.

Precisamente, en el día de hoy, dentro de muy breves momentos, se inaugura el Hospital de Maternidad e Infancia de La Habana, que lleva muy merecidamente, el nombre de Enrique Núñez, como justo tributo a su memoria y a sus trabajos.

Los sucesores de Enrique Núñez en la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, los doctores Raimundo Menocal y Fernando Méndez Capote, continuaron la obra de la Higiene Infantil , desenvolviendo su programa a ese respecto y prestándole todo el calor de sus grandes inteligencias. Precisamente, hace muy pocos días, el Dr. Fernando Méndez Capote inauguró el Hospital de Maternidad e Infancia de Pinar del Río y dentro de corto tiempo, habrá de abrirse al servicio público el de Santa Clara.

Estos establecimientos constituyen uno de sus elementos más poderosos para la asistencia higiénica de la mujer en el acto de su alumbramiento y para la educación higiénica de las madres, una de las bases más firmes del Servicio de Higiene Infantil. Los Hospitales de Maternidad e Infancia están, pues, destinados a ofrecer un lugar higiénico y apropiado para asistir a las mujeres pobres en sus partos, a darles enseñanzas prácticas sobre los cuidados que requieren durante su embarazo e instruirlas sobre las reglas que deben observar para la buena crianza de sus hijos. Son, por lo tanto, y más que nada, “escuelas de madres” donde se les educa sanitariamente y se les ofrecen las enseñanzas en una forma gráfica, ante la práctica y el ejemplo. En estas Instituciones se les mostrarán las ventajas indiscutibles de la lactancia materna. Se les hará ver los peligros de la artificial, pero también, se les instruirá convenientemente sobre la manera de evitar las asechanzas de las alimentaciones impropias y se les educará en forma manual y práctica sobre la manera de alimentar higiénicamente a sus hijos, como tienen que preparar la leche y demás atenciones que requieren los niños en la edad primera de la vida, tales como los baños, vestidos y otros cuidados higiénicos. Es decir, que al mismo tiempo que se les muestra el peligro, se les instruye sobre la manera de evitarlos. Y todo esto se hará de forma sencilla, al alcance de todas las inteligencias, mostrándole el “Modus operandi”, haciéndole manipular ante sus maestros, los niños y los útiles destinados a su alimentación y vestidos, para que la enseñanza sea efectivamente útil y las madres adquieran los conocimientos y la habilidad necesaria en el manejo higiénico de sus hijos.

No son estos Hospitales del tipo clásico de los destinados a llenar funciones de beneficencia y caridad. No. Son verdaderas y muy valiosas instituciones sanitarias, grandes centros de útiles enseñanzas para la educación higiénica de las madres.

Así, seguramente, los concibió Núñez. Así los idearon los Profesores Eusebio Hernández y Domingo F. Ramos, los ilustres, los meritísimos iniciadores de la Homicultura. Y así también los ha comprendido y llevado a la práctica el Sr. Secretario de Sanidad y Beneficencia, al disponer que estos establecimientos no dependan de la Dirección de Beneficencia, sino de la de Sanidad, como ramas del Servicio de Higiene Infantil.

Como puede advertirse por la somera exposición que hemos hecho de sus principales gestiones al frente de la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, Enrique Núñez dedicó en esas tareas una preferencia exquisita, a la parte de la Higiene relacionada con el mejoramiento de la especie humana, procediendo con tal objeto a establecer los servicios destinados a la educación y defensa sanitaria de la mujer embarazada, del cuidado higiénico del recién nacido, como medio seguro de obtener en el mañana, ciudadanos saludables y fuertes.

Dos son los principales recursos de que dispone el higienista para prevenir primero y defender más tarde a la humanidad, contra las enfermedades, accidentes y quebrantos que la amenazan. El primero, verdaderamente preventivo, arranca, por decirlo así, desde la madre, para educarla y cuidarla higiénicamente durante su embarazo, atendiéndola en su parto y dirigiéndola más tarde en el cuidado de su hijo, para que éste se alimente y desarrolle, de conformidad con las prácticas higiénicas. Este camino, tiende a colocar los individuos en condiciones de fortaleza adecuada, para que procreen hijos saludables, que por sus condiciones físicas y su educación sanitaria, resistan victoriosamente los ataques de las infecciones y de otros males que lo rodean.

El otro gran recurso de la higiene, lo constituye la lucha directa contra los gérmenes de las enfermedades, contra los vectores o vehículos de las mismas, contra las causas de las infecciones, contra los individuos y las cosas ya contaminadas, es decir, con lo que debe llamarse “la infección ya establecida”.

El Departamento de Sanidad de la Primera Intervención Americana; el Nacional de Sanidad y Beneficencia de la Primera República y del Gobierno Provisional, se habían llenado de legítimas glorias, combatiendo con éxito sorprendente, las infecciones más temibles que reinaban entre nosotros, llegando a erradicar la fiebre amarilla, que al castigar cruelmente a los extranjeros que llegaban a nuestras playas, constituían una barrera infranqueable para nuestro progreso y bienestar. Puede decirse, que en tales trabajos, el Departamento de Sanidad de Cuba, rindió una de las jornadas más brillantes, cuyos resultados por lo efectivo y rápidos, asombraron al mundo.

Dada la situación topográfica de nuestra República y sus constantes relaciones con Países infectados, nos vemos en el caso de sostener una lucha constante para evitar infecciones que nos puedan llegar del exterior y suprimir, en tanto como sea posible, los agentes intermediarios de las mismas, para hacer así una obra efectiva de higiene. En ese combatir constante, apenas si nos queda tiempo para hacer un alto en la recia jornada, y dedicar las energías, tiempo y recursos necesarios, para emprender, de manera firme y estable, las campañas higiénicas preventivas a que antes nos referíamos. Núñez, aprovechando el buen estado sanitario que reinaba en Cuba durante los primeros tiempos de su estancia en la Secretaría; de acuerdo con sus orientaciones científicas; atendiendo los dictados de su corazón y para resolver arduos problemas del momento, comenzó con su brío y con su entusiasmo reconocidos, la obra de perfeccionamiento de la especie por medio de distintas organizaciones del Servicio de Higiene Infantil. Y precisa convenir, que esa su labor, considerándola en su calidad y teniendo en cuenta el tiempo que desempeñó la Secretaría – de 20 de Mayo de 1913 a 15 de Septiembre de 1916- es verdaderamente notable y digna de merecidos pláceme y de sinceras congratulaciones.

Enrique Núñez sentía una vocación decidida por el ejercicio de la Medicina. Su vida entera la pasó dedicada a esa noble ciencia, practicándola y ejerciéndola como un sagrado ministerio. Una de las grandes predilecciones de su vida lo constituía la práctica en las Salas de los Hospitales. Esos sus amores por la medicina, el culto fervoroso que rendía a la práctica hospitalaria, ¿se debían a condiciones especiales de su carácter tan adecuado para los empeños médicos que tienen por base la generosidad y el sacrificio; eran debidos a inclinaciones de su espíritu o se sentía atraído hacia la vida de “hospital”, tan llena de dulces y melancólicos encantos como de provecho y utilidad para la adquisición de conocimientos médicos, por el ejemplo que le ofrecía su padre augusto, nuestro gran Don Emiliano, que ha consagrado su existencia toda a la creación y dirección del Hospital “Nuestra Señora de las Mercedes”? No lo sabemos. Pero es lo cierto, que Núñez, advirtiendo seguramente el importante papel que desempeñan los Hospitales como grandes centros de enseñanzas y fuentes inagotables del bien y de la caridad, sentía por esos establecimientos uno de sus más constantes y preferentes afectos.

Fig. 14. Monumento al doctor Enrique Núñez de Villavicencio y Palomino en el Hospital Universitario “General Calixto García”.

Había pasado en ellos, desde el Hospital San Felipe y Santiago que visitaba siendo casi un niño bajo la égida cariñosa de su Maestro, el Dr. Gabriel Casuso, hasta los de Nuestra Señora de las Mercedes y San Francisco de Paula, los años mejores de su vida. Más tarde, dejándose llevar por esa inclinación de su carácter, fundó, en compañía del Dr. Alberto Sánchez de Bustamante, la Clínica de Cirugía que lleva el nombre de esos dos ilustres compañeros.

En la visita diaria en los Hospitales, en la asistencia esmerada y cariñosa que constantemente prestaba a los enfermos, verdaderos libros abiertos a los ojos del observador médico inteligente, Núñez adquirió su gran saber, su experiencia extraordinaria, su práctica valiosa y el dominio absoluto de la cirugía en cuya especialidad llegó a ser uno de los más grandes maestros.

En nuestra patria, donde se han producido y lucen y brillan en número relativamente extraordinario en relación con nuestros medios, recursos y población, una pléyade grande de cirujanos eminentes, verdaderas y positivas glorias científicas, Núñez, por su esfuerzo perseverante, por su inteligencia superior, por su dedicación constante al estudio y al trabajo y a la práctica diaria en los hospitales, llegó a figurar como uno de los Clínicos mas afamados y como uno de los Cirujanos más hábiles, expertos y valiosos.

En ningún momento de su vida sintió Núñez decaer esos sus entusiasmos por la practica hospitalaria. Por sus grandes y positivos méritos, llegó a obtener elevadas condiciones dentro de la carrera médica y de la vida administrativa. Fue Profesor de nuestra Universidad; Presidente de la Comisión de Higiene Especial y Secretario de Sanidad y Beneficencia. Atendió con solicitud extraordinaria esos cargos diversos, a los que dedicó actividad, celo y sapiencia. Pero no por ello, dejó de concurrir diariamente a la Clínica ni de visitar a sus pobres enfermos del Hospital.

Recién graduado de médico, ansioso de perfeccionar sus conocimientos científicos, animado del amor al progreso que tanto lo caracterizaba, embarcó para New York, con objeto de visitar y de conocer los adelantos de los grandes Hospitales y Asilos de esa Ciudad, por tantos conceptos extraordinaria. Con su clara inteligencia advirtió bien pronto toda la importancia y grandeza de esas Instituciones, y en bien escritos artículos publicados en la Prensa Médica , dio cuenta a sus compañeros de Cuba del resultado de sus observaciones sobre aquellas organizaciones médicas maravillosas, con objeto de ponerlos al corriente de los últimos adelantos científicos en ese orden.

¡Ironías del destino! Como muy oportunamente hace constar el Dr. Alemán, Enrique Núñez en esa su primer visita a New York dedica la inspección primera al Hospital Presbiteriano, en cuyo establecimiento había más tarde de morir. Es decir, que aquel grande hombre consagrado y atraído por la vida del médico al hospital, encontró precisamente la muerte en uno de esos templos dedicados al bien y al saber.

El Hospital Nacional “Mayor General Calixto García”, donde ahora nos congregamos, es una de las grandes creaciones de Núñez y puede considerarse como su “obra de piedra”. A la construcción de este Hospital, dedicó en la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, perseverantes esfuerzos y bien dirigidas actividades. Laboró con tenacidad y sin desmayo hasta obtener el comienzo de la obra. El destino cruel, lo arrebató a la vida antes de verla terminada… Aquí, muy cerca de este Hospital, se levanta el Nuestra Señora de las Mercedes, que en gran parte se debe a los generosos y patrióticos esfuerzos de su padre, el notable patricio Emiliano Núñez. Y parece natural y lógico que en este pedazo de tierra cubana, donde, por decirlo así, “viven” tantos recuerdos de los Núñez, se levante la estatua de Enrique, para recordar a las generaciones futuras al médico insigne que consagró su vida meritísima al estudio y con toda especialidad a la practica profesional en los Hospitales, al funcionario ejemplar que dedicase sus energías a levantar este Hospital Modelo y a la ejecución de otras obras en beneficio de sus semejantes.

En este Hospital, dedicado actualmente a la Escuela de Medicina, reciben enseñanza los alumnos de la misma. A diario desfilan por Salas y discurren por sus corredores y jardines, cientos de estudiantes, en su mayoría, presentes en este acto. Pues bien, mis jóvenes amigos. Ahí tienen ustedes presidiendo vuestras nobles ansias de saber y laudables empeños por descubrir los secretos de la ciencia médica y vuestros juveniles entusiasmos y alegres juegos, la efigie simpática de Enrique Núñez, es decir, del que en vida sintiera iguales amores por la ciencia y el deber y los propios y ardorosos arrestos que os animan y que ahora, tallada en frío mármol, pero animada por nuestros recuerdos amorosos, continúa la obra de enseñanza a que siempre se dedicara, ofreciendo, con la historia brillante de su vida, altos ejemplos y provechosos estímulos.

Antes de terminar este mi pobre discurso, deseo dedicar palabras de merecido encomio, a la entusiasta Comisión de Empleados de la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, constituida por amigos fieles de Enrique Núñez, los que de una manera decidida y generosa han venido laborando hasta obtener la hermosa finalidad que se propusieron: la creación de este Monumento a su memoria y que hoy descubrimos para presentarlo al respeto y a la consideración de todos. Al ocurrir el fallecimiento de Enrique Núñez, se constituyó en la Secretaría un Comité Gestor para levantar una estatua a su memoria, y cuya Comisión está formada por el Dr. J. F. Morales López, Presidente, quien no puede concurrir a este acto por encontrarse enfermo, el Sr. Benito Aranguren, como Tesorero, verdadera “alma mater” de este homenaje, y por otros valiosos elementos.

Esta Comisión logró recaudar entre los Empleados todos de las distintas Dependencias de la Secretaría , la suma de $6.419.02, depositada esa cantidad en el Banco de los Sres. Zaldo, ganó un interés de $503.44. Se ganaron, además, con un pago de dos plazos adelantados al escultor $210.00, lo que da un total de $7.132.46.

La estatua fue ajustada con el escultor Luisi, que la ha llevado a cabo con gran maestría, en la cantidad de $7.500.00. Los gastos de flete, derechos, etc., ascendieron a $1.700.00, que suman un total de $9.200.00. Es decir, que entre lo recaudado y el importe total de la estatua existía una diferencia de $2.067.54, que el Mayor General Mario G. Menocal, amigo del alma del Dr. Enrique Núñez, se apresuró a abonar de su peculio particular. Los gastos de erección del Monumento, han sido costeados por la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, a cuyo frente figura, actualmente, con carácter de interino, el Dr. Fernando Méndez Capote.

El Monumento a Enrique Núñez se ha construido con el concurso armónico de la iniciativa privada y la oficial. Ha sido una conjunción de afectos y de cariños, de manos amigas que han reunido y sumado sus esfuerzos, en recuerdo del desaparecido bien amado. Y más que sobre el pedestal de mármol, la estatua se levanta sobre los corazones de los que fuimos sus amigos y compañeros.

La vida de un hombre útil; el Dr. Enrique B. Barnet*

No solo por cumplir un deber reglamentario, sino para satisfacer, además, los más ardientes deseos del corazón y una deuda de antiguo contraída, nuestras primeras palabras al ingresar en esta docta Corporación, deben ser de gratitud y de cariño para la memoria del Dr. Enrique B. Barnet, cuya vacante venimos a ocupar por la bondad de ustedes, y cuyo recuerdo vive en nuestros corazones por su brillante actuación profesional.

Y nos explicaremos, señores: -El Dr. Barnet fue nuestro amigo del alma, el compañero inseparable, el camarada excelente y bondadoso durante diez y seis años, de los cuales catorce estuvimos en íntima comunión de ideas, de pensamientos y de acción, dedicados a las tareas sanitarias.

Fuimos colaboradores del gran Finlay en sus empeños sanitarios. Nos correspondió el honor de colocar con ese cubano genial y con el ilustre Guiteras, las primeras piedras en la organización de la Sanidad Cubana. En su compañía libramos, tanto en la República como durante el Gobierno Provisional Americano con el inolvidable Kean, las más duras y recias jornadas por la salud pública y unidos, bajo su jefatura inteligente y amable rendimos intensa, sostenida y desinteresada labor sanitaria.

Compartimos con él, ligados por un afecto sincero y por una simpatía verdadera y una afinidad grande de gustos e inclinaciones, las horas de ansiedad, de lucha, de amarguras y de alegrías. Éramos dos buenos compañeros en el duro batallar por la existencia.

Y nada más natural y justo que nosotros, los que por estar en esas constantes relaciones con Barnet pudimos advertir la grandeza de su cerebro y de su alma, seamos ahora, en estos momentos solemnes, los que, como testigos de mayor excepción, demos fe de su dedicación y fervor por todo lo que significase el bien de la patria y de la humanidad.

Pero aún hay más. Estamos, también, ligados por especial gratitud a Barnet, ya que él fue quien con mano cariñosa, hubo de guiar nuestros pasos primeros en el seno de esta Academia y quien, con su amor a las ciencias y al deber, nos ofreció alto ejemplo y poderoso estímulo que tanto influyeron en nuestro desenvolvimiento y vocación por estas disciplinas del espíritu y dedicación de la voluntad y de la energía. –Aquí, a su lado, bajo su dirección, levantamos más de una vez la voz, para dar a conocer nuestra opinión modesta y sencilla, en distintos problemas de orden higiénico, y gracias a sus consejos y enseñanzas, hemos podido, con el concurso generoso y noble de ustedes, señores académicos, ver colmada una aspiración de nuestra alma: el formar parte de esta Corporación, á la que venimos llenos de entusiasmo y de fervor, a aprender y a trabajar.

No se nos oculta, el que debemos tan solo á vuestra bondad, ese honor. –Ello nos obliga al más profundo reconocimiento y a la gratitud mayor y a perseverar en nuestros empeños y propósitos para el cumplimiento del deber, ya que en ese orden, se nos otorga un premio muy superior a nuestros pobres merecimientos.

Y una vez dados a conocer esos nuestros sentimientos y propósitos, pasemos, ahora, a referir, con las naturales deficiencias de nuestro entendimiento, aún mayores y más notables en este caso por la emoción que nos embarga, los hechos más salientes de la vida y los principales trabajos científicos del compañero querido, cuya desaparición eterna ha provocado en nuestra alma tan vivo y tan grande dolor. Más, por encima de esos nuestros personales sentimientos, ajustaremos nuestra tarea a la imparcialidad más absoluta, para que la obra de Barnet se destaque con sus propios caracteres y se pueda, por ella misma y sin necesidad de esfuerzos ajenos, advertir sus méritos y la justicia de la fama que lo proclama como uno de los cubanos más esclarecidos.

Enrique Buenaventura Barnet y Roque de Escobar, nació en Matanzas el día 14 de julio de 1854. Dentro de un mes se cumplirán los sesenta y cuatro años de esa fecha memorable y esta noche nos congregamos en la Academia sus amigos y compañeros, para rendir a su memoria tributo sincero de admiración y de cariño y ofrendar pruebas evidentes de que no hemos olvidado su útil existencia, consagrada al cultivo de las letras y de las ciencias y a la práctica del bien y de la enseñanza.

Barnet estaba orgulloso, con justos títulos para ello, de su ciudad natal. Era un matancero que proclamaba las grandezas y los méritos de esa hermosa ciudad, madre fecunda de literatos y de sabios, de artistas y de patriotas; bella población que un mar amoroso arrulla y besa; que ríos caudalosos bañan y fertilizan; que poético valle avalora y realza, y a la que dan renombre unas cuevas misteriosas, donde la naturaleza, como artífice inimitable, ha tejido en el andar pausado de los siglos, encajes maravillosos, de dibujos y de formas sorprendentes.

En el ambiente sereno de esa ciudad encantadora; en el seno de un hogar honorable que en el trabajo y la virtud santificaban, se deslizaron amables y venturosos, los años primeros de Barnet, contribuyendo, de seguro, ese medio tan apacible, sedante y lleno de bellezas, a formar su carácter sosegado y dulce y a inspirar en su alma los delicados sentimientos que tanto le caracterizaban.

Barnet estudió la primera enseñanza en acreditado plantel “ La Empresa ”, institución modelo, que gozó de gran fama por los prestigios científicos y patrióticos de su director y profesores, y por la sapiencia, demostrada más tarde, en el curso de los años, por la gran mayoría de sus alumnos. Los estudios correspondientes a la segunda enseñanza, los cursó en el Instituto de Matanzas, en el que obtuvo, en 1869, el Grado de Bachiller.

En condiciones ya de emprender el estudio de la Medicina , por la que tenía vocación decidida y para la que reunía, por las condiciones de su carácter, especiales aptitudes, su familia, amante y previsora, resolvió enviarlo a España para que cursara su carrera en la Universidad de Barcelona, poniéndolo así a cubierto de los peligros que por esa época amenazaban a los cubanos y, con toda especialidad, a los que estudiaban medicina.

La situación política de Cuba, era, por aquellos momentos, en extremo difícil. Hacía poco tiempo menos de un año – 10 de octubre de 1868- que los patriotas cubanos habían lanzado, en los memorables campos de Yara, el grito de la libertad.

La revolución, limitada en esos primeros instantes a Oriente y Camagüey, había sacudido el alma cubana y conmovido fuertemente a la sociedad toda. El clarín de la guerra resonaba victorioso por las campiñas feraces de Santiago de Cuba y su eco llegaba a los más recónditos lugares de la isla entera. Las autoridades de la colonia dieron comienzo a las persecuciones y a las crueles represalias. La familia cubana, dice Bustamante, se “dispersó a los cuatro vientos del horizonte, y apenas hay alguna que no pueda contar entristecida, cómo se llora desde tierras extrañas, por el suelo perdido de la patria, y cómo se ofrenda en los altares de un ideal inextinguible, la sangre y la vida de seres queridos”.

Barnet emigró a España, permaneciendo seis años en la culta ciudad catalana, cursando sus estudios en notable Universidad, teniendo por compañeros de aulas a compatriotas tan esclarecidos como los hermanos Albarrán, Tamayo, Méndez Capote, San Martín, Malberty, Muxó, Nuño, Terry, Tejera y otros cubanos insignes, que tantos días de gloria han dado a las ciencias y a las letras.

Profesaba Barnet a esos sus camaradas de estudios, un afecto sincero y un cariño sin límites. Siempre que se le presentaba ocasión propicia para ello, hacía gala de esos sus sentimientos y experimentaba verdadero placer en evocar los recuerdos de su vida universitaria. Rendía un verdadero culto al compañerismo.

Fig. 15. Dr. Enrique B. Barnet y Roque de Escobar (1855-1916), Secretario de la Junta Superior de Sanidad (1902).

Yo no sé, señores, si será una idea errónea, hija de un espejismo, o si, como dijo el poeta, siempre creemos, que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Pero es lo cierto a los que “ya peinamos canas”, los que estudiamos durante la época colonial, se nos ocurre pensar que los escolares de entonces estábamos más íntimamente unidos y, en términos generales, nos profesábamos mayores y más durables afectos que los del presente.

Y se explica, señores, este hecho, ya que los estudiantes cubanos de esas épocas, estaban ligados a más de los vínculos, siempre fuertes, del compañerismo, de la simpatía y de la confraternidad, por los ideales patrióticos, por los trabajos revolucionarios, por el peligro que a todos, por igual, amenazaba y por recientes y profundos dolores provocados por el asesinato de jóvenes estudiantes de medicina – los mártires del 71- y por las escenas de desolación y de luto que a diario provocaba la guerra y de las que eran victimas familiares y amigos.

Y nada une de manera más firme y constante a los hombres, que la comunidad en el sufrimiento y en la tristeza. Suelen frecuentemente olvidarse con rapidez las amistades circunstanciales nacidas en las horas breves y fugaces de las alegrías, en los rápidos instantes de regocijo y de expansión. Esos afectos ligeros se esfuman y desaparecen casi siempre, con el eco de las últimas carcajadas. Son tan breves como el placer. Pero en cambio, son firmes y duraderos los cariños que nacen en los momentos de dolor, en las horas infinitas de las supremas angustias.

Tanto Barnet como los demás estudiantes que emigraron en esos tiempos de luchas patrióticas, aunque estaban al abrigo de los peligros diarios y constantes que amenazaban a sus compañeros de la Universidad de La Habana , participaban sin embargo, de sus dolores y de sus quebrantos. Al partir de la patria, había llevado grabadas en sus almas juveniles, las escenas de dolor y de tristeza increíbles, que se habían desarrollado en la Habana, al inmolarse a los estudiantes del 71; sus corazones generosos sentían las tristezas y las amarguras de la patria irredenta, en lucha abierta y heroica por alcanzar la libertad. A sus oídos llegaban las penalidades y las zozobras de sus compañeros de la Universidad de La Habana y aunque estaban rodeados de consideraciones en pueblos liberales y hospitalarios, no podían por ello, permanecer indiferentes, ante todas esas escenas que ocasionaban tantas angustias a sus compatriotas y allegados.

Es decir, que durante los períodos angustiosos de nuestras guerras de independencia, los estudiantes cubanos, tanto los que estaban en Cuba expuestos a peligros inminentes como los que cursaban sus carreras en el extranjero, todos por igual llevaban en sus almas los propios sentimientos, hijos de ansias patrióticas y de muy justificados dolores. Los que estudiaban en las Universidades extranjeras, sentían la necesidad de reunirse, de estar en constante comunión de pensamientos y de ideas, de estrechar los vínculos de la amistad y del compañerismo, para así, constituyendo un núcleo fuerte por la unión, laborar con éxito más provechoso por la causa de la revolución; concebir esperanzas en sus triunfos; preparar planes para el futuro; lamentar las pérdidas de viejos camaradas y añorar en los dulces recuerdos de la niñez y de la patria ausente y lejana. Constituían una verdadera familia.

Y por estas razones, Barnet y sus compañeros y con ellos los estudiantes todos de esos tiempos, se profesaban sinceros afectos que se conservan lozanos y frescos, a través de los años y de las luchas y amarguras de la vida.

Barnet estudió a conciencia la Medicina. Se consagró con ahínco y decisión a los libros, a la clínica y al laboratorio. Se hizo, por el esfuerzo conciente y el propósito sostenido, un buen médico. Estudió con ardor y con perseverancia, ansioso de adquirir los mayores conocimientos.

Este amor por el estudio y devoción por el deber, se observaba, como característica general, en casi todos los estudiantes de la época colonial y de los comienzos de la República. Y es tanto más significativo ese hecho, cuanto que en la época anterior a nuestra vida republicana, el estudio se hacía por demás difícil y todo parecía conjurarse para presentar obstáculos a la labor del estudiante.

En lo que a la Universidad de La Habana, respecta, recordamos, por ejemplo, que no se ofrecían al estudiante alicientes ni estímulos que lo orientasen en el cumplimiento del deber o que lo alentasen en la senda emprendida.

Se carecía de los elementos y de los recursos necesarios para la enseñanza y había, por esas causas fundamentales, que hacer teóricas las clases prácticas, cuando éstas requerían gastos especiales. Al lado de un grupo de maestros eminentes y sabios, había otro de titulados profesores, negligentes y audaces, que desconocían por completo las asignaturas que tenían a cargo y que ofrecían a sus educandos el ejemplo pernicioso de su ignorancia y su descuido en el cumplimiento de sus deberes.

En edificio en el que se encontraba instalada la Universidad – el antiguo Convento de Santo Domingo- era vetusto, obscuro, sombrío y carente de comodidades y atractivos. Las aulas destinadas a clases, eran las antiguas celdas de los monjes, en las que no había ni la luz ni la ventilación necesaria.

Las asignaturas correspondientes a la Facultad de Medicina, se cursaban en lugares distintos y extremos de la ciudad; en el Anfiteatro de San Isidro, en el Hospital de Nuestra Señora de las Mercedes, en el Hospital de Paula y en la Universidad. Los horarios de las clases no habían sido armónica y racionalmente fijados, dándose el caso de que coincidiesen las horas de las asignaturas que se explicaban en el Hospital de Nuestra Señora de las Mercedes y en Paula con las de San Isidro y la Universidad.

El estudiante que deseaba asistir puntualmente a esas clases, tenía que dar carreras precipitadas para ir de un lugar a otro, sin que le fuera posible muchas veces, poder concurrir con exactitud a las mismas, ya que carecía de la cantidad de tiempo necesario para poder trasladarse de uno a otro sitio tan lejano, sobre todo, no contando con los medios rápidos y cómodos de transporte, de que hoy se dispone. Y a pesar de todas estas contrariedades, los estudiantes de esas épocas demostraban un tesón y deseo tan decidido por el trabajo, que salvaban esos obstáculos y salían victoriosos en sus empeños.

Ellos suplían, con su entusiasmo, las deficiencias oficiales. –Cuando el catedrático, era incompetente y descuidado, acudían a profesores particulares, que retribuían de su propio peculio, a costa a veces, de las mayores privaciones.

Y se daba el caso, de que mientras el catedrático de la asignatura, esto es, el juez que habría de fallar y dictar sentencia a fin de curso le aseguraba al estudiante que ésta sería favorable, el joven alumno, por instinto de conservación y por encima de los malos ejemplos y consejos, no solamente estudiaba con entusiasmo ardoroso, sino que interesaba el auxilio de profesores sabios, que lo encaminaban a través de los intrincados senderos de la ciencia. En la Universidad no había, entonces, más que un microscopio, que estaba roto desde hacía muchos años y que no podía sustituirse por otro ni aun siquiera componerse por falta de consignación para ello. Y el estudiante, en esas sus ansias de saber, se encaminaba al Laboratorio de la “Crónica Médica Quirúrgica”, donde un hombre ilustre y generoso el Dr. Santos Fernández, con el concurso de médicos eminentes, los Dres. Tamayo, Dávalos, Calvo, Coronado, Acosta y otros meritísimos compañeros facilitaban gratuitamente a los estudiantes los medios y elementos apropiados para el estudio de la bacteriología, cuya importancia y trascendencia comenzaba ya a marcarse en el campo de la medicina.

Igual ocurría con otras enseñanzas. Muchas veces, a pesar de la sapiencia y de los buenos deseos del profesor oficial, los alumnos no se conformaban con sus únicas y colectivas enseñanzas y en las horas de descanso, acudían, para ampliar sus conocimientos, a profesores particulares, que con su experiencia y saber, les abrían las páginas del libro misterioso de la clínica.

¿Cuál era la fuerza, la psicología, el estado de ánimo, de los estudiantes de esos tiempos, que los llevaba a proceder así, a inclinarlos, de manera tan firme, al estudio y al trabajo?

¿Cómo se explica, que en su casi absoluta mayoría, los jóvenes de esas épocas, en vez de entregarse a muelles y fáciles placeres, a la vida de la alegría y de la holganza, se dedicasen por propio impulso, con empeño decidido al estudio, a duras pruebas de trabajo intelectual y a disciplina tan severa?

La respuesta es fácil. El cubano, en esos tiempos, no tenía a su disposición, para luchar y vencer en los grandes combates de la vida, más que las armas bien templadas en la competencia y en el trabajo. Y aún éstas, las tenía que manejar con bríos y con destreza, para salir victorioso en la lucha con contrarios que disponían de las oficiales influencias y del apoyo decidido de los gobernantes.

Además, los cubanos no tenían en esas épocas, otros campos y horizontes más apropiados para luchar por la existencia, que los que les ofrecían las profesiones, las artes y las letras.

El comercio, la industria, la burocracia, estaban en manos extrañas. Ésta última, era siempre de reciente importación. A los naturales del país se les reservaban, tan solo, los cargos de juez, de médico municipal o de oficial quinto en las oficinas públicas.

La guerra de los diez años -de 1868 a 1878- fue, sin duda alguna, una de las más grandes epopeyas de la historia americana. Los cubanos, en cuyas manos estaba al comenzar esa homérica contienda la riqueza agrícola y que eran dueños de las haciendas y de los campos, se habían apresurado, al dar el grito de independencia y en un rasgo de generosidad suprema, a quemar sus propiedades, a libertar las dotaciones de sus ingenios y a lanzarse a la guerra en pos de la libertad de la patria. La propiedad, sobre todo la rural, pasó en gran parte, a manos extranjeras. El cubano heroico, valeroso y desprendido, ofrendó en el altar de la libertad su vida y su hacienda.

Terminó esa cruenta y larga lucha. Los hijos de esta tierra, desposeídos de sus riquezas, vistos y tratados con grandes recelos en el orden político, no pudiendo, por variadas causas, dedicarse a las actividades del comercio y de la industria, tuvieron que orientarse por los senderos de las profesiones literarias. Se les dejaba, hasta cierto punto, libres esas vías, por considerárseles como “poco productivas” y por la competencia personal que requieren y los gastos que en sus comienzos demandan.

Desde luego, que todas estas causas, eran estímulos poderosos y acicates formidables para el trabajo y el estudio, lo que se traducía en adelantos y progresos intelectuales para los cubanos, que dominaban y se distinguían notablemente en el cultivo de las ciencias y de las letras.

En 1875, se graduó Barnet de Licenciado en Medicina y Cirugía en la Universidad de Barcelona. En el acto regresó a Cuba, viniendo provisto para el ejercicio profesional, no tan solo con el título que legalmente le autorizaba para ello, sino también con los conocimientos y la competencia necesaria para dedicarse al noble sacerdocio de la medicina. Desde los primeros momentos, tuvo que luchar reciamente con la suerte para hacerse de una situación económica propia, ya que no contaba para la vida con más recursos que los que obtuviera de sus personales esfuerzos.

Comenzó a ejercer en Cienfuegos y, más tarde se trasladó a Cruces. No encontró de momento, en estas poblaciones, medio favorable, y se decidió, entonces, a establecerse definitivamente en Santa Isabel de las Lajas, donde ejerció por espacio de veinte años la profesión con tal acierto y fortuna, que obtuvo grandes éxitos científicos y positivos resultados económicos. Barnet, que tenía un espíritu refinado y que era hombre de gustos exquisitos, amantes del progreso y del bienestar, supo llevar, hasta el apartado rincón criollo en que vivía, el “confort” de las viviendas parisinas. Y él se destacaba no solo como médico sapiente, sino que en el orden social, llamaba la atención por el refinamiento de su casa y lo exquisito de sus gustos, puesto de manifiesto en sus vestidos, bienes y demás detalles de su vida.

En Lajas llegó a ser el médico favorito y solicitado por los elementos todos de aquella sociedad. Lo mismo interesaban sus servicios profesionales los ricos hacendados y colonos de la comarca, acostumbrados a ser asistidos en sus dolencias por grandes eminencias de Cuba y del extranjero, que los pobres guajiros que residían en los sitios apartados, y a los que Barnet atendía con generosidad y altruismo. Todos esos enfermos veían en Barnet al médico cariñoso y solícito, al clínico experto, al verdadero sacerdote de la ciencia, por el que sentían un fervor y una devoción verdaderamente religiosa. Llegó a tener una clientela inmensa y ejerció la profesión con dignidad, con prestigio y con decoro.

Más adelante, en el andar de los tiempos, Barnet demostró otras cualidades de su cerebro y otras energías de su espíritu, algunas de ellas tan notables, que llegaron casi a eclipsar sus grandes triunfos profesionales en Santa Isabel de las Lajas. Pero los que conocieron y siguieron de cerca su actuación como médico y advirtieron, tanto en esa época primera de su vida profesional como más tarde, ya al final de su existencia, sus condiciones como clínico en “La Benéfica” y en la clientela privada, convienen todos en afirmar, que si grande era el mérito y los talentos de Barnet como sanitario y literato, como conferencista y como maestro, no era por cierto menor su valer como médico, y que si resonantes fueron sus triunfos administrativos y literarios, también fueron grandes los que alcanzó en su diario ejercicio de la medicina, allá en los fértiles campos de la rica región de Santa Clara, en la que cosechó tantos lauros, y conquistó tan grande estimación.

En Santa Isabel de las Lajas, Barnet, demostrando su amor al trabajo y sus múltiples y variadas actividades y el poder ejecutivo de su espíritu no fue tan solo médico, sino que dedicaba a los trabajos agrícolas los instantes que le dejaban libres sus atenciones profesionales. Fomentó grandes siembras de caña, en las que cifró fundadas esperanzas económicas. Llegó a ser uno de los más ricos colonos de la zona. Además, dedicó tiempo y energías a la apicultura, introduciendo, con su espíritu de progreso, muy útiles innovaciones en la explotación de esa interesante rama de la zoología especulativa. Tuvo extensos potreros, donde perfeccionó la cría caballar, obteniendo premios en distintos Concursos hípicos por los ejemplares que presentó en los mismos. Es decir, que Barnet puede ser considerado como uno de esos hombres “polifacetados”, esto es, de cerebros superiores que parecen tener, al igual que las piedras preciosas de gran valía, múltiples aristas, en cada una de las cuales irisa y brilla la luz, ofreciendo a la admiración de los demás, el espectáculo hermoso y deslumbrador de múltiples rayos que iluminan, con el fulgor de la inteligencia, los caminos de la vida.

Barnet era un patriota que sentía un gran amor por las libertades patrias. Tomó parte principal en los trabajos que se llevaban a cabo en Santa Isabel de las Lajas para la organización de la guerra de independencia. Conspiró con decisión y laboró con amor por la libertad de Cuba. Por aquella época, 1892, se inició en la provincia de Santa Clara, especialmente en Lajas, un prematuro movimiento revolucionario, debido a las naturales impaciencias de ardorosos patriotas que se precipitaban por romper las cadenas de la esclavitud que los oprimían. Más esos esfuerzos no dieron un resultado práctico, ya que no estaba todavía bien preparada y dispuesta la máquina revolucionaria, ni se había completado la organización y planes del futuro y último esfuerzo libertador. Eran chispas de un incendio que ardía en el corazón, pero que necesitaba para que pudiese con sus vivos resplandores iluminar los campos todos de Cuba, de mayores “combustibles” y de más poderosos elementos.

Y aunque Barnet cooperaba con los patriotas de Lajas en los trabajos revolucionarios, no por eso dejaba de advertirles con su juicio sereno, que se pretendía realizar una obra que de seguro no habría de prosperar, por falta de recursos, de oportunidad y de tiempo. Y leal y sabiamente hubo, además, de informarlo así a Martí, New York, en el viaje de recreo que hizo en 1892 a Europa, por vía de los Estados Unidos. El Apóstol de nuestra independencia, que estimaba a Barnet en todo lo que él valía y que apreciaba sus dotes de prudencia, discreción y patriotismo, aceptó como buenos sus consejos que más tarde la experiencia demostró que eran por demás razonables y atinados.

El propio año, después de recorrer las principales ciudades americanas y europeas, regresó Barnet a Lajas, donde continuó, con iguales arrestos y utilidades, al ejercicio profesional. Su clientela aumentaba y cada día eran mayores los provechos económicos que alcanzaba. Su fama como médico se extendía por las regiones vecinas y era solicitado con frecuencias para consultas y juntas profesionales por sus compañeros, que lo tenían en elevado concepto. En sus viajes al extranjero, había adquirido modernas enseñanzas que ampliaron sus conocimientos médicos y le dieron gran renombre profesional.

A su vuelta a Lajas, prosiguió también con fervoroso patriotismo, sus trabajos y propagandas en favor de la causa de la libertad. Se le señaló como un peligroso revolucionario. Las autoridades españolas conocían sus empeños políticos y en febrero de 1895, al estallar la Revolución , comenzó para Barnet una era de persecuciones que culminaron, en octubre del propio año, en una orden perentoria, terminante y amenazadora, para que abandonase en el acto aquel pueblo simpático, donde radicaban sus amores y sus tesoros. Y en un plazo de 24 horas tuvo que rematar su fortuna, adquirida a costa de tantos sacrificios y desvelos. Se vio precisado a abandonar su clientela formada con el estudio y la constancia, emigrar a tierras extrañas para defender su vida y ponerse a cubierto de las fieras persecuciones de que eran victimas los patriotas. Perdió en breves instantes una fortuna hecha con el esfuerzo propio, en el largo transcurso de numerosos años de privaciones y de fatigas. Y aquellos verdes y prósperos cañaverales, en los que cifraba sus ilusiones y sus esperanzas, desparecieron arrasados por las turbulencias políticas. Barnet, con los escasos recursos de que pudo obtener en esa forzosa y rápida liquidación, se trasladó a New York en octubre de 1895, donde plantó su pobre tienda de emigrado revolucionario. Prestó a la causa redentora nuevos e importantes servicios tanto en el Club Profesional “Oscar Primelles” formado por nobles y esforzados patriotas, como en el desempeño del cargo de Enviado Especial de la Junta Revolucionaria de New York, en Venezuela y Colombia, llevando a esas Repúblicas hermanas, los anhelos, las demandas y representación de la patria y obteniendo para la causa de la independencia efectivos y patrióticos auxilios, tanto morales como materiales.

De regreso a New York, revalidó, en 1896, su título de médico, comenzando a ejercer su profesión en la gran república americana. Al igual que otros ilustres médicos cubanos, fue designado por el Gobierno de los Estados Unidos como Cirujano Auxiliar del Ejército Americano. Prestó sus servicios como médico de las tropas americanas en distintos cuarteles y fortalezas de La Habana , y supo granjearse, por su comportamiento, por su fidelidad en el cumplimiento del deber y por su ciencia, las simpatías, el afecto y la consideración de sus superiores y subalternos, al extremo de que a poco de su ingreso en ese Ejército, se le trasladaba, ascendido a Filipinas. No aceptó esta promoción por estimar que debía ofrecer sus servicios a la patria ya libertada. Al poco tiempo, en 1902, al constituirse la República, era designado por nuestro Gobierno para ocupar un cargo, en el que puso de manifiesto su gran valer, proporcionando grandes provechos a Cuba y a la humanidad.

Aquí comienza, por decirlo así, la época más brillante de la vida de Barnet y en la que, por actuar en un cargo público de alto relieve, se le ofrecieron frecuentes oportunidades para demostrar sus poderosas facultades intelectuales, sus excelentes dotes de organizador, su perseverancia y dedicación al trabajo.

En 1902, al constituirse la República , los cubanos teníamos que demostrar ante el universo entero, nuestra capacidad para el gobierno propio y para el disfrute de las libertades que habíamos alcanzado a costa de tan grandes sacrificios. Puede asegurarse, que la atención mundial estaba pendiente, en esos instantes de prueba, de nuestros trabajos y gestiones, y que cuidadosamente se observaban nuestros pasos primeros en la constitución y desenvolvimiento de la República , con objeto de apreciar nuestras aptitudes y condiciones para la vida de los pueblos libres. Durante siglos enteros, el gobierno de la colonia había sostenido que carecíamos de las condiciones necesarias para dirigir nuestros destinos públicos. Durante un corto período de la primera intervención americana, los cubanos, desde los elevados cargos ejecutivos que se les confiaron en ese gobierno, habían probado suficiencia y preparación para tales empeños. Sin embargo, faltaba la demostración efectiva y definitiva de esas nuestras condiciones y a ella hubimos de ser sometidas al establecerse, libre y soberana, la República de Cuba.

Entre los distintos ramos de la administración pública que de manera más especial hicieron fijar la atención de todos sobre nosotros, fue sin duda alguna, el relativo a los asuntos sanitarios, no solamente por la vital importancia que tienen siempre estas cuestiones, sino por la estela gloriosa que en su gestión sanitaria, había dejado el Gobierno de la Intervención Americana a su paso por Cuba y por el éxito resonante que obtuvo en la campaña contra la fiebre amarilla y otras infecciones.

¿Serán, se preguntaban los extraños, los cubanos capaces, no ya de mejorar, sino aún de sostener, las grandes conquistas higiénicas alcanzadas por el Gobierno de la Intervención Americana en Cuba? ¿La naciente República sabrá mantener la Isla en las debidas condiciones higiénicas?

La Intervención Americana, al hacer entrega del gobierno a los cubanos, hizo incluir, como apéndice constitucional, la llamada Enmienda Platt, que en su artículo 50, establece “que el Gobierno de Cuba ejecutaría y ampliaría hasta donde fuese necesaria, los planes ya proyectados y otros que mutuamente se convinieran, para el saneamiento de las poblaciones de la Isla , con el fin de evitar la recurrencia de enfermedades epidémicas e infecciosas protegiendo así al pueblo y al comercio de Cuba, lo mismo que al comercio y al pueblo de los puertos del sur de los Estados Unidos” . Es decir, que los cubanos, al nacer a la vida independiente, teníamos en el orden sanitario, dos compromisos que cumplir, a cual mayor; el uno, de carácter moral; el otro, como una obligación internacional. Era, pues, cuestión de honor para todos los que se interesaban por el porvenir de la patria, el que Cuba mantuviese el estado sanitario de que ya disfrutaba y que saliese triunfante en sus empeños por defender la nación de los peligros de orden higiénico que pudieran amenazarla.

Por fortuna, el Gobierno de la República hubo desde los primeros instantes, de penetrarse bien de esos deberes y prestar atención preferente a la eficaz organización del Departamento de Sanidad. El primer acierto de nuestro Gobierno en ese sentido, fue el de inspirarse en un criterio absolutamente patriótico y científico, al escoger los hombres que debían de ponerse al frente de ese Departamento, ya que de la bondad y de las personales condiciones de éstos, dependería, seguramente, el resultado futuro de los trabajos de ese trascendental ramo del gobierno.

El Dr. Diego Tamayo, Secretario de Gobernación en esa época, designó a los Dres. Carlos J. Finlay y Enrique B. Barnet, para ocupar los dos cargos más prominentes en la organización sanitaria. El Dr. Juan Guiteras, ocupó la presidencia de la Comisión de Enfermedades Infecciosas. El éxito obtenido por estos cubanos insignes en sus gestiones; el auge y la preponderancia que supieron darle a los asuntos encomendados a su tacto, pericia y sapiencia; la organización perfecta y la marcha seria y progresista que hubieron de imprimir a los servicios de que eran Jefes y los días de gloria y satisfacción que alcanzó la patria por los triunfos obtenidos, vinieron no tan solo a colmar de hondas y legítimas satisfacciones a todos los cubanos, sino también a demostrar la feliz elección que de ellos había hecho el Gobierno de Cuba.

Es preciso, por ser justo y por constituir esa nuestra cualidad un timbre de orgullo para esta tierra tan amada, el que una vez más hagamos constar y reconozcamos con el corazón henchido de íntimas satisfacciones, que en asuntos sanitarios, los cubanos, en los momentos todos de nuestra vida nacional, hemos demostrado capacidad, empeño y propósitos, no tan solo para mantener las conquistas higiénicas realizadas por nuestros nobles aliados los americanos, sino también por mejorar y ampliar esos servicios, hasta perfeccionarlos y dotarlos de manera conveniente; para que puedan realizarse con eficacia y diligencia.

El primer Gobierno de la Intervención Americana , se había dedicado especialmente a la extirpación de la fiebre amarilla en Cuba. Solamente en la ciudad de La Habana , existía una organización sanitaria terrestre completa. En las demás poblaciones de la Isla , los trabajos sanitarios se habían limitado a los de cuarentena y a los de saneamiento de calles, plazas, y parques. Los americanos establecieron los servicios públicos de recogida y apropiada disposición de las basuras, de composición, limpieza y riego de calles. Estos servicios de carácter general, no habían sido establecidos más que en las principales ciudades. En abril de 1902, es decir, un mes antes de la constitución de la República y del traspaso del Gobierno a los cubanos, la Intervención Americana promulgó la Orden Núm. 159, por la que se establecía una organización sanitaria nacional, creándose, al efecto, la Junta Superior de Sanidad y sus delegadas las Juntas Locales en cada Término Municipal. Al Gobierno de la República correspondió el implantar y poner en vigor esa Orden, por la que se creaban con carácter de municipales, los servicios sanitarios en las poblaciones del interior y los que no pudieron establecerse en la gran mayoría de los casos, por falta de consignaciones apropiadas, ya que de acuerdo con los preceptos de este Decreto, eran los Ayuntamientos los que tenían que abonar los gastos que se originasen por el funcionamiento de estos servicios. Triste, pero necesario es confesarlo, que el mayor número de las Corporaciones Municipales no dieron importancia alguna a estas obligaciones, dejando casi por completo indotadas a las Juntas Locales de Sanidad.

Fig. 16. Dr. Enrique B. Barnet y Roque de Escobar, eminente salubrista cubano, en sus últimos años.

Finlay y Barnet primero, los miembros de las Junta Superior de Sanidad, más tarde, tuvieron pues que acometer la ardua empresa de organizar, de conformidad con lo establecido en la mencionada Orden 159, las Juntas Locales de Sanidad de la Isla. Y en esa ímproba labor, Barnet hubo de tomar, como Jefe Ejecutivo del Departamento y Secretario de la Junta Superior de Sanidad, una parte muy principal. Trabajaba día y noche, consagrándose por entero al desempeño de los deberes de su importante cargo. Fue dentro de la organización sanitaria, la abeja laboriosa que aportaba la rica miel de su ciencia y de su constancia. Atendía al diario despacho de los numerosos asuntos propios de su cargo y por propia iniciativa, afanoso de progresar en el camino emprendido, acometía nuevas empresas, creaba servicios, organizaba y reglamentaba los existentes.

En la oficina era de los primeros en llegar y de los últimos en retirarse. No se entregó a las muelles delicias de la burocracia, sino que convirtió su plaza en recio yunque de trabajo, donde diariamente forjaba proyectos y concienzudamente cumplía con los deberes que le estaban encomendados. Fue Vocal y Secretario de la Junta Superior de Sanidad, desde la creación de la misma, distinguiéndose notablemente en el desempeño de esos cargos por la competencia, prontitud y equidad con que despachaba todos los asuntos, por la correcta y elegante redacción de las actas de las secciones y demás documentos de la Junta, y por las mociones y proyectos presentados a la misma, para organizar unas veces y mejorar en otras los servicios que dependían de ese alto organismo sanitario.

Desempeñó importantes comisiones en Cuba y en el extranjero, que le fueron conferidas por acuerdos de la Juntas y en el cumplimiento de esos deberes, supo colocar a gran altura el nombre de Cuba y de nuestras instituciones sanitarias.

En 1906, al establecerse el Gobierno Provisional, el entonces Mayor y hoy Coronel J. R. Kean, Supervisor del Departamento, supo advertir y aprovechar en beneficio de la administración pública, las excepcionales condiciones de Barnet, al que confirmó primero en sus puestos y ascendió más tarde, confiándole la Jefatura de Despacho de la Dirección de Sanidad y la Secretaría de la Junta Nacional de Sanidad. Barnet fue un colaborador valioso de Kean en la nacionalización de los servicios sanitarios y en la preparación e implantación del Decreto número 894, de 1907, por el que se crearon las Jefaturas de Sanidad y se les dio vida legal y económica. Además, fue uno de los Asesores de la Comisión Consultiva en la redacción de los artículos de la Ley del Poder Ejecutivo, relacionados con la Secretaría de Sanidad y Beneficencia. El Gobierno Provisional lo designó, con carácter interino y por el tiempo en que se traspase el Gobierno a la República, Director de Sanidad y Presidente de la Junta Nacional de Sanidad y Beneficencia, premiando así sus constantes y fructíferos trabajos, su inteligencia y dedicación al cumplimiento del deber.

Al constituirse de nuevo la República en 1909, Barnet, por las exigencias de una política partidista, mezquina y demoledora, fue despojado de los cargos que con tanta devoción y estima desempeñaba en Sanidad. Se echó a rodar por tierra, con injusticia notoria, toda una vida administrativa, laboriosa, honorable y digna. Fue relegado a un puesto secundario, dentro de la Secretaria de Sanidad y Beneficencia, esto es, en el propio Departamento que él había contribuido a crear y que había regado con el sudor de su frente y con la savia de su talento. Lo nombraron Inspector Especial. Más adelante, fue designado para el cargo de Jefe de la Sección de Biblioteca y Prensa y Jefe de Redacción del Boletín Oficial de la Secretaría de Sanidad y Beneficencia. Ese rudo golpe, dado en pleno pecho, hubiese hecho desmayar a otro que no tuviera ni la entereza de carácter ni las serenas energías de Barnet. Ante la dura prueba del destino, no sintió decaer su amor por el trabajo, ni entibiar su fervor por el bien de los asuntos sanitarios. Emprendió resignado y tranquilo, el desempeño de las tareas relativamente secundarias que se le confiaban. Se dedicó con preferencia a la redacción del Boletín Oficial, que bajo su sabia y acertada Jefatura, ha llegado a ser una de las publicaciones más notables de Cuba, alcanzando gran demanda en el extranjero, por su bella presentación, por el valor de los trabajos científicos que publica y por lo interesante de sus notas estadísticas y oficiales. Desde la celda oscura y modesta a la que Barnet había sido relegado, desde allí, paciente, conforme y noble, seguía laborando con cariño y patriotismo elevado, por el engrandecimiento de las distintas ramas sanitarias. Desempeñaba a la perfección las distintas misiones que se le confiaban; redactaba reglamentos, proyectos de mensajes, informes y dictámenes y cuantos trabajos eran encomendados a su larga experiencia sanitaria, a sus habilidades literarias y a su inteligencia superior. Y en ese su nuevo cargo, encontró campo para demostrar lo sólido y lo vario de su cultura; para satisfacer ansias de su espíritu y probar lo completo y excelente de su preparación científica, literaria y artística.

Barnet sentía una decidida vocación por los estudios literarios. Era un estilista refinado, que manejaba con maestría, soltura y elegancia, el idioma castellano. Sus escritos, tanto los puramente literarios como científicos y de correspondencia particular y oficial, se distinguían a simple vista, por la delicadeza de su presentación, y por su estilo castizo y sobrio, de una impecable corrección.

La apacible serenidad de su carácter, se reflejaba en sus escritos y en sus producciones literarias todas. Hablaba pausado, con la reposada calma de los temperamentos absolutamente equilibrados. Su oratoria era didáctica, convincente, cual la del maestro que al entendimiento se dirige y no la del orador fogoso, de verbo ardiente, que al corazón y al sentimiento habla.

Barnet leía magistralmente. Sabía dar a su voz la entonación apropiada y oportuna, leyendo con claridad y elegancia. Era un verdadero conferencista. Su palabra atraía, educaba, instruía. Sabia hacerse oír, por la profundidad de sus conceptos y la facilidad y belleza de la exposición. Sus disertaciones en el Hospital Número Uno; sus conferencias en la Normal de Maestros; sus discursos e informes ante esta Academia, la Sociedad de Estudios Clínicos, las Juntas Superior y Nacional de Sanidad y la Asociación Médico- Farmacéutica de la Isla de Cuba, son piezas oratorias y literarias de gran valor, en las que se advierten las grandes condiciones intelectuales de Barnet y su dominio absoluto del idioma y de la ciencia.

El periodismo le atraía con fuerza irresistible. Fundó en 1900 y dirigió hasta 1905, la “Revista de la Asociación Médico- Farmacéutica”, publicación que alcanzó gran crédito y que obtuvo éxitos por demás lisonjeros. Ese periódico, por su naturaleza y fines, era campo apropiado para lucir sus varias y eficientes cualidades y fue, por decirlo así, el escenario de sus primeros triunfos literarios y donde comenzó a dar muestras de sus provechosas y prácticas iniciativas.

En los artículos doctrinales, aparecía el profesional amante de su clase, defensor de sus derechos, paladín generoso y esforzado de las buenas causas; en los escritos de carácter científico, hacía gala de su cultura y erudición notables y de sus dotes como observador profundo, demostrando su ilustración y conocimientos médicos excepcionales. Creó una sección especial titulada “De todas partes, notas y recortes”, en la que exponía y trataba con amenidad y con gran ingenio, las más diversas cuestiones relacionadas con el ejercicio de las profesiones médica y farmacéutica. En esa interesante sección, contestaba las quejas, reclamaciones y demandas de los interesados sobre intrusismo profesional; resolvía las consultas que se le dirigían sobre arduas y múltiples cuestiones en relación con el ejercicio de esas carreras; daba cuenta de los progresos y adelantos científicos de las mismas, intercalando, entre las notas graves y serias otras regocijadas y simpáticas, en las que refería las más intencionadas y rientes anécdotas médicas.

En la redacción de esa “Revista”, al igual que en el “Boletín de Sanidad y Beneficencia”, rendía Barnet una intensa y continuada labor intelectual y prestó servicios de inestimable valor, a las clases médicas y a la sociedad en general. Acaso, esos sus meritorios trabajos periodísticos, hayan pasado inadvertido para muchos, al igual que acontece, casi siempre, en las tareas de esa índole. El esfuerzo, la iniciativa individual, realizada y expuesta en artículos sin firma, se pierden, ante los ojos del “gran público”, en la parte que se refiere a la paternidad de la idea y a la cantidad del trabajo ejecutado por el periodista, en su diaria e ímproba labor.

De ahí, el altruismo que preside los actos de estos grandes colaboradores de la humanidad, que pasan su vida entera dedicados a las tareas periodísticas, educando al público, formando opinión, lanzando los más luminosos conceptos, haciendo patria, forjando caracteres, poniendo su cerebro y su inteligencia toda, al servicio de nobles causas sin tener la dulce recompensa de la gratitud y del reconocimiento. Se da el caso frecuente, de que otros, más afortunados y felices, aprovechen sus ideas, se levanten sobre los pedestales que ellos, con su talento macizan; desenvuelven y realizan las ideas nacidas en lo hondo de sus cerebros o en lo íntimo de sus corazones, mientras el pobre escritor, agota su vida en tareas siempre mal recompensadas, cae desconocido y olvidado, cual héroe anónimo, en los grandes combates de la vida.

Barnet tenía una gracia especial para redactar cartas. Dominaba con gran maestría el estilo epistolar. Desde las amorosas y tiernas misivas que enviaba a su novia amantísima en su época de estudiante, y en las que advertía todo el ardor de su corazón juvenil y enamorado, hasta las cartas tristes que ya, en el ocaso de la vida y de la esperanza, dirigía a sus familiares y amigos, y en las que revelaba el hondo pesar que le ocasionaba su enfermedad y el derrumbe de sus ilusiones y de su existencia, en todos sus escritos bellamente redactados, llenos de poesía y de ternura, en estilo sencillo, hermoso, y límpido, en todos ellos, Barnet “ponía un pedazo de su alma” y hacía derroches de su talento y donaire.

Era un artista de la pluma. Enamorado de su producción literaria, la cuidaba y pulía para presentarla con esmero y pulcritud. Revisaba y corregía sus escritos y los seguía, con cariño de padre, a través de los linotipos y prensas. Uno de sus placeres mayores era el de corregir las pruebas de imprenta; en esas tareas sentía un verdadero gusto, y pocos le igualaban. Cuando tenía en la imprenta algún trabajo en prensa, personalmente escogía los tipos de letras más apropiados, dirigía la conformación, indicaba los márgenes, los adornos y demás detalles de presentación de la obra y vigilaba la impresión, siguiendo con deleite, el curso del trabajo hasta dejarlo terminado y listo. Era por lo tanto, un artista completo en estas cuestiones. Concebía en su cerebro privilegiado, la hermosa idea engendradora de la obra literaria. Con su pluma galana y florida, la llevaba a la blanca cuartilla. Y, más tarde, la convertía en un trabajo tipográfico, delicado y perfecto.

Su producción literaria es extraordinaria. Fue un trabajador afortunado, incansable y fecundo. El Dr. Jorge Le Roy, a cuya paciente labor de bibliógrafo y de investigador debemos los datos de ese orden que publicamos, anota, en la Bibliografía de Barnet, 81 trabajos, cada cual más valiosos. Entre esas producciones, se destacan por su originalidad y por su mérito científico y literario, “Las Conversaciones del Doctor”, que durante cerca de dos años publicó en “El Fígaro”, interesante y muy leída Revista habanera. En esas “Conversaciones”, Barnet hacía una utilísima obra de vulgarización científica y de propaganda sanitaria, sobre todo entre las madres de familia, a las que educaba con sus amenas crónicas, en los principios de la higiene moderna.

Cada semana, publicaba Barnet una de sus instructivas “Conversaciones”, que eran movidos diálogos “entre el médico y sus clientes”. Así, en forma agradable iba, con talento y amenidad dando a conocer al público las causas de las enfermedades trasmisibles, especialmente la tuberculosis y las que azotan y diezman la infancia; los recursos que deben emplearse para evitar esas enfermedades y la manera más apropiada para defendernos de ellas.

Dedicaba atención preferente a la higiene y demás cuidados que demandan los niños en la edad primera de la vida. Instruía a las madres acerca de la alimentación apropiada de los recién nacidos y explicaba, con detalles prolijos, en lenguaje conciso y claro, las atenciones higiénicas que deben prestarse a los niños para ponerlos al abrigo de las enfermedades que aniquilan y destruyen las nuevas cosechas de la graciosa flor humana.

En la primera de esas “Conversaciones”, publicada en “El Fígaro”, número correspondiente al 25 de enero de 1914, Barnet, a manera de introducción de esa su meritísima labor, exponía en intencionado diálogo sostenido con el Dr. Ramón A. Catalá, Director de ese periódico, el Programa que se proponía desarrollar en el curso de sus instructivas pláticas.

“En primer término, decía Barnet en esa su entrevista -prologo, trataré cuestiones de salud pública. No hay bienestar individual comparable a la salud, ni riqueza de un pueblo como la de su buen estado sanitario. Como ha dicho el Profesor Pinard, todo cuanto contribuye al perfeccionamiento del cuerpo aumenta la dignidad de todo ser”.

“De ahí el axioma de que sin salud, la vida no es vida. La salud es el factor esencial de la fertilidad, de la prosperidad y de la felicidad, y, por consiguiente, del progreso de la civilización”

Y ese tan extenso e interesante programa, desarrolló en su curso de las dos series de “Conversaciones” que publicó en “El Fígaro”, y que comprenden noventa y un trabajos de vulgarización higiénica. “yo no escribo sino para los ignorantes”, ese era el lema que ponía modestamente al frente de sus “Conversaciones”, como escudo para justificar el lenguaje natural y corriente que empleaba en esos artículos y la sencillez aparente de sus argumentos. Y así, redactadas en estilo familiar, amenizadas con ilustraciones y grabados alusivos al texto, valoradas por el saber y la experiencia de Barnet, sus “Conversaciones” adquirieron justa fama y realizaron una obra inmensa de cultura y de bien. La Secretaría de Sanidad y Beneficencia acordó reimprimir en hojas sueltas esos trabajos, para repartirlos profusamente entre las clases pobres, con objeto de hacer una activa y muy necesaria obra de educación higiénica popular.

Ya Barnet se había distinguido por sus excelentes trabajos de vulgarización científica, entre los que figuran, entre otros de positivo mérito, los siguientes:

La Peste Bubónica –Conferencia en el Hospital Número Uno. -1903.

Instrucciones populares para evitar el contagio de la Escarlatina.- 1903.

Instrucciones populares para evitar la propagación de la Fiebre Tifoidea.- 1904.

Instrucciones populares contra la Difteria.- 1904.

Nota sanitaria sobre el Sarampión.- 1905.

Higiene de la Primera Infancia. Instrucciones populares sobre la manera de criar los niños.

Este trabajo comprende los siguientes capítulos:

Tétanos de los recién nacidos.

Alimentación de los niños.

Consejos sobre Enteritis. 1905.

Instrucciones populares sobre Fiebre Amarilla. 1906.

Cólera- morbo- asiático.-Naturaleza y síntomas de la enfermedad.

Medios de impedir su propagación.

La rabia.-Medios de precaverla.

La fiebre de Malta.-La isla de Malta y las Cabras.

Nos hemos detenido en la enumeración de trabajos de divulgación científica publicados por Barnet, para que se advierta la copiosa y laudables labor realizada durante el curso de su vida útil, como escritor, como médico y como sanitario, en bien de la educación higiénica de nuestro pueblo.

Veterano en las ideas sanitarias, había adquirido la experiencia, que para salir airoso en esas luchas contra la infección, la enfermedad y la muerte, es preciso, como condición indispensable, el contar con el concurso consciente y decidido de los ciudadanos todos, lo que se obtiene por medio de la propaganda y de la educación. El valor, la necesidad, el provecho de las medidas higiénicas es tal, que basta solo con saberlas apreciar, para que se acepten y apliquen por propia iniciativa, sin necesidad de emplear medios coercitivos, los que deben reservarse para los ignorantes, los descuidados y los que proceden de mala fe, inspirados en fines perversos o interesados.

Fig. 17. Integrantes de la Junta Superior de Sanidad de La Habana (1903). De izquierda a derecha, los doctores José A. del Cueto Pazos, Hugo Roberts Fernández, Enrique B. Barnet Roque de Escobar (Secretario), Carlos J. Finlay Barrés (Presidente), Gonzalo Aróstegui del Castillo, Juan Guiteras Gener, José Varela Zequeira, Gustavo G. Duplessis Aizpúrua y Joaquín L. Jacobsen y Cantos.

En el seno de esta docta Corporación, Barnet se hizo notar, por su actuación personal entusiasta e inteligente y por la valía de los trabajos científicos ante la misma presentado.

Fue designado para pronunciar los elogios fúnebres de los académicos desaparecidos doctores Domingo Fernández Cubas, Joaquín Albarrán y Domínguez y Vicente Benito Valdés. Llevó a cabo estas tristes encomiendas, con su maestría y pericia acostumbradas. Esos sus discursos necrológicos, llenos de conmovedores conceptos, le valieron plácemes muy merecidos y justificadas alabanzas. Supo hacer destacar con su pluma privilegiada la figura simpática de Cubas; la venerable de Valdés; el benedictino de la medicina- y la interesante de Albarrán, por el que sentía un afecto fraternal, nacido desde los días amargos de la emigración.

Dio lectura en esta Academia a numerosos dictámenes, disertaciones e informes, entre los que se destacan los siguientes:

Algunas Instituciones Sanitarias de Berlín.

La Fiebre de Malta en Cuba.

Reparos a las Ordenanzas Sanitarias.

Informe sobre Memorias presentadas en opción al Premio de la Academia en colaboración con los Dres. Arístides Agramonte y Alfonso Betancourt.

Esta Academia le confió por tres ocasiones, el honor merecido, de pronunciar los discursos en las sesiones solemnes verificadas los días 15 de mayo de 1902; 19 de mayo de 1909 y 28 de mayo de 1913. En su primer disertación desarrolló de manera magistral, el amplio e interesante tema”Concepto actual de la Medicina ”. El segundo de los trabajos a que dio lectura en sesión solemne, fue sobre “ La Sociedad Universal de la Cruz Blanca en Ginebra”, “Cuestiones de Higiene Alimenticia”. Su tercer discurso versó acerca del “Estado Sanitario de Cuba”.

En la sesión en que dio a conocer este último trabajo, presidió el acto el Honorable Presidente de la República y concurrieron las más altas autoridades de Cuba, por cuya feliz coincidencia, pudieron advertir en el curso del excelente y bien documentado trabajo de Barnet, la necesidad de llevar a la práctica las medidas sanitarias por él recomendadas en favor de la infancia.

En ese discurso, Barnet, con argumentos sólidos, en conceptos elevados y brillantes, dio a conocer en toda su magnitud, el problema pavoroso de la mortalidad infantil entre nosotros, haciendo resaltar, con la elocuencia efectiva de los números, toda la importancia de ese vital asunto, y la necesidad urgente, de aplicarle sabios y oportunos remedios.

“La mortalidad infantil, decía Barnet en ese su trabajo, es una cuestión más trascendental, de lo que parece vista superficialmente”. Y para probar su aserto, continuaba exponiendo con su palabra autorizada lo siguiente:

“Durante el año último, han muerto solo en el Municipio de La Habana, 1216 niños de 0 a 1 año y 460 de 1 a 9 años, en total 1676 niños por diversas enfermedades, de las cuales 682 por Enteritis, en menores de dos años, esto es, por alimentación inadecuada. Multiplicad por diez aquella cifra de 1676 niños desaparecidos en un año, y tendréis 16.760 niños muertos en un decenio, lo que equivale a la desaparición completa de una ciudad importante de la República, solo por ese concepto.

“Y si volvemos la vista a la República, encontraremos que en 1912, de las edades citadas, han desaparecido 13.230 niños. Practicad la misma operación anterior de aritmética y resultará que en diez años el número de niños muertos alcanza a la espantosa cifra de 132. 300, es decir, tres de nuestras ciudades más populosas, o séase media Habana.

“Y tened entendido que hay un axioma sanitario, familiar a los que nos ocupamos de estas materias, que establece que la baja cifra de mortalidad de un pueblo no es un dato cierto para juzgar de la excelencia de su administración sanitaria, sino que el detalle preciso, el de verdadera significación, hay que aquilatarlo con el número de muertes en niños menores de cinco años.

“Nuestros Gobiernos se han preocupado hasta ahora constantemente de un ramo llamado a dar los frutos que hoy cosechamos. Han atendido preferentemente los asuntos de sanidad y los asuntos de beneficencia. Han cuidado con esmero especial el servicio de los hospitales, asilo de sus hijos enfermos, obedeciendo con ello a sentimientos justos y humanitarios, salvando de la muerte a miles de ciudadanos que vuelven al seno social a prestar útiles servicios a la patria en diversas esferas y cumpliendo al mismo tiempo con las más primordiales de sus obligaciones, cual es la conservación y la fortificación de su pueblo, la base más sólida y positiva de su prosperidad y grandeza de la República.

“Ante cifras tan abrumadoras como las que acabo de presentaros, no dudo, que habréis de dirigir el pensamiento y el corazón hacia nuestros niños enfermos, pobres, miserables, que le ofrecen tan elevado contingente a la muerte, alojados en habitaciones infectas, con padres sin recursos para asistirlos en sus dolencias, por más que los municipios les proporcionen médicos y medicamentos.

“Pensad en el espantoso cuadro de esos niños desamparados, próximos a las puertas de la muerte, sin padres que los alimenten, con madres desvalidas y que no pueden prestar la asistencia indispensable, y comprenderéis la necesidad que surge, por sí misma, imperiosamente, entre otras cosas, para remediar en algo miseria tanta, desde el doble aspecto sanitario y benéfico, cual es la fundación, por el momento en La Habana, de un hospital para niños. Un Hospital para niños, que acoja a tanta esperanza en flor, porvenir de la patria, que muere abandonada, y que haga descender a cifra insignificante la mortalidad infantil, evitando que se colmen de cadáveres de niños las fosas de nuestro cementerio.

“Cada niño que se extingue representa para la sociedad en que ha nacido un capital efectivo en dinero que se pierde y que, según las condiciones peculiares de cada país, es menor o mayor su cuantía. Arrebatando vidas a la muerte se contribuye, pues, indudablemente a la riqueza del erario público.

“He ahí el motivo de la gran importancia que a la Higiene pública conceden los gobiernos de las naciones más civilizadas. La atención que a los problemas de Sanidad se dedique, señala en cada país la altura a que a llegado en la escala del progreso e indica la extensión que ha alcanzado en sus relaciones internacionales. Levantemos, pues, ese hospital. Lo reclaman a gritos nuestros pobres niños enfermos y las madres desamparadas. Todo es ahora regocijo y esperanza en nuestra patria. Estos son los días de la tabla para el náufrago, de la gota de agua para el que ha sed, del pedazo de pan para el hambriento, de la sonrisa de cariño para el huérfano, de la voz de piedad para el desamparado, del libro que ilumina para el que está a oscuras, del amor que perdona para el criminal, del consuelo que alivia para el que llora, del socorro a la madre desolada, y que se resume todo en la hermosa palabra de Jesús, fuente inagotable del mundo moral: ¡Caridad! Y ligadas están la Beneficencia y la Sanidad, porque ésta no es solamente una especulación del espíritu llevada a la practica, sino que es también una rama de la Caridad ”.

De ex profeso y aun a riesgo de hacer demasiado extenso nuestro trabajo, hemos trascrito los párrafos más salientes de la disertación de Barnet, no solo por la brillantez de sus conceptos, la hermosura de sus frases, y lo sólido de sus argumentos, sino además, por marcar bien el éxito favorable que obtuvo con sus atinadas indicaciones relativas a la necesidad de proteger a la infancia.

Las juiciosas y sabias palabras de Barnet, contenidas en ese su oportuno discurso impresionaron vivamente al Honorable Presidente de la República , al Sr. Secretario de Sanidad y Beneficencia y a cuantos hubieron de escucharlas, proponiéndose todos, inspirados en los más patrióticos y humanitarios sentimientos, emprender los trabajos adecuados para reducir, en cuanto fuera posible, las causas de mortalidad infantil en Cuba.

El Mayor General Mario G. Menocal, Presidente de la República , que acababa de tomar posesión de ese elevado cargo, acogió los consejos de Barnet y con el concurso entusiasta, inteligente y enérgico del Dr. Enrique Núñez, Secretario de Sanidad y Beneficencia, y al calor de sus iniciativas personales, se acometió la magna empresa de organizar el Servicio de Protección a la Infancia.

Personas altruistas y generosas, secundaron los planes del Gobierno a ese respecto. La iniciativa particular se asoció a la oficial y en hermoso consorcio de buenas voluntades, se iniciaron y llevaron a cabo, los más útiles empeños en bien de la profilaxis de las enfermedades de la infancia.

Dos esclarecidos médicos cubanos, los doctores Eusebio Hernández y Domingo F. Ramos, que desde hacia larga fecha habían levantado la bandera de la Homicultura y realizado importantes gestiones en ese sentido, colaboraron con desinterés notorio en los trabajos emprendidos y con el concurso de otros elementos también de gran valía, se establecieron Creches, Asilos y Colonias para niños pre- tuberculosos y se creó el Servicio de Higiene Infantil y se logró un gran movimiento social en obsequio de la niñez desvalida.

En los Congresos Médicos Nacionales y Extranjeros; en las Conferencias de Beneficencia y Corrección; en distintos Certámenes Científicos celebrados en Cuba, Barnet ocupó siempre un sitio de honor y de preferencia, por la bondad de los trabajos que presentaba, por la luz y los conocimientos que aportaba en el curso de las discusiones de otros trabajos, y por el entusiasmo con que cooperaba a esas obras de mejoramiento y de cultura.

Fue Secretario deFue Secretario de la Sección de Higiene y Demografía del Tercer Congreso Médico Pan Americano, celebrado en La Habana en 1901 y a su laboriosidad y especial preparación en las labores literarias, se debió, en gran parte, como así lo reconoció en un documento lleno de generosidad y justicia el Dr. Tomás Vicente Coronado, Secretario General de ese Congreso, la publicación de las Actas de las sesiones celebradas y de las Memorias presentadas en esa junta del saber. Para comprender el esfuerzo realizado por Barnet en la preparación de esa obra, baste saber, que tuvo que dirigir la publicación de tres gruesos volúmenes que contenían los trabajos leídos en el Congreso, y hacer la corrección de pruebas tanto en inglés como en castellano.

Ocupó lugar prominente en el Primer Congreso Médico Nacional, ante el cual leyó un trabajo sobre Sarampión, haciendo resaltar la relativa gravedad de esa infección y el curso de la última epidemia de la misma, en los niños de la Casa de Beneficencia y Maternidad. Era su objeto, el llamar la atención de las familias, acerca de la necesidad de poner en práctica las medidas profilácticas para evitar el contagio de esa enfermedad, que no siempre evoluciona con la benignidad que el público supone.

En el Congreso de la Sociedad Americana de Salubridad Pública, efectuado en La Habana en 1911, presentó un curioso trabajo sobre las “Enfermedades tropicales en Cuba”, proclamando la benignidad de nuestro clima, la excelencia de nuestro estado sanitario y el hecho, de que a pesar de ser Cuba un país situado en la zona inter- tropical, no existen aquí ciertas enfermedades mortíferas que habitualmente reinan en los países cálidos.

En el Tercer Congreso Médico Nacional, efectuado en La Habana , en 1914, tuve el honor de concurrir con un trabajo que reunidos preparamos, en opción a uno de los premios instituidos por la Secretaría de Sanidad y Beneficencia. Más que un colaborador, Barnet fue el maestro que dirigió el trabajo, que preparó los planes y con experiencia y sabiduría, aportó los elementos para la victoria que obtuvimos. Debo esta declaración honrada y me complazco en hacerla pública, en honor a la verdad y para satisfacción de mi conciencia.

Como literato y periodista, tomó parte activa en los Congresos de la Prensa Médica de Cuba, presentando, en el primer certamen efectuado en 1912 un bien escrito trabajo sobre las Dificultades con que lucha la Prensa Médica en este país.

Barnet, por las condiciones especiales que en él concurrían, por su alto relieve científico, fue designado por el Gobierno de Cuba para representar a esta República, en distintos Congresos Científicos y en Exposiciones celebrados en el extranjero. Y, al igual que los ilustres cubanos que compartieron con él esas representaciones, contribuyó a enaltecer el nombre de Cuba en las grandes capitales del mundo. En esos Congresos, Barnet no era una figura decorativa, sino que se distinguía y honraba a Cuba por sus trabajos y se esforzaba por obtener para la patria, los mayores honores y consideraciones.

En la Exposición de San Luis, en 1904, contribuyó con su gestión personal al éxito resonante alcanzado con nuestras exhibiciones sanitarias en ese gran certamen. Además, fue miembro del Congreso Internacional de la Tuberculosis , celebrado en esa progresista ciudad americana. Dio lectura, en la Segunda Conferencia Sanitaria Internacional, efectuada en Washington en 1905, al Proyecto de Ordenanzas Sanitarias de Cuba. Y en julio de 1907 concurrió, en unión de los Doctores Arístides Agramonte y Gabriel Landa, como Delegado de Cuba, al Congreso Internacional de Higiene y Demografía celebrado en Berlín. Con los conocimientos y los datos adquiridos en ese viaje, publicó en colaboración con el Dr. Landa, un valioso libro, que contiene el extracto de los más importantes trabajos presentados en ese Congreso.

Figura Barnet en el grupo de cubanos esforzados, que organizaron y dirigieron las Conferencias Nacionales de Beneficencia y Corrección, y que llevaron a cabo con tenacidad y energía loables, una obra apostólica de enseñanza y de piedad a través de toda la República. Formó parte del Comité Ejecutivo de esas Conferencias y presentó ante las mismas distintos trabajos relativos a “ La Tuberculosis y la Sanidad ”; “El Hospital Las Animas, su importancia sanitaria, beneficios que reporta”, “El niño y la Beneficencia ” y “Una Cuestión de Beneficencia y de Higiene”, leído este último, en la Sexta Conferencia celebrada en Cienfuegos en 1907.

Barnet fue designado para dirigir la Exhibición Sanitaria, Pabellón de Cuba, en la Exposición Internacional celebrada en San Francisco, Estados Unidos de América, en 1915, habiendo desempeñado esa comisión con gran lucimiento y alcanzado Grandes Premios para la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, por la calidad de los ejemplares presentados.

Las “Conversaciones del Doctor”, obra personal de Barnet y el “Boletín Oficial de la Secretaría ”, que inspirada y prácticamente dirigía, alcanzaron Medalla de Oro en esa Exposición.

Barnet, que era un hombre delicado, que hacía la vida del espíritu, amaba la gloria, le satisfacían estas públicas recompensas que colmaban sus nobles aspiraciones y sus románticos amores por la gloria.

Entre las notables condiciones de Barnet, figuraba la facilidad que tenía para la redacción de leyes y reglamentos. Sabía concebir y considerar en conjunto las ideas, darles todo el vuelo y amplitud necesaria y más tarde, desarrollarlas con precisión y exactitud, en el articulado de un reglamento.

En estos áridos y difíciles trabajos, que demandan un dominio perfecto de la materia a reglamentar, Barnet ponía a prueba su asiduidad en el trabajo, y la amplitud de sus vastos conocimientos. Llegó a especializarse y distinguirse tanto en esa clase de tareas, las realizaba con tanto amor y competencia, que en las Sociedades y Corporaciones de que formaba parte, se le solicitaba con afán, para encomendarle la redacción de los reglamentos de las mismas.

En el año de 1900, publicó en El Progreso Médico, su primer trabajo sobre la materia: “Un Proyecto de Reglamento para el ejercicio de las Profesiones de Médico- Cirujano; Cirujano Dentista y Comadrona”.

Al ser nombrado en el mismo año Secretario de la Asociación Médico- Farmacéutica de Cuba, preparó, en unión de los doctores Miguel Fernández Garrido y José P. Alacán, un proyecto de Constitución y de Reglamento de esa Sociedad, que fueron aprobados.

En el año 1903, desempeñando el cargo de Vocal, Vice presidente de la Junta de Patronos del Hospital Número Uno, redactó, asociado al Dr. Alfredo Martínez, el Reglamento para el régimen interior de ese establecimiento.

La Junta Superior de Sanidad tomó el acuerdo, en marzo de 1903, de designarlo Ponente, en unión de los Doctores Juan Guiteras, Juan Santos Fernández y José A. del Cueto, para la formación del Reglamento de ese organismo. Sometió a la consideración de esa Junta y fueron por unanimidad aprobada, los Reglamentos para el Régimen interior de la Comisión del Muermo y la Tuberculosis en el ganado y para el Establo de Observación Sanitaria.

En el seno de la Junta , en su calidad de Vocal Secretario de la misma, hubo de presentar y fueron aceptados, distintos Reglamentos para el Orden Interior de las Oficinas; del Laboratorio Nacional y Sanatorio de Tuberculosos, así como de otras dependencias del Departamento de Sanidad.

Por acuerdo de la Directiva de la Asociación de la Prensa , en la que figuró como Vocal desde su fundación, redactó un Proyecto de Reglamento para el “fondo de socorro”, que fue aceptado con laudatorio acuerdo, por su iniciativa a ese respecto.

La obra maestra de Barnet, la que puede considerarse como el monumento de su gloria, en la que demostró su pericia, inteligencia y preparación sanitaria y su cultura sólida y amplia, fue, sin duda alguna, las Ordenanzas Sanitarias, que debemos, en gran parte, a su competencia y dedicación a ese trabajo tan meritorio y útil.

Durante algunos años, Barnet con constancia ejemplar, con ahínco y decisión de convencido, dedicó a ese trabajo los frutos de su talento y la firme resolución de su espíritu. Revisó las legislaciones sanitarias extranjeras; consultó; oyó opiniones; busco en Bibliotecas y en Archivos cuanto pudiera ilustrar la materia; interesó y estudió con provecho, reglamentos análogos y como resultado de ese estudio y paciente investigación, presentó a la Junta Superior de Sanidad, un Proyecto de Ordenanzas Sanitarias, tan completo y tan acabado, que le valió un honroso acuerdo de la Junta y las más sinceras felicitaciones de todos los que habían podido advertir la cantidad y calidad del trabajo realizado por Barnet en la preparación de esa obra trascendental.

La Junta conoció de ese Proyecto de Ordenanzas. Lo aprobó en conjunto. Después, en detalles, al discutirse artículo por artículo, fueron ilustrando las materias hombres tan eminentes como Finlay, Guiteras, Santos Fernández, San Martín, Enrique Núñez, Varela Zequeira, José A. del Cueto, Aróstegui, Jacobsen y demás miembros de ese alto organismo sanitario. Cada uno de estos compañeros, aportaba a la materia que se estudiaba y discutía, sus conocimientos, saber y prácticas, y con el concurso de todos, las Ordenanzas Sanitarias resultaron un trabajo por demás perfecto y bien adaptado a nuestro medio y necesidades.

Otro de los trabajos de Barnet que merece especial mención por su valor científico, es la parte principal que tomó en la redacción y dirección del “Manual de Práctica Sanitaria”, cuya obra fue redactada por los principales médicos sanitarios cubanos. Ese “Manual”, es un libro de consulta y de guía, para los que se dedican a cuestiones higiénicas.

Barnet era un hombre de noble apostura, de figura agradable y distinguida. Sus modales suaves y correctos, su trato afable y cortés, y sus procederes caballerosos y dignos, le valieron grandes simpatías y afectos.

Su carácter era firme y sostenido. Sabía sostener sus opiniones y actuar con energía tranquila, sin violencias ni arrebatos. Era discreto en el hablar y de un trato por demás sugestivo y afectuoso.

Se esforzaba por complacer y resultar grato a sus compañeros y amigos. Era un camarada encantador, que se daba a querer, por la bondad de su corazón.

Tales han sido, a grandes rasgos expuestos, los principales trabajos de Barnet y las manifestaciones más salientes de su vida como médico, literato y sanitario. Puede decirse, que cumplió como bueno y que rindió brillantes jornadas a su paso por la vida.

En el Departamento de Sanidad, tanto en los puestos elevados de Jefe Ejecutivo del mismo y Secretario de la Junta Superior de Sanidad que desempeñó de 1902 a 1908; de Jefe de Despacho y Director de Sanidad y Secretario de la Junta Nacional de Sanidad en breve período de 1908 y de; de Jefe de Despacho y Director de Sanidad y Secretario de la Junta Nacional de Sanidad en breve período de 1908 y de Jefe de la Sección de Biblioteca y Prensa y Jefe de Redacción del Boletín Oficial de la Secretaría hasta el 23 de septiembre de 1916; en todo ese tiempo y en los distintos cargos que le fueron confiados, Barnet cumplió sus deberes con probidad, honradez, rectitud y austeridad y dio pruebas de su eficiencia notable y su maravillosa competencia.

En el desempeño de la plaza para la que había sido últimamente nombrado, le quedaban libres algunas horas del día, y Barnet, que no sabía permanecer ocioso y que sentía la necesidad de utilizar las grandes energía de su espíritu y las actividades de su carácter, aplicó el tiempo que tenía disponible fuera de las atenciones oficiales, para dedicarse otra vez al ejercicio profesional, emprendiendo de nuevo la vida del médico clínico.

Durante todo el tiempo que desempeñó la Jefatura Ejecutiva y de Despacho de Sanidad, había permanecido alejado de la práctica diaria de la profesión, en la parte que se refiere a la asistencia de los enfermos. No por ello olvidó sus conocimientos médicos, ni abandonó el estudio, sino que por las noches, en horas quitadas al sueño, consultaba textos, leía revistas médicas, para estar al corriente del progreso incesante de las ciencias médicas y nutrir su espíritu con las conquistas y adelantos de las mismas.

En sus frecuentes viajes al extranjero, atraído por sus arraigadas aficiones a los estudios médicos, visitaba los hospitales y clínicas más afamadas, recibiendo enseñanzas objetivas y adquiriendo importantes conocimientos.

Y gracias a ese cultivo constante de su inteligencia y sus desvelos por el estudio, pudo, al comenzar otra vez su vida de médico, actuar de manera eficaz y con los conocimientos y competencia necesaria. Obtuvo y desempeñó con acierto, una plaza de Médico de Visita del Departamento de Tuberculosos en la Casa de Salud “ La Benéfica ”. Al poco tiempo, debido a sus merecimientos, fue ascendido a la Dirección de ese importante hospital particular. Y allí, en el cumplimiento de sus deberes profesionales, contrajo la terrible enfermedad que lo llevó a la tumba. Se infectó de Tuberculosis y su organismo robusto y sano, fue minado por el bacilo de Koch, que derrumbó por siempre aquella existencia tan útil para la patria.

En julio de 1916, ya enfermo, partió, en busca de salud y de reposo, para la ciudad de Los Ángeles, en California.

Era Barnet un apasionado por los viajes. Esas sus aficiones por la vida intensa, errante y movida del viajero, contrastaban, en verdad, con la aparente quietud y sosiego de su carácter. Quien conocía y trataba a Barnet, no podía, de seguro, advertir, que tras esa su calma y reposo, latiese el alma de un “incansable peregrino, ansioso, como dijo el poeta, de cruzar pueblos extraños”.

¿Esa su afición por los viajes, nació en su alma por haber tenido en los días de su adolescencia, que abandonar hogar y patria y verse obligado a residir durante toda la época primera de su vida en suelo extraño?

¿Se sentía atraído a otras tierras y a otros cielos por su espíritu delicado de artista o por sus ansias de investigación y afanes por abrirse nuevos horizontes?

“A medida que la humanidad afina, dice Gómez Carrillo, se aumenta el placer de admirar nuevos y raros paisajes, lo que nos obliga a viajar”. Barnet no era de seguro el viajero filosófico, irónicamente descrito por Bourget, que pretende, en la rapidez de una travesía o en fugaz estancia en una población, “ver el alma extranjera”, descubrir caracteres, estudiar y descifrar la complicada psicología de los pueblos. No. El era el viajero artista que se encantaba ante los paisajes y cuyo ánimo se extasiaba en la contemplación de las grandes maravillas de la naturaleza.

Recorrió en ocasiones distintas, las grandes capitales. Vivió durante largo tiempo, en París, New York y Barcelona. Conocía en todos sus detalles, los encantos y atractivos de la ciudad luz, la radiante, la sugestiva y soñada capital de Francia; la grandeza augusta de la metrópoli americana y los progresos de la laboriosa ciudad catalana.

Y, sin embargo, la población que más le seducía, la que mayor y más grande impresión había causado en su alma, aquella en la que ansiaba residir en los últimos momentos de su vida, era la de Los Angeles en California, cuyos paisajes sorprendentes y belleza natural, se había grabado en su memoria con los indelebles caracteres del amor. Cada vez que con el alma abierta a las más caras ilusiones visitaba esa linda y coqueta población, podía decir, como el dulce poeta mexicano:

“¡Yo vengo a esta región encantadora,

Como la alondra que al espacio sube

En pos del primer rayo de la aurora,

Que nimba de oro la flotante nube!”

Y ya, en el ocaso de su vida, cuando sintió crujir los cimientos de su existencia, cuando apareció ante su vista el fantasma pavoroso de la enfermedad y quizás el de la muerte, dirigió sus miradas y sus esperanzas, a la preciosa ciudad californiana, como buscando en las guirnaldas de flores que coronan sus casas, ¡el poético sudario que envolviera sus mortales despojos!

Y allá dirigió sus pasos. En un período de aparente mejoría de su enfermedad traicionera y cruel partió de Cuba por vez postrera, para satisfacer las ansias eternas de su corazón: visitar “Los Angeles”, recrear por última ocasión, sus ojos, en la contemplación de esa florida ciudad, que le atraía con fuerza poderosa. Y Barnet, que como el poeta podía cantar,

“Yo que nací en un valle que Dios regaba”, diría a su amada población de Los Angeles como Juan de Dios Peza en otra ocasión:

“Ya con el alma enferma llegué a buscarte

para aliviar mi amarga melancolía,

y así, cual te soñaba, logré encontrarte,

con cármenes y vegas de Andalucía”.

En el recorrido del viaje de Los Angeles a La Habana , el día 23 de septiembre de 1916, falleció Barnet en la ciudad de New Orleáns, a la edad de 62 años y después de 41 de ejercicio profesional. Se extinguió por siempre, aquella noble existencia, tan provechosa y tan meritoria. Cesó de latir su corazón generoso, abierto al bien y al amor. Se apagaron, al soplo helado de la muerte, las brillantes luces de su inteligencia, que había iluminado con sus destellos los caminos de la ciencia y del deber.

El Gobierno de la República y muy especialmente la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, rindieron merecidos honores y tributos de consideración y respeto, al cadáver del hombre bueno que tanto había luchado por la cultura, la libertad y el mejoramiento de la República. A ese efecto, el Honorable Sr. Presidente de la República dictó el siguiente Decreto:

“Habiendo fallecido en New Orleáns, Estados Unidos de América, donde se encontraba en el desempeño de una comisión oficial de este Gobierno, el Dr. Enrique B. Barnet y Roque de Escobar, Jefe de la Sección de Biblioteca y Prensa de la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, y teniendo en cuenta los valiosos servicios por él prestados a la causa de la salud pública, y que le corresponde el honor de haber sido uno de los organizadores de la Sanidad cubana y de los mas eficaces y celosos colaboradores en la nacionalización de los Servicios Sanitarios de la República , habiendo dedicado con laboriosidad ejemplar los frutos de su talento, de su actividad y de su grande inteligencia al bien y provecho de la patria; a propuesta del Secretario de Justicia, como Presidente de la República, en virtud de las facultades que me conceden la Constitución y las Leyes,

Resuelvo

“1º.- Que todos los gastos que ocasionen los funerales del Dr. Enrique B. Barnet, sean costeados por el Estado, de los créditos correspondientes.

“2º.- Que una comisión de empleados de la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, designada por la misma, se traslade a New Orleáns para hacerse cargo del cadáver y acompañarlo a La Habana.

“3º.- Que se exponga el cadáver al público por veinte y cuatro horas, a contar de su llegada a La Habana, en los salones de la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, tributándosele por los empleados de la misma los debidos honores.

“4º.- Que se abonen, con cargo a sobrantes, o por cuenta al Capítulo de Transporte y Dieta a Inspectores, del Presupuesto de la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, los gastos de viaje y dieta de diez pesos a los señores comisionados.

“5º.- Los señores Secretarios de Justicia y de Hacienda quedan encargados, en la parte que a cada uno concierne, del cumplimiento de lo establecido en el presente Decreto.

“Dado en “Durañona”, Habana, residencia del Ejecutivo, a los veinte y cinco días del mes de septiembre de mil novecientos diez y seis.

M. G. MENOCAL

Presidente.

C. DE LA GUARDIA

Secretario de Justicia.

La sociedad cubana, hondamente conmovida con la pérdida de ese ciudadano esclarecido, se asoció a las manifestaciones de duelo oficial y su entierro, efectuado en esta capital el día 13 de octubre de 1916, revistió los caracteres de una imponente y sincera demostración de general condolencia.

Y en el panteón de esta Academia, en la necrópolis de Colón, descansan por siempre los restos queridos del amigo ejemplar, del médico ilustre que rindiera en el curso de su vida, una jornada útil a sus semejantes y a la patria.

Vulgarización Científica

Autobiografía de un microbio de tifoidea, dedicada a una mosca en prueba de gratitud

Pequeño, vivaz y en extremo virulento, soy un microbio de los llamados “anaerobios facultativos”, debiendo ese mi “diploma” y “grado”, al hecho de poder vivir con y sin aire. Y hasta me desarrollo mucho mejor, en contacto con ese elemento. Llevo el apellido de Eberth, por ser el primer sabio que me describió. De forma no ando mal. Parezco un pequeño bastoncillo, con los extremos redondeados. Me distingo, entre otras cosas, por mi extrema movilidad.

A mi tamaño microscópico, debo la facultad de poder escapar, a simple vista, a la mirada de los hombres, los que para darse cuenta de mi existencia, tienen que recurrir a procedimientos científicos difíciles y que no están siempre al alcance de todos. Bien es verdad, que por el mal que causo en el organismo humano, pronto se advierte mi presencia en el mismo.

Nacido para hacer daño, provoco la fiebre tifoidea, y en el colmo de la ingratitud y de la maldad, ocasiono, en muchos casos, la muerte de los individuos que en su organismo me hospedan. Pero hay que convenir, en que esa hospitalidad no me la ofrecen de manera espontánea ni generosa, sino bien a su pesar, y de manera involuntaria. Y vaya lo uno por lo otro.

Mi medio natural de vida, el elemento donde generalmente se me encuentra, es en las excretas de aquellos a quienes ataco. También me gusta la sangre y en ella vivo perfectamente y es fácil hallarme en ella, de manera casi constante en los tifoideos. Otras veces me sitúo en el fondo de las manchas rosadas que se les presentan a esos enfermos, en el curso de su infección. Por lo general, estoy en las deposiciones de los tifoideos desde el tercer día de la enfermedad. Resido, pues, habitualmente, en un medio poco envidiable, ya que está constituido por materias excrementicias, de olores nada gratos y de apariencia poco atractiva. También me encuentro en las orinas de los atacados por mí, sobre todo, cuando estas contienen albúmina. Otras veces, emigro al bazo, víscera que con el hígado, comparte mis preferencias. Suelo también, y en los casos de complicaciones, visitar y alojarme en las amígdalas, en la laringe, en los pulmones y hasta algunas veces, en las menínges.

Amo tanto al hombre, que en multitud de ocasiones, y aún después de pasar el estado agudo de la tifoidea y de que el médico se despide de la casa por estar curado clínicamente el enfermo, yo continúo residiendo en su organismo, escondiéndome bien en la vesícula biliar, o bien en los intestinos. En esos casos, no provoco fiebre, ni malestar alguno, por lo que suelo pasar inadvertido. Los médicos, que a fuerza de perseguirme, han descubierto esta propiedad mía, llaman a esos individuos que después de curados de su tifoidea me contienen, “portadores de bacilos”. A veces, los hombres me llevan en su organismo, sin que yo les haya provocado ningún mal, ni trastorno físico alguno. Gracias a estos buenos señores que inconscientemente me llevan y trasportan, y que ni ellos ni los que los rodean se dan cuenta de mi existencia en su organismo, puedo escapar muchas veces al exterior y continuar la tarea mortífera y perjudicial que me está encomendada, pues mientras el enfermo tiene fiebre y el médico con tono grave proclama que se trata de un caso de tifoidea, se observan por los familiares cuidados higiénicos y los sanitarios nos destruyen con los malditos desinfectantes. Pero cuando cesa la fiebre, el enfermo recobra sus fuerzas, vuelve a la salud y sale a la calle y a pesar de ello, yo o alguno de mis hermanos continuamos escondidos en su organismo, entonces se nos presentan grandes oportunidades para diseminarnos, e ir de nuevo a visitar a otros individuos. Con esos “portadores de bacilos”, aparentemente sanos y libre de todo peligro sanitario, no se toman precauciones y nosotros campeamos por nuestro respeto.

Recuerdo en este momento, entre otras cosas análogas, que un compañero mío, es decir, un bacilo de tifoidea, había provocado esa infección a un cocinero. Este curó de su enfermedad, pero mi compañero quedó escondido en la vesícula biliar de ese individuo. En todas las casas en que se colocaba el cocinero y prestaba, por tanto, sus servicios, se presentaba un brote de fiebre tifoidea, provocado por mis congéneres, que escapaban del intestino del cocinero y por falta de precauciones sanitarias, infectaban a los que residían en la casa. Los médicos del lugar, se volvieron locos tomando distintas precauciones y poniendo en práctica diversas medidas sanitarias, pero no tuvieron en cuenta hacer investigaciones sobre “portadores de bacilos”. Y el cocinero y su infección anterior pasó inadvertida y la tifoidea continuaba siguiendo al cocinero por donde quiera que iba, hasta que un día, un higienista más sagaz que los anteriores, descubrió el hecho y mis pobres hermanos murieron victimas de las precauciones sanitarias que se adoptaron con el cocinero.

No ataco a los animales, que generalmente son refractarios a la tifoidea. Sin embargo, los sabios se valen de ellos para exaltar mi virulencia, por medio de inoculaciones y otras prácticas científicas.

El frío no me hace daño. Puedo encontrarme en los helados que se preparen con hielo o con aguas infectadas o que se confeccione por los temibles “portadores de bacilos”. A veces me alojo en un block de hielo, donde puedo vivir tranquilamente hasta tres meses. Este último hecho es por lo general ignorado de los hombres, algunos de los cuales creen erróneamente, que el frío me destruye, motivo por el cual, no toman precauciones de ningún género con el hielo, el cual ingieren directamente, mezclándolo con el agua o con el vino, pensando, falsamente, que este artículo no contiene microbios. Esa es una práctica muy dañina al hombre, pues le provoca numerosas enfermedades. En cambio es provechosa para nosotros los microbios, pues gracias a tan perniciosa costumbre, podemos introducirnos en el organismo humano.

Una temperatura de 60 ºC. mantenida por espacio de 20 minutos, me destruye. Me hace también mucho daño la acción directa del sol. Resisto, en cambio, la desecación y me es fácil vivir hasta dos meses en arena o tierra seca.

Me gusta mucho el agua, la que busco por todos los medios a mi alcance, ya que ese es el mejor elemento para mi vida. En ella estoy como el pez, contento y feliz, me desarrollo y multiplico y encuentro grandes y apropiadas ventajas para mi vida y movimiento. El agua constituye el medio del que con preferencia me valgo, para ejecutar mi obra nefasta, o sea propagar la fiebre tifoidea y sembrar, muchas veces, la muerte. Mis enemigos, es decir, los que me persiguen y destruyen cuando vivo en el agua, son el calor y los filtros buenos y bien atendidos.

El método más sencillo de destruirme, es hirviendo cuidadosamente el agua que me contiene. Es preciso, para que yo muera, que se mantenga la ebullición por largo rato, y después, se “cuele” el agua a través de un algodón absorbente esterilizado. No puedo atravesar las “bujías” de los buenos filtros, pero pocas son las personas que saben cuidar esos aparatos, que para dar buenos resultados, demandan constante atención, a fin de que ni yo, ni mis compañeros, podamos vencerlos.

El público cree, que basta que el agua pase por las “bujías” de un filtro, para que ya nosotros, los microbios, nos ahoguemos en ellas. No hay tal. Cuando no se tiene el cuidado de hervir con frecuencia, una vez por semana a lo menos, las “bujías” y de mantenerlas muy limpias y en buenas condiciones, nos resulta fácil deslizarnos por ellas, y pasar al agua de consumo. También me burlo de ciertos filtros “impermeables a las bacterias” por los cuales paso como Pedro por su casa. No respeto, ni me disgusta como muchos creen, las aguas llamadas minerales, las que infecto, bien en la propia poceta que las contienen cuando estas no están sanitariamente instaladas, bien al embotellarlas, cuando no se observan las practicas de higiene.

De aquí, que yo le tema más a la practica de hervir el agua, por ser la manera que con mayor facilidad me destruyen, que a los filtros, a los que burlo a veces, y a las aguas minerales de mesa, que suelen contenerme.

Bastantes personas creen y hasta afirman, que yo soy sucio por oficio y por naturaleza, y que tan solo escojo para vivir, las aguas corrompidas y turbias. Están equivocados de medio a medio los que tal dicen, ya que con bastante frecuencia me encuentro en el agua limpia, de buena apariencia, en esas que engañan a los profanos, ya que a estos no se les ocurre pensar, que en linfa, al parecer cristalina y pura, se encuentre el germen de la infección y de la muerte, que tanto yo, como mis “dignos” compañeros representamos.

El agua, la leche, y otros líquidos me suelen ofrecer medios de transporte económicos, rápidos y seguros. Muchas veces, cansado de viajar por los aires cabalgando en alguna mosca, prefiero, para mi seguridad personal, deslizarme por las vías subterráneas a través de los terrenos y entonces utilizo el agua como vía de locomoción y como medio silencioso y fácil de trasladarme de los pozos negros en que me encuentro, a los pozos de agua, y de estos, al interior del que ingiera el agua infectada.

Una vez que consigo llegar al intestino del hombre, le causo toda clase de daño y llevo, por medio de mi presencia o de mis excreciones, la infección a todas partes. En el intestino, lucho de manera desesperada por perforar su cubierta, aunque la experiencia me ha demostrado, que con esa práctica, me expongo a alcanzar malos resultados, pues roto el intestino, mato, en el acto, al enfermo y puedo fácilmente ser llevado, con mi victima, a la fosa y allí morir, bien por la cal, o por el formol que al cadáver le echan.

Ya en distintas ocasiones, he estado a punto de perecer en esa forma, perseguido por los crueles desinfectantes y por los médicos, que con sus precauciones higiénicas tanto perjuicio me hacen. Pero el descuido de muchos, que no se ocupan de recoger y de quemar o desinfectar las ropas de los fallecidos por tifoidea; que no cuidan de tapar herméticamente las cajas que contiene los cadáveres de los individuos muertos por esa infección; que celebran “velorios” y reuniones en los propios departamentos en que se encuentran tendidos los cadáveres; que besan a estos, hacen que yo pueda escapar de esos trances difíciles infectando a otras personas. El medio de que me valido para librarme de la muerte en esos casos y volver al interior de otro hombre, ha sido el viajar en las patas de las moscas que llegan a las ropas de esos cadáveres que en ellos se posan, y que me recogen y trasportan a otros lugares.

Algunas veces soy expulsado del intestino del hombre por los diversos medicamentos y por los recursos que éste emplea para su defensa. Cuando, por ejemplo, me toca, por desgracia para mí, provocar la enfermedad en un hombre fuerte, vigoroso, que observa fielmente los consejos del médico, soy pronto vencido y expulsado al exterior. Entonces me veo obligado, durante algún tiempo, a residir en el fondo de algún pozo negro o de alguna alcantarilla. Esos lugares, por lo sucios, mal olientes e incómodos, me molestan, por cuyo motivo, y aprovechando el descuido o la ignorancia de los hombres, me apresuro a volver de nuevo al intestino de cualquier desgraciado. Para ello me valgo de diversos recursos y sigo distintos caminos. Unas veces, y al advertir que cerca del pozo negro en que me encuentro hay un pozo de agua, trato de establecer, por la vía sub- terránea a que antes me refería, la comunicación entre los dos pozos, o sea entre el “oscuro” que contiene materias fecales y el “claro” en que el agua se encuentra. Ese trabajo de comunicación me resulta fácil, cuando ambos pozos se han construido con olvido de la higiene y de sus reglas, esto es, en los casos en que no han cementado ni las paredes ni el fondo del pozo negro. Y gracias a esa negligencia y a esos olvidos de los mandatos sanitarios en que incurren los hombres casi constantemente, podemos vivir y reproducirnos y hacer daño, los seres infinitamente pequeños.

Otro camino que también he seguido en muchas ocasiones, para escapar del pozo negro en que me encierran, ha sido el aprovechar los momentos, bastantes frecuentes por cierto, en que los inquilinos de las casas dejan al descubierto la entrada de esa fosa. Para escaparme en estos casos, me valgo de las moscas, que constituyen nuestro vehículo favorito y las que se reproducen y viven también en el interior de esos excusados. Claro está, que ellas, en atención a que somos compañeros de casa y de infortunio, se ven obligadas a servirme y a llevarme al sitio que deseo.

Con frecuencia me ha ocurrido, el que yo me encontrase muy contento en el intestino de “mi enfermo”; pero de pronto, ha venido un movimiento intestinal y con una gran cantidad de serosidad, he sido expulsado al exterior. Las excretas que me contenían han manchado las sábanas y las ropas de la cama del enfermo. En ese medio artificial la vida se me hacía algo difícil. Pero en tales trances no falta alguien que con su descuido nos ayude. Esas sábanas manchadas con las excretas del enfermo e infectadas por mí, eran arrojadas, sin cuidado higiénico, a los patios, corredores, pasillos, o a los mismos cuartos de la casa. En el acto, viene a nuestro llamamiento una mosca, la que siguiendo su costumbre, me saca de penas llevándome con ella a otros lugares mas propios y en mejores condiciones para la vida.

Un recurso fácil para mí y del que a menudo me valgo para diseminarme, lo constituyen las manos de los enfermos y aun la de los sanos, cuando estas últimas se ponen en contacto con las ropas y substancias infectadas y no se desinfectan, o por lo menos, no se lavan con cuidado.

Si en cada lugar, que “excusado” es el nombrarlo, hubiera un lavabo de agua corriente y todo el que allí fuera a satisfacer una necesidad corporal, se lavara las manos, al terminar “la operación”, con mucha agua y buen jabón, muchos de nosotros moriríamos y no podríamos hacer daño. Pero en vez de observar esa sana y limpia costumbre, es frecuente que los hombres se lleven descuidadamente las manos al bigote, para atusárselo, o con ellas no muy limpias, manipulen los artículos de comer o las extiendan a sus amigos para estrechárselas afectuosamente , dejándoles, en prueba de amistad, microbios y suciedades. ¡Vaya si resulta excelente para nosotros los gérmenes de las enfermedades, esa fea costumbre de darse las manos!

Recuerdo una ocasión, en que estuve en lance bastante apurado. Fui expulsado al exterior, en un momento muy difícil. La mancha de excreta donde me encontraba, era pequeña, en lo íntimo de un bordado, de blanca sábana. La familia me arrojó a un cesto de ropa sucia. Al cabo de dos días de penas fui sacado del mismo, por mi eterna compañera y protectora: la mosca. Por cierto, que ese viaje fue movido y curioso. La mosca que me llevaba en sus patas, ya no podía contener el número extraordinarios de “viajeros” (léase microbios) que tenía sobre sí. A muy cerca de seis millones llegaba el número de gérmenes que transportaba en sus patas, alas y trompas. Me tocó viajar en una pata. La mosca iba algo molesta con tantos pasajeros. Me dediqué, para distraerme, en examinar a mis compañeros de travesía. Entre ellos saludé a dos hermanos míos, que también habían escapado de intestinos atacados por tifoidea. Había un número considerable de microbios de tuberculosis y muchos más de distintas formas de infecciones intestinales. Materialmente no cabíamos, y la mosca, aunque orgullosa y contenta de su carga, procuraba, sin embargo, aligerarla a cada momento. Unas veces, al posarse en un melón “calado” que tenían en la cantina de un café, dejaba sobre él un número grande de mis compañeros. Recuerdo que en uno de esos sitios, dejó varios microbios de tuberculosis y uno de tifoidea. Más tarde, esa mosca se posó en un mamey muy hermoso que estaba en una frutería y que le tenían también calado. Pensé quedarme en esa fruta pero intrigado por conocer la suerte de mis compañeros, continué el viaje para observar el paso de nuestro “aeroplano” a través de la ciudad. La mosca dejó en ese mamey, numerosos microbios de infecciones intestinales y creo que seis de tuberculosis. Seguí, pues, mi viaje en la mosca, y pude apreciar como ésta iba posándose y dejando su carga y sus pasajeros en los dulces, en el queso, en el pan y otros artículos que estaban expuestos al público en vitrinas mal cerradas y en otras en las que no se había tomado ninguna precaución para defenderlo de los insectos.

Los accidentes del viaje me distraían, pero en eso la mosca se posó en un biberón y en una taza destinada a un pobre niño, dejando allí miles de microbios, que llenaron mi alma de espanto, el pensar el daño que iban a hacerle a esa tierna criatura.

A pesar del empeño decidido que la mosca tenía en soltar su carga, no por ello se desocupaba, pues a medida que iba dejando en los puntos antes indicados numerosos microbios, se veía también obligada a tomar nuevos “pasajeros”, los que recogía, bien de las escupideras, donde casi siempre están penando los microbios de la tuberculosis, bien de los orinales y de los pañales, donde suelen encontrarse los microbios de las infecciones intestinales. Cansado ya de mi largo y penoso viaje y de ver renovar constantemente el “pasaje” de la mosca y molesta ésta, además, con mi presencia en su cuerpo, me arrojó en unas verduras que había en el mercado y que realmente me ofrecían un asilo cómodo, fresco y agradable. Me tocó una lechuga muy hermosa, que tenía algunas gotas de agua que calmaron mi sed y me ofrecieron un medio muy propio para mi desarrollo y existencia. Me asaltó, de pronto, un temor, pues yo había oído decir, que los médicos recomendaban que antes de ingerirse las verduras, se lavaran cuidadosamente con agua corriente y tenía el natural sobresalto, de que quien comprara esa lechuga, fuera a seguir tales precauciones de higiene. Pero afortunadamente, me tocó la suerte, uno de esos hombres, que consideran las reglas de la higiene como “boberías” y en medio de una copiosa comida, ingirió la lechuga en que yo me encontraba. Bien pronto pagó ese individuo con creces, su falta de fe en los preceptos de la higiene, pues le provoque una tifoidea tan grave, que por nada le cuesta la vida.

“Mi enfermo”, fue a pasar su tifoidea a un Hospital y como quiera que en esos establecimientos se observan cuidadosamente las leyes sanitarias, se desinfectan con rigor las ropas usadas por los enfermos, así como las excretas de estos, se evita por todos los medios posibles la existencia de moscas y se emplean con abundancia los desinfectantes, yo estuve, durante largo tiempo, evitando salir al exterior, pues a diario sabía que mis “compañeros” que se aventuraron a salir de paseo en las excretas, morían rápidamente, bajo la acción del formol y de otros medicamentos que se emplean para destruirnos.

Un día se presentó a visitar al “caso” en que yo me encontraba un médico que oí decir prestaba sus servicios en el Laboratorio. Tomó sangre del enfermo, me tocó salir con la misma y más tarde me vi aprisionado en lo que llaman los señores profesionales, una “Muestra de Laboratorio”. No estaba muy mal, pues era en “gota colgante”, es decir, que me encontraba en el agua, rodeado de algunos millones de “hermanos”. Y cuando más contentos nos hallábamos refiriéndonos unos a los otros nuestras penas y fatigas, fuimos sacrificados en el Laboratorio para destinarnos a la preparación de una “Vacuna”, contra la “Fiebre Tifoidea”.

Y al entra en el camino del bien, he querido escribir estas ligeras notas de mi vida, para enseñanza de la humanidad y ofrecerle, aun a riesgo de la muerte segura de mis compañeros, los medios más apropiados para librarse de nosotros.

1Discurso leído en la sección solemne celebrada por la Junta Nacional de Sanidad para descubrir los retratos de los Sres. Charles E. Magoon, J. R. Kean y Carlos J. Finlay el día 7 de marzo de 1908.
2Crónica Médico-Quirúrgica de La Habana. La Habana. 1910;36 (10):221- 230.
3Rev Finlay. La Habana 1929;1(4-5-6):41-42.

4
Discurso de recepción como académico de número de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana. Anal. Acad. Cien. Méd. Fís. Nat. Habana. La Habana. 1918;55:145-196.
5Hospital Universitario “General Calixto García”, 17 de mayo de 1921. Bol. Secret. Sanid. Benef. La Habana 1921;26 (2):160-167.

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