CUADERNOS DE HISTORIA DE LA SALUD PÚBLICA 103

 

Dr. GREGORIO DELGADO GARCÍA

 

 


 

Martí y la medicina cubana(*)

En los primeros siglos de nuestro período colonial ocurren algunos hechos de relevancia en la historia médica cubana. En 1520 hace su entrada en la Isla la viruela y al año siguiente se produce una epidemia en La Habana con la que se inicia su larga endemicidad para constituir desde entonces el factor epidemiológico de mayor importancia negativa en el desarrollo económico y social de la Isla.

Un siglo después, en 1639, procedente de Yucatán nos llega la fiebre amarilla, enfermedad infectocontagiosa desconocida para la medicina europea pero no así para los mayas, la que va a constituir a partir de ese momento el segundo factor epidemiológico negativo en el desarrollo económico y social de la colonia.

Por su estratégica posición geográfica respecto al comercio marítimo español con el continente americano y dada la gravedad de su cuadro epidemiológico, es que desde 1634 Cuba contó en La Habana con un Tribunal del Real Protomedicato, primera institución de la organización de la salud pública española, cuando solo existía en el continente en las 2 ciudades cabeceras de virreinados: México y Lima.

Pero no va a ser hasta las primeras manifestaciones del despertar de la conciencia nacional en la clase de hacendados cubanos a finales del siglo XVIII que se encaran estos 2 problemas con criterio verdaderamente científico, tomándose en cuenta toda su dimensión económica y social. Así la entonces joven Real Sociedad Patriótica de Amigos del País de La Habana, máxima representación de dicha clase, le encarga a uno de sus miembros mas ilustres, el médico doctor Tomás Romay Chacón (1764-1849), el estudio de las posibilidades de erradicación de estas 2 graves enfermedades endémicas en la Isla.

El doctor Romay realizó una extensa revisión bibliográfica sobre la fiebre amarilla cuyo informe final fue leído ante la institución el 5 de abril de 1797 con el título "Disertación sobre la fiebre maligna llamada vulgarmente Vómito Negro, enfermedad epidémica de las Indias Occidentales" y aunque no encontró en la medicina de su tiempo la solución de tan grave problema epidemiológico, al publicarse dicha monografía ese propio año, con ella se dio inicio a la bibliografía científica medica cubana y a una larga tradición de estudios amarílicos en nuestro país, que poco más de 8 décadas después darían solución a tan compleja problemática médica en los aportes geniales del doctor Carlos J. Finlay Barrés (1833- 1915).

La opinión favorable del doctor Romay, leída ante la Real Sociedad en febrero de 1802, sobre una memoria impresa en Madrid basada en las ideas del genial médico inglés Edward Jenner (1749-1823) sobre el uso y propagación de la vacuna, determinó activas gestiones del médico cubano que condujeron en 1804 al comienzo de la vacunación antivariólica en Cuba, antes del arribo de la expedición del cirujano Francisco Xavier de Balmis (1743-1819) que desde España la conducía a América; a la fundación por la Real Sociedad ese mismo año de la Junta Central de Vacunación en La Habana, que llegó a tener vacunadores en toda la isla, para lograr controlar la enfermedad de una forma increíble en la época y constituir esta verdadera epopeya el origen de la medicina preventiva en el continente.

El movimiento científico que tiene su iniciador y propulsor en el doctor Romay no solo da nacimiento a la bibliografía médica cubana sino también a adelantos de tanta importancia como el inicio de la disección anatómica en Cuba en el Hospital Militar de San Ambrosio, fuera de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana, sumida aún en la escolástica medieval; la práctica y enseñanza de grandes intervenciones quirúrgicas y de la clínica médica en el propio hospital; la fundación en 1824 de una cátedra de cirugía en la Universidad de La Habana por el doctor Fernando González del Valle Cañizo (1803-1899); la introducción de la anestesia quirúrgica por los doctores Vicente Antonio de Castro Bermúdez (1809-1869) y Nicolás J. Gutiérrez Hernández (1800-1890) y el contacto con la medicina francesa a través del viaje de estudios del doctor Gutiérrez, quien además funda la prensa médica en nuestro país (1840) con el "Repertorio Médico Habanero".

En medio de este alentador avance de las ciencias médicas, principalmente en La Habana, hace su entrada en nuestro cuadro epidemiológico, como tercer factor negativo de importancia, el cólera (1833), para causar en 4 meses, solamente en la capital, casi 10 000 víctimas fatales, entre ellas el administrador apostólico del Obispado de La Habana don Pedro Varela Jiménez (¿-1833), Arzobispo de Santo Domingo; el famoso pintor francés Juan Bautista Vermay de Beaumé (1784-1833), autor de los cuadros históricos del Templete y la hija primogénita del doctor Romay, sobre cuya muerte escribiera don José de la Luz y Caballero (1800-1862) un emotivo artículo titulado "Una lágrima".

Sobre esta primera irrupción de tan grave epidemia en la isla publicó José Antonio Saco López (1797-1879), sin ser médico, uno de los estudios de medicina social mas acabado producido en Cuba en el siglo XIX "Carta sobre el cólera morbo asiático" y el narrador y poeta Ramón de Palma y Romay (1812-1860), sobrino del médico insigne, la novela corta "El cólera en La Habana" y el poema "El cólera morbo en 1833". Esto desde luego sin incluir la numerosa bibliografía médica entre la que se destaca "Memoria histórica. Del cólera morbo en La Habana" de los doctores Nicolás J. Gutiérrez y Agustín Encinoso de Abreu y Reyes Gavilán (1798-1854), una de las mejores monografías médicas publicada en Cuba en todos los tiempos.

Como consecuencia de la llegada del cólera se reestructura la organización de la salud pública colonial, con la sustitución del Real Tribunal del Protomedicato por las Juntas Superiores Gubernativas de Medicina y Cirugía y de Farmacia; se crean las Juntas de Beneficencia y Caridad y se extienden las de Sanidad a toda la Isla. Unos años más tarde se lleva a cabo la gran reforma universitaria de 1842, que saca culturalmente a esta institución, principalmente su Facultad Mayor de Medicina, de la Edad Media, para colocarla en el siglo XIX y en 1861 funda el doctor Nicolás J. Gutiérrez la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana.

Menos de una década después, el 10 de octubre de 1868, comienza la primera de nuestras guerras independentistas contra España y con ella también la épica de la medicina cubana. El incendio de Bayamo se origina en la farmacia del licenciado don Pedro Maceo Infante (¿-1873), fundador y primer jefe de la sanidad militar mambisa y entre los protestantes de Baragua como figura relevante se encontrará el médico y general de brigada Félix Figueredo Díaz (1829?-1892).

Se exacerban todas las enfermedades infectocontagiosas, pero principalmente los 3 grandes problemas del cuadro epidemiológico colonial cubano. Algún día en páginas mas serenas que estas, tendremos que estudiar imitando un poco a don Fernando Ortiz Fernández (1881-1969), nuestro sabio etnólogo e historiador, el contrapunteo cubano, fundamentalmente, entre la viruela y la fiebre amarilla. Los profesionales cubanos de la salud desarrollaron en esta epopeya bélica no solo un extraordinario papel en la curación de heridos de guerra con recursos terapéuticos y condiciones quirúrgicas mas que insuficientes, sino también ante la hecatombe epidemiológica que acarreó la contienda, sin dejar por ello de destacarse como valientes soldados: alcanzaron las estrellas de general 6 médicos, 2 farmacéuticos y 1 dentista y murieron en campaña o fueron fusilados 13 médicos, 6 farmacéuticos y 3 dentistas, pero la página mas triste y conmovedora del martirologio cubano se escribió con el fusilamiento de los 8 estudiantes de l primer año de la carrera de medicina el 27 de noviembre de 1871.

En la etapa entre guerras, conocida como de "tregua fecunda", el regreso de los médicos emigrados y de los estudiantes que se vieron obligados a completar sus carreras, principalmente en España y Francia, trae al país un resurgir de las ciencias médicas que se manifestara en la fundación de las 4 primeras sociedades científicas: la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba por el doctor Luis Montané Dardé (1849-1936), la Sociedad Odontológica por el doctor Francisco Justiniani Chacón, la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana por el doctor Serafín Gallardo Alcalde (1834-1880) y la Sociedad de Higiene de La Habana por el doctor Manuel Delfín Zamora (1849-1921); la revitalización de las dos mas importantes revistas médicas cubanas, "Anales de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana" y "Crónica Médico Quirúrgica de La Habana", esta última fundada y dirigida por el doctor Juan Santos Fernández y Hernández (1847-1922), amigo íntimo de Martí y la fundación de "Archivos de la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana"; la continuación de "Tablas Obituarias" del doctor Ambrosio González del Valle Cañizo (1822-1913), importante publicación bioestadística muy estimada dentro y fuera de Cuba; la fundación de los primeros laboratorios de investigaciones médicas, principalmente el Laboratorio Histo- químico- bacteriológico e Instituto Anti- rábico de la Crónica Médica Quirúrgica de La Habana del doctor Juan Santos Fernández, donde se inician formalmente los estudios microbiológicos en Cuba; el vertiginoso ascenso del doctor Joaquín Albarrán Domínguez (1860-1912) en la medicina francesa hasta llegar al profesorado, en 1892; la celebración del primer congreso médico en el país (1890); el control nuevamente de la viruela y la erradicación del cólera; pero, sobre todo, que se lleva a cabo el mas importante aporte hecho por un cubano a las ciencias médicas mundiales, el descubrimiento de la teoría metaxénica del contagio de enfermedades infecciosas o del agente biológico intermediario, con su demostración específica en la fiebre amarilla, presentado por el doctor Carlos J. Finlay Barrés ante la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana el 14 de agosto de 1881 con el título de "El mosquito hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la fiebre amarilla".

Con este trascendental descubrimiento se le daba solución al tercer gran problema del cuadro epidemiológico colonial cubano que no había podido ser erradicado o controlado y ni siquiera disminuidas su morbilidad y mortalidad en el país. La no aplicación por las autoridades españolas de las medidas profilácticas recomendadas por el doctor Finlay, privó a la medicina cubana de la gloria de haber realizado la prueba de campo 10 años antes cuando se aplicó y se hubiera evitado la intervención de elementos foráneos con bajas intensiones políticas en un marco histórico muy desfavorable para los científicos nacionales.

La teoría finlaísta, sin embargo, fue muy conocida de los médicos cubanos, para combatirla o aceptarla y de numerosos investigadores extranjeros, principalmente norteamericanos y franceses, hasta merecer ser comentada ampliamente, como otros trabajos del sabio cubano, por la mas alta autoridad mundial de la época en fiebre amarilla, el doctor Louis J. Béranger- Feraud en su clásico libro "Teoría y clínica de la fiebre amarilla" publicado en París en 1890.

José Martí, que salió deportado de Cuba el 15 de enero de 1871 faltándole unos días para cumplir los 19 años de edad y que con posterioridad solamente viviría en La Habana del 6 de enero al 24 de febrero de 1877, en forma secreta y del 31 de agosto de 1878 al 25 de septiembre de 1879 en que fue deportado nuevamente a España1, no tuvo tiempo ni tranquilidad suficiente para ponerse en contacto con las publicaciones medicas cubanas y a pesar de haber vivido en esos breves lapsos muy estrechamente unido al doctor Fermín Valdés- Domínguez Quintanó (1853-1910), su amigo del alma, no creemos que conociera en toda su importancia el devenir histórico médico cubano, aunque sí a muchas de sus grandes figuras, llevado por esa insaciable curiosidad por todo lo cubano de que siempre dio muestras.

Fig.6. Lic. José Martí Pérez (1853-1895), Apóstol de la Independencia de Cuba.

En su extensísima obra escrita, aunque sabemos que la totalidad de los conocimientos de un hombre no están contenidos en sus escritos, solamente aparece una referencia sobre el doctor Romay y ella en un breve apunte posiblemente hecho para un artículo que nunca escribió, en el que lo incluye entre otros 9 cubanos, a quienes calificó de hombres distinguidos. Aunque muy escueto, el apunte nos permite saber su alta valoración del médico, pues inicia la lista con su nombre y después le siguen nada menos que los de Manuel de Zequeira y Arango (1764-1846), José Agustín Caballero Rodríguez de la Barrera (1762-1835), el presbítero Francisco Ruiz (1797?-1857), Félix Varela Morales (1787-1853), José de la Luz y Caballero, José Agustín Govantes Gómez (1796-1844), Nicolás M. Escobedo Rivero (1795-1840), Francisco Arango y Parreño (1765-1837) y José Arango Núñez del Castillo (1765-1851).2

A pesar de su extraordinaria importancia cultural y científica en Cuba y de haber sido contemporáneos no mencionó nunca Martí en sus escritos al doctor Nicolás J. Gutiérrez, ni a los médicos González del Valle, sobre todo a Fernando y Ambrosio y de la familia únicamente al malogrado filósofo y novelista José Zacarías (1820-1851),3 tampoco al enciclopedista Antonio de Gordon Acosta (1848-1917), por citar algunos; ni instituciones de tanta trascendencia como la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba o la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana, ni ninguna publicación periódica médica cubana. Pero sobre todo nos ha llamado siempre la atención su silencio sobre el doctor Finlay. A parte de la real imposibilidad de conocer Martí la bibliografía médica cubana, por haber vivido la mayor parte de su vida de adulto en tierras extranjeras, a mi juicio si hay en su desconocimiento de la obra de Finlay culpa de alguien se le podría achacar al doctor Valdés- Domínguez.

De la importancia de este verdadero hermano de Martí en el campo de la medicina cubana se ha escrito poco, quizá he sido yo el único que lo he situado con sobradas razones, como precursor en nuestro país de la medicina del trabajo y la sanidad vegetal, así como entre los primeros en Cuba en divulgar la teoría microbiana del origen de las enfermedades infecciosas, de Louis Pasteur (1822-1895), cuando otros la negaban o la desconocían. Por todo ello y por haber pertenecido con el sabio cubano a las sociedades Antropológica y de Estudios Clínicos y de estar en contacto con las principales publicaciones médicas cubanas, Valdés- Domínguez conocía perfectamente la teoría finlaista y estaba especialmente preparado para comprender su veracidad y trascendencia y bien pudo haberla comentado con Martí en su permanente correspondencia.

Pero si esto pudiera ser cierto, mucho mas lo es que del brazo de Valdés- Domínguez entró el Apóstol de la Independencia Cubana en nuestra historia médica a luchar juntos por la reivindicación de la memoria de los estudiantes de medicina fusilados en 1871 y por la exaltación de este hecho histórico hasta darle su verdadera dimensión como factor de capital importancia en la consolidación de la conciencia nacional cubana.

Seguro estoy que las publicaciones en Madrid de "El presidio político en Cuba" en 1871 por Martí y de "Los voluntarios de La Habana en el acontecimiento de los estudiantes de medicina" en 1873 por Valdés- Domínguez, obedecieron al mismo objetivo estratégico martiano de la denuncia testimonial y dramática, en pleno corazón de la metrópoli, de crímenes monstruosos del gobierno colonial español en la isla, escritas en primera persona por quienes los habían vivido y sufrido en carne propia. Sus estilos literarios son tan parecidos que se puede decir que fue Valdés- Domínguez el primer escritor influido decisiva y permanentemente por la vigorosa prosa martiana. En las 8 ediciones del libro del médico revolucionario ha aparecido siempre epilogándolo el inmortal poema épico- elegíaco de Martí "A mis hermanos muertos el 27 de noviembre" publicado por primera vez en 1872.

De otras grandes figuras de la medicina cubana escribió nuestro Héroe Nacional. A manera de ejemplo solo citaré algunas. Del sabio polígrafo, médico eminente y poeta Ramón Zambrana Valdés (1817-1866) lo hizo siempre con profunda emoción. Al doctor Juan Santos Fernández para agradecer que operara de cataratas a su madre le envió una emotiva carta, verdadera joya del género epistolar, en la que en breves palabras nos ha dejado una vívida imagen de la sensibilidad humana del amigo eminente.4 En 1894 calificó al doctor Joaquín Albarrán como "de lo mas valioso de nuestra gente en París"5 y del académico doctor Ramón L. Miranda Torres (1836-1910), su médico y colaborador revolucionario, entre muchas referencias, comentó brevemente su original monografía "Aguas minero- medicinales de Saratoga", cuya segunda edición publicada en New York en 1891 tuvo oportunidad de leer.6

Pero lo que sí conoció Martí a fondo fue la participación de los médicos cubanos en la Guerra de los Diez Años. Por eso pudo escribir sobre la muerte heroica del doctor Sebastián Amabile Correa (1845-1869) "llame vil al que no llore por su Sebastián Amabile,"7 del doctor Eduardo Agramonte Piña (1849-1872), general muerto en combate, entre otras, escribió estas lapidarias palabras "¿Debemos merecer la pregunta que Eduardo Agramonte hizo a sus amigos del Camagüey al volver de Barcelona? ¿Y que han hecho en estos diecisiete años?;"8 de Honorato del Castillo Cancio (1836-1869), constituyente de Guáimaro y general muerto en combate que "venía a levantar la ley sin la que las guerras paran en abuso, o derrota o deshonor, - y a volverse al combate, austero e impetuoso, bello por dentro, corto de figura, de alma clara y sobria;"9 de Antonio Lorda y Ortegosa (1845-1870) también constituyente de Guáimaro y mayor general " en quien el obstáculo de la obesidad hacía más admirable la bravura y la constancia era igual a la llaneza."10

Con los errores ajenos siempre generoso, al mencionar al doctor Serapio Arteaga y Quesada (1841-1888), general que se presentó al enemigo por desavenencias de grupos, pero que llegó a ser el mas eminente obstetra cubano del siglo XIX, escribió "de quien no debemos recordar en público el error"11 y al hablar del comportamiento del hijo también médico notable, el doctor Julio F. Arteaga Quesada (1876-1923), diría "que el pecado del padre hace mas vivo el patriotismo del hijo;" 12 de la controvertida figura del doctor Miguel Bravo Sentiés (1834-1881), general, Secretario de Estado, diputado por Oriente a la Cámara de Representantes y consejero áulico del mayor general Vicente García González (1833-1886) en la rebelión de Lagunas de Varona, diría Martí que fue censurado agriamente por el generalísimo Máximo Gómez Báez (1836-1905) (13) y también recogió en sus escritos las desavenencias entre este último y el doctor Félix Figueredo Díaz cuando el intento de dictadura del mayor general Donato Mármol Tamayo (1843-1870) y el calificativo que ambos se prodigaron : víbora.14

Y precisamente por poseer ese conocimiento detallado y por encima de virtudes y defectos individuales supo valorar como nadie que la función del médico en la sociedad lo convertía en el conspirador ideal por la independencia de Cuba y situaba su papel de capital importancia en la revolución que se preparaba.

Por eso le diría al doctor Martín L. Marrero Rodríguez (1859-1943), a finales de 1893, en Cayo Hueso: "Los médicos son los mas apropiados, y por lo tanto, serán los mejores delegados. Sus pasos en ninguna hora, ni en ninguna parte llaman la atención: siempre son bien recibidos. Todos le deben algo: unos la vida, otros dinero. El médico es quien mejor conoce los secretos de todos: por eso esta será la revolución de los médicos."15

Que lo dicho por el Maestro al doctor Marrero no fue una frase halagadora y sí todo una estrategia que venía desarrollando, lo asevera el hecho de que al enviar a Cuba en agosto de 1892 al comandante de la Guerra de los Diez Años Gerardo Castellano Lleonart (1843-1923) como Comisionado Especial del Delegado del Partido Revolucionario Cubano a entrevistarse a través de toda la Isla con las personas mas significativas como posibles futuros jefes de la Revolución y preparar el alzamiento en armas en todo el país, lo hizo el oficial mambí con los siguientes médicos:16 en La Habana, con el estudiante de medicina Raimundo Sánchez Valdivia (1865-1928), hermano del heroico mayor general Serafín Sánchez Valdivia (1846-1896).

En Matanzas, con el propio doctor Martín Marrero. En Cárdenas con el doctor Daniel Gutiérrez Quirós (1849-1910), capitán en la Guerra de los Diez Años e hijo del famoso constituyente de Guáimaro y diputado a la Cámara de Representantes Miguel Gerónimo Gutiérrez Hurtado de Mendoza (1822-1870) y con el doctor Dionisio Sáez García (1826-1898).

En Santo Domingo, Las Villas, con el doctor Ricardo Pocurull y Oña (-), muerto después en la guerra y con el doctor Piña. En Santa Isabel de las Lajas con el ilustre higienista doctor Enrique B. Barnet y Roque de Escobar (1855-1916), que sería en el futuro uno de los fundadores de la sanidad cubana en la República y con el mas tarde coronel mutilado de la Guerra del 95, doctor Agustín Cruz González (1870-1952). En Sancti Spíritus con el culto doctor Sebastián Cuervo Serrano (1847-1929), comandante y médico del generalísimo Máximo Gómez.

En Camagüey con el doctor Emilio Lorenzo- Luaces e Iraola (¿-1910), hermano del médico héroe y mártir de la Guerra de los Diez Años coronel doctor Antonio Lorenzo- Luaces e Iraola (1842-1875), de quien dijera Máximo Gómez, tan parco en elogios, estas 4 palabras: "valiente a toda prueba"(17). En Manzanillo, con el doctor Federico Inchaustegui y Cabrera (1838-1895), coronel del 68 y en Baracoa con el doctor Fermín Valdés- Domínguez.

La muerte prematura de Martí en combate, el 19 de mayo de 1895, le impidió comprobar lo acertado de sus palabras al doctor Marrero sobre la confianza que tenía en la importancia del aporte de los médicos cubanos a la causa independentista. Catorce de ellos encontraron la muerte en las filas del Ejército Libertador; 11 alcanzaron las estrellas de general; 8 fueron constituyentes de Jimaguayú y de la Yaya; 5, miembros del Consejo de Gobierno de la República en Armas y 14, miembros de la Asamblea de Representantes del Ejército Libertador.

Con los pocos recursos que siempre contaron, 2 jóvenes profesores de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana, entre otros, hicieron verdaderas proezas en la cirugía de campaña, que hoy despiertan la mayor admiración en los estudiosos de la historia médica militar cubana: los coroneles doctores Francisco Domínguez Roldán (1864-1942) y Enrique Núñez de Villavicencio Palomino (1872-1916) y en la retaguardia de la emigración operando a los que se sacaban de la Isla, el Maestro de la cirugía cubana, el también profesor universitario doctor Raimundo G. Menocal y G. Menocal (1856-1917).

Y el propio Martí, que vivió en su etapa universitaria española tan estrechamente unido a estudiantes de medicina y que logró adquirir conocimientos teóricos en algunas de sus ramas, en los pocos días que estuvo en la guerra se desdobló en funciones de médico, obligado por la necesidad y el historiador doctor Néstor Carbonell Rivero (1883-1966) en su libro "Martí. Carne y espíritu", hilvanó con las propias palabras de Martí un relato conmovedor de sus actividades como tal en campaña:

"Y cuando dieron la orden de descansar y se tendieron las hamacas, yo, primero que dormir o reposar, hurgué en mi jolongo y saqué de él medicina. A uno, que del jugo del tabaco, de apretar tanto el cabo en la boca, se le habían desprendido los dientes, le di a beber un sorbo de Marrasquino. Y cuando llegó el agua fresca, con Paquito Borrero, de tierna ayuda, me puse a curar de un soldado la herida narigona. La bala le había entrado por el pecho y salido por la espalda. En una de las bocas, la de entrada, le cabía un dedal: en la otra la de salida, una avellana. Se la lavé y le aplique yodoformo y algodón fenicado. Habilidades de médico me habían salido, y por piedad y por casualidad, se me habían juntado al bagaje mas medicinas que ropa- y no para mí por cierto, pues nunca me sentí mas sano, sino para los demás. Y en las curas tuve algunos aciertos por lo que gané un poco de reputación, sin mas que llevar conmigo el milagro del yodo, y el del cariño, que es otro milagro […]"18

Al final de su existencia, en las últimas páginas de su extraordinaria obra escrita nos dejaba a todos los médicos cubanos una máxima recomendación: curar con el milagro del yodo, que quiere decir con la mejor medicina y con el cariño, la más alta expresión de la sensibilidad humana.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

1. Quesada Miranda G y O. Castañeda Escarra. Fechas Martianas. Ed. Patria. La Habana. 1960.

2. Martí Pérez J. Obras Completas. Fragmentos. Editorial Nacional de Cuba. La Habana. 1965. Tomo 22, p.44.

3. Martí Pérez J. Obras Completas. Cuba. Editorial Nacional de Cuba. La Habana. 1963. Tomo 5, p.282.

4. Martí Pérez J. Obras Completas. Epistolario. Editorial Nacional de Cuba. La Habana. 1965. Tomo 20, p.464.

5. Martí Pérez J. Obras Completas. Cuba. Editorial Nacional de Cuba. La Habana. 1963. Tomo 5, p.456.

6. Martí Pérez J. Obras Completas. Epistolario. Editorial Nacional de Cuba. La Habana. 1965. Tomo 20, p.389.

7. Martí Pérez J. Obras Completas. Cuba. Editorial Nacional de Cuba. La Habana. 1963. Tomo 5, p.180.

8. Martí Pérez J. Obras Completas. Cuba. Editorial Nacional de Cuba. La Habana. 1963. Tomo 2, p.30.

9. Martí Pérez J. Obras Completas. Cuba. Editorial Nacional de Cuba. La Habana. 1963. Tomo 4, pp.384-385.

10. Martí Pérez J. Obras Completas. Cuba. Editorial Nacional de Cuba. La Habana. 1963. Tomo 4, p.385.

11. Martí Pérez J. Obras Completas. Cuba. Editorial Nacional de Cuba. La Habana. 1963. Tomo 1, p.399.

12. Martí Pérez J. Obras Completas. Cuba. Editorial Nacional de Cuba. La Habana. 1963. Tomo 1, p.399.

13. Martí Pérez J. Obras Completas. Viajes. Diarios. Editorial Nacional de Cuba. La Habana. 1964. Tomo 19, p.238.

14. Martí Pérez J. Obras Completas. Viajes. Diarios. Editorial Nacional de Cuba. La Habana. 1964. Tomo 19, p.230.

15. Quesada Miranda G. Anecdotario Martiano. Ed. Patria. La Habana. 1948, p. 16.

16. Castellanos García G. Misión a Cuba. Imp. "Alfa". La Habana. 1944.

17. Roa Gali R. Con la pluma y el machete. Acad. Hist. Cuba. La Habana. 1950. Tomo 1, p. 118.

18. Carbonell Rivero N. Martí. Carne y espíritu. Imp. Seoane, Fernández y Cía. La Habana. 1952. Tomo 2, pp 374-375.

 

 

* Trabajo leído en la mesa redonda "La medicina en la vida y la obra de José Martí". Taller metodológico de extensión universitaria. Centro de Estudios Martianos. La Habana. Enero 27 de 1993.