CUADERNOS DE HISTORIA DE LA SALUD PÚBLICA 109

 

Recuerdos del Servicio Médico Social Rural

 

 Por el Dr. Gabriel José Toledo Curbelo

 

 


 

Prolegómenos

Recordar es como volver a vivir, retornar al pasado y volver a recorrer caminos que una vez transitamos, hoy muy lejanos en el tiempo, pero cuando lo que se rememora es grato y muy querido, se vuelve un placer.

Mis recuerdos del Servicio Médico Social Rural (SMSR) me son muy amenos y placenteros, por eso he tratado de verterlos en este pequeño documento, donde trato de narrar solo aquellos sucesos que marcaron mi vida con letras imborrables y los cuales conservaba dispersos, escritos en múltiples pedazos de papel y libretas, y pensaba que no tenían gran valor como documento histórico, que nada más tenían importancia para mí. Los guardaba, como cosas muy queridas, de mucho valor, pero creía que solo para mí representaban algo.

Hace algún tiempo salió a la luz el libro de mi compañero de estudios, el Dr. Alipio Rodríguez Rivera, que narraba, en forma muy amena, sus experiencias en el Servicio Médico Social Rural en la antigua provincia de Oriente; lo compré y leí con fruición, lo devoré en un día y en mi fuero interno felicité, con todo mi corazón, a su autor por habernos entregado un contenido tan rico en experiencias y hechos, en los que nos vimos un poco retratados todos los que nos entregamos a la tarea de atender a las masas campesinas en aquel tan temprano año de la Revolución, el 1960.

Después salió publicado un libro que escribió la gran periodista Marta Rojas y pensé de nuevo, qué gran cosa sería tener la facilidad de escribir y poder contar las experiencias de ese inolvidable momento que vivimos todos los que tan tempranamente, y por primera vez en la gesta de nuestro país, escribimos con letras imborrables, momentos trascendentales de la epopeya médica que vivieran aquellas generaciones que nos lanzamos al campo inhóspito, desolado y triste de Cuba y forjamos con el tesón de nuestro trabajo, parte de la historia de la medicina de nuestra nación.

He escrito este documento con pasión y he reconstruido los recuerdos con amor y dedicación, tratando de poner lo más puro y seleccionado de ellos y lo dedico, con todo el corazón, al total del contingente de médicos de la graduación "PIONEROS" que nos lanzamos al campo cubano, sin preguntar hacia dónde íbamos ni en qué condiciones haríamos nuestra labor.

A unos les correspondió ir a las montañas intrincadas de la Sierra Maestra, la Sierra Cristal, el Escambray o Guaniguanico, mientras otros iríamos a la Ciénaga de Zapata, a otras ciénagas de cualquier provincia del país o a las costas desoladas de Chivirico, Ocujal del Turquino o Marea del Portillo, donde morían niños y adultos esperando pacientemente a que pasara una goleta que los llevara a Santiago de Cuba o a Manzanillo y allí quedaron para siempre en cementerios improvisados junto a la costa inhóspita, pero a todos nos tocaría ir allí, a lugares que nunca antes había visitado un médico, a brindarles nuestros conocimientos científicos a las masas, hambreadas y explotadas, a nuestros campesinos, hermanos de todos, a sus hijos, mujeres y padres.

Aquí aparecen algunas de las experiencias de los que fuimos protagonistas de esta rica epopeya, de lo que representó para los campesinos y para nosotros, el tiempo que pasamos viviendo, comiendo y laborando incansablemente junto a ellos.

Narro también momentos tristes y amargos que nos tocaron vivir cuando perdíamos irremediablemente niños o mujeres, adultos y viejos, sin poder hacer nada para salvarlos, pues no tenían posibilidades de vivir, en cualquier lugar donde fueran tratados, y también otros momentos agradables que disfrutábamos cuando festejábamos sanamente algún nacimiento, acontecimiento patrio o alguna festividad local.

Para todos los graduados del curso de los PIONEROS, los que estamos ahora presentes, trabajando aún o jubilados, a 45 años de aquellos momentos inolvidables y para aquellos, tan queridos, como Francisco (Paquito) el primero que se marchó a la eternidad, Lesmes, Severino, Olga, Aldo, Pedrito (con su carga eterna de diabetes), Armando de Jesús, Miguel y tantos otros que nos antecedieron a la hora de la partida irremediable, fría, solitaria y triste, vaya con estos recuerdos, el testimonio de la fraterna amistad que nos unió en el pasado como estudiantes durante 10 largos años y que aún hoy nos mantiene unidos, hundiendo para siempre sus raíces en el tiempo.

 

Mi preparación previa

Recuerdo perfectamente, como si lo estuviera viviendo de nuevo, el ajetreo que se produjo en mi vida los días previos a la partida para realizar el Servicio Médico Social Rural, y no era para menos.

Iba a enfrentarme, por primera vez en mi vida, solo, frente a un gran número de pacientes de diversos tipos de enfermedades, que vendrían a verme, a que los consultara, les aliviara sus padecimientos y les curara sus enfermedades.

Véase como relato como singularmente "que los consultara y que les aliviara sus padecimientos y curara sus enfermedades", no he ido a plasmar nada relativo a la promoción y la prevención de las enfermedades y los daños, pues ello no existía en la preparación psicológica que yo me había hecho de lo que iba a hacer en mi práctica profesional futura.

La práctica asistencial futura iba a cambiar todo lo que yo había preparado, iba a ocurrir todo lo contrario, se iba a preparar un completo sanitarista o salubrista, un buen promotor de salud y de la prevención de las enfermedades y daños de la comunidad que estaría bajo mi cuidado a partir de mi llegada.

No me sentía mal preparado desde el punto de vista teórico científico-técnico, pero predominantemente asistencial puro, pues realmente había estudiado mucho y fuerte y tenía un índice académico docente no despreciable para un curso de más de 600 estudiantes que habíamos comenzado en septiembre de 1950.

Me encontraba entre los 30 primeros expedientes de mi curso, que era muy numeroso, y creo que con ese expediente tenía derecho a una plaza de Médico Interno en el Hospital "Nuestra Señora de las Mercedes" (hoy "Cmdte. Manuel 'Piti' Fajardo"), pero la realidad era que, en la práctica, nunca había dado consultas, al menos solo, ni me había enfrentado a muchos pacientes a la vez.

Y eso me preocupaba grandemente.

Es cierto que había participado en consultas de especialidades médicas como Oftalmología, Otorrinolaringología y Dermatología, pero siempre dirigido por un profesor que tenía toda la responsabilidad sobre el paciente, pero lo que es en Medicina Interna, Pediatría, Obstetricia y Ginecología y Cirugía General, nunca habíamos intervenido directa ni indirectamente.

No recuerdo bien si también las dimos en otras especialidades, pero eso sí, habíamos hecho cientos de historias clínicas, nunca solos sino en equipo de trabajo, pues recuerdo que siempre había 5 o 6 estudiantes por cama en la sala de Clínica Bajos, donde el Profesor era el Dr. Pedro Iglesias Betancourt, y los enfermos estaban hacinados en las salas sucias y descuidadas de aquel único hospital docente (junto con el Hospital "Nuestra Señora de las Mercedes") que existía para la preparación de médicos de toda Cuba.

Recuerdo perfectamente a compañeros estudiantes de todas las provincias de la nación, desde Pinar del Río hasta Oriente.

Estaban obligados a estudiar en la única Escuela de Medicina que existía, que se encontraba situada en El Vedado, en las calles 25 e I, y se comunicaba interiormente con el Hospital Docente "General Calixto García", por ello los cursos eran tan numerosos; en el nuestro ingresamos, repito, más de 600 aspirantes a médicos.

Algunas veces había 2 enfermos por cama y no era raro que se colocasen pacientes en colchones en el piso, en el centro de las salas, tal era el estado de deterioro físico y general que tenían los 2 únicos hospitales docentes que había en La Habana, el Hospital "General Calixto García" y el Hospital Docente "Nuestra Señora de las Mercedes", enclavado donde está situada hoy la heladería Coppelia, o sea la manzana que está entre las calles 23, L, 21 y K; ambos hospitales mostraban las vetustas y deterioradas estructuras principales de los tiempos de la colonia española. Todavía existían los pabellones verdes de madera, donde los profesores Alfredo Antonetti Vivar, Antonio San Martín Marichal y otros dieron las clases de Tuberculosis con su Clínica, así como la entrada que existía por la calle 27.

Yo había recibido un entrenamiento especial en Obstetricia, pues en mis vacaciones iba a Matanzas (de donde soy oriundo) y trabajaba haciendo partos en el antiguo Hospital de Maternidad de Matanzas, situado frente al parque que entonces se llamaba "Julio A. Mella" (también le llamaban en aquel entonces parque de Machado), a la salida de Matanzas hacia La Habana, había realizado decenas de partos, por lo que me sentía fuerte en esa especialidad y sabía que me podría enfrentar a cualquier tipo de situación que se me presentase.

Pero no me habían preparado para hacer un parto de noche, sin luz eléctrica, en un pequeño bohío con una sola habitación, de piso de tierra, sobre un camastro, y lo peor, sin ningún instrumental disponible, solo con mis manos y mis conocimientos, en medio de la Ciénaga de Zapata, en un sitio perdido denominado Maneadero, y para colmo, un parto con procidencia de un pié, pero esto será relatado con detalles mas adelante.

Mi entrenamiento especial en algunas especialidades no evitaba que me sintiese inseguro en otras, en las cuales la práctica docente de consultas que había recibido era muy escasa o nula y siempre ligada a clases eminentemente teóricas; sin embargo, confiaba en mi preparación científico-técnica y estaba seguro que tendría un desenvolvimiento decoroso cuando me enfrentase sólo a los campesinos enfermos, en la zona rural donde fuera mi destino.

Primero hubo un gran ajetreo para recoger las ropas.

Recuerdo que me dieron 2 uniformes grises de gabardina, el pantalón tenía 2 amplios bolsillos de "plastrón" a ambos lados y 2 camisas con bolsillos al frente, esas las recogí en el Ministerio de Salubridad y Asistencia Hospitalaria, situado entonces en Belascoaín, frente al parque dedicado al Dr. Carlos J. Finlay y Barrés, y que ocupaba todo el edificio de 3 plantas conocido como la "Casa de las Viudas" porque allí alojaban a las viudas de los oficiales y soldados españoles muertos en campaña, durante las guerras de independencia, antes de ser repatriadas hacia la península.

Allí me informaron que iba a ser situado en mi provincia de origen, Matanzas, lo cual mucho me alegró, a otros compañeros les tocó Baracoa, Guantánamo, Santiago de Cuba, o sea en la antigua provincia de Oriente, otros fueron a las provincias de Camagüey, Villa Clara, Pinar del Río, Isla de Pinos (actualmente Isla de la Juventud), pero todos fuimos a las áreas verdaderamente rurales, donde nunca antes había vivido ni ejercido un médico, al "VERDE DE VERDAD" y ninguno sabía concretamente lo qué íbamos a hacer ni, lo más importante, cómo lo íbamos a hacer.

Después tuve que ir a buscar las botas. Recuerdo que tuve que recogerlas en la antigua fábrica Ingelmo, situada en el Cerro, y ¡qué clase de botas me dieron! y digo así porque las utilicé como único calzado durante toda mi estancia en el posgraduado y me duraron, todavía nuevas, intactas como me las entregaron, hasta el año 1984, cuando cometí el error de prestarlas.

Ya tenía, a finales de febrero, mis 2 uniformes, el monograma blanco y amarillo que me identificaba como miembro del Servicio Médico Social Rural del Ministerio de Salubridad y Asistencia Hospitalaria y que tenía las siglas en letras negras, SMSR, muy bonito. Siempre lo recuerdo con mucho cariño, lo mismo que mi par de botas nuevas y relucientes. Esperé, durante muchos meses, mi ubicación. Esta fue la parte más importante de mi vida hasta ese momento, necesaria y decisiva para mi formación como Médico, como Revolucionario y como Salubrista.

Y ¿por qué digo que fue la que me formó de verdad como médico y como revolucionario, la que me vincularía por siempre, para toda la vida, a la prevención y fomento de la salud?

Porque el hecho de ser recién graduado y de no haber tenido contacto real con el campo cubano, con la situación de hambre, miseria, olvido, desnutrición, enfermedades de todo tipo (pero especialmente parasitarias), la anemia crónica, el raquitismo, con la explotación de siglos a la que había estado sometida una parte importante de la población de mi país, marcaron en mi corazón y en todo mi ser el destino de salubrista que me ha acompañado y que he exhibido con orgullo, por el resto de mi vida.

 

Mi llegada a "La Isabel"

Han pasado ya más de 44 años y todo viene a mi memoria como si los sucesos que voy a narrar hubieran ocurrido ayer y no hubiera transcurrido casi toda una vida, y como si no hubiera perdido, durante este lapso, a compañeros muy queridos e inolvidables. ¡A ellos les dedico este humilde testimonio!

Vivía con mi familia en Ciudad de La Habana, en la calle Lawton y en la barriada homónima. La casa tenía 2 cuartos, sala-comedor, cocina y baño, era muy ventilada, pues estaba en la parte media del ascenso a una loma y en la acera de la sombra, muy cercana al parque que hay en Dolores y Lawton.

Salí de mi casa un buen día a finales de febrero o comienzos de marzo, han pasado tantos años y transcurrido tantos hechos memorables que no recuerdo bien el día exacto en que partí.

Esto ocurrió después de una tormentosa y acalorada asamblea efectuada en la Sala Teatro del Hospital "Cmdte. Manuel Fajardo" (el nuevo de la calle Zapata), presidida por el Dr. Roberto Guerra Valdés, Coordinador Nacional del Servicio Médico Social Rural (SMSR), en la cual unos, la mayoría, se pronunciaron por acudir a ubicarse donde se les mandara, sin preguntar el lugar a donde iríamos, mientras que otros (unos pocos) mantuvieron una actitud inconsecuente con el momento histórico que nos tocaría vivir y se negaban a prestar su colaboración -alegando que ¿cómo iban a dejar salarios jugosos y casas confortables por un miserable salario?-. No pensaban en la justa y necesaria causa: brindarles los pocos conocimientos médicos y sociales que poseíamos, a los pobres y olvidados guajiros de las zonas campesinas, a los que producían los frijoles, las viandas, las hortalizas, a los humildes y explotados que sembraban la caña, la guataqueaban por centavos y después la cortaban, la subían a las carretas y la transportaban hasta el central azucarero donde se habría de moler, y todo eso lo hacían a mano, por solo unos cuantos centavos que no les alcanzaban para mal vivir, durante los 4 meses de zafra activa compraban en la bodega del rico hacendado y siempre quedaban endeudados, luego venían 8 meses de "tiempo muerto" durante los cuales tenía que buscarse los frijoles como pudieran.

¡Lo que les expongo es real y verdadero!

Nuestros campesinos habían sido esquilmados en forma inmisericorde desde tiempos remotos y nunca había llegado hasta ellos la atención médica gratuita (como sería para todos en el país desde ese momento). En el peor de los casos, si no disponían del dinero para pagar la consulta a un médico particular que los explotaba, tenían que hipotecar su casucha o vender la cosecha por un precio irrisorio, liquidar sus puercos, regalar las gallinas que con tanto trabajo habían criado durante meses.

¡Por primera vez, la Revolución había situado un médico que los atendería y consultaría gratis y les daría las medicinas, sin que éstas, ni las consultas les costasen un solo centavo!

¡Que gran cosa estaba haciendo la Revolución al poblar de consultorios, hospitales, y, sobre todo, de médicos, las zonas rurales del país donde nunca antes habían existido!

Al dejar mi casa, atrás quedaban mi esposa y 2 de mis hijas: la mayor, Isabel, que tenía entonces solo 2 años, y la segunda, Gisela del Pilar, que había nacido recientemente, el 15 de febrero de 1960.

Y un buen día, partí junto con otros compañeros que iban a ser ubicados también en la provincia de Matanzas, donde fui situado para realizar Servicio Médico Social Rural.

Recuerdo que llegamos a la Dirección Regional de Salud Pública y de ahí me trasladaron para el Hospital Militar de Matanzas donde pasé casi toda la mañana. Aproximadamente a las 2 de la tarde me fue a buscar el Director Regional de Salud Pública, Dr. Francisco Báez Sablón, en un jeep del Servicio de Salud del Campesino. El doctor Báez había llegado recientemente del Táchira (Venezuela) ostentando los grados de Teniente Médico. Después de las presentaciones de rigor me dijo que él era quien me iba a llevar al lugar donde haría mi postgraduado. Más tarde me percaté que no era hombre de presentaciones, de protocolos ni de muchas formalidades.

Ese fue mi primer contacto con este personaje tan pintoresco a quien me unió una sincera amistad conservada durante 20 años, hasta que decidió marcharse de Cuba y regresar al Táchira donde, posteriormente, supe que había fallecido y, en realidad, lamenté que ese hombre tan íntegro, que parecía revolucionario a carta cabal, al final de su vida hubiese traicionado un proceso tan grande y puro, como lo es la Revolución Cubana.

Fue el primer Director Regional que tuvo la provincia de Matanzas y su primer Director Provincial también, después ascendió a Director del Instituto Nacional de Higiene, Epidemiología y Microbiología, de este último cargo pasó a trabajar en el Centro Provincial de Higiene y Epidemiología de la Dirección Provincial de Salud de Ciudad de La Habana. Luego perdí el contacto con él, hasta que me enteré que había decidido marcharse del país con su esposa e hijo (entonces supe que era un hijo adoptivo venezolano).

El doctor Báez Sablón me informó que se trataba del batey de un antiguo ingenio derruido, que se encontraba a 5 km hacia adentro, cerca de Calimete, en un sitio denominado "La Isabel", más o menos a la misma distancia de Calimete que de Jagüey Grande, aunque después supe que está realmente situado más cerca de Calimete.

Conmigo llevaron también a un compañero muy querido, pues habíamos estado juntos desde el primer grado de la Escuela "Arturo Echemendía", en Matanzas, nos conocíamos desde que teníamos 6 años, el doctor Francisco Soler Casas, "Paquito", como le decíamos cariñosamente sus compañeros, el cual fue ubicado para hacer su SMSR en la Cooperativa "Cuba Libre", muy cercana de Jovellanos.

Paquito tuvo un final muy cercano y trágico (él lo desconocía entonces) pues, lamentablemente, murió 2 años después, muy joven y de una enfermedad que el mismo se diagnosticó, ya que era un buen Internista, una colitis idiopática ulcerativa hemorrágica, incurable.

Lo dejamos instalado en la Cooperativa "Cuba Libre", que era muy floreciente, tenía todas las comodidades, luz eléctrica, agua corriente y la vivienda era muy confortable; contaba, además, con todas las instalaciones médicas e instrumental necesario pues se trataba de la consulta particular de un compañero muy revolucionario, el Dr. Conrado del Puerto Quintana el cual las había donado a la revolución.

Continuamos viaje hacia "La Isabel", Calimete, donde iba a ser ubicado. Llegamos ya entrada la noche, pero había algo de claridad, pues había luna llena y después de viajar en un jeep cerca de media hora por entre campos de caña y guardarrayas, llegamos a un caserón muy grande de mampostería que en su tiempo debió haber sido un sitio esplendoroso, pero del cual solo quedaban 2 pequeñas alas en pie, en el ala derecha instalaría el dispensario y frente a él estaría situada mi vivienda, en el ala a la izquierda, también semiderruida, había 2 habitaciones al final y, sobre todo, una inmensa y negra soledad.

Parecía, a primera vista, que la casa más cercana estaba como a 300 o 400 m del lugar donde me dejaron, porque no veía luces cercanas, todo era negrura y soledad, como "boca de lobo".

Hasta donde llegaba mi vista, no había ninguna casa en los alrededores inmediatos, pues no se veían luces, ni tampoco me esperaba persona alguna.

¡Ni un alma aguardaba mi llegada!

Recuerdo que el doctor Báez se bajó del jeep y me dijo: -ya llegamos, este será tu dispensario y tu vivienda-, y con una linterna fue iluminándome el camino hasta que llegó a una puerta lateral de madera que abrió sin llave, de un empujón y allí me dejó, solo con mi soledad y con mi maletín como único compañero.

No he pasado, que yo recuerde, una noche más angustiosa y solitaria que aquella en toda mi vida.

Solo, sin nadie a quién acudir, sin conocer a ninguno de mis presuntos pacientes y vecinos y único habitante en aquel caserón (al menos creía eso, después me enteraría que en el ala izquierda vivía un carpintero con su mujer), con una mísera litera para mal dormir, sin una lámpara de luz brillante, sin una linterna, a oscuras totalmente.

No pueden imaginar las angustias que pasé, las cosas que ideé, cada ruido (de los muchos que se sienten en el campo) se magnificaba en mi mente.

¡Fue definitivamente una noche inolvidable!

Atranqué la puerta con un taburete que encontré en la oscuridad y volví a tirarme en el camastro, pero todo fue imposible, no logré conciliar el sueño ni un solo momento en toda aquella larga noche que pasé, solitario, apesadumbrado, triste, y a oscuras en el batey "La Isabel".

Y no es que tuviera miedo a la oscuridad ni mucho menos, es el hecho de quedarse a solas, en un caserón semidestruido, en un lugar desconocido y sin saber dónde quedaba nada, ni cuál sería el vecino que tenía a mi lado, si tendría vecinos y quiénes serían.

¡Qué primera noche la de mi estreno en "La Isabel"!

No podrían imaginar, ni por un momento, las veces que deseé no ser médico, no haberme graduado en ese momento tan grandioso de la Revolución, ni haberme comprometido a hacer el SMSR.

Llegué hasta a pensar muchas veces que al día siguiente cogería mis bártulos y arrancaría para La Habana, quise estar en mi casa de Lawton, con mi esposa e hijas, cuántas cosas no llegaría a pensar en aquella triste, negra, solitaria e inacabable noche.

 

Manuel Noda

A la mañana siguiente, muy temprano, se me presentó Manuel Noda.

Se trataba de un campesino del batey "La Isabel" que fue a conocerme y a llevarme a desayunar en su casa.

Me puse muy contento, le agradecí enormemente a este campesino sus atenciones y sus bondades, especialmente en aquel momento en que me sentía tan apesadumbrado.

Manuel Noda era un campesino de los que se precian mucho de serlo, delgado, no muy alto, recio, serio, respetuoso, ordenado, revolucionario a carta cabal, de unos 55 a 65 años de edad. Se puso de inmediato a mi disposición para todo lo que necesitara del batey o de Calimete, y lo que es más importante, puso a mi disposición su pobre y humilde casa, para desayunar, almorzar y comer durante el tiempo que lo necesitara.

¡Esa fue una acción voluntaria y desinteresada que nunca podré olvidar!

Su esposa era una mujer bajita y gruesa, muy bondadosa y complaciente, cocinaba muy sabroso; de ella solo recibí atenciones durante los meses que duró mi estancia en la zona.

La casa de Noda y su esposa estaba situada en un camino vecinal o guardarraya, situado en un ángulo de 90° con mi casa (ya la llamaba mi casa), saliendo hacía la izquierda, casi frente por frente a la casa de los Alvarado, que serían muy importantes para mi futura vida en "La Isabel" (aunque no lo sabía en ese momento aún) pues la hija menor, Angélica, sería mi asistente o secretaria en el consultorio, encargada de dar los turnos y ayudarme en las consultas.

Salí de casa de Manuel Noda bastante reconfortado, pues sabía que tendría seguros el desayuno, el almuerzo, la comida y la compañía, desde el primer momento supe que sería mi amigo y fiel compañero, desde ese instante y para siempre.

Comprobé que en el camino donde vivía Noda había unas 10 casas más, a ambos lados.

Al llegar por el camino hacia el batey quedaba una última casa, a la derecha, donde posteriormente supe que vivía el responsable de la Bodega del Pueblo, situada muy cerca, al frente y separada de mi casa por un espacio grande sin cultivar.

Al frente de mi casa, más o menos en el centro del batey, se hallaba un tanque de agua sobre una estructura de hierro como a 10 m sobre el nivel del suelo, parecido a un gran cilindro metálico, se llenaba de agua por medio de un motor y ahí cogían agua los vecinos más cercanos, yo entre ellos.

Más allá, al fondo de la bodega, vivía Maquila, hombre bajito y delgado (nunca supe su verdadero nombre y apellidos), que pertenecía al cuerpo de la Milicia Campesina al igual que Juanito Aldazábal, que era algo más alto, pero más delgado, mucho representarían ambos para mi seguridad futura.

Hacia la derecha de la bodega, pero más adelante de esta, junto al camino de entrada al batey, por donde pasamos la noche anterior, estaba la casa de los Aldazábal, otro de los bastiones fuertes del batey, unos eran Alvarado, los otros Aldazábal.

Teresa, la menor de las hijas, era otra de las jóvenes que se habían comprometido a ser mis asistentas o ayudantes en el consultorio, ambas, Teresita y Angélica, la menor de los Alvarado, serían mis enfermeras y secretarias en el futuro.

Lindando con la bodega, pero hacia su izquierda, estaba la escuela rural del barrio, una escuelita pequeña que tenía una sola aula en un salón bastante grande, donde habría unos 30 pupitres, un pizarrón y un pequeño buró, además de un estante donde la maestra guardaba libros, mapas, libretas y otros enseres escolares.

Esta funcionaba además como salón para reuniones del colectivo de vecinos del batey y también como salón de actos.

 

El consultorio

El consultorio era una gran habitación ubicada en la parte delantera de la construcción, tenía una puerta hacia el pasillo lateral de la casa y 2 ventanas, una al frente y otra al costado, y una puerta interior que comunicaba con el resto de la construcción.

Contaba con un buró pequeño, pero funcional, una vitrina blanca de hospital y una mesa de reconocimiento, además de mi estetoscopio y mi esfigmomanómetro.

No tenía más instrumental, ni pinzas de sutura, ni tijeras, ni agrafes metálicos, ni agujas ni hilo para dar puntos, con ese pequeño instrumental debía atender alrededor de unas 140 personas de esas 25 casas de la localidad y a todos los vecinos de los bateyes cercanos, que no sabía a cuántos ascenderían.

Desde luego que la vitrina estaba bien surtida de antidiarreicos, anticatarrales, algunos inyectables, antiespasmódicos, antirreumáticos, aspirina y otros medicamentos indispensables, y habría de surtirla mejor en mi primer viaje, cuando pudiese ir a La Habana.

Mas adelante lo acondicioné mejor, puse una cortina y aislé el consultorio del sitio donde podría reconocer a las personas, separándolo del resto del área para lograr algo de privacidad cuando fuera a examinar a mis futuros pacientes.

Detrás del consultorio, y separado de este por una puerta, quedaba la otra habitación-dormitorio, que era un salón muy grande, con una especie de baño donde asearse, y esas eran todas las comodidades de que podría disponer durante mi estancia en "La Isabel".

El ala de la derecha, donde se encontraba el consultorio, quedaba separada del ala izquierda por un jardín de rosas, geranios, albahacas y muchas plantas medicinales que había sembrado y cuidaba diligentemente la esposa del carpintero, y había además una llave donde podíamos coger agua.

En el ala de la izquierda, al fondo, vivía el carpintero, hombre de unos 60 años o más, con su esposa, personas muy amables y cariñosas con quienes entablé muy buenas relaciones

Hacia atrás de esta gran construcción de mampostería teníamos un área de unos 500 o 600 m2 donde había una espesa arboleda con matas de mangos, aguacates, naranjas, limones, anones, chirimoyas, mameyes colorados, plátanos y otras frutas más que no recuerdo, solo sé que todo esto pertenecía a la propiedad y era para uso colectivo de todo el batey, pero especialmente del carpintero, su esposa y yo.

 

Primer día de consulta

Cerca de las 9:30 de la mañana de ese, mi primer día de estancia en "La Isabel", veo que desde un pequeño apeadero donde paraba algo así como un trencito de línea, viene caminando hacia mi consultorio, una treintena de personas de todas las edades.

Se habían enterado que había un médico nuevo de La Habana, que brindaría consultas gratis y que también daría las medicinas, y habían cogido una especie de ferrocarril de vía estrecha que corría entre Jagüey Grande y Calimete y que venía haciendo paradas en todos los bateyes dispersos por la zona a lo largo de su recorrido.

Después me enteré que esta era la última parada de ese "carrito de línea" antes de llegar a la parada final en Calimete, o sea que el mayor volumen de pacientes vendría siempre cuando el carrito hacía el viaje de Jagüey Grande hacia Calimete, 2 veces al día, por la mañana a eso de las 9 o 9:30 y por la tarde, a eso de las 2 o 2:30, y lo más difícil para mí era que tenía que verlos a todos en 4 o 5 h, pues tenían que regresar a sus bateyes cuando el trencito fuera de regreso, además de consultar a los pacientes de "La Isabel", que eran una cantidad no despreciable.

Cuando vi venir a todos estos campesinos con sus familias, pues venían hasta familias enteras, creí volverme loco, quedé muy preocupado pues realmente nunca había dado consultas a un grupo tan numeroso, pero afortunadamente, también llegaron, Angélica Alvarado y Teresita Aldazábal (mis asistentas) y ellas se encargaron de organizarlo, dieron a cada paciente el turno que le correspondía, según la gravedad del caso y su orden de llegada.

Ellas realmente estaban bien instruidas, educadas y eran muy eficientes, muy pronto organizaron los turnos y me pasaron el primer caso.

Quiero decirles que traía preparadas de La Habana unas tarjetas de cartulina blanca, como de la mitad de una hoja, donde mis asistentas se encargaban de anotar los datos generales de los pacientes y me dejaban el resto de la hoja para anotar muy sucintamente el motivo de consulta, un pequeño resumen de la historia de la enfermedad actual, el tratamiento que les imponía y la fecha para la cual los citaba para reconsulta (casi nunca lograba que ellos vinieran a consultarse de nuevo el día señalado).

Y así, uno tras otro, fueron entrando a la consulta las 30 o 40 personas que habían llegado en el horario de la mañana.

Los vecinos del batey, al darse cuenta de que la consulta se haría muy difícil después que el carrito de línea arribara, comenzaron a asistir a la consulta a partir de las 8 de la mañana hasta las 9 a 10 de la mañana.

Raras veces venía alguien cuando el carrito pasaba de Calimete hacia Jagüey, solo lo hacían los vecinos de "La Isabel" que habían ido por suministros, de compras o a hacer alguna que otra gestión en Calimete.

Este era el caso de Manuel Noda, que viajaba todos los días hacia Calimete para buscar el hielo, la carne, otros suministros necesarios y lo que no podían ellos cultivar, y regresaba en este mismo medio de transporte.

Ese día terminé la consulta de la mañana a la 1:30 de la tarde y me fui casi corriendo a la casa de Manuel Noda a almorzar.

Ya su esposa tenía preparado mi almuerzo y me lo comí apurado, pues sabía que el vehículo vendría de regreso de Jagüey aproximadamente a las 2:00 de la tarde y dispondría de menos tiempo en la sesión vespertina.

Regresé de inmediato al consultorio y ya había llegado el nuevo contingente de pacientes procedente de Jagüey, otros 30 o 40, pero mis asistentas habían cubierto mi ausencia e inmediatamente comencé la consulta, pues ellos me contaron que si llegaba el carrito de regreso de Calimete, a eso de las 5:00 de la tarde, no podrían atenderse, tenían que regresar para sus casas y volver otro día, porque no tenían otra forma de marcharse.

Los demás días fueron todos iguales en cuanto a número de personas a atender, de lunes a viernes, entre 80 y 100 personas diariamente, sin contar que a veces venían a buscarme en horas de la noche, pues se sentía mal alguien del batey y tenía que atenderla día y noche, sábados y domingos inclusive, pero estos últimos días no tenía consulta fija, solo las urgencias, que en realidad eran pocas, los vecinos del batey sabían cuánto trabajaba diariamente de lunes a viernes y procuraban, no acudir a la consulta más que cuando era imprescindible.

 

Mis pacientes

A los pocos días de estar consultando en "La Isabel" noté que la mayoría de mis pacientes eran niños de todas las edades, que parecían eutróficos, pero en realidad la inmensa mayoría estaban parasitados, tenían vientres muy abultados, barrigones, no porque se encontraran bien nutridos, sino repletos de parásitos.

Los veía acudir de todos los bateyes cercanos, lo mismo de familias muy humildes, como la familia de Maquila, como de familias en mejor situación económica, como los Aldazábal o los Alvarado.

Todos tenían el "estigma" de los niños campesinos en esos momentos, los vientres globulosos, llenos de parásitos, mal nutridos, continuamente enfermos con diarreas crónicas y la anemia ferripriva que acompaña siempre el parasitismo.

La mayoría andaba sin zapatos en sus casas de pisos de tierra y así iban al campo, cuando tenían edad para ello, a trabajar la tierra con las personas mayores a quienes ayudaban en las tareas que podían.

Había niños de 15 años que tenían la estatura de uno de 8 o 9 años de la ciudad. Tal era el nivel de raquitismo que afectaba a los niños campesinos, en ellos vi por primera vez el "rosario condrocostal".

No tenían ni un átomo de educación sanitaria, tampoco nadie se había preocupado nunca porque supieran algo relativo a su salud, la realidad era que la orientación del Ministerio de Salubridad y Asistencia Hospitalaria no contemplaba entre sus objetivos, antes de la Revolución, la prevención y la promoción de salud, malamente se preocupaba por la asistencia médica en los escasos, mal acondicionados y poco funcionales hospitales, y en las pocas y mal atendidas casas de socorros, construidas desde el año 1871, se mantuvieron después durante toda la República burguesa y existieron hasta poco antes del 1962, de la República Socialista. Había una en los principales municipios del país, no porque no hubiera conciencia de su necesidad ni porque faltasen los conocimientos en muchos de los profesores y profesionales de la salud, sino porque los desgobiernos anteriores no se preocuparon nunca por ello, se dedicaban a la corrupción administrativa, el peculado, la malversación y el enriquecimiento ilícito y tolerado por todos.

En honor a la verdad, la enseñanza que recibimos en la Escuela de Medicina no nos preparaba para las tareas de prevención de las enfermedades, y mucho menos para la promoción de la salud y la educación sanitaria.

La única asignatura que hablaba algo, pero insuficiente, era Higiene y Legislación Sanitaria que recibíamos en el 6to. año de la carrera de Medicina, y lo que nos enseñaban era muy pobre, con poco fondo de tiempo para luchar contra disciplinas muy poderosas y de larga tradición como la Clínica, la Pediatría, la Cirugía y la Obstetricia, en ellas no se contemplaba ninguna de las tareas promocionales y preventivas.

Es más, nuestros padres nos decían que deberíamos estudiar y hacernos médicos para ganar mucho dinero y vivir bien, y muchos de nuestros profesores, nos preparaban en el "arte médico", que era la explotación de todo aquel que viniera a vernos.

La medicina era una forma de comercio, los necesitados debían acudir a nosotros que estábamos preparados convenientemente para explotar los conocimientos adquiridos.

Los campesinos no conocían los peligros de andar sin zapatos, para adquirir los terribles Necator americano, Ancylostoma duodenale y Strongyloides stercoralis, los cuales suponíamos que serían muy comunes en la población infantil, pues estaban creadas todas las condiciones para su adquisición; desconocían la necesidad de hervir el agua de beber, de limpiar muy bien los alimentos que se consumían crudos, como las frutas y las ensaladas (ellos se las comían de la mata o del suelo, sin lavarse las manos con agua y jabón antes de ingerir ningún alimento) y, sobre todo, de usar calzado.

Después comprendería lo difícil que era practicar todas estas cosas que tenía que recomendarles, en las terribles condiciones en las que ellos vivían, y lo difícil que era modificar hábitos que traían de sus ancestros y que habían aprendido durante toda su vida.

Sabíamos que los parásitos más frecuentes que encontraríamos en los niños campesinos era el Ascaris lumbricoides, el Trichiuris trichiura y el Enterobius vermicularis (o sea, las lombrices blancas y grandes, los gusanos chiquitos y larguitos que ellos veían en las heces y el que pica el ano), pues entre los campesinos, en esos momentos, era muy frecuente el fecalismo al aire libre (por carecer de letrinas sanitarias en sus casas), y más frecuente el tomar agua cruda del pozo, sin hervir.

Generalmente se trataba de pozos de brocal, abiertos, no profundos, pero quién le decía a un campesino que apenas cocinaba con leña o con carbón, excepcionalmente, que tenía que hervir el agua de beber, y mucho menos que él y su familia debían lavarse las manos antes de comer cualquier alimento, cuando el tenía que ingerir su parco almuerzo en el mismo surco o debajo de algún árbol cercano, con las mismas manos con que antes había empuñado el arado o había estado guataqueando el surco.

Entonces comprendí la triste miseria en la que se encontraban los campesinos en mi país antes del triunfo del 1ro. de enero de 1959, la explotación inconmensurable a que estaban continuamente sometidos, el hambre crónica que les minaba su salud, el parasitismo intestinal que les chupaba la poca sangre de que disponían, su incultura en todos los entidos, sus bohíos o bajareques de pisos de tierra, paredes de yagua de palma, cartones o latones y techos de guano, donde mal vivían.

Comprendí que, antes del triunfo de la Revolución, ellos eran peores que parias en su propia tierra.

Sin derecho a nada y con muchos deberes: para con el colono que los explotaba, la bodega que les chupaba los pocos centavos que ganaban diariamente por guataquear la tierra del rico hacendado, el político que mucho les prometía y después que el campesino le daba las cédulas electorales para que saliera de concejal, alcalde, senador o representante, ¡si te he visto ni me acuerdo!

Ellos se encontraban cargados de deberes, pero sin alguno de los derechos que les garantizaba la Constitución de 1940 (que era la que estaba vigente): el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud, a la educación, al trabajo, a la recreación.

Eso les llegaría sólo después del triunfo de la Revolución, el 1ro. de enero de 1959.

Afortunadamente para todos los cubanos, había una Revolución nueva en el poder que velaría porque esta situación no se mantuviera y terminara la terrible explotación del campesinado, porque todas estas cosas cambiaran y fueran diferentes en las miserables chozas campesinas.

Y nosotros, los Médicos del Servicio Médico Social Rural, los médicos que nos habíamos incorporado decididamente al proceso revolucionario, que representábamos a las fuerzas del progreso, a las fuerzas revolucionarias en este olvidado batey "La Isabel" y en otros tantos lugares de las sierras y los llanos, seríamos los agentes del cambio, los que intentaríamos modificar la situación deprimente existente en nuestros campos, los que tendríamos sobre nuestros hombros la altísima responsabilidad de transformar positivamente los inmensos problemas de salud que tenían los campesinos, y acometer la febril tarea de comenzar a revertir la situación existente en esos momentos.

Tan pronto fui visitado por el Dr. Francisco Báez le planteé, como principal problema de salud detectado en esa zona, el fecalismo al aire libre y la no existencia de letrinas sanitarias, lo que redundaba en un exceso de parasitismo intestinal en casi todos los niños de las comunidades campesinas.

Este comprendió la situación y me dijo que él iba a solucionar el problema de las letrinas sanitarias para el batey y para los bateyes cercanos.

Otro de los problemas de salud que aquejaban a casi todos los miembros de las comunidades campesinas era la anemia ferripriva (por el parasitismo), el raquitismo, el catarro cuando había epidemias, la hipertensión arterial que era un mal crónico en casi todas las personas después de los 50 años de edad, las enfermedades reumatismales (o sea los dolores articulares y musculares), que eran muy frecuentes en los trabajadores del campo, y el embarazo, que aunque no es una enfermedad, tenía que enseñarles que era necesario vigilar, pues no todos evolucionaban favorablemente.

Muy pronto me daría cuenta que a los campesinos no les gustaba que sus mujeres, con enfermedades ginecológicas o en sus partos, fueran atendidas por médicos y preferían buscar recogedoras.

También sabría muy pronto la lucha que tendría que entablar contra los múltiples "curanderos" que infectaban la zona; tenía uno muy cerca, que vivía antes de llegar a Calimete y otros más lejos, muy cerca de la Ciénaga de Zapata.

 

Las letrinas sanitarias

Inmediatamente comisionamos al compañero Manuel Noda para hacer un censo de todas las casas del batey "La Isabel" y de los bateyes cercanos, para comprobar los vecinos que necesitaban letrinas.

Pronto me di cuenta que Manuel Noda era el "líder informal" de esa comunidad y que todos los vecinos lo respetaban y lo querían.

El censo estuvo terminado antes de una semana y las tan añoradas letrinas llegaron en un camión de plancha, muy larga, del Ejército Rebelde, antes de los 15 días, una tarde del mes de marzo, en la segunda quincena.

De inmediato los vecinos, liderados por Noda, bajaron de la cama del camión los pisos de las letrinas y el cajón, ambos hechos de concreto, muy bien terminados, y en menos de 4 horas de trabajo las bajaron todas.

¡Cuanta alegría se respiraba en el batey!, las esposas de los vecinos venían a ver sus letrinas, los niños se encaramaban sobre las tongas de los pisos y los adultos calculaban cómo se las iban a llevar para sus casas, pues resultaban bastante pesadas.

¡Yo no cabía dentro de mí de gozo y alegría revolucionaria!

Esta era la segunda acción que hacía la Revolución por los campesinos de "La Isabel" y los bateyes adyacentes, la primera estaba representada por mi presencia como médico del SMSR y los servicios asistenciales y preventivos que prestaba.

Ahora se materializaba la segunda de las acciones, por iniciativas del Ministerio de Salubridad y Asistencia Hospitalaria, al traerles a toda la masa campesina, tan olvidada por todos, letrinas sanitarias con qué luchar contra el fecalismo al aire libre y su sabido colofón, el parasitismo intestinal.

Ya al día siguiente, siempre bajo la vigilancia de Noda, comenzaron a llegar los campesinos a buscar sus letrinas, unos con una yunta de bueyes que acarreaba una carreta donde iban dos o tres letrinas para varios vecinos de la zona, otros con una carretilla daban dos viajes, en el primero se llevaban el piso y en el segundo, el cajón.

Otros, los menos, venían en un camión de la cooperativa y se llevaban 4 o 5 letrinas completas, cada cual utilizó el medio que podía o el que conseguía, pero en menos de una semana repartimos todas las letrinas.

Ahora vendría la tarea más difícil para los campesinos, que era el construir, con sus propios medios, el hueco y la caseta para completar la letrina, y todo ello siguiendo mis instrucciones, o sea, que la letrina debía estar situada a no menos de 20 metros de la casa y aguas abajo de donde corría el manto freático.

Esto último no me preocupaba mucho, ya que la letrina y su contenido nunca podrían contaminar el manto, pero como sus pozos eran superficiales, siempre existía el peligro de contaminación, de ahí que tuviera el trabajo de supervisar, personalmente, la instalación y ubicación de todas las letrinas que se instalaron en el batey.

Me sentía muy feliz pues la Revolución había comenzado a llegar a aquel olvidado batey y muy pronto los campesinos tendrían a su disposición una letrina sanitaria donde hacer sus necesidades.

Algunas fueron muy bien confeccionadas, de madera y hasta pintadas con lechada de cal, otras fueron confeccionadas con tablas de palma y techos de guano, otras, las menos, fueron muy rústicas con yaguas o latones abiertos y puertas de saco, pero al menos, tendrían un lugar seguro para depositar sus excrementos y no lo harían libremente en los platanales y matorrales.

¡Ahora podría comenzar un trabajo serio contra el parasitismo intestinal!

 

Mi primera investigación científica

Lo primero que se me ocurrió fue realizar una investigación para conocer la cantidad de enfermos por parásitos intestinales. Para eso debía ir al policlínico más cercano, entrevistarme con su director y averiguar qué ayuda ellos podrían brindarme para investigar el nivel de positividad (después aprendí que eso se llamaba prevalencia, porque esto no me lo enseñaron en la universidad) del parasitismo intestinal en el batey y en todos los visitantes a mi consulta.

Le pregunté a Manuel Noda cuál era el policlínico que quedaba más cerca y me dijo que era el de Manguito y le expresé: "Pues Ud. viene conmigo y vamos a visitar a su director para ver la cooperación que éste me puede prestar en mi lucha contra el parasitismo intestinal".

Y así lo hicimos, un sábado arrancamos muy de mañana para Manguito y allí nos entrevistamos con el director del policlínico, que resultó después nuestro mejor amigo médico en la zona y el más efectivo colaborador, no solo para esta tarea del parasitismo, sino para todas las tareas asistenciales que tuvimos que realizar.

Se trataba de un hombre como de unos 35 a 40 años, extremadamente simpático, ameno, muy risueño y muy revolucionario, el doctor Jesús García Martínez, el cual de inmediato se puso a mi entera disposición para todo lo que necesitara, me haría los análisis de heces fecales buscando parásitos intestinales y me brindaba el laboratorio del policlínico que el dirigía para realizar otros análisis de sangre, orina, etc., que necesitaran mis pacientes.

Desde ese momento fue mi más útil y eficaz colaborador, siempre lo recuerdo con un gran afecto y cariño, pues invariablemente se mantuvo jovial, servicial y me ayudó mucho entonces y después, cuando asumí la Subdirección Provincial de Higiene y Epidemiología en la provincia de Matanzas durante los años de 1963 a1965.

Lo vi, por última vez, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, en el año 1995, cuando homenajeamos a los que habían ofrecido más de 30 años de su vida al servicio de la Higiene y la Epidemiología en Cuba, en ese tiempo era yo el Presidente de la Sociedad Cubana de Higiene y Epidemiología.

Entonces se mantenía con el mismo carácter de cuando lo conocí, risueño y jovial, muy cariñoso, pero ya con menos bríos y vigor del que tenía casi 35 años atrás. Me di cuenta entonces que los años no pasan en balde y que el tiempo va dejando sus huellas irremediables en las cosas y en los hombres.

Pero volviendo a aquel momento, habíamos logrado nuestro objetivo, el policlínico de Manguito me suministraría mensualmente 400 laticas para recoger las excretas de los pacientes y me procesaría 10 o 15 diarias, me enviaría los resultados de los exámenes con los propios pacientes.

Agradeciéndole las gentilezas que tuvo para conmigo, me despedí del doctor García Martínez y volví a "La Isabel" con Noda, que me acompañó durante la conversación que tuve con el director del policlínico de Manguito y me ayudó con las primeras 400 laticas de metal para recoger excretas.

A partir de ese momento, priorizando siempre a los niños que visitaban mi consultorio por cualquier causa, hasta los 18 años, les indicaba un examen parasitológico de heces fecales para ir haciendo mi primera investigación científica.

Pero no solo a los niños, sino también a los adultos que conociera o sospechara que pudiesen tener diarreas crónicas por parasitismo, o que estuviesen padeciendo de anemia, pues esta podía resultar también de origen parasitario.

Así estuve investigando el parasitismo intestinal en los campesinos de "La Isabel", y de cualquier batey, que viniese a mi consulta, cada vez más organizada, hasta que me marché del consultorio en el mes de septiembre, habiendo acumulado más de 2 000 resultados de análisis de heces fecales, lo que arrojó una prevalencia de 73 %.

También procesé la información por tipos de parásitos, el más frecuente entre los niños resultó ser el Ascaris lumbricoides y entre los adultos, los Trichiuris trichiura; registré los poliparasitados (frecuente entre los niños) y los monoparasitados, los agrupé por grupos etarios (el de más alta frecuencia resultó el de 5 a 14 años); localidades o bateyes (fue más o menos similar en todos los de la zona) y por sexos (el masculino fue el más afectado).

Estos resultados de la primera investigación científica del SMSR en la provincia de Matanzas fueron presentados en el Primer Congreso de Salud Pública de la Regional Matanzas, efectuado en el Hotel Internacional de Varadero, en el año 1963.

Quiero significar que previamente había coordinado con la Dirección Regional de Salud Pública de Matanzas, con la cual mantenía excelentes relaciones, para que nos suministrase los antiparasitarios necesarios para curar los helmintos, que fue el único parásito que pude explorar en el policlínico de Manguito, y deseo hacer constar que todos los casos fueron tratados convenientemente, pues en ningún momento nos faltaron los antiparasitarios necesarios.

Fue muy difícil tener constancia de la cura o si se reinfestaron, pues fueron muy pocos los reexámenes de heces que pudimos realizar, pero la mayoría de los afectados no volvió a consulta por los mismos síntomas.

Pero, por lo que me contaron las madres de los niños tratados, pude saber que algunos llenaban un orinalito con lombrices blancas (ascaris) y otros parásitos más pequeños que supongo serían tricocéfalos.

Esta acción sobre el parasitismo intestinal se mantuvo en forma constante hasta que me marché del consultorio en el mes de septiembre, antes tomé la información de los modelos que me traían los pacientes cuando los recogían en el policlínico de Manguito.

Creo que nunca agradeceré lo suficiente la cooperación del doctor Jesús García Martínez y la diligencia de los compañeros del laboratorio clínico del policlínico, que me ayudaron en grado sumo, sin conocerme y solo por el bien de los vecinos del batey, también para que pudiera completar mi primera investigación científica, lo cual hice sin ayuda alguna desde el punto científico, solo tuve la que me brindaron mi esposa y Angélica Alvarado, mi asistente en el trabajo del consultorio, que me ayudaron a procesar los datos.

Al llegar mi esposa y hacerse cargo de la ayuda necesaria en las tareas asistenciales, Teresita Aldazábal decidió dejar de venir al consultorio. Desde ese momento, fueron mi esposa y Angélica Alvarado, las asistentes que se mantuvieron trabajando en el consultorio hasta nuestra marcha.

Mi esposa me acompañó a todas partes desde que llegó, inclusive a la Cooperativa "Rubén Martínez Villena", a donde fuimos todos los domingos para tareas asistenciales.

 

Educación para la salud

Muy pronto me percaté de que no bastaba la atención médica directa sobre los pacientes si no trataba de modificar sus hábitos, sus costumbres, sus creencias, y para ello le pedí al carpintero que vivía al lado que me fabricase una especie de mural o tabla donde hacer una propaganda efectiva con carteles de vivos colores sobre las principales enfermedades, su prevención y las acciones de salud.

El mural estuvo hecho en tres días y como antes le habíamos pedido a la Dirección Regional de Salud que nos trajera propaganda gráfica para situar en el mural, ésta nos envió a un enfermero de apellido Cuervo, que era el responsable de educación para la salud en la Regional y con quien trabajé después cuando fui Subdirector Regional (provincial) de Higiene y Epidemiología de la provincia de Matanzas, recuerdo que él me trajo carteles suficientes sobre el parasitismo intestinal y las vías por las cuales se adquiere, sobre las enfermedades diarreicas agudas, el raquitismo, la lactancia materna y la tuberculosis pulmonar, mis asistentes y yo colocamos debidamente los carteles y confeccionamos el mural.

Además, en uno de mis viajes de fin de semana a La Habana visité al Jefe de Educación para la Salud a nivel Nacional, doctor Antonio Moreno Luna, el cual me facilitó propaganda gráfica que me resultó muy útil para mis empeños educativos.

Posteriormente observé que las madres campesinas y los viejos se paraban frente al mural y miraban las figuras, pero comprobé que no sabían leer ni escribir, pues cuando les entregaba el método en la consulta me preguntaban ¿cómo debían tomar los medicamentos? y cuando les decía que se los había escrito en el método, algunos se quedaban callados y me repetían, pero ¿cuál debo tomar primero y a qué horas del día?, eso me hizo sospechar que mi mural de educación para la salud, con toda su divulgación gráfica, sería poco efectivo (no se había efectuado la Campaña Nacional de Alfabetización del año 1961, entonces todos los campesinos podrían leer las pancartas y carteles, pero aun no).

Se me ocurrió hablar con la maestra de la escuelita rural que quedaba casi enfrente de mi consultorio, aunque a unos 200 metros a la izquierda, y pedirle que me prestase el local de la escuela para darle un poco de educación sanitaria verbal a las familias del batey, a lo cual ella accedió de inmediato.

Muy pronto organizamos charlas educativas cada 15 días, pues teníamos que darlas luego de las 5 de la tarde porque no había luz eléctrica, por tanto, teníamos que aprovechar la luz natural, aunque sabíamos que no tendríamos mucha concurrencia, a esa hora las amas de casa tenían que hacer la comida para sus maridos e hijos y el horario de la comida era sagrado.

Pero aun conociendo los inconvenientes, nos dimos a la tarea de organizarlas y nos sorprendió la afluencia de amas de casa a la primera sesión y lo que fue más sorpresivo, con sus maridos e hijos.

Después se mantuvieron las charlas cada 15 o 20 días, siempre sobre un tema de interés para todos que consultaba y discutía previamente con mis asistentes, ninguna se perdió nunca una de mis charlas y con Noda, quien junto a su esposa no se perdía una sola, hasta que finalizó nuestra estancia en "La Isabel".

No creo que hallamos podido modificar los hábitos formados por sus abuelos y padres, pero de alguna forma estábamos haciendo lo posible y, a la larga, algo de lo que les enseñaba quedaría en sus conciencias, y tal vez lenta, pero consistentemente, lograríamos transformarlos positivamente.

Estábamos convencidos de estar haciendo una buena acción y que algo de lo que pretendíamos modificar, con el tiempo, sería logrado.

Esta resultó la tercera de las medidas preventivo-asistenciales que la Revolución desarrolló en el batey.

 

Gustavo Borges Viñas

Cual no sería mi alegría cuando un buen día del mes de marzo, casi al final, se me presenta en el consultorio mi buen amigo y compañero Gustavo Borges Viñas.

Conocí a Gustavo, y lo visitaba con frecuencia, cuando estaba oculto en La Habana (él era oriundo de Calimete), por sus actividades revolucionarias, y trabajaba en una pequeña farmacia perdida por una calle que salía al Caballo Blanco (se trata de una estatua situada en la Carretera Central, unos 300 metros después de la avenida Dolores) en la doble vía a San Francisco de Paula.

Conversábamos sobre la revolución, sus avances incontenibles, Gustavo me hablaba sobre sus vivencias, sus actividades revolucionarias, la venta de bonos del 26 de Julio, yo lo escuchaba con interés y, mientras tanto, tejíamos una amistad que poco a poco se iba solidificando.

Resulta que a Gustavo, que había regresado a su pueblo natal, lo habían designado administrador de la bodega del pueblo y venía a tomar posesión de su cargo.

Siempre me acordaré de Gustavo, bajito, pequeño, menudo, con su boina negra de medio lado, pero con un corazón muy grande para darlo todo por la Revolución.

A partir de ese momento tendría un gran amigo y compañero, con quien compartir las angustias colectivas que teníamos y tratar de solucionarlas.

Cuando él terminaba las tareas de la bodega, hacía las cuentas, pasaba balance a lo vendido, recogía el dinero de la venta y venía, todas las noches, a alegrar mi soledad, pues se quedaba conversando conmigo sobre cosas triviales o serias, jugábamos dominó en casa del compañero que trabajaba con él en la bodega, que vivía justo al lado del consultorio, aunque algo alejado, y que tenía un hijo cuadripléjico, con las extremidades en hiperflexión, pero el cual conservaba una inteligencia muy clara, a tal punto que jugaba dominó con nosotros y nos ganaba muchas veces.

Gustavo y yo conversábamos mucho sobre el problema de la luz en el batey y la poca confianza que tenía en la bodega, donde había de dormir todas las noches, hasta la mañana del domingo en que se iba para su casa, y la seguridad que yo tenía en el dispensario, donde vivía solo.

Poco días después me contó que habían intentado forzar la puerta de la bodega la noche anterior y que estaba muy preocupado porque el solo disponía de un revólver calibre 38 para defenderse si intentaban forzar la bodega o atacarlo en cualquier circunstancia.

Ante esta situación y la soledad en que prácticamente estábamos los dos, le planteé a Gustavito que por qué no venía a dormir en mi casa, que podía dormir en el consultorio, en la camilla de reconocimiento y yo dormiría atrás, de esa forma cuidábamos las dos puertas de entrada y estábamos más seguros y acompañados, y la bodega quedaba asegurada mejor porque le podía poner una cadena y candado por fuera.

Disponía de un rifle marca U, calibre 22, que llevaba como 15 o 20 tiros, de repetición, que era propiedad del hijo menor de los Aldazábal, el cual, no sé por qué situación, prefería que lo tuviese yo, ya que así podía comprar las balitas en una ferretería en Calimete y tener suministro asegurado.

Mientras él no lo necesitase podría tenerlo yo, así me sentía más seguro, pues no sabía lo que podría suceder en el futuro.

Gustavo y yo conversábamos sobre la situación política del país y a él le preocupaba la situación de los alzados, que en nuestra provincia eran numerosos y casi estábamos rodeados por ellos.

Por la zona norte y este de la provincia se encontraban Benito Campos Pírez, "Campito", sus hijos (el mayor de los cuales se llamaba José Martí Campos Linares) y su banda, tenían su asiento principal por la zona de Corralillo y Sierra Morena, pero campeaban también por Itabo, Martí, San José de los Ramos, Colón llegando en sus correrías hasta Manguito; de Campito decían, los campesinos ignorantes, que se podía transformar en animales y así evadir los cercos que le practicaba el Ejército Rebelde. Ellos se suicidaron en una cueva, después de eludir muchos cercos, para esquivar el pelotón de fusilamiento.

Hacia el sureste de la provincia e incursionando en los límites con la Ciénaga de Zapata, se encontraba "La Coronela", mujer mestiza, muy alta y corpulenta, con un pelo muy negro y lacio que recogía en una cola de caballo muy larga, esta mujer y su marido, hombre blanco, bajito y menudo, eran responsables de muchas quemas de caña y asesinatos en la zona, se paseaban por Jagüey Grande y Torrientes y llegaban hasta Amarillas (tal vez les cuente más tarde cómo conocí a este personaje).

Por la zona de Sabanilla del Encomendador (Juan Gualberto Gómez) y llegando hasta Bolondrón, Cabezas y Alacranes hacían sus correrías el "Pichi" Catalá y su banda, los cuales permanecieron alzados por la zona hasta 1963 que fueron descubiertos escondidos en el sótano de una bodega, entre Sabanilla y Bolondrón y perecieron en la lucha que se entabló entre los alzados y el Ejército Rebelde.

Por la región de Jovellanos, Carlos Rojas y Unión de Reyes se encontraba "El Carnicero", famoso por los crímenes que cometía, el cual pagó frente al pelotón de fusilamiento.

Casi en el medio de todos estos contrarrevolucionarios alzados, nos encontrábamos nosotros, en medio del campo, aislados de todo y de todos, en un batey llamado "La Isabel", pero eso sí, con mucho espíritu revolucionario, con muchas ganas de trabajar y dispuestos a defender nuestras vidas al precio que hubiera que pagar.

Gustavo y yo mantuvimos una amistad muy sincera y fraterna durante todo el tiempo que pasamos juntos en el batey. Después de mi partida más nunca volví a verlo, ni sé que ha sido de él.

También conocí a un compañero del Departamento de Ayuda Técnica Material y Cultural al Campesinado (DATMCC), que se me presentó y me brindó de inmediato su cooperación para todo lo que necesitáramos y con quién hice una gran amistad.

Con él me fui de excursión en su jeep, un sábado por la tarde, a Jagüey Grande, dormimos en una casa de la que disponía frente al parque de la Iglesia, y el domingo nos transportamos a la Laguna del Guanal (situada al norte de la Laguna del Tesoro), donde recuerdo que pasamos un día maravilloso y navegamos un buen rato por la laguna en un bote que encontramos abandonado. También cazamos algunas palomitas de rabiche con mi rifle y comimos lo que trajimos de Jagüey.

Realmente Gustavo, el compañero del DATMCC, que se pasaba casi todo el tiempo dándonos vueltas, y yo, éramos los únicos representantes oficiales de la Revolución que había por esta zona, independientemente de los compañeros de la Milicia Rural, Maquila y Juanito, que también la representaban y muy bien que lo hacían.

 

Servicio Nacional de Erradicación del Paludismo (SNEP)

Un día de la primera quincena de abril, recién comenzada la primavera (21 de marzo), como a la 1.00 p.m. había terminado hacía muy poco la consulta y descansaba después del almuerzo, en el pasillo, sentado en un taburete, antes de comenzar la consulta de las 2.00 p.m., cuando veo pararse frente a la puerta del consultorio un jeep nuevecito, soviético, de aquellos de capota alta y de dos puertas, de donde se bajaron dos hombres vestidos con pantalones grises y batas sanitarias de médicos.

Uno de ellos era muy alto, delgado, desgarbado y usaba espejuelos, el otro era muy bajito, más bien tirando a lo gordo y utilizaba también espejuelos.

Inmediatamente salí a recibirlos y se me presentaron como los doctores Cuervo, el primero y Folgueiras, el segundo, ambos representaban al Servicio Nacional de Erradicación del Paludismo (SNEP), en el cual funcionaban como epidemiólogos al nivel nacional.

Ambos procedieron a explicarme, ya sentados cómodamente dentro del consultorio, las funciones que todos deberíamos realizar en el SNEP, las cuales eran, en mi área de atracción, pinchar con una lanceta el pulpejo del dedo grueso, tomarle una gota gruesa de sangre y extender al lado, en una lámina portaobjetos, a todos los febriles actuales y recientes (en los últimos 10 días) que se presentasen a recibir consulta por cualquier causa, pero preferentemente a aquellos en los que no se pudiera determinar exactamente la causa de su fiebre, y llenar una boleta (documento oficial del SNEP) con los datos generales que permitieran identificar a esa persona y poder localizarla, especialmente el nombre, la edad, el sexo y sobre todo, lo más exacta posible, la dirección.

Inmediatamente, mi esposa y la compañera Angélica se dieron a la tarea de ser entrenadas por el doctor Folgueiras en la técnica de la toma de gota gruesa, pues ellas serían las encargadas de eso y para que el entrenamiento fuera más efectivo les preguntamos a los que ya esperaban para la consulta en los bancos exteriores, quiénes venían con fiebre o la habían tenido los 10 días anteriores.

Enseguida aparecieron ocho personas que venían con fiebre por diferentes causas y sirvieron como conejillos de indias para el entrenamiento de mis auxiliares de consulta en la técnica de la gota gruesa del paludismo y el llenado de la boleta, en la cual, una vez que se secara bien la gota gruesa, debería ser envuelta la lámina.

Pero surgió el problema de cómo haríamos para enviar las gotas gruesas que fueran tomadas en el consultorio, para hacerlas llegar semanalmente a la Dirección Regional de Salud Pública, situada frente al antiguo Cuartel Goicuría (famoso por haberse efectuado, durante la etapa insurreccional, un ataque dirigido por Reinold García, que lamentablemente se convirtió en una verdadera masacre, pues todo parece indicar que se produjo una delación y los estaban esperando los guardias).

Ellos me dijeron que no me preocupara por esta cuestión, ya que coordinarían con la Dirección Regional para enviar a recogerlas al consultorio, semanalmente, y que debíamos tratar de que fuera, al menos, el 10 % del total de las consultas.

Después comencé la consulta y ellos estuvieron supervisando mi manera de desenvolverme durante un buen rato, observando el interrogatorio que les hacía a los pacientes, el examen físico, la toma de la presión arterial, la auscultación, etc., y después me felicitaron por mi trato y por la forma como atendía a los pacientes.

En un intervalo de la consulta, mi suegra, que ya había preparado el café, nos llamó a la casa donde tomamos agua bien fría y un buen café, ellos se despidieron diciéndonos que volverían dentro de dos o tres meses para ver cómo marchaba la toma de gotas gruesas y que me harían saber si había algún caso positivo entre las muestras que enviábamos, a través de la misma vía que fuera utilizada para recogerlas.

Me instruyeron de cómo debía proceder con los casos que resultaran positivos, enviarlos de inmediato al Hospital Provincial de Matanzas, donde serían convenientemente atendidos en la sala de enfermedades infecciosas.

Y los compañeros, doctores Cuervo y Folgueiras, después de despedirse amablemente, continuaron su viaje como a las 3:00 p.m.

Después, aproximadamente a la semana de la visita, llegó a mi consulta una tarde el doctor Báez Sablón para informarme que utilizaríamos un jeep de la Regional para recoger todos los sábados por la mañana las láminas de gota gruesa que habíamos tomado durante la semana, y así quedó organizada la recogida de las láminas de gota gruesa del Servicio de Erradicación del Paludismo en el consultorio del SMSR de "La Isabel".

Después de iniciadas las consultas del batey de la Cooperativa Rubén Martínez Villena, un domingo nos llegó, con el jeep de la Regional, una boleta con una lámina que había resultado positiva dos semanas antes.

De inmediato nos la llevamos para la cooperativa, pero allí supimos que se la habíamos tomado a un agricultor que se había marchado de ésta y ellos no sabían dónde se podía encontrar.

Así se lo hicimos saber con el chofer que nos la trajo y más nunca supimos que sucedió con el único caso de paludismo que se nos dio en la zona durante nuestra estancia.

 

Mi familia en "La Isabel"

Después de 4 semanas de trabajo continuado y extenuante, el primer fin de semana que nos dieron pase para ir a nuestra casa de La Habana, le planteé a mi esposa la situación de soledad en que me encontraba y después de pensar y repensar, los pro y los contra que existían, decidimos vaciar la casa de Lawton y que mi esposa, mi hija mayor Isabel de los Milagros, Gisela del Pilar y mi suegra, que las acompañaba desde el nacimiento de mi segunda hija, a finales del mes de abril, en el que tendríamos de nuevo pase, se mudasen para "La Isabel", con todos los problemas que ya existían, y sopesando todos los inconvenientes que ello les acarrearía.

A nadie escapaba que si pesábamos los factores en contra del viaje, eran mucho más que los que existían a favor.

De estos últimos solamente existía el beneficio que recibía al tener mi familia junto a mí, el beneficiado era yo, pero los factores en contra eran infinitamente mayores, el peor de ellos era que si se enfermaba cualquiera de mis hijas, muy pequeñas, (recuerden que la mayor no había cumplido aun los dos años y la más pequeña, Giselita, estaba recién nacida), no tendríamos otra atención médica que la nuestra, pero no obstante estos factores adversos, además del enfrentamiento con un ambiente desconocido y muy agresivo para ellas, así como la presencia de los contrarrevolucionarios que infestaban la zona, decidimos hacer el viaje.

Nos dimos a la tarea de ordenar todas las cosas de que disponíamos y botar lo que no nos servía en la nueva casa que tendríamos, tomé todas las cajas de medicinas que había pedido y guardado de los laboratorios Schering alemana (pues mi prima Graciela Martínez Gálvez, era la secretaria de su representante en Cuba) y cargado con todos estos medicamentos, regresé el domingo por la tarde a "La Isabel".

Pero ya había coordinado con mi familia que tuviesen todo dispuesto para cuando llegara el próximo fin de semana que me diesen libre en el mes de abril, coger nada más que lo necesario y mudarnos todos.

Me imaginaba que no íbamos a estar muy cómodos, todos en un solo cuarto, que aunque era muy grande, diría que inmenso, nos veríamos en una situación muy compleja, pues tendríamos que compartir en un solo local todas las actividades familiares, cocinar, sala de estar, dormir, pero estaríamos juntos, que era lo principal, aunque no podía olvidar que llevaba para un lugar casi inhóspito a mi esposa y a mis dos hijas pequeñas.

Efectivamente, el cuarto sábado de abril, fui a La Habana, recogimos toda la mudada y en un pequeño camión que nos facilitó la Dirección Regional de Salud de Matanzas, hicimos el traslado de nuestras pertenencias para "La Isabel", a donde llegamos por la tarde.

Inmediatamente recibimos la ayuda de los vecinos para bajar las cosas, comandados por Manuel Noda, armamos las camas para dormir, y nos tiramos a dormir esa primera noche de oscuridad, mosquitos y todos los ruidos del campo.

Era el primer contacto para mi esposa e hijas con la realidad del campo que, sin embargo, mi suegra conocía muy bien por haber nacido y haberse criado en Torrientes, poblado donde también había nacido yo, situado entre Jagüey Grande y Pedro Betancourt, pero totalmente incomunicado, sólo entraba un tren una vez al día por la mañana y las demás comunicaciones con los otros pueblos cercanos era por guardarrayas, caminos de tierra fangosa y terraplenes angostos.

Después de un domingo en el que acomodamos las cosas como mejor pudimos en la gran habitación que sería nuestra casa en el futuro, y tras de haberse estrenado mi suegra como cocinera en nuestra improvisada cocina, llegó el lunes y con ello se iniciaba mi tercer mes de trabajo en "La Isabel".

Para que Uds. sepan, en ningún momento tuvimos ninguna enferma ni tampoco síntoma alguno de enfermedad.

Parece que el lugar fue maravilloso para la salud de mi familia durante los 6 meses que vivimos allí.

 

Cooperativa "Rubén Martínez Villena"

Un día, a mediados del mes de abril, por la tarde, se aparecieron en mi consulta Violeta (Viola) Más y Rubén Levy, ellos estaban recién llegados a la zona para la apertura de una nueva cooperativa y le habían dicho que había un médico revolucionario que atendía gratis y allí estaban ellos.

Pero no venían a consultarse.

Rubén Levy, un hombre alto, muy corpulento, que peinaba algunas canas, usaba espejuelos (tenía un ojo lesionado crónicamente) y parecía que había recibido mucho sol pues su piel era morena y muy curtida, había sido nombrado recientemente Responsable de la Cooperativa "Rubén Martínez Villena", una cooperativa que había comenzado su trabajo hacía muy poco tiempo y que se extendía por todo el sureste de la provincia de Matanzas, colindaba por el sur con la Ciénaga de Zapata, Zarabanda, El Escambray, etcétera (que pertenecían en aquel momento a la provincia de Las Villas), e inclusive llegaba hasta la Laguna del Guanal que habíamos conocido en un viaje anterior. Esta laguna estaba algo hacia el norte de la Laguna del Tesoro.

Rubén era un hombre muy activo y laborioso, e inmediatamente que le dijeron que había un médico en la zona, había acudido a verlo para coordinar la atención médica a los vecinos de la cooperativa.

Ese era el objetivo principal de su viaje al consultorio, obtener de mí la cooperación para que atendiera, desde el punto de vista médico, a sus guajiros (parece que Rubén había trabajado en Venezuela y allí hay una zona que le dicen La Guajira y a los campesinos de la zona les llaman "guajiros").

Viola era una mujerona muy alta y corpulenta, simpática y franca, muy conversadora y venía vestida con un pantalón pitusa muy ajustado al cuerpo y una blusa por fuera.

Enseguida establecimos una corriente de simpatía mutua que me llevaría a hacer un compromiso personal con ellos, si me venían a buscar los domingos por la mañana, bien temprano, estaba dispuesto a ir a atender a todos los campesinos de la zona donde estaba el batey de la cooperativa y sus alrededores.

Tendría que pedir autorización a la Dirección Regional de Salud de Matanzas para otros empeños, como sería organizar campañas de vacunación, darle algunos medicamentos, etc., pues sería necesario movilizar recursos de los cuales no disponía, pero estaba seguro que tan pronto se lo plantease al doctor Báez, este se pondría muy contento con que extendiera mis servicios hasta esa cooperativa, sin ocasionar trastornos a mi trabajo en "La Isabel" y que les llevara la vacunación a esos sitios donde nunca antes habían entrado los médicos y mucho menos para atender gratuitamente a los campesinos.

Ellos se pusieron muy contentos al ver que habían logrado su cometido, tendrían un médico todos los domingos y vacunas para los niños, embarazadas y campesinos.

Tanta fue la alegría, que para que me relacionase con la zona, con los campesinos y los fuera conociendo, ellos iban a organizar una fiesta AL ESTILO VENEZOLANO e iban a asar una ternera "en su jugo" a la orilla de la Laguna del Guanal, el domingo próximo y quedaba invitado a participar.

De inmediato les dije que con mucho gusto asistiría, pero que no tenía como llegar a la cooperativa, pues no disponía de transporte, a lo cual ellos respondieron que me mandarían a buscar el domingo próximo muy temprano en la mañana.

Efectivamente el domingo como a las seis de la mañana estábamos listos Gustavo, mi esposa y yo, y como a las seis y cuarto llegaba a nuestra puerta el jeep de la cooperativa que debía transportarnos.

Después de un viaje como de dos horas atravesando guardarrayas y caminos vecinales, todos de tierra, llegamos a un camino más ancho que nos llevó hasta la Cooperativa Rubén Martínez Villena, y allí, esperándonos en la puerta de su casa, estaban Rubén y Viola.

Nos bajamos del jeep y nos brindaron café "carretero" e inmediatamente Rubén quiso que visitase a los campesinos en sus casas para que los fuera conociendo y me familiarizase con los casos que debería atender el próximo domingo.

La cooperativa era de muy reciente creación, se encontraba situada a la izquierda del camino y se componía de unas 20 casas de madera de palma, techo de guano y pisos de tierra, muy rústicas y esparcidas irregularmente en un área de unos 200 metros cuadrados.

Rubén nos fue llevando a casa de las familias, todos eran campesinos muy humildes y bondadosos que se desvivieron por brindarnos lo que tenían, les tomé el café a algunos, ante su insistencia y para no resultar descortés, ya que me lo brindaban con mucha voluntad.

Pude darme cuenta del terrible atraso que existía en las zonas campesinas, atraso que no era un problema solamente cultural, sino desde todos los puntos de vista, pero el que más me preocupaba era el sanitario, pues no vi en esas viviendas letrinas sanitarias y mucho menos agua corriente, solo pude observar algunos pozos aislados y por todas partes niños barrigones y moquillosos, mujeres embarazadas que parecían mucho mas viejas de lo que eran en realidad, y hombres rudos y toscos, pero muy revolucionarios.

Después de terminar el recorrido por la cooperativa con las presentaciones de rigor, nos fuimos al frente, donde se encontraba la bodega del pueblo, al lado la pequeña escuelita rural, donde iba a consultar a partir del domingo próximo, y más hacia la derecha la casa de Rubén y Viola, donde nos sentamos en el portal en sendos taburetes y descansamos un poco, pues hacia un sol que rajaba las piedras y allí y en el batey, como todo era nuevo, no había árboles frondosos que nos brindaran un poco de sombra.

A eso de las once de la mañana Rubén, Viola, Gustavo, el chofer, mi esposa y yo nos fuimos para la Laguna del Guanal donde se iba a efectuar la fiesta campesina.

Al llegar a una arboleda muy tupida en las márgenes de la laguna, lo primero que nos encontramos fue una ternera grande que estaban asando en púas y que ya estaba casi a punto. La estaban rociando constantemente con un mojo hecho a base de grasa de puerco, ajos machacados, naranjas agrias, cebollas y pimienta, mucha pimienta, decía Rubén que la ternera era asada al jugo al estilo venezolano.

En poco tiempo, como a las doce del día, estuvo terminado el asado y entonces comenzó el festín, solo había ternera en grandes cantidades, una carne muy tierna, blandita, jugosa y muy bien sazonada.

La cortaba Rubén en grandes lonjas que brindaba a todos los presentes, comenzando por mí, que al parecer era el anfitrión de aquel almuerzo campesino.

Y todo ese banquete de carne estaba aderezado con cerveza de botella en grandes cantidades, fría y deliciosa que no sé de dónde salió, y botellas de ron que, a mi parecer, eran destapadas con demasiada frecuencia.

Muy pronto, como a las dos de la tarde comenzaron a alegrarse los campesinos con sus mujeres y empezaron los cantadores a improvisar décimas, realmente había entre los presentes algunos que cantaban muy bien.

Rubén improvisó una canción venezolana (Alma Llanera), sorprendiéndonos por su nivel como cantante y entonces yo les canté tres canciones de María Grever, muy conocidas y populares en ese tiempo, todos los presentes quedaron muy contentos, pues al parecer el médico "le metía muy bien a las canciones y era de muy buen comer y tomar".

Siendo las cuatro de la tarde y como no habíamos parado de comer y de tomar, le dijimos a Rubén que creíamos que era hora de marcharnos pues la fiesta parecía que no iba a tener fin y ellos tenían cerca sus casas, pero nosotros teníamos un buen camino por desandar todavía para llegar a la nuestra.

Hicimos el viaje de regreso de la cooperativa Viola, Rubén, el chofer, Gustavo, mi esposa y yo, y en el momento de despedirnos les prometí que el próximo domingo, si el jeep me iba a buscar bien temprano en la mañana, estaría sin falta atendiendo desde el punto de vista médico a los vecinos de la cooperativa y les dije que procurara tener a todos los pacientes que tenía que atender concentrados en la escuelita para no perder tiempo, manteniendo solo en sus casas a aquellos que no se pudieran trasladar y debíamos ir hasta ellas para atenderlos.

Después de un excelente día en el que comimos hasta hartarnos, Gustavo, mi esposa y yo regresamos en el jeep que nos llevó de regreso a "La Isabel", donde llegamos como a las seis y media de la tarde.

Ya estaba cayendo la tarde, oscurecía y le dije a Gustavo que estaba muy cansado y que me iba a acostar temprano, pues mañana era día de mucho trabajo para él y también para mí.

 

El mayoral de "Las Tres Marías", Erundino Amaro

"Las Tres Marías" era una finca que lindaba con "La Isabel" por el este, y era propiedad del Dr. Jesús García Martínez. De eso me enteré por boca de Erundino Amaro, el mayoral de "Las Tres Marías", quien me dijo que el Director del Policlínico de Manguito era uno de los vecinos más ricos de la zona y que había sido dueño de tres o cuatro grandes fincas de los alrededores.

Las leyes de la Reforma Agraria dictadas por la Revolución muy tempranamente, se las habían intervenido y la única finca que le habían dejado era "Las Tres Marías", donde vivía Erundino con su familia.

Eso me hizo pensar en la grandeza de espíritu de algunos hombres, que como el Dr. Jesús García Martínez, soportó con entereza la pérdida de sus fincas, sus lujos y su posición y se incorporó al proceso revolucionario en cuerpo y alma.

La última ocasión en que lo vi, ya estaba jubilado y vivía en su casa en Varadero, fue en una Sesión Solemne que se efectuó en el Aula Magna de la Universidad de La Habana y donde le entregamos un Diploma en Reconocimiento por 30 años de labor constante y abnegada dedicados a la Higiene y la Epidemiología en ocasión de efectuarse el Congreso Nacional de la Sociedad Cubana de Higiene y Epidemiología, en el año 1995.

Erundino Amaro era un campesino recio, corpulento, de tez muy blanca, muy jaranero, siempre tenía una sonrisa a flor de labios y un chiste en la boca.

Lo conocí un buen día en la tercera semana del mes de abril, al ir a buscarme para que viese a su padre, persona entrada en años, muy fuerte, pero quien padecía de la presión arterial, la cual le subía a veces.

Erundino me trajo un caballo para que lo acompañase a su casa, y yo que ya había terminado la consulta de la tarde, me monté en el caballo y lo acompañé.

"Las Tres Marías" se hallaban a menos de 15 minutos a caballo desde "La Isabel", llegamos muy pronto.

La casa de vivienda era muy grande y confortable, toda rodeada de portales y ubicada en el medio de una gran arboleda de frutales.

El era casado y tenía tres o cuatro hijos e hijas, menores que yo y con los cuales hice amistad muy pronto.

Su padre, efectivamente tenía la presión alta, no mucho, así es que le receté Raudixin (un producto a base de Rauwolfia serpentina) que era lo mas moderno para el tratamiento de la hipertensión en ese momento y del cual tenía algunas muestras en mi consultorio.

Terminada la consulta, y después de la consabida tacita de café, nos trasladamos para mi consultorio, donde después de darle las muestras de Raudixin, fuimos a comer a casa de Noda, pues como no había luz en el batey, teníamos que ir a comer muy temprano, antes de que oscureciera, y si no se presentaba nada de consultas de urgencia por la noche, entonces nos acostábamos temprano.

Cuando no lo hacíamos así, nos poníamos a jugar dominó en casa del ayudante de Gustavo, o hacíamos algunas visitas a la casa de Teresita Aldazábal, pues esta tenía una tía como de 45 a 50 años que padecía de hipertensión arterial (a quien tenía que controlar frecuentemente) o visitábamos a otros vecinos del batey.

Después fui visita frecuente, cuando me era posible pasar por allí, en casa de Erundino a ver a su padre, enfermo crónico de hipertensión, a quien daba seguimiento y a veces iba sin ningún motivo, solo para alejarme del batey y salir un poco de la rutina cuando terminaba el trabajo del día.

Hoy, que existen cerca de 30 000 Médicos de Familia, se atiende al 99,9 % de la población del país, los recién graduados desarrollan este novedoso modelo de Atención Primaria de Salud (creo que fui realmente un médico de la familia), y se practica la llamada dispensarización, comprendo que lo que ejecutaba precozmente, en aquella zona campesina, sin saber que lo hacía, era un verdadero seguimiento, lo que hoy es conocido como dispensarización.

 

Médico, nos quitaron la manteca

Este fue un episodio que ocurrió la segunda quincena de mayo.

Ya comenzaban a manifestarse las muchas acciones que contra la naciente Revolución desarrollaban los norteamericanos desde muy temprano, casi desde el mismo 1959, el primero desde el triunfo de la Revolución.

Un día, por la mañana, llegó a mi consulta Manuel Noda, que traía un periódico en la mano y venía apresurado, muy agitado y preocupado.

El nunca entraba a la consulta tan temprano, sino que seguía para el fondo de la casa donde mi suegra estaba cocinando y le entregaba a ella el hielo, la carne y los mandados que le había encargado de Calimete.

A mí me extrañó que Noda entrase en la consulta tan temprano, pues él sabía que a las 10.30 o las 11.00 de la mañana era la hora en que más tenía que apurarme, pues los pacientes que traía el carro de línea por la mañana debían irse cuando este venía de regreso de Calimete, o de lo contrario quedarse hasta la tarde para cuando el carro hiciese el recorrido de regreso a Jagüey Grande.

Al verlo tan angustiado le pregunté: -¿Que le pasa, Manuel, que lo veo tan preocupado?-, a lo cual este me contestó, mirando el periódico que traía en sus manos: -Médico, que los americanos nos quitaron la cuota de la manteca.

Le pedí con tranquilidad el periódico y leí que decía en letras grandes:

"UNA NUEVA AGRESIÓN NORTEAMERICANA, NOS QUITARON LA CUOTA DE MANTECA" (más o menos decía así), y después, en letras menores, explicaba que a partir de esa fecha los americanos habían decidido suspendernos el envío de manteca en rama, o sea a granel.

Sabía que esto no era otra cosa que una nueva maniobra norteamericana para endurecer su política contra el proceso revolucionario que recién comenzaba y que ello respondía indudablemente a las medidas que tomaba la revolución y que a ellos no podían gustarle de ninguna manera, como era la reforma agraria, después se producirían la reforma urbana y las intervenciones de todas las propiedades extranjeras en el país, así como las de las industrias y comercios, fueran propiedad de cubanos o de extranjeros.

Como pude le expliqué a Manuel que eso no tenía importancia, que los revolucionarios tendríamos que acostumbrarnos a estas y a muchas cosas más que nos harían los norteamericanos con tal de entorpecer y perjudicar la marcha del proceso revolucionario.

Le dije además que creía conveniente citar a una asamblea de vecinos del batey para las cinco de la tarde en la escuela, donde podría hablarle a todos los campesinos de la zona sobre el problema de la manteca, y quedamos citados para las 5 p.m. en la escuela, él se encargaría de citar a todos los vecinos.

Seguí brindando la consulta a todos los que me estaban esperando, pero me sentía intranquilo, no lograba coordinar bien en mi mente lo que debería decirles a estos campesinos (nunca había hablado en público) para tratar de aclararles bien lo relativo a la cuota de manteca y del porqué los americanos endurecerían cada vez más su política contra de nuestra revolución.

Me pasé todo el día pensando en mi posición de "líder" de aquella comunidad, comprendía que mi trabajo no era sólo dar consultas y atender desde el punto de vista médico sus dolencias, también debía tener en cuenta mi trabajo sociopolítico, educativo y humano.

Todo eso me hacía muy difícil pensar cómo iba a hilvanar mis pensamientos para impactar a esos campesinos, mostrarles lo difícil que serían las cosas de ahora en adelante y como saldríamos triunfantes de esta batalla, lo mismo que salimos adelante en el proceso revolucionario que triunfó el 1ro. de enero de 1959, igual que triunfaríamos a partir de entonces ante cualquier dificultad que nos impusiesen los norteamericanos en cualquier terreno.

Así pasó el horario de mi consulta vespertina y muy pronto fueron las 5 de la tarde, Gustavo, que siempre estaba a mi lado en todos los problemas que surgieron en "La Isabel", vino a buscarme y juntos fuimos a la escuelita.

Para mi asombro, allí no faltaba ninguno de los vecinos con sus esposas e hijos y había parados y por fuera de la escuela hasta vecinos de los bateyes cercanos que se habían enterado de la asamblea de campesinos y que el médico iba a hablar, también les hablaría Gustavo como administrador de la bodega del pueblo.

No recuerdo exactamente mis palabras, solo sé que estuve hablando casi una hora y media, les dije lo que significaba para ellos y para todo el pueblo de Cuba el que los americanos nos hubiesen quitado la cuota de manteca, pero también les recordé que ya nos habían quitado el petróleo y que sin embargo no había pasado nada, pues nuestros amigos soviéticos nos habían garantizado el petróleo necesario para mover nuestras industrias y para nuestras plantas termoeléctricas, que no se había paralizado nada y que el país seguía funcionando como siempre.

Traté de explicarles, con las palabras más sencillas que pude, que debíamos prepararnos para el futuro, que debíamos acostumbramos a todas las bajezas de que eran capaces los norteamericanos y que si en el campo de la política las cosas se podían poner cada vez más difíciles, en el campo de lo económico podrían faltarnos muchas cosas, pero lo que no debía fallar nunca era la confianza, la fe que debíamos tener siempre en nuestra Revolución, que ésta no nos defraudaría nunca y que no nos abandonaría jamás, fuesen cuales fueren las circunstancias que se presentaran.

También les dije que no se preocupasen por la cuota de la manteca, que si no venía de los Estados Unidos de Norteamérica, vendría de cualquier otro país, que por faltar la manteca americana no se iba a acabar el mundo ni mucho menos.

Cuando terminé me aplaudieron mucho, así es que debo haber hablado bien y les dije las cosas que ellos necesitaban escuchar y que alguien tenía que explicarles.

Después habló Gustavo, quien les aseguró que las cosas serían como el médico había dicho, que no se preocuparan por la manteca, que él estaba seguro que vendría de otro lugar, de cualquier país, que la Revolución sabría hacer las gestiones para que la población continuara recibiendo su manteca, y que por el momento él tenía reservas suficientes de manteca como para tres meses, así que no debían tener preocupación alguna respecto a ese producto.

Después abrimos a debate las cuestiones planteadas por nosotros, recuerdo que nos hicieron algunas preguntas sin mayor importancia, los campesinos parecían satisfechos con nuestras respuestas y al final Noda dijo algunas palabras y en particular se refirió a la seguridad que debían tener todos los campesinos de que la manteca vendría de cualquier país y que estaba convencido que la Revolución resolvería esta situación, como lo había hecho en otras oportunidades anteriores y lo haría indudablemente en el futuro.

La asamblea campesina duró cerca de dos horas, como hasta las siete más o menos, mientras hubo luz natural, mucho más que cualquiera de las charlas educativas que ofrecíamos cada quince días y con un público mucho mayor, es verdad que el asunto era meritorio, y para los campesinos, mucho más importante.

Cuando nos retiramos Gustavo me dijo:

- "Te has ganado a los campesinos, pues yo atrás oí los comentarios y no hubo nadie que pusiese en duda tus palabras, así es que te felicito sinceramente".

Manuel Noda me dijo de forma parecida y me agradeció en nombre de todos los presentes, pues mis palabras les habían llegado en el momento preciso y con una gran sencillez y claridad.

Cuando me acosté esa noche, lo hice con una gran tranquilidad de espíritu y sabedor que había cumplido con mi deber social, político y humano, pues le había llevado a esa comunidad la verdad que ellos necesitaban oír, que no se preocuparan por nada ni por nadie, que ahí estaría siempre la Revolución garantizándoles seguridad en todas sus necesidades, resolviendo todos los problemas que se presentasen en el futuro, por difíciles y complejos que ellos fueran.

 

Corra médico, se ahoga un niño

Sería como las 4.30 p.m., más o menos.

Estaba terminando la consulta a principios de la primera quincena del mes de junio, cuando oigo que regresa el carrito de línea, que apenas media hora antes había partido de "La Isabel" rumbo a Jagüey Grande.

Me dije:

-¿Qué habrá pasado que el carrito está tocando la campana muy repetida y como angustiosamente, y viene de regreso?

De pronto veo venir un campesino corriendo hasta el consultorio gritando:

-Corra médico, que se está ahogando un niño.

De inmediato cogí el estetóscopo y salímos corriendo, mi esposa, Noda, el campesino y yo para donde aguardaba el carrito, el cual con el motor encendido, estaba aguardando por mí.

Saltamos adentro y enseguida éste se puso en movimiento, no demoró mas de 10 o 15 minutos, y al parar junto a una casa rodeada por una cerca de alambre de púas dobles, situada a la derecha de la línea, veo en un descampado junto a la casa, al lado de una gran tina mediada de agua, a una campesina joven arrodillada junto a un niño como de 2 o 3 años, gordito, todo desnudo, que yacía en el suelo, de espaldas e inmóvil.

Rápidamente me tiré del carrito, corrí hacia el descampado y me arrodillé junto al niño, lo viré con el vientre hacía abajo, le puse la cabecita de medio lado y comencé a darle respiración artificial, y de vez en cuando, boca a boca.

Pensaba realmente que estaba luchando contra la muerte y febrilmente le di respiración artificial, le di boca o boca, pero lo sentía frío, inmóvil, sin respiración.

Cuando dejé de darle respiración artificial, como a los 20 minutos de haber comenzado, y en medio de un gran silencio, lo ausculté y desgraciadamente no oía los ruidos que estábamos acostumbrados a escuchar cuando auscultamos un pulmón normal, después le tomé el pulso y tampoco había pulso, le ausculté el corazón y estaba apagado, no habían ruidos cardíacos, era indudable que el niño estaba muerto, sin remedio alguno.

Ya cuando llegué me había dado la impresión que el niño estaba muerto, pero tenía que hacer el máximo por salvarle, por eso me dediqué febrilmente a tratar de auxiliarlo, pero al transcurrir más de 15 minutos dándole respiración artificial y no haber ruidos, ni quejidos, ni expulsión de agua por la nariz ni por la boca, fui a comprobarlo y para desgracia de aquellos padres, su niño, el más pequeño, había fallecido.

Fue uno de los momentos más angustiosos de mi práctica profesional, el tener que decirle a aquellos padres, más angustiados de lo que yo estaba, que su hijito más pequeño, el último de sus retoños, había muerto, pero no tuve más remedio que ponerme de pie y decirles a todos los presentes, pues estaba rodeado por todos los que viajaban en el carrito de regreso a Jagüey (aquello parecía una concentración pequeña), que su hijito, para su desgracia, estaba muerto irremediablemente.

La madre, que se había mantenido callada mientras duró mi atención médica, enseguida comenzó a dar unos gritos desgarradores (todavía me parece que los estoy escuchando), yo trataba por todos mis medios de hacerla callar mediante todo mi arsenal de consuelo, pero no lo lograba.

Ella se había echado sobre el tierno cuerpecito y me decía:

-Médico haga algo, mi hijo aún tiene vida, sálveme a mi hijo.

Pero desgraciadamente, la ciencia no podía hacer nada por aquel niño, pues mientras el carrito fue a buscarme y traerme, se perdió casi media hora, tal vez si hubiese estado presente cuando lo sacaron de la tina de agua hubiese podido hacer algo por él, pero cuando llegué hacía más de 25 minutos que el niño había fallecido, se había ahogado en la tina de agua que la madre había preparado para bañarlo.

Conversé con el padre, el cual estaba llorando también, y traté de calmarlo como pude, le dije que ellos tenían dos niños más y que eran jóvenes y podían tener más hijos, pero no sé si él me estaba escuchando o no, pues tenía la mirada vaga, perdida mirando a lo lejos, ausente, como pienso que debe tenerla un padre al que le dicen que su hijo, el menor, estaba muerto.

Pero me sentía tranquilo, pues había hecho todo lo que estaba en mis manos por salvarlo, había agotado todos los recursos de la ciencia, pero todo había sido inútil, pues el niño ya no tenía vida cuando llegué.

Les pregunté a unos campesinos que estaban presentes y ellos me contaron como habían sucedido las cosas.

Resulta que la madre había llenado la tina con agua para bañar a sus hijos y no se había percatado donde estaba su hijo menor, pues había entrado a la casa a buscar el jabón y se le había olvidado que su hijo estaba solito jugando en el patio.

Al niñito se le cayó un juguetico dentro de la tina y se asomó para cogerlo y como este estaba en el fondo, se inclinó más, cayéndose de cabeza dentro de la tina repleta de agua.

Los 2 hermanitos mayores, de 6 y 9 años, lo encontraron poco rato después, sin poder precisar el tiempo que el niño estuvo dentro del agua, lo sacaron y le gritaron a la madre que corriera, que a su hermanito le pasaba algo.

Esta salió de la casa corriendo y al verlo inmóvil, se asustó mucho y llamó gritándole a su marido, el cual aprovechó que el carrito de línea pasaba frente a su casa, para pararlo y poder desandar el camino e ir a buscarme.

Esto fue lo que pude saber, reconstruyendo los hechos, de cómo sucedieron las cosas, por lo que me contaron los presentes y corroboré después con los padres y los hermanitos del fallecido.

Como no poseía certificados de defunción en mi consultorio le dije a los padres que deberían ir al policlínico de Manguito, ver al Dr. Jesús García Martínez, contarle lo sucedido, que yo había atendido al niño y que lo enviaba a él para que extendiera el certificado de defunción para el enterramiento del niño y que este debería efectuarse al día siguiente antes de las 24 horas.

Entonces decidí retirarme de allí, compungido y triste y le pedí al chofer del carro que nos llevara de regreso a "La Isabel". Retornamos luego de despedinos de los padres y decirles cuánto sentíamos que hubieran perdido a su hijito, pero que nada se le podía hacer a algo que ya no tenía remedio. Luego nos retiramos de allí Noda, mi esposa (que se había convertido en ayudante mía en todas mis actividades médicas), y yo.

Conversando en el carrito, Noda me dijo:

-"Médico, cuando Ud. llegó a la casa sabía que el niño estaba muerto, porque tenía los ojitos cerrados y no respiraba, sin embargo Ud. hizo cuanto pudo y más por salvarlo, pero fue imposible, pues Ud. no puede hacer milagros".

Pensé para mis adentros, cuánto abandono, cuánta miseria tenía esa familia y que poco cuidado tuvieron para con su niño menor, dejándolo jugar en el patio, solito, con una tina llena de agua a su alcance, sin vigilarlo convenientemente.

Pienso que esa fue una muerte perfectamente evitable.

Si la madre hubiese cuidado más a su hijo, tal vez hubiera evitado que el niño cayera al agua al ir a buscar su juguetico en el fondo de la tina.

Después pensé en un refrán árabe:

-"Qui sará, sará" (lo que ha de ser, será) y me dije, esto tenía que suceder así, pues las condiciones actuales de esa familia condicionaron lo ocurrido.

 

Un ataque en la noche

Era mediado de mayo.

Una noche calurosa, llena de mosquitos y ruidos de aquel campo tan negro.

Las estrellas se veían todas como en un enjambre refulgente y maravilloso, miríadas de ellas refulgían en el firmamento.

Es que en el campo, por no haber luces, se pueden observar en el cielo millones de estrellas y luceros.

Estábamos en el pasillo que sale al consultorio conversando mi esposa, mi suegra, Gustavo y yo, junto a nuestra única habitación, tratando de coger el poco fresco de la noche de aquel verano caliente y bochornoso.

Conversábamos sobre la bodega, el consultorio, la Revolución, los alzados que cada vez eran más numerosos y más agresivos; es decir, las cosas que habían pasado durante el día, lo que Gustavo sabía por haberlo escuchado en la bodega o sobre los comentarios que hacían los que me visitaban a mí en el consultorio.

Como a las 10.30 p.m. habíamos agotado la conversación y decidimos retirarnos a dormir.

Gustavo, como les comenté anteriormente, dormía en el consultorio sobre la mesa de reconocimiento y este se retiró también a dormir.

Pero esa noche tendría un ingrediente diferente.

Siendo las 11:30 o 12:00 de la noche, nos despertó un tiroteo, bastante frecuente; los tiros se escuchaban como a 300 o 400 metros, bastante lejanos.

De inmediato abrí la puerta que nos comunicaba con el consultorio por dentro de la casa y encontré a Gustavo que también se había despertado después de escuchar el tiroteo y le dije:

-"Gustavito, nos están atacando".­

Este tomó su revólver calibre 38 que tenía para defenderse y yo tomé la escopeta marca U, calibre 22 de repetición, que casi era mía y como era de noche oscura y no había ninguna luz en la casona ni en los alrededores, salimos con cuidado, lentamente al pasillo que daba a nuestras habitaciones, para orientarnos sobre la situación exacta de donde procedían los disparos.

Pronto nos dimos cuenta que los disparos llegaban de la arboleda que estaba situada detrás del consultorio y que, indudablemente, nos estaban atacando.

Enseguida tomamos la decisión de repeler el ataque, Gustavo brincó el jardín y se parapeto detrás de una doble columna que separaba la parte que estaba construida de la arboleda de donde procedían los disparos, en la parte que le correspondía a la vivienda del carpintero, por mi parte me coloqué detrás de la columna de la derecha, hacia la parte del consultorio.

Tratamos de precisar de dónde estaban disparando mirando fijamente hacia la arboleda, pero no nos fue posible, al parecer los atacantes estaban ocultos detrás de los gruesos troncos de los árboles añosos que la componían.

Comenzamos a disparar, Gustavo con su revolver calibre 38, yo con mi escopeta calibre 22, por cada disparo que hacía Gustavo yo hacía tres o cuatro disparos seguidos con mi fusil.

Gustavo gastó un cargador de su revolver y yo un cargador y medio de mi fusil.

Poco a poco fueron distanciándose los disparos, cada vez menos y más espaciados, hasta que no se escucharon más.

Con mucho cuidado Gustavo se trasladó para donde yo estaba y continuamos esperando como una media hora más, hasta que convencidos que no se producirían más disparos, fuimos retirándonos muy lentamente, en la oscuridad de la noche, hacia el interior de mi casa, donde tampoco había luces, pues habíamos apagado el farol de que disponíamos para que fuera más difícil precisar la situación de las habitaciones.

Al entrar en la casa, encontré a mi esposa hecha un mar de lágrimas, con mi hija recién nacida en brazos, meciéndola nerviosamente, mi otra hija, la mayor, se mantenía en su cuna durmiendo plácidamente y mi suegra más tranquila, pero muy angustiada por lo que hubiera podido sucedernos durante el tiroteo.

Gustavo y yo conversábamos sobre quién o quiénes nos habían atacado y elucubrábamos sobre cómo proceder en el futuro y las posibilidades de que se pudieran repetir los hechos de esa noche.

Yo era de la opinión de comunicar lo que había sucedido a las autoridades militares de Calimete y Gustavo asintió, por lo que después de quedarnos despiertos toda la noche, preocupados por cualquier ruido nocturno que no pudiéramos identificar, a la mañana siguiente fuimos al Cuartel del Ejército Rebelde de Calimete donde hicimos la denuncia correspondiente.

El Jefe del Ejército acantonado en Calimete nos felicitó por nuestro arrojo y entereza y nos dijo que debíamos estar alertas pues nosotros debíamos saber de los múltiples alzados que había merodeando por la zona, que él trataría, dentro de sus posibilidades, de reforzar una guardia nocturna en el batey con la Milicia Rural, pero sobre todo, nos recomendó que no fuéramos a salir de la casa después que oscureciera, a atender a nadie que no conociéramos si no venía acompañado por Maquila, que era el Jefe de la Milicia Campesina en el batey "La Isabel", o por Juanito, que era el otro miliciano.

Al llegar de regreso al consultorio estuvimos preguntándole a Noda si el había oído el tiroteo de la noche anterior y este nos dijo que no, asustándose mucho cuando supo lo ocurrido.

El carpintero y su señora si lo habían escuchado todo, pero trancaron bien la puerta y no salieron para nada.

Nuestro vecino más cercano, o sea el compañero que trabajaba de ayudante de Gustavo en la bodega, también lo había escuchado, pero había preferido quedarse en su casa pues no sabía lo que estaba pasando y ante la duda, mejor no intervenir porque él carecía de armas para defenderse.

Gustavo se encargó de preguntarle al resto de los vecinos que visitaron la bodega para ver si habían escuchado el tiroteo, pero parece que en la calle de los Alvarado, nadie se había percatado y el Jefe de la Milicia Rural, Maquila, vivía muy alejado, más allá de la bodega, y tampoco escuchó nada.

A nosotros nos parecía que en el silencio de la noche todo el mundo debería haber escuchado el tiroteo, pues este se extendió por más de media hora y aunque el arma de más calibre era el revólver 38 de Gustavo, no sabíamos el tipo de armas que habían utilizado los atacantes, pero nos parecía que eran de mayor calibre que las nuestras, por lo que suponíamos que se debía oir.

Mi esposa, que se había integrado muy bien a las tareas asistenciales del consultorio y a las tareas político-sociales, me acompañaba a todos los lugares y visitas médicas que hacía en el batey o en la cooperativa "Rubén Martínez Villena" y muy pronto, cuando llegamos a Cárdenas donde yo sería Jefe del Cuerpo de Sanidad de las Milicias Nacionales Revolucionarias, mi esposa también sería nombrada Jefa Femenina del Cuerpo de Sanidad de las Milicias Nacionales Revolucionarias de Cárdenas, cargo que ocupó desde finales de 1960 hasta nuestro traslado para Matanzas en 1964.

Ella le perdió el miedo a las armas de fuego, pues usaba una pistola P 38 Karl Walter alemana, de las que usaban los oficiales de la Gestapo en la Segunda Guerra Mundial.

Por mi parte, tan pronto marché hacia Cárdenas, después de finalizar el SMSR, en septiembre, me nombraron en esta ciudad, como les dije anteriormente, Jefe del Cuerpo de Sanidad de las Milicias Nacionales Revolucionarias del municipio a finales de 1960.

Fui realmente Fundador y primer Jefe Médico del Cuerpo de Sanidad de las MNR. Utilizaba una pistola-ametralladora calibre 45, marca Star, Elgoibar, española.

Ambos, mi esposa y yo, dormíamos casi todas las noches con los uniformes de milicianos puestos, porque en aquel entonces rara era la noche que no sonaba la sirena del Cuerpo de Bomberos llamando a movilización a todos los milicianos.

Después me nombraron Director de la Unidad Sanitaria de Cárdenas, en 1961; Director Zonal de Salud, en 1962 y Director Distrital de Salud a finales de 1962, también fui responsable del Cuerpo de Sanidad de las Milicias Nacionales Revolucionarias de Carlos Rojas, Jovellanos, Martí, Máximo Gómez, Cárdenas y Varadero.

Intervine el Colegio Médico de Cárdenas, que se llamó desde 1962 Colegio Médico Revolucionario de Cárdenas.

También me tocó la intervención de las Casas de Socorro, de las clínicas privadas y de las farmacias privadas del distrito.

Realmente, las experiencias que tuve en el SMSR complementaron los conocimientos que adquirí en la Escuela de Medicina de La Habana, me hicieron un médico más completo, más humano y sobre todo con una concepción de la atención médica más integral, o sea clínica, higiénico­- epidemiológica y social.

Comprendí desde esta etapa tan temprana de mi formación cuál era la función del médico en la nueva sociedad que se estaba gestando al calor de la Revolución, el papel de conductor, de educador y preparador de las masas para todas las dificultades que se presentarían, y a ello contribuyó en grado sumo el tiempo que pasé en esa gran escuela que fue para mí el Servicio Médico Social Rural.

Creo que nunca podré agradecer suficientemente la oportunidad que me dio la Revolución de servir, durante 6 meses de mi vida, en esa gran escuela formativa que resultó el SMSR.

 

Campañas de vacunación

Muy temprano, creo que fue a principios de abril, me visitó un día por la tarde el doctor Báez Sablón para discutir conmigo el inicio de las campañas de vacunación con vacuna BCG, triple bacteriana, duple y toxoide tetánico.

Inmediatamente que me lo planteó le dije que estaba dispuesto a comenzar cuando él me lo indicara, pero que teníamos un inconveniente y era el hecho de no disponer de refrigeración donde guardar las vacunas, además de que no contábamos más que con tres jeringuillas con sus agujas que esterilizábamos mediante ebullición cuando eran necesarias.

Después de pensar un rato todas las soluciones posibles, llegamos a un acuerdo, la Regional de Salud Pública enviaría un equipo completo de vacunación, con suficientes jeringuillas y agujas esterilizadas y con algodón y alcohol adecuado para vacunar 100 personas todos los sábados por la mañana, por el tiempo que fuera necesario, y nosotros nos encargaríamos de la movilización entre los campesinos para que asistieran con sus hijos menores a recibir las vacunas que estuvieren indicadas.

Quedamos en que la vacunación comenzaría el primer sábado de mayo por la mañana y que ellos enviarían un jeep con todo lo necesario para comenzar las inmunizaciones en el batey "La Isabel" y en los bateyes de los alrededores.

Ese mes, la charla educativa fue sobre la vacunación y la manera de prevenir las enfermedades principales por este medio.

La asistencia a la charla fue numerosa y les dije a los campesinos, y especialmente a sus mujeres, la necesidad de que concurriesen el primer sábado del mes de mayo para iniciar la inmunización de todos ellos y de sus hijos, previniendo cuatro enfermedades que ellos sabían eran muy peligrosas en el campo, la tuberculosis, el tétanos, la difteria y la tos ferina.

Se produjo una discusión muy viva entre los campesinos, pues ellos nunca se habían vacunado contra ninguna enfermedad y se sentían preocupados por las reacciones que se podían presentar y cómo se efectuaría la vacunación.

Les expliqué que las vacunas eran inocuas, o sea no producían ninguna reacción adversa, y que no debían preocuparse por ello pues yo estaba allí, era quien los iba a inmunizar y velaría por cualquier reacción que se presentara en cualquier vacunado.

A partir de ese momento comencé una febril campaña en las consultas diciéndoles a todas las madres que consultaba, las ventajas de tener a sus hijos inmunizados y de inmunizarse ellas y sus esposos, para evitar las enfermedades que queríamos prevenir

Así transcurrió todo el mes de abril, tratando de convencer a los que visitaban el consultorio de las bondades de la vacunación y tratando de hacer toda la divulgación que me fuera posible.

Y al fin llegó el primer sábado de mayo, nos levantamos muy temprano para abrir el consultorio y comenzar la vacunación a tiempo y cuál no sería mi sorpresa cuando al asomarnos a la puerta ya había vecinos del batey esperando por la vacunación, mujeres con su familia completa y también personas mayores.

Antes de las 8 de la mañana llegó la compañera Angélica Alvarado para ser la primera en vacunarse, ir organizando a la población y, en compañía de mi esposa, ir llenando las tarjetas de vacunación, pues todo esto se haría controlando muy bien las dosis que se administraban, ya que los niños desde los tres meses de edad hasta los cinco años, llevaban tres dosis de vacuna triple, una cada mes; a los mayores de cinco años hasta los ocho se les administrarían dos dosis de vacuna duple (una cada mes) y a los mayores de nueve años en adelante recibirían dos dosis de toxoide tetánico, una cada mes también.

El BCG se les administraría a los recién nacidos y a los mayores previa prueba de Mantoux. Para ello fueron adiestradas convenientemente mi esposa y Angélica, a tal punto que ellas se ocuparon de la mayor parte de las inmunizaciones que se hicieron ese sábado.

Como a las 8.30 a.m. llegó el jeep de la Regional de Salud Pública manejado por un compañero alto, flaco y desgarbado a quien conocimos como "Che", no sé por qué se le llamaba así, pero ese compañero fue una gran ayuda para el futuro de los planes de vacunación que desarrollaríamos en "La Isabel" y para la vacunación que después aplicaríamos los domingos en la Cooperativa Agropecuaria Rubén Martínez Villena.

Ese día vacunamos a casi toda la población del batey "La Isabel", sobre todo a los niños y mujeres y a los hombres, dirigidos por Noda, quien fue el primer hombre en vacunarse con la vacuna antitetánica y brindó una gran colaboración movilizando al resto del personal masculino que era el más difícil de convencer para la inmunización.

Recuerdo que nos ayudó mucho en la movilización de los vecinos del batey una niñita como de 10 a 12 años que siempre estaba en mi casa y en el consultorio, que se llamaba Vitalia y era el retoño menor de los Alvarado.

Ella se había encariñado mucho con nosotros y con mis hijas con las cuales jugaba y las entretenía.

Fue de gran ayuda para nosotros y en la campaña de vacunación fue un apoyo muy estimable, movilizando a todos los campesinos y a sus familias.

Como a las 11 de la mañana terminamos la vacunación de todos los vecinos del batey y algunos de los bateyes cercanos que vinieron en el carro de línea y que llegaron después de las 9 de la mañana.

Agotamos todas las reservas de vacuna que trajeron de la Regional, así es que no teníamos más vacunas que administrar, por lo que le dijimos a todos los que esperaban que deberían venir el sábado próximo, cuando viniera de nuevo el jeep.

El "Che" estaba muy contento porque habíamos vacunado a más de 100 personas y ya teníamos palabreadas una buena cantidad de estas para el próximo sábado.

Aprovechamos la oportunidad en que estaba el "Che" con nosotros para plantearle la situación de la Cooperativa Agropecuaria "Rubén Martínez Villena" donde todos los domingos íba a dar consultas y a donde también deberíamos llevar la vacunación.

El me dijo que estaba dispuesto a ir los domingos a la cooperativa, pero que debía consultar con el doctor Báez, y que si este lo autorizaba, por parte de él no existiría ningún inconveniente para venir un domingo al mes para hacer la vacunación del batey de la cooperativa y la de los vecinos más cercanos.

Y se hicieron realidad nuestros sueños, porque el sábado siguiente, este magnífico chofer y gran revolucionario, me dijo que había hablado con el doctor Báez y que este había autorizado para que un domingo de cada mes pudiera venir en el jeep trayendo lo necesario para practicar las vacunaciones e ir a la Cooperativa Agropecuaria "Rubén Martínez Villena".

Las vacunas se conservaban muy bien, pues venían preparadas en un termo-refrigerador y protegidas con hielo seco.

Ese mismo domingo, cuando vino a recogernos a mi esposa y a mí el jeep de la cooperativa, coordinamos con el compañero Rubén Levy, Jefe de esta, el cual no cabía de contento y me prometió que el próximo domingo, sin falta, podía ir a vacunar a todos los integrantes de la cooperativa, empezando por él y su esposa Viola.

Qué gran gente eran Rubén y Viola, cuánto esfuerzo hicieron por echar adelante esta cooperativa, cuánto trabajaron sin cesar por los campesinos de la zona.

Después que me marché, al terminar el posgraduado nunca mas los volví a ver, desconozco cuál fue su destino ni en que rincón de esta nación puedan encontrarse, si es que aún viven.

Pero bueno, a que traer al recuerdo cosas tristes, mejor les cuento que al domingo siguiente fuimos a la cooperativa y vacunamos a todos los vecinos, los que no pudieron asistir a la escuela fuimos a sus casas, pero no quedó un solo cooperativista que no recibiera su vacuna correspondiente.

Y así, los primeros sábados de mes, siempre llegó el jeep de la Regional con su carga de vacunas y de salud, para completar la revacunación de todos los menores y sus familias, y a los que no venían espontáneamente, íbamos a buscarlos a sus casas o mandábamos a Angélica o a Vitalia a decirles que la vacuna había llegado y ellos entonces venían a vacunarse.

Creo que fue una tarea muy provechosa y que les dio mucha seguridad a los campesinos y a sus familias, pues tener vacunado al 100 % de sus habitantes fue la cuarta gran medida que aplicaba la Revolución para llevar la salud a ese olvidado rincón de nuestro país.

Y los terceros domingos de mes, durante 3 meses seguidos, también vino el jeep de la Regional para garantizar la vacunación de todos los vecinos de la Cooperativa, los cuales quedaron inmunizados en su totalidad en el tercer viaje que hicimos.

Fue una tarea muy hermosa que completamos mi esposa y yo en menos de 90 días, tener inmunizados contra 4 enfermedades muy graves y a veces mortales, a toda la población de los bateyes "La Isabel" y los de sus alrededores y a todos los integrantes de la Cooperativa Agropecuaria "Rubén Martínez Villena".

Esa fue la cuarta de las acciones de salud que se realizaron en "La Isabel" y en la cooperativa, la primera se concretizó con mi presencia y la atención médica que siempre estuvo garantizada de domingo a domingo, sin faltar uno solo, pues no tenía familia que ir a ver en ninguna parte, luego la atención era continua; la segunda de las medidas encaminadas a mejorar la situación higiénico-sanitaria de esa comunidad estuvo representada por la ubicación de decenas de letrinas sanitarias en todas las casas que les faltaba en el batey "La Isabel" y en los bateyes aledaños, y la tercera y no menos importante sería la campaña que desarrollamos contra el parasitismo intestinal, que me sirvió mas tarde para mi primera investigación científica.

La cuarta de las acciones que desarrolló la Revolución fue la vacunación contra las 4 enfermedades que se podían prevenir mediante las vacunas existentes en ese momento.

 

La luz eléctrica en "La Isabel"

Un día, a finales del mes de mayo, nos visitó el doctor Báez Sablón, eran como las 11:30, no había terminado aún la consulta de la mañana, por lo cual este se pasó un tiempo observándome hasta que se fue el último de los pacientes.

Lo invitamos a almorzar en nuestra casa, a lo cual asintió y, en medio de la comida, conversamos sobre el asunto que lo traía de recorrido, que no era otra cosa que explorar con nosotros la posibilidad de poner una planta eléctrica en "La Isabel", con vista a darle luz al consultorio, al batey y a los vecinos de la comunidad.

Yo no cabía en mi de gozo y de alegría, me quedé encantado con la idea y mi familia estaba muy contenta, al saber que existía la posibilidad de tener luz eléctrica muy pronto.

El doctor Báez me dijo que sería necesario hablar con los vecinos para ver la posibilidad de que ellos cooperaran con la instalación de la planta y sobre todo con los postes, el alambre y las instalaciones en todas las casas, pues ellos podrían ayudar con algunas cosas, pero los postes para el alumbrado público y las instalaciones deberían correr por cuenta de la comunidad.

Le contesté que lo mejor sería hablar con Manuel Noda, que era el líder informal de la comunidad, con Gustavo, y tal vez con la maestra y con algún que otro vecino, a lo que este asintió.

Inmediatamente mandé a buscar a los que deberían participar de la entrevista y muy pronto teníamos todos los factores interesados en el consultorio.

El doctor Báez les explicó de la posibilidad de traer una planta eléctrica para dar luz a todo el batey y todos asintieron y se pusieron muy contentos, porque al fin íbamos a disponer de luz en el batey y sería la Revolución, quien con esta medida, redondearía las actividades encaminadas a mejorar las condiciones de vida de aquella, hasta entonces, olvidada comunidad.

Allí mismo quedamos encargados de las tareas que debíamos realizar cada uno, encaminadas a hacer realidad la luz eléctrica en el batey, yo estaba encargado de dirigir las actividades; Gustavo, de hacer la propaganda en la bodega del pueblo; la maestra, de divulgarlo a todas las amas de casa y Noda, sería el máximo responsable de las coordinaciones con todos los campesinos, para ver si todos estaban dispuestos a colaborar buscando los postes, serían también responsables de conseguir los alambres y estarían encargados de las instalaciones domiciliarias.

Rápidamente nos dispusimos a trabajar, pues sería el acontecimiento más grande que recordaría siempre la comunidad "La Isabel", por mucho tiempo.

El doctor Báez se marchó muy contento de la acogida que le dieron al proyecto de instalar una planta y confiado en que muy pronto sería una realidad concreta.

Enseguida Noda conversó con todos los campesinos del batey y antes de una semana se hicieron realidad los postes del alumbrado público necesarios.

Otros campesinos consiguieron los cables para los interiores de sus casas y para la instalación eléctrica de los postes hasta sus viviendas.

Los postes fueron colocados en sus sitios en el curso de la semana siguiente y los cables de éstos a sus casas también fueron resueltos.

Pero faltaba lo primordial que era la instalación eléctrica que suministraría la luz desde la planta hasta el primer poste y la que uniría los postes entre sí. Esto fue resuelto conversando con los compañeros de la Empresa Eléctrica de Calimete, los cuales accedieron a ayudarnos a poner los cables y a hacer las instalaciones del alumbrado público de todo el batey.

A la semana de la petición llegaron los compañeros de la electricidad y en 3 días procedieron a hacer todas las instalaciones para el alumbrado público del batey, hasta la última casa a la salida, después de pasar el sitio de Manuel Noda.

A finales de junio llegó la planta eléctrica, se le hizo una caseta y el empalme de toda la red y, un buen día, antes de terminar el mes, se hizo la luz, por vez primera en la historia de la comunidad "La Isabel".

Ese día vino el doctor Báez Sablón, Director Regional de Salud; la doctora Hortensia Alonso, funcionaria y otro personal de la Regional; Gustavo Borges, el compañero del DATMCC, los compañeros de la Empresa Eléctrica y todos los vecinos del batey con sus familias.

Fue un sábado, el último de junio, y efectuamos una gran fiesta en el batey para celebrar el acontecimiento, con lechón asado, yuca con mojo, arroz congrí, ensalada, cerveza que trajimos fría de Calimete, y no faltaron los trovadores campesinos que improvisaron unas décimas muy sentidas para celebrar el acontecimiento.

La fiesta comenzó como a las 3 de la tarde, comimos, cantamos y fiestamos, y no terminó hasta después que ya se hizo de noche y se iluminó, por vez primera con luz eléctrica, el batey "La Isabel".

Manuel Noda fue, durante el tiempo que estuve laborando en "La Isabel", el encargado de abastecer la planta con el petróleo necesario, de encenderla cuando caía la noche y de apagarla cuando despuntaban los primeros rayos de la mañana.

En el mes de junio se hacía realidad la quinta medida que la Revolución llevaba a los campesinos de "La Isabel", la luz eléctrica, que representaba tener luz en sus casas para leer, estudiar, coser y comer, representó una verdadera bendición para esos campesinos que nunca antes habían soñado con que algún día se harían realidad sus deseos y dispondrían de los beneficios adicionales que ella representaba.

Para nosotros significó una cosa muy anhelada, pues acostumbrados como estábamos a vivir en otras condiciones, la luz eléctrica era lo que más nos afectó durante los primeros 4 meses en que nos tocó vivir en aquel olvidado rincón de nuestra patria, tan cercano a pueblos donde había de todo y, sin embargo, careciendo de lo más elemental, la corriente eléctrica.

¡Que alegría sin límites se desbordaba de todos aquellos campesinos humildes, cuando al caer los últimos destellos de aquella tarde veraniega comenzó el ruido de la planta, y de pronto, como en una eclosión maravillosa, se encendieron las luces del alumbrado público!

Jamás he vuelto a oír la algarabía que se formó, las mujeres gritaban su contento, los niños saltaban alegres y bulliciosos, los hombres no cabían en sí de gozo y los viejos miraban su querido batey iluminado y no podían creerlo.

¡Y todo ello se lo debían a la Revolución!

Que gran cosa era esta de la luz que les pudo dar la Dirección Regional de Salud Pública y que se logró mediante el Servicio Médico Social Rural.

Nunca podré olvidar las caras de felicidad de todos los vecinos del batey cuando de pronto, una noche del mes de junio se hizo la luz, y sería para siempre.

 

Mis compañeros más cercanos

Siempre recordaré con mucho cariño a aquellos que les tocó hacer el SMSR en el año 1960, a los que lo hicieron en la provincia de Matanzas, y sobre todo, a los que tenía más cercanos a mi consultorio.

Algunos de los sábados venía el jeep de la Regional y con el "Che" nos íbamos a visitar a nuestros vecinos, a los que compartían la difícil tarea de atender zonas campesinas donde nunca antes había llegado la atención médica.

El primer sábado nos remontamos a un pequeño batey ubicado junto a la carretera lo cual hicimos pasando por Martí, atravesando Itabo y siguiendo después hacia Hoyo Colorado para llegar, por el Circuito Norte, a Sagua La Grande, continuando rumbo al este.

Era un batey de unas 25 casas situadas alrededor de unos molinos de arroz y el consultorio estaba ubicado en la antigua casa del administrador, era una casa muy grande de mampostería, la que ocupaban el Dr. Carlos Valdés Amey y su esposa, la doctora Felicita.

Ambos se pusieron muy contentos con nuestra visita y como no tenían consulta ese día, después del almuerzo nos fuimos hacia unos baños medicinales que se encontraban cercanos a unas salinas (creo que se llaman Bidos), entonces en explotación, que se encontraban junto a la costa norte de la provincia de Matanzas.

Pasamos un buen día con estos compañeros, a quienes nunca más he vuelto a ver, aunque he sabido de ellos por una hermana que trabajaba con nosotros en el Instituto Nacional de Higiene de los Alimentos y Nutrición, recientemente fallecida, la Dra. Ileana Valdés Amey.

Otro de los sábados nos trasladamos por la carretera, recientemente construida, que llevaba a Playa Larga, en plena Ciénaga de Zapata, famosa meses más tarde por la invasión mercenaria que se produciría por la Bahía de Cochinos en abril de 1961.

Allí, en una de las viviendas monolíticas fabricadas por la Revolución, donde antes no existían más que unos bohíos miserables desperdigados por la zona de carboneros muy pobres, sin otro medio de comunicación que alguna embarcación que venía y los recogía para desplazarse hasta Cienfuegos, habían edificado una treintena de viviendas de mampostería y estaban muy bien pintadas y muy bonitas.

En una de estas viviendas tenía su consultorio el Dr. Enrique Sueiro Contreras

Este compañero era unos años mayor que yo, pertenecía a la religión metodista, era un convencido de ésta y había sido muy buen amigo mío, pues habíamos estudiado juntos en mi casa durante el cuarto, quinto y sexto años, hasta que por la situación tan crítica de la lucha contra la tiranía de Fulgencio Batista y Zaldivar, el Consejo Universitario decidió suspender indefinidamente las actividades de la Universidad de La Habana, en noviembre de 1956.

Sueiro Contreras era un gran organista y recuerdo que en la iglesia metodista que está en la calle 25 y K, muchas veces cantamos y pasamos muy buenos ratos, especialmente viene a mi memoria la boda del doctor Manuel García en la cual canté, él era metodista también (lo llamábamos, el compañero García), fue compañero de curso y se casó en esta iglesia. Lo encontré mas tarde en Oriente Sur, cuando fui Subdirector Provincial de Higiene y Epidemiología de esa provincia y él ocupaba el cargo de Epidemiólogo del Servicio de Erradicación Nacional del Paludismo, nos unió una buena amistad mientras estuve laborando en esa subdirección (años 1966 a 1969). Después supe que había abandonado el país años más tarde.

Pero volviendo a Enrique, nos unía una sincera amistad de muchos años, con él pasamos todo el día hasta la tarde, mis hijas jugaron en la arena de Playa Larga un buen rato y nosotros recordamos los tiempos que pasamos juntos estudiando y conversando sobre los problemas de salud que él tenía en su zona, muy similares a los nuestros, tal vez peores, pues allí nunca antes había existido atención médica, y la situación de los carboneros era terrible e inhumana.

Enrique era una persona extraña, muy reservada, austera y muy jovial.

No se le habían conocido novias y mientras estuvo en Cuba y hasta que yo supe, nunca se había casado, pensamos que él llegaría a ser un solterón empedernido.

Había viajado mucho, antes y después del triunfo de la Revolución, pues su posición en la iglesia metodista le permitía salir y entrar muy frecuentemente.

Siempre recordaré el día en que vimos sus diapositivas de su estancia en la India, sus fotos con los elefantes, etc., eso le permitió que en uno de sus viajes se quedara en el extranjero, no sé si en los Estados Unidos de Norteamérica o en otro país de los muchos que visitaba.

Nunca más supe de él, ni en qué momento se marchó para siempre.

Otra de las visitas que programamos fue al consultorio del doctor Orestes Suárez Pérez y su esposa, también médico pediatra.

Este estaba situado en Soplillar, justo al lado de la carretera que lleva a Playa Larga, lugar que se hizo muy famoso en abril de 1961, pues fue el sitio hasta donde llegó en su avance el ejército mercenario que armado y financiado por los Estados Unidos pretendiera invadirnos desembarcando por Playa Girón y Playa Larga, con vista a posesionarse de parte del territorio nacional, formar un Gobierno Provisional y pedir el reconocimiento internacional y de los Estados Unidos de Norteamérica.

Orestes era muy buen amigo mío, pues por ser nuestros apellidos muy cercanos, él S y yo la T, estábamos juntos en las prácticas de las asignaturas y en todas las actividades curriculares.

Pasamos el día visitando los alrededores, fuimos a Maneadero Chico y a Maneadero Grande y visitamos una playa cercana, situada más a la derecha de Playa Larga, muy bonita, que en aquel entonces no estaba habitada más que por algunos carboneros, que era a lo que se dedicaban los oriundos de la zona.

Pasamos el día muy entretenidos con Orestes y después nos marchamos por la tarde a nuestra casa de "La Isabel".

He dejado para último a un compañero que estaba situado en un batey que se denominaba "La Ceiba" y al cual no visitamos nunca por estar cerca de Yaguaramas, en la provincia antigua de Villa Clara, actual provincia de Cienfuegos, el doctor Roberto March.

Este era todo un personaje, muy alto, corpulento, que siempre descollaba por su estatura y por la simpatía que irradiaba de toda su persona, era lo que nosotros llamamos "un tipo fácil".

De él podría estar hablando largo rato, pues estuvimos viviendo en el mismo cuarto, años 1965-1966, en la República Socialista de Checoslovaquia, cuando me enviaron a estudiar la Maestría en Epidemiología, y son múltiples las anécdotas que podría contarles de él, baste decir que en la década de los 80, después de haber suscitado muchos problemas, incluso alguien me informó que esos problemas habían provocado que le inhabilitaran el título de médico, por algunos incidentes que se produjeron durante su estadía en las provincias de Cienfuegos y Sancti Spíritus, decidió irse de Cuba y no supe más de él hasta que nos encontramos, allá por el año 1979, en el Ministerio de Salud Pública, en esta ocasión me contó que se encontraba haciendo los trámites para salir del país.

Creo que después lo volví a encontrar una vez más durante las celebraciones por los 20 Años de la Graduación del Curso de los Pioneros, pero ya no era el mismo, estaba retraído, diría que como apenado, pues todos sabíamos que había solicitado salida del país y ya el trato hacia él no podía ser el mismo, tenía que ser diferente.

Sabía que existían otros dispensarios del SMSR en Céspedes, en La Lanza (casi en la Ciénaga de Zapata) al sur de Bolondrón y Aguacate, en la Cooperativa Cuba Libre en Jovellanos, donde se encontraba mi amigo, el tristemente fallecido Dr. Francisco Soler Casas, y muchos otros más que no recuerdo sus nombres ni en qué lugar estaban.

Solo sé que todos tuvimos un gran embullo y trabajamos con mucho entusiasmo y tesón los 6 meses que duró esta primera etapa del SMSR.

 

Un parto en la noche

No sé si les narré anteriormente que hacia el sur de "La Isabel" existía una zona de diente de perro, bastante extensa que a los campesinos de la zona no les gustaba atravesar, a la cual denominaban "La Montaña", y más hacia el sur se extendía, por toda la provincia de Matanzas, la Ciénaga de Zapata, impenetrable, oscura y tenebrosa donde solo habitaban los carboneros en algunos "cayos de monte firme" que sobresalían entre los páramos.

Uno de estos cayos se denominaba Maneadero Chico.

De él, una oscura noche de mediados del mes de julio, salió un carbonero a caballo, a buscar al médico de "La Isabel", atravesando parte de la ciénaga y toda la Montaña.

Llegó como a las 10:30 p.m. y tocó a mi puerta.

Para mí era un desconocido y le manifesté que tendría que buscar a Maquila en su casa, que era el responsable de las Milicias Campesinas, para que fuera con nosotros, y buscar un caballo para mí pues no contaba con ninguno.

Recuerden que desde el ataque que sufrimos por la noche, a pesar de que el batey estaba iluminado, pues ya contábamos con alumbrado público, me habían ordenado que no saliese de noche para ir fuera del batey, sino era con un miembro de la Milicia.

Efectivamente, al parecer el campesino se identificó convenientemente con Maquila y este vino con un caballo, que no supe de dónde lo sacó, y él, el carbonero y yo nos lanzamos a atravesar La Montaña y parte de la ciénaga para llegar a Maneadero.

Caminamos, por trillos que solamente ellos conocían, de uno en fondo, el carbonero delante, yo en el medio y Maquila más atrás.

Después de caminar cerca de 2 horas, sin que mediaran palabras entre nosotros, llegamos a un bohío de piso de tierra, paredes de yagua y techo de guano, rodeando este bohío había unas 20 personas, todas muy preocupadas, y había unos niños llorando.

Algunas de estas personas mayores, al verme tan joven expresaron su incredulidad y descontento, pues pensaban que no me podría enfrentar a lo que estaba sucediendo adentro.

Al entrar a la vivienda, me encuentro en un cuarto, a la izquierda, a una campesina de unos 35 a 40 años de edad, acostada en una cama, pariendo, y a una negra bajita, que era la "recogedora" de la zona, la cual estaba atendiendo el parto desde cerca de las 6 de la tarde.

Inmediatamente les dije a todos los que se encontraban en la única habitación de aquel bohío, que salieran y trajeran agua hirviendo, que era lo único que tenían en la casa para atender el parto, y me dispuse a examinar a la parturienta.

La única persona que se quedó dentro de la habitación fue la "recogedora", la cual me contó que ella estaba atendiendo a la mujer desde las 6 de la tarde, pero que el parto se había complicado y que ella, no sabiendo que hacer, había mandado a buscar a un médico para resolver la situación.

Procedí a examinar a la parturienta y cuando destapo la sábana que la cubría, lo primero que veo a la luz del farol de luz brillante, que era el único alumbrado que tenía toda la vivienda, era un piececito del niño saliendo por la vulva.

Imagínense la angustia que me sobrecogió al momento, había realizado sólo unos 60 partos durante mi carrera, me sentía preparado para enfrentarme a cualquier situación que se me presentase, pero esa era la única que no había experimentado en los 11 años que duró nuestra preparación, me tocó un parto de los más difíciles que podía imaginar, la procidencia de un solo pié.

De inmediato le pregunté a la compañera cuántos partos había tenido antes, me dijo que eran 5, por lo que respiré, pues se trataba de una multípara, una mujer cuyos genitales estaban preparados para parir en esas condiciones y todos los anteriores los había realizado la recogedora, sin problemas.

Me lavé las manos con jabón amarillo varias veces y, sin secarme, procedí a introducir, muy delicadamente, mi mano derecha en la vagina, tratando de ver dónde estaba el otro pié, por suerte lo encontré, alto pero asomándose al conducto de la vagina, lo tomé suavemente y procedí a bajarlo, lo cual se produjo de inmediato.

Ya tenía los 2 pies afuera, entonces viré lentamente al niño con la parte dorsal para mi brazo y le dije a la madre que pujara enérgicamente para tratar de que bajara a través de la pelvis la cintura pelviana del niño, después descendió la extremidad torácica y entonces ayudé un poco a la madre virando al niño de lado para que pudiera bajar la cabeza y situarse en la pelvis.

La cabeza descendió del cinturón pelviano en unos cuantos pujos más y ya con ésta en la pelvis procedí a colocar al niño, ya sabía que se trataba de un varón, acostado sobre mi brazo derecho en posición ventral, le busqué la boca y metí 2 dedos míos en su boca, procediendo a hiperflexionar y tirar suavemente de la cabeza hacia arriba y afuera.

Pronto apareció en la vulva su cabeza y continué la tracción hacia fuera, enseguida, con un pujo fuerte de la madre, salió completa, terminé de sacar a un niño eutrófico que pesaría más de 6 libras, sanito, y que inmediatamente, al cogerlo por ambos piececitos y voltearlo cabeza abajo, dio un quejido y comenzó a llorar, con un llanto fuerte y continuo.

Desde que me enfrenté al fenómeno de este parto, a eso de las 12:30 a.m. hasta que la mujer parió, había transcurrido no más de media hora, porque al consultar mi reloj comprobé que era la 1:00 de la madrugada.

Jamás en mis 43 años como médico, realicé un parto en condiciones tan adversas, sin luz, sin instrumental alguno, solo con mis manos, sin contar con otra cosa para cortar el cordón umbilical que unas tijeras, viejas y oxidadas, que desinfecté por hervido y después, con alcohol de bodega y suturé los extremos del cordón con pabilo hervido.

La "recogedora" se hizo cargo del niño, de limpiarlo y prepararlo convenientemente y después de la salida de la placenta, me marché, no sin antes recibir los apretones de mano de los presentes, el abrazo agradecido del padre, los besos de los hermanitos y la mirada acariciadora de la madre que no sabía como podría agradecerme el hecho de haber atendido su parto y lo bien que habían quedado ella y el recién nacido.

A la "recogedora" le hablé como médico y como ser humano, aconsejándole las medidas de higiene que ella debía cumplir siempre, ante cualquier parto, que a una parturienta no se le debían hacer tactos vaginales más que cuando fuera imprescindible, lavándonos bien las manos antes.

Le indiqué que cuando no viniera el parto de cabeza, y sobre todo cuando no se tratara de una multípara, no se quedara con el parto, sino que lo derivara hacia el hospital más cercano, donde los médicos sabrían que hacer.

Me despedí de los presentes, después que me brindaron café carretero, y emprendí el viaje de regreso acompañado de Maquila, por esos senderos que atravesaban la ciénaga y La Montaña llegamos a la casa cerca de las 2 de la madrugada, feliz porque por mi intervención se había salvado una nueva vida, que si no hubieran acudido a buscarme, tal vez a esa hora el niño hubiese dejado de existir.

Mi esposa me estaba esperando, angustiada y preocupada, porque me había tardado más de 5 horas y ella desconocía el lugar al que me habían llevado y para qué habían solicitado mis servicios.

Además, era la primera vez que alguien venía a buscarme tan tarde en la noche y a caballo, por lo cual ella suponía era para ir a un lugar lejano.

Y bien lejano que fue, atravesando La Montaña, llegando a Maneadero Chico, y para hacer un parto en las peores condiciones.

 

Mi partida de "La Isabel"

Una mañana, a principios del mes de agosto, recibí de nuevo la visita del doctor Báez Sablón, quien venía a decirme que me preparara para marcharme de "La Isabel" en los primeros días de septiembre.

Realmente, por un lado me sentí muy contento, y por el otro, me embargó una gran tristeza al pensar en los buenos ratos que había pasado durante 6 meses en "La Isabel" y ahora que tenía agua, luz eléctrica y todas las comodidades y estaban mi esposa e hijas adaptadas, debería dejarlo todo y marcharme.

Me informó que ya se habían graduado los médicos que vendrían a sustituirnos y que esto sería, a más tardar, en la primera quincena de septiembre.

Nos pusimos muy contentos, pero sabíamos que dejábamos un pedazo, el más querido de nuestras vidas y de nuestros corazones, con los vecinos de "La Isabel", y nos preocupaba mucho quién vendría a sustituirme, cómo sería y cómo trataría a los miembros de aquella comunidad a quienes les tenía un gran aprecio y había llegado a querer como a mi propia familia.

El doctor Báez me trajo un planteamiento que me causó gran satisfacción, me dijo que lo pensara y no le respondiera en ese momento sino más tarde, cuando lo hubiera analizado bien y con calma, pero que había sido seleccionado, por mi buen trabajo realizado en "La Isabel", para ser ascendido y que el ofrecimiento que él me iba a hacer era muy tentador.

La situación era la siguiente, si yo lo deseaba, él podía situarme como médico de medicina del trabajo en la fábrica de papel de bagazo de Cárdenas, "Capitán Guillermo Geilín", trabajaría por las tardes atendiendo todos los incidentes y accidentes que se produjeran y las enfermedades comunes que presentaran los trabajadores, debía ocuparme también de estudiar el proceso de producción del papel de bagazo, ver los riesgos de cada puesto de trabajo y decidir las medidas de prevención que pudieran tomarse en la naciente industria, situada justo al lado del Central Azucarero "José Smith Comas", y ambos, en la carretera que partiendo de Cárdenas llegaba hasta Sagua La Grande, en el Circuito Norte.

El doctor Báez me explicó que además podría trabajar en la ONDI de Cárdenas como médico consultante de pediatría y serían 2 sueldos, por la Papelera podía ganar $ 450.00 pesos mensuales y por la ONDI, cerca de $ 175.00.

La oferta era realmente tentadora pues, como me dijo el doctor Báez, no se encontraban fácilmente plazas de médico por las que pagaran ese salario en esos momentos.

Además me dijo que la plaza de médico de la papelera la compartiría con 2 compañeros míos, uno de ellos era el doctor Federico Nín Arrondo y el otro no apunté el nombre, por lo cual no me acuerdo de él, sólo sé que a ninguno de los 2 los vi, ni en la papelera, ni después en sitio alguno, por lo que supongo abandonaron el país muy tempranamente.

No obstante esto, le dije que lo pensaría y que a más tardar en la segunda quincena del mes de agosto le contestaría, pues recuerden que les dije que tenía un buen expediente universitario con un índice académico nada despreciable, y podía aspirar a una plaza de Médico Interno en el Hospital "Cmdte. Manuel Fajardo", y eso era algo que me ataba a La Habana.

Además, no me satisfacía mudarme para Cárdenas, pues por reminiscencias del pasado (las rivalidades que existían entre matanceros y cardenenses) creía que me sería difícil adaptarme a vivir en esa ciudad, donde tenía un tío materno llamado Juan Antonio Curbelo Gálvez (Tata) a quien quería mucho y que representaba algo muy grande en mi vida.

Decidimos de común acuerdo no decirle nada a Noda ni a los miembros de la comunidad del batey hasta más adelante, después de la segunda semana del mes de agosto, pues así sería más fácil y menos traumática mi partida.

Y el doctor Báez salió quedando en no decir nada en la comunidad "La Isabel" y en que le avisaría mi decisión a la Dirección Regional de Salud en Matanzas después de la primera quincena de agosto, pues él tenía que hacer los arreglos con la Papelera y con la ONDI para mis nombramientos y que no me perjudicara en cuanto a dejar de percibir los salarios correspondientes.

Después de mucho analizar desde todos los ángulos la propuesta del doctor Báez, decidí aceptarla, pues realmente el salario era muy tentador y así se lo hice saber antes de la segunda quincena en carta que le envié un domingo con el "Che" (el chofer) en nuestro viaje a la Cooperativa "Rubén Martínez Villena", porque quiero significarles que no dejé de ir ni un domingo a mi consulta en la cooperativa, ni uno solo de los sábados en que completamos la inmunización con las 4 vacunas.

Creo sinceramente que cumplí con mi deber al asumir las tareas médicas en "La Isabel" y sus bateyes aledaños y en la Cooperativa "Rubén Martínez Villena", pues realizé 12 620 consultas médicas en la primera y 610 consultas en la segunda, pronuncié 10 charlas educativas a los vecinos de "La Isabel" y 4 en la escuelita de la cooperativa.

Obtuve los resultados de 2 165 análisis de heces fecales practicados en casi 5 meses de consultas, y con ellos, procesándolos estadísticamente y analizándolos, realicé mi primera investigación científica "Prevalencia del parasitismo intestinal en el batey "La Isabel", Calimete, provincia de Matanzas, de marzo a agosto de 1960", que fue presentada en el Primer Congreso de la Regional del MINSAP de la Provincia de Matanzas.

Dejamos completamente inmunizados con 3 dosis de vacuna triple a los niños menores de 5 años, con duple a los que estaban entre 6 y 9 años, y con toxoide tetánico a los mayores de 9 años, adultos, embarazadas y viejos, lo que hizo un gran total de 340 primovacunados con todas las dosis de vacunas que estaban indicadas según la edad en "La Isabel" y 130 en la cooperativa.

También fueron inmunizados contra la tuberculosis todos los escolares con la glacivacuna cubana (esta era una vacuna de tipo helado), que era la que estaba experimentándose en ese momento en el país.

Quiero dejar constancia que no tuvimos ningún caso de fiebre tifoidea, tuberculosis, tétanos, difteria, ni tos ferina entre los vecinos del batey, ni de los alrededores, ni en la cooperativa, lo que considero un éxito de la Revolución y del Servicio de Salud del Campesino (Dirección Regional de Salud de Matanzas).

Esto, unido a la campaña contra el parasitismo intestinal mediante la instalación de letrinas sanitarias en las casas de 50 familias y la investigación sobre la prevalencia del parasitismo, fueron de los mayores logros que alcanzé en mi estancia en "La Isabel".

También quiero hacer constar que no tuve que lamentar ninguna muerte infantil ni de adultos del batey "La Isabel", ni de los bateyes aledaños, a no ser el niño pequeño que se ahogó en la tina de agua y que comenté anteriormente.

Y lo más grande y hermoso que hizo la Dirección Regional de Salud Pública y el Servicio Médico Social Rural del MINSAP fue la instalación de la planta eléctrica que suministró luz de un extremo a otro del batey y por primera vez en su historia, el último sábado del mes de junio de 1960.

Creo haber cumplido con mi deber, simple y sencillamente, pude hacer más y si no lo hice fue por desconocimiento, pero nunca por falta de interés, desidia o indiferencia.

Y llegó el momento de decirles a todos que me tendría que marchar, dejarlos en manos de otro médico que me sustituiría y que se suponía fuera tan bueno o mejor que yo.

Cuando se lo dije a Manuel Noda este se preocupó y lo lamentó mucho y no sabía cómo pedirme que me quedara, que no me fuese, que ellos me necesitaban y que cómo me iba a marchar todo ahora que ellos estaban acostumbrados a mi forma de ser y de tratarlos.

Supe que Noda y otros vecinos del batey recogieron firmas e hicieron llegar un pliego con la petición a la Dirección Regional para que no me trasladaran, pero todo fue inútil, debía marcharme, ya estaba nombrado mi sustituto y yo era muy joven y debía seguir mi marcha como médico hacia otros lugares donde la Revolución me necesitara, a continuar brindando mis servicios preventivo-asistenciales en cualquier lugar de Cuba.

Pero antes de la fecha decidida para mi marcha quise conocer al médico que me sustituiría, hablar con él, decirle las características de las familias que tendría que atender, así que un sábado por la mañana fui hasta La Habana a conocerlo.

Lamentablemente no anoté su nombre, pero recuerdo que vivía en San Lázaro en una casa de bajos, entre Belascoaín y Galiano, de la acera del Malecón.

Era un médico muy joven, blanco, más o menos de mi estatura, no usaba espejuelos y, por lo que conversamos, me pareció un buen compañero, bien preparado, con un gran espíritu de trabajo, me alegré porque, al parecer, los campesinos quedarían muy bien atendidos.

Regresé y le comuniqué a Noda mis impresiones sobre mi sustituto y la necesidad de que lo atendieran tan bien como lo hicieron conmigo y le brindaran toda la colaboración posible, pues al parecer, lo merecía.

Antes de marcharme, el domingo anterior a mi partida, fui a la Cooperativa "Rubén Martínez Villena", donde me despedí de Rubén y Viola y de los campesinos que tan amablemente me habían atendido.

Ellos se disgustaron mucho y me plantearon tajantemente que si yo quería quedarme, ellos podían hablar con Julio Suárez (Jefe del Instituto Nacional de la Reforma Agraria-INRA de la provincia) y éste podía interceder con la Dirección Regional de Salud Pública y lograr que me quedara atendiendo la cooperativa y "La Isabel".

Me costó mucho trabajo lograr que Viola y Rubén comprendieran que el SMSR era sólo por un tiempo, que por él deberían pasar todos los médicos que se graduaran a partir de ese momento, y que yo era uno más de un ejército de médicos que vendrían a continuar nuestra tarea y que así sería durante todo el tiempo que durara la Revolución, por lo tanto ese servicio se mantendría durante muchos años.

Que no se preocuparan porque había coordinado con el médico que me sustituiría para que continuara atendiendo a los cooperativistas y él me había asegurado que así lo haría.

Y llegó el día trágico de mi partida, Vitalia y Angélica Alvarado lloraban, mi esposa también, Noda y su esposa estaban presentes, ella también enjugaba sus lágrimas, todos los vecinos del batey estuvieron presentes aquel sábado, algunos me daban la mano, otros me abrazaban, algunas mujeres me besaban y me decían que como era yo, ninguno lo sería igual.

Después me despedí de Gustavo, el cual me abrazó como a un ser muy querido, del segundo de Gustavo en la bodega, quien me brindó su casa y con quien pasé mis primeras noches solitario y triste jugando al domino, de Maquila, el responsable de la Milicia Rural, que tantas veces dejó su descanso nocturno para ir conmigo ante los requerimientos de los campesinos que venían a buscarme, de Juanito y no sé de cuantos más, pero me despedí de todos los que se acercaron a decirme adiós.

Dirigí una última mirada hacia los postes de la luz eléctrica que se instaló a instancias mías, hacia el batey donde tan buenos y malos ratos había pasado, pero que tantas buenas y oportunas lecciones me dio y que me sirvieron de mucho para completar mi formación como médico y revolucionario, más humano e integral.

Y diciéndole adiós a todo aquello que tanto iba a representar en mi vida futura y a aquellos campesinos buenos, honrados y trabajadores que me aceptaron como uno más de ellos, el camión de la Dirección Regional que vino a buscar mi mudada partió primero con lentitud hasta la salida del batey, después rápidamente, hacia mi nuevo destino, la ciudad de Cárdenas.