CUADERNOS DE HISTORIA DE LA SALUD PÚBLICA 109

 

Donde los hombres se crecen

 

Por el Dr. Héctor I. Vera Acosta

 

 

 


 

Dedicatoria

A los que nos precedieron

y a los que continuaron la asistencia
médica en aquella región.

 

 

La graduación

Finalizaba el verano de 1964 y nos graduábamos de Doctor en Medicina, los que habíamos iniciado la carrera en el curso 1955-1956, faltaban los que abandonaron los estudios debido al cierre de la universidad y que se dedicaron a otras actividades, así como los que traicionando la patria dejaron los estudios. Entre los que estábamos en el teatro de la CTC, recibiendo nuestros títulos, se hallaban algunos compañeros de cursos anteriores que habían reanudado sus estudios y se graduaban ese día.

La graduación era presidida por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, a nombre de los graduados, leyó el juramento el compañero Alberto Céspedes.

Nuestros familiares nos acompañaban en el acto, algunos compañeros se habían casado durante el internado y sus esposas también estaban.

El discurso de Fidel era para nosotros el mejor reconocimiento que podíamos recibir de la Revolución, fue muy emocionante cuando se refirió a Manuel Jacas Tormes, quien bajó de la Sierra con el grado de capitán y se graduaba ese día.

Precediendo la graduación se habían iniciado las actividades, una de ellas en un restaurante de las afueras, brindada por el Colegio Médico de La Habana, y culminaron con una cena ofrecida por el Ministerio de Salud Pública, en el Cabaret Tropicana.

 

La ubicación

Concluidas las celebraciones se iniciaba el proceso de ubicación, se nombró una comisión integrada por varios compañeros dirigentes del curso, entre ellos estaba yo. Por el Ministerio, el factor fundamental era el Coordinador Nacional del Servicio Social Rural, Dr. José M. Miyar Barruecos "Chomi".

En esos días, el Departamento de Medicina del Trabajo solicitó que algunos de los recién graduados participaran en los exámenes médicos a los trabajadores de las Minas de Matahambre en Pinar del Río, se brindaron varios compañeros que formaban un grupo muy heterogéneo por su formación política, uno de ellos pidió que el responsable fuera yo. La misión se desarrolló con todo éxito y regresamos a fin de mes.

Cuando llegué a mí casa llamé a "Chomi" para conocer mi ubicación en el posgraduado, la respuesta fue rápida "vas para donde los hombres se arrodillan", Gran Tierra de Baracoa, a pocos kilómetros de la Punta de Maisí, el punto más oriental de Cuba, el hospital tenía el nombre de un mártir de la revolución, "Patricio Sierra Alta". Años después, en una conversación con él me dijo que no era adecuado escribir algo con ese título pues los moradores de ese lugar pudieran sentirse ofendidos, nos pusimos de acuerdo en ponerle "Donde los hombres se crecen".

Al día siguiente fui a las oficinas de la Coordinación del Servicio Social Rural para recoger los documentos de presentación y el boleto del pasaje, este era por ómnibus. Otro compañero del curso, Marrero sería mi compañero de viaje.

 

El viaje

El día señalado para la partida preparé mi equipaje, una maleta con libros y una mochila con la ropa interior, un uniforme del Servicio Social Rural con su abrigo y una sola muda de ropa, jabón, pasta de dientes, un cepillo de dientes, el equipo para afeitarme y lo necesario para limpiar las botas.

El ómnibus donde viajaríamos era checoeslovaco y su marca Karose, no tenía aire acondicionado, sus asientos eran reclinables. La salida estaba programada para las 11:00 p.m. Poco antes llegamos a la Terminal de Ómnibus, me acompañaba mi padre. Ya se encontraba mi compañero de curso que estaba asignado al Hospital Rural de Palenque de Yateras, también de la Coordinación del Servicio Social Rural de Guantánamo. En la dirección oriental solamente conocía hasta Cárdenas.

Poco después de las 11:00 salía el ómnibus, me tocó un asiento en la hilera del chofer, reclinado, pero sin poderlo poner en posición vertical y sobre la rueda trasera.

Trataba de ver cada pueblo de la carretera central, lugares que no conocía, entre pueblo y pueblo trataba de dormir, cosa que era casi imposible. Al amanecer, el ómnibus hizo una parada para el desayuno, lo cual aprovechamos para estirar las piernas. Antes de la hora nos pusimos nuevamente en marcha, teníamos el sol de nuestro lado y yo estaba al lado de la ventanilla, el calor se hacia prácticamente insoportable y aún con sueño me era imposible conciliarlo. Cerca de la 1:00 p.m. se detuvo nuestro vehículo para el almuerzo. Todo me era desconocido y no tenía un mapa para poder orientarme, se comentaba que llegaríamos a Santiago de Cuba próximo a las 6 de la tarde. Concluido el almuerzo se reiniciaba nuestra odisea, pero en este caso por carretera.

Oscurecía cuando el ómnibus entraba en la Terminal de Santiago de Cuba, un compañero nos esperaba con un transporte (un jeep soviético), montamos y nos acomodamos con nuestros equipajes. El responsable dio la orden de partir y dirigirnos a la casa que servía de albergue a un grupo de compañeros que se encontraban trabajando en lo que se denominaba "Plan Santiago", conocía a algunos de ellos a los que saludé. Antes de las 8:00 p.m. nos sentamos a comer, una vez concluida esta nos informaron que en unos minutos seguiríamos viaje para Guantánamo.

Era el mismo jeep con el chofer, ya conocido, nos acompañaba el compañero responsable que nos había recibido.

La noche era oscura pues había luna nueva, desconocía la geografía del lugar e intentaba ver las luces de la base militar que el gobierno norteamericano mantiene en nuestra patria de manera arbitraria. Rodaba el vehiculo, bajando unas veces y subiendo otras, las curvas eran numerosas. Pasamos por dos pueblos, que nos dijeron eran Alto Songo y La Maya y no veíamos la hora de llegar y poder descansar. El jeep continuaba su avance y pasamos por un caserío llamado "Hierba de Guinea", nos dijeron que estábamos próximos a llegar a Guantánamo. Minutos más tarde vimos las luces de una ciudad, más grande que los dos pueblos antes mencionado. Entramos por una avenida de dos vías luego doblamos a la izquierda y a varias cuadras se detuvo nuestro transporte, frente a un hotel cuyo nombre era "Hotel Washington", el responsable nos invitó a descender con nuestro equipaje y nos dirigimos a la carpeta, estaba reservada una habitación con dos camas, subimos al segundo piso hasta la habitación 39. El compañero que nos había acompañado se despidió, no sin antes decirnos que el desayuno era en el comedor del hotel y solamente teníamos que firmar la cuenta. Ya eran las 12 de la noche y decidimos acostarnos para reponer las fuerzas perdidas en un viaje de 24 horas.

 

Rumbo a Gran Tierra de Baracoa

Aproximadamente a las 8 de la mañana entramos al comedor para desayunar, otros compañeros conocidos salían y nos saludaban. Antes de concluir el desayuno un dirigente del Regional Guantánamo-Yateras-Baracoa se nos acercó y después de saludarnos nos comunicó que nos llevaría a la Coordinación del Servicio Social Rural. Era un local de dos habitaciones con un patio grande donde había un camión que le decían "La zapa" porque estaba preparado con doble tracción y tenia un winche para poder salir de los caminos cuando se atascaba. El recibimiento por los compañeros que allí trabajaban fue muy afectuoso, no estaba el doctor Wasam Leng coordinador, la secretaria me informó que al día siguiente saldría para mi destino final, el otro compañero de viaje (de infortunios) demoraría unos días en partir. Aproveché las horas en caminar alrededor del hotel, por la misma acera había un cine, en la acera de enfrente otro hotel "Brasil", al llegar a la esquina, el parque con la iglesia en un extremo, al frente otro cine, en la esquina y, a mediados de cuadra, una cafetería grande donde servían varios platos. En la manzana siguiente había otro hotel, frente a él, un cine y al lado, una cafetería de alimentos ligeros. Varias tiendas de ropa estaban en esta zona. Pasé el día visitando todos estos establecimientos y me acosté temprano.

Antes de las 8 de la mañana vinieron por mí, estaba el Director Regional, doctor Serafín Sánchez, en el jeep con el chofer, me acomodé en la parte de atrás y se puso en marcha, me esperaba un largo camino.

Era una carretera bien asfaltada, terreno llano o con ligeras ondulaciones. A la hora de camino tenía a mi derecha el mar, algunas construcciones denotaban las playas, a mi izquierda, sembrados de caña. Pasamos un poblado, San Antonio del Sur, seguimos por la carretera hasta llegar al hospital de Imías donde entramos para visitarlo, permanecimos allí más de media hora. Continuamos nuestro viaje, la vegetación se modificaba y tenía un aspecto desértico, muy escasa y arbustos muy pequeños, a la izquierda y en la lejanía se veían algunas montañas, todo era sumamente apacible y así llegamos a Cajobabos. A la izquierda, la carretera se dirigía hacia la Loma de la Farola, al frente comenzaba un camino con aspecto de terraplén, pero sin límites laterales bien definidos, era el que teníamos que seguir. A los pocos minutos este camino nos llevó a una elevación que tenía el nombre de "mira cielo" pues el chofer antes de llegar a la cima solo veía el cielo, a la izquierda estaba Las Playitas, lugar por donde desembarcó el Héroe Nacional José Martí Pérez con Máximo Gómez Báez y otros compañeros. Unas iguanas se podían ver a la izquierda. Avanzamos siempre próximo a la línea de la costa nos acercábamos a la región en que ejercería mi actividad médica. Cuando llegamos a una intersección del camino, el Director Regional de Salud dio la orden de seguir por el sendero de la derecha que nos conduciría a la Tinta de Jauco, lugar con un dispensario médico, pero sin médico en ese tiempo, la población se caracterizaba por tener cabellos negros y ojos claros, las mujeres eran muy hermosas. Continuamos el viaje y llegamos a Planitos, en este lugar, muy frío de noche, hubo una escuela de milicias. El camino se me hacía interminable, no veía el momento de llegar, el jeep daba saltos por lo irregular del camino y trataba de ver algo, pero solo árboles y piedras constituían el paisaje. Ya era mediodía cuando a nuestra derecha divisamos varias casas, estábamos a unos minutos de llegar al hospital. El Director Regional se dirigió a mi, anunciándome que ya llegábamos, a la izquierda veía dos construcciones de mampostería, ambas de forma rectangular, la segunda era mayor, estaban unidas por una acera. Una cerca separaba las edificaciones del camino, no era continua pues faltaba un tramo que era para la entrada al hospital, por ahí entró nuestro vehiculo.

 

El Hospital "Patricio Sierra Alta"

Tenía la construcción típica de los hospitales rurales, dos alas rectangulares unidas por un pasillo techado, el techo de hormigón, el pasillo con dos bancos. En la primera, de izquierda a derecha (estando frente al hospital) encontramos un local de consulta, cuya entrada daba a un salón de espera, al fondo de este salón se encontraba el local de enfermería, la consulta del estomatólogo, otro local de consulta médica y cerrando el salón de espera estaba el local del laboratorio y el de la farmacia cuya ventanilla de despacho daba al frente. En la parte posterior e izquierda teníamos la cocina y el comedor, en una sola pieza, una habitación con un equipo de rayos X, pero sin los medios para el revelado de las películas, las entradas miraban a la otra ala del hospital. En el ala posterior, de izquierda a derecha dos cubículos de ingresos, uno de hombres y el otro de niños, a continuación el salón de partos y legrados, por último el cubículo de ingresos para mujeres. En la parte izquierda y frente al hospital se encontraba la caseta para la planta eléctrica.

En el hospital trabajaban tres auxiliares de enfermería, Mirka, Patria y Gisela, una cocinera, Benedita, una empleada de limpieza, Rafaela, una para la lavandería, además estaban Leo, el chofer de la ambulancia, Norge Matos, el técnico de laboratorio y transfusiones, que además atendía el despacho de la farmacia, el doctor Valdés, estomatólogo, y dos médicos, los tres posgraduados, yo era el relevo de uno de esos médicos y el doctor Valero Fano, aún por llegar, sustituiría al otro. Todas las tareas administrativas estaban en una sola persona, el administrador, Douglas. En las noches había un compañero que ejercía las funciones de sereno y en las primeras horas de la mañana daba los turnos para las consultas. Dando vueltas por el hospital y ayudando en lo que fuera necesario, todos los días se veía a un adolescente, que padecía un hipotiroidismo congénito, diagnosticado por el primer médico que fue a la zona al triunfo de la revolución y gracias a lo cual tenía tratamiento hacía varios años.

Los dos médicos, el estomatólogo y las tres enfermeras vivían en la primera construcción, que tenía cuatro habitaciones (una en cada esquina) y una sala central. Las tres enfermeras ocupaban una habitación en común y las tres restantes eran ocupadas por los dos médicos y el estomatólogo.

 

La geografía de la zona

El hospital ubicado en los llanos de Gran Tierra de Baracoa atendía un área muy extensa, por el camino hacia la Punta de Maisí, después del ascenso de una pequeña elevación se encontraba el poblado de Chafarinas "ciudad de los niños", por la cantidad tan grande de ellos que allí vivían, el camino recorrido estaba bordeado por cafetales. Siguiendo la marcha aparecía el poblado La Asunción, capital económica de la región, si se seguía un camino a la derecha llegábamos a Patana Arriba y, posteriormente, a Patana Abajo, ya en contacto con los farallones de la costa, en este último lugar se encontraban las cuevas visitadas por Antonio Núñez Jiménez.

Al continuar por el camino principal se presentaba ante nosotros La Máquina, donde estaba la jefatura del subsector militar. Estos tres poblados estaban constituidos por casas a ambos lados del camino y en ocasiones se extendían a derecha o izquierda dos o tres casas. A medida que uno se alejaba se podían apreciar perfectamente las terrazas, expresión del retroceso del mar.

Después de La Máquina, el camino nos llevaba a la Punta de Maisí, varias casas de viviendas, unas construcciones para almacenes, ya que la mercancía venía principalmente por barcos, antes de entrar al caserío se podía ver el río Yumurí convertido en un pequeñísimo arroyo y sumergido a unos dos metros de la superficie, este era el sitio de donde se extraía el agua para el caserío. Al final del camino estaba el faro, construcción muy antigua, y a su lado la casa de vivienda del torrero, el que trabajaba en el faro. El extremo más oriental no estaba precisamente frente al faro, sino unos metros más al sur, había una lápida en el lugar.

A la izquierda de La Asunción se encontraban los cuartones, Santa Marta y Puriales, constituidos por pequeñas fincas habitadas por sus dueños.

Al este de los Llanos y sur de Chafarinas, encontramos el Veril, zona poco poblada.

 

Primer contacto con la realidad

Era cerca de la tres de la tarde y el jeep tenía que regresar a Guantánamo, sin mucho protocolo me presentaron a los médicos y al estomatólogo, uno de los médicos concluía su trabajo con mi llegada y esa tarde se marcharía en el jeep. El otro, que era el director, me presentó al personal que estaba en el hospital en ese momento. Minutos después de la salida del Director Regional, el médico que me había presentado a las enfermeras y trabajadores me dijo "bueno ya tu eres el nuevo director, yo voy a visitar a una familia y comeré en esa casa". Ya comenzaba a trabajar.

A las 6 y 30 me fui al comedor, mi apetito era excelente, la cocinera me dijo "lo que hay es solo arroz", la respuesta, ¿solo arroz?, ¿y en la alacena no hay latas de comida?, responde la cocinera, "sí, pero aquí nadie las come", le respondí, "pero yo sí, vamos a abrir una y te diré cómo se cocina, pues de ahora en adelante todos los días tendremos carne de lata y frijoles". Con el conocimiento de las movilizaciones de las milicias y de mi casa, le expliqué los pasos a seguir. Mi primera comida fue arroz con carne bien frita. En la alacena teníamos latas de carne, de pato, de cereal de trigo, de leche condensada, todas de los países amigos, además, arroz, frijoles, aceite, manteca, galletas y algunas cosas más.

Las enfermeras habitualmente se cocinaban algo adicional o familiares de los pacientes o vecinos, les traían alguna comida, ya elaborada. Los familiares de los pacientes se encargaban de sus comidas.

A partir de ese día nunca más se repitió esta situación, siempre hubo una comida que progresivamente se fue aceptando por trabajadores y pacientes.

Al día siguiente, después del desayuno, cereal con leche y galletas, comencé mi trabajo como médico. Pasé visita por todos los cubículos con una bata larga y a las 9 me cambié la bata larga por una corta para la consulta externa.

A las 12 meridiano almorcé y una hora después me avisaron que una paciente estaba en trabajo de parto. Las enfermeras eran muy diestras y habitualmente hacían los partos solas, no obstante examiné a la señora, tenía buena dinámica, dilatación total, normotensa, sin antecedentes de diabetes y multípara. Mi impresión fue que se trataba de un embarazo gemelar. Ya a las 4 pm se había producido el parto, pero el segundo feto permanecía en útero, tenía un ligero sangrado que no lograba controlar, aumentó mi inquietud. Empleé todo lo aprendido en la sala de Gineco-Obstetricia del Hospital "General Calixto García", pero la situación no se modificaba, mandé a llamar al otro médico, que para mi criterio tenía más experiencia, al llegar vio a la paciente, salió fuera del salón y me dijo "hay que esperar" le respondí "debemos remitirla para Baracoa", su respuesta " la ambulancia está rota y no hay transporte" continué diciendo "debemos hacerle un hemograma y si es necesario transfundirla", me respondió "el técnico vive pasando La Asunción y no hay forma de avisarle", mi respuesta "pero puede morir" respondió "es verdad". El administrador de la tienda del pueblo, Beto Cantillo, que era testigo de la conversación me dijo "médico no se preocupe, antes del triunfo de la Revolución, por este camino, todos los días pasaba el entierro de un niño, y eso ya no se ve, estamos mucho mejor que antes". Volví a la sala de partos, ellos se marcharon, di la orden de trasladar a la paciente para la sala, escribí las indicaciones, ya era de noche, la planta eléctrica estaba rota y nos alumbrábamos con velas y lámparas de luz brillante (kerosene). Me quedé en la sala con la enfermera de guardia hasta que vencido por el cansancio me fui a mi habitación.

Al día siguiente, antes de que el sol saliera estaba en la sala, la paciente no sangraba en ese instante, una hora después las contracciones uterinas me anunciaban que pronto el feto sería expulsado, efectivamente antes de las 8 de la mañana se produjo, un feto muerto, como lo esperaba. La expulsión de la placenta se realizó sin contratiempos. Me llamó la atención, que para todos los presentes, mi primera actuación como médico, fue adecuada.

 

Se completa el equipo de trabajo

A la semana de haber llegado, arribó el otro médico, el doctor Valero Fano, era de mi curso y su internado había sido, básicamente en pediatría, se encargaría, fundamentalmente de la consulta de esa especialidad. Yo, además de director, sería el responsable de las consultas de medicina general y de obstetricia. Con la llegada de Valero, el antiguo director se podía marchar, lo hizo esa misma tarde. Quedaban en el hospital las tres enfermeras, el estomatólogo y dos médicos, todos viviamos en la casa antes descrita. El técnico de laboratorio y transfusionista vivía en su propia casa y bien lejos del hospital, en pleno campo. El resto del personal, administrador, chofer de la ambulancia, cocinera, auxiliares de limpieza y lavandería, vivían en los alrededores y podía ser localizado fácilmente.

 

Desarrollo del trabajo

El pediatra en horas de la mañana pasaba visita, si tenía pacientes ingresados, y posteriormente daba su consulta, hasta la hora del almuerzo, los sábados hacía tratamiento a los niños parasitados mediante sonda de Levine para instilar el medicamento en el duodeno. Durante el internado no había recibido entrenamiento en partos, por lo que me di a la tarea de adiestrarlo en esa actividad y en legrados.

El estomatólogo tenía su consulta y se dedicaba a la estomatología general, excepto prótesis, trabajaba hasta que no le quedaban pacientes y en ocasiones hasta la tarde. En sus vacaciones no había consulta.

Yo tenía dos veces a la semana la consulta de embarazadas, esta comenzaba a las 8:00 a.m. y en una hora la concluía, era la rutina habitual, pesar, medir altura uterina, precisar la ubicación de la cabeza y dorso, foco fetal, tensión arterial, existencia de edemas en miembros inferiores, el número de pacientes nunca fue mayor de diez. Al concluir esta consulta iniciaba la de medicina general, los otros cuatro días eran solo para medicina general. En ocasiones tenía que interrumpir la consulta, momentáneamente para legrar a una paciente que llegaba con un aborto en curso, o una paciente en trabajo de parto, para examinarla y dejarla con la enfermera.

La guardia comenzaba en la tarde, después de las consultas y alternaba con las del pediatra. En las vacaciones, ocho días cada dos meses, el médico que quedaba atendía todo, como si estuviera de guardia.

El técnico de laboratorio trabajaba todos los días haciendo los análisis, hemograma, glicemia, urea, orina y heces fecales.

Las enfermeras trabajaban 24 por 48 y al salir una de vacaciones, 24 por 24.

El resto del personal, excepto el administrador, trabajaba todos los días.

 

Los pase de visita

Todos los días antes de las 8 de la mañana realizaba el pase de visita, con bata larga, entraba primero en la sala de hombres, era la sala con menos ingresos, en ella como casos interesantes recuerdo a un paciente, con diagnóstico de neumonía lobar, confirmada por un estudio radiológico, hecho en nuestro equipo de rayos X y revelada la placa con los materiales que me había regalado un técnico amigo, del Hospital "General Calixto García". Al tercer día de su ingreso, pidió su alta, clínicamente mejorado, sin fiebre, sin el soplo tubario. Pienso que esa resolución tan sorprendente fue por estar virgen de contacto con los antibióticos, entre otros factores, no lo volví a ver, seguro estoy que se recuperó totalmente pues el lugar para la actuación médico-legal era nuestro hospital y no supe de él por allí tampoco.

Otro paciente que recuerdo, ingresó con un cuadro clínico que me hizo pensar en una hepatitis viral, después de desaparecer la fiebre, como es habitual en esta dolencia mejoró su estado general y a los pocos días comenzó a presentar febrícula, sin modificarse su estado general y continuó disminuyendo el íctero. Como tenía el libro de Domarus, la última edición, revisé el tema y era compatible con fiebre por etiocolanolona, hormona elaborada en las glándulas suprarrenales y que por la enfermedad hepática no se cataboliza. En una Jornada Científica en Manzanillo presenté mi paciente.

El otro paciente que me preocupó, presentaba insuficiencia cardíaca global con anasarca, la resolución de la retención hídrica demoró tanto que ya no sabía que hacer, al fin logré llevarlo al peso seco y darle el alta con recomendaciones frente a su familia.

En la sala de mujeres, la mayoría de los ingresos la constituían embarazadas, próximas a sus partos, y los legrados de aquellas que llegaban al hospital con un aborto en curso, iniciado por las antiguas recogedoras, que también realizaban estas prácticas. Más adelante volveremos sobre los partos y legrados.

 

Algunas anécdotas de las consultas

En la consulta veía unos 60 pacientes diariamente, de 8 de la mañana hasta las 12 o 1 de la tarde, todos querían ser los primeros para poder llegar a sus casas temprano, pues desde la madrugada buscaban su turno, este lo entregaba el sereno que hacia las veces de custodio.

A los pocos días de mi llegada, al salir de la casa de vivienda y antes de llegar al hospital, un paciente se me acercó con un pollo en la mano y sin saludar me dijo "doctor le traigo este pollo para usted, yo necesito que me vea rápido en la consulta para irme a mi casa enseguida", la respuesta fue directa y categórica "el pollo se lo come usted y entra a la consulta cuando le llegue su turno", seguí caminando hacia el hospital. No volví a ver más a ese paciente.

Otro paciente interesante lo atendí en la consulta, entró un hombre de unos 50 años de edad, se sentó y me dijo "médico quiero que me mande vitaminas pues me siento flojo y yo tengo que trabajar para mantener a mi mujer y mis hijos", mi respuesta fue muy científica, "mire yo tengo que examinarlo, le indicaré los análisis y si es necesario le mandaré las vitaminas", su respuesta fue rápida "no me tiene que examinar ni mandarme análisis, yo lo que necesito son las vitaminas", volví a decir la misma frase y en ese momento me contestó, "de aquí no sale nadie hasta que tenga la receta en mis manos", insistí nuevamente y ahora la respuesta fue más directa, "o me da la receta o se acaba ahora mismo la consulta y usted", con un argumento tan convincente extendí la receta y le dije "si no mejoras vuelve para los análisis". No volví a ver a ese paciente, creo que se mejoró.

Una mañana, estando en la consulta, pude ver, a través de la parte inferior de la puerta de entrada, que siempre permanecía abierta para la ventilación, unas piernas bien torneadas, revestidas por unas medias negras, calzados los pies con zapatos de tacón alto. Caminaba y cruzaba por mi ángulo de visión con cierta regularidad. La ansiedad me consumía, entraban los pacientes, pero no las hermosas piernas, ya próximo a las 11 de la mañana se produjo la entrada de las piernas, sobre ellas la figura era sumamente hermosa, pelo negro, ojos castaños, labios carnosos pero finos, busto desafiante, cintura pequeña y caderas bien formadas, era una estatua hecha con toda la precisión para lograr un armonioso conjunto, su voz, suave, melodiosa me envolvió rápidamente, sin turbarme la invité a sentarse, al igual que a su acompañante, y pregunté "quien se verá primero" la acompañante respondió "la paciente soy yo, ella es mi hermana, me acompaña". Fui sumamente cuidadoso en el trato y por supuesto coordiné una próxima consulta y expresé "espero verlas juntas por aquí".

La próxima consulta se produjo y vinieron las dos hermanas. Al final fui invitado para visitar la casa, lo que realicé un fin de semana que estaba libre. Pasados varios días nos hicimos novios y como costumbre, tuve que pedir la mano de ella ante el hermano y la madre, pues era huérfana de padre. La podía visitar el jueves y los sábados y domingos.

Las consultas eran diarias y a la 1:00 p.m. a más tardar, las concluía, almorzaba y me retiraba a la casa, pero aproximadamente a las cuatro de la tarde comenzaba un goteo de los vecinos, de los llanos principalmente, y siempre decían igual "doctor estaba tan lleno por la mañana que pensamos, era mejor venir en la tarde que usted estaría más descansado" y mi respuesta siempre fue la misma "vengan por la mañana para poder descansar en la tarde, y tener fuerzas para el día siguiente". No obstante, nunca me negué a verlos.

Las consultas del pediatra eran más numerosas, cada familia traía varios niños y en casi todos, los diagnósticos eran "parasitismo", los sábados los dedicaba al tratamiento por intubación duodenal, en aquellos que no respondían a los tratamientos por vía oral. Las enfermeras eran muy diestras en pasar el Levine.

La consulta del estomatólogo se caracterizaba por la asistencia mayoritariamente de jóvenes féminas. El doctor Valdés era muy famoso entre las jóvenes.

 

Las parihuelas

El jeep ambulancia nos permitía el traslado de pacientes a Baracoa, durante mi estancia en una sola ocasión se empleó con este fin. Los pacientes que tenían alguna dolencia que les impedía caminar, se trasladaban a nuestro hospital en cualquier vehiculo que encontraran, pero si no aparecía y era más frecuente en las noches, los familiares y algunos vecinos se encargaban del traslado. Se construía una parihuela, era una hamaca que por sus extremos era amarrada a una vara larga, en cada extremo se situaba un hombre, estos a pasos largos se encargaban de transportar a la persona enferma, cada cierto tiempo eran sustituidos por otros dos hombres y así hasta llegar al hospital.

Una noche estaba comiendo cuando la enfermera me llamó para ver a una paciente que había llegado en parihuela, me bastó unos minutos para percatarme que la cefalea de la paciente no tenía una base orgánica. Los médicos a los que habíamos sustituido, contaban que el uso de tetraciclina intramuscular era tan dolorosa que los pacientes sin base orgánica no esperaban la segunda dosis y decían estar bien rápidamente. Impartí la orden en voz alta, para que la paciente escuchara, "inyéctale la medicina del dolor, si en diez minutos no se le quita le pones otra", me fui a terminar de comer. Antes del tiempo previsto volví, la paciente me miró y dijo "doctor ya no me duele, no tiene que volver a inyectarme", le receté un ansiolítico, que la enfermera le buscó en la farmacia y llamé a los familiares y les dije "ya está bien, se la pueden llevar", pusieron cara de asombro y a la vez de indignación. La paciente, sonriente abandonó el hospital. Esta fue la única parihuela que recibí durante mi estancia en Gran Tierra de Baracoa.

 

Actividades sociales

En aquella región, para nosotros tan alejada de lo que llamábamos civilización, existían formas de actividad social.

El estomatólogo, doctor Valdés, visitaba con relativa frecuencia a una joven que tenía en su casa un piano, lo acompañaba en ocasiones el doctor Valero, este ante las insinuaciones de la joven dejó de asistir, pues temía llegar a una relación formal. La joven era muy hermosa, según me contaban, pues nunca los acompañé, y tenía una preparación de cultura general que se hacía evidente en las conversaciones más triviales.

Las visitas a la tienda del pueblo, Beto era su administrador, era todo un acontecimiento pues se realizaba al recibirse la mercancía y antes de ponerla en venta. Como expresé al principio, mi equipaje era casi en su totalidad libros, de ropa solo el otro uniforme y una muda para alguna ocasión y de zapatos solo las botas del uniforme por lo que tuve necesidad de comprar algunas cosas.

Todo el personal del hospital (enfermeras, médicos y el estomatólogo) compraba antes que la población.

Las visitas a casa de mi prometida los días programados, era un acontecimiento social pues me olvidaba de la lejanía, conversaba de otros temas distintos a lo cotidiano.

Un día, acompañado por un vecino de Patana Arriba, nos fuimos el doctor Valdés, Perdomo, un estudiante de medicina que hacia su trabajo asistencial en nuestro hospital y yo, de excursión hasta Patana Abajo con el objetivo de visitar las cuevas que Núñez Jiménez describiera en uno de sus libros. Eran unas cuevas muy amplias, con una gran población de murciélagos y por supuesto llena de sus excretas, las recorrimos todas y pudimos deleitarnos con el paisaje marino del Mar Caribe, con sus olas rompiendo sobre los acantilados.

Para ver el Faro de Maisí y ejercitarnos en una marcha, organizamos un viaje, Valdés, Perdomo y, por supuesto, yo. Salimos temprano, cruzamos Chafarinas, nos detuvimos en La Asunción por unos minutos, en La Máquina visitamos la jefatura del subsector militar. Continuamos nuestro periplo teniendo a nuestra derecha los restos del viejo camino, aún empedrado en algunos tramos, por donde transitaban en la época colonial los moradores, cuando hacían viaje para buscar el barco que los llevaría a Santiago de Cuba o al regresar. Llegamos antes de las 12 del día, en Maisí sopla una brisa constante que se lleva los pequeños arbustos, ya secos. Antes de entrar al poblado vimos lo que quedaba del río Yumurí, una pequeña corriente de agua dulce de unos 20 centímetros de ancho y unos 2 metros de profundidad, esta era el agua para los habitantes de Maisí. Valdés era amigo de los hermanos Morales, Rubén y Rodulio, que vivían en el poblado y practicaban la pesca submarina, conversamos un rato y nos contaron de una persona que tenía un automóvil, pero que no podía salir del poblado por la ausencia de una carretera adecuada. El padre de estos jóvenes fue el que introdujo en la región la variedad de café Colombiano que tan pródigo y excelente se dio en la región. Nos despedimos de los compañeros y continuamos la marcha hacia el faro, en unos minutos vimos la construcción, a su izquierda, algo alejado, estaba el pequeño muelle de madera, en ocasiones arribaban embarcaciones con haitianos para comprar alimentos, una playa y un local techado completaban el paisaje. Al lado del faro estaba la casa de vivienda del torrero, un hombre de unos 40 o 50 años de edad, casado y con una hija.

El faro era una construcción muy sólida, en su interior una escalera del tipo caracol nos conducía hasta el área en la que una potente luz orientaba a los barcos que cruzan por el Paso de los Vientos. Descendimos y nos fuimos hasta el punto donde una lápida señala el extremo más oriental de la isla, situado a la derecha del faro. El regreso fue rápido, sin detenernos, y llegamos al hospital antes de las 6 de la tarde.

En Baracoa estaba Willy Barrientos, había sido interno de Psiquiatría, pero se desempeñaba como Director Zonal de Salud Pública, nos envió un mensaje para informarnos que el doctor Leopoldo Araujo, Presidente de la Sociedad Cubana de Psiquiatría, visitaría nuestro hospital acompañado de su familia. Rápidamente nos dimos a la tarea de buscar un cerdo para el almuerzo, nunca pensamos que fuera tan difícil la búsqueda en esta región, después de innumerables gestiones, localizamos uno. Fue asado al estilo oriental, en púa. Después de limpiar el cerdo, se introduce un palo desde la boca hasta el extremo posterior, las patas correspondientes a este extremo se fijan al palo, la parte anterior y posterior del palo sobresalen casi un metro y descansan sobre unas horquetas enterradas en la tierra, el palo se hace girar casi constantemente, se punciona la piel para que la grasa vaya saliendo, cuando las articulaciones son visibles y la piel se torna dorada, ya está asado el cerdo. El nombre que se le da al cerdo, en la región oriental es el de "macho". Los visitantes y Willy quedaron muy satisfechos de las atenciones brindadas.

Posterior a esta visita, las autoridades de Salud Pública de Guantánamo comentaron que en Gran Tierra de Baracoa se hacían muchas fiestas. No transcurrieron 15 días cuando nos llegó un mensaje "preparen condiciones que los nuevos jefes del Servicio Social Rural visitarán el hospital", al frente del grupo venía el anterior director del hospital. Tomé la decisión de preparar de almuerzo latas de carne, pues si el comentario era que dábamos "comelatas", habría carne de lata para los visitantes. El antiguo director al enterarse de mi orden se llevó a los compañeros a casa de sus amistades para el almuerzo.

Con motivo de la Nochebuena y el fin de año compramos todo lo habitual y necesario para esta celebración, el otro médico y el estomatólogo habían salido de vacaciones. Todo se pagó por un capítulo del presupuesto, que era compra de viandas y otros alimentos. En otro momento expondremos lo sucedido el día 31 de diciembre.

 

Las vacaciones

Los miembros del Servicio Social Rural laboraban 2 meses y después les correspondían 8 días de vacaciones. Los doctores Valero y Valdés, salieron a fines de diciembre para estar con la familia el 24 y el 31, yo había salido a principios de diciembre.

El jeep, que era a su vez ambulancia, conducía a los compañeros hasta Guantánamo, la Coordinación del Servicio Social Rural se encargaba de tener los pasajes por avión, el que se debía abordar en Santiago de Cuba para el vuelo a La Habana. A la una de la tarde estaba el compañero almorzando en su casa. El regreso era por avión, con una escala similar. Al llegar a Guantánamo y mientras se disponía del transporte para el regreso al hospital nos hospedábamos en el hotel Washington, la Coordinación cubría los gastos de hospedaje y alimentación.

En febrero disfruté de mis segundas vacaciones, viajé nuevamente a La Habana. Valero, al salir, se quedó en Guantánamo. Valdés siempre venía para La Habana.

 

La preparación de Valero en la realización de legrados

El doctor Valero había hecho su internado en Pediatría y al cursar la asignatura Obstetricia, el énfasis se hacia en los partos, no en los legrados. En Gran Tierra de Baracoa teníamos una incidencia de abortos en curso aproximadamente de 20 al mes. Con mi salida por vacaciones, tenía que entrenar a Valero en la realización de legrados.

Aproveché el primer aborto en curso que llegó, en los días previos a mi salida, para dar mi clase práctica. Poner un espéculo, fijar el útero con la pinza de cuello, medir la profundidad del órgano con el histerómetro, deslizar con suavidad hasta que se contacta con el fondo, posteriormente, comenzar la operación con la cuchareta por la parte superior y continuar en el sentido de las manecillas del reloj, legrar hasta sentir un ruido como de raspado en superficie dura, al final, legrar el fondo, con sumo cuidado. Este primer caso lo hicimos entre los dos, el siguiente lo realizó él, en mi presencia.

Durante mi estancia en el hospital no tuvimos complicaciones en nuestras pacientes.

 

El desembarco del traidor Gutiérrez Menoyo

A mediados de diciembre fui citado a la Coordinación del Servicio Social Rural. Salimos en la madrugada en nuestro jeep ambulancia, como de costumbre, la ruta era por el camino de Cajobabos que está próximo a la costa, al descender observamos unas luces en la línea de la costa y pensamos que eran pescadores, lejos estábamos de imaginarnos que se trataba de una operación contrarrevolucionaria, de esto tendríamos noticias al regresar.

Las unidades del ejército rebelde y de las milicias iniciaron rápidamente las operaciones, eran dirigidas por el Comandante "Pancho", popular en el territorio.

Se reforzó la guardia del hospital con un fusil y yo con relativa frecuencia acompañaba al Comandante en las reuniones que se daban con la población. En una de estas reuniones, vestido con el uniforme gris y con la capa-tienda que usé en la movilización de la crisis de octubre, se produce una situación médica de urgencia, una compañera, joven y embarazada sufre un desmayo, estaba al lado del Comandante y de un salto pasé sobre unos asientos, le preseté la asistencia necesaria, sin lastimar a los que se encontraban sentados, sin perder un minuto el Comandante dijo "aquí está el médico de la Revolución, no se preocupen". La joven se recuperó inmediatamente y todos aplaudieron mi actitud.

Los cercos a estos traidores los iban acorralando y sin apoyo de la población era cuestión de días la captura.

Por todos los caminos había patrullas en constante movimiento. Una noche, una de estas patrullas da el alto a una persona que rápidamente se echa a correr, se produce un primer disparo y luego otro, el individuo cae al suelo, se le acercan y confirman que está herido, en un vehículo es transportado al hospital, es el 31 de diciembre y la hora, 11:00 p.m. El jefe de la patrulla, muy nervioso, me dice que hay que conducirlo para Baracoa, le digo que primero tengo que examinar al herido, se trataba de un haitiano que el barco lo había dejado en tierra. Presentaba una herida por arma de fuego en una pierna, con orificio de entrada y salida, otra herida por arma de fuego con iguales características, la entrada al nivel de la región occipital y la salida por la frontal, la masa encefálica salía por ambos orificios. Le expresé al jefe de la patrulla que el herido no tenía posibilidad de sobrevivir y que por lo tanto no procedía su traslado, se dejaría en el cuerpo de guardia con un suero y que posiblemente en una hora fallecería. Se convenció con mis palabras y se puso a esperar el desenlace. Luego, a las 12 de la noche, las enfermeras, el sereno y yo nos fuimos a la cocina para brindar por el nuevo año y el triunfo de la Revolución, pasado este brindis llamamos a los compañeros de la patrulla para que nos acompañaran. Antes de la una de la madrugada declaré muerto al herido y el cadáver lo trasladaron para La Máquina, lugar donde permaneció hasta que le dieron sepultura.

Días después fue capturado Gutiérrez Menoyo junto al otro que lo acompañaba en la aventura, no lograron reclutar ni a un solo campesino.

 

Los apuros en los partos

Ya hemos relatado mi estreno como médico y la situación del parto gemelar y el feto retenido. El número de partos en el hospital era muy alto. Unos 20 al mes, la mayoría los atendían las enfermeras (auxiliares de enfermeras con un año de estudio y práctica) que eran muy diestras y con una preparación excelente, solicitaban la presencia del médico en muy contadas ocasiones.

Un día, estando en el cuerpo de guardia, llegó Niurka muy excitada y con un tinte cenizo, en voz baja me dijo "nació uno, pero hay otro que viene de nalga", era un embarazo gemelar y la madre nunca había asistido a consulta, cosa que sucedía con relativa frecuencia, rápidamente me dirigí al salón de partos y pude comprobar que el segundo estaba en pelviana. Por mi mente pasaron las imágenes de mi rotación por el salón de partos, cuando un residente o un vertical de Gineco-Obstetricia se enfrentaba a un caso similar, el feto cuando comienza el período expulsivo y tenemos ambos miembros inferiores fuera, se pone a cabalgar sobre el brazo y con los dedos introducidos en su boca se procede a completar el parto. Lo hice de esa manera y sin complicaciones, me ayudó que se trataba de un feto cuyo peso estaba en el límite inferior de la normalidad. El alumbramiento transcurrió sin contratiempos, era una sola placenta.

La hija del torrero venía a las consultas asiduamente, tenía edemas en miembros inferiores, cifras tensionales ligeramente elevadas y, no obstante la terapéutica adecuada, su cuadro clínico no mejoraba. La remití a la consulta del obstetra de Baracoa y me olvidé de ella. Una tarde, estando Valero de guardia, me comunica que ingresó a una gestante en trabajo de parto, con edemas e hipertensión arterial y que para acelerar el parto había hecho la episiotomía, le dije que eso era una preeclampsia y la episiotomía era muy precoz. Fuimos a la sala para ver a la paciente, para sorpresa mía se trataba de la hija del torrero, no había ido a Baracoa y como estaba en su último mes decidió no volver a la consulta y esperar su parto. Di las instrucciones pertinentes para controlar la hipertensión y el sangrado por la episiotomía y nos sentamos a esperar el desarrollo de los acontecimientos. Horas después se produjo el parto sin complicaciones, la joven me dijo "vio doctor, como parí sin problemas".

Durante el internado nos habíamos entrenado muy bien en las episiorrafias, pero estas eran en un salón con luz suficiente y teniendo a mis espaldas a un vertical o a un residente. Aquí la planta eléctrica, como hemos dicho, se pasaba varios días rota, en las noches nos alumbramos con velas.

Una noche asistí a una primeriza, realizamos el parto a la luz de la velas, con la correspondiente episiotomía, lo difícil era la episiorrafia, el poder reconstruir todos los planos y que quedara con estética. Para orgullo mío, en los 6 meses que trabajé en Gran Tierra de Baracoa, no tuvimos muerte materna y no hubo perforación de útero durante la realización de los legrados.

 

Mi actuación como médico forense

En el currículo de la carrera de Medicina había una asignatura, Medicina Legal, que nos preparaba en las actuaciones médico-legales. Muy diferente a la vida real son las conferencias y las prácticas, eso lo pude apreciar un día. Esa mañana recibí la visita del jefe del subsector militar quien me informó que en un accidente automovilístico había fallecido una persona en Maisí, era necesario ir al lugar y hacer el levantamiento del cadáver, en esta actuación médico legal deben estar presentes el juez, la policía, que en este caso era el jefe del subsector militar y el médico. En el transporte del jefe del subsector nos fuimos para Maisí, el juez iría por sus medios, cuando llegamos ya el juez había comenzado su tarea, yo solo tenía que hacer el certificado de defunción, después de examinar el cadáver. Bastaron unos minutos para completar la actuación médico legal, pues el juez sí sabía como se desarrollaba y me orientó en la tarea.

No hubo durante mi estancia ninguna otra muerte violenta.

 

Los medicamentos y equipos médicos

El hospital tenía una farmacia que era atendida en ocasiones por el técnico de laboratorio, los fines de semana (sábados en la tarde o domingos) el médico o la enfermera entregaban los medicamentos a los pacientes, gratuitamente.

Los pedidos se hacían mensualmente por el colectivo médico-estomatólogo, a un compañero de la Dirección Regional de Salud, no había límites cuantitativos ni cualitativos en los pedidos y nunca nos faltó ningún medicamento.

La población prefería los inyectables a las tabletas o los jarabes y se daba el caso, de que los pacientes botaban los medicamentos que no eran de su agrado, a la orilla del camino.

El compañero que recogía el pedido de medicamentos también se encargaba de las solicitudes de instrumental y equipos médicos, en esto tampoco había límites. De los equipos que adquirí, el que me llamó la atención fue un imán, muy potente, para extraer cuerpos metálicos, básicamente en el ojo, nunca tuve necesidad de usarlo. Teníamos un set con oftalmoscopio y otoscopio, funcionaban con batería.

 

La actividad administrativa

Como director del hospital era responsable de la actividad asistencial y de la administrativa y en esta estaba incluido el aspecto económico.

Mi desconocimiento de los diferentes acápites del presupuesto era total, afortunadamente, Douglas el administrador, conocía muy bien su actividad y me enseñaba cómo era el manejo del presupuesto.

El personal no era numeroso, lo que permitía su control. Un día me llegó la información sobre la forma en la que una empleada sustraía alimentos, ella acostumbraba a llevarse los residuos de alimentos en una lata grande, lo que se le permitía. El día de los hechos salía como de costumbre con su lata, le explicamos que se había decidido registrar los bultos de los trabajadores y que vaciaríamos su lata, se puso nerviosa, pero procedimos al registro y encontramos lo que se buscaba, carne de res envuelta en una bolsa de polietileno. Hablamos con la empleada y le explicamos lo incorrecto del hecho y que no queríamos que se repitiera. Al día siguiente vino a trabajar, como de costumbre. Hechos de esta naturaleza no se repitieron.

Como director tenía que asistir a reuniones en Guantánamo y en Santiago de Cuba, para el viaje se utilizaba el jeep ambulancia. Para la estancia, la alimentación y, si fuera necesario, el alojamiento, se entregaba una dieta, esta dividía el dinero en desayuno, almuerzo, comida y alojamiento, cuando el gasto era superior a lo estipulado se certificaba este, en el vale de gasto, con la expresión "por no haber un lugar más económico", lo más frecuente era la certificación de los vales. El alojamiento, si era necesario, era cubierto por las autoridades del ministerio.

Las reuniones en Santiago de Cuba eran las que más gustaban, pero eran infrecuentes.

 

Las actividades científicas

En el Servicio Social Rural, tenían lugar jornadas científicas, las que eran totalmente gratuitas, incluido alojamiento y alimentación. El programa científico era variado y la participación de los posgraduados era activa.

En Guantánamo y Manzanillo se celebraron jornadas a las cuales asistí, en la segunda presenté un trabajo titulado "Fiebre prolongada en un paciente con hepatitis viral aguda", revisé el tema por los libros de medicina que había llevado.

El mayor interés en la asistencia era el poder encontrarse con otros compañeros e intercambiar experiencias.

El aspecto social de estos eventos, además de lo antes expresado, era el baile y la bebida, que también era gratuita.

 

Mi salida de Gran Tierra Baracoa

El administrador no tenía oficina y tomamos la decisión de construir en el salón de espera un local apropiado, aprovechando la pared que correspondía a la farmacia y el resto de las paredes de listones de madera que se cruzan, dejando orificios romboidales. La obra se ejecutó en pocos días.

En el salón de espera, antes del amanecer, el sereno repartía los turnos para los médicos y el estomatólogo. Nunca se alteró el orden.

Una madrugada fui llamado por el sereno, al iniciar la repartición de los turnos se había producido una alteración del orden. Cuando llegué me encontré un publico numeroso, bancos rotos y totalmente destruida la oficina. Comuniqué a los presentes mi decisión de suspender las consultas y solo trabajar en el cuerpo de guardia, me retiré a la casa de vivienda, desperté a los doctores Valero y Valdés y les conté lo sucedido y mi decisión, para cumplirla les pedí que se marcharan del hospital.

Desayuné, pasé visita y me fui para el área del cuerpo de guardia para iniciar la tarea del día.

Cerca de las 10 de la mañana llegó el jefe del subsector militar, me preguntó lo sucedido y le mostré los destrozos, me dijo que no podía suspender las consultas a lo que respondí "a los pacientes los estoy atendiendo en el cuerpo de guardia personalmente y aquí el director soy yo y decido lo que hay que hacer", insistió, pero no cambié mi orden.

Al día siguiente el trabajo se desarrollaba normalmente, cuando me comunicaron que el director regional pasó en un jeep frente al hospital sin detenerse, seguimos nuestra labor y antes de las 2 horas entraba el compañero al hospital, lo invité a almorzar y me dijo que estaba apurado por regresar.

La conversación fue breve, dijo que mi actitud era incorrecta, sin analizar los motivos que me llevaron a ella, la respuesta fue rápida, "haré lo mismo si estos hechos se repiten, aquí las decisiones las tomo yo según me han enseñado, no el jefe del subsector militar ni ninguna otra persona". Lo acompañé al jeep sin intercambiar palabras.

Los turnos se siguieron repartiendo por el sereno, sin problemas, y la actividad asistencial continuó con absoluta normalidad.

Ese fin de semana me encargué de la guardia, previendo una visita del Coordinador del Servicio Social Rural o algún funcionario de la Regional de Salud Pública, pero no vinieron.

Comenzamos las actividades el lunes como de costumbre, ese fin de semana había una jornada científica en Manzanillo, a la cual estaba previsto que asistiera. Salí el viernes para Guantánamo, para unirme al resto de la delegación, entre los compañeros se encontraba Chávez, médico del Dispensario de Bernardo de Baracoa.

Durante el viaje le conté lo sucedido pues teníamos buena amistad. Él se encontraba bien en Bernardo, pero tenía algunos problemas personales por lo que tenía necesidad de trasladarse a un hospital rural, rápidamente valoramos ambas situaciones y tomamos la decisión de plantear en la Coordinación del Servicio Social Rural un cambio de ubicación.

Al regresar hablamos con el nuevo Coordinador acerca del cambio, este aceptó.

Regresé a Gran Tierra y hablé con los doctores Valero y Valdés sobre mi futuro cambio con Chávez, posteriormente conversé con Douglas y le expliqué todo.

Días después, en la primera semana del mes de abril, salí para Guantánamo, el domingo me llevaron para Bernardo. Mi equipaje, en su mayoría seguían siendo los libros de Medicina.

Durante 6 meses había trabajado en Gran Tierra de Baracoa.