CUADERNOS DE HISTORIA DE LA SALUD PÚBLICA 109

 

Vivencias de mi participación en la primera misión médica rural del primer grupo de graduados en el año 1960

 

Por la Dra. Doris M. Rodríguez Bello

 

 

 


 

En "La Historia me absolverá", el Comandante en Jefe Fidel Castro se planteaba la necesidad que existía de la prestación de los servicios médicos al campesinado cubano. Logrado al triunfo de la Revolución, de inmediato se puso en marcha el programa del Servicio Médico Rural. Esta idea del Comandante en Jefe fue diseñada para etapas de 6 meses para cada graduación médica, en cualquier lugar del país alejado de las ciudades, donde la población campesina no recibía ninguna atención médica y confrontaba grandes dificultades, no solo por la lejanía de la consulta médica, sino además, por lo costoso que resultaba para quienes en aquel tiempo, nada poseían.

Cuando dieron la planilla había un acápite que decía "Lugar donde prefiere prestar el servicio", o algo parecido, recuerdo que puse "A donde nadie quiera ir y sea más necesaria". Yo tenía conciencia de lo que pasaba a los campesinos y la necesidad que tenía la Revolución de dar comienzo de inmediato a este programa del "Moncada" planteado por el Comandante en Jefe en su alegato, pues nací en Las Tunas y conocí las necesidades del campesino. Viví en el central azucarero Jobabo (hoy Central Perú), allí estuve hasta el 1940, pues ya había terminado el sexto grado y no existía la posibilidad de continuar los estudios en ese lugar, había que ir a las ciudades de Holguín o Santiago de Cuba, en las cuales no tenía familia. En La Habana vivía una tía, por lo que me trasladé acá. Durante mis estudios en el Instituto de La Habana y en la Universidad, gané conciencia de la realidad política del país y de la actuación de los gobiernos de turno. Participé con otros compañeros en manifestaciones, actos de repudio y otras actividades de protesta, donde el estudiantado cubano se manifestaba contra el gobierno, a la vez que apoyaba al Movimiento 26 de Julio.

 

Ubicación y traslado

Me ubicaron en Cananova, al norte de la antigua provincia de Oriente, localizado entre Sagua de Tánamo y Moa.

El grupo de médicos asignados para la provincia de Oriente fue trasladado hasta Santiago de Cuba el 4 de marzo de 1960, por tren. Desde allí se haría la distribución del personal para los diferentes lugares planificados por el MINSAP.

Cuando llegamos a Santiago nos sorprendió la noticia de la explosión del vapor "La Coubre" con su carga de luto, pérdidas materiales y muchas vidas valiosas. Ese hecho a algunos nos hizo pensar que el camino emprendido iba a ser muy difícil; que de ahí en adelante íbamos a tener que mantener los ojos "bien abiertos" pues las agresiones ya se veía a todas luces que no iban a ser sólo palabras y prohibiciones y ya se sabía que había agresiones económicas.

En Santiago de Cuba un compañero del grupo de estudios me llevó a casa de sus primas y allí pernocté, hasta la mañana siguiente cuando el profesor Roberto Guerra Valdés, de cirugía, entonces jefe del Servicio Médico Rural nos llevó, a mí y a 2 médicos del grupo a Mayarí (norte de la provincia de Oriente).

Mayarí me resultó un pueblo muy pintoresco, situado en las márgenes del río Mayarí, con sus largas calles principales: sus pobladores les llamaban la "calle de adelante y la calle de atrás". Este pueblo tenía una economía sólida, níquel, cobalto, azúcar, tabaco, café, madera, etc. Ese es el pueblo de Frank Fernández, el eminente pianista nacional.

Me hospedé en el Hotel Saratoga (en la calle de adelante), de construcción toda de madera. La habitación tenía agua corriente, por supuesto fría, pero estaba habituada a eso y no me molestó, pero si pasé un mal rato porque en el baño había una rana, pero bueno, no me comió y así aprendí que era inofensiva.

Al día siguiente me trasladaron para Sagua de Tánamo, donde me recibió el doctor Osvaldo Sabournin Ramos, clínico que residía en ese pueblo. Me hospedaron en una casa, planteándome, que el hospital estaba "falto de médicos" y debía permanecer en este hasta que llegaran los asignados a ese hospital. En esto transcurrieron 2 meses. En el hospital había una enfermera y un enfermero que me parecieron, empíricos, pero trabajaban bastante bien, se esforzaban y eran amables con los pacientes. No había enfermos hospitalizados. La falta de personal, de recursos y de higiene, lo hacía todo más difícil.

Existía una clínica privada; por supuesto, en esa no se atendía a los campesinos ni a los más pobres del pueblo pues todo tenía su correspondiente tarifa y pago al momento de recibir la atención médica.

Pasados los 2 meses me acompañaron hasta Cayo Mambí; aquí tomaría el tren que llamaban "El viajero". Era un pequeño coche motor de vía estrecha y allí me transporté hasta el final del recorrido, un pequeño caserío llamado Cebolla 5. Este era un asentamiento de colonos cañeros y ganaderos. Me dijeron que allí me esperaba un jeep del INRA para trasladarme a Cananova, cuando llegué no había nadie. Pero al lado de la estación había una fonda donde se podía pernoctar si fuera necesario. Los dueños, un matrimonio ya de edad avanzada, Diego Miranda y su esposa Pepa fueron atentos y amables; no me sentí "abandonada" y esperé allí y también almorcé. Varias horas después llegó un jeep, que iba para Cananova y me hizo el favor de llevarme y dejarme en el consultorio, que ya estaba funcionando, pues el doctor Juan Hernández Falcón había sido también designado allí y el tenía aquello organizado.

 

Ubicación y descripción de Cananota

Cananova está localizado en la costa norte de la provincia de Holguín.

Tiene por el Norte la ensenada de Yaguaneque a unos 20 kms; al Sur de Cananova nos encontramos con Sagua de Tánamo á 65 kms. Al Este, a 50 Kms está Moa y al Oeste, Cayo Manabí, dista 65 kms.

Este poblado contaba entonces con unas 60 casas, un hotel de 6 habitaciones. Con fonda y barra para expendio de bebidas; además había una Farmacia, una tienda-almacén con venta de víveres y ropa, Taller de mecánica y la oficina de la administración. Supe que este caserío surgió alrededor del año 1930, construido para sus empleados por una poderosa compañía bananera norteamericana, con más de 1 800 caballerías de extensión, dedicadas al cultivo del banano, el cual se exportaba para EE.UU. La situación económica de los pobladores de este caserío era holgada, ya que eran plantilla fija de la compañía, no siendo así para el resto de los campesinos que vivían, dispersos y distantes del caserío y eran eventuales, pues la mayoría no conseguían trabajo.

Por el año 1945 la plantación fue atacada por una plaga, que dio posibilidad de continuar la siembra del banano. Parte de estas tierras fueron adquiridas por Francisco Vidal (Paco), unas 1 500 caballerías, que las dedicó al cultivo de la caña de azúcar y a la ganadería.

Al triunfo de la Revolución, se intervienen estas tierras, se crearon tres cooperativas las cuales además de mantener las cañas y la ganadería ampliaron los cultivos, sembrado de frijoles negros, colorado, así como millo para alimento del ganado y aves.

En Cananova no hubo médico antes del triunfo de la Revolución, sólo el dependiente de la farmacia, que inyectaba y vendía la medicina, según su criterio, guiándose por el prospecto del medicamento. También existía una partera empírica.

Hay que destacar las largas distancias que tenían que recorrer los enfermos para llegar a la consulta de Cananova, por montañas, campos de caña, guardarrayas y caminos intransitables, pues no había transporte, solo el caballo (si tenía la posibilidad de tener uno), con una distancia promedio a la redonda hasta de 40 km.

A los enfermos graves los bajaban de la loma en una hamaca, amarrada a una estaca de unos 2 ½ m de largo, la cual era cargada por cada extremo por un hombre. Habitualmente eran necesarios más de 10 hombres para repartir el esfuerzo de la carga.

El consultorio se encontraba en la misma casa donde estábamos alojados, situado en la parte extrema del portal, protegido solo con una malla, con la desventaja de que, cuando llovía con aire fuerte todo se mojaba. Esta era la casa de la antigua administración en la cual aun estaba viviendo el antiguo administrador. En ella estábamos, en una habitación, 2 maestras y yo. El médico en otra habitación, 2 técnicos del INRA ocupaban la tercera habitación y la cuarta, el administrador.

El territorio era muy amplio abarcaba, La Yuita, San Pedro, Esmeralda, Amansa Guapo, Yaguanaque, Mira Flores, etc., todas muy distante y allí, muy disperso, vivían los campesinos.

 

La consulta

Como éramos 2 médicos atendíamos desde temprano a los pacientes que iban llegando. Se suponía que la consulta comenzara a la 7:00 a.m., hasta las 6 de la tarde, pero eso era teórico, a las 6:00 a.m. ya habían llegado algunos pacientes, pues venían desde lejos. Esto se mantenía en fines de semana igualmente, aunque disminuía el número de pacientes, pero los que venían casi siempre se encontraban peor. En ocasiones, llegaban de madrugada para que fuéramos a la casa para ver un paciente que no podían trasladar al consultorio. En esos casos el INRA nos daba su apoyo, situándonos un transporte, que casi siempre era un tractor, por la característica del terreno.

Por lo general, veíamos a más de 150 pacientes cada día, sobre todo al principio, pues nos pareció que aquellos campesino tenían idea de que el consultorio no iba a durarles mucho y querían aprovechar la posibilidad de recibir algo que necesitaban tanto, pues más adelante, cuando vieron que íbamos a veces, dentro de nuestras posibilidades hasta sus viviendas, fueron adquiriendo confianza. Pero además, se les decía que cuando termináramos habría allí otros médicos que continuarían y que no se iban a quedar sin atención.

Teníamos unas libretas como pequeñas historias clínicas con datos de los pacientes que requerían seguimiento. Allí escribíamos la talla, el peso aproximado de los niños, el cuadro clínico inicial, el examen físico. En los adultos se tomaba, además, la tensión arterial. Todos esos datos nos ayudaban mucho, aunque no disponíamos de laboratorio clínico, pero a veces daban una descripción de los parásitos expulsados y podíamos tener un diagnóstico presuntivo y controlar el tratamiento indicado. Eran muy frecuentes los poliparasitismos, pues un mismo paciente podía tener Áscaris y expulsar proglótides de tenia y otras combinaciones; los niños sobre todo, eran portadores de enterobius, áscaris, etc. Por supuesto, los poliparasitados tenían anemia y así, solo con un examen físico teníamos que tratar de hallar la enfermedad que padecían.

Las embarazadas eran otro problema, a veces teníamos que remitirlas para realizar exámenes complementarios en Sagua de Tánamo. Pero los medicamentos que requerían casi siempre los teníamos, enviados por el MINSAP.

Durante la consulta se les explicaba la importancia de hervir el agua para el consumo, las medidas de higiene como el lavado de las manos, el baño diario, la limpieza del hogar, el fregado de los jarritos, vasos, cubiertos, etc. y el cepillado de los dientes, así como tener los utensilios de uso personal, dentro de las posibilidades que tenían en aquellos momentos.

En la duración de nuestra etapa de Servicio Médico Rural, recibíamos visitas de los compañeros que nos brindaban control y ayuda, pues si era necesario algún tipo de medicamento, ellos contribuían a su envío y así recuerdo que, incluso se hicieron pruebas para detectar los casos de malaria, aunque por dificultades de los comienzos, no se pudo hacer ininterrumpidamente. El Capitán Dr. Enrique Font, el Cmdte. Dr. José R. Balaguer, el compañero de curso Dr. José M. Miyar "Chomí" y otros mantenían un contacto frecuente y cuidadoso. También dieron atención a nuestros problemas personales.

Una vez cumplida la etapa del servicio, el Dr. Juan Hernández Falcón regresó a La Habana, por lo que a petición del Capitán doctor Font, por la necesidad que tenía de garantizar el Servicio Médico en esa área, acepté permanecer 6 meses más. Un mes después llegó el Dr. Orlando Fernández Galíndez que tenía experiencia en cirugía. Este compañero tenía mucho interés en el trabajo que estábamos haciendo.

Se le ocurrió preparar unas cuantas muchachas de aquel lugar para que tuvieran una instrucción de primeros auxilios y hasta les diseñamos uniformes como los que usaban en la Escuela de Enfermeras. Entre los dos les dimos clases teórico-prácticas y las preparamos para inyecciones, curaciones, tomar signos vitales, preparar un examen físico, en fin, hacer trabajos dentro del área de enfermería. Eran unas 10 muchachas, algunas continuaron, como Ana Eva Justiz y Dioscórida Correa, las que llegaron a graduarse de enfermeras. El Dr. Orlando Fernández, que era el que iba a las reuniones en Holguín, las llevó al hospital en varias ocasiones. De todas formas, ellas nos ayudaron mucho.

 

Anécdotas

Al crearse el Servicio Médico Rural se hacía entrega de la mayoría de los medicamentos que necesitaba el paciente para cubrir el tratamiento gratuitamente.

En la farmacia de la localidad, las ventas disminuyeron y esto parece que afectaba al empleado de la farmacia, quien en algunas ocasiones hizo comentarios en contra del Servicio y los tratamientos impuestos por el médico.

Conversé con él y le señalé que él no tenía calificación médica que le permitiera cuestionar los diagnósticos del médico graduado tras 7 años de estudios, que esto constituía una falta de ética y que, si de alguna manera disminuían sus ventajas económicas, eran muchos los campesinos que se beneficiaban con este servicio que estábamos brindando y que debía terminar con esos comentarios.

Dos meses después se marchó de Cananova.

Se veía que la ignorancia, el analfabetismo (que ya había empezado a combatirse con la campaña de alfabetización) y el oscurantismo, eran las principales causas del aquel atraso. Había que oír hablar a algunos para darse cuenta de que no eran "retrasados mentales", pues algunos eran astutos y tenían la experiencia de lo que hasta entonces los mantenía en ese estado de pobreza de toda índole, no solo de medios materiales. Recuerdo a muchos con cariño.

Había un haitiano, de apellido Fis Ñambié (así lo escribía yo). El no sabía como escribirlo, ni deletrearlo. Era analfabeto y nunca vi un documento de él o sus familiares. Era de unos 60 años (bien estropeado), pero fuerte.

Muy optimista, cariñoso en la expresión. Se expresaba con dificultad. A veces, yo trataba de hablarle con algo de francés que aprendí en el Instituto, pero me decía "Tu habla Francés fino", yo habla "Patuá" pero algo nos entendíamos. Se reía mucho. Venía con frecuencia al consultorio solo a saludarnos. El decía, gracias a que ya tenían médicos, su familia tenía garantizada su salud, sin tener que pagar por el médico y la medicina y no tener deudas con el colono.

Había otros que venían "a curiosear". Se les daban tabletas o jarabes para los parásitos, las anemias, etcétera, a todo el que lo necesitara. Pero yo tenía temor de que no hicieran bien los tratamientos. Le dábamos el método, pero le repetíamos 3 o 4 veces lo que le escribíamos, pues como decía el Dr. Juan Hernández "si no se le repite un millón de veces se olvidan y seguro no saben leer el papel del método".

En otra ocasión, temprano, serían las 6:00 a.m., yo me bañaba antes de comenzar la consulta siempre que podía y en eso estaba, cuando llegó alguien gritando y tocando la puerta fuertemente; me apresuré y me vestí rápidamente y al abrir me encuentro con un hombre que tenía una niñita en brazos en muy mal estado, me dijo que tenía un año, pero parecía menor por la malnutrición y la deshidratación. Rápidamente le di a tomar suero gluco-fisiológico y la examiné, viendo que no tenía posibilidad de laboratorio para saber qué tipo de deshidratación presentaba, le di el frasco de suero y le dije "dale esto cada media hora y procura un transporte con los compañeros del INRA para que te lleven al Hospital de Sagua, pues necesita urgente análisis y aquí no tengo posibilidad de darle lo que requiere. Ya existía una coordinación previa con el INRA para el traslado de los casos de urgencia. El hombre salió apurado. Llegó al hospital, pero la niña vivió solo 3 días más.

Después, el padre vino a decirme al consultorio que la niña había fallecido y que me iba a matar. Se veía desesperado. Yo le contesté. Si te resuelve algo, hazlo. Yo lo siento tanto como tú, porque no pude hacer nada por ella. El hombre se echó a llorar y se fue. Después volvió en otras ocasiones con los otros hijos. Yo nunca pude olvidar esto. Pero siempre que recuerdo este episodio, pienso en los casos que se perdían aún en el hospital y con todas las condiciones para diagnosticar y administrar medicamentos muy especiales. En aquel momento el campesinado no tenía cultura médica y acudían a los "curanderos", que les resultaba más económico y cercano, aunque no siempre se curaban, ya que cualquier consulta médica era costosa y esperaban hasta última hora para acudir, casi siempre su llegada al hospital era tarde. Los campesinos, en un corto plazo, después de haber comenzado este servicio gratuito que les brindaba la Revolución, fueron ganando conciencia y confianza en la permanencia del médico, con el razonamiento del uso de la medicina preventiva y no solamente para casos de extrema urgencia.

Ese episodio aún me duele recordarlo.

En cambio, otro domingo, a eso de las 11:00 a.m. llegó un hombre acompañado de otros que celebraban un juego de pelota. El joven refirió que al hacer un lanzamiento "se le salió el hueso del hombro". Esto ya se le había producido en otra ocasión, según dijo.

Antes de salir de La Habana, se nos había dado una preparación que incluía este accidente, por tratarse de algo bastante frecuente en deportistas. Le puse una bolsa con agua caliente y le di, para relajar los músculos, una tableta de fenobarbital. Lo dejé sentado media hora aproximadamente y me fui a buscar un libro de emergencias de ortopedia y recordar la maniobra que era necesario aplicar. Realicé los 2 movimientos necesarios, el brazo volvió a su lugar, con lo que la luxación del hombro quedó reducida. Le coloqué un Velpeau y le dije que pasara por el hospital a ver al ortopédico, pues a veces esto recidiva.

El se sentía bien ya y decía que creía que yo era "maga" porque le parecía muy fácil el tratamiento. A mi me sorprendió también, pues yo no tenía ninguna experiencia previa, así es que respiré con alivio esta vez. Me alegré mucho de haber traído mis libros.

Por lo general, al abrir la puerta para comenzar la consulta, ya había unos 6 o 7 pacientes, pues ellos iban llegando desde temprano y si no era de algo de urgencia esperaban hasta que a las 7 de la mañana comenzáramos la consulta. Pero este día, ya yo había comenzado la consulta, pues el Dr. Juan Hernández Falcón no estaba. Al abrir la puerta para que entrara el próximo paciente, llegó una muchacha como de unos 25 años, buena presencia y me señala el saco y me dice "Ahí tiene esos cocos". Yo tomé el saco y le dije "Tienes que esperar un poquito, pues ellos vinieron antes" y le señalé 3 o 4 personas que estaban allí. Entonces, desapareció su sonrisa y me dijo "Ah no, pues me llevo mis cocos, el doctor Juan me ve enseguida". Yo le contesté "Llévate tus cocos, yo soy la doctora Doris y los veo por orden de llegada, a menos que sea un caso urgente, tu te ves bien y creo que puedes esperar tu turno. Ella, muy molesta, agarró el saco y se fue. Se escuchó un murmullo de aprobación por parte de los pacientes que estaban esperando para ser atendidos.

 

Conclusión de mi servicio médico

Esta primera misión médica fue diseñada para etapas de 6 meses para cada graduación médica.

Por necesidad del servicio permanecí trabajando hasta los 10 meses en Cananova, y de nuevo fui trasladada, esta vez para Nicaro, donde permanecí 2 meses más, terminando la misión con un total de 12 meses.

Regresé a La Habana para incorporarme al Hospital de la Policía (donde yo trabajaba desde el primero de febrero de 1959) y allí estuve 3 meses, hasta que me trasladé a Moa, pues ya yo sabía que allí necesitaban médicos, el Director Dr. Osvaldo Costa González ya había contactado conmigo, planteándome que me hiciera cargo de la sala de Pediatría, especialidad en la cual yo tenía interés en desarrollarme.

Ya habían mejorado las condiciones en aquellas regiones. Se estaban construyendo locales para consulta y hospitalización en Cananova, pero nunca tuve oportunidad de verlos.

Pasado el tiempo creo que aquel trabajo, el Servicio Médico Rural, no alcanzó a ser todo lo que se esperaba, pero dio frutos y fue escuela para todos, asistentes y asistidos y también los dirigentes sacaron provechosas experiencias: "Chomí", Balaguer, Enrique Font, Fernández Rojas y tantos otros, que harían un listado interminable.

En febrero de 1964 regresé de Moa (donde permanecí 2 años y 8 meses) y comencé a trabajar en el Hospital Naval, en julio de ese mismo año. Estuve allí hasta 1980 cuando me trasladé para el Policlínico "Turcios Lima" del Municipio 10 de Octubre. Allí me tocó participar en otra experiencia inolvidable: se aplicó el Modelo de Atención Médica Primaria del Médico y la Enfermera de la Familia. Allí recibí la tarea de impartir docencia a los alumnos de primer año de esa especialidad. Ya yo había alcanzado la especialidad en Pediatría y allí en el "Turcios Lima", recibíamos y atendíamos también a los médicos residentes que venían a realizar su práctica en esta especialidad, ya que en el hospital realizaban su práctica con el paciente ingresado.

Los alumnos que comenzaban en la Atención Médica Primaria o Médico de Familia, requerían mucha atención, pues eran el eslabón entre el paciente en el área de atención y el hospital. Recuerdo a muchos con gran afecto, pues esta nueva forma de trabajar fue bien asimilada por ellos. Realicé esta tarea con mucho gusto y hubiera querido continuar en la docencia; incluso recuerdo que recibimos visita de control de nivel superior y recibí un certificado de resultados "Excepcionalmente Positivos", que aun guardo entre otros reconocimientos y medallas, pues mi grupo alcanzó en sus exámenes muy buenas calificaciones. Me negaron la Categoría Docente, porque yo había renunciado a la matrícula oficial en 1956 y había examinado el 5to. año y parte del 6to. y en 1957, el resto del 6to. año y el 7mo. Con esto hacía, en 2 cursos, 3 años de la carrera, adelantando un año. Pero cuando se cerró la Universidad a raíz de los sucesos del 13 de marzo de ese año (1957), me faltaban 4 exámenes y esperé hasta 1959 cuando, ya en los finales de octubre, terminé la carrera. Me explicaron que, al renunciar a la matrícula oficial los puntos en el expediente eran valorados de otra forma y que yo no alcanzaba la puntuación para Categoría Docente. Me causó gran pena, pues yo tenía muy buenas calificaciones, a pesar de no ser aristócrata, ni hija de comerciante rico o político del tiempo aquel, en el que para algunos las notas eran "regaladas" o se obtenían de muchas formas. Las mías eran producto de mi esfuerzo, estudiando en la Biblioteca de la Universidad, pues de otro modo no tenía acceso a textos tan caros como los que había allí. Pero esto no fue obstáculo para que continuara realizando ese trabajo que me satisfacía y me acercaba a los futuros profesionales, que añadirían su esfuerzo al sueño de todos los que en esa línea veníamos trabajando.