Bicentenario de la Universidad de La Habana*

 

 


 

 

Honorable Señor Presidente de la República; Ilustres Delegados de Universidades Extranjeras; Señores Profesores; Señores estudiantes; Señoras y señores.

Los cargos públicos exigen, a veces, de sus servidores, sobrehumanos esfuerzos en la consecución de objetivos, inasequibles al alcance mental de quienes los desempeñan. Tal mi trance en esta tarde memorable, llamado, por mi condición de Rector de la Universidad de la Habana, a decir estas primeras palabras en la Sesión Solemne que conmemora el bicentenario, ante una concurrencia distinguidísima, en la que figuran, junto a las más altas autoridades de la República y al Claustro de Profesores de nuestra Universidad, eminentísimas personalidades, representativas, no ya tan solo de Institutos similares de universal renombre, sino de la sabiduría humana en sus diversas manifestaciones y de la Ciencia contemporánea, en su más amplio concepto.

Excusad, pues, si mi personal insuficiencia no atina a expresar, en toda su grandeza, en esta fecha de luz, que prenda en todos los espíritus, en Profesores y alumnos, la llamarada del alborozo y vosotros, ilustres Delegados extranjeros, heraldos románticos de la Ciencia y del Saber, que habéis traspuesto los mares para acudir a esta cita, recibid la efusiva salutación de la Universidad de la Habana y llevad a vuestros países, y a vuestras Universidades un mensaje de amor, hecho del efluvio de millares de corazones, que expresan con el ritmo acelerado de su latir, el contento de los hijos de esta tierra por vuestra dignificadora presencia.

Bendita la hora en que se reúnen hombres de distinta habla, de casi todas las naciones del Universo, no ya para resolver, frente a un mapa, ni repartos de tierra, ni modificaciones geográficas, ni alteraciones de límites, ni disputar viejas querellas, ni recrudecer ancestrales agravios. Bendita la hora en que se entrecruzan las banderas y se mezclan los idiomas, para que surja, al calor de nuestro sol y de nuestros corazones, un concierto de las Universidades del Mundo, en busca de la Universidad Universal. Bendita la hora, mil veces bendita, en que se honra nuestra Universidad con el acervo cultural de instituciones centenarias, que atraen a nuestra tierra el aporte generoso de su experiencia y de sus conocimientos, en un provechoso intercambio de ideas, de sistemas y de planes.

Queda a la mentalidad joven y alta del orador de la tarde, el Dr. Salvador Salazar, la empresa y el tema de reseñar la historia de la Universidad de la Habana, en los dos siglos comprendidos entre la fecha actual y el día 5 de Enero de 1828, en que el celo del Maestro Fray Diego Romero, Provincial de los Religiosos de Santa Cruz de la Orden de Predicadores vio coronado por el éxito sus esfuerzos, iniciados muchos lustros antes, con el establecimiento formal en el Convento de San Juan de Letrán, de la Universidad Real y Pontificia, nombrada entonces de San Jerónimo.

A nuestro cargo podemos tan solo decir, en un esfuerzo de síntesis, lo que ha sido la Universidad en el pasado, lo que es en el presente y lo que ha de ser en el porvenir.

La Universidad en todo tiempo es un cantero de espíritus superiores, templados para los más nobles esfuerzos. La de la Habana establecida a los dos siglos del descubrimiento, en los comienzos pues, de la colonización, debía fundir en el crisol de nuestro trópico los elementos que originariamente trajo a esta tierra la conquista, tan plenos de audacia y de valor como ayunos de cultura, de disciplina y de virtudes ciudadanas, para construir con esos elementos raciales, en amalgama con ramas sanas y útiles del noble tronco hispano, traídas luego, el tipo de cubano capaz de poner sobre sus hombros, a guisa de columna, una Patria nueva, nacida para la libertad, regida por el orden, destinada a grandes empeños de Civilización y de Progreso.

El índice de cubanos notables graduados en la Universidad de la Habana, precursores y mártires de la independencia, forjadores de la Patria, es tan numeroso que no caben límites de estas palabras, escritas con lamentable prisa. Vienen, sin embargo, a nuestra mente, no ya al azar, sino por su especial relieve los nombres de Joaquín de Agüero y Agüero, Bachiller en Leyes del Curso de 1837, el primer cubano que dio al viento el grito de Independencia con precio de la vida, fusilado el 12 de Agosto de 1851. Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria graduado de Bachiller en Filosofía en el Curso de 1838, poeta, orador, abogado, el hombre del 10 de Octubre, el iniciador de la década incomparable. Pedro Figueredo y Cisneros, el autor del Himno Nacional cubano, el Himno Bayamés, graduado de Licenciado en Leyes en el Curso de 1838. Ignacio Agramonte y Loinaz, el héroe indomable de la Guerra de los 10 años, caído en los campos gloriosos de Jimaguayú, graduado de Licenciado en Derecho, en el Curso de 1867. Rafael Morales y González, Constituyente de la Asamblea de Guáimaro, profesor de Psicología y Ética de esta Universidad en época en que aún era estudiante, Licenciado en Leyes del Curso de 1868. Tomás Estrada Palma, el primer Presidente de la República al instaurarse esta en 1902, Licenciado en Leyes del Curso de 1860 y José Martí, el nombre más excelso y más preclaro de Cuba, que resiste sin achicarse el parangón con las cumbres más altas de la humanidad en todos los tiempos, que cursaba la carrera de leyes en esta Universidad a la sazón de ser expatriado por sus ideales emancipadores.

Y en otro plano no menos notable están los nombres de los modeladores de la conciencia cubana, los Enciclopedistas de nuestras Guerras; el Presbítero Félix Varela, varias veces graduado en esta Universidad, de Bachiller en Artes en 1804, de Licenciado en Artes en 1808 y de Licenciado en Teología en 1810. José Antonio Saco, el cubano que sintetiza tal vez como nadie una época, Bachiller en Filosofía y Derecho del Curso de 1817. José de la Luz y Caballero, el Maestro por antonomasia de la generación que hizo la Patria, Bachiller en Artes del Curso de 1817 y en Derecho del Curso de 1817 y en Derecho del Curso de 1820.

Y en fin, los nombres de Francisco Arango y Parreño, del Curso de 1786; Nicolás Escovedo y Rivera, del Curso de 1814; Tomás Romay y Chacón, del Curso de 1791; José Nicolás Gutiérrez y Hernández, del Curso de 1821; Enrique Piñeyro y Barri, del Curso de 1863; José María Heredia y Campuzano, del Curso de 1821; Domingo del Monte del propio Curso de 1821; José Silverio Jorrín, del de 1841; Antonio Bachiller y Morales, del de 1834; Felipe Poey y Aloy, Profesor durante medio siglo de esta Universidad, y tantos otros ilustres varones, de imposible recordación en estos instantes, amén del número considerable de graduados, realmente asombroso, que pasaron del aula universitaria al campo de batalla o al de la emigración a coadyuvar en la erección de la Patria.

La Universidad en el pasado, es pues, fragua y yunque de ideas y troquel de héroes, progenitora de sabios; semillero de ciudadanos, noble matrona que amamantó en su seno los hijos más esclarecidos de Cuba.

La Universidad en el presente procura, dentro del límite de sus fuerzas, ponerse a tono con la nobleza de su pasado. Ella ha avanzado, en los cinco lustros de la República, lo que tal vez no avanzó en siglos cabales de tiempos pretéritos. Ha cuadruplicado o quintuplicado el número de matriculados; reformado todas las Facultades, creado cátedras numerosas; dado un sesgo experimental a las investigaciones científicas con múltiples laboratorios, talleres, gabinetes, museos, seminarios y levantado edificios diversos. La Universidad de la República, que es la que podemos llamar del presente, ha dado pasos de gigantes, que no percibimos tal vez a plenitud, como no se percibe el crecimiento del niño cuando lo vemos todos los días, y sin embargo crece incesantemente; más que si la comparamos con la que recibió la República de manos de estos Colonizadores, preciso es reconocer que en el avance sorprendente que Cuba ha dado en todos los órdenes en los cortos años de su existencia, no va la Universidad a la zaga en el progreso.

Si acortamos el campo de nuestra visión, para ver tan solo el avance en estos años más cercanos, bien merece un aplauso el actual Presidente de la República, General Gerardo Machado y Morales, creador de un fondo especial, derivado del de Obras Públicas, dedicado a nuestra Universidad; de quien hablan, de sus esfuerzos y su preocupación por el auge universitario, con la elocuencia inmortal de la piedra, los edificios que hoy se levantan en esta colina para proclamar desde esta altura las virtudes y la capacidad del cubano.

La Universidad del Porvenir se enfrenta con dilatado panorama. Lo hecho tal vez sea nada comparado con lo que queda por hacer. Cuba conquistó su independencia a golpe de heroísmo. Los libertadores nos dieron una Patria. A la Universidad le corresponde fijar sus lineamientos, proyectar en el concierto de los pueblos del orbe los perfiles de su personalidad; darle a la Patria ciudadanos y sabios, armas en fin para librar los combates de la paz. No puede colmar nuestros anhelos la mera consagración de nuestra soberanía, ni hacernos abúlicos e inactivos la contemplación de la enseña nacional en nuestras fortalezas, como si con ello hubiéramos alcanzado nuestros destinos en la humanidad. Nos toca el engrandecimiento de la Patria, ser soldados en esa batalla diaria que libran todos los Pueblos en la Industria, el Comercio y aun en el Arte, la Literatura y la Ciencia.

Sería nuestra Patria una Diosa dormida en medio de los mares, desgarrada en triste despertar, si la Universidad no le diese centinelas y esforzados defensores, ora en el Hacendista que calcula y capta científicamente sus ingresos con vista de sus fuentes de riqueza; ora en el político, en función de Gobernante, que le da leyes y medidas de gobierno prudentes y sabias; ora en el Médico, que altera y disminuye las cifras de la mortalidad, higieniza la vida y nos preserva de las epidemias, ora en el Jurisconsulto que vela por el mantenimiento de un estado armónico entre los derechos y los deberes de los asociados.

La Universidad del Porvenir es en síntesis, el motor que nos impulsará para avanzar. Si ese motor funcionara mal, seríamos un pueblo estacionario o dejaríamos tal vez de ser un pueblo. De la Universidad depende, pues, nuestra grandeza o nuestra muerte. Al logro de fines tan vitales ha de rendir la Universidad el máximo de sus esfuerzos. Ha de ser patena de pureza, foco de virtud, ejemplo de orden, surtidor de ciencia, cumbre a la que no lleguen ni la pasión, ni las banderías, ni los personalismos malsanos, taller del Trabajo y templo del Honor y del Bien.

En pos de tan noble empresa, no puede ir el Profesor, revestido de una falsa autoridad a imponerla torpemente al alumno, como si se tratara de un preceptor, o a dogmatizar sobre todas las cuestiones, con un verbalismo infecundo, inadecuado en esta la hora de la experimentación y del análisis; más, no se consignan tan nobles ideales, tampoco, si no hay en el alumno esa dosis de respeto basado en la estimación, que lo haga ordenado dentro de un régimen de libertad, cabal cumplidor de todas sus obligaciones; si no se engendra en fin, en los unos y los otros el amor que debe de existir entre compañeros de trabajo, pues que a la postre profesores y alumnos compañeros son en el esfuerzo común de arrancarle a la Ciencia su secreto, en bien de la sociedad en que conviven.

 


* Discurso en la sesión solemne del 15 de febrero de 1930. Rev Med Cir. La Habana. 1930;25(2):126-30.