Finlay como clínico y observador*

 

 


 

 

El mandato del señor Presidente de ésta, nuestra prestigiosa Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, en mí recaído, me confiere el alto honor de ocupar este sitial en noche tan memorable, escalado ya en anteriores ocasiones y con igual motivo, por distinguidos compañeros, a quienes su verbo elocuente, desenvuelto, ameno y elegante, permitióles consignar los méritos, virtudes, talento, y aun el genio patrimonio de aquel esclarecido médico cubano, a quien cupo la gloria de escalar el más elevado pináculo, accesible sólo para seres como él, privilegiados por una imaginación ardiente y renovadora: nuestro gran Carlos Finlay.

Mi conciencia plena de la responsabilidad que mi cometido entraña, mi exacta valoración del honor que se me ha conferido, y la certidumbre de que mis pobres dotes oratorias, no acertarán a traducir en palabras toda la admiración y respeto que en mi alma se alberga por aquel inolvidable científico, me hacen titubear, y pedir a tan distinguido auditorio, una benévola disculpa, si mi empeño de presentar en este ensayo a Carlos Finlay como Clínico y Observador, valorando sus cualidades excepcionales y sus características nada comunes en éste, como en todos los aspectos de su vida científica, no logre el objetivo ambicionado, ni acierte a poner de relieve todo lo grande y magnánimo que fue para nuestra Patria, no ya en lo que respecta a su gran descubrimiento de la transmisión de la Fiebre Amarilla por la picadura del mosquito estegomia, que lo elevó a la más elevada cima de la gloria y de la inmortalidad (tema que no aludiré expresamente, por haberlo hecho ya tan brillante como profusamente en anteriores ocasiones y en tal día como el que hoy conmemoramos, distinguidos y cultos compañeros), sino también en todas las etapas de su azarosa vida científica, de sus concepciones geniales, de sus propias convicciones, de su observación prolija y minuciosa, de sus interpretaciones únicas, que lo han hecho grande entre los más grandes investigadores de todos los tiempos.

En esta noche, señores, nos congregamos en tan prestigioso y respetable recinto, tantas veces enaltecido con la presencia, y estremecido por la cálida y persuasiva palabra de aquel insigne compañero, cuya memoria honramos, en cumplimiento del acuerdo tomado con motivo de la proposición que un día el Dr. Horacio Abascal, médico distinguido y compañero laborioso de esta Academia, con fervorosa persuasión hiciera a la "Asociación Médica Panamericana" reunida en Dallas, Texas, del 21 al 25 de marzo de 1933, y expresada en estos cálidos términos: ... "y como también panamericanismo es el sabio Finlay, arrebatando a la peste su sombrío secreto de muerte para salvaguardia de las zonas tropicales, no hemos dudado un instante en traer al seno de esta Asociación Médica Panamericana, la idea que emitimos en el pasado año: la celebración del día de la medicina americana, apoyada por distintas Corporaciones Científicas en el momento actual, en que esperamos sea acogida y hecha suya por esta Institución, que debe velar más que ninguna por el estrechamiento de las relaciones entre los pueblos del Nuevo Continente. Proponemos, pues, que la Asociación Médica Panamericana celebre con la mayor suntuosidad en cada país, el Centenario del natalicio del Descubridor de la transmisión de las enfermedades de hombre a hombre, por el intermedio de los insectos chupadores de sangre; y fije, además, para recordar anualmente la memoria de todos nuestros apóstoles de la ciencia, el mencionado día de la medicina americana, 3 de Diciembre, pues ya hemos dicho que si América determinara un día para rememorar la grandeza de su medicina, para festejar la gloria de sus descubrimientos científicos, ese día debiera ser sin duda alguna, la fecha en que el gran Finlay, respiró por vez primera en el legendario Camagüey, el hálito del vómito negro, la fatídica fiebre amarilla, que arrasaba las vidas de los hombres, como la tormenta las espigas del trigo.

Mantenido fielmente por esta Academia tal Acuerdo, es por ello que en día tan memorable como el de hoy se engalana con sus mejores galas, para rememorar a Carlos Finlay y revivir su pasado glorioso, escrutando y comentando esa vida, cuyo camino no siempre se encontró alfombrado y mullido de flores, sino que, muchas veces, se cubrió de espinas hirientes por críticas acerbas e injustas que laceraron tan noble corazón.

La preparación adquirida por el Dr. Carlos Finlay, desde el inicio de sus estudios de medicina, así como sus conocimientos de geografía, historia, matemática, química y física, unidos a los distintos idiomas que dominaba: griego, latín, alemán, francés e inglés, hizo que al estudiar en Jefferson Medical College, en Filadelfia, bajo la percepción de John Kearshey Mitchell, éste desarrollara en él su innato espíritu de investigación y observación personal, que conservó a través de toda su existencia.

Una vez obtenida, en el año 1855, su graduación de doctor en medicina, su amor patrio le hizo abandonar los Estados Unidos y trasladarse a Cuba, donde ejerció su profesión.

Desde los inicios de su carrera, demostró Finlay su decidida inclinación y amor por la investigación, dedicando a la observación clínica toda la acuciosidad que por esa cualidad específica poseía, lo que unido a su gran preparación, lo hizo destacarse rápidamente en el mundo científico por sus conceptos propios y sus geniales apreciaciones.

 


Se ha dicho que el genio, sin ser individualidad aislada debe algo, y aún mucho, al espíritu colectivo, al medio social que prepara y dispone elementos y factores que en aquél se condensan y adquieren madurez suficiente para dar frutos sazonados. El genio difiere del medio que le rodea, es superior a él, como ha dicho Richett: "Es indiscutible que Finlay siempre fue genial, era iniciador y original, veía más y mejor y sobre todo de otra manera que el común de los hombres. Su genio en todo lo hacía no estar en su tiempo, sino más allá". Es indiscutible que revisten siempre estos estudios una indeterminación impenetrable para la observación positiva, y sin que sea asequible limitarse hasta hoy más que a reconocer la intervención o cooperación combinada del medio social y de la iniciativa libre del individuo, como factores que se contrapesen en el hecho complejísimo de la aparición del genio. Así hemos visto cómo ha producido el genio sus más preciadas obras, determinando un feliz consorcio entre elementos ya dispersos en el medio social, dándole conexiones y estableciendo entre ellos afinidades hasta entonces no presentidas. A esta función primordial alude Bacón cuando dice: "el genio es, ante todo, una gran paciencia". Si lo primero que necesita el hombre superior es lastre y perspicuidad, el fruto más valioso que él recoge de todo este material valorable, consiste en que halla, descubre o inventa dentro de elementos y factores en la apariencia diversos, conexiones y puntos de semejanza que no habían sido percibidos antes. Así es que su misión se traduce siempre con gran exactitud, como reformadora y progresiva, puesto que aún en el concepto de la evolución experimental, implica su acción nuevo y superior momento colectivo para la orientación de gérmenes dispersos, que aislados, de nada sirven, y traídos a superior conjunción, manifiestan nuevas y más ricas fases de la realidad y de la vida. Atareado y subyugado el genio por esta empresa gigantesca, más cuida de su término final del éxito favorable que de las circunstancias, condiciones o trámites de que se vale para obtener los resultados, por cuya razón dice Joly: "el hombre de genio ocupa más en hacer que en preguntarse como hace"; pero señores, Carlos Finlay reunía todas las condiciones del hombre genial. No es el azar lo que lleva al genio a sus felices deducciones. Finlay era un hombre de grandes perspectivas y de altezas de mira; él ignoraba las cosas nimias y vulgares; su espíritu analítico hacía que enseñara a los demás con sus obras pero no con sus reglas; así el hombre genial crea sus ideas que él utiliza para más tarde convertirlas en cuerpo de doctrina, merced al ministerio de la crítica.

Y previos los anteriores conceptos de psicología del genio, pasemos seguidamente, en el transcurso de este ensayo, a presentaros como antes enunciara a nuestro gran Finlay como el tipo, no del hombre providencial, único, sino del ser extraordinario que supo dar cima con su estudio paciente y concienzudo, a sus afanes y desvelos, legando a Cuba, su querida patria, el más maravilloso descubrimiento que el cerebro del hombre imaginar pudiera.

Incontables son los trabajos presentados por Finlay aparte de los realizados sobre su obra cumbre la Fiebre amarilla; tan interesantísimos todos, y tan fieles exponentes de la interpretación propia que constituía una de sus características más salientes, interpretación que solía lanzar tras una sagaz observación y un concienzudo estudio de cuanto tema abordara, que muy lamentable es no poder hacer aquí un relato especial de cada uno de sus ensayos; pero ello es imposible, ya que me apartaría totalmente de este trabajo sintético que me he propuesto, para no fatigar la benévola y gentil atención de tan distinguido auditorio.

Me limitaré, pues, a realizar un somero bosquejo de aquellos trabajos que, entre los múltiples que él nos legara, son a mi juicio, de más importante mención.

En el año 1865, presentó a la Academia de Medicina, un trabajo interesantísimo sobre el Cólera, en el cual demuestra su gran intuición y dominio en la interpretación de los variados problemas inherentes a tan terrible mal. Ello se corrobora en 1873, al lanzar un nuevo trabajo sobre la transmisión del cólera por aguas corrientes cargadas de principios específicos, señalando con precisión cómo se realiza el contagio por medio de las aguas contaminadas, e indicando como vía accesible a la infección, el uso general que del agua de la Zanja Real se hacía en La Habana en aquel entonces, realizando en el mismo trabajo un estudio comparativo de los casos de Cólera que surgieron en el Cerro, dependientes de la proximidad de las casas a la zanja, y de la mayor o menor facilidad que sus canales descubiertos, proporcionaban a los vecinos, tanto para arrojar en sus aguas líquidos y sólidos contaminados, como para proveerse, en esos mismos arroyos, del agua indispensable para los usos doméstico. La discusión que este trabajo provocó en la Academia de Ciencias, hizo que se declarara esta sesión permanente, para discutir el problema planteado, de la transmisión del cólera por medio del agua. En una de sus réplicas a sus argumentantes en contra, dijo:

El Dr. Finlay siente que no se le haya comprendido. Es evidente que para la transmisión del cólera, se necesita que antes exista éste, porque ni las aguas lo engendran ni se convierten en él, siendo solamente el medio más seguro para propagarlo. En el informe de Mr. Briket, citado en su memoria, se demuestra claramente el influjo de la dirección de la corriente, sin que esto sea negar otros medios de transmisión: los filtros y el encañonamiento, constituyen sin duda una mejora; pero falta demostrar que priven al agua del principio específico, como falta también que se cubra toda la zanja, para evitar que en ella se viertan las inmundicias que con frecuencia la hacen dañosa a la salud y un peligro inminente en caso de epidemia.


Como puede observarse de lo trascripto, el doctor Finlay mantenía con firmeza los fundamentos de su observación, y a pesar de los muchos Académicos que en esa ocasión estaban en controversia con sus ideas, ello no fue suficiente para desarraigar de él sus propias convicciones. A sí se colige de la última parte de su polémica, donde para concluir, y dirigiéndose al doctor Babé le dice:

...pero dado el caso que su señoría lograse despejar ambas incógnitas, demostrando hasta la evidencia su proposición, yo propondría una enmienda a la conclusión de su trabajo, para que constara que las aguas de la zanja, empleadas en los usos domésticos, siendo por sí mismas una causa predisponente del cólera asiático cuando además arrastran deyecciones coléricas con su principio específico, deberán ser consideradas como una receta infalible para determinar el cólera, en todo el que sea susceptible de contraerlo, puesto que presentarán reunidas las dos condiciones esenciales para el caso: la causa predisponente y la causa determinante.


Entre las muchas fases de su personalidad dignas de admiración, descuella la de sus apreciaciones clínicas por la minuciosidad y exacto juicio que las caracterizaban. Finlay, a la cabecera del enfermo, era observador sagaz y un analizador profundo, que llegaba siempre a un juicio tan sereno como acertado.

Su primer trabajo clínico fue presentado en una comunicación a esta Academia, en 8 de Febrero de 1863, titulado "Bocio Exoftálmico", el cual es una demostración de su acierto en el enjuiciamiento de los casos de esta índole. Relata en el mismo, de un modo prolijo, la historia clínica de una enferma que asistió en el año 1862, con observaciones y pormenores, que nada tienen que envidiar a las historias clínicas de nuestros días. Tras un cuidadoso análisis, emite así su opinión diagnóstica: "El diagnóstico de este caso no podía ser dudoso para quien tuviera presente las descripciones de Graves, de Aran, de Trousseau y de Graefe, y las discusiones a que había dado lugar la enfermedad conocida ya bajo el nombre de "Bocio Exoftálmico". El cuadro sintomático se halla completo. La perturbación de las funciones del corazón con dilatación y alguna hipertrofia de este órgano; la hipertrofia y vascularización del cuerpo tiroides; la prominencia del ojo sin alteración notable de la vista; el desarrollo de los vasos del cuello y de la cabeza; los paroxismos de palpitaciones; los síntomas histéricos; la dismenorrea; la frecuencia del pulso, presentaban un conjunto característico en la enfermedad de Grave.

Como se ve, el estudio sintomático, perfectamente analizado, lo conduce a él siempre a una conclusión definitiva. Expone que presenta el primer caso observado en la Isla de Cuba, y esgrime (siendo esto lo original y característico en los trabajos de Finlay), argumentos poderosos en contra de algunas opiniones emitidas por la Academia de Medicina de París.

Atrae la atención desde el instante que se inicia la lectura de sus trabajos, el juicio que él forma, tras un análisis perfecto de todas las opiniones con anterioridad emitidas, y que lo llevan a lanzar la suya propia, fundamentando, con datos científicos de su personal aporte, su enjuiciamiento del problema de que se trate.

No es menos digno de mención, su trabajo presentado a esta Academia, en sesión de 26 de marzo de 1862, sobre Consideraciones de algunos casos de Filariosis observados en la Capital, y estribando lo digno del comentario en el hecho de haber sido Finlay el primero en presentar los seis primeros casos de Filariosis, y haber hecho, personalmente, las investigaciones que le permitieron hallar la Filaria sanguini en dichos seis enfermos.

La descripción que hace de los caracteres de la Filaria, es verdaderamente interesante, porque con precisión pasmosa, consigna las horas en las cuales él la observa, diciendo:

...con una ampliación de 1300 diámetros, he encontrado en algunos ejemplares una estriación transversal muy evidente que parecía corresponder a la estructura muscular de la capa externa. La boca de la Filaria parecía en este caso consistir en una ventosa retráctea, con la cual la he visto coger las hematíes. Por el modo de moverse los glóbulos alrededor del cuerpo y rodar a veces delante de la boca, he inferido que deben existir filamentos o tentáculos en la parte anterior del cuerpo. He visto en un ejemplar una abertura ovalada cerca del nacimiento de la cola, supongo que sería abertura anal; también he distinguido en algún ejemplar un tubo intestinal lleno de materia granulosa, además de las granulaciones brillantes que siempre aparecen en el cuerpo de la filaria.


Como se ve, difícil es encontrar una descripción más minuciosa y juiciosamente detallada, datos esto suficientes para pensar lo que hubiera podido, en el transcurso de su vida, darnos a conocer aquel cerebro, que no se conformaba con justipreciar los problemas lanzados por otros investigadores, sino que poseía su manera propia de enjuiciar con gran serenidad, cuantos estudios emprendía.

En el año 1887, fue nombrado miembro de una Comisión para estudiar e informar a esta Academia sobre tres caballos enfermos de Muermo. Surgieron disparidades de criterio entre los integrantes de dicha Comisión, porque las investigaciones practicadas no reunían las condiciones indispensables para llegar a un juicio diagnóstico exacto, y el Dr. Finlay, que por su temperamento y sus condiciones excepcionales de escrupulosidad, no estaba conforme con los estudios realizados, consignó un voto particular explicativo del porqué de su inconformidad con los acuerdos tomados por la Comisión de que era miembro. Expuso que a su entender, no se había realizado fielmente el estudio cabal de los conocimientos que se tenían en esos momentos de las características del bacilo del Muermo, ya que, el bacteriólogo a quien habíase encomendado este examen bacteriológico, sólo se había limitado a estudiar directamente del exudado nasal de los animales, los caracteres morfológicos, prescindiendo del empleo de los demás medios comprobatorios de dichas características, que él estimaba imprescindible para la determinación del germen morboso. Afirmaba, que para llegar al diagnóstico, era necesario estudiar el germen en el flujo nasal, estudiando además en cultivos de papa glicerinada y empleando la inoculación en el cobayo macho, para poder demostrar, tanto en el cultivo como en la lesión patológica experimental en el animal, el bacilo del Muermo. Y en explicación a su voto particular, hace una completa descripción de todo lo que hasta ese momento se había escrito sobre la materia.

Aquí también traslúcese el carácter de aquel gran investigador, que no impartía jamás su aprobación a cuestión alguna, sin haber sido agotados cuantos medios de investigación estaban a su alcance, para una satisfactoria resolución de cualquier problema a él encomendado.

En 1886, publica a través de "La Enciclopedia" una versión, traductiva en parte, del trabajo presentado por el Profesor Rosenbach, al Quinceno Congreso de la Sociedad Alemana, para el avance de La Cirugía, celebrado en Berlín el 7 de abril de dicho año, sobre Etiología del tétano traumático en los seres humanos, basado en el resumen extractado que de dicho trabajo publicara en 24 de abril del expresado año 1886 (página 805) el periódico "The Lancet", y en cuyo trabajo su autor, el ya mencionado Profesor Rosenbach, trataba de las infecciones del tétano de las heridas y de la experimentación en animales de Laboratorio sobre algunos elementos que contienen el germen tetánico como el polvo, la tierra, etc., pero lo interesante y digno de mención de este trabajo, es que Finlay, después de hacer la traducción, agrega al mismo su personal criterio, diáfano y acertado en ésta, como en todas las cuestiones por él abordadas, diciendo:

...llamamos la atención de los médicos de Cuba, sobre el asunto, por las facilidades que este clima desgraciadamente ofrece para la comprobación de tales experimentos, cuyas consecuencias prácticas pudiera traer importante resultado para profilaxis de tan mortífera enfermedad. Aun sin aguardar el fallo definitivo de la experimentación, nos atreveríamos a recomendar desde ahora, como medidas precautorias, contra el tétano de los recién nacidos, el empleo de tijeras y cordones desinfectados para la ligadura del cordón umbilical y la aplicación de apósito antiséptico hasta la completa cicatrización del ombligo. De más está advertir, que también deberán desinfectarse las manos del operador y de los asistentes...


Su gran preocupación por el problema del tétano del recién nacido, hizo que su cerebro, claro e ingenioso, no cesara de imaginar el modo de dar con una fórmula práctica para solucionarlo, y así vemos cómo en 1903, con precisión realmente asombrosa, sugiere al Dr. Dávalos el examen bacteriológico del pábilo que generalmente se usaba para la ligadura del cordón umbilical.

Sobre este tema, y en la biografía que de él hiciera el Dr. Guiteras, escribe: "la investigación dio por resultado que efectivamente, esta cuerda de algodón, era un nido de notable riqueza en bacilo del tétano".

En aquel mismo año, sugirió el Dr. Finlay la preparación de una cura aséptica para el ombligo, la cual, desde entonces viene distribuyéndose gratuitamente en paquetes cerrados, por el Departamento de Sanidad, habiéndose reducido, en consecuencia, la mortalidad por tétano infantil, de 1313 en el año 1902, a 576 en el año 1910.

Aún recordamos todos aquella época en que se inició el reparto gratuito, por el Departamento de Sanidad, de paquetes contentivos de la cura del ombligo, que profusamente se generalizó, dándose un gran paso de avance en la profilaxis del tétano infantil, que por aquel entonces alcanzaba una cifra aterradora.

Para poder apreciar el valor que para Cuba tuvo la iniciativa de Finlay, es menester la lectura del trabajo presentado por el Dr. Dávalos al Congreso Sanitario Internacional, celebrado en esta Ciudad del 15 al 20 de febrero de 1902, titulado "'Tétano en la Isla de Cuba y su profilaxis", en el cual hace una relación de los casos de tétano presentados en Cuba en los últimos 30 años, y que fueron: 1950 adultos y 9200 niños fallecidos por tétano en el mismo tiempo, lo que aproximadamente da un promedio de un muerto por día, lamentándose mucho el Dr. Dávalos, en dicho trabajo, de que no se hubieran hecho investigaciones bacteriológicas desde el año 1885 sobre el cordón de los niños tetánicos. De ese modo –dice– la duda de si todos ellos habían sufrido tal enfermedad, no oscurecería nuestra mente, y la estadística estaría enriquecida de datos confirmados, sin verse tal vez recargada de ajena responsabilidad, datos éstos, que ponen de relieve el incalculable beneficio que Finlay reportó a las madres cubanas, y el avance de la profilaxis del tétano infantil.

Entre los múltiples trabajos que traducen sus polifacéticas concepciones, figura uno que por sus singulares apreciaciones y por lo que difiere de sus anteriores ensayos, no he querido dejar de comentar aquí, dada la significación e interés adquiridos a través de los años por el asunto que lo motiva, no sólo en la gran nación americana, sino también en todos los países de nuestro Continente. Este trabajo publicado en la Gaceta Médica de la Habana en el año 1878, e intitulado "Utilidad de los ejercicios corporales en los climas cálidos y su conveniencia para fomentar el desarrollo físico de nuestra juventud", suscitó una intensa crítica en las columnas de la Revista "La Propaganda Científica", mediante la inserción, en 30 de abril del mismo año, de un artículo, en el cual se censuraban acremente los ejercicios corporales, combatiéndose, precisamente, el juego de pelota conocida por Base Ball que tanto entusiasmo despertara en nuestra juventud habanera de aquella época, y que es actualmente el deporte nacional.

En la controversia sostenida sobre este asunto, esgrimió Finlay el siguiente argumento:

... en prueba de que el ejercicio corporal aún en días de calor al sol y a la intemperie, lejos de ser perjudicial favorece el desarrollo físico y robustece al habitante de estos climas, sólo haré observar que los hombres más sanos, más robustos y más activos entre nosotros, son nuestros guajiros, los trabajadores del campo, los cargadores del muelle, los carretoneros, etc., y por lo contrario, los tipos menos desarrollados se encuentran en los talleres de industria sedentaria, que priva a sus operarios del ejercicio muscular tan necesario en nuestro clima", y aportando a su tesis datos fidedignos, seguía: "... que en cuanto al temor de que el entusiasmo del juego haga que los jóvenes traspasen los límites de la moderación en esos ejercicios que critica "La Propaganda Científica", citaré el ejemplo de las Antillas Inglesas, donde el calor es más intenso y más constante que en Cuba, sin que por eso los jóvenes criollos ni los naturales de Inglaterra residentes en esas Islas, se priven de jugar al Cricket, juego de pelota más violento aún que el Base Ball, y lejos de debilitarse con esos ejercicios, creen robustecerse.


Su imaginación perspicaz, su meditada observación, le permitió vislumbrar (¡fijaos bien, señores!) en el año 1878, los grandes beneficios que la cultura física y el deporte habría de proporcionar a nuestra juventud, y de ahí que, pese a la acerba crítica y oposición salida al paso de su tesis, y con la gallardía y seguridad que el imprimía a todos sus asertos, constituyendo esto una de sus características más salientes, terminara su trabajo sobre la materia, con el siguiente párrafo:

... en vista de tales ejemplos, aconsejaré a nuestra juventud, que siga practicando ejercicios corporales al aire libre y principalmente aquellos en que a la par que robustez física, pueden adquirir hábitos de disciplina moral, agilidad y destreza en los movimientos y serenidad de ánimo en presencia de los peligros eventuales que traen casi todos los ejercicios de esa especie, y son como el complemento inevitable de toda educación varonil.


Fijáos, señores, cómo estas apreciaciones, lanzadas en 1878, pese, como antes expusimos, a toda crítica contraria en aquellos días, concuerdan exactamente con las teorías modernas a este respecto. Observad cómo el ritmo evolutivo de la época, le ha concedido plenamente la razón a Finlay en éste, como en todos sus asertos, al aceptarse plenamente hoy, que la educación física constituye la base de toda educación. Se reconoce en nuestros días tan íntimamente ligadas sus relaciones con la educación intelectual, que podemos afirmar con Romeo Blest, que "el niño que juega y el adulto que se ejercita conscientemente, no desarrollan solamente músculos, no contribuyen únicamente a fortificar la salud física, sino en realidad, desarrollan el cerebro e intensifican la vida intelectual". Además, de todos es sabido, que la educación física ofrece una innegable influencia en la educación moral del individuo, ya que el ejercicio trae como consecuencia el verdadero entrenamiento de la voluntad física, dando al individuo su absoluto control y, un perfecto dominio sobre sí mismo; como es igualmente conocido, que las grandes virtudes ciudadanas se adquieren y desarrollan al amparo del atletismo bien dirigido; de manera que podíamos considerar la educación física y los deportes, como la estructura social, siendo por tanto el ejercicio una verdadera escuela práctica en la vida, la más valiosa para la educación social.

Honores incontables han sido tributados oficialmente al Dr. Carlos Finlay, traducidos en mármoles y bronces, inspirando ellos las siguientes palabras de su hijo el Dr. Carlos Finlay:

...la confirmación de la teoría sobre la transmisión de la fiebre amarilla, por los brillantes trabajos experimentales de la comisión del Ejército Americano, seguida de la erradicación de dicha fiebre en La Habana, donde se había llegado a considerarla como una endemia permanente, mediante la aplicación científica que hizo Gorgas de las reglas antes señaladas por mi padre, provocaron un cambio completo de la opinión popular a favor de aquel viejo loco de ayer, que al revés de entonces, le tocaba ahora con bien ganada justicia, ser admirado y saludado por todos, como Pasteur cubano, recibiendo por ello de todas partes cartas de honor y congratulación...


Entre todos esos honores, ninguno hubiera satisfecho más –en mi sentir– el espíritu de Carlos Finlay, que la creación, en el año 1927, del Instituto que ostenta su nombre, dedicado especialmente a trabajos de investigación de medicina tropical preventiva.

¿Pero tan merecido honor rendido a nuestro genial investigador reúne –me pregunto yo– todas las condiciones esenciales capaces de corresponder a la maravillosa obra del enaltecido? Ciertamente que no: El tributo más efusivo que rendirse pudiera a su venerable memoria sería –a mi entender, señores–, la creación, en el Instituto que lleva tan esclarecido nombre, de un verdadero y real centro de investigaciones, a fin de que indeleblemente perdure en el recuerdo de los que estudien, honrándola, la vida de aquel gran hombre, y para que las dificultades y escollos que encontró en su camino de investigador, (a tal extremo que vióse privado de llevar a feliz término su maravillosa concepción, por la carencia absoluta de medios para ello, teniendo que confiar a una Comisión extranjera el ensayo de su cuerpo de doctrina, la que al cabo, tras cruentas luchas para vencer obstinadas convicciones fue plenamente confirmada), servir puedan de ejemplo y acicate para futuros empeños de esa índole.

Si nuestro gran Carlos Finlay, con su espíritu de investigador infatigable, con su don observativo y con su ardiente imaginación, hubiera encontrado un campo fértil, capaz de hacer germinar fácilmente su inagotable siembra, si hubiera tenido a su alcance los medios adecuados de que siempre careció, ¡cuantos días de gloria hubiera dado a nuestra patria, por él tan amada!

Impulsemos, pues, los cubanos de buena voluntad, por el camino de la investigación al Instituto "Finlay", dotándolo de un Laboratorio y Hospital equipados con todos los adelantos de la ciencia moderna, convirtiéndolo así en un verdadero monumento científico, digno del glorioso nombre que ostenta, y habremos, en esta forma, rendido el más perdurable e inmenso de los honores a aquel cuya memoria homenajeamos esta noche, que por ser gran investigador y genial hombre de ciencia, con virtudes y talento privilegiados y tesonera e indomable voluntad, supo honrar a Cuba, colocándola, con su maravilloso descubrimiento, entre las más avanzadas naciones en la lucha por la conquista de las enfermedades que como la fiebre amarilla, cercenadora de millares y millares de vidas, aíslan a los pueblos que la padecen, de concierto superador de las demás naciones.

No olvidemos, señoras y señores, que los grandes hombres y las grandes obras, son perdurables más allá de la muerte y del decursar del tiempo. La obra de Finlay, su gran trascendencia se realza, en este trágico momento que vivimos, cuando la guerra se extiende a todos los confines de la tierra, y arrasa y destruye las ciudades, y cruza en cabalgaduras de acero los pantanos y las selvas inexploradas y descarga tempestades de metralla desde las nubes, y se convierte en valeroso y esforzado auxiliar de la causa de la libertad, porque solamente después de la gran conquista de la Fiebre Amarilla, el hombre se ha atrevido a arrostrar, sin temor a la muerte, los peligros antes invencibles de su contagio, y sólo así han podido lanzarse esforzados ejércitos a luchar y vencer en el corazón mismo del Continente Africano y en las selvas vírgenes de las Islas Oceánicas, sin temor a ser diezmadas por la terrible plaga que conquistara para ellos desde su pobre Laboratorio Carlos Finlay.

Hoy, en el día solemne de la Medicina Americana, con mayor reconocimiento que en todas las ocasiones que han precedido esta efemérides, como médicos, como cubanos, como americanos, loor a Carlos Finlay.

 



* Revista de Medicina y Cirugía de la Habana. La Habana. 1942;47(12):535-49.